02.25.09
ANTONIO MACHADO, 70 AÑOS
El domingo se cumplían 70 años de la muerte de Antonio Machado, lejos de una España rota y en guerra, en Colliure (Francia). Poeta humano, sincero, sencillo y honesto, representa lo que llamo poeta-isla, es decir, aquél que, aun relacionado con diversos movimientos, no termina de encajar plenamente en ninguno. Pudiera ser, bajo la efigie de Rubén Darío, un poeta modernista que escribió las Soledades (1903), aunque la reelaboración Soledades, galerías y otros poemas (1907) ya se distanciaba del nicaragüense. También se le ha querido sintonizar con el noventayochismo a través de Campos de Castilla (1912), libro que, ciertamente, en estilo y temáticas, es cercano al espíritu de Azorín, Unamuno o Baroja y Maeztu, pese a que pervive en él una intensa huella simbolista, retazo del modernismo anterior y gustos en versificación heredados de Darío.
En estilo, Campos de Castilla se muestra afín a la renovación artística con la sobriedad y antirretoricismo, a la sencillez de la intuición poética y literaria, a la brevedad característica del noventayochismo. Del mismo modo, se produce la cercanía entre Naturaleza, Paisaje y el yo poético del autor, llegando a personificar los primeros y establecer diálogos con ellos (recuérdese A un olmo seco), expresando sus más persistentes obsesiones, como son la soledad, la fugacidad y paso del tiempo, la vejez o la muerte con fondos melancólicos, nostálgicos y angustias al modo de los autores del 98. Las temáticas paisajistas y gentes, costumbres, amor, filosóficas (ahí están los Proverbios y cantares) y el mítico “tema de España” y la regeneración se manifiestan de forma inconfundible como en Unamuno o Azorín (atiéndase para lo último a, por ejemplo, Del pasado efímero, El mañana efímero). Es palpable el subjetivismo intimista de Machado, poesía a poesía, importando más cómo afecta la realidad a la conciencia y emoción del poeta y rompiendo con el Realismo precedente o las exageraciones barrocas o románticas, aunque sin perder el aprecio por la naturalidad y sinceridad de la obra de Gustavo Adolfo Bécquer.
Ahora bien, todo ello convive con símbolos reconocibles, versos alejandrinos, rimas asonantes y silvas arromanzadas heredadas del modernismo y romanticismo, como en el irónico Retrato, donde el poeta declara alejarse del modernismo con un estilo propiamente modernista entre los rodeos de palabras, el léxico elevado y pomposo, rimas agudas, esdrújulas (con su poco lirismo) y melodiosas, alejandrinos… y sin embargo dice:
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas ross del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces una.
¿Cuál? ¿Qué voz escucha el poeta? La suya, la personal e íntima, la conversación “con el hombre que siempre va conmigo”, el soliloquio con uno mismo. La conversación donde se pregunta “¿Soy clásico o romántico?” y responde “No sé”. Pero Campos de Castilla termina haciéndolo muy suyo, más propio del poeta-isla, tras los retoques de 1917, no ya con poemas impresionistas de las escenas sorianas, sino con evocaciones de la tierra recién abandonada tras la muerte de la gran protagonista enferma, Leonor, casi nunca mencionada por su nombre (de las pocas veces, en Caminos CXXI). El poeta se encierra, el dolor le embarga, y tardará en volver a escribir versos, en reencontrar un camino, quizás el mismo tiempo que tarden en desaparecer las “estelas en el mar”.
Antonio Machado camina ahora por Andalucía, por la tierra que le vio nacer. Nuevas canciones (1924) es una obra de búsqueda de sus propias raíces. Es un sevillano castizo, castellano, que cantó mejor que muchos las cosas de la tierra de Castilla. Pero Castilla es ya la tierra de Leonor y él, necesita retornar a un origen, hacia su pasado:
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
Así decía el poeta en aquel Retrato. Vuleve al patio, al huerto. Cambiar el olmo, las encinas, los álamos, por ese limonero de la infancia o por los olivos. Sin embargo, el poeta ya no tiene ese mirar individual; se sumerge en la tradición más popular con los ojos del pueblo, desde el folklore. Su camino le lleva Hacia las tierras bajas, aunque, de vez en cuando mira a la espalda, donde encuentra las Tierras altas, las del Alto Duero, y reaparece Soria. El poeta no puede evitar, al rebuscar entre los recuerdos, seguir encontrando dicha tierra cuando mira su pasado a la caza de su raíz y origen.
El río despierta.
En el aire obscuro, sólo el río suena.
¡Oh canción amarga
del agua en la piedra!
… Hacia el alto Espino,
bajo las estrellas.
Sólo suena el río
al fondo del valle,
bajo el alto Espino.
Desde el Guadalquivir, con el sonido del río contra la piedra, Machado se traslada al Duero, a Soria y al Espino, el cementerio de Leonor. Igual que el modernismo, ni Soria ni sus símbolos, incluído el cementerio y la tierra -su tierra, la de ella-, le abandonarán. Tan sólo hay tres cosas que sacarán al poeta, tras el intento andaluz, del encierro: una será la filosofía que desarrollará en sus apócrifos Abel Martín y Juan de Mairena; otra será el nuevo amor, Guiomar; la tercera, su causa republicana durante la guerra.
Efectivamente, los Proverbios y cantares continúan ampliándose; los apócrifos, poetas que pudieron existir, se van concentrando en Martín y Mairena, dando lugar a una obra en prosa; y sólo Pilar de Valderrama consigue que sus poesías reenganchen con la vieja luz de otros tiempos. Antonio Machado, el poeta, va apagando su voz, se esconde tras invenciones y hasta hace de sí mismo un apócrifo, en el quinto lugar:
5. Antonio Machado.- Nació en Sevilla en 1875. Fue profesor en Soria, Baeza, Segovia y Teruel. Murió en Huesca en fecha todavía no precisada. Algunos lo han confundido con el célebre poeta del mismo nombre, autor de Soledades, Campos de Castilla, etc.
Pareciera que ya no quiere hablar en primera persona, sino dejar que otros personajes hablen por él, quizás porque se ve más poeta que filósofo, quizás porque en lo último siempre se creyó de baja altura frente a su querido Unamuno, y su maestro Ortega y Gasset (no hay más que echar un vistazo a la correspondencia y comprobar el profundo respeto que le infunden y la precaución con que desliza sus reflexiones, casi buscando aprobación). Ha cedido espacio para otras cosas el antiguo verso, donde el orgullo le llevaba hacia lo romántico:
(…) Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitá su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Pero este orgullo es del Retrato de Campos de Castilla. Hace ya mucho de aquello. El Antonio Machado de estos tiempos es mucho más reflexivo, más… viejo. No es el del “torpe aliño indumentario”, el que en lugar de gemelos, usaba unos cordoncillos para los puños de las camisas o por cinturón, o el que mordisqueaba las esquinas de las páginas de libros que prestaba luego a Juan Ramón Jiménez. Ya no es el hermano de Manuel, ni siquiera Antonio, sino Don Antonio. El único atisbo de juvenil espíritu aparece con Guiomar, mujer casada a la que Machado conoce en Segovia, espera impaciente, nervisoso, en la cafetería de Cuatro Caminos en Madrid, a la que espía desde los jardínes de Pintor Rosales, por ver si la amada regala una salida al balcón, un asomarse tras las cortinas. Machado vive un amor imposible, como aquéllos de Romeo, o los de Calixto, por Julieta o Melibea. Con ella, se traslada al s. XV, y la llama “Guiomar”, como la esposa de su también admirado Jorge Manrique. Ignoro si alguien ha estudiado este punto del poeta, el de sus extraños amores, primero con una muchacha jovencísima, después con una mujer casada. Lo cierto es que no es un gran seductor, que ya decía “ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido”.
Guiomar desaparece, el amor imposible, tardío e incompleto se marcha de Madrid y España en los albores de la contienda civil del 36, como leemos en el soneto que le dedica:
La guerra dio al amor el tajo fuerte.
Y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de la llama
y la soñada miel del amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.
El poeta queda sólo con su República, con la que él quiere y defiende, la que no cae en republicanismo. Y se convierte en un poeta de guerra:
Trazó una odiosa mano, España mía,
-ancha lira, hacia el mar, entre dos mares-
zonas de guerra, crestas militares,
en llano, loma, alcor y serranía.
Escribe himnos a las juventudes, cantos a la defensa de Madrid y canciones a los héroes del Ebro. Ya no hay Leonor, no hay Guiomar, los apócrifos callan, y Manuel… ¡ay del hermano Manuel Machado! Caído en las manos del bando levantado, cantando loas a los traidores, aunque no otra le quedara, en Burgos y denunciado, para sobrevivir. Unamuno muere sin querer ver qué hay más allá del 36. Juan Ramón Jiménez y Azorín están fuera de España. Baroja se mueve entre Francia y España, siempre en la frontera. El grupo del 27 está desmembrado, y con una herida mortal en el corazón: el fusilamiento de García Lorca. Machado escribe entonces aquel poema El crimen fue en Granada:
Muerto cayó Federico
-sangre en la frente y plomo en las entrañas-
… Que fue en Granada el crimen
sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada.
A Machado le duele en el alma este crimen: por a quién se mata, por quién mata y dónde se mata. Lorca es fusilado en la tierra que le vio nacer, la que amaba, con sus gentes de testigo. Pareciera que Machado recimina el asesinato a toda Granada, lugar que antes debiera haberle ofrecido refugio que muerte. ¿Recordaría Machado, entonces, su visita a Granada invitado por Valle-Inclán, por 1903? Él está en Valencia, emprendido el camino hacia el exilio, hacia una Francia que ya no es para el poeta aquélla del París que fue con Manuel o con Rubén de 1899. Un camino, en realidad, hacia la muerte y el final, un camino “sin esquipaje” y “casi desnudo”, con su madre de ochenta y cinco años extenuada. Un camino que sale de una España, pero que no lleva a la “otra”. No la hay, y de la que existe hay que escapar hasta para morir un 22 de febrero de 1939.
De los gruesos cordeles suspendido,
pesadamente, descender hicieron
el ataúd al fondo de la fosa
los dos sepultureros…
Y al reposar sonó con recio golpe,
solemne, en el silencio.
Un golpe de ataúd en tierra es algo
perfectamente serio.
Sobre la negra caja se rompían
los pesados terrones polvorientos…
El aire se llevaba
de la honda fosa el blanquecino aliento.
-Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,
larga paz a tus huesos…
Definitivamente,
duerme un sueño tranquilo y verdadero.
En el entierro de un amigo
Soledades IV ( 1899-1907)
Héctor Martínez
02.18.09
“ENTRE EL SILENCIO Y LA PALABRA”, ROF CARBALLO (II)
El poeta y el subconsciente conforma la parte central del libro que venimos comentando. En esta parte, lo primero y fundamental que cabe reseñar es la precaución de Rof Carballo, que ya mencionamos anteriormente, de evitar que se entienda su pretensión hacia el lado del psicoanálisis literario:
Lo digo (…) para alejar de la mente de los que me leen la idea de que, con el pretexto del viaje de Rilke por el sur de España, vaya a hacer yo aquí una especie de patografía. La manera más segura de desconocer lo que es un hombre de genio es estudiarlo médicamente. (…) Cuanto desde el punto de vista médico o psiquiátrico se ha dicho sobre Rilke es tan bobo e infecundo como las mil tontería que los médico hemos solido decir sobre otras figuras de excepción.
Efectivamente, Rilke es un autor que se presta muy fácilmente a estudiosos buscadores de perfiles patológicos, desórdenes y desequilibrios. El autor de actitud extraña, de perfil raro, al que se le quieren encontrar perturbaciones bajo el mágico halo de la literatura y la poesía. Rof Carballo, sin embargo, une dos aspectos principales: el viaje a España de Rilke y su porqué:
Con sencillez, con modestia, Rilke se sintió en los últimos años de su vida (…) abrumado por la empresa de dar expresión a algo que existe en la naturaleza humana y que (…) podía alcanzar expresión verbal a través de él.
Tal y como en el anterior ensayo fue señalado, Rof Carballo ve en Rilke el escritor balbuceante. De hecho viene a centrarse en su viaje por España justo en el momento en que el poeta se encuentra en un “pozo seco”, falto de las palabras exactas para expresar lo infable. Precisamente por ello, Rilke pisará Toledo, Córdoba, Sevilla y Ronda. Como el Cela de Viaje a la Alcarria:
Rilke venía a España no a recoger impresiones de turista literario, ni siquiera (…) a buscar inspiración; venía (…) a resolver una dolorosa crisis que afectaba a lo más radical de su existencia (…) como hombre que no tiene más razón de vivir que la de responder con sutilísima vibración verbal al profundo eco que en él suscita este misterio que es el mundo en que nos encontramos y el hecho singular y extraño de que vivamos dentro de él.
El viaje de Rilke a España se emprende tras una sesión espiritista donde recibe el mensaje, la descripción que interpreta como Toledo. Para Rof Carballo, en aquella sesión Rilke está dialogando con su subconsciente, esto es, un rodeo ritual para, en realidad, escucharse a sí mismo y para abrirse a la erlebniss, contagiarse del mismo espíritu del mundo y la Naturaleza, a través de experiencias cuasi místicas de contemplación y trance:
(…) el lenguaje es el mismo que los místicos emplean esforzándose en transmitir una experiencia suprasensible. Conmovido, (…) se da a sí mismo una respuesta que va a ser decisiva en la obra ulterior de Rilke: encuentra que ha pasado al otro lado de la Naturaleza. (…) Los objetos se le aparecen <<más alejados>> y al mismo tiempo, en cierto modo, también más verdaderos, lo que atribuye a que su mirada ya no se dirige hacia delante, sino que se diluye en un espacio virtual, del que luego se ha de hablar (…); en <<lo abierto>>.
Rof Carballo acerca el viaje silencioso de Rilke al silencio místico que funde al poeta con el mundo, y surte un cambio de actitud en el hombre: ya no se opone enfrentado a la realidad, sino que Rilke se descubre en el mundo, dentro y no enfrente. Es el descubrimiento que permite traspasar las puertas del misterio y, desde el silencio, buscar aquella expresión verbal de lo inefable:
De esta forma, el poeta llega a una vsión sobre el hombre que no se puede decir haya sido lograda con métrodos artificiales, con estupefacientes, como, por ejemplo, la mescalina; ni tampoco que es patológica, sino que se ha alcanzado por una rigurosa ascesis.
Lo que Rilke, según Rof Carballo que, a su vez, sigue a Guardini, ha alcanzado es una verdadera teoría del amor comparable a la platónica: late en el fondo del experimentar la erlebniss un encuentro con lo otro y, más aún, con el otro, el mundo y el prójimo. Y quien dice amor, dice también seducción, como vamos a poder comprobar con Zorrilla, Kierkegaard, Proust y Rilke, entrelazados en las distintas perspectivas que juega el papel del seductor.
El hilo conductor de El problema del seductor, título que da Rof Carballo al siguiente texto dentro de El poeta y el subconsciente es el contraponer la versión de Kierkegaard en Diario de un seductor y la versión de Zorilla en cuanto al mito del Don Juan o el seductor, intercalando la perspectiva del problema en Proust o Rilke. Así, mientras que el burlador de Zorrilla es un Don Juan al que importa la cantidad de conquistas, el juego y la apuesta, y no su trascendencia, el de Kierkegaard se basta con una sola conquista que deje huella eterna y durante la que quepa saborear el proceso de seducción. En Kierkegaard existe deleite frente al granuja, más hispánico por lo demás, de Zorilla:
Si el Don Juan trivial se nos presenta con el antifaz rosa del hombre que con garbosa facilidad conquista a las mujeres, el Don Juan trascendente se nos aparece, en cambio, con la negra máscara del hombre que las seduce, con el aspecto ambiguo, arlequinado de tinieblas y de luces, del seductor
Interesa más a Rof Carballo el Don Juan que seduce de forma trascendente, que lo paladea cual acto estético. A partir de aquí, dos notas van a ser importantes: el significado de “seducir” y su relación con lo estético y el arte.
Así, por un lado:
El seductor de Kierkegaard, es decir, el hombre que se-duce, que conduce por un camino extraviado, que tal cosa quiere decir etimológicamente seductor
Y por otro:
(…) el Don Juan de Kierkegaard, el seductor trascendente, es el mismo Don Juan de la ópera de Mozart. Don Juan es, según Kierkegaard, por esencia, absolutamente musical. Pero, al propio tiempo, absolutamente carnal.
Tales rasgos van a ser asimilados y relacionados con dos aspectos que vimos en el artículo anterior. Y es que, en un Don Juan musical como el de Mozart, es la música quien seduce, y no tanto con su sonido, sino con sus silencios:
¿Qué cosa es esta música del silencio? ¿Cómo puede ser posible que la esencia de la música consista en el silencio? (…) la máxima emoción de la música reside en ese momento expectante en que todo va a comenzar, en ese instante vacío de armonías, pero ya eterno, colmado de silencio.
Retornamos, con ello, a la teoría del silencio, pero esta vez, al psicoterapéutico. Un silencio que se-duce, aunque en muy otro sentido: no conduce por caminos extraviados, sino que busca enderezar el camino trazado:
De esta suerte el moderno psicoterapeuta (…) se ve involuntariamente enfrentado (…) con el problema de la seducción. Su técnica es (…) una técnica de seducción. (…) no de un llevar por caminos extraviados sino de un enderezamiento de la vida afectiva del enfermo.
¿Y Proust? ¿Y Rilke? En Marcel Proust identifica Rof Carballo una cuestión distinta a la de Kierkegaard: a Proust no le interesa el cómo de la seducción voluntaria, sino el porqué de la seducción involuntaria. Amado y amada se sustraen, huyen, se alejan, lo que provoca una reacción automática de seducción. Quien seduce, en Proust, realmente no lo hace con intención, sino a pesar de él:
(…) esta magia de la huida, de lo que se nos escapa, es quien enciende en el corazón humano la taumaturgia de luces embellecedoras en que, al fin de cuentas, consiste el amor.
En Proust el enamoramiento supone más una proyección, y por tanto, algo ilusorio, una fantasía erótica, cuyo carácter es, principalmente, insaciable. Rof Carballo describe la visión amorosa de Proust en la línea del placer en el sufrimiento, la espera continua de la traición y el engaño:
Por eso no ha de extrañar que en Proust la aventura amorosa se tiña inmediatamente de un nuevo carácter anómalo: la necesidad de sufrir y la satisfacción por el sufrimiento. El enamorado aguza por todos los medio posibles su capacidad para observar, en la mujer real, la impureza, el rasgo físico o psicológico qu defrauda, que le muestra al amante que es una ilusión
El Proust que ve Rof Carballo se alimenta de los celos, y con ellos se aviva el fuego apasionado dentro de la mera complacencia en el sufrir insaciable e insatisfecho.
Cuando Rof Carballo se centra en Rilke, descubre que al poeta no le interesa el seductor, ni el proceso, sino la huella indeleble y eterna en la seducida. Dicho con conceptos anteriores, el Otro es la entrada en lo Abierto. Es decir, la erlebniss de Rilke juega un papel central en lo que sería su teoría de la seducción o del amor.
La significación del Otro para Rilke sobrepasa (…) la de la simple relación personal o la relación de un yo con un tú. La máxima significación del Otro se pone de manifiesto en que sirve de pórtico a lo <>. (…) el acto amoroso no se detiene en el objeto amado, sino que lo traspasa, lo ilumina y encuentra en sí mismo su finalidad y su sentido. (…) por eso la Abandonada tiene más plenitud de amor que la Satisfcha
Podría sorprender la última aseveración de Rof Carballo, siempre justificado en el trabajo de Guardini. Ahora bien, estamos ante un amor trascendente, es decir, de algún modo irrealizable que, para Rilke, aproxima a la amada a una existencia superior. No es, por tanto, un amor que pueda resolverse en la cotidianeidad, sino que se le eleva por encima de ésta, de modo que la satisfacción amorosa quedaría en un nivel inferior:
Si Kierkegaard es fascinado por la imagen de Don Juan, Rilke lo es por la de la amante abandonada, ya para siempre fiel al seductor. (…) La grandeza del amor se inicia en el momento en que la enamorada no puede realizarlo de manera concreta; precisamente por no poder ser satisfecho en una persona real comienza a ser posible como trascendencia.
Rilke pone su acento, no en el seductor Don Juan, sino en la seducida y consumida por amor Doña Inés, la Regina Olsen de Kierkegaard. Las amantes, como amadas, son lo más alto dentro del capítulo amoroso.
Otro rasgo más que Rof Carballo aproxima al psicoanálisis acerca del mito donjuanesco, y en el que apenas podemos detenernos, es aquél que llama su atención hacia Edipo: En el Don Juan no existe madre; los personajes femeninos son, más bien las conquistas y seducciones, proceso durante el cual se va reduciendo y haciendo desaparecer la virtud femenina, las reservas, hasta quedar la “hembra”. Resulta, cuando menos, interesante, tocar las cuerdas de los complejos y ver en el Don Juan el intento de sustitución, o la búsqueda, de la madre inexistente, en las conquistas, y la humillación de la mujer, aunque al mismo tiempo se trate del intento de realización idealizada del paraíso infantil con los lazos del afecto maternal. Estos lazos, en la forma en que sean existentes en los autores vistos -ya de odio a la madre o de excesivo apego-, son aprovechados por Rof Carballo para asentar las teorías del seductor, de la seducción o del amor y el enamoramiento que han sido expuestas a tenor de Kierkegaard, Rilke y Proust, quienes en no pocas ocasiones dieron testimonio de su incapacidad para amar, siendo, como son, autores y hombres de la seducción.
Héctor Martínez
02.11.09
“ENTRE EL SILENCIO Y LA PALABRA”, ROF CARBALLO (I)
En mis viajes fuera de España suelo acompañarme de algún libro, al menos dos, por si el primero termina por no ser de mi gusto. Una de esas veces, junto a una pequeña antología poética, puse en mi bolsa de mano el título del que hoy hablo, Entre el silencio y la palabra, de Rof Carballo. Era sugerente desde la portada, no cabe duda; demasiado, quizás. El propio autor hubo de advertirlo en sus líneas de introducción:
Habiendo puesto al libro, según costumbre, el título del primero de los ensayos, teme ahora que el lector, defraudado, descubra que el contenido del volumen no corresponde por entero al prometedor rotulillo. ¡Ya que no es poca cosa lo que entre el silencio y la palabra existe!
Precavido que es uno, siempre hojeo el libro antes de pagarlo. Ignoro si a alguien defraudaría, puede que al comprador de títulos y portadas. Y es un primer detalle en Rof Carballo haber tomado nota de tal costumbre de no mirar el interior, de conformarse con lo visible en la estantería, imaginar de qué se habla en el libro y llevárselo, acto tan típicamente psicológico en nuestra era.
Defraudado, no. Cuando eché el vistazo a las páginas pasaban ante mí Rosalía, Rilke, Zorrilla, Kierkegaard, Proust y hasta Mozart. El libro era tan goloso que en todo mi viaje no toqué para nada la antología poética de la recamara. Llevaba años sin encontrar un volumen de ensayos tan próximo a lo literario y tan hondo en reflexiones. Aunque no es nuevo, desde luego, que un médico se meta a psicoanalista de la literatura -género en que han hecho fortuna unos cuantos-, el libro, de 1957, era toda una novedad para mí, que en cuestión de médicos, tan sólo Marañón y Vallejo-Nágera ocupaban los cajones del podio. Precisamente el prólogo de Marañón fue otro de los criterios para comprar el volumen.
Rof Carballo, el “fracontirador del espíritu” tal cual lo llama Marañón en el prólogo, publicó bajo el título tres grupos: El silencio y el sosiego, compuesto a su vez de otros tres textos con el acento puesto en Cela y su Alcarria; El poeta y el subconsciente, monumental, rico y vivísimo texto reflexivo y literario; Máscaras, fantasmas y mitos, donde, después de Rosalía, vuelve a latir el guiño al origen gallego del autor. Ocupémonos hoy, aquí, del primero de los ensayos.
Rof Carballo asegura que en la región del escritor, ese mundo que vive entre el silencio y la palabra, está el balbuceo. Es el espacio en que se busca la palabra exacta, pues no sirve cualquiera, y no hay silencio; el hueco donde ha de hallarse esa palabra justa que aguarda “en la punta de la lengua”, que conocemos pero no sabemos decir, viniéndonos miles de otras parecidas, pero sólo tangentes a lo que queremos expresar. Una que no mutile el mundo en esa sensación de seguridad que otorga el poder nombrar cada cosa del mundo y por la que, a diferencia del niño, nos disociamos del mundo y nos oponemos en la estructura sujeto-objeto. Rof Carballo llega a afirmar:
Escribir bien, por paradójico que parezca, es balbucear. (…) Tratar de descubrir aquello que en toda palabra ha quedado del primitivo balbuceo en que surgió al mundo cuando fue inventada, o cuando fue modificada.
(…) La grave duda del poeta al intentar redondear su estrofa nos retrotrae al infantil balbuceo, al balbuceo que, en todos nosotros, precedió al aprendizaje de la lengua y que, en el idioma, tuvo lugar antes que la palabra, tal como hoy la conocemos, surgiera cual bloque congelado.
Sin embargo, por las entrañas de la palabra corren, como río subterráneo, los sentidos y las voces de su primitivismo, de las primeras veces que fue articulada y pronunciada entre balbuceos que aún abarcaban el mundo que pretendía ser nombrado; balbuceos cuyo origen era un primigenio silencio. Pero, además, las palabras no se constituyen en nosotros por su configuración racional, sino que arrastran un afecto personal armónico. Rof Carballo menciona un experimento: si, por ejemplo, pronunciáramos invertida una palabra y grabáramos el ejercicio, supuestamente al re-inventir la reproducción debiera resurgir la palabra original. Sin embargo, harto complicado es que ése sea el resultado, pues no entonamos ni musicalizamos la palabra invertida, que para nosotros no dice nada, como sí lo hacemos con la palabra conocida. No es lo mismo pronunciar “Nodnol” que “London”, ejemplifica el autor, y de la pronunciación de la primera no conseguimos obtener la segunda, al menos en un primer intento al que pasan desapercibidos los tonos y armonías, incluso silencios. A estos no prestamos atención en el intento hasta comprobado el fracaso:
Las formas articuladas, conexas, racionales, son percibidas por la parte de nuestra mente que está en la superficie de la conciencia; los elementos informes, inarticulados, sin configuración, que se sustraen a las leyes de la lógica, del tiempo y del espacio son, en cambio, percibidos por la “mente profunda”, por el subconsciente.
(…) como le ocurre al artista, éste ha de estar constantemente en incesante acrobacia, brincando de manera inconsciente, pero efectiva, entre las formas articuladas y netas que su mente superficial le obliga a configurar y los elementos inarticulados, amorfos, de su percepción inconsciente.
Cuando Rof Carballo habla de silencio, reconociendo que hay muchos, vienen a interesarle tres fundamentales y relacionados con el balbuceo y la palabra: el del sabio, tipo Goethe, importando más lo que calla y sugiere que lo dicho; el silencio del místico, tipo Boehme, por el cual se suspenden la voluntad y los sentimientos; y el silencio del médico psicoanalista, que apela, en su fundamental inactividad y ausencia de réplica, a la locuacidad subconsciente del paciente. Es el último un silencio que no busca responder de ninguna manera y aviva otra forma de hablar en quien ante aquél se encuentra.
Cabría pensar que Rof Carballo nos quiere llevar desde el silencio hacia la palabra; todo lo contrario, pues la dirección es de la palabra mutiladora, hacia el balbuceo que busca, hasta llegar al silencio que dice todo. Su desembocadura sorprende al lector cuando éste se encuentra frente a frente con Cela y el Viaje a la Alcarria, como ejemplo artístico y literario, central núcleo del ensayo, en el que el viajante parte a la búsqueda de esa palabra más próxima al mundo, que no ampute parte de él, entre las gentes que viven y han formado su lenguaje en el monte natural:
Al echarse, morral a las espaldas, a caminar por la Alcarria, el vagabundo busca ese fondo entrañable y último en el que paisaje, hombre y vocablo forman una unidad
Y al mismo tiempo, Rof Carballo subraya la imperial presencia del silencio:
Volved a leer Viaje a la Alcarria si no habéis reparado en ello. Aunque ya os habréis dado perfecta cuenta: el libro está colmado de silencios. Además del que acompaña al vagabundo en su caminar, además del que le espera cuando asoma su silueta por la plaza del pueblo, en la cual, por el momento, las gentes hacen que no se asombran de la presencia inusitada; además del silencio de las noches y del que sirve de fondo a los diálogos, en el pajar, a la luz de los cigarros o en el camino tras el yantar parco, hay muchos otros. Las gentes, al hablar, entrecortan sus frases con silencios que quieren decir mucho.
De este modo, resulta que el texto que comenzó acerca del balbuceo próximo al silencio, y nos adentró en la doble naturaleza congelada y primitiva de la palabra, nos devuelve, al final, al expresivo silencio que contempla la tierra. Nosotros solos podemos enmedar la primera afirmación del ensayo por la que escribir bien era balbucear, diciendo, ahora sí, que el mejor escritor sería aquél que se guardase de las palabras, e incluso que no escribiese. Quizás sea esa la conclusión a la que Rof Carballo quiere llegar:
Los ecos de la lectura se van amortiguando sobre estas playas vacías de las hojas en blanco. Grandes capas de silencio que alguien pensará son somero ornmento del libro. ¡Grave equivocación! Ellas señalan que el límite a que toda palabra aspira es lo indecible. La palabra, que al nacer siempre asesina un poco lo que ha querido decir, tiene, para acabar de decirlo todo, que morir en silencio. Sólo este juego de destrucción y creación, como el de la Naturaleza, vuelve a la palabra viva y reveladora
Rof Carballo nos arrastra sutílmente al silencio psicoanalítico, al que no replica, calla, escucha, y en el que se revela el subconsciente del balbuceo. Sin decirlo, valga la ironía, lo identifica con el silencio literario que sugiere con sus puntos suspensivos y sus frases entrecortadas, con su implacable búsqueda, cuando es serio, de la palabra exacta por cuyas visceras se mueva la corriente originaria, la infantil disolución entre el sujeto y el objeto. La palabra, como tal, pierde el trono frente a su interior y su origen, como aquel legendario rebuscar en el terruño de los del 98 para tocar las conciencias con el diccionario olvidado. Como aquel jugar con las plabras forzando etimologías, tan unamuniano, -Rof Carballo se decanta más por el Joyce de la intraducible Finnegans Wake y su bailar entre neologismos de cuño personal-, que quiere arañar el contacto con el mundo usando del principal obstáculo para tal labor como lo es la palabra. He ahí el logro literario: decir con ella lo indecible.
Héctor Martínez
HISTORIA, BIOGRAFÍA Y REALISMO
Recién iniciado el curso tras las festividades navideñas, me esperaba un problema que de ligero no tiene nada. Una alumna a la que presto refuerzo me preguntó la diferencia entre la “novela realista” y la “novela histórica” a colación de estar leyendo algunos Episodios nacionales de Galdós. Su pregunta coincidía, además, con tres de mis últimas lecturas, las cuales, bajo el rótulo de “novela histórica”, presentaban la biografía de tres personajes, a cual más difícil de novelar: Sócrates, Pitágoras y Arquímedes. Los dos primeros fueron cosa de Benigno Morilla con Sócrates y con El hijo del silencio, y la última de Guillian Bradshaw y su El contador de arena.
El autor realista, generalmente, debe observar detenidamente la realidad, debe delinear los personajes minuciosamente, debe documentarse escrupulosamente, mantener o simular objetividad en el relato y mantenerse alejado de él, de forma impersonal. Su obra expone hechos, como un cristal que muestra las vergüenzas, de modo que una de las finalidades es la crítica y la expresión de alguna conciencia colectiva. Se trata de novelar circunstancias, lo cual quiere decir que lo literario no debe interferir. No es tanto escribir una novela, cuanto el ejercicio del novelar una historia existente. Pero, he aquí el dato esencial: el autor realista refleja la época del momento, los años que le son contemporáneos, las vicisitudes en las que vive inmerso o que rodean a la sociedad en la que participa. Su obra y crítica pueden ser decisivas e influyentes. Por esta razón, si hoy leemos una novela de la segunda mitad del s. XIX, misma época a la que pertenece su autor, y la pretensión ha sido reflejar del modo descrito esos años, estamos ante una novela realista y no una novela histórica.
La novela histórica, al referirse al pasado, no puede observar meticulosamente la realidad. Tan sólo le queda documentarse y construir el relato basándose en el perfil de los datos recopilados. Aunque su intención pueda ser crítica, el efecto está mermado al tratarse de un espejo de lo anterior, de lo no presente, lo no actual. Su radio de influencia es muy estrecho y afecta a la interpretación de sucesos, sin capacidad de acción sobre la transformación de los mismos.
La novela de tipo histórico adolece de una necesidad dependiente: la propia construcción de la historia pre-existente. El autor no es autónomo, sino que precisa en la práctica totalidad de los datos suministrados por otros, las interpretaciones ajenas y las conexiones ya realizadas entre unos hechos y otros. Los personajes reales le llegan, en muchos casos, ya catalogados. Sus ojos narradores dependen de otros ojos y otras miradas. Ellos no pueden mirar directamente la acción del relato.
Según esto, los Episodios nacionales son, en sus tres primeras series, novelas históricas, y en la cuarta y la incompleta quinta serie, novelas realistas. De hecho, en la propia quinta aparecerá un narrador diferente, en primera persona, frente al resto de textos.
Sin embargo, la actitud de Galdós en todos los Episodios es el intento narrativo y objetivo de la realidad pasada y presente suya. Quiero decir, su parte histórica difiere y mucho de lo que hoy se hace bajo el título de “novela histórica”, donde asistimos a verdaderas líneas tendenciosas en que, a pesar de la impersonalidad del relato, la historia nos llega sesgada. Es el efecto del llamado “revisionismo histórico” en su vertiente más negativa: la ideológico-política. Y también, bajo lo histórico, se escriben y publican novelas que tienen más de “novelado” que de “histórico”, pero con lo segundo lo venden. En ambos casos, lo que tiene que ver con la historia queda pervertido y distorsionado.
De lo último, pienso en las obras que mencioné al principio, las de Benigno Morilla. No puedo negar haber pasado un buen rato con su lectura, pero no puede pretender hablar de biografía ni de historia cuando escribe sobre personajes de los que extremadamente poco o nada se sabe, como es el caso de Sócrates y Pitágoras, y lo histórico sobre costumbres sólo es excusa y artificio de fondo para un relato inventado. Incluso en Sócrates, el propio filósofo es atrezzo del argumento, asunto que, particularmente, decepciona. En el caso de Bradshaw sobre Arquímedes, el mismo problema se repite. Al margen de su amenidad o de aproximar parte de pensamientos filosóficos o matemáticos que el común sólo sabe de carrerilla, se trata de novelas en las que el porcentaje de ficción es muy superior al histórico.
En definitiva, la actual novela y las biografías históricas están muy lejos de sus homónimas clásicas, y en general, del propio estilo del Realismo literario. Es preciso que cualquier lector tenga claras estas delimitaciones para no caer en el error clasificatorio de la biblioteconomía comercial, donde uno puede encontrar ficción y realismo en estanterías de literatura histórica.
¿Qué le respondí a la alumna? Que las novelas de Galdós eran ambas cosas, pero él no era historiador, sino novelista.
Héctor Martínez
LAS CHARLAS DE MERLEAU-PONTY
Este año de 2008 es el centenario del nacimiento de Maurice Merleau-Ponty, fenomenólogo francés que, como tal, trató sobre el problema de la percepción como relación entre la conciencia y el mundo, a partir de lo cual, desarrolló todo su pensamiento.
Fue en 2003 cuando me hice con las siete conferencias tituladas El mundo de la percepción, editado con Fondo de Cultura Económica. Se trata de conferencias, realmente llamadas “Charlas” -”causeries” en francés-, radiadas entre el 9 de octubre y el 13 de noviembre de 1948 en la emisora nacional francesa. Y el dato central del que parten es bien conocido bajo la desafortunada máxima “los sentidos nos engañan”. Digo desafortunada porque no tienen nuestros sentidos externos tal capacidad del engaño, sino, más bien, limitaciones. Puedo percibir contradictoriamente cómo un palo parece quebrado bajo el agua y cómo se muestra perfectamente fuera de ella. Puedo tener una pieza de cera en las manos y no ser capaz de describir en qué consiste esa cera desde lo percibido por mis sentidos. ¿Un sólido blanco y maleable? Basta ponerlo al fuego para que, sin dejar de ser cera, todas estas propiedades cambien ante mis sentidos.
El mundo de la percepción, es decir, aquel que nos revelan nuestro sentidos y la vida que hacemos, a primera vista parece el que mejor conocemos (…) en apariencia, nos basta con abrir los ojos y dejarnos vivir para penetrarlo. Sin emabrgo, esto no es más que una falsa apariencia.
Lo que ante nosotros se presenta y percibimos intermediado por los sentidos no se muestra a estos tal cual es, sino tal cual los sentidos pueden captarlo y nos es dado interpretar. A partir de este dato, Merleau-Ponty afirma que en la percepción es fundamental la relación entre quien percibe, el medio por el que se percibe y lo percibido. Dicho de otro modo, no existe una posición absoluta y objetiva, ni siquiera la científica, que ofrezca una percepción completa, cerrada y exacta del mundo y los objetos con los que convivimos en ese mundo:
Los hechos que nos propone la experiencia están sometidos por la ciencia a un análisis que no podemos esperar que alguna vez se concluya, puesto que no hay límites a la observación y porque siempre es posible imaginarla más completa o exacta de lo que es en un momento determinado. (…) El sabio de hoy no tiene ya, como el del período clásico, la ilusión de acceder al corazón de las cosas, al objeto mismo. (…) la objetividad absoluta y última es un sueño, mostrándonos cada observación estrictamente ligada a la posición del observador, inseparable de su situación, y rechazando la idea de un observador absoluto
El observador, el hombre, percibe siempre desde cierta posición en el espacio aquello que le suministran sus sentidos y que, al fin y al cabo, le rodea. Lo cual viene a significar que el cuerpo y su posición, se vuelven datos fundamentales en la percepción que, después, es elaborada en la inteligencia. Por tanto, el espacio ya no es entendido como el cuadro de pintura naturalista o realista que permite una visión simultánea de diferentes perspectivas:
(…) el espacio no es ya ese medio de las cosas simultáneas que podría dominar un observador absoluto igualmente cercano a todas ellas, sin punto de vista, sin cuerpo, sin situación espacial, en suma, pura inteligencia
Ello implica, necesariamente, que toda percepción consiste en un complejo relacional con el espacio que no sólo debe tener en cuenta lo percibido, sino también al percibiente en todas sus dimensiones:
Tanto en psicología como en geometría, la idea de un espacio homogéneo ofrecido por completo a una inteligencia incorpórea es reemplazada por la de un espacio heterogéneo, con direcciones privilegiadas, que se encuentran en relación con nuestras particularidades corporales y nuestra situación de seres arrojados al mundo. Tropezamos aquí por primera vez con esa idea de que el hombre no es un espíritu y un cuerpo, sino un espíritu con un cuerpo, y que sólo accede a la verdad de las cosas porque su cuerpo está como plantado en ellas
Sin embargo, la percepción relacional y mediada por el cuerpo no es una percepción fría e indiferente ante los objetos. Muy al contrario, se produce una afectación emocional con los objetos y sus cualidades que nos llevan a reaccionar frente a ellos de maneras muy diversas. ¿Por qué, si no, cada uno decora y adorna su casa de manera diferente? ¿Por qué, de manera intencional, nos rodeamos cada uno de determinadas “cosas”, y nos alejamos de otras? En nuestra relación con el mundo y el resto de objetos que ocupan su espacio, diferenciamos y reaccionamos a la hora de percibir:
Por lo tanto, las cosas no son simples objetos neutros que contemplamos; cada una de ellas simboliza para nosotros cierta conducta, nos la evoca, provoca por nuestra parte reacciones favorables o desfavorables, y por eso los gustos de un hombre, su carácter, la actitud que adoptó respecto del mundo y del ser exterior, se leen en los objetos que escogió para rodearse, en los colores que prefiere, en los paseos que hace.
(…) Por consiguiente, es una tendencia bastante general reconocer, entre el hombre y las cosas, no ya esa relación de distancia y dominación (…) sino (…) una proximidad vertiginosa que nos impide apoderarnos como un puro espíritu desligado de las cosas o definirlas como puros objetos sin ningún atributo humano
Dicho de otro modo, antes que apoderarnos de los objetos, nos depositamos en ellos y los vivimos. Es condición de aquel ser arrojado al mundo, no sólo relacionarse en ese mundo de forma distante, sino vivirlo de forma cercana. Poco a poco, Merleau-Ponty va desmitificando la posibilidad de una mera inteligencia conocedora, aproximándonos a un modo de percepción que convive en un roce continuo con el mundo en que se desarrolla. Ante nosotros va desapareciendo el dogmatismo concebido del ojo humano y sabio que todo lo ve y puede encontrar una única coherencia entre todos los elementos del mundo. Va tomando forma un pensamiento que, en realidad, a golpe de percepción relacional encarnada y emoción, va redescubriendo y reconstruyendo el mundo que le rodea, va dotándolo de una nueva significación:
(…) redescubrimos en cada cosa cierto estilo de ser que la convierte en un espejo de la conductas humanas-, o sea, entre nosotros y las cosas se establecen, no ya las puras relaciones de un pensamiento dominador y un objeto o un espacio totalmente extendios ante él, sino la relación ambigua de un ser encarnado y limitado con un mundo enigmático que vislumbra, que ni siquiera deja de frecuentas, pero siempre a través de las perspectivas que se lo ocultan tanto como se lo revelan, a través del aspecto humano que cada cosa adopta bajo una mirada humana.
(…) finalmente es el espectáculo entero del mundo y del hombre mismo los que reciben una nueva significación
En ese mismo mundo, topamos con el otro, con ese ser vivo animal que fue considerado simple máquina y que sin embargo presenta el mismo rasgo de “organización del mundo” con el que se las tiene que haber. Y sobre todo, con ese otro ser humano, que ha venido siendo descrito como espíritu puro desligado de su cuerpo, aunque es precisamente por sus gestos, sus posiciones, su palabra, por lo que llego a conocerlo. Su cuerpo, al que no cabe reducirlo, pero que está precisamente movido en las intenciones y acciones que permiten conocer su figura moral.
Para nosotros, los demás son espíritus que frecuentan un cuerpo, nos parece que está contenido todo un conjuntos de posibilidades de las que él es su misma presencia
El otro se convierte en una experiencia percibida que nos permite la reflexión sobre nosotros mismos. Merleau-Ponty llega a pensar, en la línea psicológica, que tan siquiera nos daríamos cuenta de nosotros mismos sin ese contacto mediado por la presencia corporal de otro ser humano, sus actitudes y reacciones:
(…) no vivimos ante todo en la conciencia de nosotros mismos -ni siquiera, por lo demás, en la conciena de las cosas- sino en la experiencia del otro. Jamás nos sentimos existir sino tras haber tomado ya contacto con los otros, y nuestra reflexión siempre es un retorno a nosotros mismos, que por otra parte debe mucho a nuestra frecuentación del otro
Ahora bien, no es sólo la presencia corporal del otro a través de la cual podemos aprehender su emoción y su intimidad; toda relación humana con el otro tiene un filtro más: la cultura. Por medio de ella recibimos un determinado código o lenguaje orientador para leer esa vida de convivencia e interrelación en la que estamos sumergidos y que venimos a llamar humanidad. Es decir:
La humanidad no es una suma de individuos, una comunidad de pensadores de los cuales cada uno, en su soledad, está seguro de antemano de entenderse con los otros porque todos participarían de la misma esencia pensante. Tampoco, por supuesto, es un solo Ser donde la pluralidad de los individuos estaría fundada y destinada a reabsorberse
Merleau-Ponty disuelve así el principio de la unidad en el Ser como dogma metafísico, y nos pone en la situación inestable de la comunicación ambigua, necesaria e inexacta con los demás, en la que, indudablemente, nos realizamos y tratamos de comprendernos. Y esta tarea humana se mueve, quizás como en Sartre, dentro de los límites de su imposibilidad de éxito como de abandono. Quizás, una pasión inútil:
La razón y el acuerdo entre los espíritus no están a nuestras espaldas, presuntamente se hallan adelante, y somos tan incapaces de alcanzarlos definitivamente como de renunciar a hacerlo
Quepa entenderse todo ello, no como una situación absurda, sino como una continua amenaza para la que los deben estar preparados a enfrentar y reconocerse, percibirse, y encontrarse entre sí, a través de una cultura que debe compartir el mismo modo de percepción. Por ejemplo, el modo artístico de la pintura o de la poesía, indudablemente perciben el mundo y lo expresan en un lenguaje. Y también ellas son percibidas por alguien que contempla un cuadro o lee un poema. Justo por ello, no podemos caer en la tentación de considerar, al caso, la pintura, un mero arte de la apariencia cuya significación se halla fuera de sí mismo, en el exterior que viene a representar. La pintura no busca servir de indicación hacia un mundo al que, se supone, refiere:
Por consiguiente, la pintura sería no una imitación del mundo, sino un mundo por sí
Dicho de otro modo, tampoco en la cultura, ya estemos ante pintura, música, poesía o cualquiera de la expresiones del mundo, es posible separar forma y fondo, esto es, forma de percibir y expresión material de la percepción. No es reducible a un cúmulo de ideas etéreas, puras, sin un cuerpo que las hace, podríamos decir, “visibles”.
Merleau-Ponty, a lo largo de estas “charlas” radiadas, expone el que considera el desarrollo del mundo moderno como una vuelta al mundo percibido, la vuelta a las cosas de la fenomenología, labor perennemente inconclusa e insegura, siempre aproximativa y provisional, frente a la imagen sólida y consumada que siempre se nos ha transmitido del mundo clásico. Pero, ¿acaso es cierto que el mundo clásico creyó alcanzar la visión cerrada y absoluta del mundo? ¿No se encontraron también insertos en la inquieta labor sin fin? Ni siquiera la historia puede escapar a la inconclusión.
Héctor Martínez
“MORAL LAICA”, R. L. STEVENSON
Quien oye mencionar a Robert Louis Stevenson piensa en La isla del tesoro o en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide, obra por la que algunos le consideraron candidato a culpable de los asesinatos de Whitechapel. Poco se ha dicho de su poesía, su composición musical -aunque como aficionado amateur- y, sobre todo, sobre sus ensayos. Existía una compilación selecta en Losada, y este año 2008, Siruela ha sacado por sorpresa Memoria para el olvido como nueva recopilación del género ensayístico en Stevenson. Todo ello me ha hecho recordar que hace unos tres años leí el librito del que hoy hablaré.
Moral laica, obra inacabada, es un título confundente, al menos para las conciencias actuales que ven en el laicismo lo contrario a lo religioso, sin haber entendido que el propio término “laico” proviene de la religión y denomina al fiel que no es clérigo, como también a la separación aconfesional de instituciones y sociedades respecto de la religión. Antes bien, Stevenson discute determinada perspectiva moral de la religión, que, al mismo tiempo que dice tener por modelo la Palabra de Dios y de Cristo, incurre en palmarias contradicciones en sus mensajes. Por ello que saque a relucir que el modelo de tal enseñanza religiosa no es Cristo, sino Franklin.
(…) a los jóvenes se les enseña a ser cristianos. (…) Honestamente, sea lo que sea lo que enseñamos, bueno o malo, no es la doctrina de Cristo. Lo que él enseñó (…) no fue un código de normas, sino un espíritu prevalecedor; no verdades, sino un sentido de la verdad; no puntos de vista, sino una visión. Lo que nos mostró fue una actitud de la mente
De este modo, compara el mensaje de Cristo con las actitudes y enseñanzas cristianas, para concluir:
Se puede objetar que éstos son los llamados “principios difíciles”, y que un hombre, o una educación, pueden muy bien ser suficientemente cristianos aun dejando de lado algunas de estas palabras. Pero esto es una ilusión muy grande.(…)
Pero ser discípulo verdadero es pensar en las mismas cosas que nuestro profeta, y pensar de su misma manera sobre cosas diferentes. Ser del mismo espíritu que otro es ver todas las cosas bajo la misma perspectiva; no es estar de acuerdo sobre unos pocos asuntos indiferentes al alcance de la mano y no muy debatidos
El problema fundamental es la pérdida del verdadero mensaje cristiano al pretender resumirlo en diez Mandamientos y algunas otras normas y códigos. Tal y como empieza el ensayo, Stevenson sabe que la comunicación lingüística es un doble proceso en el que, el comunicante -y habla de los educadores- entierra bajo palabras el sentido de lo que dicen, y el oyente ha de desenterrarlo. Es la doble perspectiva del lenguaje como obstáculo y como vehículo de sentidos. Llevado a la educación moral religiosa, se ha enterrado el mensaje de Cristo de tal manera, que, por muy preparado que se esté, no hay posibilidad de desenterrarlo por parte de aquél que ha de escucharlo y entenderlo.
Para un hombre que es del mismo espíritu que Cristo (…) cada una de tales palabras debería llegar con un vibrar de alegría y corroboración. (…) Pero ¡ay!, en esta encrucijada de los tiempos no pasa así con nosotros (…) ¡Cristianos! La farsa es vergonzosamente amplia. La ética que apoyamos es la de Benjamin Franklin.
Y ese enterramiento se repite incesantemente con un catecismo de meras palabras sin espíritu, aprendido de memoria, con un decálogo recitado sin más, día tras día:
La Biblia entera ha perdido así su mensaje para los que de ordinario la escuchan; se ha convertido en meras palabras que se dan por sabidas, y el párroco podrá regañarle hasta la extenucación y golpear el púlpito como un poseso, que sus feligreses continuarán asintiendo; están extrañamente en paz, saben todo lo que va a decir
Compara, quizás con algo de irreverencia, ese decálogo cristiano -que reduce, en realidad, a cinco mandatos, pues considera que el resto son asunto de observancia y no de conducta- y la multiplicación judía de los preceptos, con las normas del Whist -juego de cartas:
La comparación es justa y condena el proyecto, porque los que juegan guiados por generalizaciones nunca pasarán de ser mediocres jugadores, y a ti y a mí nos gustaría jugar nuestra partida en la vida en la condición más noble y sagrada.
Para Stevenson, el mismo Cristo:
(…) fue, en general, enemigo de esa clase de enseñanza; rara vez le encontramos entrometiéndose en cualquiera de estos romos mandmientos si no es para que fructifiquen y eleven a los que le escuchan desde la letra hasta el espíritu
Y esa es la clave, elevarse de la letra hacia el espíritu, razón por la que, por monumental que sea el volumen de preceptos, nunca podrán estar por encima del juicio y tribunal personal de cada uno. No es la palabra y letra escrita las que gobiernan al espíritu, sino el espíritu quien las escribe, las aplica o intenta comprenderlas en su último sentido, buscando todo su alcance y no sólo quedarse en la tipografía sobre el papel. La letra y la palabra, no se cansa de repetirlo están muertas y matan lo vivo, que es el hombre. Para Stevenson, el mensaje de Cristo estará más cerca de ser comprendido y compartido cuanto más libre sea la conciencia del individuo; y así mejor preparado estará para juzgarse a sí mismo dentro de la visión cristiana.
Stevenson ha señalado sus dos principales ejes: libertad y espíritu individual. Lógico que defienda en los siguientes capítulos el “dualismo antropológico” alma-cuerpo frente al materialismo -entiéndase que no el dialéctico marxista, sino las que se centran en el cuerpo-, acentuando la principalidad del alma o yo interior como la parte fundamental de lo que llamamos hombre. Los argumentos, sin embargo, y me permito la apreciación, no salen del típico “algo más hay que lo fisiológico”, y adolecen de la misma debilidad tradicional de la filosofía que tomó este camino:
La materia es una teoría rebuscada y el materialismo no tiene raíces en el hombre. Para él todo es importante en la medida que le conmueve (…) Las funciones físicas del cuerpo de cada hombre son realizadas para él; como un sibarita, posee serviciales ayudas de cámara en sus propias visceras; respira, suda, digiere sin esfuerzo o voluntad que dé su consentimiento (…) Su vida está centrada en otras consideraciones más importantes.
Bajo el prejuicio de que lo concerniente al cuerpo está mecanizado, y lo más alto del hombre, lo que le hace hombre como tal, es la vida interior del espíritu, se rechaza la posibilidad del concepto de humanidad frente al de individuo separado, en su diferenciación de “yo interior” que, subrepticiamente, precisa de la oposición al tú, al vosotros o al ellos.
La humanidad, en el sentido de la masa que se arrastra, que nace y se alimenta, que se reproduce y muere, es únicamente el agregado de los aspecto más externos y bajos del hombre. Esta conciencia interior, esta literna alternativamente oscurecida y brillante, para la cual y por la cual el individuo existe y debe guiar su conducta, es algo especial para él, y no compartido con la raza.
El camino es el de una moral individual, libre, espiritual e interior, y no de masas. La pregunta lógica sería, ¿apuesta por el sacrificio y represión de deseos o instintos que dicen ser del cuerpo en favor de la pureza del alma? La respuesta de Stevenson es no. Mortificar el cuerpo como Orígenes, o al alma como un Pascal renunciando a las matemáticas sería condenarnos a no tener nunca un hombre completo. La idea de Stevenson se aproxima más a una armonía:
(…) armonizar los apegos por medio de la reconciliación, en la cual el alma y todas las facultades y sentidos persiguen una misma ruta y comparten un único deseo.
(…) no persigamos objetivos sin salida, sino nobles y amplios propósitos en los que alma y cuerpo puedan unirse como notas de un acorde armonioso.
Libertad del individuo y potenciación de la armonía entre sus facultades físicas e intelectuales es el objetivo de una enseñanza moral laica. Evitar en lo posible que cada hombre sienta desapego o sea insensible a su propio yo y su propia alma, esto es, impedir que se pierda a sí mismo en la gran masa de la sociedad “cristiana” en que vive el autor:
¡Recibidos en sociedad! ¡Cómo si eso fuera el reino de los cielos! Y debemos cortar nuestra conducta (…) y dedicar nuestra vida entera a hacer dinero y a ser rigurosamente decentes (…) Tenemos que vivir ahora tan bien como podamos, pero colarnos en el cielo en el último momento, donde seremos buenos. Andaremos dando innobles trompicones toda la semana, pero para que nos salgan las cuentas, viviremos una vida diferente el domingo
La posición de Stevenson es bien contraria a este conducirse según los demás y lo social, o según lo escrito en un código ético. En ello, precisamente, nunca encontraremos lo noble y el honor que habita en el hombre. Sólo en el juicio y la decisión tomada a raíz de la “luz que poseemos” en nuestro interior que nos permite juzgar y decidir, viviremos en justicia con nosotros mismos. Se prefiere, obviamente, el honor discreto y propio a la fama exhibida o el dinero prudente a la riqueza. Pero no es tan ingenuo el autor como para negar la influencia, e incluso, la necesidad de la sociedad civilizada, así como su ser fuente de la propia supervivencia. Ciertamente para Stevenson es cierto que lo que un hombre gana para sí, lo gana prestando servicio a la humanidad. Dicho de otro modo, un hombre se hace o es hombre en el medio social donde obtiene para sí mismo dando antes a los demás con su trabajo y su servicio, pero sin dejar de ser quien es y evitando ser absorbido por los criterios de otras almas o de masas, sin perderse en lo superfluo, lo innecesario y sólo requerido por convención social y modas.
No ha escrito R. L. Stevenson un manual ético, un decálogo, sino que presenta una serie de reflexiones personales, conocidas por todos pero no por ello escasas de importancia, decoradas en diversas ocasiones con esa maravillosa prosa lírica que le caracteriza -eludido en las citas. Sin embargo, no podemos olvidar que el texto no está completo y cabe intuir que, ni siquiera, revisado por el propio autor. Parecen más los apuntes de pensamientos tomados sobre el escritorio, todavía sin ánimo de publicación, causa de que deje de lado el aspecto literario de la obra que, aún así, muestra sus buenos doblones de oro en varios pasajes. Por el otro lado, tampoco se trata de una gran reflexión filosófica, pero, ¿por qué comparar las idas y venidas del pensamiento de un hombre con las de autores de renombre que han pasado a la historia por devanarse los sesos entre categorías de difícil comprensión mortal? No, el conjunto no es un tratado que merezca un estudio trascendental. Es más mundano en su unidad, aunque existan destellos fugaces de hondura a cada página que podrían dar lugar a ríos de tinta que le den continuidad, como por ejemplo, toda la intermediación del lenguaje en torno de la cuestión moral -que sensiblemente recuerda al propio Nietzsche- como gran estudioso que fue de la lengua y su uso.
Héctor Martínez
JANKÉLÉVITCH: “PENSAR LA MUERTE”
Si se quiere alguna aproximación al voluminoso y tripartito La muerte de Vladimir Jankélévitch, buenas son estas entrevistas a su autor publicadas bajo el título Pensar la muerte. No pueden venir a sustituir el desarrollo de tal pensamiento, pero sí a presentarlo de una forma clara y concisa.
Y es que el tema de la muerte había caído bajo el dominio médico como un acceso, como el resultado de una enfermedad mal curada e incluso incurable en ese momento, o bajo la tutela de una suerte de mística y oscurantismo, fantasmagorías mientras que el resto de mortales olvidaban -y olvidan- su condición. Se ha llegado a pensar que, como algo opuesto a la vida, era preciso negar la muerte, o a lo menos, no pensar en ella, para poder afirmar su contraria. La afirmación de la vida para muchos, se convertía en la ceguera del destino y mero pesimismo toda reflexión acerca del tránsito. Acaso sólo se ha tolerado creer que el sinsentido de la muerte dotaba, necesariamente, de sentido a la vida, pensados, como ya se ha dicho, en tanto que opuestos o contrarios.
Sin embargo, Jankélévitch, en una magnífica reflexión contraria a la teoría antagonista entre vida-muerte, se vuelve en contra de la simetría que subyace a ésta:
(…) se considera a la vida humana como una gran línea entre dos extremos. (….) Es un mito de simetría, un mito espacial (…) Pero la vida es tiempo. El tiempo no puede ser desplegado en el espacio. (…) En consecuencia, la muerte y el nacimiento no son simétricos. (…) Son dos cosas incomparables. (…) No son nunca dados juntos en una experiencia simultánea. (…) en el nacimiento la nada está antes, mientras que en la muerte está después. (…) Eso lo cambia todo.
Por otro lado, y apoyándose en Bergson, afirmará Jankélévitch que, si bien es cierto que la muerte limita a la vida, lo hace como el ojo a la visión. Es decir, aunque el ojo permite ver, sólo lo permite dentro de unos límites. Así la muerte, siendo el límite de la vida.
(…) al mismo tiempo comprendemos que el hombre no sería él mismo un hombre sin la muerte, que es (…) la que hace las grandes existencias, la que les brinda su fervor, ardor, su tono
En definitiva, que aquello que no muere, el anhelo de inmortalidad, es aquello que, simplemente, no vive. El ejercicio filosófico consiste en reunir en el hombre sus dos notas esenciales fuera de un plano simétrico y dialéctico denotando un error básico como es el haber considerado al hombre como esencialmente vida dejando al margen la muerte. Afirmar la vida no es posible sin tener en cuenta el dato que la convierte en digna de ser vivida por el hombre: la propia muerte.
Y mientras se vive, se envejece. He aquí otro mito: envejecer es aproximarse a la muerte. Ahora bien, el llamado envejecimiento lo es en función de los ritmos de vida. Los viejos de antes no son tan viejos ahora con la misma edad. Pensemos, por ejemplo, en la incorporación laboral o la procreación, las edades en que se daba antes y en las que se da ahora. ¿Consideraríamos envejecida a una mujer de treinta o cuarenta años? Hoy la vemos más joven de lo que se la veía en el pasado. Esto es, el envejecimiento no es un dato uniforme y homogéneo, sino que pende del criterio del ritmo en que se vive, más largo o más corto, más pausado o más acelerado. Pero esto no nos aproxima más o menos a la muerte. Entre otras cosas, porque no existe distancia entre el hombre vivo y su muerte, sino que ya acarrea con ella por condición. Tan sólo, quizás, nos es dado aplazar médica o precavidamente su acontecimiento, porque la muerte no es necesaria en tal fecha o en tal otra, pese a que sea ineludible. El envejecer, entonces, no es otra cosa que la disminución de la posibilidad de aplazamiento. Mientras que la vida se alimenta de la posibilidad del mañana, cada año es menos posible aplazar la muerte:
Pienso que un anciano debe tener el corazón oprimido cuando se le dice “el año próximo”, “eso será para el verano próximo”
No se piense, emepero, que Jankélévitch pretenda ser un gurú que enseñé a morir. Es muy contrario a las escuelas de tales pretensiones sobre ascesis y mortificación, por un hecho muy simple: no se puede aprender a morir, porque la primera vez que ocurre es la definitiva. No se puede practicar hasta dar con una muerte correcta o bien llevada. Contemplamos la muerte de otro como el instante mortal más próximo a nosotros, pero de ello no aprendemos cómo morir, sino sólo que es condición necesaria que ha de darse también en nosotros.
A este respecto de contemplar la muerte de otros, cabe pensar en circunstancias como el más allá, la pena de muerte o la eutanasia. Efectivamente, estas cuestiones se tocan con más profundidad en las tres entrevistas siguientes. Así, observa el filósofo cómo es inherente a toda religión en tanto que tal, la promesa de vida después de la muerte, es decir, transformar muerte en símbolo de vida rebajando el acontecimiento. Una frivolización, poca seriedad, asentarse sobre el misterio de la muerte -por ejemplo, en la cruz- y trastocarla a símbolo de salvación y resurrección, nueva vida, pasando por aquélla de puntillas. En el caso de la eutanasia, enfrentado a los Nobel firmantes de un manifiesto pro-eutanasia, en primer lugar arremete contra el principio de autoridad:
Uno no se inclina ante un premio Nobel, porque se puede ser premio Nobel y razonar muy mal. Y menos todavía se inclina ante el Orden médico, que es reaccionario y que, peor que eso aún, se ata a todos los tabúes
Y es que, en segundo lugar, Jankélévitch considera que la cuestión de la eutanasia afecta exclusivamente al Orden médico y la contradicción que supone con Hipócrates y su código.
(…) el problema es el del papel del médico. El médico está ahí para preservar la vida, para prolongarla tanto como se pueda, eso forma parte de axiomas evidentes de la deontología médica, es el juramento de Hipócrates: el médico no está para dar muerte, está para dar vida. Y cuando sobreviene la muerte, el médico no tiene más nada que hacer.
Al fin y al cabo, la eutanasia sirve a la buena muerte de aquél que no puede procurarse a sí mismo un suicidio, aquél que precisa de colaboración en su muerte por algún impedimento. El que no sufre impedimento, se suicida, siendo el suicidio un acto, pese a la ley, personal e íntimo. El problema surge cuando el que quiere acabar con su vida y sufrimiento, no puede hacerlo por sí mismo; cuando entra en juego la necesidad de una inyección letal y vigilada médicamente, consentida por el paciente y por familiares, en todo caso. ¿Considerar legítimo y racional, por la sacralización de las últimas voluntades, el deseo de morir en medio del tormento? ¿Confiar en la transmisión familiar de ese deseo, cuando el moribundo no puede comunicarla? ¿En el juicio probabilístico del médico? Pues no todos los casos son tan claros: hay casos que Jankélévitch califica de “irrisorio” su debate; pero muchos otros suponen la renuncia a un mañana en que podría surgir la curación. Dicho más claramente:
Teóricamente, le digo sí a la eutanasia. Pero decirle sí a la eutanasia en todos los casos, por el contrario es desconocer el tiempo, la potencia del tiempo, la apertura del porvenir, el sentido de lo posible (…) Toda decisión que usted tome es una decisión (…) instantánea, relativa a un momento del día, al estado en que se encuentra cuando la toma
El problema que descubre Jankélévitch es constatar que no existe un criterio a priori, universal y necesario, para todos los casos. Muy al contrario, si bien puede afirmarse en la especulación teórica, en la práctica la eutanasia viene a particularizarse refutando su universalidad. No puede decidir una ley general, sino un juez -médico- en cada ocasión concreta. Y es esta la mayor dificultad que enfrenta cualquier propuesta sobre eutanasia, más allá de tabúes, demagogia e ideologías.
Si bien existe esta experiencia del querer morir por dimisión de la vida a causa del sufrimiento, que no sería sino darnos una fecha y una hora de muerte elegida, en lugar de esperar, también damos con la experiencia en que no queremos y otros eligen por nosotros: la pena de muerte:
Sí, es una experiencia monstruosa.(…) la fecha es conocida, y eso no lo es para nadie. (…) El hombre no está hecho para conocer esta fecha, esta hecho para entrever. Su vida está cerrada por la muerte pero está siempre entreabierta por la esperanza, lo que hace que nunca sea necesario morir. Es esta esperanza la que le está negada al condenado a muerte. Eso es contra natura, inhumano.
El reproche de Jankélévitch va a la esencia misma de la condición humana y mortal -rasgo definitorio de toda su reflexión-, esto es, saber que la muerte es necesaria, pero no es más necesaria ahora que después. La fecha es incierta. La inhumanidad de la pena de muerte no está en el arrebatar la vida, ni en los asaltos al derecho, sino en hacerlo y comunicarlo al condenado que ya sólo puede esperar que llegue, sin falta, el momento prefijado. La pena de muerte es inhumana desde el primer momento en que se sentencia y no sólo en el instante mismo de la ejecución.
Jankélévitch destierra de su pensamiento toda forma de ocultación del tema. Su labor no es descubrimos cuál es la respuesta al gran misterio de la muerte, sino pulir y desnudar la actitud que, perennemente, trata la muerte como tabú o tiende a separarla de la condición humana, olvidándola hasta el suceso. La mentira piadosa al enfermo, la proclamación de la eutanasia por ley a priori, lo inhumano de la condena a muerte en la condena misma y no tanto en la muerte… actitudes con las que nos mentimos a diario sobre lo que es nuestro ser, indefectiblemente hecho para vivir y morir, sin la moralidad del bien y el mal. El filósofo, como reza el título, piensa la muerte y no en la muerte, es decir, la piensa no como acontecimiento momentáneo, sino como condición natural de nuestro ser; no sólo en el instante, sino la vida misma en la que ya va inserta como algo indisolublemente nuestro.
Héctor Martínez
GUMBRECHT Y SU “ELOGIO DE LA BELLEZA ATLÉTICA”
Ensayos los hay de todo tipo y cualquier temática. Sin embargo, el texto de Gumbrecht llama, y mucho, la atención en la época actual. Pese a los referentes griegos y romanos, en lo atlético parece haber decaído su fuerza como cuestión intelectual y llegado a ser considerado mero espectáculo vulgar, simple mercado de negocio publicitario, modo de acceder a la despersonalizada fama… olvidando aquel corpore sano entre el snobismo adelgazante de gimnasios, dietas y máquinas maravillosas.
Todos los discurso contemporáneos (…) están impregnados de una tendencia a disminuir y, a veces, (…) a denunciar los logros de los atletas famosos. (…) La popularidad sin precedentes de los deportes en las sociedades contemporáneas es raramente evocada sin ser leída inmediatamente como un símbolo de decadencia (…) no dejan de identificar los deportes como algo que llena una función meramente subordinada
El carácter despreciativo que a las espaldas de los deportes se ha arrojado, empero, no evita que sea una faceta, en tantas ocasiones, fundamental para las sociedades. No lo ponemos a la misma altura que el museo, el teatro, el concierto o la ópera, o que un recital de poesía, aunque despierta emociones muy cercanas tanto en el practicante como en el espectador. Curiosamente, pensamos en deporte y nos viene a la cabeza, sobretodo, el fútbol europeo, o el americano con su béisbol y hockey o el baloncesto. ¿Dónde quedan patinaje, atletismo, gimnasia, natación…? O aquella descripción peyorativa de “veintidós tíos en calzoncillos persiguiendo y dando patadas a un balón”. Nadie, sin embargo, imagina tales palabras en Olimpia o en el Coliseo:
Creo que este atractivo reside en la promesa de estar en presencia, en la presencia física de una grandeza que inspira respetuosa reverencia. (…) la grandeza atlética en Olimpia implicaba que uno estaba cerca de los dioses (…) Estar en Olimpia significaba competir y observar en directa proximidad a Zeus.
Frente a los Séneca de hoy, para quienes estos eventos no son sino, en su momento baños de sangre, y hoy, baños de sudor, propios de una crisis ética, Gumbrecht se levanta como un Cicerón que comprendía “los momentos de la verdad” en que un luchador enfrentaba la muerte, o el poner en juego un entrenamiento físico y una destreza sin igual. Algo hay en el deporte que, evidentemente, fascina, más allá de la puesta en escena. Por ejemplo, y para no ir al cotidiano balompié, el patinaje artístico o la gimnasia rítmica, conjuntados en un programa de movimientos, tensiones y fuerzas y articulados con gran belleza al compás de una determinada música y ritmo. El gimnasta de las anillas, las paralelas o sobre el potro, jugando confiadamente por sus destrezas con la gravedad que a los humanos nos atrae hacia el suelo. Y hay en ello, no cabe duda, una belleza, quizás por la armonía del movimiento y sus pausas, o el conjunto conformado junto a una melodía.
¿Se trata, pues, de un placer y puro hedonismo, la contemplación del deporte? Gumbrecht recurre a Kant y sus devaneos acerca de lo “bello” como la satisfacción contemplativa y desinteresada. Depende lo bello tan sólo del juicio de la contemplación, sin atender la importancia en sí o para nosotros del objeto contemplado. No deja de ser curiosa la naturalidad con que Gumbrecht pone, hombro con hombro, el fetiche filosófico de Kant y un tricampeón olímpico de natación a lo largo de las siguientes páginas sobre esta cuestión hasta poder
concluir que la experiencia atlética -y la experiencia estética en general-, no es fundamentalmente distinta de nuestra experiencia en otras situaciones.
Perdido aquel sentido clásico y divino, olvidándonos de la sombra comercial y publicitaria o el provecho alienante con que el deporte puede ser usado cara a la sociedad, el dogma de lo sano, de la formación del carácter, la disciplina y particularidades por el estilo, acaso tan sólo nos queda un placer, una cuestión estética sin valores materiales de ningún tipo. ¿A qué un atleta se somete a los rigores de la disciplina? ¿A qué el espectador sigue embobado los resultados en la competición? Trascendiendo todo hedonismo contemplativo, Gumbrecht arriesga una respuesta:
(…) mirar deportes puede ser una forma de esperar que algo ocurra, aunque sin ninguna garantía, porque eso está más allá de los límites precalculados del desempeño humano. Ver qué ocurre, ocasionalmente, aquello que no tenemos derecho a esperar, bien podría ser eso a lo que estamos abiertos cuando, perdidos en la intensidad de concentración, estamos mirando deportes. (…) Se trata de una celebración paradójica porque, (…) la celebración de la superación de un límite no implica que tal límite no seguirá existiendo
Una experiencia estética y contemplativa, una búsqueda de placer o la sana curiosidad de saber si se podrá rebasar el límite de un récord humano, son posibles respuestas. Gumbrecht no nos da una sólo, sino varias posibilidades por la que considerar al deporte como algo bello y digno de elogio, ya tan lejos de la cultura grecolatina, pero también alejándose del hombre “culto” contemporáneo.
Se aproxima el autor como espectador de deportes, y aunque quiere eliminarlo, con mucho tinte académico que, antes que central, es simple accesorio argumentativo, lo cual es un buen logro ensayístico. Como lo es también el dar con un equilibrio entre figuras deportivas de toda índole y nombres de altura filosófica y literaria, forma de refutación del prejuicio anti-deportivo que domina a las capas más sesudas de los últimos tiempos. Otro éxito es haber acudido, como no podía ser de otro modo si se pretende seriedad, a todos las categorías deportivas.
Animo a una lectura, al menos, por curiosidad, que es la que me llevó a mí a estas páginas. Y aunque sigo sin entender a un enorme grupo haciendo aspavientos a la caja tonta, sí, por lo menos, me abrió el campo de juicio y reflexión sobre un ámbito tan tópico de cualquier sociedad y civilización.
Héctor Martínez
“EL DEFENSOR”, DE PEDRO SALINAS
La gente me pregunta, cuando por la calle me ven con este libro, si el Pedro Salinas es el mismo Salinas poeta. Yo suelo responder que no, que este Pedro Salinas es el ensayista. Y la respuesta parece satisfacerles, aunque alguno caiga en la ironía. Este sarcasmo mío, sin embargo, tiene mucho más de falsedad que de simple broma, porque además de ser la misma persona, no otra podía escribir El Defensor sino aquel que poéticamente gritó:
Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!
Defensor de los pronombres, del lenguaje, de la escritura y la lectura, pero en cada hombre, de forma personal en el trato con la lengua de uno y su uso:
Debe gobernarse la lengua desde dentro de cada hombre; para hacerlo no valen instituciones o cuerpos legislativos externos y son vanas las coacciones. El impulso al bien hablar es menester que brote de la convicción de la persona misma, de la sin par importancia que para su vida total tiene el buen estado del idioma.
Efectivamente, poeta y ensayista son la misma persona, no ya sólo por compartir nombre. Pero, además del autor, hay algo más que llama poderosamente la atención en El Defensor: el abrirse en defensa de la carta misiva y la correspondencia epistolar, género más cercano a todos los cualquiera que vayan a escribir algo. No empieza por lo que más pudiera asustar, sino con unas páginas llenas de cotidianeidad y de historia, de contrastes y juicios más próximos a un lector mayoritario, pero con la misma fuerza lírica de su poesía. Una carta y su cuidado, el buzón y su antigua decoración leonina, introduciendo, poco a poco, su diferencia frente a la comunicación verbal oral y el mundo de la imagen -del cine en la época-, los horribles manuales de ayuda, cuestiones históricas de secretarios y grandes autores de lo epistolario -sobre todo mujeres como Madame de Sevigné- … o su magnífica descripción de la labor como un estar frente al papel en blanco y solos contra la lengua, para reflejarnos fielmente con tinta y letras como el primer destinatario, obviando a quien nos dirigimos:
El primer beneficio, la primera claridad de una carta, es para el que la escribe, y él es el primer enterado de lo que quiere decir por ser él el pimero a quien se lo dice. Surge de entre los renglones su propio reflejo (…). Todo el que escribe debe verse inclinado -Narciso involuntario- sobre una superficie en la que se ve, antes que a otra cosa, a sí mismo. (…) va a manifestar lo que siente o piensa, y se encuentra con que eso del lenguaje es más complicado de lo que parecía. Está allí el idioma, esperando en una equívoca actitud, como la del subordinado ante su dueño: le va a servir, a obedecer, es cierto, pero al propio tiempo aguarda a ver si sabe mandarle
No sirve aquí la sonrisa burlona, la muletilla, el guiño de ojo para señalar la complicidad. Todo ello, que se puede, ha de ir en letras, palabras, frases y párrafos. En la carta, y en general, en el escrito, se pierde todo el apoyo físico del que nos servimos cuando conversamos, y que hay que saber sustituir con la lengua de uno. Es la ausencia y es la distancia las que obligan a traducirlo todo por escrito, ya la mejor copia que podamos hacer de nosotros mismos, ya nuestro mundo interior al tiempo…
Por eso, cuando no nos gusta el semblante allí duplicado, la hacemos pedazos, es decir, rompemos la carta
Cuando la lengua se vuelve obstáculo para nosotros, existe un gran problema. Sobre esto marcha el primer texto de Salinas, tocando aquello que, en tanto escritura, no refiere a grandes novelas, sino al trato más filial y rutinario que todos podemos sostener mediante la comunicación escrita: la correspondencia.
A la cuestión de los libros dedica un segundo capítulo, arremetiendo contra el exceso de publicaciones y el ideal de escribir y acumular mayor cantidad como lo mejor, el poco tiempo frente a tales montones de títulos, el leer más rápido frente al leer bien, la feliz idea de abreviar obras, contra la labor crítica, los círculos de lectores y las fetichistas listas de los mejores libros dependientes siempre de la geografía natal del crítico, de las ventas y un reducido grupo irrenunciable de clásicos. Ahora bien, este segundo capítulo tiene su eje central en la necesidad de educar en la lectura y el leer para educar; esto es, la buena y correcta lectura como piedra fundamental de educación y cultura:
Por desgracia nuestro siglo no se aparece como el más inclinado y propenso al bien leer. (…) Nuestro siglo justificaría el mote de siglo de la chapucería, de la pacotilla y la baratija. (…) he podido asistir apenadamente a los progresos hechos año por año por el descuido, la negligencia y la desgana en el ejercicio, y en los productos, de casi todos los quehaceres de la vida. ¿Será posible, en un mundo donde casi todo se hace de cualquier modo, aspirar a que las gentes hagan una cosa bien, leer?
Yo me he fijado en que, hoy día, los ánimos a la lectura descuidan el criterio que decida qué leer. Parece dar lo mismo, mientras se lea. Desde la primera bazofia de libro hasta el periódico de la mañana. No va por aquí Salinas: su leer bien no quiere decir, por encima de todo y del qué, leer a secas. Enseñar a leer en la escuela buenos libros, es labor del maestro que también ha de enseñar cómo decidir tales lecturas:
El maestro, en esto de la lectura, ha de ser fiel y convencido mediador (…) Se aprende a leer leyendo buenas lecturas, inteligentemente dirigido en ellas, avanzando gradualmente por la difícil escala. (…) se alcanza (…) un gusto propio, una conciencia de lector, personal y libre, que es el único órgano adecuado de selección atianada (…) Estos dos problemas, artificialmente separados, el qué se lee, y el cómo se lee, van siempre resueltos juntamente en una buena educación.
Pueden distinguirse, para Salinas, en cuanto al qué, dos tipos de analfabetismo: de natura y el impuro. El primero, indudablemente, el analfabeto que nunca aprendió a leer y sobre el que, para el autor, pesa un enorme respeto y simpatía. El segundo es aquel neoanalfabeto que, a pesar de haber sido instruido en la lectura y ser considerado alfabetizado, renuncia total o parcialmente a su don lector, reduciéndolo al diario o la guía de teléfonos -en el caso de renuncia total- o estrechando sensiblemente su marco de lectura por la especialización intelectual -en el caso de renuncia parcial.
Porque la realidad es que existen analfabetos de ida y vuelta. Con saber leer se les dota de una momentánea conciencia de todo lo superior (…); pero por su impotencia para resistir a la pesantez de lo inferior, de lo vegetativo, (…) dejan morir en sí los poderes anagógicos de la lectura, y, alfabetos temporales, retornan al estado de inconsciencia analfabética donde yacían.
(…) Ni están con el diablo en su tenebrosa ignorancia, ni aspiran a Dios, a la claridad de su sapiencia. Todo lo pudieron y a nada se atrevieron.
Así, en una lucha contra el analfabetismo fundamentada en la lectura indiscriminada, sin criterios, de fogeo, o en una especializada que reduce el coto de caza, se crea, según Salinas, un nuevo tipo de analfabetismo: el neoanalfabeto que, una vez, fugazmente, supo leer, aunque nunca se atrevió a llevarlo acabo. Analfabetos encubiertos bajo un título de graduado escolar.
La defensa del lenguaje escrito o del leído no la hace Salinas científicamente. No acude a salvar a la dama en apuros con títulos de especialista. Habla como profesor de literatura acostumbrado a buscar en la letra el hondo espíritu de su autor, como poeta que ha lidiado con la profundidad de la palabra -y la maravilla de vivir en los pronombres, recordémoslo. No es el discurso académico de un lingüista o un filólogo, sino de un avezado usario de las palabras, para quien el lenguaje, antes que cualquier propiedad social de comunicación, sirve para reconocerse a uno en el mundo y romper la borrosa niebla de realidades que el mundo muestra, encerrando cada una en un vocablo; todo hombre reconstruye el mundo con palabras y se sitúa y ubica entre ellas, vive su tiempo y sus días. Al fin y al cabo, dice el autor en la última parte:
El hombre ha hecho el lenguaje. Pero luego el lenguaje, con su monumental conjunto de símbolos, contribuye a hacer al hombre, se le impone, desde que nace.
Sólo doy retazos y recortes. Mucho más encierra El Defensor acerca de la importancia del uso y disfrute de la lengua, individual y comunitario. Y aún más, como herencia enriquecida que recibimos, que poseeremos unos pocos años y deberemos transmitir aumentada a sus siguientes poseedores. Pedro Salinas vería delito en la renuncia voluntaria, en la dejadez y abandono, de esta obligación humana de la herencia. Para el autor, no hay justificación ni derecho alguno que asista a tal huelga, a tal entrada en una decadencia que nos desarraigue del pasado y nos cierre la puerta de la unión con el porvenir.
Héctor Martínez
“FENOMENOLOGÍA DE LA INCERTIDUMBRE”, IGNACIO PAJÓN LEYRA
Hace ya casi cuatro años que el libro de Pajón Leyra dio sus primeros pasos. Por entonces estábamos los dos en la Facultad de Filosofía, y antes de que fuera publicado, tuve yo en mis manos una copia en folios encuadernados en espiral. Así todavía lo conservo y es donde siempre lo he leído. Fue la editorial Fundamentos la que se hizo cargo del texto para hacéroslo llegar al resto. Como siempre he dicho, es privilegio el conocer al autor para no necesitar editorial de por medio, e incluso siquiera necesitar el libro para leerlo.
Consta de dos partes, la primera Crítica de la razón dogmática y la segunda El mar de Tiberiades. Sigamos entonces esos trazos del autor.
El “dogma”, tal como suena, va acompañado siempre de un cierto horror vacui, una falta de suelo y de fundamento en que la mera creencia se convierte en sólida y tajante afirmación. En su sentido más radicalmente existencial, el dogma parece ir de la mano de la teología. Precisamente bajo “dogma” se toman las creencias que carecen de explicación y se caracterizan con la inexcrutabilidad. Sin embargo, es preciso redescubrir que “dogma” no es exclusividad de lo trascendente. El “dogma”, donde primero nace, es en la razón. Y es desde ella que, precisamente al no encontrar fundamento, desarrolle a lo menos seis formas distintas de dogmatismo -aún con la misma raíz. Al menos son seis los que yo destacaría de la obra de Pajón -aunque así no aparezcan en la obra-, a saber: científico, escolar, asesino, racional subjetivo, crédulo y escéptico. Lo enfermizo del “dogma” no es tan sólo que carezca de fundamento y oculte esta carencia, sino que la forma de ocultarlo sea llevarlo al otro extremo, el de la firmeza y seguridad, el de una confianza en el vacío. Una de las transformaciones, en este sentido, más significativas para nuestra época es la lejanía en que la propia ciencia siente su origen hipotético a través del “científicamente probado”. El argumento de autoridad es otro ejemplo. El “dogma” supone que la razón misma se anule, quiero decir, que en lugar de mostrarse razonable o razonante, se encarga de encubrir la inexistencia de razones, se oculta a sí misma y esconde la cabeza bajo tierra. Una tentación al pensamiento que le amenaza por los cuatro costados, no tanto como prejuicio -que sobre ese mar navegamos siempre-, pues este como tal es previo, sino como colofón de un castillo en el aire que simula tener cimientos. Es decir, al modo de Sísifo, la tentación de querer cortar por lo sano una tarea inacabable de muy pesada y seria carga. ¿Cuál? El peso de las preguntas que nos rodean de incertidumbre.
La razón dogmática quiere alicatar un suelo inexistente, con unas respuestas que detengan la pregunta y borren los signos de interrogación. Quiere crear con-suelo para pisar sobre el abismo, pero no puede evitar que al descubrir el vacío nos precipitemos todos. Los que no detenemos la pregunta, hacemos un esfuerzo aún más titánico, y es intentar detener al mundo antes de ponerlo sobre el abismo. El problema no es ignorar las cosas, sino dar la espalda a las preguntas esgrimiendo cualquier respuesta de mercadillo y rastro, un “porque es así” y un “porque lo dijo tal”, o incluso un “da igual que no haya porqué” y la tajante negación sin esfuerzo que niega igualmente la pregunta -el escéptico no está libre de tentaciones dogmáticas. Sin embargo, en el principio siempre es el Verbo, la pregunta, la incertidumbre, que no desaparece aún cuando con toda intención la obviemos.
Pajón Leyra muestra que un verdadero compromiso con el pensamiento, un auténtico espíritu de duda, no tiene puerto en que desembarcar, sino más bien anda siempre lidiando contra tormentas y tifones sin poder gritar ¡Tierra! al descubrir que a toda isla de respuestas en que atracar se la traga el océano antes de echar amarras. Para los demás no hay siquiera océano, algún lago tal vez, y expulsan a cañonazos cualquier barco pirata cuya única patria es la mar.
La segunda parte de la Fenomenología de la incertidumbre la titula Pajón Leyra El mar de Tiberíades. Sorprendente título, sin duda, y a mí el primero que me hizo arquear una ceja. Sin embargo, es un título con mucho sentido por cuatro razones: en primer lugar, porque es un lago en que las tempestades son frecuentes -ahí lo dejamos en el anterior artículo-; en segundo lugar, porque los enfermos acudían a sanar a sus manantiales -de alguna manera hablábamos nosotros de sanar del dogma o bien de que ellos acudan a sanar de la duda-; en tercer lugar, porque en tiempos de Cristo, la zona resultaba rica en vid, higo y espesos bosques -actualmente es tierra yerma y desolada, acaso por la duda sobre la sociedad o acaso, en otro sentido, por la radical explotación de una racionalidad comerciante-, y en cuarto lugar, porque recibe, además de Tiberíades, el nombre en hebreo <>, que según dicen, viene a resaltar su forma en lira, que será por el arte y la cultura por donde nos venga ahora Pajón Leyra. El verdadero sentido para Pajón Leyra de este mar lo desvelaremos después, por seguir el orden.
El dogma se nos mostraba como el ocultamiento de la ausencia de razones y fundamento, por parte de la misma razón. Un suicidio en toda regla. Un intento de estar sobre el abismo con seguridad al no verlo. En esta segunda parte nos encontramos que, en parte, tampoco la filosofía ha hecho gran cosa. No ha negado el abismo, es cierto, pero no ha dado un sólo paso sin <>, sin colocar losetas que poder pisar; sin quitar otras puestas que pudieran ceder y así un largo etcétera. En realidad, la filosofía de la razón, no se ha movido del borde del abismo gritándoles a los que sobre él creían pisar suelo seguro. A la par que se manifiesta la inquietud y la incertidumbre, se siembra el miedo: el abismo no deja de estar, y ahora no se detiene ni la pregunta ni el mundo, sino el filósofo. Este queda anclado, detenido sin poder dar un paso. Un paso que, para Pajón Leyra, deben dar el arte y el individuo, un paso que no le preocupe ni el consuelo ni el fundamento; y menos las tempestades y los terremotos, que son consecuencia suya. De hecho, el abismo se ha venido negando, negando al individuo. El hombre se ha desconocido siempre a sí mismo, y más cuando la radicalidad de su naturaleza, la muerte, carente de explicación, ha pretendido ser negado mediante la superación de la fe salvífica. Aquí aparece el verdadero sentido que para Pajón tiene el mar de Tiberíades: es el escenario en que Pedro, sin poder andar sobre las aguas como su Maestro, hundiéndose por las dudas de su fe, pide y reclama salvación. El “mar de dudas” que decimos muchas veces, es el mar de Tiberíades, las profundidades de la incertidumbre rodeada de tempestades y vientos, de miedos en el propio ser del hombre. Es la escenificación del miedo a la duda y el triunfo del dogma. Pero cuando esa fe salvífica recibe el más mínimo empujón de la crítica, como Pedro, nos hundimos sin que haya un Cristo que extienda su mano y nos reprenda al tiempo que nos salva, de nuestra poca fe. Ahora bien, si como yo, entendemos las fe precisamente por creencia y por tanto sin la seguridad y la confianza que el dogma le otorga, esa misa fe nos ha de llevar a sumergirnos en la propia incertidumbre sin miedo. Cuando la fe muestra su verdadera fortaleza de espíritu es cuando por ella no tememos sumergirnos en nosotros mismos, cuando perdemos el miedo sin consuelos y esperanzas; cuando de ella separamos el dogma, y sin más remedio, afrontamos la incertidumbre misma de nuestro ser. En ello consiste el agnosticismo como actitud fundamental, es decir, lo que yo considero es el verdadero creyente, el que ni a ciegas y dogmáticamente cree -fanático o fundamentalista-, ni tampoco se diviniza a sí mismo y usurpa el puesto de Dios -ateo.
La actitud de duda como tal ya es actitud ético-crítica; una ética de la incertidumbre que enfrenta el dogma y la fundamentación por autoridad, la imposición, la norma y la máxima. Una actitud que, sin embargo, no busca fundamentación, puesto que por ella misma se encuentra en las tinieblas de la conciencia propia y ajena, en la duda de sus propios actos y, sobretodo, en la nebulosidad de las verdaderas razones del acto del otro. No puede aceptar una norma exterior a sí mismo como dogma, tampoco puede establecer explicación al actuar ajeno sin norma. Se encuentra en incertidumbre, alejado del interés, del poder, sin afirmación ni negación, solo, pensativo, este singular Pedro que Pajón Leyra nos presenta: un Pedro que no pide a su señor salvación cuando se hunde en Tiberíades; un hombre que está dispuesto a ser cubierto por el agua de las dudas antes que el dogma le haga caminar sobre el mar, arañando con los pies la sola superficie de sus miserias.
Héctor Martínez











