04.24.09
JUAN MARSÉ, PREMIO CERVANTES
A Marsé, en las clases de literatura, se le menta a partir de las novelas de los 60, época a la que yo llamo por mnemotécnica “época de los juanes” -Benet, Goytisolo, García Hortelano y Marsé-. Sobre todo se menciona su Últimas tardes con Teresa, historia del Pijoaparte por el San Gervasio barcelonés. Al recibir el premio Cervantes, no olvidó Marsé en su discurso a Barcelona, Cataluña y algunos hechos que últimamente bordean la estupidez, cuando no consideramos que la han sobrepasado ampliamente:
Como saben ustedes, soy un catalán que escribe en lengua castellana. Yo nunca vi en ello nada anormal. Y aunque creo que la inmensa mayoría comparte mi opinión, hay sin embargo quién piensa que se trata de una anomalía, un desacuerdo entre lo que soy y represento, y lo que debería haber sido y haber quizá representado. Dicho sea de paso, desacuerdos entre lo que soy y lo que podría haber sido en esta vida, como escritor y como simple individuo, tengo para dar y tomar, o, como decimos en Cataluña, per donar i per vendre.
Marsé, o al menos así quiero pensar estas palabras suyas, no alude tanto al usar una, otra, o las dos lenguas, castellana y catalana, sino a esa idiotez que, desde no hace demasiado, parece confundir identidad y lengua. Nos dice, o entiendo yo, “en catalán o castellano, sigo siendo el mismo”, aunque otros esperasen un Marsé distinto si, en lugar de castellano, escribiera en catalán. Sabemos que alguno habría hecho patria con él, alguno que desearía ese “lo que debería haber sido y haber quizá representado”, creyendo encontrar una contradicción metafísica en el ser catalán y escribir en castellano, o una rara excepción a su extraño sentido común. La respuesta del autor a ese alguno no podía ser ni más evidente ni menos usada por otros:
En todo caso, con el nombre que tengo, con éste o con cualquier otro, nunca he querido representar a nadie más que a mí mismo.
Joan o Juan, es el que es -no en un sentido bíblico-, mientras otros sólo son Josep Lluís, a secas, sin traducción so pena de que nos parta un rayo. Y esto, que tiende a sonar huero y tópico en cualquier autor, tratándose de Marsé es algo significativo, tristemente significativo en sus razones: que el castellano-catalán o el catalán-castellano haya de justificarse por una falsa paradoja de identidad, más aún en literatura, reino de la palabra y la lengua.
El origen del Marsé escritor tiene lo que hoy parecen sorprendentes fuentes, aunque en su momento fueran sólo las posibles: un taller de joyería, tebeos, el cine, novelas de aventura (Verne o Salgari) y no tanto (Baroja, Balzac o Hemingway), mayormente, al principio, obrillas de kiosko. También parecen sorprendetes porque muchos olvidan sus primeras lecturas. Yo en eso, también soy un iniciado del comic y la viñeta -Jan, Ibáñez, Hergé, Uderzo y Goscinny, Quino, Forges…-. Marsé tuvo que leer todo en castellano -cosas de los años y locuras del hombre-; un todo que imita el que a escribir empieza, incluido el idioma. Y, por supuesto, no podía faltar a la cita Don Quijote, como lectura en el parque Güell.
En lo estrictamente literario, Marsé defendió la importancia del realismo literario:
(…) el realismo, además de una sensata manera de ver las cosas, es una corriente literaria muy nuestra, y que aún goza de un sólido prestigio, pese a los embates de la caprichosa modistería.
Pero también de la ficción fabuladora, la que dio origen al Quijote y al Sancho de Cervantes:
(…) yo soy ante todo un lector de ficciones, un amante incondicional de la fabulación. Tan adicto soy a la ficción, que a veces pienso que solamente la parte inventada, la dimensión de lo irreal o imaginado en nuestra obra, será capaz de mantener su estructura, de preservar alguna belleza a través del tiempo.
Y, como último elemento citado, la armoniosa relación entre novela y cinematografía que ha permitido traspasar la frontera de la imagen a la letra, y el límite de la palabra a la imagen -¡y la bronca que ha levantado Marsé al decir una gran verdad sobre nuestro cine actual!-:
(…) el cine estableció con la novelística una alianza para intercambiar formas y contenidos, palabras sabias, mitos, una sensibilidad y una estética del gesto, y hasta unos hábitos de comportamiento. La novela asumió la impronta decididamente visual de la narrativa cinematográfica, el potencial simbólico de las imágenes y su cadencia, y el deseo de hacerle ver al lector lo que lee, que yo comparto, propició en la ficción literaria nuevas formas y tendencias.
Con ello, Marsé fue trazando en su discurso un contraste literario y autobiográfico, entre la realidad vivida, la ficción trasladada, las palabras peligrosas y las oficiales… la memoria -como parte de la realidad- y la imaginación -como parte de la fabulación-, ambas, como facultades fundamentales en un autor:
(…) imaginación y memoria, para el escritor, son dos palabras que van siempre entrelazadas, y a menudo resulta difícil separarlas. Ciertamente un escritor no es nada sin imaginación, pero tampoco sin memoria, sea ésta personal o colectiva, esté proyectada en la novela histórica de fecha más remota, o en la literatura de ficción científica más futurista y fantástica. No hay literatura sin memoria.
En cambio, la “metaliteratura” no agrada a quien se considera un narrador y no un intelectual -recordemos también su salida del jurado en el Premio Planeta 2005 contra los autores que “gustan más de la vida literaria que de la literatura”-:
Los planteamientos peliagudos, la teoría asomando su hocico impertinente en medio de la fabulación, el relato mirándose el ombligo, la llamada metaliteratura, en fin, son vías abiertas a un tipo de especulación que me deja frío y me inhibe; bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos creíbles, cercanos y veraces.
Sin embargo, sorprende esta declaración siendo, como es, el Quijote, entre otras muchas cosas, una “metanovela”, en tanto catálogo de estilos, novela de novelas, y comentada narración entre diferentes autores o incluso a través de los propios personajes en cuanto a la misma novela en la que participan. E igual de sorprendente me ha resultado que, tras el acento puesto en Barcelona y el Quijote -mención hecha al comienzo nada más-, Marsé no reparase en los elogios del Caballero de la Triste Figura a la ciudad en la que, precisamente, fue derrotado y se puso fin a su viaje sobre Rocinante -quizás no quepa mayor elogio que ser la ciudad destino del Caballero- (II, cap. 72):
(…) me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, solo por haberla visto.
Y elogios parecidos a Barcelona hay en las Novelas ejemplares y en el Persiles. Tanto Cervantes como sus insignes personajes manchegos hubieran servido como punto de encuentro, justo en el día del libro y San Jorge -o Sant Jordi-, recordado por un escritor catalán que escribe en castellano. Marsé probablemente no se detuvo en ello porque no cree que debiera necesitarse ese punto de encuentro; yo, lo añado, por lo que pueda ayudar frente a la ceguera.
Héctor Martínez
04.22.09
“EL ÁGUILA Y LA NIEBLA”, IBÁÑEZ SERRADOR
Era el año 2002, verano, cuando yo recuperaba algo de confianza en los escenarios teatrales madrileños. Acudí a la reapertura del Teatro Español, en la plaza de Santa Ana, a la representación de una obra ya premiada dos años antes con el Lope de Vega. El título era El águila y la niebla, y su autor, el mismo que tantas veces se ocultó bajo el pseudónimo de Luis Peñafiel, verdadero visionario para la televisión española, el Hitchcok español, aunque uruguayo, Narciso (Chicho) Ibáñez Serrador. Pese a ser el artifice, para el mundo de la televisión, de numerosos concursos, series y, sobre todo, aquellas Historias para no dormir, que bien podrían haberse representado subiendo un telón, estamos ante un auténtico dramaturgo que ha vivido muy próximo al género, hijo de una actriz y de un actor y director teatral como son Pepita Serrador y Narciso Ibáñez Menta.
Aquél día de 2002, desde un palco lateral, asistí a la extraña historia de Raúl Gómez-Acosta, hijo de un juez de Argentina y su dictadura, que lleva toda su vida creyéndo ser Napoleón, razón por la que todo ese tiempo ha estado tratado psiquiátricamente. Ante el espectador, durante la primera parte de la obra, una psiquiatra sirve de eslabón entre el público y Raúl, para presentar y dejar presentarse, en un tratamiento, al personaje principal. Su historia comienza, como la de Jesucristo, a los 33 años y, llega un momento en que el espectador puede estar, perfectamente, ante el mismísimo Napoleón, descubriendo que, quizás, no se trate de un desvarío o un delirio. La ciencia ayuda con una regresión hipnótica en un momento dado.
Este curioso Napoleón moderno es un símbolo para Ibáñez Serrador: un verdadero modelo emprendedor en su época, único y solo, un águila que volaba. La sociedad es la que representa la niebla, un cúmulo indiferenciado de personas formando grupos, partidos, equipos, bloques… De esta simbología es de donde se deduce el principal tema de la obra: el individuo frente al grupo, la afirmación de uno mismo frente a la necesidad de pertenecer a un club y exhibir un carnet de socio, ser alguien y no más bien un nadie del rebaño.
Lo que, efectivamente, parece una locura, algo incongruente y absurdo, un tremendo caso clínico de desorden mental, va cobrando otro cuerpo y otra perspectiva. Al comienzo, oímos declarar a nuestra confidente:
en el teatro lo absurdo, lo irreal es aceptado, respetado
Hace falta que sea así. El público desea saber a dónde le quieren llevar, y asume lo que en el escenario ocurra con tal de que pueda llegar a algún puerto. Es el don que magistralmente ha explotado Ibáñez Serrador en todas su obras: la intriga, el misterio que las introduce. El problema es que, más allá del tema deducido, más allá de la aclaración de la metáfora “cuando todo es gris, cuando hay niebla, las águilas no vuelan”, la obra invita a la discusión, es decir, sigue siendo un misterio a la salida. Para empezar, intentar averiguar si nuestro particular Napoleón es un loco o es real, toda vez que Ibáñez Serrador muestra las dos caras de la moneda y nos lleva, desde el primero hacia una personaje sumido en una profunda tragedia -ya es logro poner en España a Napoleón y lograr aplauso. Y aunque el espectador vea un Napoleón real, un individualista, todavía tendrá que decidir si es una locura su perseverante intento de ser un líder, un guía, un solo hombre haciendo su destino, ya en la segunda parte de la obra, dentro del sindicalismo, de lo empresarial, y, algo que no suena tan irreal, de lo militar como fundador de los Estados Unidos de Suramérica. Aún cuando viéramos posible ese sueño individualista, todavía quedará por resolver la gran cuestión, el núcleo: ¿por qué fracasa Raúl? ¿por qué el rebaño gregario vence al hombre solitario que quiere volar?
Singularmente me recordaba el par Quijote-Sancho, en el que, indudablemente, el público es el último, siguiendo a su caballero allá por dónde vaya, mientras se debate entre locura y realidad: Raúl ve gigantes, está claro, donde nosotros, público sanchopancesco, vemos molinos. Y a lo Cervantes, Ibáñez Serrador consigue hacernos ver, si nos dejamos, los gigantes del primero. Incluso, en un momento dado, Raúl dice pretender ser pastor. No me cabe duda de que existe ese espíritu quijotesco en El águila y la niebla, con el único destino de la burla y el fracaso ante los demás. Por ello que, cuando he oído decir que el tema de la obra es de rabiosa actualidad, también añado yo que es de rabioso pasado, o, dicho de otro modo, de rabiosa intemporalidad.
No es una obra realista. No hace falta que lo sea para que porte su carga de denuncia. Al contrario, el surrealismo o lo paranormal de la historia clínica -con regresiones hipnóticas incluídas, que ya conociera su autor- son más acertados para esa conjunción de narración, escena y cinematografía que Ibáñez Serrador propuso en el panoráma. La obra es ágil, de escenas breves, ayudado por un moderno sistema de escotillones que permiten el cambio de escenografía con meros cambios de luces y sombras. De hecho, no hay decorado como tal, ni siquiera colorido, sino tan sólo el juego con el sonido y el silencio, y esas mismas luces y sombras que nos llevan de una escena a otra. ¿Experimentalismo? Sinceramente creo que, si ese fuera el caso, Ibáñez Serrador podría haber ido mucho más lejos. En cambio, no lo hace. Se mantiene en una lograda línea difusa que impide encasillar la obra, o al autor; una región confusa para los sanbenitos, pero residencia para los autores que nada quieren oír de etiquetas.
Como dije al principio, con El águila y la niebla recuperé confianzas en el teatro. Debería haber dicho en la representación, en algo que me invitase a ver las obras además de leerlas. Entre musicales importados y nacionales, monólogos, adaptaciones de obras cuyos autores, de muertos como están, no pueden defenderse, reposiciones, que no vienen mal, de obras clásicas, y alguna que subiera a las tablas por sectarismo, la escena y dirección hispanohablante estaba muy perdida de vista. En aquel caso me fie por estar el autor vivo y asumir, tras escribir el texto, las labores de dirección. Ibáñez Serrador fue una ligera estrella fugaz en un tiempo teatral muy oscuro.
Héctor Martínez.
Nota: Javier Villán en la sección de cultura de El Mundo (27 de junio de 2002), escribió un artículo titulado Sueños de cesarismo y caudillaje, que es la más viva demostración de sordera y ceguera dramática sobre El águila y la niebla. Ignoro si fue al teatro; y si fue, debió sentarse de espaldas al escenario, comprendió más bien poco, y, lo peor, se atrevió a dar muestras de todo ello en un texto ridículo a tirada nacional. Todo le resulta excesivo, largo, y concluye ideológica y políticamente -precisamente, lo más alejado a las pretensiones de Ibáñez Serrador- el tema de la obra que califica de un poquito reaccionaria. Aunque pretenda achacar todo lo malo a que la dirección la llevó el autor y no Pérez Puig -al que alaba-, en el propio artículo descubrimos que el problema de Villán es de comprensión: ¡no sabe ni por dónde se anda la obra! De ahí su no dar pie con bola en el artículo, culpa sólo suya y de sus entendederas, no de Ibáñez Serrador.
04.13.09
SE NOS MUEREN (Blanca Varela, Nené Losada, Corín Tello, Carlos Semprún)
Se nos van muriendo algunos nombres poéticos y literarios, y algunos no vemos dónde está el reemplazo. Siempre habrá alguien que escriba, pensamos, y lo harán de modo diferente al que conocemos o estamos acostumbrados, que quizás jamás entendamos y sólo la gente del mañana sea capaz de valorarlo. Esto nos introduce el miedo a que se pierdan autores que ya jamás nos darán nuevos frutos, y nos encontremos varados en la nada literaria. Siempre ha existido cierta continuidad entre las letras del ayer y las del mañana, mientras el presente se debate enterrando a unos y esperando a los otros, tratando, la juventud, de romper la dura cáscara del huevo.
Entre marzo y abril se nos han muerto gentes de todos los géneros: dos poetas -o poetisas como se prefiera-, una novelista y un dramaturgo.
Blanca Varela, el animal que no se resignaba a morir, fallecía en marzo de este año, en su tierra natal. Hija del surrealismo y apadrinada por Octavio Paz, es ejemplo del maravilloso equilibrio dialógico entre poesía y prosa, juntas pero no revueltas. Si bien se destaca tantas veces la crueldad, la desesperanza, el sobresalto y el desagarro en sus poemas, en Blanca Varela, el lector encontraba también multitud de puertas entreabiertas y ventanas a las que asomarse, por las que algún hilo de luz podía llegar, quizás algo de tiempo para no resignarse:
cuando nada quede de ti y de mí
habrá agua y sol
y un día que abra las puertas más secretas
más oscuras más tristes
y ventanas vivas como grandes ojos
despiertos sobre la dicha
y no habrá sido en vano que tú y yo
sólo hayamos pensado lo que otros hacen
porque alguien tiene que pensar la vida
También Asturias vive el luto al fallecer, más recientemente -ayer 11 de abril- otra poeta, Nené Losada, hija predilecta de Luarca. En su obra, entre asturiano y castellano, se respiran versos que, últimamente, se echan de menos en la poesía española: el sabor popular y el intimismo, la sencillez y verdad de todo el mundo cotidiano. Una poesía con seña de identidad personal, viva y transparente, que, curiosamente, también recurre a las puertas y las ventanas como en ese Cerrojos que traigo aquí como homenaje:
Te haces sendero en el alma
y en tu senda están abiertas
de par en par las ventanas
y sin cerrojo la puerta.
En el sendero una luz
para el alma, siempre alerta
cual vigía que no duerme
por temor a la tormenta,
mas… sin cerrar las ventanas
ni echar cerrojo a la puerta.
El luto en las letras asturianas es doble, al morir, el mismo día que Nené Losada, la novelista Corín Tellado. Cercana a la realidad inmediata y circundante, es la estrella española de la llamada novela rosa, o romántica -de sentimientos, como ella las defininía, excepto las eróticas que firmara como Ada Miller. Su rasgo femenino -que no feminista- y la sencillez que opone a las intrincadas tendencias y vanidades literarias, son su sello. Admiradora de Balzac, hay quien la compara en lo prolífico de su obra, y de gran éxito de ventas, por cierto, record en 1994. Y se adaptó a las nuevas corrientes tecnológicas al publicar sus dos partes de Milagro en el camino en la red, recuperando la novela por entregas para El comercio. Citaré, en homenaje, un pequeño párrafo descriptivo -sin dolerme prendas de reconocer que he leído alguna de las obras de María del Socorro, como a otros ocurre-, de aquella Mi mujer eres tú, donde aparece una mujer nada convencional a la época:
Ya dijimos que Andrea era una chica normal, y no andaba a la caza de un marido. No veía en cada hombre que conocía un posible esposo. Tan actual era, que ni siquiera consideraba un ligue aquel conocimiento con Alan. Un amigo que podía hacerse entrañable. E incluso de seguir tratándole, podía convertirse en su amor. Pero, lejos de eso, nada, ninguna cosa.
Carlos Semprún Maura nos dejaba el pasado mes de marzo. Exiliado, junto a su familia, en Francia, dejó allí también su mayor talento literario del teatro. Como con tantos otros, su obra ha pasado desapercibida para su país natal -hace poco hablábamos de Arrabal-, donde apenas le conocimos más que por sus devaneos y contubernios político-ideológios en esa disputa, tan en boga hoy por ser la generación que es, entre las izquierdas buenas, las izquierdas malas, los comunistas “rebotados” y todo tipo de trapos sucios entre unos y otros -más aún entre hermanos como los Semprún Maura. Sin embargo, algo que se nos pasa a los españoles es su fama como dramaturgo -tanto para las tablas como para las ondas- con obras que traducimos como El hombre acostado (L’homme couché) o, su preferida, El azul del aguardiente (Le blue de l’eau-de-vie o también conocida como Brandy Blues), junto a otros textos como L’an prochain a Madrid (El próximo año a Madrid), Les barricades solitaires (Las barricadas solitarias) o Le jour ou j’ai ete tue (El día que murió).
Se nos mueren por el fugit irreparabile tempus, por la maravillosa enfermedad humana que es el envejecer, la que cierra toda una vida, en los cuatro casos, dedicada a las letras y las palabras, a los versos y los personajes, en diferentes lenguas (asturiano, francés y español), o desde diferentes puntos del planeta (Francia, España y Perú). Mientras, los del mañana que estamos aquí, los homenajeamos con un recuerdo y unas líneas.
Héctor Martínez
04.10.09
FERNANDO ARRABAL, “EN LA CUERDA FLOJA”
En España no se le aprecia. Y cuando por aquí pasa, estamos a la espera de que repita el número del “milenarismo”, como quien espera que el patoso haga la patochada para sorna del público. Y Arrabal lo sabe. Sabe que por su tierra no se le toma en serio, mientras que por Francia se le encumbra. Quizás por ese largo exilio, Fernando Arrabal no conoce -o sí- que por aquí las bufonadas, accidentales o no, los traspiés, las extravagancias, valen más que mil obras de teatro. Aquí, en España, a muchos autores se les reconoce más por una frase, un momento, una salida de tono o de guión, que por haber leído una sola línea de un libro. También es cierto que, por extraña que parezca la manera al resto de Europa, es una forma de dibujar recuerdo y hasta cariño. Siempre he dicho que, en nuestra cultura general, escribimos la historia de España con el mote y el sanbenito, la ocurrencia y la frase ingeniosa o desafortunada. En general, esto nos sirve para humanizar y aproximar al autor o personaje, y hasta para elevarlo a los altares.
Ahora bien, se trata de un juego impreciso y peligroso: es fácil terminar en el cliché y la más absoluta incomprensión entre autor y personal. A Valle-Inclán le ocurrió; a Oscar Wilde, tres cuartos de lo mismo. A Fernando Arrabal, del mismo modo. Tanto le pasa a Arrabal que me parece ya la Gloria Fuertes del teatro, encasillada en un personaje bufón y olvidada o desatendida toda su obra. Es el riesgo de convertirte en tu mejor personaje.
Efectivamente, el elemento autobiográfico es fundamental en las obras de Arrabal, y aún más en esta En la cuerda floja, subitulada Balada del tren fantasma. El autoexilio, convertido en exilio oficial tras la declaración de “persona non grata” en la España del franquismo, deriva hacia esta pieza melancólica sobre la ciudad de Madrid:
DUQUE. – Bailame un chotis, como si estuvieras en Madrid.
THARSIS, muy grave. – No me hables de Madrid. Te lo phohibo.
DUQUE. – Que susceptible eres. Baila hombre, baila.Un momento de silencio. Duque detras del reflector y Tharsis en el redondel de luz. Va a moverse, y de pronto, inmóvil, con una infinita tristeza :
THARSIS. – Madrid, cada una de sus calles, cada uno de sus rincones esta ligado a un recuerdo a un arco iris. Y sin embargo… Madrid… ¿Como era Madrid? Dime como era.
DUQUE. – ¿Saco el violín? (Rie.) ¿Vas a llorar?
Arrabal nos sitúa en un Madrid deshabitado y desolado, vacío, una ciudad fantasma existente en Nuevo Méjico. Y no es sólo el nombre, sino la propia descripción la que le permite alcanzar el recuerdo melancólico de ese otro Madrid abandonado hace tiempo:
THARSIS. – Dime cuantos habitantes hay en esta ciudad (Imitando el acento de Duque.) en Madrid, New Mexico.
DUQUE. – Cero pelado. Cero absoluto. Mejor dicho en este momento hay dos : tu y yo.
THARSIS. – Tu y yo. Y en torno a nosotros nada: las casas vacias, las iglesias paralizadas, el ayuntamiento desierto tal y como la ciudad fue abandonada hace veinte años…
DUQUE. – … hace veinte años cuando el hombre que dirigía la mina decidió cerrarla para siempre.
THARSIS. – Tal y como yo la dejé hace veinte años cuando dije adiós a Madrid, un Madrid español que como una criatura sin huesos y sin alma me rodeaba con su luto desnudo.
DUQUE. – No te pongas romantico, ¡Baila! ¡Baila! Baila un chotis en medio de la mina.
La confusión de ambos Madrid es continua a lo largo de la obra, entre la nostalgia crítica de Tharsis, la indiferencia violenta del Duque sobre el Madrid español, y Macabeo Wichita, funambulista, el único superviviente del Madrid de Nuevo Méjico. A Tharsis le duele Madrid, le duele España, de donde salieron, uno a uno, pintores, escritores y personas hasta quedar, en cierto modo, “vacío” como el Madrid de Nuevo Méjico. Tharsis, alter ego de Arrabal en la obra, al calificarse a sí mismo de “artista” -la cosa va, simbólicamente de circo- dice:
THARSIS. – En Madrid nadie puede hacer ejercicios como este. Me refiero a Madrid de España… permitame que se lo diga : soy el mejor. La libertad de movimientos que tengo nadie puede alcanzarla cuando se vive en un ambiente encerrado, sin aire.
WICHITA. – Le querrán mucho, le aplaudirán.
THARSIS. – Está prohibido hablar de mi, está prohibido mostrar lo que hago ; solo se puede hablar de mí si es para calumniarme o injuriarme. Acaban de escribir que había que castrarme para impedir que tenga hijos que como yo… Los hombres de circo, de la farándula, los artistas, ” no existimos “. Y como consecuencia para nosotros Madrid tampoco tiene habitantes.
(…)
THARSIS- – No es posible. Han silenciado mi nombre, me han difamado. De mí, como de todos los que salimos solo se conoce una leyenda de calumnias.
Palabras sobre las que caen las respuestas del Duque:
DUQUE, con sorna. – Ahora solo sueñas con volver para impresionar a los viejos republicanos que esperan, cándidamente, que un día Madrid se vista de fiesta.
(…)
DUQUE. – Un día te morirás… y la prensa de… tus (con sorna) ” enemigos “hablará por fin de ti. Todos los periodicos contaran tu vida, a su manera, y dirán que eras el mayor prestidigitador de la historia, el que mejor ejercicios de aros y de bolas hizo nunca… y que gracias a ti España, su España ” de ellos ” es grande y como ya no podrás decir nada ni para defenderte ni para molestares, porque tendrás tres metros de tierra sobre tu panza, te venerarán!
(…)
DUQUE. – Los prestidigitadores que se quedaron en España ya los ves : celebres en Madrid, conocidos amados, premiados… Ocupan el lugar que tu deberías occupar sin complejo ninguno, sin levantar el mas mínimo dedo naturalmente, por que cesen las campañas contra ti… Y ademas están preparados por si un dia sobreviene un hipotético cambio ; ese día serán los primeros en proclamar que han batallado tanto y cuanto para combatir la situación. Serán los primeros en condenar los hombres que hoy les premian y les corrompen… y a ti ese dia, te considerarán como un vago que solo supo hacer una cosa : escoger la solución mas sencilla : el exilio.
Las dobles varas de medir de quienes se quedaron en España; el deseo de triunfo a la vuelta de los exiliados; la camaleónica supervivencia. Las críticas de Arrabal arrecian por los cuatro costados, más cerca del arte y más lejos de la ideología.
Mientras de esto se diáloga, suceden varios hechos más en consonancia. Por un lado, el viejo funambulista cuenta la historia del Madrid de Nuevo Méjico, pueblo minero que vivió un gran esplendor y que ha terminado rodeado de escoria y cadáveres, cuervos y buitres que él es capaz de controlar. Wichita ya es incapaz de caminar sobre el alambre, única razón de su existencia, por lo que decidirá unirse al resto de sus convecinos muertos en un acto de suicidio. Por otro lado, Tharsis quiere aprender a ser volatinero, que Wichita le enseñe, para triunfar en el Madrid español a su vuelta, andando sobre un alambre extendido en las alturas de la ciudad (Puerta del Sol, Telefónica…). El Duque, que junto a Tharsis se halla disimulando su propio secuestro por teléfono de cara a su padre, poderoso hombre en España. Y un tren fantasma, que recoge los cadáveres para fabricar comida para perros. Son, todos ellos, elementos metáforicos, simbólicos, insertos en el marco que, con acento en el exilio, da pie a la obra. No podemos olvidar los remanentes del llamado “teatro pánico” al contemplar estos elementos, o, como por ejemplo, los consejos del viejo funambulista a Tharsis:
WICHITA. – ¿Se te pone dura?
THARSIS. – Sere una raíz sobre el alambre, entre el oceano y la herencia.
WICHITA. – Se te tiene que poner dura, durisima para ti mismo… porque tendras la necesidad de darte a ti mismo por culo. Tienes que enamorarte de su cuerpo erguido y de tu calor y de tus cojones que hierven.
THARSIS. – Tambien sere una puta.
WICHITA. – Una puta y tambien el amor loco.
O las discrepancias amorosas:
DUQUE. – Hablas de amor… y solo suenas que tu sexo entra en culquier orificio para humillarlo.
THARSIS. – Callate.
DUQUE. – Hablas de libertad y solo sueñas con azotar y torturar mujeres cuyo único crimen es el de ser mas altas y mas bellas que tu.
THARSIS. – No sabes de lo que hablo.
DUQUE. – Juegas a los poetas cuando solo piensas en el esperma.
THARSIS. – Nunca has comprendido nada.
DUQUE. – Eres tu el que nunca has comprendido nada, y sobre todo no te has comprendido tu mismo, te has pasado la vida sodomizando moscas y dando por culo a pobres muchachitas que tenían el atractivo para ti de ser inocentes y puras.
THARSIS. – ¿Has terminado?
DUQUE. – Daba gusto oírte hablar de ” tu novia ” a la que chupabas y mordías ” un poquito ” como tu decías al viejo.
THARSIS. – Y es cierto la chupaba y sentía una fragancia en la boca infinita, y al morderla mi alma se alimentaba.
DUQUE. – Pedazo de cerdo… Y si te hemos de creer dejaste de chuparla y de morderla porque su fragancia se transformo en pestilencia… Cuando en realidad a la pobre chica la torturaste hasta casi matarla por tu propio placer.
Son las estribaciones del surrealismo, el extremismo del esperpento y del tremendismo, la crueldad o incluso el realismo mágico, aunque no acude tanto a lo “grotesco” sino a lo que yo denomino lo “groseresco” y el groserismo: subir al escenario lo grosero, incluso lo infame, extremarlo, sublimarlo, cara al escándalo y la provocación -como si el mismo libertino dios Pan fuera el protagonista. De este modo, el absurdo, lo real y lo imaginario, la denuncia, lo onírico, lo sádico y repugnante, pueden darse cita y mezclarse en el ceremonial irracional y catárquico arrabalero, produciéndose, como En la cuerda floja un contraste brutal entre la nostalgia meláncolica del exilio y las connotaciones sexuales presentadas.
El miedo y el horror, como rasgos con los que el propio Arrabal define lo “pánico” están presentes en la desolación del paraje cimentado sobre la muerte, los recuerdos del falangismo, los cuervos que sobrevuelan a los protagonistas, el tren fantasma que va y viene recogiendo cadáveres o el suicidio inesperado. El absurdo, lo kafkiano, en el hecho de que la situación jamás es explicada, sino que se da por hecho que sea así; que todo lo contado se dé simultáneamente como relacionado entre sí; que al final de la obra, un helicóptero enviado para matar a los personajes sea derribado por los pájaros mientras Tharsis pelea contra la gravedad sobre el alambre.
Sin embargo, a pesar de todo ello, hay que subrayar que esta obra no se cita sino como “post-pánica”, ni se cuenta entre los exponentes del Movimiento.
A veces he pensado que en ese “no tomar en serio a Arrabal”, España no se equivoque tanto, porque aquí, realmente, se vive en un eterno absurdo emocional y grosero. Es posible que la reacción de la actual España, e incluso de la franquista, fuera, precisamente, la respuesta esperada y búscada por Arrabal, la misma que inspiraba el dios Pan en los bosques. Por un lado risa, por otro censura, todo impulsivo, nada sesudo. No se le aplaude, pero pienso que ésa es la mejor reacción: un aplauso sería toda una traicion; la complacencia en él significaría contradicción. Arrabal no puede pretender el triunfo benaventino tirando por estos caminos: Tharsis, en realidad, nunca extendió su alambre en la Puerta del Sol, sino en el Madrid de Nuevo Méjico. Si lo hubiera hecho, ya no sería Tharsis, o Arrabal.
Héctor Martínez
04.05.09
COUR TEATRO E IGNACIO PAJÓN LEYRA
Ya en otros artículos he hablado al lector de Ignacio Pajón Leyra. Así, de su Fenomenología de la incertidumbre (Fundamentos, 2002), de El muérdago (Fundamentos, 2002) y de Cualquier lugar, cualquier día (ATT, 2006), obra, ésta última, traducida al inglés por Stella Fernández (Cambridge BrickHouse Books. Lawrence (Massachussets). 2007), y al francés por Jordane Sauvaire (2008); obra que de nuevo es la razón por la que el autor aparece un día más entre las páginas de Retrato Literario.
Cualquier lugar, cualquier día vuelve a ser noticia por dos motivos: su segunda edición el pasado año 2008, esta vez en Ediciones Antígona, y el encontrarse actualmente en cartel del Teatro Espada de Madera con la compañía Cour Teatro durante el mes de abril en curso. Ya fue estrenada en Cádiz el 20 de junio de 2008 por el Grupo de Teatro Al Desnudo y de nuevo sube a las tablas en la capital.
Se trata de la obra de mayor difusión nacional e internacional, hasta el momento, de Ignacio Pajón, celebrada de continuo en este espacio. Y una vez más, Retrato Literario quiere prestar su apoyo incondicional a autor y texto, como admirador y amigo.
A sabiendas de que mi lectura de la obra difiere en mucho de otras visiones y artículos, no reincidiré en ella ahora, remitiendo al lector a las entradas anteriores. En cambio, quiero añadir alguna nota más en la nueva ocasión presentada, algo no dicho aún, para evitar la reiteración. Hoy he de fijarme en que se trata de piezas breves, ocho para ser exactos, y su perspectiva histórica.
Cuando me volvió a las mientes la obra, reparé en un rasgo que antes no me saltó a la vista. ¿Será posible que podamos leerla en una dirección u otra? ¿Podremos leerla a saltos? No me pregunte el lector cómo llegué a este pensamiento. Soy, como muchos otros, de esos que en no pocas ocasiones cogen el libro y le miran las últimas páginas, aunque no para saber el volumen y cantidad; y luego voy echando las hojas en el sentido contrario. Quizás lo haga para no topar de bruces con el prologo o la introducción que me rompan la ilusión de hacerme una idea antes, por mis propios medios. El caso es que me respondí que sí, que era posible ir hacia atrás en el tiempo y el espacio con Pajón leyra. Empezar por el epílogo, el aquí y ahora de una puerta de teatro, y viajar hasta las Termópilas del 480 a.c. Como en un “giro copernicano”, lo observado sigue siendo lo mismo. Esto confirmó mi sospecha de que el autor no ha buscado una progresión cronológica y lineal, en que cada momento y lugar sean argumento sedimentado para el presente. Por ello son piezas breves y separadas, independientes entre sí, pero entrelazadas. Es decir, en la inversión del tiempo, descubrí la razón de ser, formalmente, ocho cuadros distintos: la unión entre ellos no es temporal, sino la reiteración de un mismo motivo, por lo que no cabe aducir que hoy deberíamos haber aprendido del ayer, que nuestros días tendrían que ser mejores que aquéllos otros del pasado. Si algo más ha de destacarse en la obra, es esta cura de la “enfermedad histórica” y de la idea moderna de progreso.
Puede, empero, inducir a error que los episodios sean de escenario “histórico”; el mismo error en que caerían quienes se fijaran en las fechas más que en el título. Pajón Leyra podría haber confeccionado otras ocho piezas más, o no hubiera necesitado irse mucho tiempo atrás. Lo “histórico” no es más que el telón de fondo de esta historia de un error; uno y el mismo. Acaso sea la simple necesidad de que el público conozca el contexto, más o menos, para lograr que, en la brevedad, aquél pueda identificar el tema sin tener que saber de historia. Y de aquí, es posible reenganchar con mi lectura de entonces, la que, desgranando el título como criterio para el texto, no veía un simple anti-belicismo o pacifismo, sino una raíz más profunda, menos idealista, más intemporal.
Aún no he podido acudir a las representaciones en el Teatro Espada de Madera, aunque me consta, por el boca a boca, el gran trabajo de Cour Teatro -Ester González, Olga Goded y Nacho Hevia- en las seis representaciones de esta obra que llevan a sus espaldas, con lo que están avaladas las otras seis que les quedan por delante, tras la Semana Santa, en la calle Calvario de Madrid, hasta el día 25 de abril, de jueves a sábado a las 20:30 horas.
Héctor Martínez
04.04.09
“DEL MADRID CASTIZO”, ARNICHES
Las breves piezas que representan los sainetes dieron gran popularidad al dieciochesco Ramón de la Cruz, o a los hermanos Álvarez Quintero y a Carlos Arniches en el s. XX. Resultará llamativo que el género popular se asociara con tanta facilidad a Madrid y diera lugar al género chico de las zarzuelas. Más aún cuando Arniches comenzó con intención de ridiculizar con cariño el aire madrileño, y se encontró con que la gente de Madrid asumió como suyo los rasgos que el alicantino les daba. Será la chulesca actitud que impide que del madrileño se ría alguien. Casi cabría decir que Arniches no describió el madrileñismo, sino que lo creo, mitificando ciertas zonas de la capital y generalizándolas al resto de la extensión, de Puerta y Ronda de Toledo y Embajadores a la Cebada, Magallanes, El Rastro, Beneficencia, Salitre y Peñón (hoy dedicada al autor). Así, al menos, lo apunta mi querido Montero Padilla:
El <<madrileñismo>> constituye otro aspecto esencial del teatro de Arniches. Y, sugestivamente, curioso además, porque, en muchos casos, más que una <<madrileñización>> del sainetero hubo una “arnichesización>> -valga la palabra- de Madrid. Una vez más la Naturaleza imitó el Arte.
Por lo general, se considera a Del Madrid castizo como una colección de sainetes costumbristas y cómicos. El mismo Arniches los define como “cuadros de ambiente popular” y señala un objetivo poco trascendente:
No tienen significación ni importancia artística ni trascendencia literaria. No creo que valga la pena leerlos ni mucho menos conservarlos. Yo los publico, porque quiero en estas páginas humildes rendir a Madrid, a este pueblo tan querido, un tributo fervoroso de amor filial.
Ahora bien, si hay algo que Arniches subraya de continuo es ese carácter humilde de estos sainetes, que nos revelan muy otro objetivo:
Podría yo haber buscado un escritor ilustre de fama indiscutida que hubiese prologado este libro, pero no he querido que la ingerencia de una pluma brillante le haga perder la humildad de su condición.
Todo en él debe ser como el medio social que refleja: pobre, sencillo, oscuro.
El madrileño de adopción podría haber pintado otros cuadros, y, sin embargo, prefirió el ambiente pobre, sencillo, oscuro, el marco humilde de la capital para sus pinturas. En este aspecto, la obra alberga una intención que deja atrás el mero tributo a Madrid, toda vez que, si se quiere homenajear, no se acude a tal perspectiva. Esta intención es la que aleja la obra del “género chico”, del Madrid tan particular que ha terminado quedando como símbolo, pero se acerca a la pretensión de reflejar unas situaciones sociales determinadas. Así se justifica el Cuadro Segundo de La pareja científica, en el que el autor, en tanto que autor, se hace personaje e interpela al público en clave social:
El que escribe estas líneas humildes, estrena de vez en cuando en los teatros madrileños unos modestos sainetes que han merecido en ocasiones repetidas vuestra benévola sanción.
Para no perder el contacto con esas gentes pícaras y jaraneras, alegres y resignadas, que intenta dibujar, llega a menudo hasa sus barrios míseros, se asoma a sus casa hediondas y conoce toda la tragedia, que aderezadas con el donaire y la camándula, soporta este simpático, este pintoresco pueblo madrileño.
Por eso alguna que otra vez, quiere exponer a vuestra atención, burla burlando, estos cuadros tristes, pavorosos, amenazadores, lamentables, como el precedente.
A los verdaderos desvalidos no les alcanza nada.
Yo pido para ellos; para esos golfos peludos, roñosos, grotescos, famélicos, abandonados, sin hogar, sin parientes, sin nadie… Para esos míseros chiquillos que a la salida de los teatros y de los bailes corretean alrededor de vuestros carruajes entre la niebla de las noches crudísimas de invierno, voceando -para avisar a chauffers y cocheros- vuestros nombres.
El mismo Madrid que, tres años después, en 1920, nos presentaría un Valle-Inclán, desde el ángulo de una bohemia decadente, probablemente con algún ojo que ya había pasado por las obras saineteras de Arniches; el Madrid descrito en la introducción a Los pobres:
Almas piadosas, corazones magnánimos que cedéis ante la demanda plañidera del mendigo que os tiende en la calle la mano escuálida, seguidme. Venid conmigo a los inmundos rincones de un Madrid lamentable y mísero, artimañoso y agenciero, que por fortuna desconocéis, y ecuchad estos edificantes y verídicos diálogos.
Un tema que recuerda sensiblemente y recupera la figura literaria del antihéroe pícaro con su dosis de crítica y denuncia. Aquí son los raterillos, los golfos, los pedigüeños y mendigos que encontramos en Los pobres o en La pareja científica, y los contrastes de clases económicas en Los ricos o en Los ambiciosos.
La imagen pesimista acerca de Madrid -y en general de España, según los personajes- acusa un fuerte contraste con la mitificación de las zarzuelas. En este sentido, los sainetes de Del Madrid castizo se separan de la tradición y los modos de aquéllas, cuando nos encontramos en Arniches con la temática regeneracionista sobre el “problema de España”, así en Los culpables o en El zapatero filósofo
SEÑOR SIDONIO.- (…) El pueblo seguirá creyendo que aquí lo que faltan son políticos, y los políticos, que lo que falta es pueblo… Y lo peor es que los dos tendrán razón. Las susistencias estarán en las nubes, y los jornales, en el arroyo. La generación del noventa y ocho seguirá creyendo que es más ilustrada que la <>, que cada dos versos, es una viñeta. Todos seguirán diciendo que esto está mal, y nadie procurará que esté mejor. El que trabaja servirá de irrisión al que no trabaja.
Esta misma línea la encontramos en La risa del pueblo, sainete simbólico en el que hay quien disfruta de las penurias de otros, o zancadillea sus vidas para echarse unas risas, y de los que no se conoce oficio ni beneficio. Una alegría que no es propia sino que está en el mal del otro, que es casi tanto como asegurar que no hay alegría y hay que lograrla:
¿Y eso es alegría, y eso es chirigota, y eso es gracia?… Eso es barbarismo, animalismo y bestialismo. Y hasta que los hijos del pueblo madrileño no dejen de tomar a diversión todo lo que sea el mal de otro…, hasta que la gente no se divierta con el dolor de los demás, sino con la alegría suya…, la risa del pueblo será una cosa repugnante y despreciable. Bonifacio Menéndez, ris, ras, rubricao.
Cuatro rasgos más se deben destacar de la obra: los personajes, el lenguaje, las acotaciones y la clara intencionalidad moral. En lo que respecta a los personajes, debe tenerse en cuenta que estamos ante “sainetes rápidos”, lo cual conlleva que no pueden ser tan complejos que impidan una presentación rápida en pinceladas y sean ellos mismos quienes se caractericen con el diálogo. En general son sencillos, populares y reconocibles. A través de ellos se plantea la situación que viven, verdadera protagonista de cada pieza, dándole cuerpo y expresión por medio de esa “lengua madrileña”, el peculiar “deje” de la capital, uno de los mejores artificios archinescos por el que los personajes y las circunstancias quedan mostradas en poco con el contraste cómico, chulesco, y lo dramático del fondo. “Ca” por “cada”, “Ties” por “tienes”, la vulgarización de términos técnicos o palabras extranjeras, interjecciones y traslados metonímicos.
Son las acotaciones el vivo ejemplo de que Arniches jamás pensó en una verdadera representación de estos sainetes, si bien alguno aparece denominado “cuento representable”. En ellas Arniches se muestra más narrador que otra cosa al introducir elementos que no van a aparecer, relatando algo acontecido anteriormente -una pelea, por ejemplo-, señalando un camino seguido por tal o cual personajes a través de diversas calles, trasladando un ambiente irrepresentable -tardes claras y frías, o brumas tenues que nublan el perfil de la sierra. Nos sitúa, en las más de las ocasiones, en una escena novelada.
Madrid. Va mediando octubre. Son las cuatro de la tarde. Una bruma tenue nubla el perfil de la sierra ejana, La luz del sol es color de oro pálido, y el azul del cielo, unpoco gris. Hace calor, un calor que atenúan frescas ráfagas de aire que soplan de cuando en cuando, levantando ligeros remolinos de polvo y haciendo cabecear suavemente los árboles, que ya amarillean.
No pocas veces se ha observado -Manuel Seco o Montero Padilla lo hacen- el carácter cinematográfico de muchas de las acotaciones en el movimiento que reflejan y la visualidad de la escena, aspecto especialmente relevante para unas obritas como de las que hablamos en la época en que fueron escritas. Al respecto, la acotación inicial de La risa del pueblo, o varias de La pareja científica.
El eje central en torno a cual giran todas las piezas de Del Madrid castizo es su función moralizadora, que cabe deducir de la preocupación social, la perspectiva que mira sobre un Madrid pavoroso y mísero, y los tintes regeneracionistas señalados. Todas ellas se acentúan en un aspecto concreto de comportamiento: contra el falso mendigo y verdadero vago o los que pretenden vivir sin trabajar frente la necesidad del trabajo bien hecho y a conciencia para bien de España; contra la ludopatía, frente al divertirse con el mal ajeno, el tema del falso creyente o el falso comunista, la felicidad en lo poco y no en la ambición y, como no, sobre la cuestión aliadófila o germanófila en la Primera Guerra Mundial, el progreso y su escepticismo.
¿Pensó Arniches en su representación? Dicen que no, y además, nunca lo pretendió. Y sólo contamos, históricamente, con una adaptación de 1952 en el María Guerrero. ¿Son para él de tan poco valor literario? Probablemente no, aunque pese más para su autor el tributo que rinde a Madrid, antes de dar una vuelta de tuerca más y empezar con su “tragedia grotesca” de, quizás, mayor sabor literario, pero género más próximo al vitoreado esperpentismo valleinclanesco. Género esta “tragedia grotesca” que se retrotae a piezas anteriores: como aquélla tan celebrada de La señorita de Trevélez, que a mí me recordó siempre el sainete visto de La risa del pueblo.
Héctor Martínez













