25/06/2009

“EUGENIA GRANDET”, BALZAC

Publicado en Prosa tagged , , a 13:03 por retratoliterario

Honoré Balzac

Honoré Balzac

Muy habitualmente, los profesores de literatura enseñamos que Romanticismo y Realismo son dos movimientos diametralmente opuestos y enfrentados. Algunos -no todos- sabemos que esto no es absolutamente cierto, pero así lo decimos para facilitar al alumnado el aprendizaje de los rasgos más relevantes de cada uno donde, ciertamente, sí existe ese enfrentamiento. Eugenia Grandet, novela del proyecto de la Comedia Humana, es un ejemplo de que Romanticismo y Realismo pueden unirse, mezclarse y combinarse y dar como resultado una obra inestimable dentro de la historia literaria.

De este modo, en Eugenia Grandet damos con descripciones detallistas de tintes líricos, conducidos por la omnisciencia en tercera persona del narrador que nos introduce, desde lo más general de las ciudades de provincia -Saumur-, hasta las calles, deteniéndonos ante la puerta de la “Casa Grandet”. Una vez allí, va desgranando la historia de la casa, de la fundación de la familia Grandet y presenta a cada uno de los personajes, física y moralmente, al tiempo que introduce la trama simple de la novela: una muchacha por casar, dos pretendientes y sus familias, avaricias y codicas familiares, un amor más soñado que real, y la frustración final. Del entorno llegamos hasta los individuos, enmarcados en lo burgués. Toda la galería de personajes recibe en estas primeras páginas sus descripción física y moral, sin que pase desapercibido el tono de ternura y comicidad que Balzac impone a la presentación de la criada Nanon:

A la edad de veintidós años, la pobre chica no había podido colocarse en ninguna casa debido a su rostro repelente; y en verdad que ese sentimiento era bien injusto, ya que el mismo rostro hubiera sido muy admirado encima de los hombros de un granadero de la guardia.
(…) Para una muchacha del campo que en su juventud sólo había conocido malos tratos, para una mendiga recogida por caridad, la risa equívoca del tío Grandet era como un verdadero rayo de sol. (…) Desde hacía teinta y cinco años, se veía siempre llegando descalza, cubierta de harapos, frente a la tonelería del señor Grandet, y oía siempre cómo éste le decía: ¿Qué quiere usted, guapa?, y su agradecimiento era eternamente joven.
(…) ¿Quién no diría también?: ¡Pobre Nanon! Dios reconocerá a sus ángeles en las inflexiones de la voz y por sus misteriosas pesadumbres.

Rematando este cuadro de Nanon, Balzac añade a la descricipción:

(…) un ser hembra tallado como un Hércules, asentada sobre los pies como un roble de sesenta años sobre sus raíces, ancha de caderas, de espalda cuadrada, con unas manos de carretero y una probidad tan vigorosa como su virtud intacta. Ni las verrugas que adornaban aquel rostro marcial, ni el color aladrillado, ni los brazos nervudos, ni los andrajos de Nanon asustaron al tonelero, que se hallaba aún en la edad en que el corazón se estremece. Entonces vistió, calzó, alimentó a la pobre muchacha, le dio un sueldo y la empleó sin maltratarla demasiado

Me detengo en este personaje porque no me cabe duda que su primer pasaje es el anzuelo de la novela. Gasta Balzac un tono jocoso, tierno, irónico y cruel al mismo tiempo, uniendo dos personajes tan dispares como uña y carne para toda su vida. Le basta a Balzac detener las descripciones de la poca feminidad física, de la poca fortuna en la vida, de la condición miserable de Nanon, en el preciso y justo instante para decir -y lo hace varias veces-: ¡pobre Nanon! o ¡pobre muchacha!. Y ese “pobre” torna en un valor de incalculable contraste para saltar de unos tonos a otros, logrando el compadecimiento del lector, moviéndole momentáneamente a risa. En general, junto a Nanon, tanto Eugenia y su madre, los tres personajes femeninos principales, son tratados por Balzac con una extraordinaria amabilidad.

Es una historia amorosa atravesada por la cruel codicia del dinero y del poder. Ahora bien, un tema tan destinado al romanticismo, donde habría de surgir esa tendencia narrativa de interiores de espíritu, en Balzac adquiere el relieve del provincianismo burgués exterior y la arrogancia parisiense. La avaricia extrema de un acaudalado tonelero, la caza de dotes, la ruina de un heredero, se van turnando frente a la generosidad de una hija dispuesta a no escatimar migas de pan o piezas de mantequilla por amor. Avaricia y sentimientos, representados, por ejemplo, en la muerte de Guilleaume Grandet, hermano del tonelero y padre del primo desheredado. El tonelero Grandet cavila cómo dar la noticia al sobrino en estos términos:

Grandet no sentía ningún embarazo para informar a Charles de la muerte de su padre, pero experimentaba una especie de compasión al saber que no tenía un céntimo; buscaba una fórmula que le permitiera dulcificar la expresión de esta cruel verdad. Decir: “Ha perdido usted a su padre”, no era nada. Los padres mueren antes que los hijos. Pero en la frase: “Se halla usted sin recursos de ninguna especie”, está condensado todo el infortunio de la tierra.

El dinero se manifiesta más importante que la muerte del propio hermano; más importante es la noticia de estar sin blanca, que tener que transmitir la muerte de un padre a su sobrino. Un sobrino nada apreciado, sobre todo, por su ruina y su desgracia. Balzac aprovecha la oportunidad para opinar y centrar el núcleo de la novela:

Los avaros no creen en una vida futura, el presente lo es todo para ellos. Esta consideración, proyecta una horrible claridad sobre la época actual, en la que, más que en cualquier otro tiempo, el dinero domina las leyes, la política y las costumbres. Instituciones, libros, hombres y doctrinas, todo conspira para minar la creencia en una vida futura, sobre la cual está apoyado el edificio social desde hace mil ochocientos años. Ahora, el féretro es una transición poco temida. (…) El pensamiento general es llegar por fas o por nefas al paraíso terrenal del lujo y de los goces vanidosos, petrificarse el corazón y macerarse el cuerpo (…). Cuando esta doctrina haya pasado de la burguesía al pueblo, ¿qué será del país?

La lectura no resulta solitaria. De continuo uno va leyendo rodeado por un mar de murmuración, por el cotilleo y rumor de un pueblo que vive cada suceso en la casa Grandet, dividido entre cruchotinos y grassinistas, es decir, por los apellidos de las dos familias pretendientes de Eugenia, los Cruchote y los de Grassins. Sorprendentemente, Balzac adelanta parte de la trama cuando identifica un grupo nuevo: los que pensaban que Grandet no entregaría a su hija ni a una ni a otra familia, sino a algún par de Francia. Y llegará un par, el mencionado sobrino Charles, con los lujos puestos, enamorando a Eugenia, pero sin herencia. ¿No suena, una vez planteada la circunstancia privilegiada del dinero, al antiguo y permanente “amor imposible” literario? Es el Charles hundido, dolorido, el que encandila a Eugenia:

Es posible también que la desgracia le hubiese acercado a ella. Charles ya no era el joven rico y guapo, colocado en una esfera que para ella resultaba inasequible, sino pariente sumido en una espantosa miseria. La miseria origina la igualdad. La mujer tiene de común con el ángel que los seres que sufren le pertenecen.

El mismo Charles que el señor Grandet no quiere cerca de su hija, enviado a las Indias a rehacer su fortuna. Sin dinero, mal partido para Eugenia. Y de nuevo, emerge la generosidad de Eugenia regalando su dinero al primo que marcha sin fortuna, pero con promesas de amor eterno. Como es de esperar, a cada golpe de generosidad, responde dialécticamente en la novela, un golpe de avaricia. Sobre Eugenia cae un encierro por castigo, salvado al final por la muerte, primero de su madre y después, inesperadamente, por la de su padre. Eugenia tiene ahora las riquezas del avaro, pero no tiene su espíritu -tan sólo conservará lo que se ha hecho costumbre-. Balzac se ha ocupado de señalarlo unas páginas antes:

Así fue como el padre y la hija habían contado cada cual su fortuna; él, para ir a vender su oro, Eugenia, para lanzar el suyo a un océano de afecto.

Ella es capaz de entender la utilidad del dinero en la caridad, frente a un nuevo antagonista: su propio amor Charles, a la caza de mujer por interés económico, ignorando, irónicamente, la nueva situación de aquella Eugenia a la que juró su amor.

El estilo realista de Balzac se aprecia en esta novela, fundamentalmente, en dos puntos: el didactismo moral, por el que para algunos se justifica que, siendo el tacaño tonelero el carácter más fuerte de la novela, sin embargo ésta lleve por título el nombre de la hija; por otro lado, la presentación de personajes “estandar”, universalmente válidos, una vez más, sobre todo, entre padre e hija. La avaricia del señor Grandet tiene tal presencia a lo largo de toda la novela que es casi imposible no recordar el, hasta entonces, mayor avaro de la literatura francesa: el Harpagon de la comedia de Molière. Sin embargo, en Balzac, la avaricia convive con su prima hermana: la codicia de una buena parte de los personajes, incluído el propio señor Grandet. Son dos rasgos de la pescadilla y su cola: el avaro que hace por no gastar nada de lo que codiciosamente acumula, símbolo de la burguesía. Ese es precisamente el marco de la novela, razón por la que el señor Grandet se extiende por sus páginas como fondo de la desventura de Eugenia, frágil contrapeso de la balanza frente a avaros y codiciosos. Eugenia, no me cabe duda, es símbolo de un pueblo que, sin estar envilecido, corre el riesgo de venderse a la visión burguesa de un egoísta Grandet “amasafortunas” -recordemos las palabras de Balzac de líneas antes sobre el futuro del país si el pueblo se empapara de la doctrina burguesa que nos muestra en la novela.

Quepa añadir que, si bien Eugenia se casará y será viuda del heredero de los Cruchot, los que apostaron por él -los cruchotinos- no acertaron: el señor Grandet, que jugó con las intenciones de las dos familias en lucha por la mano de Eugenia, jamás entregó la mano de su hija -¿más avarcia?-. Murió como el más rico del cementerio, como solemos decir, y su fortuna terminó por emplearse debidamente por una heredera que perdió todo lo demás.

Héctor Martínez

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