12.21.09

GIORGIO COLLI: FILOSOFÍA COMO LITERATURA (II PARTE)

Publicado en Ensayo tagged , , , , , a 20:03 por retratoliterario

G. Colli

Al comienzo, Giorgio Colli se preguntaba cómo era posible que hubiera sucedido tal degradación de la dialéctica. Ahora ya sabemos a qué se refería: al fracaso del logos, de la razón, convertida en el sistematismo falto de seriedad, en escritura y literatura, que supone arbitrariedad y tiranía. Sin embargo, Giorgio Colli no sanciona en general el logos. Entiende que se trata de una desviación teorética, de una mala elección del camino del conocimiento. ¿Cómo sucede esta desviación?

Giorgio Colli nos habla de la Grecia arcaica, la de los sabios, como aquélla en la que el conocimiento era cuestión de vida o muerte. Delfos y el Oráculo, la Esfinge de Tebas, son ejemplos de cómo la expresión exacta de un obstáculo era el “enigma” y cómo su enfrentamiento puede llegar a ser tema mortal. Colli encuentra en ello la carga de crueldad y hostilidad propia de los dioses griegos, y en especial de Apolo. El conocimiento, en cierta manera, a través del enigma se ve impulsado por el reto divino a resolverlo. Igualmente, el conocimiento al acudir a consultar al Oráculo nunca es claro, sino expresado en mensajes herméticos y oscuros que exigen de una interpretación y un esfuerzo nada comunes.

La dialéctica nace en el terreno del agonismo. Cuando el fondo religioso se ha alejado y el impulso cognoscitivo ya no necesita el estímulo de un desafío del dios, cuando una porfía entre hombres ya no requiere que estos sean adivinos, entonces hace su aparición un agonismo exclusivamente humano. Un hombre desafía a otro hombre a que le responda con relación a un contenido cognoscitivo cualquiera: discutiendo sobre esa respuesta se verá cuál de los dos hombres posee un conocimiento más fuerte.

El nacimiento de la filosofía

Eliminada la interferencia de los dioses, de los que Platón aseguraba que no filosofan porque son sabios, el único ante el que un hombre puede medir sus fuerzas cognoscitivas es otro hombre. Aquí la dialéctica, el diálogo oral o arte de discutir, instaura el ejercicio del logos como razón general que sigue los principios de la lógica deductiva. Ahora bien, aunque en un combate dialéctico, el interrogado no se juega la vida como lo haría ante el enigma del dios, enigma y dialéctica guardan una estrecha relación de forma y contenido. Por un lado, Colli muestra que el mismo término “problema” sirvió para designar el enigma y, posteriormente, la formulación de una investigación en la dialéctica, es decir, la proposición de una interrogación. Por otro, la enunciación del antiguo enigma portaba en su seno la contradicción, tal y como la pregunta dialéctica inicial ofrece los dos extremos de una contradicción. En un tercer aspecto, aunque en la lucha dialéctica el interrogado tiene la opción de elegir su tesis e incluso defenderla respondiendo al interrogador, frente al enigma que era cuestión de resolverlo o callar –vida- y fallar –muerte-, en ambos casos el interrogado tiene pocas posibilidades de éxito.

El interrogante, que representa la parte del dios, de Apolo burlón y maligno, dirigiendo la discusión, no hace más que retrasar y posponer la victoria (…) La dialéctica es un rito: al final quien responde sucumbe, está destinado a sucumbir, como una víctima.

Después de Nietzsche

El objetivo del interrogador no es sino refutar la tesis que elija el interrogado en la pregunta inicial, sea cual sea de las dos opciones contradictorias. Sólo podrá resultar vencedor el interrogado por defecto mismo del interrogador, por error y falta de pericia dialéctica. En otras palabras, esta dialéctica griega no se usaba para construir un conocimiento, sino para destruir cualquier tesis. Por último, si bien es cierto que enfrentando el enigma se ponía la vida en juego y que la batalla dialéctica no es tan trágicamente decisiva, sí es de señalar que la derrota dentro de una discusión, por lo general con un público escogido, humillaba al vencido de forma insufrible.

Con esta descripción, Giorgio Colli logra dos objetivos: interconectar la era de los sabios, mística y religiosa, caracterizada por el enigma, con la dialéctica, desmontando el tópico filosófico que las opone y sucede una a otra bruscamente; y el segundo objetivo, resaltar el carácter destructivo de una razón configurada por la dialéctica. Ni es cierto que la era del logos dialéctico se contrapone a la época arcaica del mythos y la tragedia, sino, en todo caso, descendiente del antiguo enigma, ni puede mirarse a la dialéctica griega como un sistema de universales que configuran y construyen el conocimiento. En cuanto a ese “paso del mythos al logos” Aristóteles mismo nos retrotrae hasta Zenón de Elea como inventor del método dialéctico, de donde Colli desprende la posibilidad de aceptar a Parménides como primer dialéctico en tanto que maestro de aquél, o incluso trasladar el origen más atrás en el tiempo. De este modo, mythos y logos, enigma y dialéctica, abismo e investigación habrían convivido entre los sabios. Y, bien mirado, aunque la lucha dialéctica animara la elevación abstracta de los universales y se rigiera por la lógica deductiva, no es posible asimilarla al ejercicio dialéctico moderno de los grandes sistemas filosóficos. La dialéctica griega no creaba un conocimiento y un cuerpo doctrinal, sino que era la simple lid de la razón humana en movimiento, viva en la discusión.

Las consecuencias de este mecanismo son devastadoras. Cualquier juicio, en cuya verdad crea el hombre, puede refutarse. (…) toda la dialéctica considera indiscutible el principio de tercero excluso (…) Tal imposibilidad significa que ni una ni otra proposición indican algo real, ni siquiera un objeto pensable. Y, dado que ningún juicio y ningún objeto escapan a la esfera dialéctica, de ello se sigue que cualquier doctrina, cualquier proposición científica, perteneciente a una ciencia pura o una ciencia experimental, estará igualmente expuesta a la destrucción.

El nacimiento de la filosofía

También leemos en Filosofía de la expresión:

Un fenómeno este multiforme y prolongado de ejercitación con los universales, las palabras, los discursos, las objeciones, las argumentaciones, hasta la nivelación de posiciones –mediante el enfrentamiento vio de hombres que discuten-, la sublimación de las categorías, el aniquilamiento, en la disputa, de todo tipo de tesis y pruebas, mediante un paso de la constricción a al dominación –todo esto ha sido hecho en Grecia y ha recibido el nombre de dialéctica.

Según Giorgio Colli, Parménides y Zenón de Elea son los últimos dialécticos sabios ante la aparición del último sabio, ya no dialéctico, sino retórico: Gorgias. Parménides obligaba a seguir la senda del ser y prohibía la entrada al reino del no-ser; Zenón de Elea, discípulo desobediente, transitó ese otro reino mostrando la ilusión y apariencia del mundo que ven los hombres, su mero reflejo del mundo de los dioses. Todavía la dialéctica era trasunto de elegidos, de grupos reducidos, y del discurrir dialógico y conversacional. Abandonado el logos que expresaba el impulso religioso, pasó a entenderse el logos como el discurso autónomo e independiente, destructivo, que nada real señalaba. Con Gorgias, el salto a la plaza pública, la supresión del diálogo por el par orador-público y la introducción del factor de la persuasión, que hace indispensable el voto y la aclamación de la concurrencia que escucha, terminan por darle la vuelta al logos. Compradas, dialéctica y retórica:

La retórica es también un fenómeno esencialmente oral, si bien en ella ya no hay una colectividad que discute, sino uno solo que se adelanta a hablar, mientras que los otros escuchan. La retórica es igualmente agonística, pero de forma más indirecta (…) en el discurso retórico el orador lucha para subyugar a la masa de sus oyentes. (…) En la dialéctica se luchaba por la sabiduría; en la retórica se lucha por una sabiduría dirigida al poder. (…) el contenido de la dialéctica, que en su período más refinado se había volatilizado gradualmente hasta las categorías más abstractas (…) ahora con la retórica regresa a la esfera individual, corpórea, de las pasiones humanas, de los intereses políticos.

El nacimiento de la filosofía

La retórica desvirtúa lo esencial de la dialéctica: nos devuelve a lo particular e individual, al cuerpo y la materia sensible, invirtiendo las elevaciones de universales anteriores a descensos aproximativos que ejerzan el poder persuasivo sobre el público. Aquí ya no hay verdad y se radicaliza la inefabilidad, incognoscibilidad y la inexistencia de todo lo real y de todo lo divino. Si en la dialéctica se podía destruir la tesis elegida de dos contrapuestas, en la retórica, aunque se pueda, ni siquiera es necesario: no hace falta vencer al adversario en combate directo, sino convencer al público que media en la lucha con la lógica deductiva, aunque las más de las veces sea por la persuasión. Como sostiene Giorgio Colli, el nacimiento de la retórica no acontece sino con la vulgarización del lenguaje dialéctico.

Ahora bien, hay un hecho sobre el que especialmente quiere Colli que nos fijemos: la escritura, precisamente, asociada al fenómeno retórico. Sobre todo en la retórica, la escritura se convierte en una gran aliada, aunque mantiene su rango de herramienta, de útil, pues el discurso sigue siendo oral. Aún no tiene el sentido literario que le atribuirá Platón. La escritura sirve como medio mnemotécnico para el retórico, de entrenamiento: se escribe el discurso y se aprende de memoria evitando cualquier lugar a la improvisación.

Por regla general es un simple medio mnemotécnico, sin que le afecte una consideración intrínseca. Eso es aplicable también a la retórica, que hasta podría parecer ligada a la escritura desde el principio. (…) Los oradores escribían sus discursos y después los aprendían de memoria, una vez que los habían transformado en expresión plástica. (…) no podía confiarse en la improvisación, si se quería alcanzar la excelencia del arte y se deseaba predisponer del modo más eficaz a la excitación de la emoción del público.

El nacimiento de la filosofía

¿Qué impide que esta herramienta mnemotécnica cobre más valor y autonomía y termine por sustituir a la oralidad? Nada en absoluto. Es más, la unión de escritura y retórica, a pesar de ser una unión incidental, resulta crucial para el nacimiento del género literario de la filosofía. Con ello, hemos trazado el camino desde el viejo enigma cruel y mortal de la Esfinge, pasando por la dialéctica y la retórica, hasta la literatura filosófica.

La “filosofía” surge de una disposición retórica acompañada de un adiestramiento dialéctico, de un estímulo agonístico incierto sobre la dirección que tomar, de la primera aparición de una fractura interior en el hombre de pensamiento, en que se insinúa la ambición veleidosa al poder mundano, y, por último, de un talento artístico de alto nivel, que se descarga desviándose, tumultuoso y arrogante, hacia la invención de un nuevo género literario.

El nacimiento de la filosofía

¿Cuál es el talento artístico del pensador moderno, del filósofo que escribe? La dramaturgia: debe ser capaz de recrear sobre el papel el escenario y acciones propias de la dialéctica sacándolo todo de la imaginación. Es comprensible que Colli piense más en el teatro al estar éste constituido, como la dialéctica-retórica, por gesto y diálogo casi en exclusividad. De este modo:

Dado que carece de interlocutores, deberá construírselos. Le es indispensable, pues, poseer también cierto talento artístico, ser un creador dramático, capaz de inventarse los personajes que le puedan rebatir, y un autor auténtico, capaz de ensimismarse en las voces que le contradigan.

Después de Nietzsche

Héctor Martínez

12.16.09

GIORGIO COLLI: FILOSOFÍA COMO LITERATURA (I PARTE)

Publicado en Ensayo tagged , , , , , a 12:13 por retratoliterario

G. Colli

Hay autores y pensadores que pasan totalmente desapercibidos a su época, o tan sólo se considera su labor más académica. Estos nombres tienen suerte si, en tiempos posteriores, se les recupera en las facetas que, anteriormente, se juzgaron anecdóticas. Es el caso de Giorgio Colli. Además de la heterodoxia que reflejan sus trabajos más académicos (traducciones, ediciones, cursos…), por los que se reconoce el nombre de Giorgio Colli, existen tres obras más que últimamente están siendo recuperadas y son centro de atención para la filosofía contemporánea: Filosofía de la expresión (Milán, Adelphi 1969), Después de Nietzsche (Milán, Adelphi 1974) y El nacimiento de la filosofía (Milán, Adelphi 1975). Las tres obras mencionadas son escritos en los que Colli usa la interpretación heterodoxa como telón de fondo para una exposición de su pensamiento: partir de Nietzsche y su evaluación del moderno Occidente y la Grecia antigua, aproximarse a las fuentes griegas y trazar la línea divisoria que establece Platón entre la “Sophia” y el “Philo-Sophos” a través de la discusión del logos transformado en lenguaje y literatura. Podrá resultar curioso y paradójico que Después de Nietzsche nos retrotraiga hacia el “antes”, pero es perfectamente comprensible cuando observamos que la decadencia descrita por Nietzsche y asumida en gran parte por la filosofía del s. XX, es clave para la renuncia de la modernidad, sus valores y concepciones, y para establecer la posibilidad de reactualizar el punto de origen desde el cual se inició la degradación racional de Occidente.

Prácticamente al comienzo de Después de Nietzsche, Colli lanza la sugerencia principal que guía el libro y su propio pensamiento:

Echar abajo las pretensiones sistemáticas y optimistas de la razón, acabar con la soberbia de la ciencia: de acuerdo –y por este camino podríamos dejar pequeño a Nietzsche- pero no es más que una premisa negativa. Siguen en pie las preguntas más importantes: ¿cómo ha podido suceder todo esto?, ¿en qué consistiría, en cambio, un uso sano de la razón? Y, ¿qué relieve adquiere una razón auténtica? La respuesta histórica no hay que buscarla en la dirección de Nietzsche, siguiendo las huellas de un origen moral. Es preciso indagar la génesis teorética: todo esto ha sido posible por una desviación de impulso cognoscitivo, acaecida en Grecia .

El sistematismo racional, principal enfermedad filosófica de Occidente, tiene su origen para Giorgio Colli en una desviación teorética, y no en una desviación moral. Dicha desviación se produce en la interpretación del logos y su transferencia al lenguaje discursivo de la escritura. El logos como razón comienza como un intento por traducir con la palabra una experiencia oculta, interior, inmediata, un “contacto”, cargado de potencia emocional. Surge en la conversación, y el logos es común a la colectividad. La inserción de la retórica del orador, de un único individuo que se dirige a la colectividad o público, envilece la traducción empapándola de persuasión. Un siguiente paso es la escritura del discurso retórico, donde:

El público ya no escucha las palabras, sino que las lee, ya no está implicado en el “pathos” personal y la magia del retórico. Esta escritura es conocida bajo el nombre de “filosofía”, y en un principio conservaba, aunque languidecente, el elemento emocional .

Después de Nietzsche

Se observa ya en estas pocas líneas que Giorgio Colli entiende la filosofía como un paso más del alejamiento definitivo del “contacto” y la inmediatez. El logos transformado en discurso escrito va perdiendo el elemento emocional que significaba una cierta relación con el detonante: la experiencia oculta, interior e incomunicable. El movimiento fatal acontece desde el momento en que la escritura se convierte en ley de la realidad, y el escritor en un legislador arbitrario que falsifica la inmediatez en la construcción lingüística que configura un “sistema”, confundiendo lo inmediato con la representación:

Perdido el contacto con la experiencia oculta, el discurso escrito debe hallar un puntal en sí mismo (…) Hay que reducir a uno los muchos significados de una palabra, se debe imponer tiránicamente el vínculo de una razón que pertenece únicamente, sin comprobaciones, a quien escribe. El único simulacro, falaz por añadidura, de aquella obra común de la que salió la razón es ahora, cuando toda emoción se ha apagado, el espíritu sistemático. He ahí el edificio alzado por un arquitecto arbitrario, con palabras que han recibido un único significado, vinculadas entre sí por un orden, por una necesidad que sólo un arrogante legislador ha sancionado. El “sistema” permanece como sucedáneo de todo lo que se ha ido perdiendo en las transformaciones precedentes, es el residuo de una cierta retórica exenta de emocionalidad, reseca, convertida en pedante por el puntillo de hacer sobrevivir una razón perdida .

Después de Nietzsche

La creación de “sistemas” persigue indefectiblemente la totalidad. Es el objeto filosófico por excelencia, último y radical. Sin embargo:

Cada expresión es búsqueda de totalidad. Pero aún prescindiendo de la esencial atenuación, falsificación, de la vida originaria en cada expresión, ¿cómo un producto humano puede tener la pretensión de manifestar la vida en su totalidad? Todo lo que el hombre dice, hace, escribe, es siempre una cuestión de gusto, es decir, una reacción de quien está individuado frente a lo que sobrepasa y precede a la individuación, es una cuestión de azar, de contingencia, el reflejo de una fragmentación .

Después de Nietzsche

Preguntado de otro modo, ¿cómo es posible la existencia de un legislador tiránico, de un escritor, de un filósofo, si lo que persigue es una totalidad que le precede? Ya no es sólo la cuestión de la falsificación, sino de la palpable imposibilidad de éxito de la empresa filosófica y su red de la escritura. El filósofo ha de ser incapaz, por naturaleza, de abarcar lo que, de hecho, le abarca a él, aquello de lo que él forma parte, pues la totalidad es anterior al individuo. Y menos aún cuando la herramienta con la que quiere abarcar esa totalidad que le precede es, a su vez, producto del filósofo, algo totalmente posterior, creación suya: el lenguaje, la literatura.

Colli está siguiendo la distinción establecida por el propio Platón.

Platón llama “filosofía”, amor a la sabiduría, a su investigación, a su actividad educativa, ligada a una expresión escrita, a la forma literaria del diálogo. Y Platón contemplaba con veneración el pasado, un mundo en que habían existido de verdad los “sabios”. Por otra parte, la filosofía posterior, nuestra filosofía, no es otra cosa que una continuación, un desarrollo de la forma literaria introducida por Platón; y, sin embargo, esta última surge como fenómeno de decadencia, ya que “el amor a la sabiduría” es inferior a la “sabiduría”. Efectivamente, amor a la sabiduría no significaba, para Platón, aspiración a algo nunca alcanzado, sino tendencia a recuperar lo que ya se había realizado y vivido .

El nacimiento de la filosofía

Es decir, la filosofía nuestra, la que contemplamos bajo el rótulo de Historia de la Filosofía, no es más que la continuación de una forma literaria cuyo origen ha sido malinterpretado. Se tiende a pensar que la filosofía es la pretensión por atrapar un conocimiento, por construir la realidad a través de cada descubrimiento, camino de la sabiduría. Jamás se ha entendido que la filosofía, en tanto que “amor a la sabiduría” y, por ello, inferior ante aquello que ama, mira hacia el pasado, hacia el tiempo de los que no amaban, sino que eran “sabios”. Y lo eran porque no se alejaron de la inmediatez y el contacto de la experiencia incomunicable, oculta, misteriosa y enigmática. La escritura, como expresión literaria del logos, sitúa con Platón una frontera entre el tiempo de los sabios y el tiempo de los amantes de la sabiduría, de los escritores. Lo cual quiere decir que los sabios no escribían en el sentido en que entendemos este verbo actualmente. Ellos mantenían el “contacto” con la inmediatez y lo expresaban enigmáticamente. Frente a esta “Sophia” anterior, la filosofía como arte literario, que en Platón tenía mayor relación con la “paideia” y con la anamnesis, pretende y aspira a la absurda comunicación y explicación de lo indecible, de aquello de lo que precisamente se aleja al sustituir la discusión oral con la simulación de la palabra escrita. El logos se va transformando en una herramienta de distorsión.

Sobre todo, a través de la generalización gradual de la escritura en sentido literario, fue modificándose paralelamente la estructura de la razón, del “logos”. Con aquellos discursos públicos, de que la escritura es un aspecto, se puso en marcha una falsificación radical, ya que se transformó en espectáculo para una colectividad lo que no puede separarse de los sujetos que lo han constituido. En la discusión dialéctica no sólo las abstracciones, sino también las propias palabras del “logos” auténtico, aluden a vicisitudes del espíritu, que se captan sólo con la participación en ellas, en una mezcolanza que no se puede dividir. En cambio, en el escrito, la interioridad se pierde .

El nacimiento de la filosofía

Giorgio Colli está haciendo hincapié en un hecho que la Historia de la Filosofía comúnmente ha pasado por alto al considerarse discípula de Platón. El mismo Platón censuraba y criticaba la escritura, la cual, no era otra cosa para él que, justamente, la “filosofía”. Para Platón resultaba incomprensible que alguien pretendiera transmitir un saber o un pensamiento de máxima importancia por medio de un escrito. Al caso, Colli señala dos pasajes fundamentales: el mito de Theuth en el Fedro y un pasaje de la Séptima carta.

En el mito de Theuth Platón narra como el faraón Thamus desprecia la invención de la escritura por parte del dios Theuth. Para el faraón, la escritura es un “instrumento de rememoración extrínseco dañino para la memoria”, y también “proporciona un saber aparente, no verdadero”:

Al comentar este mito, Platón acusa de ingenuidad a quien piense transmitir por escrito un conocimiento y un arte, como si los caracteres de la escritura tuvieran la capacidad de producir algo sólido. Se puede creer que los escritos estén animados por el pensamiento, pero, si alguien les dirige la palabra para aclarar su significado, seguirán expresando una sola cosa, siempre la misma .

El nacimiento de la filosofía

Platón estaría apuntando a la unidireccionalidad del texto, o lo que es lo mismo, a la imposibilidad de establecer un diálogo con lo escrito, pues nunca dirá ni más ni menos que lo que se escribió. En cambio, el diálogo como forma oral, no como forma literaria escrita, permite la bidireccionalidad, esto es, la interpelación y la réplica, la posibilidad de aclarar dentro del acto comunicativo el significado de lo que pretende ser transmitido. Dicho de otro modo, la escritura no puede tratar de expresar mejor la experiencia inmediata de la que se aleja y disminuye, a la que sustituye intemporalmente y reduce a significados unívocos pasando por alto su carácter inefable.

En la Séptima carta, Colli se fija en las sentencias platónicas contra la escritura cuando Dionisio II quiso divulgar la doctrina secreta del filósofo en escritos por Siracusa.

A partir de este episodio, Platón niega en líneas generales a la escritura la posibilidad de expresar un pensamiento serio, y dice literalmente: “Ningún hombre sensato osará confiar sus pensamientos filosóficos a los discursos y, menos aún, a discursos inmóviles, como es el caso de los escritos con letras”. Pero después repite con mayor solemnidad todavía, recurriendo a una cita de Homero: “Por eso precisamente, cualquier persona seria se guarda de escribir sobre cosas serias para exponerlas a la malevolencia y a la incomprensión de los hombres. (…) cuando veamos obras escritas de alguien (…) debemos sacar la conclusión de que estas cosas escritas no eran para el autor la cosa más seria, si éste es verdaderamente serio, y que esas cosas más serias reposan en su parte más bella pero, si verdaderamente éste pone por escrito lo que es fruto de sus reflexiones, en ese caso “es cierto que” no los dioses, sino los mortales “le han quitado el juicio” .

El nacimiento de la filosofía

El olvido de este Platón por parte de los historiadores resulta incomprensible para Giorgio Colli. Sobre todo, porque de aceptarlo se perdería de inmediato toda la seriedad atribuida a la filosofía, a los tratados y a los sistemas construidos por medio de la escritura. No es el modo adecuado de transmitir el saber y mucho menos para alcanzarlo, cuando es con ello con lo que se funda un tiempo distinto al de los sabios. Y, sin embargo, Platón es expuesto y explicado, es empleado para la construcción de muy diversos sistemas de pensamiento, dentro de un rigor y una seriedad que él mismo ya ha refutado, a pesar de haber sido el verdadero iniciador de la filosofía entendida como escritura literaria.

Platón era suficientemente aristocrático como para saber reírse de su “filosofía, y en cualquier caso hay mucho de juego en sus disfraces. (…) Pero la posteridad tomó muy en serio, al pie de la letra, todas las palabras escritas por él .

Filosofía de la expresión

La seriedad con que se toma el juego de Platón, su “filosofía” como “literatura”, provoca un nuevo error: pensar que la filosofía actual es el desarrollo consecuente, perfeccionado, de la expresión titubeante griega. Creemos, muy usualmente, con cierta enfermedad historicista, que los tiempos actuales son la desembocadura de los inicios antiguos. Para Colli, el movimiento es justo al contrario: al perdernos teoréticamente, al producirse este fatal desvío, es la filosofía moderna la que debe retornar a los orígenes:

Es tiempo de ajustar el tiro: no es la antigua filosofía griega un balbuceo de la moderna, casi una anticipación informe, el deletreo confuso de un niño que está aprendiendo los primeros rudimentos del lenguaje –es más bien la filosofía moderna la que rumia cansadamente estos antiguos pensamientos, como aquel que tras un trauma ha perdido el uso de la palabra y fatigosamente empieza a recuperarla por fragmentos, tartamudeando .

Filosofía de la expresión

Héctor Martínez

11.09.09

LUTOS EN LAS LETRAS (AYALA Y LÉVI-STRAUSS)

Publicado en Ensayo, Prosa, Unas noticias y otros tagged , a 20:15 por retratoliterario

F-Ayala

Francisco Ayala

Toda una generación de las letras, la que ha escrito las páginas literarias del s.XX que algunos enseñamos, se está marchando ante nuestros jóvenes ojos a pesar de las férreas voluntades de vivir. Francisco Ayala nos dejó, a la edad de 103 años con una aún más voluminosa y extraordinaria obra. Destacar alguno de los libros por encima de otros sería una gran injusticia, aunque en el caso sean dos en concreto sobre los que quiero centrar la atención como homenaje: por un lado, Los usurpadores (1949), y, por otro, El fondo del vaso (1962).

Los usurpadores es un conjunto de relatos en los que Ayala mezcló ficción y realidad, alternando lirismo y prosa, recreando el estilo propio de aquellos “eixemplos” medievales, o el lenguaje del Siglo de Oro al tiempo que se adaptaba a las temáticas predominantemente sociales y existenciales del medio siglo español. La intención de la obra es clara desde el comienzo, al definir “usurpación” como “el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo”. Distintas formas de poder y distintas formas de alienación, fechadas fundamentalmente en el Siglo de Oro para mostrar una condición humana atemporal -aquí coincido con Amorós al señalar que no existe evasión ni escapismo-, una lucha por el poder con sus consecuencias denigrantes, pero también con sus reveses a la manera de lección moral.

Ahora bien, en Los usurpadores encontramos también el inconfundible eco de Cervantes. Ayala, como aquél, se disfraza de un desconocido narrador, en cuyas iniciales le reconocemos, para prologar y poder incidir en cada texto, marcar y orientar al lector. Precisamente, la obra es posible contemplarla desde la perspectiva, no ya del Conde Lucanor, sino de las “novelas ejemplares” cervantinas y su humanismo tardo renacentista implícito, razón por la que subrayo esta obra entre las demás, siendo al mismo tiempo una de las primeras depués de largo silencio en que permaneció Ayala desde los años treinta.

El fondo del vaso (1962), cuyo comienzo lo tenemos en Muertes de perro (1958), prosigue la línea moralizante desde la profunda degradación humana, situándonos en una supuesta república hispanoamericana que vive bajo un régimen dictatorial. Con el género del dictador, muy trabajado en estas épocas como símbolo de protesta, Ayala puede descender desde la corrupción política y social hasta las inmundicias del hombre, próximo al esperpento valleinclanesco que mezcla inteligentemente con las técnicas de la caricatura, la parodia, la ironía y el humor. De nuevo Cervantes transita las páginas si observamos que al comienzo de la novela, el autor dedica un espacio a cierto repaso de la novela anterior con la que engancha, tal y como Cervantes hacía lo propio en la Segunda Parte de su Quijote. A la vez que recoge el espíritu cervantino, Francisco Ayala inserta técnicas contemporáneas como la inclusión de “recortes de periódico” en la segunda parte de la novela o el empleo de monólogos interiores en la tercera. Esto debe hacernos comprender que Ayala jamás fue ajeno ni a su tiempo histórico ni a su tiempo literario, y que supo conjugar el verbo de manera personal sin perder de vista el alrededor vivencial.

Debería hablar, por supuesto, de El jardín de las delicias (1971), Premio de la Crítica en 1972 y adaptada al cine. Probablemente una de las obras memorables para el lector y, precisamente, la que más admiraba, incondicional, Andrés Amorós. A Amorós le escuché en un ciclo dedicado a Ayala en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, sobre esta obra y su inspiración en El Bosco, pero también en el aspecto íntimo y biográfico del texto, como en la continuación de esa línea humanística de Ayala. Sin embargo, he preferido resaltar las dos obras anteriores, aunque muy conocidas, menos apuntadas que ésta. Bien podría haberme dejado caer por el lado ensayístico, del mismo modo abundante… y es que, ¡habría tanto que decir!… que a veces es mejor dar pinceladas y callar.

Sin duda, nuestras letras, las hispanohablantes -y digo tal porque Ayala tuvo los pies a cada lado del charco-, pierden con su falleciemiento uno de los últimos nombres que hacen entender el valor de esa tarea del escribir, de los últimos nombres que han adorado auténticamente a la musa y convertido a la palabra “literatura” en esa otra “Literatura”, con mayúscula, que rotula el frontispicio de cierto Panteón inmortal.

C-levi-strauss

C. Lévi-Strauss

Otro hombre centenario, esta vez de las filas de la antropología y la filosofía, fallecía pocos días antes que Francisco Ayala: hablo de Claude Lévi-Strauss, ligado intelectualmente al estructuralismo francés de la segunda mitad del s. XX y fundador de la antropología moderna. Su búsqueda de las estructuras elementales de la sociedad, el óseo rostro subyacente a la máscara social, y más aún al ser humano como objeto sometido a relaciones materiales, le llevaron a Brasil y a la observación etnológica de distintas tribus y pueblos poco “tocados” por la civilización, aunque sin la ingenuidad de pensar que podía presenciar un estadio verdaderamente primitivo del hombre -los pueblos vistos también tenían sus historia y su pasado, al margen de las civilizaciones-. Bajo esta reducción material, cosificación y exterioriación del hombre, propia del neomarxismo, contrario al historicismo y a los procesos conscientes, Lévi-Strauss indagaba la existencia de normas, reglas, esto es, “estructuras” más profundas, inconscientes, que pudieran ser el patrón de corte permanente de toda sociedad humana, actual y antigua. Por ello, el estructuralismo de Lévi-Strauss está fuertemente influido por el psicoanálisis de Freud y el materialismo ciéntifico de Marx, y, de alguna manera, supone una ramificación continuadora y sintetizadora de ambas formas de pensamiento bajo el espíritu positivista con que comenzó el s. XX.

Alguna vez ocurre que nos encontramos ante un relato mítico, o una leyenda, que, curiosamente, coincide con alguno de nuestra cultura. Más sorprendente es si no han existido relaciones entre ambas culturas, ni intermediarios. Quiere decirse que, con esto, puede suponerse que los planteamientos de otras culturas, en el espacio, y sobre todo, en el tiempo, no son muy diferentes de los plantemientos contemporáneos, o lo que es lo mismo, puede suponerse la existencia de un posible factor (o factores, elementos, estructuras..) común e inconsciente bajo el que vivimos y esquematizamos nuestras relaciones. El caso es que somos prisioneros de las estructuras, pre-existentes a nosotros, que asimilamos y por las que operamos. Lo fundamental es que dichas estructuras racionales de sentido nos son necesarias mientras que apenas las percibimos, esto es, nos es necesaria la alienación y probablemente no sea posible hablar de “irracionalismo”, pues hasta lo más irracional esconde una estructura. Efectivamente, el estructuralismo, evita el historicismo, el subjetivismo e, incluso, la fenomenología. No le interesa el hombre interior ni sus procesos de consciencia, sino el hombre en tanto que hormiga, o en tanto que cualquier otro ser natural, prisma bajo el que estudia cualquier otra ciencia con tal rango. Sin embargo, en el caso de Lévi-Strauss, el estructuralismo se arrojó a la caza platónica del Universal y abandonó la materia, y nos ató a una desesperante decadencia destructiva de la que no podemos escapar. Esto último le convierte en hijo de su tiempo, heredero de una época poco proclive al optimismo humanista y a los finales felices tras la degradación de las guerras y del Holocausto.

Ayala y Lévi-Strauss, cada uno a su modo, mostraron lo más desagradable del hombre a sus propios ojos y es cuestión nuestra mirar hacia otro lado, tomarlo en consideración, o refutarlos, si fuera posible.

Héctor Martínez

09.21.09

FANZINE SUBJETIVO LIBRECONFIGURACIÓN

Publicado en Ensayo, Poesía, Prosa, Unas noticias y otros tagged , , , a 18:02 por retratoliterario

Portada LC

Portada LC

En febrero de 2005 salía el primer número del Fanzine Subjetivo Libreconfiguración. Yo me subí al carro dos años más tarde. Estaba reciente la publicación de Conversos, fragmentos de una antología futura (Ed. Antígona, 2006) y su presentación en la FNAC. Hoy, Libreconfiguración ya va por su número 15, de próxima aparición, y ha dado lugar al surgimiento de la Asociación Cultural Libreconfiguración. Por sus páginas han pasado y pasan escritores, poetas, músicos, pintores y fotógrafos de muy variado estilo, decantados hacia una obra libre y de vanguardia, e inmersos en un sinnúmero de proyectos culturales y actos que reflejan su espíritu artístico. No hay más que citar a Quino, a Xurde Portilla, a David Torrico, a Carlos G. Torrico, y a Pedro Gilthoniel, o eventos como los Contubernios líricos de Luarca o proyectos como el Experimento Colector.

El Fanzine actúa como nexo de unión entre nosotros, sobre todo para mí, que me mantengo en una discreta lejanía. Gracias a la publicación mantengo el contacto con los poemas y textos de Fernando Pérez de Blas, Antonio Albiol, Iván de la Casa, o Sergio Lorente. Y gracias a su existencia, a la vez, yo escribo y voy dando a luz, desde 2007, las composiciones y poesías que, de otro modo, se habrían quedado en algún cajón, olvidadas incluso por mí. Tiene, desde luego, la poesía contemporánea, la joven y la novel, un aliado en Libreconfiguración, validando los versos de Bécquer: “siempre habrá poesía”, aunque, en este caso, aquello de “podrá no haber poetas”, es falso. Los hay, claro que los hay. Quiero pensar que he mencionado varios de ellos. Quiero pensar que soy uno de ellos.

Portada LC-10

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No se trata de una ingenuidad artística. Libreconfiguración sabe bien el terreno que pisa, en el que se mueve y escribe. No es ajeno al ambiente, pero no lo es, subjetivamente. Quiero decir: la conciencia del momento literario que se vive late en Libreconfiguración a través de los trabajos de los autores y artistas, por medio de cada una de sus secciones, pensamientos, versos, imágenes. Dicha toma de conciencia la podemos leer en su presentación:

(…) cuando los ingenieros han perdido su talento entre los billetes falsos de un gran baul, cuando son talados los árboles del sentido común en nombre de alguna causa injustificada, cuando el lenguaje carece de significado, es hora de ponerse manos a la obra. Cada uno a lo suyo, construir un nuevo abecedario y colorear los pálidos escenarios de la cotidianeidad.

El espíritu de un movimiento para el que las vanguardias y neovanguardias del s.XX fueron prolegómenos vigorosos, late en las profundidades de Libreconfiguración. Sea el hecho de que, ignorando si podemos hablar de “burguesía”, es incuestionable la crisis social en que vivimos; sea el hecho de que, de nuevo, las revistas no oficialistas, independientes, albergan una actitud crítica y rebelde continuadora de aquel espíritu contra-racional, de sospecha y devastación del lenguaje, de creación, de color sobre el grisáceo tono que colectivamente respiramos. Quepa recomendar, por ejemplo, la lectura de Emoción y arquetipo de Carlo. G. Torrico, en el número 5, de Indicios de otra racionalidad, en el número 2, de Densidad poética de la realidad, en el número 10, ambos de Pérez de Blas, mi, perdón por la autocita, Parménides tiene prohibido bañarse, en el número 11, o incluso el prólogo de Antonio Albiol a Conversos…. Todos ellos, más los que no cito, junto a los poemas y canciones, pinturas y fotografías que ilustran las páginas, son alientos de una reacción, de una piedra tirada en el oceáno a la espera de ver las ondas convertidas en olas que mueren en la playa y renacen con cada nuevo lanzamiento. Es un espíritu que se renueva constantemente, porque no cabe en él la permanencia.

Portada LC 11

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Probablemente sea el más clásico de todos. El más próximo a otros siglos, aunque cercano sólo a las rupturas de entonces, que es lo que venimos a llamar literatura, lo que muchas veces se enseña en las aulas con harto aburrimiento. Aún así, quepo en Libreconfiguración. Todo cabe, no por relativismo, sino por libertad de creación, porque el patrón de corte son los autores y artistas, no la ideología, no lo externo al creador. Quince números y el buen trabajo de los amigos de Libreconfiguración lo atestiguan.

La puerta, la salida, la vía de escape, que no de evasión, hacia el frente de batalla, la ventana abierta que supone Libreconfiguración para liberarnos del apolillado ambiente de la caverna humana y su rutina, merecía desde hace tiempo un hueco en Retrato Literario. Para ellos va este artículo, y para cuantos quieran entrar a formar parte… entre ellos, tú, lector.

Héctor Martínez

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08.11.09

CIORAN EN ESPACIO NIRAM

Publicado en Ensayo, Unas noticias y otros tagged , , , , a 18:44 por retratoliterario

E.M. CIORAN

E.M. CIORAN

La velada del sábado en Espacio Niram dio para mucho. Además del recital que mencioné en un artículo anterior, fui el invitado para la sexta edición del Café Cultural que versaba acerca del pensamiento, la obra y la vida de E. M. Cioran. Fue un honor compartir sillón negro a la luz de las velas con Fabianni Belemuski, amigo y director de la Revista Niram Art, para charlar sobre el autor de origen rumano, rodeados de la magnífica troupe -en el sentido humorístico de “tropa” y “cuadrilla”- que tendemos a reunirnos, allá en la Plaza de Ópera, para tratar de cosas inhumanas -en el sentido de que a la mayor parte del ser humano les viene a importar tres, por no decir palabrotas-.

F. Belemuski

F. Belemuski

Fabianni hizo lo que pudo para que yo no hablara de Wittgenstein, para que no me fuera de rama en rama hasta perder el hilo, ¡qué hasta sacó a Heidegger a pasear! Y tras él a Nietzsche. Pero uno, aquí presente, no está dispuesto a defraudar a la concurrencia. Y sí, aunque de pasada, mencioné a Wittgenstein. Y a Unamuno, por supuesto, cuyo pensamiento está cruzado de planteamientos muy cercanos al mismo Cioran, María Zambrano, compañera de éste en el Cafe de Flore en París a mediados de siglo, Ortega, que solía ser el fondo de las conversaciones con Zambrano… en contrapartida, enterado de antemano, Fabianni contraatacó nombrando a Sartre y a Savater. Mordí mi lengua porque el respetable no merecía escuchar improperios, un autocontrol que fue realmente admirado por el personal que me conoce. A ello hay que añadir que, para sorpresa mía, me encontré defendiendo algo que todavía no me había atrevido a soltar en público: la idea de la feminidad de la filosofía no sistemática, del pensamiento que recorre, entre contradicciones y paradojas, un camino envuelto en la niebla con una oscura, angustiosa, verdad latiendo en su fondo. Sin embargo, vino al caso por ser ese el borroso camino que transita Cioran, terreno por el que, lo más fácil, es meter el pie en el cenagoso charco de la inmundicia humana.

H. Martínez Sanz

H. Martínez Sanz

Cioran jamás quiso ser filósofo. Al contrario, contra lo que llamamos filosofía, último reducto de consolación, último clavo ardiendo, tras la religión y la ciencia, hinca Cioran sus garras y colmillos de León nietzscheano que ha renunciado a convertirse en niño, en Uebermensch, en creador de nuevos y flamantes, aunque, otra vez, falsos valores. Renuncia al sistema, a la academia, pero también a la búsqueda alternativa de soluciones y respuestas al drama de la vida. El mundo que ante él y, sobre todo, dentro de él se vacía, debe seguir la inviolable ley de la descomposición sin regodearse en la decadencia. Descomposición en fragmentos, en aforismos paradójicos, viscerales, lanzados como dardos contra las ilusiones irreales, contras las distorsiones del ser humano. Descomposción abocada a la nada, a la devastación absoluta. No hay sueños de la razón fracasada, ni pesimismo, ni vitalismo posibles; el relativismo, el epicureísmo y el estoicismo son una máscara cómoda. Sólo el ecepticismo, que nos abandona en el límite de las incertidumbres, y el misticismo, que nos eleva bajo promesas de trascendencia, son opciones viables, aunque inútiles.

Hablamos Fabianni y yo de Heidegger. Y por sorprendente que pueda parecer, no para subrayar lo que remarcan cuantos nada tienen que decir y tiran al escándalo y condena de los oscuros pasados, creyendo que los pensadores, y más aún alguien como Cioran, están exentos de los apasionamientos de la circunstancial historia. El eje de la relación Cioran-Heidegger fueron las misteriosas lágrimas del primero ante la tumba del segundo, desentrañar su significado. Y yo lo encontraba en el acento que ambos pusieron en la experiencia del tedio, del hastío, de las angustias como posibilidad de quitar el velo a la realidad humana y descubrirnos sobre el abismo del vacío, tragados por el sinsentido de la realidad y nuestro ser. También en aquel voto de confianza mística del “sólo un Dios puede aún salvarnos”, enigma, cuando menos, de Heidegger. Únicamente en esto encuentro la razón de ser de las lágrimas por el que Cioran llamó “genio impostor” o “genio estafador”, fascinado por el lenguaje y las preguntas, creador de un lenguaje tan nuevo como infructuoso.

Me preguntó Fabianni: ¿Pudo ser feliz Cioran en algún momento de su vida? Lo fue, desde luego, entre bibliotecas y burdeles, entre los libros que leía y las prostitutas que le acompañaban en los paseos nocturnos por las calles en las noches de insomnio. Aquí Fabianni sacó a relucir a Sartre y su preferencia por la conversación femenina, como único punto en que Cioran le respeta. En todo lo demás, Sartre es para Cioran el “empresario de ideas” del Café de Flore, el “pequeño Napoleón del pensamiento”, del que le admiraban los “gigantescos fracasos de sus concepciones”. Y ataca, por ejemplo, su defensa de la literatura y del intelectual comprometido, recibe su contrapartida en Historia y utopía, como en varios otros escritos donde la “literatura” es demolida junto al escritor mesiánico que viene a mejorar el mundo y que no pasa de ser una mera caricatura, una descarada exhibición de las taras personales, las miserias de uno mismo -al caso, leer La tentación de existir-. Y se le reprochará que él escribió sus miserias; y él responderá: “tengo la excusa de odiar mis actos, de no creer en ellos”.

Cartel Espacio Niram

Cartel Espacio Niram

Tras Sartre, apareció la tarascada de Savater. Bien es cierto que introdujo a Cioran en los años 70; tan cierto como que puede ser su único mérito filosófico. Y que introdujera a Cioran es ya un hecho que debe turbarnos: un moralista político trayendo bajo el brazo a un “exiliado metafísico”, por mor de una gran amistad y una amplia correspondencia. ¡Uno debe tener amigos hasta en el infierno!, decimos por aquí. Al margen de otras críticas que no vienen al caso, hay una afirmación que no comparto con Savater acerca de Cioran: le considera un autor “ahistórico”. Pienso todo lo contrario: Cioran está calado del clima y circunstancias históricas que vive, de sus circunstancias contemporáneas, rumanas y europeas. Sólo sobre ese fondo, creo, pudo surgir tamaña reacción de un pensamiento expresado desde las más interiores entrañas. Y su pensamiento, o su actitud, solamente caben dentro de la descomposición del s. XX, del alrededor ensangrentado y violento, frío, que reveló, al fin, el desmoronamiento humano por sus cuatro costados. Ni creo que antes, ni tampoco después, pudo haber un Cioran con semejante ataque bilioso.

Al tratarse de una charla entre español y rumano, en un Espacio como Niram, de reunión de ambos pueblos, su cultura y su formas, el tema de Cioran y España era un paso obligado. Rumano de nacimiento, francés por la lengua, encuentra en España el tono de su propio espíritu: el país de los extremos y las contradicciones, de locuras insondables, absorbido en su propio fatalismo y decadencia -concepto que llama nacional y cotidiano en nuestra forma de ser… lo leemos en La tentación de existir (y ahora si citaré el pasaje)-:

(…) los españoles tuvieron plazo suficiente (¡tres siglos!) para pensar en sus miserias y empaparse de ellas. Charlatanes por desesperación, improvisadores de ilusiones, viven en una especie de acritud cantante, de trágica falta de seriedad, que les salva de la vulgaridad de la felicidad y del éxito. Aunque cambiasen un día sus antiguas manías por otras más modernas, seguirían, empero, marcados por una ausencia tan larga. Incapaces de acoplarse al ritmo de la «civilización», clericoidales o anarquistas, no podrían renunciar a su inactualidad. ¿Cómo van a alcanzar a las otras naciones, como se van a poner al día, si han agotado lo mejor de sí mismos en rumiar sobre la muerte, en embadurnarse con ella, en convertirla en experiencia visceral? Retrocediendo sin cesar hacia lo esencial, se han perdido por exceso de profundidad. La idea de decadencia no les preocuparía tanto si no tradujese en términos de historia su gran debilidad por la nada, su obsesión por el esqueleto. No es nada asombroso que para cada uno de ellos el país sea su problema.

¿A quién se refiere con ese “cada uno de ellos”? A Ganivet, a Unamuno, a Ortega, al simbólico Don Quijote… y podría haber seguido con todo el noventayochismo y el novecentismo, con los del 27 y la posguerra, o haber retrocedido a Larra, o al Siglo de las Luces, porque, efectivamente, al español inquieto nuestro país se nos ofrece como paradoja y problema perpetuo, como “provincia absoluta fuera del mundo”, bajo el famoso lema moderno “Spain is different”. Fabianni dijo que no era la misma España aquella que conoció Cioran y la actual. La charla terminaba y no era momento de empezar a ejercer como español que sólo sabe hablar de su país como un universo completo y de su pathos. Ahora bien, para información general, ya saben, aunque a la mona la vistan de seda, mona se queda, y, en especial, en España, ya hemos podido disfrazarnos de europeísmo, americanismo y occidentalismo, que por dentro seguimos con la destartalada España de charanga y pandereta, y seguimos con las contradicciones, tan nuestras, que tienen perplejo al resto del planeta, con nuestra particular e infinita decadencia sin llegar nunca a un fondo, con nuestros desengaños y trágica falta de seriedad sobre las cuestiones más preocupantes. Ahora somos más cosmopolitas, es cierto, pero para extender con orgullo nuestro arremeter contra molinos, porque sólo nosotros vemos los gigantes… Y no son una mera imaginación, pues los gigantes también son españoles.

Fin de la charla. Apretón de manos y apagado de las velas que tan preocupado me tenían luciendo con estilizada llama sobre mi cabeza. Cambio de sillón por taburete de barra… y a proseguir la conversación, la misma, Fabianni, yo y la “troupe”, como un acto de lo más cotidiano.

Héctor Martínez

06.06.09

“ES TARDE PARA EL HOMBRE”, WILLIAM OSPINA

Publicado en Ensayo tagged , a 17:08 por retratoliterario

William Ospina

William Ospina

Hojeando los periódicos he dado, de pronto, con el colombiano William Ospina. Con él ocurre esa cosa tan llamativa de ser afamado poeta y ensayista, y, en cambio, hablarse de sus novelas -menos, por cierto, que en el resto de géneros-. Yo recordé haber leído en mis años de facultad, antes de que novela alguna existiera, un ensayo: Es tarde para el hombre. Hoy, tras los periódicos, lo rescato de mi particular estantería libresca, esa que he ido formando no sólo comprando, sino también recogiendo de la calle o de una biblioteca, o de purgas de amigos en las suyas.

Se trata de seis ensayos sobre el fin de la arrogante, ingenua y devastadora idea de la supremacía humana como especie de las especies. No ya sólo como el centro del universo, sino como la cabeza jerárquica del mismo, la que impone su orden racional y lo toma por absoluto y no por antropomórfico. Ospina dibuja nítidamente una línea desde el racionalismo e idealismo alemanes hasta el positivismo y utilitarismo más reciente. Filósofos como Nietzsche o Marx se convierten en profetas del nihilismo y del mercadeo del ser, profetas a los que no se les prestó mayor atención -siempre he dicho que son los pensadores peor leídos y más interpretados de la historia. Peor en esa línea dibujada hay un punto de inflexión, además de Nietzsche o Marx, al que tampoco se le dio continuidad: el Romanticismo:

Podrá la razón excluir de su discurso y aún de su consideración todo lo que no sea claramente explicable en su origen, medible en su extensión, previsible en su funcionamiento y expresable mediante un sistema de fórmulas racionales, pero aunque no sepamos explicarlo ni medirlo, ni preverlo o controlarlo, existen el dolor y la enfermedad, el terror y la imaginación, el amor, la locura y la muerte; existen las esperanzas y los presentimientos, los sueños y los delirios, lo demoníaco y lo divino. (…) Cuando parecían cerrarse para el espíritu las ventanas y los respiraderos de la realidad, los Románticos abrieron por la fuerza no sólo las puertas que daban a los campos donde seguía alentando, llena de milagros, la naturaleza inmortal, sino también las claraboyas y las trampas que daban a los sótanos inexplorados de la conciencia, túneles y pasadizos que el mundo ya no quería mirar

Sin embargo, y a pesar del Romanticismo, el hombre ha vivido desde el Renacimiento con una fe más alta que la depositada en Dios: la fe en el progreso, el avance, la novedad y la evolución para alcanzar un estado tan perfecto como huidizo en la cadena del siempre ir a mejor. De aquí viene el error del hombre al tomar evolución por progreso, cambio por mejoría, y mejor por supremacía y superioridad:

Pero la mentalidad moderna no sólo supone que el hombre es la criatura perfecta, que todo debe definirse con respecto a ella, que el planeta es su depósito ilimitado e inagotable de recursos, que el futuro es el escenario exclusivo de su confort y de su felicidad, que todos los órdenes de la vida le deben sumisión y tributo, y que toda la materia le está irrestrictamente ofrecida, sino que ha convertido la ilusión del progreso natural en el fundamento de otra ilusión: la de que todo en la historia está gobernado por la ley del progreso.

¿Qué progreso? El de una innovación que ahorra esfuerzo, a la vez que deleite en el proceso, que impone inmediatez y velocidad, la ilusión que borra del mapa el placer de lo misterioso, de la aventura, de lo que dura y en lo que nos detenemos para disfrutarlo en su duración. Ya no. Mal traducida la doctrina del mundo que cambia, vivimos la inmediatez por la que, antes de habernos deleitado profundamente en algo, ese algo ya ha pasado, ya es algo ido y sustituido por otra novedad. Demasiado absortos estamos en lo nuevo como un siempre ir a mejor que no reparamos en, ni escuchamos a, las voces disonantes que acusan a ese progreso del infinito desarrollo de ser la clave de la ruina y la decadencia. Dicho en otro giro, lo que presumimos eran los rasgos que nos transformaban en la especie elegida y el ser supremo del universo -o al menos, del mundo conocido-, en realidad, nos atontan, nos idiotizan, nos adormecen, nos anulan. Ospina habla de la drogadicción, de la publicidad, de la pornografía, de las pantallas televisivas, de la moda, del vender y comprar a toda costa, del derroche frente a la indigencia, de esquilmar lo natural como algo dado en nuestro incansable y eterno beneficio futuro y siempre por llegar.

Vanagloriado en su dominio y gobierno sobre todas las cosas, vive el hombre en un reino bastante particular donde lo que se ha considerado “malo”, “negativo”, “desagradable” no se menciona; donde se ha creado una nueva religión que, como todas, promete un paraíso, pero en vida, y sin recalar en los límites vitales y naturales del ser humano:

(…) ese universo de papel y de luz donde nadie sufre tragedias que no pueda resolver el producto adecuado, donde nadie envejece jamás si usa la crema conveniente, donde nadie engorda si toma la bebida que debe, donde nadie está solo si compra los perfumes o cigarrillos o autos que le recomiendan, donde nadie muere si consume bien. (…) esta opulenta religión contemporánea no es más que la máscara infinitamente seductora de un poder inhumano, que desprecia ostentosamente al hombre y al mundo, y que ni siquiera lo sabe.

Un perpetuo “canto de sirenas” que nos tiene embelesados entre pociones máginas de eterna juventud e inmortalidad -podría Ospina haber añadido el apunte del difunto Benedetti sobre el negocio y publicidad de funerarias, por la que hasta morirse parece un placer, séalo o no-. Observa William Ospina que toda esta ilusión y farsa, toda esta máscara opiácea, está instalada, incluso, en los sectores a los que se confía la dirección de un país, de una nación o del mundo, bajo el rótulo de democracia, aunque también usado, de manera efectiva, por Adolf Hitler:

Un instrumento que sirve por igual para imponer perfumes y tiranías, debería exigir toda la vigilancia y despertar un cauto recelo. (…) No hay publicista que no piense que vender un candidato es sutancialmente lo mismo que vender un auto o una bebida gaseosa.
Y es a esta manipulación grotesca a lo que llamamos democracia. (…) cada vez más, estamos dejando graves asuntos en manos de los oportunistas menos calificados, gracias a que ya no exigimos progamas ni ideas ni compromisos sino imágenes seductoras y sonrisas de éxito.

Lo anunció desde el comienzo: todo banalidad en la nada, todo mercancía. La muerte no existe, aunque es la única certeza que un ser humano puede albergar. La enfermedad es desechada, a no ser que se mire como un útil que permite el negocio redondo de lo farmacéutico, de la costosa fabricación de todo tipo de máquinas para analizar el cuerpo humano y encontrarle la disfunción. Ospina sostiene que, hasta en lo que la salud respecta, último ámbito natural que nos queda, hemos sido deposeídos de una comprensión de nuestro cuerpo. La ciencia racional instalada en la medicina ha expulsado todo otro método -piénsese en lo naturista o la medicina tradicional de oriente- y lo ha desprestigiado hasta el punto de invalidarlo como tratamiento, como cura, e incluso como saber -existe el término de pseudociencia para todo lo que no sigue el patrón de la racionalidad:

Si queremos saber qué es el hombre para el postivismo basta mirar los exámenes bacteriológicos, los cuadros hemáticos, las curvas de glicemia, los electrocardiogramas, -las palabras son tan terribles como lo que describen- los electroencefalogramas. Ya no queda en nosotros sino la materia cuantificable, el espacio medible, el tejido desamparado de las células, el abismo vertiginoso de los átomos, idéntico al abismo vertiginoso de los astros donde el ingenuo y obediente cosmonauta no pudo ver a Dios

Hay un símbolo de toda esta cultura del progreso y la racionalización moderna: la ciudad, la metrópoli. Precisamente, el símbolo que gran parte del arte emplea para anunciar el total declive humano, profetizando aquello que, de fantasías, para Ospina empiezan a convertirse en presentimientos. Grandes ciudades convertidas en ruinas, sus esplendores antiguos llevados a colores grises, uniformes, decadentes, viejos -Ospina cita del cine los títulos que hicieron blanco en estas imágenes para ciertos posmodernismos: Blade Runner, Brazil, Metrópolis-. La ciudad significaba, apunta William Ospina, la fantasía, la idealización, la ilusión, el sueño; a día de hoy, el ideal empieza a convertirse en escapar de las ciudades donde la falsedad y la pobreza, donde la carencia de naturalidad y la distorsión de la realidad, han devorado y cortado casi del todo el cordón umbilical que nos unía a los hombres con el reino natural del que pretendimos independizarnos:

Y las ciudades, que alguna vez fueron nuestro orgullo, y uno de nuestros sueños más altos, las coronas de la civilización, el reino de la amistad y la imaginación, se han convertido en el escenario donde una humanidad despojada de sentido y deberes, ciega a la suerte de su misterioso planeta, representa sin saberlo el drama de su declinación, el naufragio de Metrópolis, e ignora patéticamente cuál será el siguiente episodio de la obra amenazante, y si ese episodio no será el último.

Finaliza William Ospina con una arenga hacia la responsabilidad de América Latina, la América europea, heredera suya, más europea que los europeos de Europa, divididos internamente, y subdivididos nacionalmente. Pero la arenga conlleva, además de enaltecer la Amécira europea, también la crítica del eurocentrismo, la invitación a mirar más allá, al vasto mundo que nos rodea, quizás para no repetir los mismos errores. Ospina muestra el mestizaje y mulataje de América Latina durante siglos como el antídoto contra las barbaries intestinas que allí también cohabitan, y que, junto a la herencia recibida de la vieja Europa, y más aún de la España irracional, sirven de contraste al uniforme caminar del racionalismo, del progreso, del desarrollo, del evolucionismo mal entendido y peor aplicado.

¿Por qué es tarde para el hombre? Porque lo que hay que salvar no es al hombre. Acaso hay que derrocarlo, someterlo a las verdaderas fuerzas que gobiernan el mundo de la vida, despertarlo de su “sueño dogmático” y quitarle de una vez el cetro que a sí mismo se dio para afirmar su superioridad por encima de lo vivo y lo muerto, por encima de lo mortal y lo divino. Es tarde para el hombre, porque es:

(…) algo mucho más grande lo que ahora debemos salvar

Héctor Martínez

05.18.09

MARIO BENEDETTI IN MEMORIAM (“VIVIR ADREDE”)

Publicado en Ensayo, Unas noticias y otros tagged , a 23:04 por retratoliterario

Mario Benedetti

Mario Benedetti

Las letras hispanas, vuelven a estar de luto. Ayer, 17 de mayo, fallecía en Montevideo Mario Benedetti, el comprometido, el crítico de la rutina cotidiana y la burocracia asfixiante que cantó más a la vida auténtica, a la vida en la que cada exhalación debajo de un árbol tenía su peso en oro. Benedetti encaró esa forma de vida en la que era necesario un Certificado de existencia:

vivir, después de todo
no es tan fundamental
lo importante es que alguien
debidamente autorizado
certifique que uno
probadamente existe

cuando abro el diario y leo
mi propia necrológica
me apena que no sepan
que estoy en condiciones
de mostrar dondequiera
y a quien sea
un vigente prolijo y minucioso
certificado de existencia

Hoy tenemos esa necrológica en la mano, pero Benedetti no puede leerla, y aunque quisiéramos, no vendrá con su “certificado de existencia” a demostrarnos la mentira de su muerte. Acaso halla vencido a la tediosa burocracia de oficina, por fin, pese al precio pagado. Es claro que el certificado ya no sirve. Ahora harán otro papel, otro certificado, el de defunción, y podríamos volver por pasiva el poema diciendo: “morir, después de todo, no es tan fundamental; lo importante es que alguien, debidamente autorizado, certifique que uno probadamente ha dejado de existir”. Tampoco puede ya abrir los ojos para convencerse de que no se trata de la muerte -como en Empero-, ni impedir que se cierre el paréntesis de la vida dando paso al no ser. Todos los intento son vanos. Incluso cuando se le llamó “sobreviviente”, Benedetti tenía claro que:

Cuando en un accidente
una explosión
un terremoto
un atentado
se salvan cuatro o cinco
creemos
                                   insensatos
que derrotamos a la muerte

pero la muerte nunca
se impacienta
seguramente porque
sabe mejor que nadie
que los sobrevivientes
también mueren.

Lo último que leí de Benedetti fue Vivir adrede. Ahora apostillaría yo al título un “y morirse sin querer”, aunque él fuera consciente en sus versos, en sus páginas, de la llegada del final. En este libro, Benedetti se vuelve, como tantos otros autores, auto-profético:

Las fotografías del antaño lejano y del antaño cercano nos miran y no se cansan de mirarnos, siempre con la misma pregunta: “¿y qué pasó después?”.
(…) También nosotros, móviles y vivientes, vamos de a poco metiéndonos en fotos, y en ellas (por ahora) nos miramos a nosotros mismos. Pero los habitantes de 2008 o el 2009 mirarán nuestros rostros fotografiados y desde ellos les preguntaremos: “¿Qué pasó después?”. Qué cosa, ¿no?

Hoy, un día tras su muerte, en 2009, la fotografía de Mario Bendetti -por ejemplo, asómese el lector a la que encabeza este artículo- nos mira y nos pregunta: ¿Qué paso después? Y estamos obligados a responder: “Pues nada. Nada pasó. Aquí seguimos, como siempre, el como siempre que usted, señor Benedetti, bien conoce. El como siempre que seguirá pasando, eternamente”. Quizás nos lo pregunte con el último aliento de sentirse imprescindible, de haber sido útil para algo, de haber dejado una huella imborrable que abriera un camino y que muchos prefieren no mirar. Benedetti lo preguntará desde sus “fotos”, porque siempre fue conciencia abierta hacia el futuro, y nos sobran testimonios sobre ello:

Huellas y huellas, rastros y señales, vestigios y utopías. El mundo está allá y está aquí, los prójimos contiguos y remotos.
Las próximas huellas será nuevas, fresquitas. A duras penas crearán otro camino y otra forma de ser y de pisar. Loado sea el futuro, si existe. ¿Existirá?

Ya son dos veces que Benedetti, desde sus páginas, nos pregunta por lo mismo. ¿Qué haremos con ese “piélago de deterioros”, con ese “borrador de catástrofes”, “la hondonada misteriosa” que es como llama al futuro? Y nos lo pregunta porque él ya no puede responder, o mejor dicho, el ya no tiene que responder:

Cuando llegue el momento de ser nadie, el mundo seguirá y no lo veremos. Si antes vivíamos cegados por el sol ahora estaremos cegados por la sombra.
Cuando llegue el momento de ser nadie, la memoria habrá quedado encinta de ideas y preguntas que nunca nacerán.(…)
Arriba o abajo seguirá la vida o seguirá el quién sabe. Ya una vez fuimos nadie(…)
De la nada a la nada pasa una historia efímera.

En sus obras, y ahora también en sus fotos, encontraremos el interrogante nacido, la idea parida, mientras Benedetti, que nos decía, en Vivir adrede, “no voy a irme así nomás y si me voy, será para estudiar la nada”, efectivamente, se ha marchado de este mundo a estudiar el “nihil sum” tras ocuparse en vida del “homo sum”.

Sorprenderá, tras este obituario, que nunca haya sido yo un apasionado de Benedetti. Tampoco soy de los detractores que le quitan absolutamente cualquier mérito poético con la sobrevaloración. Alabo su sencillez de palabra, su cercanía y familiaridad literaria -siempre me gustó aquello de “Cuando hablo de mi patria yo prefiero decir paisito”-, pero me sobró política y me faltó, junto a la indudable humanidad que desata y la sencillez que emana, mayor hondura. Se conviritió en un símbolo que, creo, terminó devorándolo, lo dejó anclado, desde el que nunca logró avanzar ni consiguió desembarazarse, por el que ha quedado desenganchado de las siguientes generaciones, a pesar de las ventas y los lectores, de la música y los premios.

De aquí, equivocadamente, en algunos círculos críticos le han calificado de facilón, de escasez literaria, de ser la sombra de un éxito previo o del victimismo exiliado, de explotar el compromiso y extenderlo al presente. En mi opinión, son juicios injustos, porque a un hombre que no se le hayan cerrado sus heridas, las que le produjeron, al que no le hayan cicatrizado ni estén bien curadas, no se le puede exigir que las olvide, que no las proyecte, y menos aún, que no las escriba. Una cosa es quedarse varado, y muy otra venir a regañar a la magnífica ballena por su desorientación, quitarle su majestuosa grandeza por no verla nadando en el agua junto al resto de cetáceos, ni tal como se nada hoy día.

En la sencillez, los hombres y mujeres se amparan, se comprenden, se alivian. En la complejidad, en cambio, se ven con desconfianza y con rencores. Cómo no tener en cuenta que la muerte es la cumbre de la sencillez.

Sobre sencillez, Vivir adrede (2007)
Mario Bendetti.

Héctor Martínez

03.23.09

“CUÉNTAME UN MITO”, CARLOS GOÑI ZUBIETA

Publicado en Ensayo tagged , a 22:09 por retratoliterario

Portada "Cuéntame un mito"
Portada

El libro de Carlos Goñi Zubieta vuelve a acercanos al mundo del mito antiguo. Ante nosotros pasan la proclamación de Zeus frente a Crono como dios de dioses, el titán Prometeo, los conocidos mitos de Edipo, Narciso y Orfeo, la guerra de Troya con Paris, Helena y Aquiles, los grandes héroes Ulises, Hércules y Teseo. Pero no se trata simplemente de narrar lo ya narrado y archiconocido, sino de servir de canal que los transmita a la época correspondiente, al hombre actual y la visión de la realidad en la que aquél se halla inmerso:

(…) estas maravillosas historias necesitan de los mitógrafos, de alguien que las cuente una y otra vez. (…) Por eso, este libro no pretende sino contar mitos (…) Es más, el hombre de hoy necesita ensamblar el pequeño guión de su vida en un gran argumento, por eso necesita los mitos, que le enseñan que la biografía de cada hombre es un eslabón más de una enorme cadena.

Pero no se puede contar mitos sin dar una interpretación. La forma de contarlos indica ya una manera de ver la realidad, una cierta racionalización del mito.

Algo que no señala Goñi Zubieta, lo que añado yo, es que también la selección de los mitos a narrar e interpretar constituye, junto a la forma de narrarlos, una lente más en esa peculiar manera de ver la realidad a través del relato mítico. De este modo, el libro Cuéntame un mito ni atiende a toda la extensa experiencia mitológica, ni transcribe la literalidad del mito, pero traslada una imagen completa del género y acerca con gran temple la lectura al mundo actual. De este modo entiende, Goñi Zubieta, la existencia del mito como el continente intemporal de un origen y una esencial verdad nuestros:

Cada relato es como un anteojo -vemos a través de él- que nos acerca a un pasado inmemorial, a una época fuera de la historia, antes de todo, imposible de fechar. Gracias a ellos podemos contemplar el origen y, en ellos, mirarnos a nosotros mismos.

Los mitos son susurros de la divinidad, verdades musitadas a los oídos de los antiguos. (…) son esencialmente verdad justamente porque nos transmiten verdades esenciales. (…) certezas valederas en todo tiempo y lugar.

El único problema que presentan los mitos y su continua reactualización es ese estar escritos “fuera de la historia”, lo que conlleva el uso de un lenguaje y una simbología que es preciso interpretar desde el día de hoy. Por tanto, al proponerse esta labor, Goñi Zubieta asegura:

Se puede decir que con los mitógrafos “se terminan” los mitos y comienza la historia.

Al menos, termina la creación del mito antiguo, el inmemorial, con la entrada de la interpretación y adaptación de la verdad que contienen. Es decir, la labor de la que hablamos consiste en introducir estos relatos ahistóricos en la propia historia, parecido a una de las afirmaciones de nuestra María Zambrano: “la poesía unida a la realidad es la historia”. Precisamente, Carlos Goñi Zubieta está uniendo poesía y realidad en Cuéntame un mito, por lo que, efectivamente, acaba el mito, y empieza la historia. El mito queda como pasado fundante de ésta, y el presente como punta de lanza de la prolongación del tiempo anterior, pues, la historia es, al fin y al cabo, lo que el presente dice acerca del pasado, la memoria que hace posible el futuro. Así leemos en las sugerencias a la estancia de Ulises con los lotófagos:

Somos lo que somos por la memoria, si la perdemos, si sepultamos nuestro pasado, dejamos de ser, dejamos de tener una consistencia existencial. Un hombre sin pasado no es, porque el pasado es lo que nos constituye como personas. Sin pasado no hay futuro, no hay proyecto, no hay persona.

Un pasado que nos configura, pero del que también somos responsables directos, tal como apunta Goñi Zubieta al introducir el relato de Ulises En el país de los feacios:

Necesitamos de nuestro pasado como un animal precisa de su instinto. Nos guste o no, aunque daríamos cualquier cosa por poder cambiarlo, lo que hemos hecho es lo que somos.

Un pasado también que nos personaliza, nos identifica con el que somos cara, no sólo a nosotros mismos, sino a los demás, como señala el autor respecto de la cicatriz en la rodilla de Ulises que sirve para que su porquero Eumeo le reconozca:

Este hecho nos muestra la importancia que tienen las cicatrices: son las huellas que deja el tiempo en nuestra biografía. Sin ellas, nuestra identidad se disuelve en lo impersonal.

En cambio, el mito se nos manifiesta como algo, en muchos casos, incomprensible, y no pocas veces es calificado de irracional, de contrario a la razón, desde los desafortunados simplismos de aquel “paso del mito al logos”. Cuando entendemos mal la expresión, nos avocamos a pensar que el mito no pasa de ser un relato literario de dioses, hombres y héroes, que no conforma una representación de algo esencial, o que nunca ocultó en su seno nada de provecho.

(…) el mito no choca con la razón, sino que, más bien, es cierta concepción de la racionalidad, que vio su culminación en la Ilustración europea y que actualmente se encuentra en crisis, la que no puede comprender la lógica mítica. (…)

Cuando “despertó” la razón se durmió el mito.

Goñi Zubieta, partiendo del pensamiento de Lévi-Strauss, está desembocando en la corriente posmoderna al señalar el hundimiento de la racionalidad moderna e ilustrada, de la actitud de “miopía intelectual” que sólo logra ver los detalles y pierde, constantemente, por su pretendida autonomía, el pie que tiene sobre el pasado, que puede llevarle lejos, que puede hablarle al hombre de su propia naturaleza:

A fuerza de mirar de cerca, ha perdido la capacidad de ver de lejos. En el caso que nos ocupa, el objeto de esta miopía es el pensamiento mítico, que se presenta borroso en la lejanía o, simplemente, no se ve.

El problema no es que se mire el detalle, sino que sólo se mire el detalle como si fuera el todo o como si ese todo fuera reconstruible desde aquél. El problema es la “forma de mirar”:

Para volver a captar el sentido del mito debemos cambiar la forma de mirar, debemos abrir el objetivo de nuestra razón para que entre más luz, no sólo la que  nosotros mismos arrojamos.

La actitud de Goñi Zubieta no es dogmática. Necesariamente ha de ser así pues el mito no tiene la estructura lógico-racional que exija una conclusión determinada. Hace llegar el autor sus interpretaciones y adaptaciones de cada mito narrado en forma de “sugerencias”. El tono de cuanto señala no pasa de ser una posibilidad de posibilidades, dejando abierta la puerta para que sea el propio lector el que, tras el mito, o tras la “sugerencia”, o tras ambos, pueda hallar su interpretación y la cercanía de lo expresado por el mito a sus circunstancias más próximas; aporta, también, la invitación a otras obras y filósofos -sin duda, dos de los más nombrados son Lipovetsky y Nietzsche-, o estudios que pueden resultar interesantes al lector.

Aunque yo me haya fijado y centrado en los marcos de pensamiento que rodean al libro, no debe pensarse que se trate de una lectura difícil, sesuda, que exija preparación filosófica o de cualquier otro tipo. La gran mayoría de mitos presentados pertenecen a lo que llamamos “cultura general”, y tan siquiera haría falta ésta para seguir el texto. Obviamente, si se conocen, la lectura puede resultar más honda y menos interferida por las “sugerencias” del autor, es decir, mucho más abierta a la interpretación y contrastación personal. Por otro lado, tampoco el lenguaje empleado complica el acceso, sino que en todo momento parece adaptarse a ese “para todos los públicos” que no es otra cosa que “para el que lo quiera leer”. Entre otras cosas, ya el mito presenta sus propias complicaciones de oráculo como para enredarlo más aún en una red oscura de pensamiento, en una reflexión ardua y difícil. Ya decía Ortega y Gasset que no es labor del filósofo escribir mal, hacerse incomprensible para lograr gran talla intelectal. Goñi Zubieta también nos da su versión:

(…) el filósofo utiliza la razón, su medio de expresión es el lenguaje, no poético, sino sometido a las rígidas reglas lingüísticas.(…) está sujeto siempre a las leyes de la inteligibilidad.

Héctor Martínez

03.06.09

“ENTRE EL SILENCIO Y LA PALABRA”, ROF CARBALLO (III/FIN)

Publicado en Ensayo tagged a 22:00 por retratoliterario

Rof Carballo
Rof Carballo

Tras Kierkegaard, Proust y Rilke, Rof Carballo prolonga El poeta y el subconsciente -parte central del libro que trabajamos- con un atrevido ensayo sobre Rosalía de Castro y el alma gallega, el cual he querido comentar por separado de los anteriores, a pesar de su unión original. No es sorprendente y atrevido por acercarse a Rosalía, más recordada en Galicia que en el resto de la injusta España literaria, sino porque se trata de un texto en el que se quiere tocar lo más profundo femenino y lo más hondo del ser gallego, de la forma más desnuda posible:

El hombre prefiere la cosmética a que se le desnude, cosa que siempre indigna, aun al espíritu más filosófico, al que más se cree amigo de la verdad. Pero con una amable cosmética nunca ganaríamos una visión profunda sobre la verdad del alma gallega.

Dentro de los tópicos, Rosalía no es una excusa para ahondar en el epíritu galaico. Para Rof Carballo es fundamental saber primero la significación de aquélla en su tierra, al margen del repetido olvido imperdonable del resto del país:

Rosalía -se dice- es el cantor de la saudade, de la emigración, de la ternura, la defensa del segador desterrado en Castilla, una mezcla de varonil protesta por las desgracias de la raza y de sensibilísima delicadeza. (…) a través de ella se expresan una o varias de las más inefables dimensiones de nuestro propio espíritu.

Ya sabíamos que para Rof Carballo no es baladí esa tarea poética de expresar lo inefable. Dentro de ese canal, lo que subraya el autor es la presencia “varonil” junto a la “delicadeza” más femenina como conjunto propio del gallego. El propiamente gallego, dice Rof Carballo, no aleja de sí y su conciencia, tanto como los demás pueblos, la feminidad y la masculinidad que le configura. No hay temor a la parte femenina de uno, ni a la parte varonil de un:

El gallego reprime la feminidad inconsciente, pero como la teme menos que otros pueblos la tolera a una distancia menor de la conciencia. (…) puede permitirse no negarla porque su ideal del yo no es exclusivamente paternal.

(…) La mujer gallega, muy femenina, llena de ternura, no se siente obligada a reprimir su inconsciente masculinidad.  (…) su coquetería puede ser compatible con cierta energía.

El varón reprime, aunque menos de lo habitual, su femenino inconsciente y su carácter maternal; la mujer no siente, en cambio, necesario negar su masculinidad inconsciente. Opina Rof Carballo que, quizás, la mujer, al haber tenido que enfrentar también la labor del campo y la administración familiar como un varón más, ve natural su rasgo de virilidad. Ciertamente esto se podría decir de toda mujer de campo, no sólo gallega. Efectivamente, Rof Carballo señala la distinción entre la mujer gallega urbana y la mujer gallega rural, siendo la primera la que mayor presencia de feminidad muestra frente a la segunda, quien en algún momento se ve entregada a las duras labores y exigencias de la tierra. Digamos que madre y padre son, en sus caráteres, las imago paterna y materna, respectivamente, que configuran el espíritu del niño en un equilibrio de virilidad y femeninidad. Ahora bien, el problema de Rosalía es crecer con la ausencia del padre, con la única imago materna que debe suplir a la que falta en el otro lado de la balanza. Pero además, la misma imago materna carece del apoyo imprescindible de lo paterno. El equilibrio, en este caso, es imperfecto, tanto en la madre como en la hija. Rosalía construye su “alma masculina” con hilos de carencia:

Trenzó sola Rosalía su <<tea>>, tuvo que tejer ella sola su animus, su masculinidad inconsciente, algo que para ser perfectamente femenina es tan inexcusable e importante como para la varonía del hombre es su ternura, su feminidad.

Rosalía, se manifiesta en primera instancia con versos irregulares, a saltos, como un vagabundeo lírico, con un sentimiento de soledad cuyo acento es la ausencia; un vagabundeo sin saber qué se busca, apoyada en dos de los rasgos diferenciadores del alma gallega: la nostalgia -morriña- y la ternura. La morriña de algo alejado y que conlleva, esencialmente, una melancolía por siempre insatisfecha, desamparo por la originaria seguridad del paraíso de la infancia, de lo maternal y su característica simbiosis materno-filial, o de la distancia de la patria y la tierra -que son también Madre. Y es fundamental ese aspecto de “lejanía” en la morriña, pues el anhelo sentido sólo puede surgir cuando se aprecia el alejamiento respecto de lo que se echa de menos, punto importante para entender el fenómeno migratorio y nostálgico gallego, pueblo con una alta tasa de emigrantes.

Otra consecuencia arranca Rof Carballo respecto del juego equilibrante de las imago paterna y materna: es propio del alma gallega hacer valer el complejo de Polícrates, el temor al triunfo por su pérdida, por lo que supondrá en pago. El alma gallega tiende a no disfrutar lo dichoso, pensando en las consecuentes pérdidas que puede conllevar:

Este secreto de la última realidad del mundo que tácitamente creemos los gallegos llevar en lo hondo del corazón ¿no se perderá si triunfamos demasiado?

Se produce, de nuevo, una dualidad de mundo entre aquél, el del paraíso que permanece ignoto, y el real, hasta el punto de sentir el miedo a que la felicidad conseguida, el éxito logrado no se realiza en un mundo auténtico, en la realidad, pues el único mundo real es por el que padecemos la morriña nostálgica, la saudade (término hacia el que Rof Carballo va, poco a poco, desplazándonos y en el que se recogen los sentidos de soledad, melancolía por la ausencia, la añoranza y la falta de algo, las alegrías y las tristezas simultáneamente presentadas en un sólo sentimiento o pensamiento). Al respecto, ya vimos que Rosalía es la cantora de la saudade, símbolo de esa mezcla de nostalgia, abandono, virilidad inconsciente, canto de la ausencia, vagabundeo…

Pero el gallego y su alma poseen, apunta Rof Carballo, otro algo más, el secreto de superar la tragedia de Narciso, el poder de no ocultarse lo que de “sí mismos” otros no querrían ver y guardan como sombra subconsciente: ya lo odioso de ellos mismos, aunque también las posibilidades de realizarse; ya los miedos, las angustias, a la nada anonadante de la que habla Rosalía:

La Santa Compaña! El hombre gallego anima el paisaje nocturno de la Madre Naturaleza, de la Tierra Madre con espectros de miedos. Proyecta sus miedos subconscientes en el seno de su Madre y así los puede conjurar, igual que cuando era niño. Los fantasmas que pasean, en procesión, por la noche son un cariñoso símbolo de su propia Sombra[1].

El último rasgo al que dedica atención nuestro autor es, precisamente, el único que podía cerrar el libro: se trata de esa otra particularidad gallega junto a la nostalgia, la ternura, expresada en el habitual uso de diminutivos del alma galaica. Una vez más, en este caso con Galicia, nos vemos enfrentados, por un lado, al mundo interior inexpresable, del silencio, de manos de la poesía -Rosalía-, y por otro, a la esforzada expresión, la palabra, al habla:

Lo más interesante de la galaica ternura no es que exista, sino que no se disimule. Todo hombre tiene oculta una profunda ternura, pero la reprime como si se avergonzase de tenerla.

Habla Rof Carballo de la ternura expresada en dos modos: la caricia, como contacto afectivo corporal, sublimación del impulso sexual, pero también de la ternura que llega desde la musicalidad y melodia en las formas del hablar, ambas relacionadas con el aniñamiento, con la perspectiva del niño. De este modo, la ternura gallega en su melodiosa entonación y sus diminutivos entronca con todo lo expuesto anteriormente al aproximarnos a la infancia y la nostalgia:

Un lenguaje que emplea diminutivos en exceso, es decir, un lenguaje con una fuerte tendencia maternal, protectora, abre al hombre hacia una realidad que éste suele olvidar: la persistencia, en el centro mismo de su vida, de su infancia, como una nostalgia y como una realidad oculta

Pese a ello, Rof Carballo advierte más adelante del peligro de la otra cara de la ternura: la que puede hacer caer en “infantilismo”, en convertirse el adulto en un mero niño que fantasea. Así, Rof Carballo termina de anotar todos los riesgos de la peculiar alma gallega, verdadero objeto del estudio que nos presentaba:

Hemos ido viendo que la singular posición psicológica del alma galaica lleva anejos tremendos riesgos. Así, su tolerancia para el Ánima, el riesgo del masoquismo inconsciente, el de la complacencia en el sufrimiento; la acuidad de su nostalgia, el peligro de la pasividad, de la renuncia a la lucha viril, o bien, cuando ésta se acomete, de la renuncia al triunfo pleno y absoluto, el miedo al dominio de la naturaleza. Su familiaridad con la Sombra puede también llevarle a una moral excesivamente tolerante, comprensiva, que linda con la inmoralidad. Vemos ahora, por último, que la ternura puede conducirle -y, en efecto, le conduce- a la llorona sensiblería de las reuniones con coros y gaita, a agotar sus energías en una <> estéril y melancólica.

Cuando yo llegué a esto de los diminutivos, recordé la anécdota, real o ficticia, que nos contaba en la facultad el profesor de alemán, Juan Luis Winkow Hauser, sobre la forma fácil de evitar equivocarse con los artículos de aquella lengua: un amigo decidió hablar en diminutivos porque en la gran mayoría de casos usan el artículo neutro -al menos los acabados en -lein, -le, -chen-. Los alemanes advertían en el exceso, inmediatamente, la misma ternura gallega de la que hemos estado hablando, incluso sin la galaica melodía. Pero esto era más por necesidad del hablante que por la naturaleza de la lengua hablada y el pueblo que en ella expresa su alma. Sin embargo, resultó curioso leer estas páginas cuando hacia esas tierras me dirigía.

Héctor Martínez



[1] La parte final de Entre el silencio y la palabra, titulado Máscaras, fantasmas, mitos, tiene dedicado un extenso capítulo a la Santa Compaña, junto a otros mitos, su antropología etc.

02.18.09

“ENTRE EL SILENCIO Y LA PALABRA”, ROF CARBALLO (II)

Publicado en Ensayo tagged a 12:05 por retratoliterario

Rof Carballo
Rof Carballo

El poeta y el subconsciente conforma la parte central del libro que venimos comentando. En esta parte, lo primero y fundamental que cabe reseñar es la precaución de Rof Carballo, que ya mencionamos anteriormente, de evitar que se entienda su pretensión hacia el lado del psicoanálisis literario:

Lo digo (…)  para alejar de la mente de los que me leen la idea de que, con el pretexto del viaje de Rilke por el sur de España, vaya a hacer yo aquí una especie de patografía. La manera más segura de desconocer lo que es un hombre de genio es estudiarlo médicamente. (…) Cuanto desde el punto de vista médico o psiquiátrico se ha dicho sobre Rilke es tan bobo e infecundo como las mil tontería que los médico hemos solido decir sobre otras figuras de excepción.

Efectivamente, Rilke es un autor que se presta muy fácilmente a estudiosos buscadores de perfiles patológicos, desórdenes y desequilibrios. El autor de actitud extraña, de perfil raro, al que se le quieren encontrar perturbaciones bajo el mágico halo de la literatura y la poesía. Rof Carballo, sin embargo, une dos aspectos principales: el viaje a España de Rilke y su porqué:

Con sencillez, con modestia, Rilke se sintió en los últimos años de su vida (…) abrumado por la empresa de dar expresión a algo que existe en la naturaleza humana y que (…) podía alcanzar expresión verbal a través de él.

Tal y como en el anterior ensayo fue señalado, Rof Carballo ve en Rilke el escritor balbuceante. De hecho viene a centrarse en su viaje por España justo en el momento en que el poeta se encuentra en un “pozo seco”, falto de las palabras exactas para expresar lo infable. Precisamente por ello, Rilke pisará Toledo, Córdoba, Sevilla y Ronda. Como el Cela de Viaje a la Alcarria:

Rilke venía a España no a recoger impresiones de turista literario, ni siquiera (…) a buscar inspiración; venía (…) a resolver una dolorosa crisis que afectaba a lo más radical de su existencia (…) como hombre que no tiene más razón de vivir que la de responder con sutilísima vibración verbal al profundo eco que en él suscita este misterio que es el mundo en que nos encontramos y el hecho singular y extraño de que vivamos dentro de él.

El viaje de Rilke a España se emprende tras una sesión espiritista donde recibe el mensaje, la descripción que interpreta como Toledo. Para Rof Carballo, en aquella sesión Rilke está dialogando con su subconsciente, esto es, un rodeo ritual para, en realidad, escucharse a sí mismo y para abrirse a la erlebniss, contagiarse del mismo espíritu del mundo y la Naturaleza, a través de experiencias cuasi místicas de contemplación y trance:

 (…) el lenguaje es el mismo que los místicos emplean esforzándose en transmitir una experiencia suprasensible. Conmovido, (…) se da a sí mismo una respuesta que va a ser decisiva en la obra ulterior de Rilke: encuentra que ha pasado al otro lado de la Naturaleza. (…) Los objetos se le aparecen <<más alejados>> y al mismo tiempo, en cierto modo, también más verdaderos, lo que atribuye a que su mirada ya no se dirige hacia delante, sino que se diluye en un espacio virtual, del que luego se ha de hablar (…); en <<lo abierto>>.

Rof Carballo acerca el viaje silencioso de Rilke al silencio místico que funde al poeta con el mundo, y surte un cambio de actitud en el hombre: ya no se opone enfrentado a la realidad, sino que Rilke se descubre en el mundo, dentro y no enfrente. Es el descubrimiento que permite traspasar las puertas del misterio y, desde el silencio, buscar aquella expresión verbal de lo inefable:

De esta forma, el poeta llega a una vsión sobre el hombre que no se puede decir haya sido lograda con métrodos artificiales, con estupefacientes, como, por ejemplo, la mescalina; ni tampoco que es patológica, sino que se ha alcanzado por una rigurosa ascesis.

Lo que Rilke, según Rof Carballo que, a su vez, sigue a Guardini, ha alcanzado es una verdadera teoría del amor comparable a la platónica: late en el fondo del experimentar la erlebniss un encuentro con lo otro y, más aún, con el otro, el mundo y el prójimo. Y quien dice amor, dice también seducción, como vamos a poder comprobar con Zorrilla, Kierkegaard, Proust y Rilke, entrelazados en las distintas perspectivas que juega el papel del seductor.

El hilo conductor de El problema del seductor, título que da Rof Carballo al siguiente texto dentro de El poeta y el subconsciente es el contraponer la versión de Kierkegaard en Diario de un seductor y la versión de Zorilla en cuanto al mito del Don Juan o el seductor, intercalando la perspectiva del problema en Proust o Rilke. Así, mientras que el burlador de Zorrilla es un Don Juan al que importa la cantidad de conquistas, el juego y la apuesta, y no su trascendencia, el de Kierkegaard se basta con una sola conquista que deje huella eterna y durante la que quepa saborear el proceso de seducción. En Kierkegaard existe deleite frente al granuja, más hispánico por lo demás, de Zorilla:

Si el Don Juan trivial se nos presenta con el antifaz rosa del hombre que con garbosa facilidad conquista a las mujeres, el Don Juan trascendente se nos aparece, en cambio, con la negra máscara del hombre que las seduce, con el aspecto ambiguo, arlequinado de tinieblas y de luces, del seductor

Interesa más a Rof Carballo el Don Juan que seduce de forma trascendente, que lo paladea cual acto estético. A partir de aquí, dos notas van a ser importantes: el significado de “seducir” y su relación con lo estético y el arte.

Así, por un lado:

El seductor de Kierkegaard, es decir, el hombre que se-duce, que conduce por un camino extraviado, que tal cosa quiere decir etimológicamente seductor

Y por otro:

(…) el Don Juan de Kierkegaard, el seductor trascendente, es el mismo Don Juan de la ópera de Mozart. Don Juan es, según Kierkegaard, por esencia, absolutamente musical. Pero, al propio tiempo, absolutamente carnal.

Tales rasgos van a ser asimilados y relacionados con dos aspectos que vimos en el artículo anterior. Y es que, en un Don Juan musical como el de Mozart, es la música quien seduce, y no tanto con su sonido, sino con sus silencios:

¿Qué cosa es esta música del silencio? ¿Cómo puede ser posible que la esencia de la música consista en el silencio? (…) la máxima emoción de la música reside en ese momento expectante en que todo va a comenzar, en ese instante vacío de armonías, pero ya eterno, colmado de silencio.

Retornamos, con ello, a la teoría del silencio, pero esta vez, al psicoterapéutico. Un silencio que se-duce, aunque en muy otro sentido: no conduce por caminos extraviados, sino que busca enderezar el camino trazado:

De esta suerte el moderno psicoterapeuta (…) se ve involuntariamente enfrentado (…) con el problema de la seducción. Su técnica es (…) una técnica de seducción. (…) no de un llevar por caminos extraviados sino de un enderezamiento de la vida afectiva del enfermo.

¿Y Proust? ¿Y Rilke? En Marcel Proust identifica Rof Carballo una cuestión distinta a la de Kierkegaard: a Proust no le interesa el cómo de la seducción voluntaria, sino el porqué de la seducción involuntaria. Amado y amada se sustraen, huyen, se alejan, lo que provoca una reacción automática de seducción. Quien seduce, en Proust, realmente no lo hace con intención, sino a pesar de él:

(…) esta magia de la huida, de lo que se nos escapa, es quien enciende en el corazón humano la taumaturgia de luces embellecedoras en que, al fin de cuentas, consiste el amor.

En Proust el enamoramiento supone más una proyección, y por tanto, algo ilusorio, una fantasía erótica, cuyo carácter es, principalmente, insaciable. Rof Carballo describe la visión amorosa de Proust en la línea del placer en el sufrimiento, la espera continua de la traición y el engaño:

Por eso no ha de extrañar que en Proust la aventura amorosa se tiña inmediatamente de un nuevo carácter anómalo: la necesidad de sufrir y la satisfacción por el sufrimiento. El enamorado aguza por todos los medio posibles su capacidad para observar, en la mujer real, la impureza, el rasgo físico o psicológico qu defrauda, que le muestra al amante que es una ilusión

El Proust que ve Rof Carballo se alimenta de los celos, y con ellos se aviva el fuego apasionado dentro de la mera complacencia en el sufrir insaciable e insatisfecho.

Cuando Rof Carballo se centra en Rilke, descubre que al poeta no le interesa el seductor, ni el proceso, sino la huella indeleble y eterna en la seducida. Dicho con conceptos anteriores, el Otro es la entrada en lo Abierto. Es decir, la erlebniss de Rilke juega un papel central en lo que sería su teoría de la seducción o del amor.

La significación del Otro para Rilke sobrepasa (…) la de la simple relación personal o la relación de un yo con un tú. La máxima significación del Otro se pone de manifiesto en que sirve de pórtico a lo <>. (…) el acto amoroso no se detiene en el objeto amado, sino que lo traspasa, lo ilumina y encuentra en sí mismo su finalidad y su sentido. (…) por eso la Abandonada tiene más plenitud de amor que la Satisfcha

Podría sorprender la última aseveración de Rof Carballo, siempre justificado en el trabajo de Guardini. Ahora bien, estamos ante un amor trascendente, es decir, de algún modo irrealizable que, para Rilke, aproxima a la amada a una existencia superior. No es, por tanto, un amor que pueda resolverse en la cotidianeidad, sino que se le eleva por encima de ésta, de modo que la satisfacción amorosa quedaría en un nivel inferior:

Si Kierkegaard es fascinado por la imagen de Don Juan, Rilke lo es por la de la amante abandonada, ya para siempre fiel al seductor. (…) La grandeza del amor se inicia en el momento en que la enamorada no puede realizarlo de manera concreta; precisamente por no poder ser satisfecho en una persona real comienza a ser posible como trascendencia.

Rilke pone su acento, no en el seductor Don Juan, sino en la seducida y consumida por amor Doña Inés, la Regina Olsen de Kierkegaard. Las amantes, como amadas, son lo más alto dentro del capítulo amoroso.

Otro rasgo más que Rof Carballo aproxima al psicoanálisis acerca del mito donjuanesco, y en el que apenas podemos detenernos, es aquél que llama su atención hacia Edipo: En el Don Juan no existe madre; los personajes femeninos son, más bien las conquistas y seducciones, proceso durante el cual se va reduciendo y haciendo desaparecer la virtud femenina, las reservas, hasta quedar la “hembra”. Resulta, cuando menos, interesante, tocar las cuerdas de los complejos y ver en el Don Juan el intento de sustitución, o la búsqueda, de la madre inexistente, en las conquistas, y la humillación de la mujer, aunque al mismo tiempo se trate del intento de realización idealizada del paraíso infantil con los lazos del afecto maternal. Estos lazos, en la forma en que sean existentes en los autores vistos -ya de odio a la madre o de excesivo apego-, son aprovechados por Rof Carballo para asentar las teorías del seductor, de la seducción o del amor y el enamoramiento que han sido expuestas a tenor de Kierkegaard, Rilke y Proust, quienes en no pocas ocasiones dieron testimonio de su incapacidad para amar, siendo, como son, autores y hombres de la seducción.

Héctor Martínez

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