06/06/2009

“ES TARDE PARA EL HOMBRE”, WILLIAM OSPINA

Posted in Ensayo tagged , at 17:08 por retratoliterario

William Ospina

William Ospina

Hojeando los periódicos he dado, de pronto, con el colombiano William Ospina. Con él ocurre esa cosa tan llamativa de ser afamado poeta y ensayista, y, en cambio, hablarse de sus novelas -menos, por cierto, que en el resto de géneros-. Yo recordé haber leído en mis años de facultad, antes de que novela alguna existiera, un ensayo: Es tarde para el hombre. Hoy, tras los periódicos, lo rescato de mi particular estantería libresca, esa que he ido formando no sólo comprando, sino también recogiendo de la calle o de una biblioteca, o de purgas de amigos en las suyas.

Se trata de seis ensayos sobre el fin de la arrogante, ingenua y devastadora idea de la supremacía humana como especie de las especies. No ya sólo como el centro del universo, sino como la cabeza jerárquica del mismo, la que impone su orden racional y lo toma por absoluto y no por antropomórfico. Ospina dibuja nítidamente una línea desde el racionalismo e idealismo alemanes hasta el positivismo y utilitarismo más reciente. Filósofos como Nietzsche o Marx se convierten en profetas del nihilismo y del mercadeo del ser, profetas a los que no se les prestó mayor atención -siempre he dicho que son los pensadores peor leídos y más interpretados de la historia. Peor en esa línea dibujada hay un punto de inflexión, además de Nietzsche o Marx, al que tampoco se le dio continuidad: el Romanticismo:

Podrá la razón excluir de su discurso y aún de su consideración todo lo que no sea claramente explicable en su origen, medible en su extensión, previsible en su funcionamiento y expresable mediante un sistema de fórmulas racionales, pero aunque no sepamos explicarlo ni medirlo, ni preverlo o controlarlo, existen el dolor y la enfermedad, el terror y la imaginación, el amor, la locura y la muerte; existen las esperanzas y los presentimientos, los sueños y los delirios, lo demoníaco y lo divino. (…) Cuando parecían cerrarse para el espíritu las ventanas y los respiraderos de la realidad, los Románticos abrieron por la fuerza no sólo las puertas que daban a los campos donde seguía alentando, llena de milagros, la naturaleza inmortal, sino también las claraboyas y las trampas que daban a los sótanos inexplorados de la conciencia, túneles y pasadizos que el mundo ya no quería mirar

Sin embargo, y a pesar del Romanticismo, el hombre ha vivido desde el Renacimiento con una fe más alta que la depositada en Dios: la fe en el progreso, el avance, la novedad y la evolución para alcanzar un estado tan perfecto como huidizo en la cadena del siempre ir a mejor. De aquí viene el error del hombre al tomar evolución por progreso, cambio por mejoría, y mejor por supremacía y superioridad:

Pero la mentalidad moderna no sólo supone que el hombre es la criatura perfecta, que todo debe definirse con respecto a ella, que el planeta es su depósito ilimitado e inagotable de recursos, que el futuro es el escenario exclusivo de su confort y de su felicidad, que todos los órdenes de la vida le deben sumisión y tributo, y que toda la materia le está irrestrictamente ofrecida, sino que ha convertido la ilusión del progreso natural en el fundamento de otra ilusión: la de que todo en la historia está gobernado por la ley del progreso.

¿Qué progreso? El de una innovación que ahorra esfuerzo, a la vez que deleite en el proceso, que impone inmediatez y velocidad, la ilusión que borra del mapa el placer de lo misterioso, de la aventura, de lo que dura y en lo que nos detenemos para disfrutarlo en su duración. Ya no. Mal traducida la doctrina del mundo que cambia, vivimos la inmediatez por la que, antes de habernos deleitado profundamente en algo, ese algo ya ha pasado, ya es algo ido y sustituido por otra novedad. Demasiado absortos estamos en lo nuevo como un siempre ir a mejor que no reparamos en, ni escuchamos a, las voces disonantes que acusan a ese progreso del infinito desarrollo de ser la clave de la ruina y la decadencia. Dicho en otro giro, lo que presumimos eran los rasgos que nos transformaban en la especie elegida y el ser supremo del universo -o al menos, del mundo conocido-, en realidad, nos atontan, nos idiotizan, nos adormecen, nos anulan. Ospina habla de la drogadicción, de la publicidad, de la pornografía, de las pantallas televisivas, de la moda, del vender y comprar a toda costa, del derroche frente a la indigencia, de esquilmar lo natural como algo dado en nuestro incansable y eterno beneficio futuro y siempre por llegar.

Vanagloriado en su dominio y gobierno sobre todas las cosas, vive el hombre en un reino bastante particular donde lo que se ha considerado “malo”, “negativo”, “desagradable” no se menciona; donde se ha creado una nueva religión que, como todas, promete un paraíso, pero en vida, y sin recalar en los límites vitales y naturales del ser humano:

(…) ese universo de papel y de luz donde nadie sufre tragedias que no pueda resolver el producto adecuado, donde nadie envejece jamás si usa la crema conveniente, donde nadie engorda si toma la bebida que debe, donde nadie está solo si compra los perfumes o cigarrillos o autos que le recomiendan, donde nadie muere si consume bien. (…) esta opulenta religión contemporánea no es más que la máscara infinitamente seductora de un poder inhumano, que desprecia ostentosamente al hombre y al mundo, y que ni siquiera lo sabe.

Un perpetuo “canto de sirenas” que nos tiene embelesados entre pociones máginas de eterna juventud e inmortalidad -podría Ospina haber añadido el apunte del difunto Benedetti sobre el negocio y publicidad de funerarias, por la que hasta morirse parece un placer, séalo o no-. Observa William Ospina que toda esta ilusión y farsa, toda esta máscara opiácea, está instalada, incluso, en los sectores a los que se confía la dirección de un país, de una nación o del mundo, bajo el rótulo de democracia, aunque también usado, de manera efectiva, por Adolf Hitler:

Un instrumento que sirve por igual para imponer perfumes y tiranías, debería exigir toda la vigilancia y despertar un cauto recelo. (…) No hay publicista que no piense que vender un candidato es sutancialmente lo mismo que vender un auto o una bebida gaseosa.
Y es a esta manipulación grotesca a lo que llamamos democracia. (…) cada vez más, estamos dejando graves asuntos en manos de los oportunistas menos calificados, gracias a que ya no exigimos progamas ni ideas ni compromisos sino imágenes seductoras y sonrisas de éxito.

Lo anunció desde el comienzo: todo banalidad en la nada, todo mercancía. La muerte no existe, aunque es la única certeza que un ser humano puede albergar. La enfermedad es desechada, a no ser que se mire como un útil que permite el negocio redondo de lo farmacéutico, de la costosa fabricación de todo tipo de máquinas para analizar el cuerpo humano y encontrarle la disfunción. Ospina sostiene que, hasta en lo que la salud respecta, último ámbito natural que nos queda, hemos sido deposeídos de una comprensión de nuestro cuerpo. La ciencia racional instalada en la medicina ha expulsado todo otro método -piénsese en lo naturista o la medicina tradicional de oriente- y lo ha desprestigiado hasta el punto de invalidarlo como tratamiento, como cura, e incluso como saber -existe el término de pseudociencia para todo lo que no sigue el patrón de la racionalidad:

Si queremos saber qué es el hombre para el postivismo basta mirar los exámenes bacteriológicos, los cuadros hemáticos, las curvas de glicemia, los electrocardiogramas, -las palabras son tan terribles como lo que describen- los electroencefalogramas. Ya no queda en nosotros sino la materia cuantificable, el espacio medible, el tejido desamparado de las células, el abismo vertiginoso de los átomos, idéntico al abismo vertiginoso de los astros donde el ingenuo y obediente cosmonauta no pudo ver a Dios

Hay un símbolo de toda esta cultura del progreso y la racionalización moderna: la ciudad, la metrópoli. Precisamente, el símbolo que gran parte del arte emplea para anunciar el total declive humano, profetizando aquello que, de fantasías, para Ospina empiezan a convertirse en presentimientos. Grandes ciudades convertidas en ruinas, sus esplendores antiguos llevados a colores grises, uniformes, decadentes, viejos -Ospina cita del cine los títulos que hicieron blanco en estas imágenes para ciertos posmodernismos: Blade Runner, Brazil, Metrópolis-. La ciudad significaba, apunta William Ospina, la fantasía, la idealización, la ilusión, el sueño; a día de hoy, el ideal empieza a convertirse en escapar de las ciudades donde la falsedad y la pobreza, donde la carencia de naturalidad y la distorsión de la realidad, han devorado y cortado casi del todo el cordón umbilical que nos unía a los hombres con el reino natural del que pretendimos independizarnos:

Y las ciudades, que alguna vez fueron nuestro orgullo, y uno de nuestros sueños más altos, las coronas de la civilización, el reino de la amistad y la imaginación, se han convertido en el escenario donde una humanidad despojada de sentido y deberes, ciega a la suerte de su misterioso planeta, representa sin saberlo el drama de su declinación, el naufragio de Metrópolis, e ignora patéticamente cuál será el siguiente episodio de la obra amenazante, y si ese episodio no será el último.

Finaliza William Ospina con una arenga hacia la responsabilidad de América Latina, la América europea, heredera suya, más europea que los europeos de Europa, divididos internamente, y subdivididos nacionalmente. Pero la arenga conlleva, además de enaltecer la Amécira europea, también la crítica del eurocentrismo, la invitación a mirar más allá, al vasto mundo que nos rodea, quizás para no repetir los mismos errores. Ospina muestra el mestizaje y mulataje de América Latina durante siglos como el antídoto contra las barbaries intestinas que allí también cohabitan, y que, junto a la herencia recibida de la vieja Europa, y más aún de la España irracional, sirven de contraste al uniforme caminar del racionalismo, del progreso, del desarrollo, del evolucionismo mal entendido y peor aplicado.

¿Por qué es tarde para el hombre? Porque lo que hay que salvar no es al hombre. Acaso hay que derrocarlo, someterlo a las verdaderas fuerzas que gobiernan el mundo de la vida, despertarlo de su “sueño dogmático” y quitarle de una vez el cetro que a sí mismo se dio para afirmar su superioridad por encima de lo vivo y lo muerto, por encima de lo mortal y lo divino. Es tarde para el hombre, porque es:

(…) algo mucho más grande lo que ahora debemos salvar

Héctor Martínez

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3 comentarios »

  1. pilar arevalo said,

    me encanta q mires las cosas asi y seas un critico de ti mismo ,no directamente de tu vida ,pero si deel hombre en general.

  2. EDDYS Garcia said,

    Buenas tardes, quiero saber en el libro de estarde para el hombre en el capitulo de el naufragio de la metropolis, como lo ve, y frente a que se enfoca para dar una opinion basado en lo actual.

    Gracias

  3. CLAUDIA SANCHEZ EST DE U TOLIMA said,

    william opina deseamos saber usted que opina de novela


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