08.16.09

MIGUEL HERNÁNDEZ, POETA

Publicado en Poesía tagged , , , , a 16:13 por retratoliterario

Miguel Hernández

Miguel Hernández

No hace muchos días, de madrugada por Madrid en Espacio Niram, topé con cierto mexicano guitarra al hombro. Curioso fue que terminamos hablando y recitando -casi más berreando- versos de Miguel Hernández, entre trago y trago. Aquello me recordó a un noble amigo, del que ya hablé una vez, con quien también me vi en alguna ocasión releyendo al alicantino. Esa misma noche pensé que le debía un hueco en Retrato Literario.

Prueba de que la Musa no hace distinciones de clase, es Miguel Hernández, nacido en Orihuela y pastor de cabras. ¡Qué bien habría hecho de personaje de las novelas pastoriles! Leyendo en el campo y tan absorbido como para dejar desmandarse el rebaño. Miguel tiene metidos la tierra, el barro, la naturaleza, el campo y el pueblo en las entrañas y nunca los eliminará. No es un culto intelectual, sino un provinciano rebosante de ingenuidad, dentro del que laten fuerzas expresivas y poéticas de una autenticidad poco común en aquel momento. Tanto como para que Cossío le convierta en su secretario, como para que Lorca, el otro gran auténtico del pueblo, le anime, o Neruda le admiré dentro de una profunda amistad. Sin embargo, aunque la Musa no lo haga, los hombres tienden a separarse en clases. De ahí el fracaso de su primera obra publicada en 1933, Perito en lunas. Los pocos que le hicieron caso, le reprendieron por escribir cuarenta y dos octavas reales, estrofa culta, con un lenguaje que le venía grande, siendo él de modestos orígenes. Nada se percibió del mismo equilibrio gongorino que sostenían los del 27; apenas nada de Jorge Guillén, de Albertí, ni de su incursión simbólica en la luna y el toro, o la fuerza sexual que introdujo y que persistirá en toda su obra. Claro que, a esa crítica, le faltaba el resto de la obra, que estaba por escribir. De entre ellas, prefiero la octava titulada Horno y luna, precisamente en la que aparece la razón del poemario que escribió el “lunicultor”:

Hay un constante estío de ceniza
para curtir la luna de la era,
más que aquélla caliente que aquél ira,
y más, si menos, oro, duradera.
Una imposible y otra alcanzadiza,
¿hacia cuál de las dos haré carrera?
Oh tú, perito en lunas; que yo sepa
qué luna es de mejor sabor y cepa.

Ahora bien, una cosa es la crítica y, otra muy distinta, los poetas e intelectuales del momento. Para 1935, la gran mayoría han abrazado y hecho migas con el poeta venido de Orihuela, que se encuentra preparando un poemario íntimo, amoroso y destinal, titulado El rayo que no cesa. En este poemario, de nuevo Miguel Hernández hace uso de composiciones cultas como el soneto, veintisiete, aunque también populares como redondillas y más libres como la silva. Hay en el libro inspiración y técnica, autenticidad personal en crisis amorosa y hasta espiritual:

¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?

Unir soneto y amor nos aproxima al Renacimiento italiano y a los cancioneros de Petrarca, tomando distancia del barroco gongorismo anterior de Perito en lunas. Además, el cambio se percibe de igual modo en un lenguaje mucho más sencillo y comprensible o el uso de figuras de repetición y forma antes que de significado, excepto en el persistente uso de símbolos que ya había comenzado en su obra precedente. Dentro del cuerpo de El rayo que no cesa una composición llamó poderosamente la atención, y son, precisamente, uno de los grupos de versos que más se recuerdan del poeta: se trata de la Elegía a Ramón Sijé, compañero y amigo literario en Orihuela, cuya muerte sorprendió y apenó a Miguel en Madrid. Corre en tercetos encadenados, al modo de la Divina comedia de Dante -lo cual no nos aleja de la época de la lírica cancioneril-, con serventesio final, sumida la composición en una profunda sinceridad de vibrante inspiración, dolor y compunción. Miguel Hernández recupera todo su primer ambiente de campo, de huertas, de tierra, de sabor rural, junto al rayo que ha fulminado al amigo y los recursos de repetición -anáforas, paralelismos y aliteraciones- que otorgan intensidad a los versos. Cabe señalar el alejamiento ideológico entre los dos amigos, y lo que Miguel sintió como traición al inscribirse dentro del círculo poético de Madrid que no veían con buenos ojos a Ramón Sijé, el compañero del alma que tanta ayuda le prestó para, justamente, aterrizar en Madrid. La deuda era impagable, pero Miguel elogió al amigo cuanto pudo dando lectura al poema en Orihuela, publicándolo a última hora en el libro, cuando ya estaba en la imprenta, y sacándolo en la Revista de Occidente de Ortega y Gasset. Tal fue la fama que recogió la composición que hasta un Juan Ramón Jiménez, apartado de todo y dedicado a su obra total, lo elogió y acercó a su “poesía pura”.

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
(…)
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
(…)
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra de parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
(…)
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Unos meses después, entrados ya en 1936, estalla la Guerra Civil, con todas las posiciones enconadas que dieron como resultado la inviabilidad de otro acontecimiento. Miguel se alista en el 5º Regimiento, próximo al pueblo, cavando trincheras, hombro con hombro junto a los compañeros de batallón. Curiosamente, es durante este periodo de guerra, de destrucción, cuando Miguel Hernández se consagra como dramaturgo en Moscú, toma casamiento, tiene dos hijos, y publica otra de sus grandes obras poéticas: Viento del pueblo. No acepta el asilo que Neruda le ofrece; Alberti se marcha en avión sin Miguel Hernández, al que prometió un hueco y que éste rechazo -algo tuvo que ver aquel “aquí hay mucho hijo puta y mucha puta” contra el señoritismo intelectual que le valió un diente roto por parte de la mujer de Alberti-. Miguel se queda en España, combatiendo con la poesía, la prosa y el fusil, cual caballero de la antigüedad diestro en las armas y las letras, un Garcilaso, un Cervantes, pero del s. XX. Del mismo tono es Viento del pueblo, del soldado que le habla al pueblo y a los compañeros de fatigas, donde, como en la Elegía anterior, reaparecen todos los motivos rurales y agrícolas, la sencillez y la cercanía, dotados ahora de una fuerza épica y narrativa descubierta por el poeta en el romance con que abre el libro. La ternura desgarrada de El niño yuntero en redondillas, el canto a la humildad y el trabajo de Aceituneros en cuartetas aconsonantadas, la Canción del esposo soldado en alejandrinos de pie quebrado o la arenga de Jornaleros, son textos que ayudan a comprender el tono de la obra, alejada del compromiso literario de los señoritos en el Palacio Heredia Spínola, labrada en el frente, en las trincheras y en el combate, que defiende su tierra, a su mujer, a su futuro hijo:

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
(…)
Es preciso matar para seguir viviendo.

Poco después, sin llegar a publicarse, El hombre acecha constituye una toma de conciencia por parte de Miguel Hernández de la derrota, del fin de toda aquella locura, como por ejemplo en El tren de los heridos:

Silencio que naufraga en el silencio
de las bocas cerradas de la noche.
No cesa de callar ni atravesado.
Habla el lenguaje ahogado de los muertos.
Silencio.

Comienza en el final de la guerra su “turismo” -como con humor reflejó en alguna carta a Josefina, su mujer- por las cárceles de España, sujeto al dolor de la separación de su mujer y su segundo hijo, Manolillo, a la hambruna, el frío, los piojos… igual que el periplo de Buero Vallejo, con quien se cruzará en la cárcel de Conde de Toreno, y de donde surgirá el famoso retrato realizado por el dramaturgo del inocente “cara de patata” -como, cariñosamente, le llamaba Pablo Neruda. De las cárceles saldrán los últimos poemas de Miguel, pero no él. Se trata de Cancionero y romancero de ausencias, colección donde Miguel Hernández culmina su vuelta al corte tradicional, al verso de arte menor, a ritmos más populares y sencillos como la seguidilla y a rimas naturales como la asonancia. Canta a todo lo perdido, entre los extremos del amor y la muerte, la ausencia del amor con Josefina, la ausencia del hijo muerto, el padecimiento de hambre y penuria del segundo pequeño alimentado con pan y cebolla… y es lo último el motivo de otro de los poemas más conocidos, las Nanas de la cebolla, tan cercano a la sinceridad, la ternura y el dolor de los anteriores -como, por ejemplo, la Elegía a Ramón Sijé-. Cruzado por la pena y la impotencia, Miguel Hernández escribe las “nanas” más tristes que un padre le haya cantado a su hijo de ocho meses, en largas seguidillas, aun cuando sea la seguidilla una estrofa breve y propia de celebración y festividad:

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

El pastor de cabras en Orihuela había logrado convertirse, no en un poeta de fama, sino en verdadero poeta del pueblo, no ya sólo cerca de él, sino dentro y cubierto bajo su misma piel y sudor. Es, muerto ya, poeta popular, recitado por las bocas más insospechadas, incluso allende los mares. Yo, una noche, me lo encontré en la voz de un mexicano que trotaba por las calles con su guitarra al hombro. Siempre será mejor una guitarra que un fusil.

Héctor Martínez

08.11.09

CIORAN EN ESPACIO NIRAM

Publicado en Ensayo, Unas noticias y otros tagged , , , , a 18:44 por retratoliterario

E.M. CIORAN

E.M. CIORAN

La velada del sábado en Espacio Niram dio para mucho. Además del recital que mencioné en un artículo anterior, fui el invitado para la sexta edición del Café Cultural que versaba acerca del pensamiento, la obra y la vida de E. M. Cioran. Fue un honor compartir sillón negro a la luz de las velas con Fabianni Belemuski, amigo y director de la Revista Niram Art, para charlar sobre el autor de origen rumano, rodeados de la magnífica troupe -en el sentido humorístico de “tropa” y “cuadrilla”- que tendemos a reunirnos, allá en la Plaza de Ópera, para tratar de cosas inhumanas -en el sentido de que a la mayor parte del ser humano les viene a importar tres, por no decir palabrotas-.

F. Belemuski

F. Belemuski

Fabianni hizo lo que pudo para que yo no hablara de Wittgenstein, para que no me fuera de rama en rama hasta perder el hilo, ¡qué hasta sacó a Heidegger a pasear! Y tras él a Nietzsche. Pero uno, aquí presente, no está dispuesto a defraudar a la concurrencia. Y sí, aunque de pasada, mencioné a Wittgenstein. Y a Unamuno, por supuesto, cuyo pensamiento está cruzado de planteamientos muy cercanos al mismo Cioran, María Zambrano, compañera de éste en el Cafe de Flore en París a mediados de siglo, Ortega, que solía ser el fondo de las conversaciones con Zambrano… en contrapartida, enterado de antemano, Fabianni contraatacó nombrando a Sartre y a Savater. Mordí mi lengua porque el respetable no merecía escuchar improperios, un autocontrol que fue realmente admirado por el personal que me conoce. A ello hay que añadir que, para sorpresa mía, me encontré defendiendo algo que todavía no me había atrevido a soltar en público: la idea de la feminidad de la filosofía no sistemática, del pensamiento que recorre, entre contradicciones y paradojas, un camino envuelto en la niebla con una oscura, angustiosa, verdad latiendo en su fondo. Sin embargo, vino al caso por ser ese el borroso camino que transita Cioran, terreno por el que, lo más fácil, es meter el pie en el cenagoso charco de la inmundicia humana.

H. Martínez Sanz

H. Martínez Sanz

Cioran jamás quiso ser filósofo. Al contrario, contra lo que llamamos filosofía, último reducto de consolación, último clavo ardiendo, tras la religión y la ciencia, hinca Cioran sus garras y colmillos de León nietzscheano que ha renunciado a convertirse en niño, en Uebermensch, en creador de nuevos y flamantes, aunque, otra vez, falsos valores. Renuncia al sistema, a la academia, pero también a la búsqueda alternativa de soluciones y respuestas al drama de la vida. El mundo que ante él y, sobre todo, dentro de él se vacía, debe seguir la inviolable ley de la descomposición sin regodearse en la decadencia. Descomposición en fragmentos, en aforismos paradójicos, viscerales, lanzados como dardos contra las ilusiones irreales, contras las distorsiones del ser humano. Descomposción abocada a la nada, a la devastación absoluta. No hay sueños de la razón fracasada, ni pesimismo, ni vitalismo posibles; el relativismo, el epicureísmo y el estoicismo son una máscara cómoda. Sólo el ecepticismo, que nos abandona en el límite de las incertidumbres, y el misticismo, que nos eleva bajo promesas de trascendencia, son opciones viables, aunque inútiles.

Hablamos Fabianni y yo de Heidegger. Y por sorprendente que pueda parecer, no para subrayar lo que remarcan cuantos nada tienen que decir y tiran al escándalo y condena de los oscuros pasados, creyendo que los pensadores, y más aún alguien como Cioran, están exentos de los apasionamientos de la circunstancial historia. El eje de la relación Cioran-Heidegger fueron las misteriosas lágrimas del primero ante la tumba del segundo, desentrañar su significado. Y yo lo encontraba en el acento que ambos pusieron en la experiencia del tedio, del hastío, de las angustias como posibilidad de quitar el velo a la realidad humana y descubrirnos sobre el abismo del vacío, tragados por el sinsentido de la realidad y nuestro ser. También en aquel voto de confianza mística del “sólo un Dios puede aún salvarnos”, enigma, cuando menos, de Heidegger. Únicamente en esto encuentro la razón de ser de las lágrimas por el que Cioran llamó “genio impostor” o “genio estafador”, fascinado por el lenguaje y las preguntas, creador de un lenguaje tan nuevo como infructuoso.

Me preguntó Fabianni: ¿Pudo ser feliz Cioran en algún momento de su vida? Lo fue, desde luego, entre bibliotecas y burdeles, entre los libros que leía y las prostitutas que le acompañaban en los paseos nocturnos por las calles en las noches de insomnio. Aquí Fabianni sacó a relucir a Sartre y su preferencia por la conversación femenina, como único punto en que Cioran le respeta. En todo lo demás, Sartre es para Cioran el “empresario de ideas” del Café de Flore, el “pequeño Napoleón del pensamiento”, del que le admiraban los “gigantescos fracasos de sus concepciones”. Y ataca, por ejemplo, su defensa de la literatura y del intelectual comprometido, recibe su contrapartida en Historia y utopía, como en varios otros escritos donde la “literatura” es demolida junto al escritor mesiánico que viene a mejorar el mundo y que no pasa de ser una mera caricatura, una descarada exhibición de las taras personales, las miserias de uno mismo -al caso, leer La tentación de existir-. Y se le reprochará que él escribió sus miserias; y él responderá: “tengo la excusa de odiar mis actos, de no creer en ellos”.

Cartel Espacio Niram

Cartel Espacio Niram

Tras Sartre, apareció la tarascada de Savater. Bien es cierto que introdujo a Cioran en los años 70; tan cierto como que puede ser su único mérito filosófico. Y que introdujera a Cioran es ya un hecho que debe turbarnos: un moralista político trayendo bajo el brazo a un “exiliado metafísico”, por mor de una gran amistad y una amplia correspondencia. ¡Uno debe tener amigos hasta en el infierno!, decimos por aquí. Al margen de otras críticas que no vienen al caso, hay una afirmación que no comparto con Savater acerca de Cioran: le considera un autor “ahistórico”. Pienso todo lo contrario: Cioran está calado del clima y circunstancias históricas que vive, de sus circunstancias contemporáneas, rumanas y europeas. Sólo sobre ese fondo, creo, pudo surgir tamaña reacción de un pensamiento expresado desde las más interiores entrañas. Y su pensamiento, o su actitud, solamente caben dentro de la descomposición del s. XX, del alrededor ensangrentado y violento, frío, que reveló, al fin, el desmoronamiento humano por sus cuatro costados. Ni creo que antes, ni tampoco después, pudo haber un Cioran con semejante ataque bilioso.

Al tratarse de una charla entre español y rumano, en un Espacio como Niram, de reunión de ambos pueblos, su cultura y su formas, el tema de Cioran y España era un paso obligado. Rumano de nacimiento, francés por la lengua, encuentra en España el tono de su propio espíritu: el país de los extremos y las contradicciones, de locuras insondables, absorbido en su propio fatalismo y decadencia -concepto que llama nacional y cotidiano en nuestra forma de ser… lo leemos en La tentación de existir (y ahora si citaré el pasaje)-:

(…) los españoles tuvieron plazo suficiente (¡tres siglos!) para pensar en sus miserias y empaparse de ellas. Charlatanes por desesperación, improvisadores de ilusiones, viven en una especie de acritud cantante, de trágica falta de seriedad, que les salva de la vulgaridad de la felicidad y del éxito. Aunque cambiasen un día sus antiguas manías por otras más modernas, seguirían, empero, marcados por una ausencia tan larga. Incapaces de acoplarse al ritmo de la «civilización», clericoidales o anarquistas, no podrían renunciar a su inactualidad. ¿Cómo van a alcanzar a las otras naciones, como se van a poner al día, si han agotado lo mejor de sí mismos en rumiar sobre la muerte, en embadurnarse con ella, en convertirla en experiencia visceral? Retrocediendo sin cesar hacia lo esencial, se han perdido por exceso de profundidad. La idea de decadencia no les preocuparía tanto si no tradujese en términos de historia su gran debilidad por la nada, su obsesión por el esqueleto. No es nada asombroso que para cada uno de ellos el país sea su problema.

¿A quién se refiere con ese “cada uno de ellos”? A Ganivet, a Unamuno, a Ortega, al simbólico Don Quijote… y podría haber seguido con todo el noventayochismo y el novecentismo, con los del 27 y la posguerra, o haber retrocedido a Larra, o al Siglo de las Luces, porque, efectivamente, al español inquieto nuestro país se nos ofrece como paradoja y problema perpetuo, como “provincia absoluta fuera del mundo”, bajo el famoso lema moderno “Spain is different”. Fabianni dijo que no era la misma España aquella que conoció Cioran y la actual. La charla terminaba y no era momento de empezar a ejercer como español que sólo sabe hablar de su país como un universo completo y de su pathos. Ahora bien, para información general, ya saben, aunque a la mona la vistan de seda, mona se queda, y, en especial, en España, ya hemos podido disfrazarnos de europeísmo, americanismo y occidentalismo, que por dentro seguimos con la destartalada España de charanga y pandereta, y seguimos con las contradicciones, tan nuestras, que tienen perplejo al resto del planeta, con nuestra particular e infinita decadencia sin llegar nunca a un fondo, con nuestros desengaños y trágica falta de seriedad sobre las cuestiones más preocupantes. Ahora somos más cosmopolitas, es cierto, pero para extender con orgullo nuestro arremeter contra molinos, porque sólo nosotros vemos los gigantes… Y no son una mera imaginación, pues los gigantes también son españoles.

Fin de la charla. Apretón de manos y apagado de las velas que tan preocupado me tenían luciendo con estilizada llama sobre mi cabeza. Cambio de sillón por taburete de barra… y a proseguir la conversación, la misma, Fabianni, yo y la “troupe”, como un acto de lo más cotidiano.

Héctor Martínez

08.09.09

POESÍA EN ESPACIO NIRAM

Publicado en Poesía, Unas noticias y otros tagged , , , , , , , a 18:42 por retratoliterario

Cartel Espacio Niram

Cartel Espacio Niram

Romeo Niram, primero amigo y después artista, me persiguió durante algunas semanas para organizar un pequeño recital poético en Espacio Niram. Ayer, por fin, lo logró, aunque huelga decir que lo hice encantado junto a la enfermedad que me aqueja y que me impide decir que no a los amigos. Conté además con la inestimable ayuda de otros tres buenos amigos ligados al mundo de la literatura y el arte: Martín Cid, escritor y fumador de pipa, Isabel del Río, Historiadora del arte y amante secretamente público de Picasso y Yulia Martínez, además de fotógrafa, también escritora.

Preparar un momento poético tiene un grave problema: la selección. Elegir unos pocos versos que sirvan de botón de muestra, que al mismo tiempo recorran la larga o corta trayectoria, y, junto a todo ello, que sean poemas dignos de recitarse en público, poemas de los que no haya arrepentimiento o intención de corregir, añadir o quitar. Sin embargo, el modo de resolverlo es tremedamente sencillo: dejar que los amigos seleccionen. Así fue. Deposité en ellos los versos, la responsabilidad y confianza. Que no serán pocos los que queden sin recitar, es probable, pero no importante. Eligieron, y eligieron bien, poemas de hace tiempo y poemas recién hechos en el último año. Desde aquel A quien se ama o El punto que soy, pasando por tres divertimentos como Limón, Corazón y Cenicero, junto a composiciones de Por un horizonte de niebla, El galgo lento y dos homenajes: Un siglo de cenizas, por la novela de Martín, y el, probablemente, último que he escrito, Piedras, dedicado al escultor Brancusi y, al mismo tiempo, a Romeo Niram, que me llevó con su pintura a descubrir las obras y las formas de aquél.

Martín hizo, a la vez, de maestro de ceremonias, de entrevistador. Siempre hay preguntas que responder cuando alguien como yo desentierra versos. Pocos imaginan este otro pasatiempo mío, muchos se sorprenden y suele ser motivo para enarcar las cejas. ¿Cómo ese tipo que habla de libros, que tiende a pronunciar nombres de filósofos alemanes y uno de cuyos lugares naturales es una barra de bar -no diré cuáles son mis otros lugares naturales- nos ha salido poeta? ¿Cómo alguien tan devoto de la grosería y, a veces, de la impudicia, chabacano cuando quiere, resulta ser un arquitecto de versos? Aún más llama la atención que lo haga contracorriente del versolibrismo imperante, o la moda occidenteal del Haiku -porque aquí es moda y en oriente poesía-, que resurjan los alejandrinos, las silvas, los sonetos y las octavas, las asonancias, que asomen la cabeza Quevedo, Bécquer, Rubén Darío, Machado, Juan Ramón Jiménez, Aleixandre, Gómez de la Serna, Gloria Fuertes, Hierro… pero no suene arcaico, avejentado nada más componerse, sino incluso, joven, personal. Ayer respondí a todo ello: mi preferencia por el poema breve, condensado, no narrativo, rimado con asonancias o hibridez, siempre próximo al arromanzado, aunque conviviendo con el heterosilabismo, con la rima interna, con elementos considerados antipoéticos como el verso esdrújulo o agudo, sin preciosismo; tanto da el tema trascendente como el motivo cotidiano y no veo problema en aunarlos, por ejemplo, en los Divertimentos; mi intención de anudarme con los flecos que quedan del Siglo de Plata de las letras españolas -siglo, aunque sea poco más de un tercio-.

En nuestra poesía española siempre se ha sentido el latir y la vibración de lo vivo atravesado por el mundo o cruzándolo sin reservas. Un latir presente aún cuando mirase otro tiempo, capaz de traducir nuestro alma y nuestro misterio con tal razón poética. El español no es abstracto, y cuando lo pretende, se enmaraña entre metáforas más que entre conceptos. Sentimos pasar las horas, sabemos de nuestro fluir más que de nuestro permanecer, como algo esencial que no es posible omitir en nuestra biografía. Cuando hablamos, el curso del tiempo cobra protagonismo en el verbo, incapaces de no usar junto al presente, el imperfecto, el indefinido –extendido, por su peculiar confusión con el pretérito perfecto compuesto- o el condicional, porque sabemos que todo está en el aire y que nada puede darse por terminado. Sin querer, por naturaleza, ligamos el pretérito con nosotros a través de los sucesos y acontecimientos que nos erosionan. Poco miramos al futuro, y de hacerlo, siempre lo intentamos pescar con el cebo y sedal de la interrogación. Sabemos vivir sin futuro, pero no sin palpar constantemente nuestro fluir en el tiempo, no sin dejar constancia de cuanto nos ocurre y afecta en lo cotidiano, no sin la conciencia de vivir en la expansión de nuestra propia historia. No somos un pueblo callado. Nos pierde mucho la boca y su tono. Por ella, no decimos, sino que exhalamos los desahogos del espíritu, las inquietudes y las apreturas de la vida. Lo que otros resuelven con un silogismo, nosotros, sólo nosotros, le damos forma de estrofa o canción; lo que en otros lugares serían premisas y conclusión, se vuelve en nosotros el verso tras verso de un poema inacabado. La poesía, que en otros sitios eleva al hombre hacia una trascendencia, a nosotros nos sumerge en la verdad cotidiana y sus grilletes de condena a la temporalidad. Los demás aspiran a conquistar el universo con una fórmula, mientras nosotros nos recreamos en el mito y el lirismo espontáneo del refrán, en la poética sabiduría popular, fuente única de evidencias que jamás ponemos en cuestión. Nuestro refranero no es sólo una muletilla que incorporamos al discurso, sino nuestra contestación a las circunstancias. Lo mismo que cada poeta con sus poemas.

Si yo tuviera que responder a la pregunta de Machado, ¿soy clásico o romántico?, respondería que ambas y ninguna. En ambas está la fuente, pero no soy fuente, sino gota de la corriente, de esas que van, como todas, a dar a la mar. Diría que soy español, y con ello, debería estar respondida la pregunta, tal y como quedan explicadas todas nuestras excentricidades para el resto del mundo. No lo digo por patriotismo, sino por la sencilla razón de que es en lo español donde me he configurado. Precisamente, Martín me preguntaba cómo era posible conjuntar la filosofía con la poesía sin que la segunda se viera perjudicada en su esencia, y mi respuesta recogía el guante unamuniano: nuestra filosofía, la española, no existe en tratados, sino en la literatura, en la pintura y la música -por eso sólo a Ortega se le llama filósofo, aun cuando recurre a estilos literarios-. Los españoles elevamos el pensamiento grave en la expresión artística porque es el límite que toca ya con la inefabilidad. Huímos del encorsetamiento lingüístico del diccionario, porque no nos es suficiente. Por hacer, los españoles, damos palmas y nos enorgullecemos de un himno sin letra, que se tararea como en una inconsciente vanguardia, gesticulamos con todo nuestro cuerpo y tenemos mayor tradición dramática que cinematográfica. Somos, incluso, uno de los pueblos más onomatopéyicos que existen, ruidosos en nuestro griterío. Nos expresamos con todo y todo es cauce de esa filosofía cotidiana, popular, honda. ¡Cuánto habría dado porque Aristóteles fuera español!

Así, Yulia ayer leía El punto que soy como versos inscritos en el extraño límite literario filosófico español:

El punto que soy en el universo
va dejando de ser punto, vacío,
está dejando un hueco de silencio.
Voy desapareciendo del mundo
difuminándome en recuerdos,
vuelto y sin esperanza. Todo
lo que es nuestro,
de los hombres, ya son quimeras
fascinantes de los sueños.
Mi figura, se quiebra
doliéndose de su ser extenso,
y todo lo que es mío
-¿Hay algo más que mi cuerpo?-
se enterrará bajo arenas
del olvido y aguas de infinito tiempo.

Isabel leía el agrio “divertimento” del Limón:

Limón,
si te azucaro el vientre
¿Me sabrás mejor?
Hay quien salado te prefiere,
poniéndote alegrías y humor.
Yo, cruel, te abro en canal
para robarte sin mal
todo tu amarillo color.

Y Martín escogía las palabras de El galgo lento:

¡Hay que tener corazón para verlo!
Aún tiene su porte
Sostenido por sus cuartos traseros,
Orejas rectas, alto,
De duro y blanco pelo;
Sin embargo, el galgo parece un chucho,
Vulgar y callejero,
Mascando mendrugos de duro pan;
¡Ay, Galgo! ¿Qué te han hecho
si hay que buscar tu raza
por costillas y huesos?
Dime en dónde estuviste
¡Dónde te hicieron esto!
¿Fue detrás de la verja,
Por ese camino que lleva adentro?
Allá no pudo ser,
A los hombres, allí los vuelven perros…
¿O también te quitaron lo que fuiste
Sin pensar lo que hacían, compañero,
Sin pensar lo que eras tú,
Si hombre, animal o leño?

Lo dije al principio. Supieron elegir. Sabía que sabrían hacerlo. Ellos solos sacaron todo. Yo, el poeta, era un espectador que, de vez en cuando, metía baza, porque me cuesta estar callado -buen español-. Les contemplaba con mis versos en sus labios, con mis rimas en sus voces… yo susurraba algunos para mis adentros. Romeo sonreía, esperando a Brancusi. Brancusi y yo nos hicimos de rogar, pero, qué mejor forma hay de terminar un recital en Espacio Niram sino con las Piedras de Constantin Brancusi convertidas en alejandrinos arromanzados, qué mejor forma sino alegrar a los amigos y homenajear a un pueblo entero que me reservó un rincón de su mundo para mis poemas.

Héctor Martínez

AUDIO: Piedras , Homenaje a Constantin Brancusi y Romeo Niram
Música: Johannes Brahms Intermezzo Op. 118 n.2