07.27.09
RUBÉN DARÍO Y EL MODERNISMO
Dicen que Lorca le escuchó recitar una vez uno de sus versos y sólo entendió una conjunción. Rubén Darío jamás buscó la sencillez ni la sobriedad. Entremezcló casi toda la historia literaria del planeta, anterior y contemporánea y lo llamó “Modernismo”, la misma palabra que le tiraban a la cara despectivamente. El Renacimiento, el Barroco o el Romanticismo cruzan sus versos franceses, parnasianos, simbolistas, asomándose el esteticismo de un, por ejemplo, Wilde, “el arte por el arte” dedicado a las musas y los azules y los cisnes como santo y seña. Su obra es prácticamente un homenaje a la Literatura completa, una renovación, una adaptación, y, sobre todo, una pura creación y recreación personal, única, y, como solemos decir, intransferible. Fue padre poético de los Machado o de Juan Ramón e inspiración para un Valle-Inclán que lo convirtió en personaje de sus Luces y sus Bohemias, y su sombra se proyecta por todo el siglo XX como una obra tan irrepetible como imborrable.
Todavía hoy no es difícil encontrar críticos que, a lo Unamuno o a lo Cernuda, desdeñan su obra por una nociva influencia de afrancesamiento poético. Pareciera que sacan cierta bola mágica de adivinos para saber cuál era el tono auténtico de Rubén Darío; pareciera que nadie más se afrancesó en esas épocas en las que París se convirtió en capital intelectual, artística y cultural. Hay quien extiende esta crítica hacia la influencia que Rubén Darío ejerció sobre la juventud española. Personalmente, encuentro en Rubén Darío todo lo contrario: desde que se convierte en frontera entre el s. XIX y el s. XX, desde que asume el papel de la renovación, con su dosis de provocación y escándalo, abrió, como nadie en poesía, las puertas de horizontes y caminos aún no transitados.
Antes que Azul(1888), del que es costumbre empezar hablando, yo comenzaría leyendo los versos de Abrojos, de un año antes. Aquí encontrarmos un Rubén Darío lleno de sarcasmo entre redondillas, algún romance y soneto y varias silvas. Son versos de mal humor, de tristeza, un Rubén Darío anterior al que poco estamos acostumbrados, pero del que nació el epígono modernista. Precisamente, entre estos Abrojos se encuentra Puso el poeta en sus versos, anunciador del Darío que conocemos:
Puso el poeta en sus versos
todas las perlas del mar,
todo el oro de las minas,
todo el marfil oriental;
los diamantes de Golconda,
los tesoros de Bagdad,
los joyeles y preseas
de los cofres de un Nabab.
Pero como no tenía
por hacer versos ni un pan,
al acabar de escribirlos
murió de necesidad.
Efectivamente, leemos en este poema el incipiente modernismo luminoso, sonoro y musical, exótico y evasivo, aunque la última redondilla da el tono ácido y negro de la fuente de que nace, del poeta que:
Después, tomó su copa
¡y se bebió la lágrima y el vino!
Es el autor de Rimas en el mismo año, con claros ecos becquerianos, el corte del romanticismo tardío que imprime el intimismo subjetivo que tanto caló en el modernismo español. Así, la rima de Darío Hay un verde laurel en sus ramas recuerda, al mismo tiempo, las rimas I y VII de Bécquer. Aún más también resuena la rima XXIII del último al leer:
En tus ojos un misterio,
en tus labios, un enigma,
y yo, fijo en tus miradas
y extasiado en tus sonrisas.
El camino está preparado para la llegada de un libro fundacional del modernismo y otro de plenitud: Azul(1888) y Prosas profanas(1896), respectivamente.
En Azul surgen conjuntos cuentos y versos, donde el esteticismo parnasiano del “arte por el arte” convive con una renovación del lenguaje, más brillante y efectista, más colorido y sonoro, musical, más plástico, podríamos decir. El libro desborda en sensualismo y simbolismo, evadido hacia lo exótico o hacia la mitología clásica -como en el cuento El sátiro sordo- o en defensa del arte de lo bello frente a la sociedad aburguesada -como en el relato El Rey burgués-. En verso, comienza Darío con su Año lírico -Primaveral, Estival, Autumnal e Invernal, que ya seguirá Valle-Inclán en sus Sonatas-, como una alegoría del ciclo de creación poética. En el primero de ellos, dirigido a la primavera en romance, el poeta une amor, naturaleza y creación artística:
Mes de rosas. Van mis rimas
en ronda a la vasta selva,
a recoger miel y aromas
en las flores entreabiertas.
Amada, ven. El gran bosque
es nuestro templo; allí ondea
y flota un santo perfume
de amor.(…)
En Estival, en silvas, dos hermosos tigres, macho y hembra, magníficos ejemplares descritos con grandes efectos sensoriales y mitológicos se aparean, como símbolo sensual y erótico de la creación artística, que se verá interrumpida por una escena de caza. Un principe, de Gales, matará a la hembra y hará huir al macho, sin permitir la consumación del idilio artístico. La creación se ve detenida por la insensatez burguesa. Por último, Autumnal e Invernal, ambos en silvas arromanzadas, se aproximan al tono poético reflexivo, melancólico y pensativo:
En las pálidas tardes
yerran nubes tranquilas
en el azul; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
Inmediatamente se percibe el contraste con el impulso vivo dePrimaveral, con su color renaciente y su luminosidad, frente a las tardes pálidas o a la tranquilidad de las nubes que cruzan el significativo azul. Surgen los suspiros, los sueños, las tristezas… en resumen, la intimidad del poeta consigo. Por su lado, en Invernal, ya es de noche, ya hay frío frente al calor, hay helada nieve. Es una nueva llamada al amor ido, como la primavera, la expresión de una nostalgia hacia el amor adolescente y primaveral. Pero ya no existe esa armonía entre la naturaleza renacida en rosas y el ardoroso amor:
Dentro, el amor que abrasa;
fuera, la noche fría.
Tres poemas más ponen fin al ciclo poético del Año lírico en el que Rubén Darío despliega su concepción artística: Pensamientos de Otoño, donde se clama por la vuelta de la primavera -traducción libre de un poema de Armando Silvestre-; A un poeta, donde el creador es visto como un titán, un Hércules o un Sansón; y Anagke o la destrucción total por el Gavilán de la belleza cantada en los anteriores versos.
Dos grupos más de poemas llaman la atención en Azul: los Medallones, por ser homenaje y cortejo a otros autores, por un lado parnasianos como Lisle, y por otro norteamericanos como Walt Whitman, con el que se siente identificado desde el sur; y los Sonetos aureos, que ya desde el título nos dan el efecto sensorial de brillantez y color del oro además de configurar un grupo llamativo de sonetos en alejandrinos.
En Prosas profanas el modernismo más preciosista de Rubén Darío alcanza su cumbre. El cosmopolitismo o escapismo en el tiempo hacia lo dieciochesco junto a los valores sensoriales, visuales y auditivos, arrancan en el primer poema Era un aire suave, escrito en el innovador y rebelde dodecasílabo. También en esta composición surge ante nosotros el blanquísimo cisne, símbolo primordial del modernismo, junto a grandes metáforas mitológicas, aliteraciones que otorgan sonoridad, y alusiones legendarias de personajes. Este es el tono de todo el poemario:
Era un aire suave, de pausados giros;
el hada Harmonía ritmaba sus vuelos;
e iban frases vagas y tenues suspiros
entre los sollozos de los violoncelos.
Ahora bien, sin duda los versos más conocidos de las Prosas profanas como modelo del modernismo que en ellas habita es Sonatina, ochos sextillas de alejandrinos. Las aliteraciones y la musicalidad, el colorido, los efectos sonoros, el exotismo y el escapismo, las poderosas imágenes personales, románticas y simbólicas, las referencias mitológicas, la sensoriedad… en fin, todos los rasgos propios y archiconocidos de la renovación rubeniana. Se añade el tema religioso, espiritual de un supuesto Cristo “vencedor de la muerte” -interpretación apoyada en el parecido de este poema con el posterior A Margarita Debayle. Esta mezcla de lo sensual y lo religioso persiste en Ite, missa est en serventesios alejandrinos.
Rubén Darío prosigue en Prosas profanas sus homenajes a los franceses. En este caso es un responso por Verlaine, donde todo el Olimpo, las liras y flautas, las ofrendas de muchachas y los cantos deben elevarse y entonarse al poeta francés, convertido en el dios Pan. Y termina el libro con el poema Yo persigo una forma, soneto de alejandrinos donde Rubén Darío da expresión a la impotencia de lograr la perfección formal y de contenido, la totalidad artística, desde el estilo propio:
Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
(…)
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en espacio boga;
y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.
Este último poema de Prosas profanas anuncia un cambio de rumbo. Rubén Darío habla de la insuficiencia del estilo para expresar algo interior, propio, íntimo. Algo no se deja o no se puede expresar como hasta el momento se ha estado expresando todo lo demás. El giro que se anuncia da sentido al siguiente gran libro de Rubén Darío: Cantos de vida y esperanza (1905). Desde la perspectiva del cambio de estilo entendemos los primeros versos del nuevo libro:
Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.
El poeta nos dice que es el mismo de Azul y de Prosas profanas, aunque el estilo va a transformarse una vez más. Dibuja un autorretrato metapoético de su propia evolución, en serventesios, distanciándose del ayer en que “no más decía” y cuya historia narra en las siguientes estrofas, y acercándonos al Rubén Darío reflexivo, subjetivo, vuelto hacia sí mismo -cumpliendo con su ciclo de Año lírico estaría en su otoño- en la dinámica de un arte menos preciosista, de una poesía más pura. De hecho, topamos con aquellos versos tan memorables de Canción de otoño en primavera:
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
También ensaya una respuesta a la interrogación del cuello de cisne en un título de clara referencia a Prosas profanas: ¿Qué signo haces, oh cisne, con tu encorvado cuello?; mientras, aparecen Nocturnos angustiados, rivalizando ya las jóvenes rosas de antes con la vejez poética. No cabe duda de estar ante un libro de madurez atravesado por nostalgias y por trascendencias, por el regionalismo americano y el tema hispánico, donde surge el Rubén Darío más socio-político en un sentido esencial y no sólo comprometido -más cercano a nuestro “tema de España”.
Los Cantos de vida y esperanza -dejando, como en el resto de libros, bastante en el tintero-, se cierra con el poema Lo fatal, buque insignia de la desembocada nueva actitud -y que quiero reproducir completo-:
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y porlo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…
A partir de este libro, Rubén Darío ya no abandonará su otoño, donde se sueceden los temas americanos y las angustias como en El canto errante (1907), o en Poemas del otoño (1910) o el Canto a la Argentina (1914). Y el enigma del cisne, cual esfinge de Tebas, seguirá con su interrogante cuello encorvado; las princesas, suspirantes, aún se verán rodeadas de la vistosidad oriental; el arte seguirá teniendo en sí mismo su propio valor, mientras los demás vivamos nuestro azul, nuestro divino tesoro camino de la edad autumnal… Y el Oscar Wilde nicaragüense seguirá manando de la fuente inmortal:
(…) Y el crepúsculo, en su suave amatista,
diluía la lágrima de un misterioso artista.Y ese artista era yo, misterioso y gimiente,
que mezclaba mi alma al chorro de la fuente.
Héctor Martínez
07.23.09
TERTULIA SOBRE VANGUARDIAS
El pasado sábado 18 de julio, nos reunimos una vez más en el Espacio Niram, esta vez para una tertulia sobre las vanguardias de Guillaume Apollinaire, Tristan Tzara, James Joyce y Eugene Ionesco. El asunto venía por la revista Yareah y, como reciente colaborador, hube de medirme con Martín Cid, director, estando Joyce de por medio. Menos mal que teníamos otros tres autores más para tratar, y, por ambas partes, poder evitar cualquier conflagración literaria ante el público acerca del tema Ulises. Me refiero a ese tipo de hechos que, una vez ocurridos, tornan a ser anécdotas y leyendas sobre dos literatos arrancándose la razón a guantadas. Pero, es posible esquivar toda contienda si los púgiles se quedan en sus esquinas, mediananmente sobrios.
Al contrario, fue una velada muy agradable. Tocamos lo literario y lo escatológico. Mezclar ambas suele dar buen resultado: lo grave y lo banal, aunque no diré cuál es cuál. Pero, sobre todo, desmontamos el viejo mito sobre André Breton y el surrealismo. Bien pudo publicar el Manifiesto del surrealismo y convertirse en referente de una de las vanguardias más prolíficas. Sin embargo, el surrealismo no es una vanguardia surgida de la nada, sino de hombres como Guillaume Apollinaire o Tristan Tzara, en París y Zurich respectivamente. Incluso cabría afirmar que Apollinaire es el “cubista” de la literatura como Picasso pueda serlo en la pintura, siendo el cubismo otra de las corrientes reconocidas como influyentes en el posterior desarrollo del surrealismo.
Con su “poesía visual” supo crear configuraciones literarias jugando con la disposición y las tipografías para crear imágenes del objeto del poema. Hoy los conocemos como Caligramas y suponen una ruptura del convencionalismo poético, o, mejor aún, una construcción que aúna dibujo y poesía, dos gramáticas artísticas que hasta entonces se habían considerado siempre por separado. Y sobre la palabra en Apollinaire, no hay mejor descripción que la de Cocteu:
La palabra inusual (y usaba de ella con frecuencia) perdía su carácter pintoresco entre los dedos de Apollinaire. La palabra trivial se convertía en insólita. Y esas amatistas, piedras lunares, esmeraldas, cornalinas y ágatas que utiliza, las engarzaba, vinieran de donde vinieran, de la misma forma que un sillero trenza la enea de una silla en la acera. No puede concebirse artesano de la calle más modesto.
El rumano Tristan Tzara fue, incluso, más lejos. Su mutilación del lenguaje y el uso arbitrario del mismo a través del collage poético, a la vez que demotraban su convencionalidad, abrían las puertas a distintas experimentaciones como la propia “escritura automática” que el surrealismo se apropió como técnica suya. Efectivamente, el Dadaísmo, tan efímero como fue, tuvo en su anecdótico origen su esencia: Arp, Ball y Huelsenbeck junto a Tzara en el Cabaret Voltaire de Zurich, abriendo un diccionario al azar. Aún descubrimos Martín y yo un extremismo más al analizar la famosa receta para confeccionar un poema dadaísta:
Para elaborar un poema dadísta
Tomen un periódico
Tomen un par de tijeras
Escójase un artículo tan extenso como convenga
Para hacer el poema
Córtese el artículo
Posteriormente, ha de cortarse cada palabra que conforma el artículo
Y guárdese en una bolsa.
Agítese cuidadosamente.
Sáquense las tiras una después de la otra
En el orden
En que se dejó la bolsa.
Cópiese consecutivamente.
Tras leerlo, no sólo nos encontramos ante poemas que mutilan el lenguaje con unas tijeras; no sólo nos encontramos con la arbitrariedad de las combinaciones de palabras; también estamos ante un poema que ya no se escribe con pluma y papel, sino con retales y pegamento sobre otras escrituras ya dadas -aunque sean artículos de periódico- y ante una concepción que ya no valora la intervención del autor como genio poético tocado por las musas del Parnaso.
Podemos entender con ello que en las Vanguardias el acento está puesto en la búsqueda del lenguaje propio de las artes, la gramática propia que permita su máxima expresión, lejos de los parámetros ya establecidos y, por tal, con significaciones desintegradas. Lo cual nos llevó a hablar, precisamente de los otros dos autores: Ionesco y Joyce.
James Joyce, autor del único libro -de momento- cuyas páginas me cuesta pasar, el Ulises, es ejemplo de la escritura fragmentaria, recortada. Esto lo sé más por Martín, admirador público y reconocido de Joyce. Justamente él me lo señalaba: en Joyce no hay una sola perspectiva, ni hay una progresión convencional del relato, ni una estructuración tradicional. El tiempo breve, de veinticuatro horas, rellena dos volúmenes de situaciones y anécdotas, de monólogos, y, sobre todo, de un trabajo sobre el lenguaje por medio del dialecto y el neologismo. Yo, entonces, lo comparé, a menor escala y a riesgo de enfadar a Martín, con las renovaciones noventayochistas que llevaron, por ejemplo, a Unamuno a trocar el término novela al término “nivola”, simplemente porque la crítica, acostumbrada todavía al diecinueve, no quería ver como novelas aquellas escrituras. También me recordaba aquel empeño sobre el lenguaje terruñero, sobre la recuperación de la palabra olvidada y perdida del pueblo, o el marginamiento del argumento y la trama como mera excusa para continuas digresiones y fijaciones en detalles que a los autores les resultaban reveladores. Evidentemente, yo aquí tiré hacia lo que conocía, mi amada literatura española, mientras que Martín pudo regodarse lo que quiso y más, no tanto por mi desconocimiento, sino por el placer que le recorre -no diré comparable a qué- cuando puede mostrar a Joyce y sus virtudes en un mundo que todavía no ha sabido valorarlo más allá de la rareza y el tópico. Sobre Joyce, ¡pregúntele a Martín Cid!
Por su lado, Ionesco nos llevó al absurdo sobre el escenario. Más tardíamente que los demás, su Vanguardia fue más un aplicar rigurosamente el lema “reflejar la realidad” de lo que el Realismo pudo hacerlo nunca: la existencia no es lógica ni justificable, es, en esencia absurda. Si el teatro debe reflejar la vida, el teatro debe ser, pues, absurdo. El absurdo es la autenticidad de la vida y del teatro. Sólo así cabe afirmar que la vida es teatro y que el teatro copia a la vida. Aún cuando parezca irracional, aún cuando se enfrenta a cualquier sistematismo racional, hay que reconocer que la lógica del razonamiento es aplastante. Lo único: que Ionesco no busca razonar su máxima, porque tampoco tiene ninguna utilidad. Sobre esto de la utilidad del arte, y más aún del teatro -que si comprometido, que si social y político-, sentencia -cita que me apunto para mis alumnos cuando me preguntan para qué sirve el análisis sintáctico-:
Si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya.
Y a mí me recordaba con todo ello a Lope de Vega y su Arte nuevo de hacer comedias -la Vanguardia es un fenómeno contemporáneo a cada época-. Así, mientras Lope dividía la obra en cinco actos, no limitaba el tiempo y el espacio, mezclaba acciones en lo trágico como en lo cómico -en una palabra, mandaba al cuerno a Aristóteles y las reglas clásicas- Ionesco nutría sus textos de incoherencias, anacronismos, diálogos sin sentido… Ahí están su Cantante calva o la memorable escena de La lección sobre sumas y restas y la espiral absurda que nos conduce por un camino impredecible. ¿Quién se puede imaginar que una clase particular pueda terminar como termina en Ionesco? Lo digo como prácticante del oficio.
Ahora viene la gran pregunta, la que he hecho en otras ocasiones: ¿Y después qué? ¿Qué ha sido de todo ese movimiento contra el aburguesamiento del arte? ¿Acaso, a pesar de Tzara, Apollinaire, Joyce, Ionesco, y tantos otros, no hemos vuelto al mismo punto? Todavía queda una barrera por derribar -contra la que jamás podremos aunque no sea razón para desistir-: esa magia que convierte en burgués y comercial lo que nació contra lo burgués y comercial, ese hechizo social que, pasados no muchos años, impide que un tipo se lie a martillazos contra el orinal de Duchamp porque, a día de hoy, es una obra de arte, de galería, de visita de rigor y de exposición obligada, objeto de colección. Y yo, que pienso que Duchamp hubiera cogido otra maza para ayudar a aquel tipo. No les digo lo que pienso todas las mañanas al entrar en mi baño… ¡es como visitar un museo!
Héctor Martínez
07.14.09
“LA VOLUNTAD”, AZORÍN
Hará unos meses, hojeando el cuaderno de literatura de un alumno al que presto refuerzo, me encontré que, en el tema de la Generación del 98 y bajo el nombre de Azorín, aparecían dos frases: “No logró demasiado éxito” y “se trata de un autor pasado de moda”. Ciertamente sorprendido, le pregunté al chico y me confirmó que eran, en su literalidad, los apuntes de la profesora de Literatura. Nunca hubiera supuesto yo que tales juicios pudieran ser apuntes sobre un escritor -por cierto, en la ESO- y, menos aún, sobre el mismo Azorín. El alumno me preguntó que si ambas cosas eran ciertas, por qué le estudiaban. Yo sólo pude responderle ante aquello que su profesora no parecía tener en gran estima al señor Azorín. Por dentro me guardaba dos enfados: uno, el más grave, sentar catédra al respecto con alumnos de secundaria; dos, el más personal, juzgar a Azorín bajo prismas como el de la moda y el éxito. Amén de que estas cuestiones ya vienen contestadas en el mismo La voluntad:
Si alguna vez eres escritor, Azorín, toma con flema este divino oficio. Y después… no creas en la crítica ni en la posteridad (…) Cuando hablan de gentes que llegan y de gentes que fracasan, sonrío… Fíjate en que hoy el público ha cambiado totalmente; no hay público, sino públicos, sucesivos, rápidos, momentáneos. Un público antiguo era un público de veinte, treinta, caurenta años… vitalicio. (…) hoy durante la vida de un litarato se suceden cuatro o seis públicos. Y de ahí lo que llamamos fracasados, de ahí que un escritor nuevo y vigoroso al año 1880 sea un anticuado en 1890… No importa que el escritor no suelte la pluma de la mano, es decir, que no deje de comunicarse íntimamente con el público; el fracaso llega de todos modos. (…) el fracaso lo da el público (…) Un artista que no vive para el público y por el público, ¿cómo ha de fracasar?
Efectivamente, los públicos han cambiado, y mucho, y muy rápido, de decenio en decenio. Tanto es así que los escritores, los de verdad, deberían plantearse esto de escribir “para y por el público”, puesto que, entonces, deberían ellos, a su vez, variar de rumbo, de estilo, de formas, en un vaivén que termina por matar lo literario. No soy un adorador de Azorín, pero jamás sería capaz de sostener la moda y el éxito en su contra cuando lo puesto en juego tiene una raíz mucho más profunda. Junto al Unamuno de la novela ensayística, de las nivolas, está el Azorín de los ensayos novelísticos. La mezcla de ambos géneros, dando mayor peso a un extremo u otro, deja entrever la genialidad de estos autores, su espíritu renovador y rupturista con el estilo decimonónico.
Un lector de hoy se verá sobrepasado por tener entre sus manos una novela sin argumento, sin trama, incluso sin un diálogo ágil. Una novela que desprende en catarata ideas y ambientes, pensamientos y emociones, estampas de forma impresionista, a pinceladas breves pero adjetivalmente intensas. Poco después de las líneas que he citado, escribe Azorín:
- Lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje… Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje… (…) para mí el paisaje es el grado más alto del arte literario… ¡Y qué pocos llegan a él! (…)
-Observo, maestro, que en la novela contemporánea hay algo más falso que las descripciones, y son los diálogos. El diálogo es artificioso, convencional, literario, excesivamente literario.
- (…) Dista mucho, dista mucho de haber llegado a su perfección la novela. (…) Ante todo, no debe haber fábula…; la vida no tienen fábila: es diversa, multiforme, ondulante, contradictoria… todo menos simétrica, geométrica, rígida, como aparece en las novelas… (…) Y así el personaje, entre dos de esos fragmentos, hará su vida habitual, que no importa al artista, y éste no se verá forzado, como en la novela del antiguo régimen, a contarnos tilde por tilde, desde por la mañana hasta por la noche, las obras y milagros de su protagonista.
La novela de Azorín persigue crear “estados de conciencia” por medio del paisaje, a saltos de sucesos de los personajes, con toda la incoherencia que la vida tiene de real. Precisamente, en lo que omito de esta última cita, Azorín critica la descripción por comparaciones como un artificio infantil, el diálogo fluído como una farsa pues el habla oral cotidiano está lleno de pausas e incorrecciones. Censura por lo primero, un párrafo de Blasco Ibáñez y su Entre naranjos, carente de la plasticidad necesaria para crear el paisaje y anudarlo a la conciencia, comparándolo con un párrafo de Baroja y su La casa de Aizgorri -siempre se ha señalado que el fragmento tomado de Baroja estaba cuidadosamente seleccionado al efecto. En segundo lugar, Azorín encara la Gitanilla cervantina, chica presumiblemente sin estudios, pero con una dicción elegante en el diálogo que no debería corresponderle. Junto a Baroja, el otro que sale bien parado de toda esta competición literaria es el Arcipreste de Hita con sus adjetivos. Azorín, con ello, está dándonos la concepción de la propia novela que escribe: piénsese, por ejemplo, en las descripciones deshabitadas, lentas, melancólicas de Yecla en la primera parte, asociadas a los pensamientos solitarios, pesimistas y vitales de Yuste. El paisaje enmarca y prepara al lector para la parte ensayística e ideológica de la novela.
Junto al paisaje, el elemento autobiográfico del “yo”, la identificación estética y subjetiva del noventayochismo, queda plasmada desde el momento en que el autor asume, precisamente, el nombre del protagonista como apodo literario. Personaje y autor compartirán así la desidia, el hastío y la amargura, bajo esa máxima identidad que dará el salto del personaje a la realidad extraliteraria.
Mucho se habla de la influencia del irracionalismo, del pesimismo y del vitalismo, sobre todo, de Schopenhauer y Nietzsche -al margen de Montaigne-, recogida por el noventayochismo. Si hay una novela prototípica en este sentido de la literatura del noventayocho, es, sin duda La voluntad. Ya el título nos inclina hacia el centro de la disputa: ¿qué voluntad, la ciega y pesimista de Schopenhauer o la de poder de Nietzsche? Cabe decidirse por ver la del primero, la voluntad del mundo, sumergiendo y ahogando al protagonista en el fatal nihilismo que no podrá abandonar (véase las palabras de Yuste al morir):
Y sentirse vivir es sentir la muerte, es decir, la inexorable marcha de todo nuestro y de las cosas que nos rodean hacia el océano misterioso de la Nada…
La obra se organiza en tres partes (más prólogo y epílogo): formación en el medio rural, paso por la ciudad y vuelta al mundo rural. En ninguno de los dos espacios va a encontrar Azorín respuestas al vacío, sino, peor aún, mayores problemas, constatación de la asfixia vital. Durante la formación, el texto se ve rodeado de la religiosidad del padre Lasalde y el clérigo Puche, de la interminable construcción de una nueva iglesia -narrado en el prólogo-, frente a las disertaciones filosóficas, desesperadas, de Yuste, y el aprendizaje ideológico y amoroso de Azorín, enamorado de Justina. Ella tomará el camino equivocado y no acudirá a los brazos de Azorín, sino a ingresar en el convento.
Justina es ya novicia: su Voluntad ha muerto
Con esta sencillez, el autor declara la confrontación entre la religión y la Voluntad del individuo. Justina es la primera víctima de la novela, al menos en lo que a la voluntad se refiere. La segunda será el propio Yuste, el que asienta las bases del pesimismo, el sinsentido, la desconfianza en el hombre y el absurdo -recuérdense sus palabras al morir- durante toda esta primera parte, que empieza con una descripción paisajistica de amanecida en Yecla y terminará con la noche.
En la segunda parte de la novela, el autor sitúa a Azorín en Madrid. La incursión en la ciudad sirve de reclamo para la crítica a la política -por ejemplo al lema ilustrado “Egalité, Liberté et Fraternité” o a Pi y Margall-, al periodismo y a la literatura contemporánea, salvedad hecha de Baroja -representado en el personaje de Olaiz-, frente a un Mariano José de Larra o, de nuevo, un Arcipreste de Hita. La ciudad, pintada por el autor entre monótonos blancos y negros, grises, -el motivo funerario del caballo blanco, de los coches negros, el ataúd negro, otros coches blancos-, o el rojizo de Las Ventas, defrauda aún más existencialmente a Azorín, que culmina con una absoluta negación de la humanidad sumida en el automatismo, en el vanitas vanitatum y el Eterno Retorno nietzscheano -del que sólo nos salvaría el no tener conciencia de su eterna repetición.
La tercera parte anuncia la caída en la nada de valores e ideales del personaje. Azorín vuelve a Yecla cuyo contraste con Madrid supone el descubrimiento del vacío, lo abúlico y la falta de actividad, la sumisión a políticos aprovechados, el desencanto con los libros -o, mejor dicho, con la lectura- o la pérdida de la figura del aldeano español en los pueblos. De ello se deriva el Epílogo: tres cartas del autor a Baroja, sobre un tal Azorín casado, abúlico, olvidado de la lectura y la escritura, que, poco a poco, se va convirtiendo, en la segunda carta, en la descripción del ambiente lamentable en Yecla y sus gentes, hundidas en la desidia, el egoísmo y la nada, incluidas las gentes como Yuste -fallecido en la primera parte repentinamente-, quienes, dedicados a la reflexión también viven con su voluntad anulada:
(…) evitando la reflexión y el autoanálisis -matadores de la Voluntad-, se conseguirá que la Voluntad resurja poderosa y torne a vivir…, siquiera sea a exprensas de la Inteligencia.
Como vemos, al ser una obra tan colmada de digresiones y pensamientos, los temas alcanzan una variedad pasmosa: desde el absurdo de la vida, pasando por el fracaso de la regeneración española, la inutilidad del arte, la desconfianza en el hombre, el contraste antiurbano pueblo-ciudad, la crítica religiosa o el propio tema metaliterario de la escritura. El clima es de pura decadencia y de hastío social y existencial.
Una de las mayores críticas que se suelen lanzar a esta obra y a este autor es tan ignorante como estúpida: el vocabulario. Y digo ignorante y estúpida porque, precisamente, el lenguaje empleado y el vocabulario son uno de los mayores logros de La Voluntad, ya sea por la riqueza expresiva, ya por la precisión y claridad, ya por esa incansable búsqueda y muestra del diccionario “terruñero” y “olvidado”. Como digo, tan estúpido como censurar y derribar a un Garcilaso de la Vega por su lenguaje renacentista. Cosa bien distinta es que Azorín llevara al extremo la renovación de la novela, y compusiera una obra como ésta, la cual rompe, todavía, los esquemas de muchos lectores y críticos, como los rompió respecto del estilo asentado del movimiento realista y naturalista. Baroja y Unamuno -a pesar de las críticas de las que surgió el notable término de “nivola”-, son más legibles y menos rebeldes en las formas y estilos. Azorín arriesgó más sobre los límites, provocando, en más de un académico de ayer y de hoy, la perfecta repulsa asentada en una excusa sobre la capacidad creativa. Otros, simplemente, aducen las posiciones ideológicas y políticas, aunque, con alguna vergüenza, las encubran con argumentos literarios. Afortunadamente, Azorín no escribía para ellos.
Héctor Martínez











