10.17.09

“EL AGUJERO”, STEFAN MITROI

Publicado en Prosa tagged , , , a 15:30 por retratoliterario

Portada

Portada (Trad. Portugués)

El año pasado se publicó, gracias al trabajo de Dan Caragea, la versión portuguesa de la novela Gaura (2004) de Stefan Mitroi, con el título O Buraco, Água viva, Água morta -”El agujero. Agua viva, Agua muerta”, en español-. Precisamente es esta traducción, con portada del artísta pintor Romeo Niram, la que he tenido oportunidad de leer sin demasiadas dificultades, por lo que la recomiendo mientras no exista versión española de la novela.

Son varios los elementos que se entremezclan en esta novela. Sumergidos en la cotidianeidad de una aldea, Purani, Mitroi comienza el relato con el siempre misterioso halo de una maldición: todas las mujeres que se casan con un varón de la familia Preducel, terminan abandonadas dando a luz un varón que, a su vez, repetirá la historia con otra desafortunada. Todos los varones marchan de viaje y no vuelven. Pero, ¿qué sería de una aldea sin las habladurías y rumores? La maldición se ve envuelta de toda una suerte de historias acerca de qué les ocurrió a los Preducel, desaparecidos y sin que se volviera a saber de ellos. Esta imaginación de los vecinos surte un efecto en la novela: nos introduce en sucesos extraordinarios que van creando el ambiente a la historia que se nos narra, el viaje del último de los Preducel, Anghel, casado con Paulina y con un hijo, Sebastián. Un viaje extraño, sorprendente, que parece repetir, una vez más, la conocida maldición: Anghel, pocero, empieza una noche un agujero por debajo de la tierra, interminable, kilométrico, durante años, donde desaparece y del que sólo vuelve contadas veces, porque según avanza en su labor va siendo más difícil retornar. Sus pretensiones son un auténtico secreto para gran parte de la aldea y para el propio lector. De nuevo, las habladurías y rumores: va en busca de la Fuente de la Vida, el agua milagrosa que confiere una eterna juventud. Cierto o no, la aldea de Purani se ve revuelta ante la posibilidad de tener el mágico líquido al alcance de su mano. Y el lector se encuentra rodeado completamente de hechos fantásticos y fabulosos.

Stefan Mitroi (Lucian Tudose/Rompres)

Stefan Mitroi (Lucian Tudose/Rompres)

Stefan Mitroi emplea todo este marco para evidenciar ciertos temas actuales, como por ejemplo, el aprovechamiento político de la ingenuidad del pueblo, además de las inherentes consecuencias existenciales. Los más viejos del lugar se desesperan, e incluso creen en ello cuando Ciocanel, burócrata filósofo, utiliza los medios de comunicación para dar veracidad al rumor que corre de boca en boca como un mito ancestral. Todos en la aldea creen en la existencia de la Fuente de la Vida porque “lo han visto en la televisión”. La irracionalidad de la búsqueda o del mito, y la aún más irracional fe ciega en la “caja tonta” sirven para que Ciocanel salga elegido Alcalde en las elecciones. Tras ello, una serie de desgracias arrecian en la aldea: un devastador terremoto, una tremenda sequía, un torrencial diluvio y el ataque sanguinario de insectos, asolarán la aldea y los campos. Ciocanel, en esta ocasión, usará a Anghel Preducel y su agujero como cabeza de turco al que echar las culpas de tanta desgracia.

Junto a la ácida crítica de la realidad o el paisajismo de la población, son de subrayar el humor que Stefan Mitroi introduce por medio de la pregunta filosófica, no sin cierta ironía, el lirismo de gran parte de la novela como si estuviéramos ante un verdadero poema en prosa, y la fuerte presencia del mito. En cuanto al humor, destaca el personaje de Ciocanel, al comienzo del libro, como Secretario de Cámara, que atormenta a la población con sus interrogaciones filosóficas cada vez que un aldeano se acerca al despacho necesitando una certificación o documento sellado -nacimientos, matrimonios, defunciones…-. Las cuestiones planteadas son de este tenor: ¿Por qué las hojas de los árboles son amarillas en otoño y verdes en primavera? ¿Por qué del Girasol no sale nunca trigo? ¿Cómo la hierba verde se transforma en leche dentro de la barriga de la vaca? ¿Cómo cabe todo el roble en una bellota? ¿Por qué los peces no se oxidan si están todo el día dentro del agua?

En esos dias Ciocanel estaba muy feliz. ¡Dios mío, como buscaban ellos, tan minuciosamente, los significados ocultos del mundo! ¿Por qué los oceános son oceános y de donde vino toda esa inmensa cantidad de agua… Por qué los americanos y los rusos no consiguen atrapar los relampagos para usarlos los unos contra los otros como un arma?… Sería algo más poderosos que una bomba atómica o que los cohetes com ojivas nucleares (…). Y porque los actuales monos siguen siendo monos y ya no se transforman en seres humanos?
- Por que no les interesa. No te das cuenta que hay cada vez más hombres que se esfuerzan por transformarse en monos. Esto revelea que es más conveniente que sea así y no al contrario.

El lirismo, por ejemplo al narrar la muerte del tío Toma:

Anghel aprendió el oficio más rapidamente de lo que Toma pensara. Parecía que lo intuía. Poco timepo despues, el tío comenzó a ganar el color de la tierra en la que había cavado pozos toda su vida y, después de algunos días de sufrimiento, se mudó, con las manos descansando sobre el pecho, dentro de ella.

Pero, sobre todo el lirismo está presente en las cartas de Anghel Preducel, cobrando en intensidad cuando se descubre el gran secreto mítico. Anghel se encuentra con los Preducel desaparecidos bajo tierra, y con toda la historia de los muertos de Purani, quienes, mueran donde mueran, terminan por habitar el suelo profundo de la aldea. Este encuentro con los espíritus se narra poéticamente:

No creas que ellas están en algún oscuro agujero. Al principio, cuando las encontre, no entendí bien lo que iba a suceder. Yendo más hacia abajo, vi un gran prado bajo mis pies, el cual, si tener cielo por encima, estaba iluminado. La luz provenía del fondo de la tierra. Era una luz tenue, sin brillo. Abandoné las cuerdas y dí algunos pasos sobre la pradera. Ví a lo lejos, casi imperceptible, una especie de niebla, pero, después de acercarme, comprobé que eran unas blancas toallas que flotaban a poca altura, ahora para un lado, ahora para el otro, sin llegar a tocarse. Después percibí que la luz venía de ellas. Vi que alguien me llamaba. Mi corazón debería haberse detenido por el susto, pero no sentí ningún miedo. Algunas de esas toallas de nebulosa leche se aproximaron hacia mí y tomaron forma de personas. Persona de vapor, mejor dicho.

Sin cielo ni infierno, los muertos viven bajo la tierra, la misma tierra en la que son enterrados. Ningún Preducel abandonó a sus mujeres, sino que, al contrario, las amaron apasionadamente. Si no volvieron, fue porque el destino se cruzó en su contra. Especialmente curiosa es la historia del bisabuelo Gheorghe Preducel, único hombre que conocía la lengua de los animales y las plantas, y que un día de febrero, como cada año, marchaba hacia el bosque a visitar al Santo Vlasie junto al gran Roble donde éste vivía. Allí también se reunían todos los animales del bosque para cantar la llegada de la primavera. Era un verdadero milagro. Pero el Santo, sintiéndose ya sin fuerzas, pasó el testigo a Gheorghe. Otros antepasados se vieron envueltos en las duras circunstancias de guerras.

Las cartas de Anghel aportan el último rasgo que quiero señalar: el romántico. En ellas se contienen expresiones de amor, además de ser escritas en el mundo subterráneo de los espíritus, durante un periplo de evasión, tan próximo a los tonos del Romanticismo.

El agujero -Gaura en rumano, O Buraco en portugués-, es una novela breve, lírica, romántica y realista, atravesada de costumbrismo y mitología legendaria, donde podemos observar el talento de Mitroi para manejar las imágenes fabulosas propias del género infantil al que también ha estado consagrado, desde el cuento hasta el teatro. Se trata de un autor único en su especie y su literatura, cuya introducción en España merecería ser estudiada con detenimiento.

Héctor Martínez

10.09.09

“LA AVENTURA”, P.F.A. MARTÍNEZ MARTÍNEZ

Publicado en Prosa tagged , a 11:51 por retratoliterario

Porada

Portada

Si yo le hablo al lector de un hombre que lo deja todo, toma su lenta y frágil montura, se pone un casco ridículo en la cabeza y se dispone a recorrer varios pueblos y tierras de España a la busca de aventuras, pensará que se trata del famoso hidalgo metido a caballero andante, aquel medio cuerdo y medio loco que frisaba los cincuenta con el seso sorbido por las singulares hazañas de palmerines y amadises. Ahora bien, si el rocín flaco es una endeble motocicleta, el yelmo de Mambrino una chichonera, el hidalgo un matemático, y el camino no transcurre por La Mancha sino hacia Compostela, tendremos a un viajero de cuyo nombre nuestro autor no quiere acordarse, lanzado a la aventura sin plan, aunque con el camino definido. Estaremos ante la novela La Aventura (2002), escrito por P.F.A. Martínez Martínez, familiar mío algo lejano en lo genealógico y en lo físico, primo de mi fallecido padre y residente allá por tierras holandesas. Tuve, años atrás, su dirección y teléfono de Holanda, cuando por primera vez salí a Europa y la preocupación paterna me lo apuntó en un papel por si me viera en algún aprieto. Estrechaba su mano un año después de la edición de la novela, en el funeral en memoria de mi padre, con pleno desconocimiento de la existencia del texto. Hoy me encuentro con la novela en las manos, recién leída y hablando de ella.

Efectivamente, tiene evidentes rasgos quijotescos:

Sí, atrevimiento porque ahora, la víspera de su salida, caía en la cuenta de que iba a empezar una aventura quijotesca, sólo que casi cuatrocientos años después de la verdadera, de la famosa. Y no se trataba de proteger doncellas, enderezar entuertos, o de patear las veredas de La Mancha, sino de recorrer caminos interiores y responder a preguntas no formuladas. Ahora comprendía mejor el aliento, los arrestos de Don Quijote al cambiar el cobijo y la comodidad de su casa, la vida ordenada y la compañía que le ofrecían el ama y su sobrina, por la soledad de la estepa desierta bajo un sol de justicia, el frío de la noche, el hambre, la risa conmiserativa y las humillaciones.

Pedro Martinez

Pedro Martinez

Es un viaje, una aventura, interior y exterior. Se recorren las geografías de la tierra y del alma, se atraviesan los senderos que en Compostela atracan como caminos que llevan hacia un horizonte más inmaterial. También cierto tino noventayochista, a caballo entre la crónica y la ficción, los problemas de España, la reflexión filosófica y la que suelo llamar “metafísica” de la vida cotidiana, es decir, el misterio de las tan normales relaciones humanas. Es lógico todo ello al estar ante una obra inserta en la literatura del viaje y la aventura, eco moderno de los relatos homéricos.

No es una novelita cualquiera, de las que sirven para pasar el rato. Lo advertimos desde las primeras páginas, donde Pedro Martínez toma la iniciativa de marcar el rumbo, la directriz del tema, con una lírica y honda definición de “Aventura” que subraya y engloba las intenciones de la obra:

La aventura… punto focal donde el presente se condensa, crisol donde los futuros posibles se transforman en un solo pasado concreto. Halo de luz que ilumina lo nuevo, lo inesperado, lo no sometido al desgaste de la rutina diaria.

Estos son los arrestos de Don Quijote, su verdadera locura: enfrentarse a lo nuevo e inesperado, abandonar su tranquila y rutinaria hacienda, contando sólo con el desnudo de sí mismo, su soledad frente al entorno -al menos en la primera salida-. Es el sentido de vivir una aventura el renunciar a vivir con un futuro proyectado e indefectible, salir del seguro refugio donde todo es esperable, el sentir a flor de piel el presente que nos cruza, que de punto pasa a extenderse con sorpresas en cada rincón. Éste es el trayecto del anónimo viajero sobre su motocicleta, termine o no en Compostela.

¿Serían suficientes las tres semanas de vacaciones que tenía reservadas? Si todo salía a pedir de boca, sí. Pero entonces apenas quedaba tiempo para las ciudades, para la aventura. ¿Es que llegar a Compostela seguía siendo lo principal? El viajero no lo sabía. En realidad, ¿qué es Compostela? ¿Es solamente una ciudad de granito gris, allá en la brumosa Galicia o es un ideal que el iniciado puede encontrar en cualquier colina, en cualquier recodo del camino? Compostela lejana, ¿es que llegaré a ver alguna vez la silueta de tus torres?

La “metafísica” de la vida cotidiana se escenifica, sobre todo, con las vacaciones de una pareja de matrimonios belgas como segunda acción que, a su vez, se divide en otras dos acciones más -una por pareja-. Riñas, feminidad, engaños e incluso una buena dosis de erotismo y sexualidad, de infidelidad concertada, bien llevados y trabados, aderezan la novela alternando con la historia del anónimo y peregrino viajante, con sus peligrosas vicisitudes y reflexiones. El contraste moral creado, entre virutd y vicio, por efecto de la suspensión de la vida cotidiana mediante la aventura, consiente que el lector juzgue las actitudes e incluso se mire en el espejo. Dicho con más llaneza, ¿por qué estando de vacaciones, en tantas ocasiones cambiamos nuestro comportamiento o nos desinhibimos de quienes somos o lo que habitualmente hacemos? ¿Por qué al abandonar temporalente la rutina y el espacio en el que solemos vivir, abandonamos también los criterios de entonces por otros? Ello sin entrar en el debate maniqueo del bien y el mal, sino, más bien, en la liberación de los grilletes que con la cotidianeidad nos imponemos. Advirtamos también que el anónimo viajero, el peregrino quijotesco, de igual modo se ve inmerso en actos de los que no valora su corrección, sino su novedad, verdadero beneficio que recibe a cambio de participar en ellos.

En tercera persona, la novela mantiene un ritmo narrativo regular, sin excesivos altibajos que la aceleren o refrenen -exceptuando algunas partes de acción, más rápidas-, dentro de una combinación de registros culto y coloquial, técnico en ocasiones, relajado y más próximo al intercambio oral en otras, especialmente en los diálogos, con gran riqueza de vocabulario. En el caso de los matrimonios belgas, llama la atención que el autor empleé el error gramatical para reflejar que se trata de personas que no conocen bien la lengua española. Abunda la descripción, en planos generales la mayoría de las veces, sobre todo paisajes naturales, focalizando detalles concretos que quieren ser resaltados, por ejemplo, al tratar cada uno de los templos que en el Camino de Santiago vamos recorriendo. Junto a ello, son de subrayar las introspecciones, el detenimiento en pensamientos, varios al modo de monólogos interiores, que en todo momento sostienen la coherencia de las reacciones y de las relaciones de los personajes, y por lo que nos mantenemos informados en todo momento del mundo psicológico de cada uno. Introspecciones que también realiza el narrador con digresiones reflexivas y opinativas sobre acontecimientos y temas de muy diversa índole, vitales y existenciales, sociológicos y antropológicos, ahondados en la última parte del libro:

El problema de cumplir un programa es que, cumplido, hay que encontrar otro o inventarse otro porque, si no, nos quedamos con las manos vacías y la vida parece inútil (pero… entonces, ¿es que la vida consiste solamente en “hacer”…? ¿Dónde quedó la alegría de existir por existir, la alegría de estar vivo? ¿Esa alegría básica, elemental, tan visible en los animales, en las sociedades humanas que viven en mucho peores condiciones económicas que nosotros?)

Es posible que el lector tenga la tentación de querer más libros de Pedro Martínez. Será una tentación sana, a la que quiero aconsejar: tenga cuidado para que no le ocurra como en la anécdota le pasó a aquella reina que leyó la Alicia de Lewis Carroll y pidió todas las obras del autor recibiendo acto seguido un Compendio de Geometría. Y es que Pedro Martínez es médico y lo mismo se sorprende el lector al encontrarse con un Tratado sobre Anatomía del Sistema Nervioso -Neuroanatomie (1983)-, sin duda otra gran aventura, para la que no todos estaríamos preparados.

Héctor Martínez