11/02/2009

HISTORIA, BIOGRAFÍA Y REALISMO

Publicado en Prosa tagged , , , , a 12:49 por retratoliterario

Recién iniciado el curso tras las festividades navideñas, me esperaba un problema que de ligero no tiene nada. Una alumna a la que presto refuerzo me preguntó la diferencia entre la “novela realista” y la “novela histórica” a colación de estar leyendo algunos Episodios nacionales de Galdós. Su pregunta coincidía, además, con tres de mis últimas lecturas, las cuales, bajo el rótulo de “novela histórica”, presentaban la biografía de tres personajes, a cual más difícil de novelar: Sócrates, Pitágoras y Arquímedes. Los dos primeros fueron cosa de Benigno Morilla con Sócrates y con El hijo del silencio, y la última de Guillian Bradshaw y su El contador de arena.

El autor realista, generalmente, debe observar detenidamente la realidad, debe delinear los personajes minuciosamente, debe documentarse escrupulosamente, mantener o simular objetividad en el relato y mantenerse alejado de él, de forma impersonal. Su obra expone hechos, como un cristal que muestra las vergüenzas, de modo que una de las finalidades es la crítica y la expresión de alguna conciencia colectiva. Se trata de novelar circunstancias, lo cual quiere decir que lo literario no debe interferir. No es tanto escribir una novela, cuanto el ejercicio del novelar una historia existente. Pero, he aquí el dato esencial: el autor realista refleja la época del momento, los años que le son contemporáneos, las vicisitudes en las que vive inmerso o que rodean a la sociedad en la que participa. Su obra y crítica pueden ser decisivas e influyentes. Por esta razón, si hoy leemos una novela de la segunda mitad del s. XIX, misma época a la que pertenece su autor, y la pretensión ha sido reflejar del modo descrito esos años, estamos ante una novela realista y no una novela histórica.

La novela histórica, al referirse al pasado, no puede observar meticulosamente la realidad. Tan sólo le queda documentarse y construir el relato basándose en el perfil de los datos recopilados. Aunque su intención pueda ser crítica, el efecto está mermado al tratarse de un espejo de lo anterior, de lo no presente, lo no actual. Su radio de influencia es muy estrecho y afecta a la interpretación de sucesos, sin capacidad de acción sobre la transformación de los mismos.

La novela de tipo histórico adolece de una necesidad dependiente: la propia construcción de la historia pre-existente. El autor no es autónomo, sino que precisa en la práctica totalidad de los datos suministrados por otros, las interpretaciones ajenas y las conexiones ya realizadas entre unos hechos y otros. Los personajes reales le llegan, en muchos casos, ya catalogados. Sus ojos narradores dependen de otros ojos y otras miradas. Ellos no pueden mirar directamente la acción del relato.

Según esto, los Episodios nacionales son, en sus tres primeras series, novelas históricas, y en la cuarta y la incompleta quinta serie, novelas realistas. De hecho, en la propia quinta aparecerá un narrador diferente, en primera persona, frente al resto de textos.

Sin embargo, la actitud de Galdós en todos los Episodios es el intento narrativo y objetivo de la realidad pasada y presente suya. Quiero decir, su parte histórica difiere y mucho de lo que hoy se hace bajo el título de “novela histórica”, donde asistimos a verdaderas líneas tendenciosas en que, a pesar de la impersonalidad del relato, la historia nos llega sesgada. Es el efecto del llamado “revisionismo histórico” en su vertiente más negativa: la ideológico-política. Y también, bajo lo histórico, se escriben y publican novelas que tienen más de “novelado” que de “histórico”, pero con lo segundo lo venden. En ambos casos, lo que tiene que ver con la historia queda pervertido y distorsionado.

De lo último, pienso en las obras que mencioné al principio, las de Benigno Morilla. No puedo negar haber pasado un buen rato con su lectura, pero no puede pretender hablar de biografía ni de historia cuando escribe sobre personajes de los que extremadamente poco o nada se sabe, como es el caso de Sócrates y Pitágoras, y lo histórico sobre costumbres sólo es excusa y artificio de fondo para un relato inventado. Incluso en Sócrates, el propio filósofo es atrezzo del argumento, asunto que, particularmente, decepciona. En el caso de Bradshaw sobre Arquímedes, el mismo problema se repite. Al margen de su amenidad o de aproximar parte de pensamientos filosóficos o matemáticos que el común sólo sabe de carrerilla, se trata de novelas en las que el porcentaje de ficción es muy superior al histórico.

En definitiva, la actual novela y las biografías históricas están muy lejos de sus homónimas clásicas, y en general, del propio estilo del Realismo literario. Es preciso que cualquier lector tenga claras estas delimitaciones para no caer en el error clasificatorio de la biblioteconomía comercial, donde uno puede encontrar ficción y realismo en estanterías de literatura histórica.

¿Qué le respondí a la alumna? Que las novelas de Galdós eran ambas cosas, pero él no era historiador, sino novelista.

Héctor Martínez

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1 Comentario »

  1. Luz escribió,

    Me sirvió mucho , gracias


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