11.09.09

LUTOS EN LAS LETRAS (AYALA Y LÉVI-STRAUSS)

Publicado en Ensayo, Prosa, Unas noticias y otros tagged , a 20:15 por retratoliterario

F-Ayala

Francisco Ayala

Toda una generación de las letras, la que ha escrito las páginas literarias del s.XX que algunos enseñamos, se está marchando ante nuestros jóvenes ojos a pesar de las férreas voluntades de vivir. Francisco Ayala nos dejó, a la edad de 103 años con una aún más voluminosa y extraordinaria obra. Destacar alguno de los libros por encima de otros sería una gran injusticia, aunque en el caso sean dos en concreto sobre los que quiero centrar la atención como homenaje: por un lado, Los usurpadores (1949), y, por otro, El fondo del vaso (1962).

Los usurpadores es un conjunto de relatos en los que Ayala mezcló ficción y realidad, alternando lirismo y prosa, recreando el estilo propio de aquellos “eixemplos” medievales, o el lenguaje del Siglo de Oro al tiempo que se adaptaba a las temáticas predominantemente sociales y existenciales del medio siglo español. La intención de la obra es clara desde el comienzo, al definir “usurpación” como “el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo”. Distintas formas de poder y distintas formas de alienación, fechadas fundamentalmente en el Siglo de Oro para mostrar una condición humana atemporal -aquí coincido con Amorós al señalar que no existe evasión ni escapismo-, una lucha por el poder con sus consecuencias denigrantes, pero también con sus reveses a la manera de lección moral.

Ahora bien, en Los usurpadores encontramos también el inconfundible eco de Cervantes. Ayala, como aquél, se disfraza de un desconocido narrador, en cuyas iniciales le reconocemos, para prologar y poder incidir en cada texto, marcar y orientar al lector. Precisamente, la obra es posible contemplarla desde la perspectiva, no ya del Conde Lucanor, sino de las “novelas ejemplares” cervantinas y su humanismo tardo renacentista implícito, razón por la que subrayo esta obra entre las demás, siendo al mismo tiempo una de las primeras depués de largo silencio en que permaneció Ayala desde los años treinta.

El fondo del vaso (1962), cuyo comienzo lo tenemos en Muertes de perro (1958), prosigue la línea moralizante desde la profunda degradación humana, situándonos en una supuesta república hispanoamericana que vive bajo un régimen dictatorial. Con el género del dictador, muy trabajado en estas épocas como símbolo de protesta, Ayala puede descender desde la corrupción política y social hasta las inmundicias del hombre, próximo al esperpento valleinclanesco que mezcla inteligentemente con las técnicas de la caricatura, la parodia, la ironía y el humor. De nuevo Cervantes transita las páginas si observamos que al comienzo de la novela, el autor dedica un espacio a cierto repaso de la novela anterior con la que engancha, tal y como Cervantes hacía lo propio en la Segunda Parte de su Quijote. A la vez que recoge el espíritu cervantino, Francisco Ayala inserta técnicas contemporáneas como la inclusión de “recortes de periódico” en la segunda parte de la novela o el empleo de monólogos interiores en la tercera. Esto debe hacernos comprender que Ayala jamás fue ajeno ni a su tiempo histórico ni a su tiempo literario, y que supo conjugar el verbo de manera personal sin perder de vista el alrededor vivencial.

Debería hablar, por supuesto, de El jardín de las delicias (1971), Premio de la Crítica en 1972 y adaptada al cine. Probablemente una de las obras memorables para el lector y, precisamente, la que más admiraba, incondicional, Andrés Amorós. A Amorós le escuché en un ciclo dedicado a Ayala en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, sobre esta obra y su inspiración en El Bosco, pero también en el aspecto íntimo y biográfico del texto, como en la continuación de esa línea humanística de Ayala. Sin embargo, he preferido resaltar las dos obras anteriores, aunque muy conocidas, menos apuntadas que ésta. Bien podría haberme dejado caer por el lado ensayístico, del mismo modo abundante… y es que, ¡habría tanto que decir!… que a veces es mejor dar pinceladas y callar.

Sin duda, nuestras letras, las hispanohablantes -y digo tal porque Ayala tuvo los pies a cada lado del charco-, pierden con su falleciemiento uno de los últimos nombres que hacen entender el valor de esa tarea del escribir, de los últimos nombres que han adorado auténticamente a la musa y convertido a la palabra “literatura” en esa otra “Literatura”, con mayúscula, que rotula el frontispicio de cierto Panteón inmortal.

C-levi-strauss

C. Lévi-Strauss

Otro hombre centenario, esta vez de las filas de la antropología y la filosofía, fallecía pocos días antes que Francisco Ayala: hablo de Claude Lévi-Strauss, ligado intelectualmente al estructuralismo francés de la segunda mitad del s. XX y fundador de la antropología moderna. Su búsqueda de las estructuras elementales de la sociedad, el óseo rostro subyacente a la máscara social, y más aún al ser humano como objeto sometido a relaciones materiales, le llevaron a Brasil y a la observación etnológica de distintas tribus y pueblos poco “tocados” por la civilización, aunque sin la ingenuidad de pensar que podía presenciar un estadio verdaderamente primitivo del hombre -los pueblos vistos también tenían sus historia y su pasado, al margen de las civilizaciones-. Bajo esta reducción material, cosificación y exterioriación del hombre, propia del neomarxismo, contrario al historicismo y a los procesos conscientes, Lévi-Strauss indagaba la existencia de normas, reglas, esto es, “estructuras” más profundas, inconscientes, que pudieran ser el patrón de corte permanente de toda sociedad humana, actual y antigua. Por ello, el estructuralismo de Lévi-Strauss está fuertemente influido por el psicoanálisis de Freud y el materialismo ciéntifico de Marx, y, de alguna manera, supone una ramificación continuadora y sintetizadora de ambas formas de pensamiento bajo el espíritu positivista con que comenzó el s. XX.

Alguna vez ocurre que nos encontramos ante un relato mítico, o una leyenda, que, curiosamente, coincide con alguno de nuestra cultura. Más sorprendente es si no han existido relaciones entre ambas culturas, ni intermediarios. Quiere decirse que, con esto, puede suponerse que los planteamientos de otras culturas, en el espacio, y sobre todo, en el tiempo, no son muy diferentes de los plantemientos contemporáneos, o lo que es lo mismo, puede suponerse la existencia de un posible factor (o factores, elementos, estructuras..) común e inconsciente bajo el que vivimos y esquematizamos nuestras relaciones. El caso es que somos prisioneros de las estructuras, pre-existentes a nosotros, que asimilamos y por las que operamos. Lo fundamental es que dichas estructuras racionales de sentido nos son necesarias mientras que apenas las percibimos, esto es, nos es necesaria la alienación y probablemente no sea posible hablar de “irracionalismo”, pues hasta lo más irracional esconde una estructura. Efectivamente, el estructuralismo, evita el historicismo, el subjetivismo e, incluso, la fenomenología. No le interesa el hombre interior ni sus procesos de consciencia, sino el hombre en tanto que hormiga, o en tanto que cualquier otro ser natural, prisma bajo el que estudia cualquier otra ciencia con tal rango. Sin embargo, en el caso de Lévi-Strauss, el estructuralismo se arrojó a la caza platónica del Universal y abandonó la materia, y nos ató a una desesperante decadencia destructiva de la que no podemos escapar. Esto último le convierte en hijo de su tiempo, heredero de una época poco proclive al optimismo humanista y a los finales felices tras la degradación de las guerras y del Holocausto.

Ayala y Lévi-Strauss, cada uno a su modo, mostraron lo más desagradable del hombre a sus propios ojos y es cuestión nuestra mirar hacia otro lado, tomarlo en consideración, o refutarlos, si fuera posible.

Héctor Martínez

10.17.09

“EL AGUJERO”, STEFAN MITROI

Publicado en Prosa tagged , , , a 15:30 por retratoliterario

Portada

Portada (Trad. Portugués)

El año pasado se publicó, gracias al trabajo de Dan Caragea, la versión portuguesa de la novela Gaura (2004) de Stefan Mitroi, con el título O Buraco, Água viva, Água morta -”El agujero. Agua viva, Agua muerta”, en español-. Precisamente es esta traducción, con portada del artísta pintor Romeo Niram, la que he tenido oportunidad de leer sin demasiadas dificultades, por lo que la recomiendo mientras no exista versión española de la novela.

Son varios los elementos que se entremezclan en esta novela. Sumergidos en la cotidianeidad de una aldea, Purani, Mitroi comienza el relato con el siempre misterioso halo de una maldición: todas las mujeres que se casan con un varón de la familia Preducel, terminan abandonadas dando a luz un varón que, a su vez, repetirá la historia con otra desafortunada. Todos los varones marchan de viaje y no vuelven. Pero, ¿qué sería de una aldea sin las habladurías y rumores? La maldición se ve envuelta de toda una suerte de historias acerca de qué les ocurrió a los Preducel, desaparecidos y sin que se volviera a saber de ellos. Esta imaginación de los vecinos surte un efecto en la novela: nos introduce en sucesos extraordinarios que van creando el ambiente a la historia que se nos narra, el viaje del último de los Preducel, Anghel, casado con Paulina y con un hijo, Sebastián. Un viaje extraño, sorprendente, que parece repetir, una vez más, la conocida maldición: Anghel, pocero, empieza una noche un agujero por debajo de la tierra, interminable, kilométrico, durante años, donde desaparece y del que sólo vuelve contadas veces, porque según avanza en su labor va siendo más difícil retornar. Sus pretensiones son un auténtico secreto para gran parte de la aldea y para el propio lector. De nuevo, las habladurías y rumores: va en busca de la Fuente de la Vida, el agua milagrosa que confiere una eterna juventud. Cierto o no, la aldea de Purani se ve revuelta ante la posibilidad de tener el mágico líquido al alcance de su mano. Y el lector se encuentra rodeado completamente de hechos fantásticos y fabulosos.

Stefan Mitroi (Lucian Tudose/Rompres)

Stefan Mitroi (Lucian Tudose/Rompres)

Stefan Mitroi emplea todo este marco para evidenciar ciertos temas actuales, como por ejemplo, el aprovechamiento político de la ingenuidad del pueblo, además de las inherentes consecuencias existenciales. Los más viejos del lugar se desesperan, e incluso creen en ello cuando Ciocanel, burócrata filósofo, utiliza los medios de comunicación para dar veracidad al rumor que corre de boca en boca como un mito ancestral. Todos en la aldea creen en la existencia de la Fuente de la Vida porque “lo han visto en la televisión”. La irracionalidad de la búsqueda o del mito, y la aún más irracional fe ciega en la “caja tonta” sirven para que Ciocanel salga elegido Alcalde en las elecciones. Tras ello, una serie de desgracias arrecian en la aldea: un devastador terremoto, una tremenda sequía, un torrencial diluvio y el ataque sanguinario de insectos, asolarán la aldea y los campos. Ciocanel, en esta ocasión, usará a Anghel Preducel y su agujero como cabeza de turco al que echar las culpas de tanta desgracia.

Junto a la ácida crítica de la realidad o el paisajismo de la población, son de subrayar el humor que Stefan Mitroi introduce por medio de la pregunta filosófica, no sin cierta ironía, el lirismo de gran parte de la novela como si estuviéramos ante un verdadero poema en prosa, y la fuerte presencia del mito. En cuanto al humor, destaca el personaje de Ciocanel, al comienzo del libro, como Secretario de Cámara, que atormenta a la población con sus interrogaciones filosóficas cada vez que un aldeano se acerca al despacho necesitando una certificación o documento sellado -nacimientos, matrimonios, defunciones…-. Las cuestiones planteadas son de este tenor: ¿Por qué las hojas de los árboles son amarillas en otoño y verdes en primavera? ¿Por qué del Girasol no sale nunca trigo? ¿Cómo la hierba verde se transforma en leche dentro de la barriga de la vaca? ¿Cómo cabe todo el roble en una bellota? ¿Por qué los peces no se oxidan si están todo el día dentro del agua?

En esos dias Ciocanel estaba muy feliz. ¡Dios mío, como buscaban ellos, tan minuciosamente, los significados ocultos del mundo! ¿Por qué los oceános son oceános y de donde vino toda esa inmensa cantidad de agua… Por qué los americanos y los rusos no consiguen atrapar los relampagos para usarlos los unos contra los otros como un arma?… Sería algo más poderosos que una bomba atómica o que los cohetes com ojivas nucleares (…). Y porque los actuales monos siguen siendo monos y ya no se transforman en seres humanos?
- Por que no les interesa. No te das cuenta que hay cada vez más hombres que se esfuerzan por transformarse en monos. Esto revelea que es más conveniente que sea así y no al contrario.

El lirismo, por ejemplo al narrar la muerte del tío Toma:

Anghel aprendió el oficio más rapidamente de lo que Toma pensara. Parecía que lo intuía. Poco timepo despues, el tío comenzó a ganar el color de la tierra en la que había cavado pozos toda su vida y, después de algunos días de sufrimiento, se mudó, con las manos descansando sobre el pecho, dentro de ella.

Pero, sobre todo el lirismo está presente en las cartas de Anghel Preducel, cobrando en intensidad cuando se descubre el gran secreto mítico. Anghel se encuentra con los Preducel desaparecidos bajo tierra, y con toda la historia de los muertos de Purani, quienes, mueran donde mueran, terminan por habitar el suelo profundo de la aldea. Este encuentro con los espíritus se narra poéticamente:

No creas que ellas están en algún oscuro agujero. Al principio, cuando las encontre, no entendí bien lo que iba a suceder. Yendo más hacia abajo, vi un gran prado bajo mis pies, el cual, si tener cielo por encima, estaba iluminado. La luz provenía del fondo de la tierra. Era una luz tenue, sin brillo. Abandoné las cuerdas y dí algunos pasos sobre la pradera. Ví a lo lejos, casi imperceptible, una especie de niebla, pero, después de acercarme, comprobé que eran unas blancas toallas que flotaban a poca altura, ahora para un lado, ahora para el otro, sin llegar a tocarse. Después percibí que la luz venía de ellas. Vi que alguien me llamaba. Mi corazón debería haberse detenido por el susto, pero no sentí ningún miedo. Algunas de esas toallas de nebulosa leche se aproximaron hacia mí y tomaron forma de personas. Persona de vapor, mejor dicho.

Sin cielo ni infierno, los muertos viven bajo la tierra, la misma tierra en la que son enterrados. Ningún Preducel abandonó a sus mujeres, sino que, al contrario, las amaron apasionadamente. Si no volvieron, fue porque el destino se cruzó en su contra. Especialmente curiosa es la historia del bisabuelo Gheorghe Preducel, único hombre que conocía la lengua de los animales y las plantas, y que un día de febrero, como cada año, marchaba hacia el bosque a visitar al Santo Vlasie junto al gran Roble donde éste vivía. Allí también se reunían todos los animales del bosque para cantar la llegada de la primavera. Era un verdadero milagro. Pero el Santo, sintiéndose ya sin fuerzas, pasó el testigo a Gheorghe. Otros antepasados se vieron envueltos en las duras circunstancias de guerras.

Las cartas de Anghel aportan el último rasgo que quiero señalar: el romántico. En ellas se contienen expresiones de amor, además de ser escritas en el mundo subterráneo de los espíritus, durante un periplo de evasión, tan próximo a los tonos del Romanticismo.

El agujero -Gaura en rumano, O Buraco en portugués-, es una novela breve, lírica, romántica y realista, atravesada de costumbrismo y mitología legendaria, donde podemos observar el talento de Mitroi para manejar las imágenes fabulosas propias del género infantil al que también ha estado consagrado, desde el cuento hasta el teatro. Se trata de un autor único en su especie y su literatura, cuya introducción en España merecería ser estudiada con detenimiento.

Héctor Martínez

10.09.09

“LA AVENTURA”, P.F.A. MARTÍNEZ MARTÍNEZ

Publicado en Prosa tagged , a 11:51 por retratoliterario

Porada

Portada

Si yo le hablo al lector de un hombre que lo deja todo, toma su lenta y frágil montura, se pone un casco ridículo en la cabeza y se dispone a recorrer varios pueblos y tierras de España a la busca de aventuras, pensará que se trata del famoso hidalgo metido a caballero andante, aquel medio cuerdo y medio loco que frisaba los cincuenta con el seso sorbido por las singulares hazañas de palmerines y amadises. Ahora bien, si el rocín flaco es una endeble motocicleta, el yelmo de Mambrino una chichonera, el hidalgo un matemático, y el camino no transcurre por La Mancha sino hacia Compostela, tendremos a un viajero de cuyo nombre nuestro autor no quiere acordarse, lanzado a la aventura sin plan, aunque con el camino definido. Estaremos ante la novela La Aventura (2002), escrito por P.F.A. Martínez Martínez, familiar mío algo lejano en lo genealógico y en lo físico, primo de mi fallecido padre y residente allá por tierras holandesas. Tuve, años atrás, su dirección y teléfono de Holanda, cuando por primera vez salí a Europa y la preocupación paterna me lo apuntó en un papel por si me viera en algún aprieto. Estrechaba su mano un año después de la edición de la novela, en el funeral en memoria de mi padre, con pleno desconocimiento de la existencia del texto. Hoy me encuentro con la novela en las manos, recién leída y hablando de ella.

Efectivamente, tiene evidentes rasgos quijotescos:

Sí, atrevimiento porque ahora, la víspera de su salida, caía en la cuenta de que iba a empezar una aventura quijotesca, sólo que casi cuatrocientos años después de la verdadera, de la famosa. Y no se trataba de proteger doncellas, enderezar entuertos, o de patear las veredas de La Mancha, sino de recorrer caminos interiores y responder a preguntas no formuladas. Ahora comprendía mejor el aliento, los arrestos de Don Quijote al cambiar el cobijo y la comodidad de su casa, la vida ordenada y la compañía que le ofrecían el ama y su sobrina, por la soledad de la estepa desierta bajo un sol de justicia, el frío de la noche, el hambre, la risa conmiserativa y las humillaciones.

Pedro Martinez

Pedro Martinez

Es un viaje, una aventura, interior y exterior. Se recorren las geografías de la tierra y del alma, se atraviesan los senderos que en Compostela atracan como caminos que llevan hacia un horizonte más inmaterial. También cierto tino noventayochista, a caballo entre la crónica y la ficción, los problemas de España, la reflexión filosófica y la que suelo llamar “metafísica” de la vida cotidiana, es decir, el misterio de las tan normales relaciones humanas. Es lógico todo ello al estar ante una obra inserta en la literatura del viaje y la aventura, eco moderno de los relatos homéricos.

No es una novelita cualquiera, de las que sirven para pasar el rato. Lo advertimos desde las primeras páginas, donde Pedro Martínez toma la iniciativa de marcar el rumbo, la directriz del tema, con una lírica y honda definición de “Aventura” que subraya y engloba las intenciones de la obra:

La aventura… punto focal donde el presente se condensa, crisol donde los futuros posibles se transforman en un solo pasado concreto. Halo de luz que ilumina lo nuevo, lo inesperado, lo no sometido al desgaste de la rutina diaria.

Estos son los arrestos de Don Quijote, su verdadera locura: enfrentarse a lo nuevo e inesperado, abandonar su tranquila y rutinaria hacienda, contando sólo con el desnudo de sí mismo, su soledad frente al entorno -al menos en la primera salida-. Es el sentido de vivir una aventura el renunciar a vivir con un futuro proyectado e indefectible, salir del seguro refugio donde todo es esperable, el sentir a flor de piel el presente que nos cruza, que de punto pasa a extenderse con sorpresas en cada rincón. Éste es el trayecto del anónimo viajero sobre su motocicleta, termine o no en Compostela.

¿Serían suficientes las tres semanas de vacaciones que tenía reservadas? Si todo salía a pedir de boca, sí. Pero entonces apenas quedaba tiempo para las ciudades, para la aventura. ¿Es que llegar a Compostela seguía siendo lo principal? El viajero no lo sabía. En realidad, ¿qué es Compostela? ¿Es solamente una ciudad de granito gris, allá en la brumosa Galicia o es un ideal que el iniciado puede encontrar en cualquier colina, en cualquier recodo del camino? Compostela lejana, ¿es que llegaré a ver alguna vez la silueta de tus torres?

La “metafísica” de la vida cotidiana se escenifica, sobre todo, con las vacaciones de una pareja de matrimonios belgas como segunda acción que, a su vez, se divide en otras dos acciones más -una por pareja-. Riñas, feminidad, engaños e incluso una buena dosis de erotismo y sexualidad, de infidelidad concertada, bien llevados y trabados, aderezan la novela alternando con la historia del anónimo y peregrino viajante, con sus peligrosas vicisitudes y reflexiones. El contraste moral creado, entre virutd y vicio, por efecto de la suspensión de la vida cotidiana mediante la aventura, consiente que el lector juzgue las actitudes e incluso se mire en el espejo. Dicho con más llaneza, ¿por qué estando de vacaciones, en tantas ocasiones cambiamos nuestro comportamiento o nos desinhibimos de quienes somos o lo que habitualmente hacemos? ¿Por qué al abandonar temporalente la rutina y el espacio en el que solemos vivir, abandonamos también los criterios de entonces por otros? Ello sin entrar en el debate maniqueo del bien y el mal, sino, más bien, en la liberación de los grilletes que con la cotidianeidad nos imponemos. Advirtamos también que el anónimo viajero, el peregrino quijotesco, de igual modo se ve inmerso en actos de los que no valora su corrección, sino su novedad, verdadero beneficio que recibe a cambio de participar en ellos.

En tercera persona, la novela mantiene un ritmo narrativo regular, sin excesivos altibajos que la aceleren o refrenen -exceptuando algunas partes de acción, más rápidas-, dentro de una combinación de registros culto y coloquial, técnico en ocasiones, relajado y más próximo al intercambio oral en otras, especialmente en los diálogos, con gran riqueza de vocabulario. En el caso de los matrimonios belgas, llama la atención que el autor empleé el error gramatical para reflejar que se trata de personas que no conocen bien la lengua española. Abunda la descripción, en planos generales la mayoría de las veces, sobre todo paisajes naturales, focalizando detalles concretos que quieren ser resaltados, por ejemplo, al tratar cada uno de los templos que en el Camino de Santiago vamos recorriendo. Junto a ello, son de subrayar las introspecciones, el detenimiento en pensamientos, varios al modo de monólogos interiores, que en todo momento sostienen la coherencia de las reacciones y de las relaciones de los personajes, y por lo que nos mantenemos informados en todo momento del mundo psicológico de cada uno. Introspecciones que también realiza el narrador con digresiones reflexivas y opinativas sobre acontecimientos y temas de muy diversa índole, vitales y existenciales, sociológicos y antropológicos, ahondados en la última parte del libro:

El problema de cumplir un programa es que, cumplido, hay que encontrar otro o inventarse otro porque, si no, nos quedamos con las manos vacías y la vida parece inútil (pero… entonces, ¿es que la vida consiste solamente en “hacer”…? ¿Dónde quedó la alegría de existir por existir, la alegría de estar vivo? ¿Esa alegría básica, elemental, tan visible en los animales, en las sociedades humanas que viven en mucho peores condiciones económicas que nosotros?)

Es posible que el lector tenga la tentación de querer más libros de Pedro Martínez. Será una tentación sana, a la que quiero aconsejar: tenga cuidado para que no le ocurra como en la anécdota le pasó a aquella reina que leyó la Alicia de Lewis Carroll y pidió todas las obras del autor recibiendo acto seguido un Compendio de Geometría. Y es que Pedro Martínez es médico y lo mismo se sorprende el lector al encontrarse con un Tratado sobre Anatomía del Sistema Nervioso -Neuroanatomie (1983)-, sin duda otra gran aventura, para la que no todos estaríamos preparados.

Héctor Martínez

09.21.09

FANZINE SUBJETIVO LIBRECONFIGURACIÓN

Publicado en Ensayo, Poesía, Prosa, Unas noticias y otros tagged , , , a 18:02 por retratoliterario

Portada LC

Portada LC

En febrero de 2005 salía el primer número del Fanzine Subjetivo Libreconfiguración. Yo me subí al carro dos años más tarde. Estaba reciente la publicación de Conversos, fragmentos de una antología futura (Ed. Antígona, 2006) y su presentación en la FNAC. Hoy, Libreconfiguración ya va por su número 15, de próxima aparición, y ha dado lugar al surgimiento de la Asociación Cultural Libreconfiguración. Por sus páginas han pasado y pasan escritores, poetas, músicos, pintores y fotógrafos de muy variado estilo, decantados hacia una obra libre y de vanguardia, e inmersos en un sinnúmero de proyectos culturales y actos que reflejan su espíritu artístico. No hay más que citar a Quino, a Xurde Portilla, a David Torrico, a Carlos G. Torrico, y a Pedro Gilthoniel, o eventos como los Contubernios líricos de Luarca o proyectos como el Experimento Colector.

El Fanzine actúa como nexo de unión entre nosotros, sobre todo para mí, que me mantengo en una discreta lejanía. Gracias a la publicación mantengo el contacto con los poemas y textos de Fernando Pérez de Blas, Antonio Albiol, Iván de la Casa, o Sergio Lorente. Y gracias a su existencia, a la vez, yo escribo y voy dando a luz, desde 2007, las composiciones y poesías que, de otro modo, se habrían quedado en algún cajón, olvidadas incluso por mí. Tiene, desde luego, la poesía contemporánea, la joven y la novel, un aliado en Libreconfiguración, validando los versos de Bécquer: “siempre habrá poesía”, aunque, en este caso, aquello de “podrá no haber poetas”, es falso. Los hay, claro que los hay. Quiero pensar que he mencionado varios de ellos. Quiero pensar que soy uno de ellos.

Portada LC-10

Portada LC-10

No se trata de una ingenuidad artística. Libreconfiguración sabe bien el terreno que pisa, en el que se mueve y escribe. No es ajeno al ambiente, pero no lo es, subjetivamente. Quiero decir: la conciencia del momento literario que se vive late en Libreconfiguración a través de los trabajos de los autores y artistas, por medio de cada una de sus secciones, pensamientos, versos, imágenes. Dicha toma de conciencia la podemos leer en su presentación:

(…) cuando los ingenieros han perdido su talento entre los billetes falsos de un gran baul, cuando son talados los árboles del sentido común en nombre de alguna causa injustificada, cuando el lenguaje carece de significado, es hora de ponerse manos a la obra. Cada uno a lo suyo, construir un nuevo abecedario y colorear los pálidos escenarios de la cotidianeidad.

El espíritu de un movimiento para el que las vanguardias y neovanguardias del s.XX fueron prolegómenos vigorosos, late en las profundidades de Libreconfiguración. Sea el hecho de que, ignorando si podemos hablar de “burguesía”, es incuestionable la crisis social en que vivimos; sea el hecho de que, de nuevo, las revistas no oficialistas, independientes, albergan una actitud crítica y rebelde continuadora de aquel espíritu contra-racional, de sospecha y devastación del lenguaje, de creación, de color sobre el grisáceo tono que colectivamente respiramos. Quepa recomendar, por ejemplo, la lectura de Emoción y arquetipo de Carlo. G. Torrico, en el número 5, de Indicios de otra racionalidad, en el número 2, de Densidad poética de la realidad, en el número 10, ambos de Pérez de Blas, mi, perdón por la autocita, Parménides tiene prohibido bañarse, en el número 11, o incluso el prólogo de Antonio Albiol a Conversos…. Todos ellos, más los que no cito, junto a los poemas y canciones, pinturas y fotografías que ilustran las páginas, son alientos de una reacción, de una piedra tirada en el oceáno a la espera de ver las ondas convertidas en olas que mueren en la playa y renacen con cada nuevo lanzamiento. Es un espíritu que se renueva constantemente, porque no cabe en él la permanencia.

Portada LC 11

Portada LC 11

Probablemente sea el más clásico de todos. El más próximo a otros siglos, aunque cercano sólo a las rupturas de entonces, que es lo que venimos a llamar literatura, lo que muchas veces se enseña en las aulas con harto aburrimiento. Aún así, quepo en Libreconfiguración. Todo cabe, no por relativismo, sino por libertad de creación, porque el patrón de corte son los autores y artistas, no la ideología, no lo externo al creador. Quince números y el buen trabajo de los amigos de Libreconfiguración lo atestiguan.

La puerta, la salida, la vía de escape, que no de evasión, hacia el frente de batalla, la ventana abierta que supone Libreconfiguración para liberarnos del apolillado ambiente de la caverna humana y su rutina, merecía desde hace tiempo un hueco en Retrato Literario. Para ellos va este artículo, y para cuantos quieran entrar a formar parte… entre ellos, tú, lector.

Héctor Martínez

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07.14.09

“LA VOLUNTAD”, AZORÍN

Publicado en Prosa tagged , , a 18:57 por retratoliterario

J.Martínez Ruíz, Azorín

J.Martínez Ruíz, Azorín

Hará unos meses, hojeando el cuaderno de literatura de un alumno al que presto refuerzo, me encontré que, en el tema de la Generación del 98 y bajo el nombre de Azorín, aparecían dos frases: “No logró demasiado éxito” y “se trata de un autor pasado de moda”. Ciertamente sorprendido, le pregunté al chico y me confirmó que eran, en su literalidad, los apuntes de la profesora de Literatura. Nunca hubiera supuesto yo que tales juicios pudieran ser apuntes sobre un escritor -por cierto, en la ESO- y, menos aún, sobre el mismo Azorín. El alumno me preguntó que si ambas cosas eran ciertas, por qué le estudiaban. Yo sólo pude responderle ante aquello que su profesora no parecía tener en gran estima al señor Azorín. Por dentro me guardaba dos enfados: uno, el más grave, sentar catédra al respecto con alumnos de secundaria; dos, el más personal, juzgar a Azorín bajo prismas como el de la moda y el éxito. Amén de que estas cuestiones ya vienen contestadas en el mismo La voluntad:

Si alguna vez eres escritor, Azorín, toma con flema este divino oficio. Y después… no creas en la crítica ni en la posteridad (…) Cuando hablan de gentes que llegan y de gentes que fracasan, sonrío… Fíjate en que hoy el público ha cambiado totalmente; no hay público, sino públicos, sucesivos, rápidos, momentáneos. Un público antiguo era un público de veinte, treinta, caurenta años… vitalicio. (…) hoy durante la vida de un litarato se suceden cuatro o seis públicos. Y de ahí lo que llamamos fracasados, de ahí que un escritor nuevo y vigoroso al año 1880 sea un anticuado en 1890… No importa que el escritor no suelte la pluma de la mano, es decir, que no deje de comunicarse íntimamente con el público; el fracaso llega de todos modos. (…) el fracaso lo da el público (…) Un artista que no vive para el público y por el público, ¿cómo ha de fracasar?

Efectivamente, los públicos han cambiado, y mucho, y muy rápido, de decenio en decenio. Tanto es así que los escritores, los de verdad, deberían plantearse esto de escribir “para y por el público”, puesto que, entonces, deberían ellos, a su vez, variar de rumbo, de estilo, de formas, en un vaivén que termina por matar lo literario. No soy un adorador de Azorín, pero jamás sería capaz de sostener la moda y el éxito en su contra cuando lo puesto en juego tiene una raíz mucho más profunda. Junto al Unamuno de la novela ensayística, de las nivolas, está el Azorín de los ensayos novelísticos. La mezcla de ambos géneros, dando mayor peso a un extremo u otro, deja entrever la genialidad de estos autores, su espíritu renovador y rupturista con el estilo decimonónico.

Un lector de hoy se verá sobrepasado por tener entre sus manos una novela sin argumento, sin trama, incluso sin un diálogo ágil. Una novela que desprende en catarata ideas y ambientes, pensamientos y emociones, estampas de forma impresionista, a pinceladas breves pero adjetivalmente intensas. Poco después de las líneas que he citado, escribe Azorín:

- Lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje… Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje… (…) para mí el paisaje es el grado más alto del arte literario… ¡Y qué pocos llegan a él! (…)
-Observo, maestro, que en la novela contemporánea hay algo más falso que las descripciones, y son los diálogos. El diálogo es artificioso, convencional, literario, excesivamente literario.
- (…) Dista mucho, dista mucho de haber llegado a su perfección la novela. (…) Ante todo, no debe haber fábula…; la vida no tienen fábila: es diversa, multiforme, ondulante, contradictoria… todo menos simétrica, geométrica, rígida, como aparece en las novelas… (…) Y así el personaje, entre dos de esos fragmentos, hará su vida habitual, que no importa al artista, y éste no se verá forzado, como en la novela del antiguo régimen, a contarnos tilde por tilde, desde por la mañana hasta por la noche, las obras y milagros de su protagonista.

La novela de Azorín persigue crear “estados de conciencia” por medio del paisaje, a saltos de sucesos de los personajes, con toda la incoherencia que la vida tiene de real. Precisamente, en lo que omito de esta última cita, Azorín critica la descripción por comparaciones como un artificio infantil, el diálogo fluído como una farsa pues el habla oral cotidiano está lleno de pausas e incorrecciones. Censura por lo primero, un párrafo de Blasco Ibáñez y su Entre naranjos, carente de la plasticidad necesaria para crear el paisaje y anudarlo a la conciencia, comparándolo con un párrafo de Baroja y su La casa de Aizgorri -siempre se ha señalado que el fragmento tomado de Baroja estaba cuidadosamente seleccionado al efecto. En segundo lugar, Azorín encara la Gitanilla cervantina, chica presumiblemente sin estudios, pero con una dicción elegante en el diálogo que no debería corresponderle. Junto a Baroja, el otro que sale bien parado de toda esta competición literaria es el Arcipreste de Hita con sus adjetivos. Azorín, con ello, está dándonos la concepción de la propia novela que escribe: piénsese, por ejemplo, en las descripciones deshabitadas, lentas, melancólicas de Yecla en la primera parte, asociadas a los pensamientos solitarios, pesimistas y vitales de Yuste. El paisaje enmarca y prepara al lector para la parte ensayística e ideológica de la novela.

Junto al paisaje, el elemento autobiográfico del “yo”, la identificación estética y subjetiva del noventayochismo, queda plasmada desde el momento en que el autor asume, precisamente, el nombre del protagonista como apodo literario. Personaje y autor compartirán así la desidia, el hastío y la amargura, bajo esa máxima identidad que dará el salto del personaje a la realidad extraliteraria.

Mucho se habla de la influencia del irracionalismo, del pesimismo y del vitalismo, sobre todo, de Schopenhauer y Nietzsche -al margen de Montaigne-, recogida por el noventayochismo. Si hay una novela prototípica en este sentido de la literatura del noventayocho, es, sin duda La voluntad. Ya el título nos inclina hacia el centro de la disputa: ¿qué voluntad, la ciega y pesimista de Schopenhauer o la de poder de Nietzsche? Cabe decidirse por ver la del primero, la voluntad del mundo, sumergiendo y ahogando al protagonista en el fatal nihilismo que no podrá abandonar (véase las palabras de Yuste al morir):

Y sentirse vivir es sentir la muerte, es decir, la inexorable marcha de todo nuestro y de las cosas que nos rodean hacia el océano misterioso de la Nada…

La obra se organiza en tres partes (más prólogo y epílogo): formación en el medio rural, paso por la ciudad y vuelta al mundo rural. En ninguno de los dos espacios va a encontrar Azorín respuestas al vacío, sino, peor aún, mayores problemas, constatación de la asfixia vital. Durante la formación, el texto se ve rodeado de la religiosidad del padre Lasalde y el clérigo Puche, de la interminable construcción de una nueva iglesia -narrado en el prólogo-, frente a las disertaciones filosóficas, desesperadas, de Yuste, y el aprendizaje ideológico y amoroso de Azorín, enamorado de Justina. Ella tomará el camino equivocado y no acudirá a los brazos de Azorín, sino a ingresar en el convento.

Justina es ya novicia: su Voluntad ha muerto

Con esta sencillez, el autor declara la confrontación entre la religión y la Voluntad del individuo. Justina es la primera víctima de la novela, al menos en lo que a la voluntad se refiere. La segunda será el propio Yuste, el que asienta las bases del pesimismo, el sinsentido, la desconfianza en el hombre y el absurdo -recuérdense sus palabras al morir- durante toda esta primera parte, que empieza con una descripción paisajistica de amanecida en Yecla y terminará con la noche.

En la segunda parte de la novela, el autor sitúa a Azorín en Madrid. La incursión en la ciudad sirve de reclamo para la crítica a la política -por ejemplo al lema ilustrado “Egalité, Liberté et Fraternité” o a Pi y Margall-, al periodismo y a la literatura contemporánea, salvedad hecha de Baroja -representado en el personaje de Olaiz-, frente a un Mariano José de Larra o, de nuevo, un Arcipreste de Hita. La ciudad, pintada por el autor entre monótonos blancos y negros, grises, -el motivo funerario del caballo blanco, de los coches negros, el ataúd negro, otros coches blancos-, o el rojizo de Las Ventas, defrauda aún más existencialmente a Azorín, que culmina con una absoluta negación de la humanidad sumida en el automatismo, en el vanitas vanitatum y el Eterno Retorno nietzscheano -del que sólo nos salvaría el no tener conciencia de su eterna repetición.

La tercera parte anuncia la caída en la nada de valores e ideales del personaje. Azorín vuelve a Yecla cuyo contraste con Madrid supone el descubrimiento del vacío, lo abúlico y la falta de actividad, la sumisión a políticos aprovechados, el desencanto con los libros -o, mejor dicho, con la lectura- o la pérdida de la figura del aldeano español en los pueblos. De ello se deriva el Epílogo: tres cartas del autor a Baroja, sobre un tal Azorín casado, abúlico, olvidado de la lectura y la escritura, que, poco a poco, se va convirtiendo, en la segunda carta, en la descripción del ambiente lamentable en Yecla y sus gentes, hundidas en la desidia, el egoísmo y la nada, incluidas las gentes como Yuste -fallecido en la primera parte repentinamente-, quienes, dedicados a la reflexión también viven con su voluntad anulada:

(…) evitando la reflexión y el autoanálisis -matadores de la Voluntad-, se conseguirá que la Voluntad resurja poderosa y torne a vivir…, siquiera sea a exprensas de la Inteligencia.

Como vemos, al ser una obra tan colmada de digresiones y pensamientos, los temas alcanzan una variedad pasmosa: desde el absurdo de la vida, pasando por el fracaso de la regeneración española, la inutilidad del arte, la desconfianza en el hombre, el contraste antiurbano pueblo-ciudad, la crítica religiosa o el propio tema metaliterario de la escritura. El clima es de pura decadencia y de hastío social y existencial.

Una de las mayores críticas que se suelen lanzar a esta obra y a este autor es tan ignorante como estúpida: el vocabulario. Y digo ignorante y estúpida porque, precisamente, el lenguaje empleado y el vocabulario son uno de los mayores logros de La Voluntad, ya sea por la riqueza expresiva, ya por la precisión y claridad, ya por esa incansable búsqueda y muestra del diccionario “terruñero” y “olvidado”. Como digo, tan estúpido como censurar y derribar a un Garcilaso de la Vega por su lenguaje renacentista. Cosa bien distinta es que Azorín llevara al extremo la renovación de la novela, y compusiera una obra como ésta, la cual rompe, todavía, los esquemas de muchos lectores y críticos, como los rompió respecto del estilo asentado del movimiento realista y naturalista. Baroja y Unamuno -a pesar de las críticas de las que surgió el notable término de “nivola”-, son más legibles y menos rebeldes en las formas y estilos. Azorín arriesgó más sobre los límites, provocando, en más de un académico de ayer y de hoy, la perfecta repulsa asentada en una excusa sobre la capacidad creativa. Otros, simplemente, aducen las posiciones ideológicas y políticas, aunque, con alguna vergüenza, las encubran con argumentos literarios. Afortunadamente, Azorín no escribía para ellos.

Héctor Martínez

06.25.09

“EUGENIA GRANDET”, BALZAC

Publicado en Prosa tagged , , a 13:03 por retratoliterario

Honoré Balzac

Honoré Balzac

Muy habitualmente, los profesores de literatura enseñamos que Romanticismo y Realismo son dos movimientos diametralmente opuestos y enfrentados. Algunos -no todos- sabemos que esto no es absolutamente cierto, pero así lo decimos para facilitar al alumnado el aprendizaje de los rasgos más relevantes de cada uno donde, ciertamente, sí existe ese enfrentamiento. Eugenia Grandet, novela del proyecto de la Comedia Humana, es un ejemplo de que Romanticismo y Realismo pueden unirse, mezclarse y combinarse y dar como resultado una obra inestimable dentro de la historia literaria.

De este modo, en Eugenia Grandet damos con descripciones detallistas de tintes líricos, conducidos por la omnisciencia en tercera persona del narrador que nos introduce, desde lo más general de las ciudades de provincia -Saumur-, hasta las calles, deteniéndonos ante la puerta de la “Casa Grandet”. Una vez allí, va desgranando la historia de la casa, de la fundación de la familia Grandet y presenta a cada uno de los personajes, física y moralmente, al tiempo que introduce la trama simple de la novela: una muchacha por casar, dos pretendientes y sus familias, avaricias y codicas familiares, un amor más soñado que real, y la frustración final. Del entorno llegamos hasta los individuos, enmarcados en lo burgués. Toda la galería de personajes recibe en estas primeras páginas sus descripción física y moral, sin que pase desapercibido el tono de ternura y comicidad que Balzac impone a la presentación de la criada Nanon:

A la edad de veintidós años, la pobre chica no había podido colocarse en ninguna casa debido a su rostro repelente; y en verdad que ese sentimiento era bien injusto, ya que el mismo rostro hubiera sido muy admirado encima de los hombros de un granadero de la guardia.
(…) Para una muchacha del campo que en su juventud sólo había conocido malos tratos, para una mendiga recogida por caridad, la risa equívoca del tío Grandet era como un verdadero rayo de sol. (…) Desde hacía teinta y cinco años, se veía siempre llegando descalza, cubierta de harapos, frente a la tonelería del señor Grandet, y oía siempre cómo éste le decía: ¿Qué quiere usted, guapa?, y su agradecimiento era eternamente joven.
(…) ¿Quién no diría también?: ¡Pobre Nanon! Dios reconocerá a sus ángeles en las inflexiones de la voz y por sus misteriosas pesadumbres.

Rematando este cuadro de Nanon, Balzac añade a la descricipción:

(…) un ser hembra tallado como un Hércules, asentada sobre los pies como un roble de sesenta años sobre sus raíces, ancha de caderas, de espalda cuadrada, con unas manos de carretero y una probidad tan vigorosa como su virtud intacta. Ni las verrugas que adornaban aquel rostro marcial, ni el color aladrillado, ni los brazos nervudos, ni los andrajos de Nanon asustaron al tonelero, que se hallaba aún en la edad en que el corazón se estremece. Entonces vistió, calzó, alimentó a la pobre muchacha, le dio un sueldo y la empleó sin maltratarla demasiado

Me detengo en este personaje porque no me cabe duda que su primer pasaje es el anzuelo de la novela. Gasta Balzac un tono jocoso, tierno, irónico y cruel al mismo tiempo, uniendo dos personajes tan dispares como uña y carne para toda su vida. Le basta a Balzac detener las descripciones de la poca feminidad física, de la poca fortuna en la vida, de la condición miserable de Nanon, en el preciso y justo instante para decir -y lo hace varias veces-: ¡pobre Nanon! o ¡pobre muchacha!. Y ese “pobre” torna en un valor de incalculable contraste para saltar de unos tonos a otros, logrando el compadecimiento del lector, moviéndole momentáneamente a risa. En general, junto a Nanon, tanto Eugenia y su madre, los tres personajes femeninos principales, son tratados por Balzac con una extraordinaria amabilidad.

Es una historia amorosa atravesada por la cruel codicia del dinero y del poder. Ahora bien, un tema tan destinado al romanticismo, donde habría de surgir esa tendencia narrativa de interiores de espíritu, en Balzac adquiere el relieve del provincianismo burgués exterior y la arrogancia parisiense. La avaricia extrema de un acaudalado tonelero, la caza de dotes, la ruina de un heredero, se van turnando frente a la generosidad de una hija dispuesta a no escatimar migas de pan o piezas de mantequilla por amor. Avaricia y sentimientos, representados, por ejemplo, en la muerte de Guilleaume Grandet, hermano del tonelero y padre del primo desheredado. El tonelero Grandet cavila cómo dar la noticia al sobrino en estos términos:

Grandet no sentía ningún embarazo para informar a Charles de la muerte de su padre, pero experimentaba una especie de compasión al saber que no tenía un céntimo; buscaba una fórmula que le permitiera dulcificar la expresión de esta cruel verdad. Decir: “Ha perdido usted a su padre”, no era nada. Los padres mueren antes que los hijos. Pero en la frase: “Se halla usted sin recursos de ninguna especie”, está condensado todo el infortunio de la tierra.

El dinero se manifiesta más importante que la muerte del propio hermano; más importante es la noticia de estar sin blanca, que tener que transmitir la muerte de un padre a su sobrino. Un sobrino nada apreciado, sobre todo, por su ruina y su desgracia. Balzac aprovecha la oportunidad para opinar y centrar el núcleo de la novela:

Los avaros no creen en una vida futura, el presente lo es todo para ellos. Esta consideración, proyecta una horrible claridad sobre la época actual, en la que, más que en cualquier otro tiempo, el dinero domina las leyes, la política y las costumbres. Instituciones, libros, hombres y doctrinas, todo conspira para minar la creencia en una vida futura, sobre la cual está apoyado el edificio social desde hace mil ochocientos años. Ahora, el féretro es una transición poco temida. (…) El pensamiento general es llegar por fas o por nefas al paraíso terrenal del lujo y de los goces vanidosos, petrificarse el corazón y macerarse el cuerpo (…). Cuando esta doctrina haya pasado de la burguesía al pueblo, ¿qué será del país?

La lectura no resulta solitaria. De continuo uno va leyendo rodeado por un mar de murmuración, por el cotilleo y rumor de un pueblo que vive cada suceso en la casa Grandet, dividido entre cruchotinos y grassinistas, es decir, por los apellidos de las dos familias pretendientes de Eugenia, los Cruchote y los de Grassins. Sorprendentemente, Balzac adelanta parte de la trama cuando identifica un grupo nuevo: los que pensaban que Grandet no entregaría a su hija ni a una ni a otra familia, sino a algún par de Francia. Y llegará un par, el mencionado sobrino Charles, con los lujos puestos, enamorando a Eugenia, pero sin herencia. ¿No suena, una vez planteada la circunstancia privilegiada del dinero, al antiguo y permanente “amor imposible” literario? Es el Charles hundido, dolorido, el que encandila a Eugenia:

Es posible también que la desgracia le hubiese acercado a ella. Charles ya no era el joven rico y guapo, colocado en una esfera que para ella resultaba inasequible, sino pariente sumido en una espantosa miseria. La miseria origina la igualdad. La mujer tiene de común con el ángel que los seres que sufren le pertenecen.

El mismo Charles que el señor Grandet no quiere cerca de su hija, enviado a las Indias a rehacer su fortuna. Sin dinero, mal partido para Eugenia. Y de nuevo, emerge la generosidad de Eugenia regalando su dinero al primo que marcha sin fortuna, pero con promesas de amor eterno. Como es de esperar, a cada golpe de generosidad, responde dialécticamente en la novela, un golpe de avaricia. Sobre Eugenia cae un encierro por castigo, salvado al final por la muerte, primero de su madre y después, inesperadamente, por la de su padre. Eugenia tiene ahora las riquezas del avaro, pero no tiene su espíritu -tan sólo conservará lo que se ha hecho costumbre-. Balzac se ha ocupado de señalarlo unas páginas antes:

Así fue como el padre y la hija habían contado cada cual su fortuna; él, para ir a vender su oro, Eugenia, para lanzar el suyo a un océano de afecto.

Ella es capaz de entender la utilidad del dinero en la caridad, frente a un nuevo antagonista: su propio amor Charles, a la caza de mujer por interés económico, ignorando, irónicamente, la nueva situación de aquella Eugenia a la que juró su amor.

El estilo realista de Balzac se aprecia en esta novela, fundamentalmente, en dos puntos: el didactismo moral, por el que para algunos se justifica que, siendo el tacaño tonelero el carácter más fuerte de la novela, sin embargo ésta lleve por título el nombre de la hija; por otro lado, la presentación de personajes “estandar”, universalmente válidos, una vez más, sobre todo, entre padre e hija. La avaricia del señor Grandet tiene tal presencia a lo largo de toda la novela que es casi imposible no recordar el, hasta entonces, mayor avaro de la literatura francesa: el Harpagon de la comedia de Molière. Sin embargo, en Balzac, la avaricia convive con su prima hermana: la codicia de una buena parte de los personajes, incluído el propio señor Grandet. Son dos rasgos de la pescadilla y su cola: el avaro que hace por no gastar nada de lo que codiciosamente acumula, símbolo de la burguesía. Ese es precisamente el marco de la novela, razón por la que el señor Grandet se extiende por sus páginas como fondo de la desventura de Eugenia, frágil contrapeso de la balanza frente a avaros y codiciosos. Eugenia, no me cabe duda, es símbolo de un pueblo que, sin estar envilecido, corre el riesgo de venderse a la visión burguesa de un egoísta Grandet “amasafortunas” -recordemos las palabras de Balzac de líneas antes sobre el futuro del país si el pueblo se empapara de la doctrina burguesa que nos muestra en la novela.

Quepa añadir que, si bien Eugenia se casará y será viuda del heredero de los Cruchot, los que apostaron por él -los cruchotinos- no acertaron: el señor Grandet, que jugó con las intenciones de las dos familias en lucha por la mano de Eugenia, jamás entregó la mano de su hija -¿más avarcia?-. Murió como el más rico del cementerio, como solemos decir, y su fortuna terminó por emplearse debidamente por una heredera que perdió todo lo demás.

Héctor Martínez

06.14.09

“EL SUEÑO DE LAS NUEVE NUBES”, KIM MANJUNG

Publicado en Prosa tagged , , a 18:59 por retratoliterario

Portada libro

Portada libro

Muchos piensan que la literatura oriental tiene su valor en el exotismo que representa para Occidente. Buscan, generalmente, lo distinto en ella, como si de otro mundo completamente diferente se tratara. Luego importan el resultado de su búsqueda como quien partió a tierras desconocidas. ¡Cuánto no pasarán por alto! Un ejemplo es Kuunmong este sueño de nueve nubes recientemente traducido al castellano. Es cierto que en esta novela sorprende la facilidad con que un personaje puede encontrarse con ninfas, dragones, maestros, y reencarnaciones, sin demasiada recreación lírica en ello. Pero también es cierto que, siendo contemporánea de nuestro Barroco, sorprende aún más encontrar tópicos literarios como el “Ubi sunt?”, el “Tempus fugit”, el “Beatus Ille”, el “Homo viator”, el “Locus amoenus” y el clásico “la vida es sueño”, todos juntos en Oriente. Y entendiendo la palabra “tópico” por lo que significa -lugar común-, puedo asegurar que el Kuunmong es una novela apta a la inteligencia occidental que renuncia discriminar lo oriental como mero exotismo místico.

El argumento: un monje budista inmerso durante toda una noche de primavera en el mismo sueño que otras ocho ninfas. Sueño inducido por un maestro budista con la finalidad didáctica de hacer valer los principios del Budismo ante el Confucionismo. El sueño se introduce por medio de una reencarnación, donde el protagonista recorre los principios éticos de las desigualdades del confucionismo que mantienen un equilibrio y una paz social. La vida del protagonista en la reencarnación onírica recorre desde la clase más humilde hasta convertirse en un alto cargo y héroe nacional, perteneciente a la familia imperial, con dos mujeres y seis concubinas -las ninfas- que se van uniendo a su vida a través de sucesivos encuentros, todos ellos poéticos. Al final se vuelve, se despierta, y se decide la entrega total a Buda por parte de los nueve frente a la banalidad de la vida entregada al placer.

El tema del sueño permite gran variedad de elementos. Para empezar, la estructura circular del relato, con principio y fin en el mismo punto. En segundo lugar, logra trasladar la idea de vida como viaje, aunque fugaz e ilusorio. No son pocas las veces que en la novela se juega al engaño, al disfraz y se declara nuestro calderoniano “la vida es sueño” -en el siguiente pasaje, al protagonista se le ha engañado con la muerte de una de sus mujeres, y él, enterado, engaña a su vez fingiendo ver fantasmas-:

-Pensaba encontraros en el otro mundo, en vez de veros aquí. ¿Seguro que no estamos soñando todos?
Yeong-Yang respondió:
- Nada de lo que ha ocurrido es un sueño.

Del mismo modo, prácticamente al final de la novela, leemos al Maestro budista:

Dices que has tenido un sueño en el cual reinabas en el mundo de los hombres bajo los designios de la Rueda de la Reencarnación: con lo cual quieres decir que el mundo de los sueños y el de los hombres son algo distinto. Veo que aún no has despertado del todo. Zhuan Zhou soñó que era una mariposa, pero luego fue incapaz de determinar si él soñó que era una mariposa o si la mariposa soñó que era él; ¿quién puede asegurar qué es sueño y qué es realidad?

No hay una realidad y un sueño claramente identificados. La respuesta real es un “y quién sabe…”. Jugando con el sueño y la realidad tenemos nosotros, por ejemplo, a Don Quijote, a Calderón, a Descartes. Debería sonarnos el asunto.

Sin embargo, el relato se aparta de lo que podríamos considerar la literatura moderna al presentar personajes estáticos y sin evolución, extremadamente idealizados en la perfección. Relamente, si quiera a lo largo de la novela hay lugar para el error o la equivocación, propiamente dichos. Asistimos, por tanto, a una realidad estandarizada, incluso fantasiosa, más cercana a nuestros textos medievales de caballeros virtuosos y valientes, planos en su totalidad, o incluso hacia la épica griega de Homero. En cambio, las costumbres que se representan o las normas que se mencionan, tienen su fondo histórico y real.

Ahora bien, el núcleo fundamental no es su realismo o ficción, su exotismo, su idealización etc., sino, más bien, la oposición y tensión entre dos pensamientos como el Confucionismo y el Budismo, y la setencia del primero como dedicado a una vida ilusoria. El confucionismo no se ocupa de dotar de sentido a la vida, no conlleva un pensamiento metafísico, sino la armonía vegetal, animal y humana según doctrinas morales. En concreto, el hombre es un ser social que no puede desarrollarse de forma aislada, sino dentro de la jerarquía social y moral de la familia. De este modo, siguiendo todo el protocolo, el protagonista se dedica a su ascenso social destacando en la poética, la música, la cultura, la guerra, que le hace merecedor, en cada caso, de subir un peldaño. A ambos lados de la vida terrenal regida por el confucionismo, está el budismo -principio y fin de la novela- donde leemos:

Aquí vivía el Primer Ministro Yang con sus mujeres. ¿A dónde habrá ido a parar su fortuna y la exquisita belleza de sus mujeres? ¿Queda algo de todo aquello? ¿Cómo no rendirse ahora a la fatuidad de la vida? Ésta no dura más que un solo instante.

Dentro de una línea cuasi-lógica, el “Tempus fugit” reclama un “Locus amoenus” y un “Beatus ille”, la vida que pasa en un instante, exige la retirada a un lugar agradable y una vida beata, antes de caer en el absurdo del “Ubi sunt?”, del “qué fue de…” todo lo logrado en el instante de la vida, todo lo que luego se pierde manifestando su existencia temporal y caduca. Surge ante nosotros otro tema bien conocido de la literatura y la filosofía de todos los tiempos: “vanitas vanitatum, et totum vanitas”:

Las máximas aspiraciones de cualquier persona que viene al mundo son: disfrutar de una larga vida, alcanzar una buena posición social y, por último, convertirse en un miembro de la nobleza.
Cuando se logra todo esto, ?qué más cosas se pueden desear en esta vida? (…) la obsesión por amasar gloria y fortuna, ¿no es acaso el origen de los conflictos más crueles de este mundo? (…) Parece que el hombre no es lo bastante sabio como para contentarse con lo que tiene ni sabe poner límites a su afán de poder.
Yo, vuesto humilde servidor, (…) he superado mi vanidad.
(…)
Concededme, Majestad, el permiso para retirarme a una vida privada de modo que pueda dedicar el resto de mi existencia a cuidar las tumbas de mis antepasados. (…) Os imploro que me autoricéis a retirarme al lugar donde nací.

A este logro de la literatura clásica coreana, tal y como dicen “primera novela moderna de Corea”, hay que reconocerle la magistral mezcla de prosa y verso. Antes de la novela propiamente dicha, la literatura oriental se desarrollaba en verso. Kim Manjung escribe y entreteje una novela que rinde tributo a toda la tradición literaria y no olvida los orígenes poéticos. Leemos de continuo rodeados de poesía, de versos que se escriben unos personajes a otros, de comparaciones con grandes literatos antiguos, siriviendo la naturaleza de propósito identificador: sauces, urracas, melocotoneros, primaveras…, todos los elementos naturales iluminan el talento poético de los personajes en declaraciones de amor o concursos y competiciones, junto a la valoración de sus caligrafías -elemento clave en las culturas no occidentales.

Al lector occidental pordrá llamarle la atención la continua ebriedad de los personajes, el erotismo implícito y la poligamia practicada. No es algo extraordinario en la época de la novela, tampoco para occidente. Entre sueños, experiencias oníricas, engaños, borracheras, fantasmas y espíritus, se debate alguna realidad que es sueño, y algún sueño que es realidad. A todo ello, de común acuerdo en toda cultura, hemos venido a llamarlo literatura.

Héctor Martínez

06.10.09

“ARIZA” MARTÍN CID E ISABEL DEL RIO

Publicado en Prosa tagged , , a 12:50 por retratoliterario

Portada Ariza

Portada Ariza

Fui a la Feria del Libro, en el Retiro. De caseta en caseta, eché un vistazo. Nada. Algunos de los que allí estaban son nombres que enseño en mis clases de literatura. Me paré en una determinada, la del Grupo Alcalá -creo que la caseta 303-, y allí, por fin, me hice con un ejemplar de Ariza, novela de la que, unos artículos atrás, prometí hablar. La tomé en mis manos, pretendí bochornosamente que me la cobrara una chica que estaba allí firmando su libro -porque creí que era la vendedora-, y, después de pagar a la persona correcta, pude empezar a leer.

La gran particularidad: hay que darle la vuelta al libro. Y como dije, hace pocos días, en la presentación de Un siglo de cenizas, esto no es baladí, no es un mero capricho literario para llamar la atención -podría serlo, pero no lo creo así-. Entonces no pude extenderme sobre ello. Ahora, en cambio, puedo explicarme. Estamos tan acostumbrados a que el libro se lee de izquierda a derecha, desde la portada que ya nos indica la dirección de lectura y la posición del libro, que nadie repara en que esto no es algo fijado por ley natural alguna. Igual que en el espacio no hay arriba y abajo -carentes de un punto de referencia ni de límites, por el momento-, en un libro no existe razón para que haya delante y detrás, principio y final como puntos distintos en los extremos de una lectura lineal. Igual que los espejos nos devuelven izquierda y derecha intercambiados, los capítulos de la novela nos alteran la usual forma de leer. Quiero decir, nos parece extraño, pero lo vivimos a diario, cotidianamente, en el espejo del baño en el que nos miramos para “arreglarnos” los estropicios con que vinimos al mundo y que al mundo parecen no gustarle. A diario nos regimos por relojes -ya quedan menos- cuyas agujas dan vueltas en redondo, empezando y acabando el día, la hora, y el minuto, exactamente en el mismo punto. Es natural para nosotros el ciclo de las estaciones, la rotación y traslación de la tierra y del resto de astros, los ciclos lunares, las ruedas de los automóviles, las rotondas y plazas… ¡Hasta existen las líneas circulares de metro y autobús! ¿Por qué ha de extrañarnos que un libro empiece y termine en el mismo sitio, si lo importante es si nosotros estamos en el mismo punto de partida o algo ha cambiado? Siempre nos dirán que un ángulo de 0º, aunque representado en el mismo punto, no es igual a un ángulo de 360º. El último implica una vuelta, un movimiento, un viaje. Y yo seguiré insistiendo: siempre que se viaja, se viaja para volver, aunque creamos que no nos hemos movido, o pese a que nos encontremos al final, en el punto de partida. El movimiento, como dijeron los griegos, no sólo es traslado. Quiero decir, el movimiento, no sólo se demuestra andando. Y, sin embargo, dentro de este círculo, en la novela hay una línea fundamental: la línea Valladolid-Ariza, línea que Isabel y Martín van curvando literariamente sin que deje de viajar por todos sus puntos, a día de hoy, a pesar de estar totalmente clausurada desde la mitad de los años noventa. He oído decir que, tras años de peleas, los políticos habían decidido reabrirla con el peso principal del enoturismo, pero las últimas noticias que leo, del pasado mayo, reflejan que todavía todo está parado. Quizás tenga la novela ese matiz de denuncia por un abandono injustificable, por un hacer oídos sordos a la reivindicación de la zona:

Eugenio Escudero había luchado por la unión de la Meseta Norte. La línea Ariza era la esperanza para toda una comunidad, para toda una generación y para todo un país. Ariza sería el símbolo que aglutinaría a España, que la haría entrar en Europa.

Martín Cid-Isabel del Río

Martín Cid-Isabel del Río

Ariza es para el lector, efectivamente, un viaje de ida y vuelta, un movimiento transversal -como la propia línea ferroviaria Valladolid-Ariza-, un camino que cruza más el tiempo que el espacio: un juego con las tres dimensiones temporales hasta hacerlas prácticamente desaparecer, confundirse. Juego que convierte a los personajes en algo así como apátridas intemporales en medio de los cien años del mundo que se recorren en la novela:

Tú y yo no tenemos patria…, alguna vez quisimos una, pero no estamos hechos para España o para Ariza: nuestro horizonte es más grande.
(…)
- ¿En qué año estamos? -preguntó Carlos
¿Y a quién diablos le importa? Rieron todo el trayecto, y recordaron momentos felices, aún más felices.
(…)
(…) a veces el tiempo es como un espejo, un libro leído en dos sentidos.

Sus autores, Martín e Isabel, lo dirán continuamente: Ariza es tiempo -¿les servirá la intuición machadiana “palabra en el tiempo”?-, Ariza es historia -los cien años (1895-1995) de una línea ferroviaria, también los cien del siglo XX vallisoletano, español y europeo-, Ariza es un viaje que puede empezar en cualquier vagón de naranjas. Ariza es espejo y reflejo, sombra:

A veces -dijo el espectro- sueño con un libro que comienza de nuevo, sueño con que miro, a través del espejo, mi propia sombra. Sueño con una melodía que se vuelve a retomar y con la finca. A veces, sueño mi propia imagen.

El personaje principal es Aegis, escudo y espejo al mismo tiempo, que regaló Atenea a Perseo. Escudo que protege, pero que también refleja a las gorgonas letales, a las Medusas. En Ariza también hay Medusas, también hay Acrisios que temen a sus descendientes y los alejan de sí queriendo evitar lo inevitable -los destinos trágicos-, también hay Perseos que desean proteger a sus madres, que vuelven a su lado, madres que no mueren sino que siguen “luciendo” en cada página, a cada momento, desde otras orillas. La familia Escudero-Olidella-Medina se nos tinta con el color del mito, de la tragedia griega, con sus partes, con su oráculo, su fatalidad, su Coro -Ariza, a partir del Capítulo X-. Con ello alcanza la fuerza lírica a la que se ha ido llegando paulatinamente, sin mermar el carácter narrativo, ganando también en el tono romántico de misterio, fantasmas, espíritus, noches -Zorrilla, o el adelantado Shakespeare, con su Ofelia-Diana-:

Sólo buscábamos. Era mi amiga, jamás la traicioné. Sí, la hiciste creer en fantasmas. Existen, aunque no queramos creerlo. No es tan absurdo, sólo hay que saber mirar. Te he observado, Miguel, también tú puedes…

Pero Ariza también es música y pintura y arte -Chopin, Debussy, Mozart, Beethoven, Picasso, Velázquez, Goya, Rodin-. La música se anuncia, como la guerra. Se hacen presentes en el mismo capítulo, mientras se abandona la pintura. La Guerra Civil termina como si cesara una música, tiempo durante el que alguien aprende, desde lejos, a recorrer la escala y pisar los pedales, a interpretar nocturnos. Los antiguos cuadros no se venden:

Soy incapaz de deshacerme de estos cuadros. Tuve la oportunidad de vender algunos y no pude, era como si me robarán el alma.
(…) El oleo seco no se quita. Permanece, es bello

Junto al espejo de la coqueta, junto a Aegis, otro personaje se vuelve fundamental: un Pitágoras pintado, que permanece en el húmedo sótano, que como cualquier otro cuadro, no se vende. Aunque no es Pitágoras, es el número. Estamos ante doce capítulos, simétricos, en dos grupos de seis: reflejo un grupo del otro. El Doce (1+2=3) que es múltiplo de tres. El seis que es divisor de 12, múltiplo de 3 y primer número perfecto pitagórico, es decir, primer número que es resultado de la suma de sus divisores, número que representa la procreación y la familia. Tres mujeres o tres parcas, tres nietos, tres estaciones -Grande, Esperanza, Chiquita-, es el tres la unidad y dominio del espíritu sobre la materia, la trinidad del tiempo -pasado, presente, futuro- con la que juega la novela, y también el plano, el mundo, la armonía -como entiende la novela el concepto de “simetría”. El tres, a su vez, representa el triángulo, primera figura perfecta, primera perfección, por ejemplo, el triángulo equilátero: la sagrada tetraktys (1+2+3+4=10=1+0=1) formada por 10 puntos que son la unidad, con su pentagrama místico inscrito, la estrella de cinco puntas (3+2=5) que representa al hombre y el imperio del espíritu sobre la materia -volvemos al tres-; pentagrama, símbolo de la salud, que se forma trazando las diagonales de un pentágono regular, o lo que es lo mismo, con tres triángulos isosceles -volvemos al triángulo, volvemos al 3-. Pero el cinco tiene mayor importancia pues es el número menor cuyo cuadrado es igual a la suma de sus catetos, origen del primer triángulo rectángulo, divino para los pitagóricos, símbolo del matrimonio, centro de la tetraktys. El cinco -matrimonio, lo másculino y lo femenino-, número circular como el seis -procreación y familia-, como Ariza: porque sus potencias vuelven a él. Quiero afirmar con todo ello algo tan simple como que en Ariza de Isabel y Martín triunfa el espíritu, o, como me firma Isabel:

Ariza signfica “Esperanza”. Es el tren que lleva a esa estación que es el principio de la vuelta, el momento en que todos nos encontraremos.

¿Será todo número, como afirmaban los pitagóricos? ¿Será verdad que la naturaleza se escribe con caracteres matemáticos, como enseñaba Galileo? ¿Será un tren que vuelve, vida, en el plano del mundo donde suceden matrimonios y procreaciones, y donde ha de triunfar el espíritu?

Héctor Martínez

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05.31.09

LOS CUENTOS DE LU HSÜN

Publicado en Prosa tagged , , , a 16:31 por retratoliterario

Lu Hsün

Lu Hsün

Un día que pasé por la Rafael Alberti, me acerqué a un pequeño rincón, habitual ya en muchas bibliotecas, donde se depositan e intercambian libros gratuitamente. Sobre la mesa, entre otros, encontré uno titulado Diario de un loco, del autor chino, Lu Hsün. Lo recogí con cierta curiosidad, pues lo único que yo había leído, por entonces, de tierras orientales, era el poemario Epítome de Sil-la de So Jong-Ju (Corea del Sur), del que ya hablaré otro día.

El libro contenía, en realidad, tres relatos: Diario de un loco, La verdadera historia de Ah Q y La lámpara eterna. Los tres relatos son, efectivamente, la historia de un “loco”, o, mejor dicho, de alguien a quien se tacha de “loco”; los tres relatos manifiestan una abierta crítica a la tradición, social y literaria o a una política que consideró decadente. Es más, la obra de la que hablo fue, para él, una herramienta para defender la necesidad de una reforma lingüística, abandonando el chino clásico, o el uso de los carácteres chinos, en favor de la lengua vernácula, como en el caso de Diario de un loco, o la grafía “latinxua sense wenz” -chino latinizado-. Por otro lado, concebía la literatura como instrumento de reforma y compromiso político de izquierdas. Por ello, fue muy exaltado y aclamado desde el maoísmo -aunque también se las tuvo con el comunismo chino a raíz de sus vínculos con el Japón-, y ha sido muy fuertemente criticado por el escaso valor literario de sus escritos -quizás por concebirlo políticamente, centrado en la idea y no en la forma-, de los que se suele rescatar, acaso, los que tenemos hoy en las manos. Hablemos de cada relato por separado.

Diario de un loco, de mismo título que la obra de su admirado Gógol, por cierto, es un relato breve y simbólico. El relato nos llega, al ser un diario, en primera persona y trece capítulos breves, mezclando aires románticos y autobiográficos junto al idealismo y crítica a la tradición. Un hombre acude a visitar a dos amigos, hermanos entre sí, tras enterarse de que uno de ellos sufría una grave enfermedad. Pero sólo encuentra al mayor de ellos que le comunica el restablecimiento del enfermo y le entrega dos cuadernos que aquél escribió durante su padecimiento:

Tomé el diario y al leerlo descubrí que mi amigo había padecido de una especie de manía persecutoria. Estaba escrito de un modo incoherente y confuso, y contenía muchas afirmaciones absurdas; para colmo, no había ninguna fecha, y sólo por el color de la tinta y las diferencias en la caligrafía se podía deducir que el diario había sido escrito en épocas distintas. He copiado algunos fragmentos no del todo inconexos, pensando que podrían servir de material para un trabajo de investigación médica. No he cambiado una sola palabra de este diario (…) En cuanto al título, lo eligió el mismo autor después de su restablecimiento. No he querido cambiarlo.

Sólo en este primer párrafo hay varias ironías: la caligrafía cambia e indica distintas épocas; la alusión a una ciencia médica que el propio Lu Hsün abandonó; y el hecho de que el autor no se haga responsable, sino que se desentienda del título con la palabra “loco”, y que lo adjudique al propio enfermo, una vez restablecido, precisamente. ¿Acaso no estuvo loco?

El enfermo veía caníbales en todos los hombres de su alrededor, devoradores de carne humana, pero carroñeros, como las hienas, esperando que muera la víctima. El orgien de su canibalismo está en:

Nunca esta gente, que ha sido llevada a la picota por los magistrados, golpeada por los señores locales, estos hombres a quienes los jueces les han arrebatado a sus mujeres y que han visto a sus padres suicidarse para huir de los acreedores, nunca han mostrando tanto terror ni tanta ferocidad.
(…)
Ahora comprendo el veneno que se esconde en sus discrusos, su risa cortante. Tienen dientes de una blancura deslumbrante: son devoradores de hombres

Hay un primer miedo, el que impone la manía persecutoria: “¿qué puede impedirles devorarme también a mí?”. Pero también un segundo miedo: “si se puede comer un pedazo de ser humano, ¿qué impide comerse a una persona entera”? E inclsuo un tercero: “¿Habré yo comido carne humana?”. El descubrimiento de este “loco” que ve cómo los maltratados por el régimen local-feudal se han convertido igualmente en caníbales, aunque temerosos de ser a la vez comidos, es el siguiente:

Apenas hoy advierto que he vivido toda mi vida entre gente que se alimenta de carne humana desde hace cuatro mil años.
(…)
¿Cómo voy a poder, después de cuatro mil años de canibalismo (antes en verdad no lo advertía), encontrar a un hombre verdadero?
(…)
Tal vez sea posible encontrar aún niños que no hayan probado la carne humana.
¡Salvad a los niños!

El “loco” ha visto que el problema está en un sistema, una forma, un modo, una tradición ancestral, que predica la virtud y moral, pero que por detrás practica el canibalismo:

He consultado un manual de historia, pero carecía de cuadros cronológicos y en todas las páginas encontré estas dos palabras: virtud y moralidad, escritas en todos los sentidos. Como no podía dormir pasé la mitad de la noche inmerso en la lectura, y, de golpe, advertí que entre líneas estaba escrito: ¡Devorad a la gente!, y estas palabras llenaban todo el libro.

Lu Hsün está enfrentando la moral del confucionismo, del sistema feudal, y de las tradiciones más antiguas. Recuerda, por ejemplo, leyendas en que se sirve en banquete a hijos, o las viejas creencias de que comer pan mojado en la sangre de un condenado sanaba enfermedades. Su alegato contra todo ello se basa en una mirada hacia el futuro -que subraya esa necesidad de salvar al niño, a la siguiente generación-:

¡Debéis cambiar, cambiar desde lo más profundo de vuestros corazones! Sabed que en el futuro no habrá en esta tierra sitio para los devoradores de hombres. Si no cambiáis, también vosotros seréis devorados. Y aunque logren nacer muchos más, todos serán exterminados por los hombres verdaderos, como los lobos por los cazadores, como los reptiles.

En La verdadera historia de Ah Q, volvemos a dar con un personaje que no encaja en su entorno. Un campesino, inculto, desarrapado, de pésima educación, con defectos físicos, humillado, insultado y golpeado continuamente por sus semejantes mientras se siente un “triunfador espiritual”, un superior sobre ellos, deseoso de ser aplaudido, viviendo una persistente frustración y soledad, sobreviviendo picarescamente, hasta su ejecución. Lu Hsün nos da una introducción de pocas páginas donde señala el casi absoluto anonimato del personaje, su ausencia de pasado, de origen, y de familia: el protagonista es, en realidad, una especie de donnadie. En verdad, esta introducción sirve para defender el uso de la lengua del pueblo, la crítica al ideograma, el uso de la grafía latina -inglesa- o el enfrentamiento con los “Tres cultos” -confucianismo, budismo y taoísmo-. El relato completo ofrece una irónica narración de la historia china reciente, comienzos del s. XX, entre la tradición y el colonialismo occidental, la hipocresía y el cinismo de una Revolución -de 1911- que se olvidó de los campesinos y no trajo cambios fundamentales entre el poder, la política y el sistema -levantarse la coleta en un moño, dejando la nuca al descubierto, como una moda-.

El personaje de Ah Q es el centro de la historia. Varía su forma de pensar según soplan los vientos, reproduce sobre otros la misma violencia que se deposita sobre él, juzga a todos desde una misantropía casi absoluta… Cuando llega la Revolución, gran oportunidad para Ah Q de unirse al poder y, por fin, ser esa “superioridad” ya no sólo “espiritual”, está es casi imperceptible en el campo. Una vez más, su deseo de triunfo se ve truncado por una escena significativa y simbólica:

Ah Q se enteró de todo esto bastante más tarde. Lamentó amargamente haber estado durmiendo durante aquel tiempo y se resintió de que no lo hubiesen llamado. “Tal vez no saben aún que me he unido a los revolucionarios”, fue su conclusión.

La Revolución no era para los campesinos, para las clases bajas. A estas las sorprendió durmiendo, pasando sobre ellas sin casi efecto alguno. Ah Q vuelve a estar fuera de la realidad al pretender compartir un espíritu revolucionario que no le quiere, que le expulsa de las reuniones porque no es su Revolución:

¡Así que la revolución es sólo para ti! Para mí nada, ¿no es cierto? ¡Falso Diablo Extranjero, hijo de perra, sigue haciendo la revolución! La pena para quien se rebela es la decapitación.
(…)
Sólo cuando se vio frente a la ametralladora nuestro héroe comenzó a salir del etado de ebriedad en que se encontraba.

Un espíritu que muchas veces moría ejecutado, decapitado en una orgía de sangre, en la ciudad, y que el propio Ah Q, antes de unirse, había contemplado jactándose del placer del espectáculo. La misma ejecución que se llevará acabo con él, por un delito no cometido, en la que su incultura tendrá mucho que ver -conmueve ver a Ah Q tratando de firmar con un círculo perfecto porque no sabe escribir, una confesión del delito-. En ese momento descubrimos que los revolucionarios ejecutados eran los donnadie, y los ejecutadores, esos otros revolucionarios de la alta clase -que mantienen las cosas como estaban- a la que, un Ah Q, aspiraba. Entonces, vuelve a aparecer la imagen de los “hombres devoradores” del anterior relato, ahora son los que le ejecutan y el público que lo contempla. “Hombres devoradores” que esta vez buscan algo más que la carne y la sangre:

Hacía cuatro años, al pie de la montaña, había sido seguido a cierta distancia por un lobo hambriento decidido a devorarlo (…) Nunca había olvidado los ojos de aquel lobo; feroces y cobardes a la vez, ardían como dos fuegos fatuos y parecían penetrarle la carne a distancia. Pero ahora veía ojos todavía más terribles: eran ojos opacos y penetrantes, que devoraban sus palabras, pero que parecían querer devorar algo más alla de la carne y la sangre.

El último de los relatos, titulado La lámpara eterna, de nuevo nos pone ante un personaje anónimo, un “loco” contra la tradición y el poder. Estamos situados en la aldea de la Luz Afortunada, donde en un templo luce una “lámpara eterna”, encendidas generalmente por los latifundistas para engrandecer e inmortalizar sus nombres. Es esta lámpara un símbolo de poder y nuestro personaje vive dentro de puntuales crisis en las que está convencido de que debe apagarse esa llama para acabar con los infortunios y las enfermedades. La aldea vive asustada cuando el “loco” amenaza, ya no con apagar la lámpara, sino con prender fuego a las puertas del templo, que permanecen cerradas por el temor que les infunde este personaje. En ocasiones le han engañado haciéndole creer que la lámpara había sido apagada; ahora, viéndole incurable, se discute entre matarlo o encerrarlo. Lo que en ningún momento se contempla es que deban apagar la lámpara, como si esta ejerciera sobre ellos su poder:

Si se apagara la luz, ¿cómo podrá llamarse entonces nuestra aldea la de la Luz Afortunada? ¿No será su fin?

Apagarla es, para la aldea, no una liberación de siglos, sino el miedo a una condena: el convertirse la aldea en un mar y sus habitantes en anguilas. Cabría preguntarse, ante este miedo, ¿quién es el loco y dónde se aloja el verdadero peligro: en apagarla o en mantenerla encendida? Acaba el “loco”, irónicamente encerrado dentro del propio templo, en una habitación vacía con un sólo ventanuco enrejado. De él se burlan, incluso, los niños, las siguientes generaciones, el futuro.

Lu Hsün eligió para sus personajes principales la figura del antihéroe, del anónimo, del pícaro y del que yendo contracorriente es descrito por los demás como enajenado. Son personajes condenados desde el comienzo a ser devorados, ejecutados o encerrados, sin ninguna posibilidad de ser tomados en serio por la sociedad, generalmente rural, que les rodea. Se trata de una batalla entre la locura de uno y la locura social de todos, una darwinista lucha por la vida -locura o picaresca- entre pasado y futuro que se libra en medio de la nada. Recordemos que la antigua moral ya sólo significaba devorar hombres: enteros, su carne, su sangre y lo que albergan más allá.

Héctor Martínez

05.25.09

“UN SIGLO DE CENIZAS”, MARTÍN CID

Publicado en Prosa tagged , a 20:24 por retratoliterario

Martín Cid

Martín Cid

Hace un mes le felicitaba por su nueva publicación, ésta de la que hoy escribo, y dentro de una semana seré yo mismo uno de los encargados de valorarla. Adelantaré aquí algunas líneas sobre la novela, sus ecos literarios, al estilo que viene siendo costumbre, aunque no sea específicamente de lo que vaya a hablar en el café, dentro de unos días, a propósito de la obra.

Empecemos por el título, de muchas y variadas referencias. “Un siglo”, el s. XX; “de cenizas”, de guerras, humo, fuego, pólvora, esclavismo, muerte y destrucción… pero también de pipas, tabacos y cigarrillos. Éste es el fondo, el contexto, concretado en el ambiente sureño del Mississippi y en la plantación llamada Absalón, dedicada al cultivo de “periqueé” por parte de la familia innmigrante rusa de los Fiodorovich. Martín Cid, devoto fumador de pipa, aprovecha la ocasión para mostrarse temático y regalarnos un manual práctico y ritual del mundo de la pipa, punto de unión de una trama que pasa a segundo plano a lo largo de la novela.

No es el argumento lo fundamental, y los que busquen una simple historia no la encontrarán en esta novela. Quiero decir, la hay, pero se desesperarán porque ésta, constantemente, queda descolgada frente a digresiones y cambios cronológicos y de puntos de vista. Antes bien, la novela va desarrollando una saga familiar de forma fragmentaria, múltiple, que va permitiendo conocer, uno a uno, los hechos y relaciones, los antepasados y los descendientes, impidiendo una visión global hasta el final de la obra, justificado por usar la misma estructura cabalística que Borges o Eco, para lograr un efecto polifónico al que los lectores están poco acostumbrados.

En el estilo se aproxima a la novela española de principio del s. XX, las de un Baroja o un Azorín, no sólo por dejar al margen la trama argumental en favor de digresiones y comentarios, sino también por la preferencia de la frase corta y el párrafo breve, o la inclusión de elementos autobiográficos constantes -no sólo el mundo de la pipa, la absenta, o sus lecturas literarias, sino de igual modo, por ejemplo, la aparición de Robin y Joyce, Husky y Pastor Belga que acompañan a Martín. Pero también es próximo al experimentalismo de los años sesenta -que convive con la gran repercusión de James Joyce-, o a los grandes hitos hispanoamericanos del Realismo mágico. Siempre será un precedente para las novelas que inventan lugares y sagas familiares donde existe confusión de los personajes por tener el mismo nombre, los Cien años de soledad de García Márquez -obviando, por supuesto, que el referente es el mencionado Faulkner, por situar una aldea imaginaria a orillas del Mississippi. Ahora bien, a mí me recordaba también aquella historia circular de Buero Vallejo, Historia de una escalera, en la que, no sólo la confusión de nombres dentro de una misma saga y un mismo lugar, sino también la repetición constante de la misma historia en cada generación introduce los factores de fracaso y frustración, dando la unidad a la multiplicidad.

La novela se constituye como “novela psicológica” -consecuencia, muchas veces directa, del género de la “metanovela”-, es decir, abundando en los retratos de los personajes por encima -por no decir totalmente- de cualquier descripción exterior y circunstancial, como cabe esperar en una novela que va trasladándonos a distintos tiempos hacia atrás y hacia delante -”flashback” y “flashforward”- alterando la secuencia cronológica de los sucesos. Esto nos aproxima a un eco literario más de Martín Cid, junto al origen ruso de sus personajes: Dostoievski, ilustre epígono ruso de la novela psicológica. No puede faltar tampoco, por ello, el elemento del monólogo interior tan recurrido por la línea novelesca nacional e internacional señalada. Que no exista casi topografía ni geografía se confirma en los pocos momentos en que se habla del alrededor desértico, deshabitado, vacío… lo cual encaja perfectamente con esa ausencia de palabras que nos hablen de ello, transmitiendo, precisamente, la misma sensación: nada hay que describir, porque nada hay; como si en la no descripción del entorno, en el silencio sobre ello, asistiéramos, contrariamente, a su descripción más exacta.

En tanto que “psicológica”, nos vemos obligados a mirar a los personajes, pues será en ellos en quienes descubramos los entresijos de la obra, al más puro estilo dramático. Lucen una gran amoralidad, una ausencia de conciencia, una carencia de límite entre bien y mal, límite que ignoran junto a los extremos, y razón de que denotemos crueldad en sus actitudes y reacciones. En ellos encontramos un fuerte componente valleinclanesco: la animalización esperpéntica y grotesca desprendida de sus carencias morales, que contrasta con la humanización y fidelidad del universo propiamente animal -perros y caballos. Desde el principio se caracterizan por la paulatina decadencia individual -más cenizas- y familiar, condenados a la soledad, al engaño y la traición. Curioso es el caso de la transformación corruptora de una prostituta en algo aún peor: una dama que mueve los hilos, que engaña, traiciona, miente y manipula. Efectivamente, viven entre odios y celos, entre impulsos y ofensas, reticencias y máscaras de las que son desprovistos en los análisis narrativos de cada uno, en sus pensamientos interiores, en lo que callan -de lo que sólo nos enteramos los lectores- más que en lo que hablan.

Un siglo de cenizas actúa como síntesis de estilos, como un punto de equilibrio entre distintas obras y autores de gran influencia a lo largo y ancho del s. XX. Hoy día uno recorre librerías –no digo ya grandes almacenes-, ferias, y si no son libros clásicos, es difícil encontrar textos en los que exista un verdadero esfuerzo literario. Vivimos por un lado, en los tiempos del best-seller, de la autoayuda, del libro escrito casi como guión cinematográfico con vistas a dar un doble “taquillazo”, de estructuras repetitivas de un título a otro donde sólo cambian los nombres de los personajes y los lugares, del libro con firma de autor y poco más, de memorias de personajillos televisivos, de libros revisionistas de la historia –políticamente hablando-; por otro lado, lo más cercano a lo literario, vive en una completa dispersión individual, de lo que se aprovechan los géneros antes mencionados. Por todo ello, es grato dar con Un siglo de cenizas en el hueco de una estantería, lejos de caballeros de órdenes secretas o no tan secretas, de códigos religiosos, de aventurillas que meten en la batidora todo cuanto pueda sonar a esoterismo entre ciencia, religión y Opus Dei, o de libros complacientes en los tópicos sociales exagerando traumas insustanciales de la adolescencia. Al contrario, frente a la literatura del morbo social, genialmente pensada para vender, la nueva novela de Martín Cid nos devuelve hacia la literatura más artística en dos movimientos: metafóricamente, es una mirada literaria hacia el ayer, y una proyección hacia el mañana. Por supuesto que quiere vender; por supuesto que quiere lectores… pero sin perder por el camino la obra misma.

Héctor Martínez

AUDIOVISUAL:
Video presentación “Un siglo de cenizas” de Martín Cid en Café Libertad, 8 (Madrid)

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