09.18.09
HEMOFICCIÓN, “EL VAMPIRO Y LA SEÑORA GARRAFÓN”
Ayer fui al teatro. Mejor dicho, el teatro vino a mí. ¿Cómo? Algún lector aún creerá que para ir al teatro hay que comprar una entrada e ir a unos de esos maravillosos templos con patio de butacas, palco platea, escenario y telón. Algún espectador no llamaría teatro a lo que no se realice en el templo. Pero, lo siento. Hay un teatro, como la Hemoficción, que se puede subir y bajar de un escenario, que puede pisar la calle o irrumpir en medio de una sala, junto a sus mesas y sus copas. Por ejemplo, en Espacio Niram, donde últimamente soy habitual. Por eso digo que, literalmente como se viene entendiendo eso de “fui al teatro”, yo no fui, él vino. Sin entrada, sin butaca, sin señor de al lado chistando si uno cuchichea, sin señoras emperifolladas -como me gusta esta palabra-, sin tener que esperar a que acabe la obra para ir a tomar algo.
Se llama Hemoficción, sí -y añadiría el “¿y qué pasa?” tan callejero-. Querrá el lector que le explique esto de la Hemoficción, pero.. no sé hasta que punto podría. Es lo que escribe Juan Trigos, lo que dirige y representa Lorenzo Mijares junto con Marxela Etchichury. ¿Hay sangre? Por aquello de “Hemo-”, ya sabe usted… Sí, hay sangre, y crimen, y violencia. ¿No me pregunta usted por la “Ficción”? No, hombre, eso lo entiendo perfectamente, porque leo novelas del género. ¡Ah, bueno! Pues entonces ya está todo dicho. Y sin embargo, no lo está. Porque hay que verlo, hay que asistir, al menos, a una obra una vez al año, en peligro de muerte y, sobre todo, si se va a comulgar, pues quizás se le quiten las ganas. ¿Blasfemia irreverente? Sí y no. Herejía socio-civil, diría yo. ¿Cómo? Lo que ha oído. Herejía socio-civil. Se lo explico: usted tiene bien medidos los parámetros de “normalidad”, ¿verdad? Sí, y tan bien. Pues aquí le demuestran que no. No entiendo. Lo intentaré de nuevo: usted, digo yo, tiene un trabajo, y madruga o trasnocha, unas horitas por unos durillos. Sí, así es. Y, ¿para usted es algo normal? Sí, claro, hay que vivir. Bien: llega a casa, y, ¿no tiene ganas de matar a alguien? ¿Cómo dice? Lo que oye, explotar, matar, asesinar… Como esa sea toda la explicación que puede darme, estamos listos. De acuerdo, déjeme intentarlo de nuevo: ¿usted ve las noticias en la televisión? Sí, cuando puedo. Sin duda, alguna vez se habrá cruzado noticias de sucesos, es decir, tipo normal, con estudios, alto nivel cultural, trabajo, felizmente casado, ¡hasta con niños! No grite que me sobresalta. Perdóneme, continúo. Le escucho. De pronto, ese tipo tan “normal”, me entiende, sale en las noticias porque se ha cepillado a toda su familia pasándolos a cuchillo en una orgía de sangre. Esto, a usted, no le parecerá normal. No, desde luego que no. Bueno, pues luego, micrófono en mano le preguntan los periodistas a los vecinos y… ¿qué suelen responder estos? Pues que no lo entienden, que se le veía una persona muy normal, trabajadora, cumplidora y educada. Efectivamente. ¿Y qué? ¡Y qué!, me dice. Sí, ¿y qué? Es normal que no se entienda. ¡Normal! He ahí el quid de la cuestión: es normal que nadie entienda que alguien normal hizo algo tan sangrientamente anormal. Así no hay quien se enteré. Piense, buen hombre, piense, que tampoco es tan difícil. ¿Me está llamando tonto? No, simplemente le llamo normal. Pero para usted normal y tonto son sinónimos. Bueno, ya hemos avanzado algo.
La obra que vi se títula El vampiro y la señora Garrafón, pero, por favor, no me pregunten el porqué. Tendría que explicar por qué otra se llama Cabeza de perro con orejas de conejo, o El HombreReloj. Y, lo siento, pero no me dedico a la filología, sino a ver teatro. Deje el espectador de intentar adelantarse a los personajes. Contemple. Una muñeca hinchable atada a la cintura de Marxela puede ser, perfectamente, un cadaver femenino muerto a golpes y colgado por los pies. Contemple y no mire. Deje que la anormalidad se le vuelva normal. Una baqueta puede ser un cetro o un pene erecto o flácido. Un títere desnudo, un vampiro bufón. Una marioneta puede ser un vampiro lechero. Unas faldas colgadas de una pared, una madre. Contemple. La sangre puede ser leche roja. Aunque no lo crea, Lorenzo Mijares es un rey loco que estudió hotelería y que pudo ser médico o abogado. Contemple. No intente ser el listo en un espectáculo de magia. Aunque, de todas formas, los primeros minutos le aturdirán. Para eso son los primeros momentos, para rendir al espectador, cansarlo hasta su entrega. Los magos lo saben. Le demoleran su instinto racional, y usted terminará por aceptar que no hay truco.
Pero, vamos a ver, ¿de qué trataba la obra? ¡Ay, Dios mío! ¿Usted conoce a Freud? No, no tengo el gusto. ¿Y a Jung? Tampoco, ¿son amigos suyos? Entiendo. ¡Oiga! Me parece muy bien que usted entienda, pero aquí, el que trata de entender soy yo. Bien, ¿sabe leer? Desde los cuatro años. O sea, que tiene experiencia. Lea el Manifiesto de Lorenzo Mijares. Lo leo. Lo estoy leyendo. Lo he leído. ¿Y bien? Yo estuve en México. ¡Eso es fantástico! Pero, ¿del manifiesto? Me harté a frijoles. ¿Mientras leía? No, mientras estuve en México. ¡Estupendo, amigo mío! ¿No me pregunta por el manifiesto? Sí, por cierto. Le comento, después de leer, me ha quedado todo mucho más oscuro. ¡Claro! ¡Bravo! ¡Eso es! Alguien como usted, con estudios, no podía defraudarme.
Yo estaba sentado, con mi licorcito de siempre, el de hierbas. Cuando no, un roncito entra perfecto. Delante de mí, Lorenzo Mijares y Marxela me desmontaban el mundo. Es un buen espectáculo esto de ver el mundo desmoronarse con una copita en los labios. Se me terminó la copa, sin darme cuenta. Me estremecí. Entiéndase que no por el fin de la copa. Lorenzo y Marxela, ¡qué extraordinario esfuerzo para la voz!, allí seguían, sin parar, haciendo el pino. Me estremecía porque no sé hacer el pino, y además, porque, como les dije al final junto a la barra, pidiendo otra, empecé a tener miedo de mí mismo -con o sin pino, el mundo al revés-. Una vez que habían acabado de devastar el mundo, ese gran yo universal, empezaron a devastarnos uno a uno, ese pequeño yo tan particular de cada cual. ¡Qué criminal es la rutina! Me vi como un necrofílico, adicto y sin solución. Estaba en un manicomio con camisa de fuerza desatada y sin celadores. ¡Era capaz de cualquier tropelía! Mi yo, mi superyo y mi ello convergían en una gran O admirativa. Probablemente, hasta me cambiase la cara. A todos, en realidad, por lo que nadie se dio cuenta. ¿Cuándo? Más o menos al instante que Lorenzo decía aquello de la razón de la sinrazón que a mi razón… ¡se hace! Y Marxela gritaba el nombre de los nombres: ¿Dios? No, ¡Don Quijote! Era la exaltación de la verdadera cordura ante un público lleno de locos… y Rocinante a la puerta. Eso sí, de Dios también se hablaba. Quizás sea el más cuerdo de todos, aunque no sé si es eso es algo bueno. Mis felicitaciones a Lorenzo y Marxela. Y a la familia Trigos, ante la que me quito el cráneo.
Héctor Martínez
(Imágenes: Espacio Niram)
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09.06.09
EUGENE IONESCO Y LA TRAGEDIA DEL LENGUAJE
Invocar a Ionesco es llamar al absurdo. Y lo absurdo no es lo ridículo, sino lo falto de armonía, como bien nos enseñan varios manuales. Pero, ¿qué quiere decir “falto de armonía”? Falto de razón, o, más específicamente, de sentido. No, no es lo rídiculo, sino algo bastante más serio: revelar sobre un escenario la ficción armoniosa de leyes que tomamos por inexorables, en las que nos consolamos y bajo las que vivimos, creando un mundo dotado de sentido y significado sin que realmente lo tenga.
Ionesco se enfrenta al pretencioso Realismo dramatúrgico, donde, precisamente se representa esa falsedad racional del sentido. Le resulta grotesca la mezcla de realidad e irrealidad, exagerados los gestos de la representación, inverosímil la obra. No hay una pureza teatral. Sin embargo, el plan de Ionesco supera la crítica del teatro y las tablas y ahonda filosóficamente en la vida humana. Y todo ello, por accidente, o por un fracaso: aprender inglés con un manual de conversación.
Su primera obra, surgida de la casualidad, La cantante calva, no es sino la transcripción casi literal -plagio dice el propio Ionesco-, del manual y las conversaciones que sostienen distintos personajes en inglés. Las grandes verdades evidentes expresadas en ingles por los Smith y los Martin, puestas una detrás de otra y subidas a un escenario, se disolvían en un sinsentido que el manual no reflejaba. ¿Qué había ocurrido? Que aquellos diálogos se habían visto descontextualizados, extraídos de las páginas de un volumen con intención didáctica y cuyo absurdo nadie advertiría según se sumergiera en el aprendizaje. Las palabras perdían su contenido, y las escenas carecían de coherencia. Los personajes ni se comportaban ni hablaban como cabría esperar dentro de esa lógica social inventada que nos envuelve y que, inconscientemente, aplicamos. El absurdo está aquí provocado por el impacto sobre el público, por no contar con su colaboración para lo verosímil en el desarrollo de la obra que, ya desde su título, La cantante calva, empiza a reflejar el sinsentido, pues no aparece ninguna “cantante calva”. Lo cual es lo primero que se preguntará cualquier espectador tras salir de la sala: ¿por qué se titula así si yo no he visto ninguna cantante y menos calva?
Ionesco asegura haber escrito “la tragedia del lenguaje”, principal herramienta del entramado lógico-racional. Esto conlleva la tragedia humana y del mundo. No es una tragedia amorosa, o una jugarreta del destino, sino la esencial tragedia y el principal drama humano: falsear de continuo la realidad que vivimos, sujeta más al azar que a la causalidad. No hay aspecto más teatral que éste y acontece en el patio de butacas en cada expresión desaprobadora y enarcado de cejas ante la representación.
Comprobaremos el mismo núcleo en La lección, donde un profesor particular se transforma en una especie de asesino en serie de alumnas ignorantes, vivaces, que acaban en la sumisión por efecto de la metamorfosis del maestro. Hay un gran poso de incomunicación en el contexto de una clase, lo cual resulta incomprensible pues, ¿dónde sino ha de primar la comunicación si no es en una lección, en una relación profesor-alumno? El apogeo de la tensión, por cierto, sexual -dominación/sumisión- surge justo cuando la clase toca el punto de la filología: la alumna ya se encuentra abotargada y ha perdido toda su energía. La lección sobre lengua es el punto y final de un completo absurdo comunicativo que tan sólo busca reflejar que el lenguaje es herramienta de poder, de violencia criminal. Nada más y nada menos que cuarenta alumnas perecen en sus manos, y todavía llega otra más al final del texto.
Tanto La cantante calva como La lección se hilan alrededor de la crítica, no sólo al realismo, sino, sobre todo, a su intención moral y didáctica y el lenguaje como elemento fundamental de una obra literaria, y más aún, en el teatro, donde el diálogo es el portador de lo que ocurre -aunque no haya realmente una acción, tal y como la concebimos, en el teatro de Ionesco-. Las dos nacen de una situación de enseñanza-aprendizaje: bien un manual de idiomas, bien una clase particular. En las dos la enseñanza fundamental es la lengua, bien iniciática en un idioma extranjero, bien una profundización filológica. La imposibilidad de comunicación deja a los personajes en una clara posición individual frente a la réplica o en una soledad entre el gentío.
Se trata de rasgos nada inocentes. Su siguiente gran obra, Las sillas, sigue la línea. Dos ancianos celebran una gran reunión de personajes invisibles para el espectador. Sólo ellos los ven, y sólo ellos los oyen. La única señal de la presencia de los invisibles son las innumerables sillas que se sacan al escenario para ofrecer asiento. Para el público, los ancianos están en soledad entre una muchedumbre de sillas vacías, encerrados en una torre dentro de un isla. Aún así, Ionesco logra por efecto de la técnica del mimo que el público crea que hay más personajes sobre el escenario. Persigue, por tanto, la colaboración de los espectadores, entre otras cosas, porque son ellos los invitados, comprendiendo antes gestos que palabras. El final trágico, que es el suicidio de los ancianos, cede en importancia a otro hecho que será el trágico: la reunión tiene el objetivo de que un Orador comunique el gran secreto para la humanidad, secreto descubierto por los ancianos. Paradójicamente, el Orador es sordomudo y únicamente puede emitir sonidos sin sentido; también analfabeto, pues no logra escribir el mensaje sobre una pizarra. La incomunicación vuelve a ser protagonista en una escena en la que simplemente queda sobre las tablas un sordomudo y un montón de sillas. Los verdaderos receptores de ese mensaje es el público de la sala, quienes, a su vez, han comprobado la sordera al no poder escuchar en ningún momento a los invitados, sino exclusivamente intuir sus diálogos por las reacciones, gestos y respuestas de los ancianos-mimos. Se pone punto y final a la obra con una representación sonora y extensa de la salida de los invitados, que no es sino la escenificación de la salida de los espectadores.
En el teatro de Ionesco caen, ante nosotros, principios que hemos tomado por verdaderos: la idea de que es posible entendernos mediante el lenguaje; la creencia de que el mundo es exactamente como lo vemos y lo expresamos; el prejuicio del sentido de la existencia como un todo armonioso y equilibrado donde todo tiene explicación racional. Al contrario, nos encontramos ante un vacío, una inexpresión y una inacción, ante una incomprensión y soledad… en definitiva, una tragedia mayor que las vicisitudes humanas de la cotidianeidad, y, sin embargo, la mayor tragedia de todas sobre la esencia del mundo del hombre: la que ejerce sobre nosotros la traidora racionalidad lingüística.
Héctor Martínez
05.16.09
“GALILEO”, DE BERTOLT BRECHT
Hace tiempo que estuve ante su tumba, junto a su casa, en el Dorotheenstädtischer Friedhof de Berlín, en el número 126 de Chausseestraße. Allí está, junto a Weigel, cerca de la de Hegel y la de Fichte, respirando una paz inusual frente a la agitada vida de compromiso político, ideológico, denuncia y enfrentamiento. Incluso allí, en la tierra de los muertos, destaca: entre tanto monumentalismo funerario de la cultura alemana, Brecht y su segunda esposa descansan con sendas piedras grabadas con sus nombres, en un rincón sin pretensiones. Sin embargo, es la tumba en la que más flores se depositan por los visitantes anónimos, como si aún buscase el distanciamiento que imprimió a su teatro, como si el contraste de tumbas retuviera ese afán de crear una conciencia crítica.
El Galileo de Brecht es una obra que no termina de encajar en las tesis teatrales del autor. No tenemos un héroe, como es de esperar, sino un conflicto fundamental entre verdad y dogma, entre la retractación y la vida:
ANDREA (en voz alta).— ¡Desgraciada es la tierra que no tiene héroes! (Galilei ha entrado totalmente cambiado por el proceso, casi irreconocible. Espera algunos minutos en la puerta por un saludo. Ya que ésto no ocurre porque sus discípulos lo rehuyen, se dirige hacia adelante, lento e inseguro a causa de su poca vista. Allí encuentra un banco donde se sienta.) No lo quiero ver. Que se vaya.
GALILEI. — No. Desgraciada es la tierra que necesita héroes.
Pero a lo largo de la obra, se percibe que está en juego algo bastante más personal: no pocas veces se ha señalado que Galileo es un cuasi reflejo del propio Brecht. Al fin y al cabo, la obra surge de sus manos como una de las primeras en la situación límite del exilio. Un científico, comprometido con la razón y la verdad demostrada, enfrentado a la irracionalidad del dogma imperante que no es capaz de admitir las consecuencias de algo como el telescopio. Un intelectual que debe apostar por su vida o por la, en aquel entonces, herética evidencia matemática, y que debe exiliarse, renunciar ante la autoridad, para perseverar en su vida y su ciencia.
Ahora bien, para Brecht, el verdadero descubrimiento inicial, tan problemático, de Galileo, no es la afirmación de las tesis de Copérnico, sino la negación del sistema aristotélico-ptolemaico que quemó a Giordano Bruno: no hay estrellas fijas ni bóveda de cristal que las sujete, ni tampoco se ve a Dios por allá arriba. Al comienzo, se afirma:
El Papa, los cardenales, los príncipes, los eruditos, capitanes, comerciantes, pescaderas y escolares creyeron estar sentados inmóviles en esa esfera de cristal. Pero ahora nosotros salimos de eso, Andrea. El tiempo viejo ha pasado y estamos en una nueva época. Es como si la humanidad esperara algo desde hace un siglo. Las ciudades son estrechas y así son las cabezas. Supersticiones y peste. Pero desde hoy no todo lo que es verdad debe seguir valiendo. Todo se mueve, mi amigo.
Y un poco más adelante, en el tercer cuadro:
Estamos a diez de enero de mil seiscientos diez. La humanidad asienta en su diario: hoy ha sido abolido el cielo.
O, por citar un último fragmento, metidos de lleno en el enfrentamiento entre Galileo con su telescopio y un Filósofo, un Matemático, un Teólogo y el Poder Nobiliario con su Aristóteles:
Ustedes sostienen que, según Aristóteles, existen arriba esferas de cristal, de modo que determinados movimientos no podrían ocurrir porque si no los astros perforarían las esferas. ¿Pero de qué manera, si ustedes pue-den constatar esa clase de movimientos? Tal vez entonces lleguen a la conclusión de que tales esferas no existen.
(…)
No son los movimientos de algunas lejanas estrellas los que hacen agudizar los oídos a toda Italia, sino la noticia que doctrinas tenidas como inconmovibles comienzan a perder firmeza. Y cada uno sabe que hay demasiadas en esa situación. Señores míos, no nos pongamos a defender doctrinas en decadencia.
No es el aplaudir el nuevo descubrimiento, o la terquedad doctrinaria, sino la consecuencia de ”abolir los cielos aristotélicos, Ptolemaicos, Bíblicos”. La defensa astronómica de la Iglesia deriva en tintes morales y humanos: si la tierra no es el centro, si es un vulgar astro más dando vueltas como los demás, significa que el hombre no es tampoco el centro del Universo ni de la creación, que Dios no es justo con él, que el hombre no encontrará sentido a sus sacrificios y fatigas. Dicho de otro modo, Galileo se enfrenta al Geocentrismo, que le acusa de arrebatarle al hombre su posición digna y regia de toda la creación. Esto da pie a Brecht para inducir en Galileo ciertos pasajes más políticos e ideológicos que científicos, una especie de “humanismo científico” que recorrerá el resto de la obra:
¡Bondad espiritual! Tal vez usted quiera decir que ahí no queda nada, que el vino se lo han vendido todo, que sus labios están resecos, ¡que se pongan entonces a besar sotanas! ¿Y por qué no hay nada? ¿Porque el orden en este país es sólo el orden de un arca vacía? ¿Porque la llamada necesidad significa trabajar hasta reventar? ¡Y todo esto entre viñedos rebosantes, al borde de los trigales! Sus campesinos de la Campagna son los que pagan las guerras que libra en España y Alemania el representante del dulce Jesús. ¿Por qué sitúa él la Tierra en el centro del Universo? Para que la silla de Pedro pueda ser el centro de la Humanidad. Eso es todo. ¡Usted tiene razón cuando me dice que no se trata de planetas sino de los campesinos de la Campagna!
El tema de los campesinos y la servidumbre, está presente en el pensamiento del personaje de Galileo. Frente al azotar al trabajador extenuado, Galilelo llega a asegurar el poder “alborotar” a los campesinos “induciéndoles a pensar”. Y el tema aparece en diversas ocasiones, entremezclándose con la continuación de la “Revolución copernicana”. Es decir, la idea de Revolución científica, religiosa, social y trabajadora, la llamada “lucha de clases”, la represión, van cobrando forma sin explicitarse de modo concreto. Cabe deducirla de la sugerencia de Brecht y de pasajes tan elocuentes como el siguiente:
GALILEI. — Sí, yo podría alborotar a sus campesinos al inducirlos a pensar. Y a su servidumbre, y a los capataces.
FEDERZONI. — ¿Cómo? Si ninguno de ellos lee el latín.
GALILEI. — Podría escribir en florentino para muchos, y no en latín para pocos. Necesitamos gente que trabaje con las manos para los nuevos pensamientos. ¿Quién si no desea saber las causas de todas las cosas? Los que sólo ven el pan sobre la mesa, esos no quieren saber cómo fue amasado. La chusma agradece antes a Dios que al panadero. Pero los que hacen el pan comprenderán que nada se mueve sin alguna causa que origine ese movimiento (…).
LUDOVICO. — Por lo que veo, usted ha tomado su decisión. Así será siempre el esclavo de su pasión. Dispénseme usted ante Virginia. Creo que es mejor que ya no la vea.
(…)
LUDOVICO. — Buenas tardes. (Se va.)
ANDREA. — ¡Con saludos nuestros para todos los Marsili!
FEDERZONI. — ¡Esos que ordenan a la Tierra quedarse quieta para que no se les vengan abajo los castillos!
ANDREA. — ¡Para los Cenzi y los Villani!
FEDERZONI. — ¡Y los Cervilli!
ANDREA. — ¡Y los Lecchi!
FEDERZONI. — ¡Y los Pirleoni!
ANDREA. — ¡Que sólo quieren besar los pies al Papa cuando pisotea al pueblo!
Así, el cuadro décimo, recogiendo el ambiente carnavalesco -y ya anteriormente se habla de “tener disfraces y máscaras” y de que “Galielo no tiene”-, Brecht sitúa el tema para las comparsas en las cuestiones astronómicas, aunque la realidad tiene mayor calado social y rebelde. Dice el Cantor de Baladas:
¡No, no, no, Galilei, no, no! Termina la broma, Atended:
el perro sin bozal muerde a la gente.
Pero una cosa es cierta y bien lo sabe Roma:
¿quién no sueña con ser su propio señor hoy y siempre?
(…)
Los que en la tierra sufrís, ¡ay!
Reuníos todos juntos
y aprended de Galilei
a poner la raya y punto
a lo que ya es suficiente
¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?(Bate fuertemente el tambor. La mujer y la chiquilla se adelantan. La mujer sostiene un tosco dibujo del sol. La chiquilla con una calabaza en la cabeza —imagen de la tierra— da vueltas alrededor de la mujer. El cantor indica con grandes gestos a la chiquilla, como si ésta fuera a realizar un peligroso salto mortal, ya que camina hacia atrás, al compás de los redobles del tambor. Luego, se oyen desde atrás otros tambores.)
UNA VOZ PROFUNDA. — ¡Las comparsas! (Entran dos hombres con harapos, tirando un pequeño carro. Sobre el mismo está sentado, en un ridículo trono, una figura con una corona de cartón y vestida de arpillera que espía por un telescopio. Sobre el trono, un letrero: “Buscad el disgusto”. Más atrás vienen cuatro hombres enmascarados que llevan un gran lienzo, donde paran y arrojan un muñeco que representa un cardenal. Un enano se ha colocado a un lado con un letrero: “La nueva era”. De la multitud sale un pordiosero que levanta en alto sus muletas y se pone a bailar pataleando en el suelo hasta que cae con gran ruido. Luego, entra un enorme muñeco que hace reverencias al público: Galileo Galilei. Delante de él un niño con una enorme Biblia abierta, con las páginas tachadas.)
EL CANTOR DE BALADAS. — ¡Galileo, el triturador de la Biblia!
Y es en la parte final donde, en palabras del propio Galileo, ciencia, saber y humanidad han de hermanarse frente a ese otro poder:
Mi opinión es que el único fin de la ciencia debe ser aliviar las fatigas de la existencia humana. Si los hombres de ciencia, atemorizados por los déspotas, se conforman solamente con acumular saber por el saber mismo, se corre el peligro de que la ciencia sea mutilada y que vuestras máquinas sólo signifiquen nuevas calamidades. Así vayáis descubriendo con el tiempo todo lo que hay que descubrir, vuestro progreso sólo será un alejamiento progresivo de la humanidad. El abismo entre vosotros y ella puede llegar a ser tan grande que vuestras exclamaciones de júbilo por un invento cualquiera recibirán como eco un aterrador griterío universal.
Para el Galileo de Brecht, el mismo que retractado, escribe y oculta los Discorsi como un perseguido -y a Brecht le quemaron toda su obra en aquella Alemania-, resultará más difícil predecir los movimientos de los príncipes que los movimientos de los astros. Se convierte así para el autor en un símbolo, no sólo de la revolución científica del momento, sino, sobre todo, de la social contra la opresión, contra la distorsión de la realidad. El abismo que señala Brecht en las palabras de Galileo no es sino el abismo dialéctico que separaba, para Marx, cada vez más violentamente, a las clases enfrentadas. La ciencia y la intelectualidad, para el dramaturgo, no deben colaborar en formar la “falsa conciencia” ideológica, ni asentarse sobre la ignorancia; no pueden vivir para sí mismas, sino para el pueblo:
Yo, como hombre de ciencia tuve una oportunidad excepcional: en mi época la astronomía llegó a los mercados. Bajo esas circunstancias únicas, la firmeza de un hombre hubiera provocado grandes conmociones. Si yo hubiese resistido, los estudiosos de las ciencias naturales habrían podido desarrollar alga así como el juramento de Hipócrates de los médicos, la solemne promesa de utilizar su ciencia sólo en beneficio de la humanidad
Héctor Martínez
04.22.09
“EL ÁGUILA Y LA NIEBLA”, IBÁÑEZ SERRADOR
Era el año 2002, verano, cuando yo recuperaba algo de confianza en los escenarios teatrales madrileños. Acudí a la reapertura del Teatro Español, en la plaza de Santa Ana, a la representación de una obra ya premiada dos años antes con el Lope de Vega. El título era El águila y la niebla, y su autor, el mismo que tantas veces se ocultó bajo el pseudónimo de Luis Peñafiel, verdadero visionario para la televisión española, el Hitchcok español, aunque uruguayo, Narciso (Chicho) Ibáñez Serrador. Pese a ser el artifice, para el mundo de la televisión, de numerosos concursos, series y, sobre todo, aquellas Historias para no dormir, que bien podrían haberse representado subiendo un telón, estamos ante un auténtico dramaturgo que ha vivido muy próximo al género, hijo de una actriz y de un actor y director teatral como son Pepita Serrador y Narciso Ibáñez Menta.
Aquél día de 2002, desde un palco lateral, asistí a la extraña historia de Raúl Gómez-Acosta, hijo de un juez de Argentina y su dictadura, que lleva toda su vida creyéndo ser Napoleón, razón por la que todo ese tiempo ha estado tratado psiquiátricamente. Ante el espectador, durante la primera parte de la obra, una psiquiatra sirve de eslabón entre el público y Raúl, para presentar y dejar presentarse, en un tratamiento, al personaje principal. Su historia comienza, como la de Jesucristo, a los 33 años y, llega un momento en que el espectador puede estar, perfectamente, ante el mismísimo Napoleón, descubriendo que, quizás, no se trate de un desvarío o un delirio. La ciencia ayuda con una regresión hipnótica en un momento dado.
Este curioso Napoleón moderno es un símbolo para Ibáñez Serrador: un verdadero modelo emprendedor en su época, único y solo, un águila que volaba. La sociedad es la que representa la niebla, un cúmulo indiferenciado de personas formando grupos, partidos, equipos, bloques… De esta simbología es de donde se deduce el principal tema de la obra: el individuo frente al grupo, la afirmación de uno mismo frente a la necesidad de pertenecer a un club y exhibir un carnet de socio, ser alguien y no más bien un nadie del rebaño.
Lo que, efectivamente, parece una locura, algo incongruente y absurdo, un tremendo caso clínico de desorden mental, va cobrando otro cuerpo y otra perspectiva. Al comienzo, oímos declarar a nuestra confidente:
en el teatro lo absurdo, lo irreal es aceptado, respetado
Hace falta que sea así. El público desea saber a dónde le quieren llevar, y asume lo que en el escenario ocurra con tal de que pueda llegar a algún puerto. Es el don que magistralmente ha explotado Ibáñez Serrador en todas su obras: la intriga, el misterio que las introduce. El problema es que, más allá del tema deducido, más allá de la aclaración de la metáfora “cuando todo es gris, cuando hay niebla, las águilas no vuelan”, la obra invita a la discusión, es decir, sigue siendo un misterio a la salida. Para empezar, intentar averiguar si nuestro particular Napoleón es un loco o es real, toda vez que Ibáñez Serrador muestra las dos caras de la moneda y nos lleva, desde el primero hacia una personaje sumido en una profunda tragedia -ya es logro poner en España a Napoleón y lograr aplauso. Y aunque el espectador vea un Napoleón real, un individualista, todavía tendrá que decidir si es una locura su perseverante intento de ser un líder, un guía, un solo hombre haciendo su destino, ya en la segunda parte de la obra, dentro del sindicalismo, de lo empresarial, y, algo que no suena tan irreal, de lo militar como fundador de los Estados Unidos de Suramérica. Aún cuando viéramos posible ese sueño individualista, todavía quedará por resolver la gran cuestión, el núcleo: ¿por qué fracasa Raúl? ¿por qué el rebaño gregario vence al hombre solitario que quiere volar?
Singularmente me recordaba el par Quijote-Sancho, en el que, indudablemente, el público es el último, siguiendo a su caballero allá por dónde vaya, mientras se debate entre locura y realidad: Raúl ve gigantes, está claro, donde nosotros, público sanchopancesco, vemos molinos. Y a lo Cervantes, Ibáñez Serrador consigue hacernos ver, si nos dejamos, los gigantes del primero. Incluso, en un momento dado, Raúl dice pretender ser pastor. No me cabe duda de que existe ese espíritu quijotesco en El águila y la niebla, con el único destino de la burla y el fracaso ante los demás. Por ello que, cuando he oído decir que el tema de la obra es de rabiosa actualidad, también añado yo que es de rabioso pasado, o, dicho de otro modo, de rabiosa intemporalidad.
No es una obra realista. No hace falta que lo sea para que porte su carga de denuncia. Al contrario, el surrealismo o lo paranormal de la historia clínica -con regresiones hipnóticas incluídas, que ya conociera su autor- son más acertados para esa conjunción de narración, escena y cinematografía que Ibáñez Serrador propuso en el panoráma. La obra es ágil, de escenas breves, ayudado por un moderno sistema de escotillones que permiten el cambio de escenografía con meros cambios de luces y sombras. De hecho, no hay decorado como tal, ni siquiera colorido, sino tan sólo el juego con el sonido y el silencio, y esas mismas luces y sombras que nos llevan de una escena a otra. ¿Experimentalismo? Sinceramente creo que, si ese fuera el caso, Ibáñez Serrador podría haber ido mucho más lejos. En cambio, no lo hace. Se mantiene en una lograda línea difusa que impide encasillar la obra, o al autor; una región confusa para los sanbenitos, pero residencia para los autores que nada quieren oír de etiquetas.
Como dije al principio, con El águila y la niebla recuperé confianzas en el teatro. Debería haber dicho en la representación, en algo que me invitase a ver las obras además de leerlas. Entre musicales importados y nacionales, monólogos, adaptaciones de obras cuyos autores, de muertos como están, no pueden defenderse, reposiciones, que no vienen mal, de obras clásicas, y alguna que subiera a las tablas por sectarismo, la escena y dirección hispanohablante estaba muy perdida de vista. En aquel caso me fie por estar el autor vivo y asumir, tras escribir el texto, las labores de dirección. Ibáñez Serrador fue una ligera estrella fugaz en un tiempo teatral muy oscuro.
Héctor Martínez.
Nota: Javier Villán en la sección de cultura de El Mundo (27 de junio de 2002), escribió un artículo titulado Sueños de cesarismo y caudillaje, que es la más viva demostración de sordera y ceguera dramática sobre El águila y la niebla. Ignoro si fue al teatro; y si fue, debió sentarse de espaldas al escenario, comprendió más bien poco, y, lo peor, se atrevió a dar muestras de todo ello en un texto ridículo a tirada nacional. Todo le resulta excesivo, largo, y concluye ideológica y políticamente -precisamente, lo más alejado a las pretensiones de Ibáñez Serrador- el tema de la obra que califica de un poquito reaccionaria. Aunque pretenda achacar todo lo malo a que la dirección la llevó el autor y no Pérez Puig -al que alaba-, en el propio artículo descubrimos que el problema de Villán es de comprensión: ¡no sabe ni por dónde se anda la obra! De ahí su no dar pie con bola en el artículo, culpa sólo suya y de sus entendederas, no de Ibáñez Serrador.
04.10.09
FERNANDO ARRABAL, “EN LA CUERDA FLOJA”
En España no se le aprecia. Y cuando por aquí pasa, estamos a la espera de que repita el número del “milenarismo”, como quien espera que el patoso haga la patochada para sorna del público. Y Arrabal lo sabe. Sabe que por su tierra no se le toma en serio, mientras que por Francia se le encumbra. Quizás por ese largo exilio, Fernando Arrabal no conoce -o sí- que por aquí las bufonadas, accidentales o no, los traspiés, las extravagancias, valen más que mil obras de teatro. Aquí, en España, a muchos autores se les reconoce más por una frase, un momento, una salida de tono o de guión, que por haber leído una sola línea de un libro. También es cierto que, por extraña que parezca la manera al resto de Europa, es una forma de dibujar recuerdo y hasta cariño. Siempre he dicho que, en nuestra cultura general, escribimos la historia de España con el mote y el sanbenito, la ocurrencia y la frase ingeniosa o desafortunada. En general, esto nos sirve para humanizar y aproximar al autor o personaje, y hasta para elevarlo a los altares.
Ahora bien, se trata de un juego impreciso y peligroso: es fácil terminar en el cliché y la más absoluta incomprensión entre autor y personal. A Valle-Inclán le ocurrió; a Oscar Wilde, tres cuartos de lo mismo. A Fernando Arrabal, del mismo modo. Tanto le pasa a Arrabal que me parece ya la Gloria Fuertes del teatro, encasillada en un personaje bufón y olvidada o desatendida toda su obra. Es el riesgo de convertirte en tu mejor personaje.
Efectivamente, el elemento autobiográfico es fundamental en las obras de Arrabal, y aún más en esta En la cuerda floja, subitulada Balada del tren fantasma. El autoexilio, convertido en exilio oficial tras la declaración de “persona non grata” en la España del franquismo, deriva hacia esta pieza melancólica sobre la ciudad de Madrid:
DUQUE. – Bailame un chotis, como si estuvieras en Madrid.
THARSIS, muy grave. – No me hables de Madrid. Te lo phohibo.
DUQUE. – Que susceptible eres. Baila hombre, baila.Un momento de silencio. Duque detras del reflector y Tharsis en el redondel de luz. Va a moverse, y de pronto, inmóvil, con una infinita tristeza :
THARSIS. – Madrid, cada una de sus calles, cada uno de sus rincones esta ligado a un recuerdo a un arco iris. Y sin embargo… Madrid… ¿Como era Madrid? Dime como era.
DUQUE. – ¿Saco el violín? (Rie.) ¿Vas a llorar?
Arrabal nos sitúa en un Madrid deshabitado y desolado, vacío, una ciudad fantasma existente en Nuevo Méjico. Y no es sólo el nombre, sino la propia descripción la que le permite alcanzar el recuerdo melancólico de ese otro Madrid abandonado hace tiempo:
THARSIS. – Dime cuantos habitantes hay en esta ciudad (Imitando el acento de Duque.) en Madrid, New Mexico.
DUQUE. – Cero pelado. Cero absoluto. Mejor dicho en este momento hay dos : tu y yo.
THARSIS. – Tu y yo. Y en torno a nosotros nada: las casas vacias, las iglesias paralizadas, el ayuntamiento desierto tal y como la ciudad fue abandonada hace veinte años…
DUQUE. – … hace veinte años cuando el hombre que dirigía la mina decidió cerrarla para siempre.
THARSIS. – Tal y como yo la dejé hace veinte años cuando dije adiós a Madrid, un Madrid español que como una criatura sin huesos y sin alma me rodeaba con su luto desnudo.
DUQUE. – No te pongas romantico, ¡Baila! ¡Baila! Baila un chotis en medio de la mina.
La confusión de ambos Madrid es continua a lo largo de la obra, entre la nostalgia crítica de Tharsis, la indiferencia violenta del Duque sobre el Madrid español, y Macabeo Wichita, funambulista, el único superviviente del Madrid de Nuevo Méjico. A Tharsis le duele Madrid, le duele España, de donde salieron, uno a uno, pintores, escritores y personas hasta quedar, en cierto modo, “vacío” como el Madrid de Nuevo Méjico. Tharsis, alter ego de Arrabal en la obra, al calificarse a sí mismo de “artista” -la cosa va, simbólicamente de circo- dice:
THARSIS. – En Madrid nadie puede hacer ejercicios como este. Me refiero a Madrid de España… permitame que se lo diga : soy el mejor. La libertad de movimientos que tengo nadie puede alcanzarla cuando se vive en un ambiente encerrado, sin aire.
WICHITA. – Le querrán mucho, le aplaudirán.
THARSIS. – Está prohibido hablar de mi, está prohibido mostrar lo que hago ; solo se puede hablar de mí si es para calumniarme o injuriarme. Acaban de escribir que había que castrarme para impedir que tenga hijos que como yo… Los hombres de circo, de la farándula, los artistas, ” no existimos “. Y como consecuencia para nosotros Madrid tampoco tiene habitantes.
(…)
THARSIS- – No es posible. Han silenciado mi nombre, me han difamado. De mí, como de todos los que salimos solo se conoce una leyenda de calumnias.
Palabras sobre las que caen las respuestas del Duque:
DUQUE, con sorna. – Ahora solo sueñas con volver para impresionar a los viejos republicanos que esperan, cándidamente, que un día Madrid se vista de fiesta.
(…)
DUQUE. – Un día te morirás… y la prensa de… tus (con sorna) ” enemigos “hablará por fin de ti. Todos los periodicos contaran tu vida, a su manera, y dirán que eras el mayor prestidigitador de la historia, el que mejor ejercicios de aros y de bolas hizo nunca… y que gracias a ti España, su España ” de ellos ” es grande y como ya no podrás decir nada ni para defenderte ni para molestares, porque tendrás tres metros de tierra sobre tu panza, te venerarán!
(…)
DUQUE. – Los prestidigitadores que se quedaron en España ya los ves : celebres en Madrid, conocidos amados, premiados… Ocupan el lugar que tu deberías occupar sin complejo ninguno, sin levantar el mas mínimo dedo naturalmente, por que cesen las campañas contra ti… Y ademas están preparados por si un dia sobreviene un hipotético cambio ; ese día serán los primeros en proclamar que han batallado tanto y cuanto para combatir la situación. Serán los primeros en condenar los hombres que hoy les premian y les corrompen… y a ti ese dia, te considerarán como un vago que solo supo hacer una cosa : escoger la solución mas sencilla : el exilio.
Las dobles varas de medir de quienes se quedaron en España; el deseo de triunfo a la vuelta de los exiliados; la camaleónica supervivencia. Las críticas de Arrabal arrecian por los cuatro costados, más cerca del arte y más lejos de la ideología.
Mientras de esto se diáloga, suceden varios hechos más en consonancia. Por un lado, el viejo funambulista cuenta la historia del Madrid de Nuevo Méjico, pueblo minero que vivió un gran esplendor y que ha terminado rodeado de escoria y cadáveres, cuervos y buitres que él es capaz de controlar. Wichita ya es incapaz de caminar sobre el alambre, única razón de su existencia, por lo que decidirá unirse al resto de sus convecinos muertos en un acto de suicidio. Por otro lado, Tharsis quiere aprender a ser volatinero, que Wichita le enseñe, para triunfar en el Madrid español a su vuelta, andando sobre un alambre extendido en las alturas de la ciudad (Puerta del Sol, Telefónica…). El Duque, que junto a Tharsis se halla disimulando su propio secuestro por teléfono de cara a su padre, poderoso hombre en España. Y un tren fantasma, que recoge los cadáveres para fabricar comida para perros. Son, todos ellos, elementos metáforicos, simbólicos, insertos en el marco que, con acento en el exilio, da pie a la obra. No podemos olvidar los remanentes del llamado “teatro pánico” al contemplar estos elementos, o, como por ejemplo, los consejos del viejo funambulista a Tharsis:
WICHITA. – ¿Se te pone dura?
THARSIS. – Sere una raíz sobre el alambre, entre el oceano y la herencia.
WICHITA. – Se te tiene que poner dura, durisima para ti mismo… porque tendras la necesidad de darte a ti mismo por culo. Tienes que enamorarte de su cuerpo erguido y de tu calor y de tus cojones que hierven.
THARSIS. – Tambien sere una puta.
WICHITA. – Una puta y tambien el amor loco.
O las discrepancias amorosas:
DUQUE. – Hablas de amor… y solo suenas que tu sexo entra en culquier orificio para humillarlo.
THARSIS. – Callate.
DUQUE. – Hablas de libertad y solo sueñas con azotar y torturar mujeres cuyo único crimen es el de ser mas altas y mas bellas que tu.
THARSIS. – No sabes de lo que hablo.
DUQUE. – Juegas a los poetas cuando solo piensas en el esperma.
THARSIS. – Nunca has comprendido nada.
DUQUE. – Eres tu el que nunca has comprendido nada, y sobre todo no te has comprendido tu mismo, te has pasado la vida sodomizando moscas y dando por culo a pobres muchachitas que tenían el atractivo para ti de ser inocentes y puras.
THARSIS. – ¿Has terminado?
DUQUE. – Daba gusto oírte hablar de ” tu novia ” a la que chupabas y mordías ” un poquito ” como tu decías al viejo.
THARSIS. – Y es cierto la chupaba y sentía una fragancia en la boca infinita, y al morderla mi alma se alimentaba.
DUQUE. – Pedazo de cerdo… Y si te hemos de creer dejaste de chuparla y de morderla porque su fragancia se transformo en pestilencia… Cuando en realidad a la pobre chica la torturaste hasta casi matarla por tu propio placer.
Son las estribaciones del surrealismo, el extremismo del esperpento y del tremendismo, la crueldad o incluso el realismo mágico, aunque no acude tanto a lo “grotesco” sino a lo que yo denomino lo “groseresco” y el groserismo: subir al escenario lo grosero, incluso lo infame, extremarlo, sublimarlo, cara al escándalo y la provocación -como si el mismo libertino dios Pan fuera el protagonista. De este modo, el absurdo, lo real y lo imaginario, la denuncia, lo onírico, lo sádico y repugnante, pueden darse cita y mezclarse en el ceremonial irracional y catárquico arrabalero, produciéndose, como En la cuerda floja un contraste brutal entre la nostalgia meláncolica del exilio y las connotaciones sexuales presentadas.
El miedo y el horror, como rasgos con los que el propio Arrabal define lo “pánico” están presentes en la desolación del paraje cimentado sobre la muerte, los recuerdos del falangismo, los cuervos que sobrevuelan a los protagonistas, el tren fantasma que va y viene recogiendo cadáveres o el suicidio inesperado. El absurdo, lo kafkiano, en el hecho de que la situación jamás es explicada, sino que se da por hecho que sea así; que todo lo contado se dé simultáneamente como relacionado entre sí; que al final de la obra, un helicóptero enviado para matar a los personajes sea derribado por los pájaros mientras Tharsis pelea contra la gravedad sobre el alambre.
Sin embargo, a pesar de todo ello, hay que subrayar que esta obra no se cita sino como “post-pánica”, ni se cuenta entre los exponentes del Movimiento.
A veces he pensado que en ese “no tomar en serio a Arrabal”, España no se equivoque tanto, porque aquí, realmente, se vive en un eterno absurdo emocional y grosero. Es posible que la reacción de la actual España, e incluso de la franquista, fuera, precisamente, la respuesta esperada y búscada por Arrabal, la misma que inspiraba el dios Pan en los bosques. Por un lado risa, por otro censura, todo impulsivo, nada sesudo. No se le aplaude, pero pienso que ésa es la mejor reacción: un aplauso sería toda una traicion; la complacencia en él significaría contradicción. Arrabal no puede pretender el triunfo benaventino tirando por estos caminos: Tharsis, en realidad, nunca extendió su alambre en la Puerta del Sol, sino en el Madrid de Nuevo Méjico. Si lo hubiera hecho, ya no sería Tharsis, o Arrabal.
Héctor Martínez
04.05.09
COUR TEATRO E IGNACIO PAJÓN LEYRA
Ya en otros artículos he hablado al lector de Ignacio Pajón Leyra. Así, de su Fenomenología de la incertidumbre (Fundamentos, 2002), de El muérdago (Fundamentos, 2002) y de Cualquier lugar, cualquier día (ATT, 2006), obra, ésta última, traducida al inglés por Stella Fernández (Cambridge BrickHouse Books. Lawrence (Massachussets). 2007), y al francés por Jordane Sauvaire (2008); obra que de nuevo es la razón por la que el autor aparece un día más entre las páginas de Retrato Literario.
Cualquier lugar, cualquier día vuelve a ser noticia por dos motivos: su segunda edición el pasado año 2008, esta vez en Ediciones Antígona, y el encontrarse actualmente en cartel del Teatro Espada de Madera con la compañía Cour Teatro durante el mes de abril en curso. Ya fue estrenada en Cádiz el 20 de junio de 2008 por el Grupo de Teatro Al Desnudo y de nuevo sube a las tablas en la capital.
Se trata de la obra de mayor difusión nacional e internacional, hasta el momento, de Ignacio Pajón, celebrada de continuo en este espacio. Y una vez más, Retrato Literario quiere prestar su apoyo incondicional a autor y texto, como admirador y amigo.
A sabiendas de que mi lectura de la obra difiere en mucho de otras visiones y artículos, no reincidiré en ella ahora, remitiendo al lector a las entradas anteriores. En cambio, quiero añadir alguna nota más en la nueva ocasión presentada, algo no dicho aún, para evitar la reiteración. Hoy he de fijarme en que se trata de piezas breves, ocho para ser exactos, y su perspectiva histórica.
Cuando me volvió a las mientes la obra, reparé en un rasgo que antes no me saltó a la vista. ¿Será posible que podamos leerla en una dirección u otra? ¿Podremos leerla a saltos? No me pregunte el lector cómo llegué a este pensamiento. Soy, como muchos otros, de esos que en no pocas ocasiones cogen el libro y le miran las últimas páginas, aunque no para saber el volumen y cantidad; y luego voy echando las hojas en el sentido contrario. Quizás lo haga para no topar de bruces con el prologo o la introducción que me rompan la ilusión de hacerme una idea antes, por mis propios medios. El caso es que me respondí que sí, que era posible ir hacia atrás en el tiempo y el espacio con Pajón leyra. Empezar por el epílogo, el aquí y ahora de una puerta de teatro, y viajar hasta las Termópilas del 480 a.c. Como en un “giro copernicano”, lo observado sigue siendo lo mismo. Esto confirmó mi sospecha de que el autor no ha buscado una progresión cronológica y lineal, en que cada momento y lugar sean argumento sedimentado para el presente. Por ello son piezas breves y separadas, independientes entre sí, pero entrelazadas. Es decir, en la inversión del tiempo, descubrí la razón de ser, formalmente, ocho cuadros distintos: la unión entre ellos no es temporal, sino la reiteración de un mismo motivo, por lo que no cabe aducir que hoy deberíamos haber aprendido del ayer, que nuestros días tendrían que ser mejores que aquéllos otros del pasado. Si algo más ha de destacarse en la obra, es esta cura de la “enfermedad histórica” y de la idea moderna de progreso.
Puede, empero, inducir a error que los episodios sean de escenario “histórico”; el mismo error en que caerían quienes se fijaran en las fechas más que en el título. Pajón Leyra podría haber confeccionado otras ocho piezas más, o no hubiera necesitado irse mucho tiempo atrás. Lo “histórico” no es más que el telón de fondo de esta historia de un error; uno y el mismo. Acaso sea la simple necesidad de que el público conozca el contexto, más o menos, para lograr que, en la brevedad, aquél pueda identificar el tema sin tener que saber de historia. Y de aquí, es posible reenganchar con mi lectura de entonces, la que, desgranando el título como criterio para el texto, no veía un simple anti-belicismo o pacifismo, sino una raíz más profunda, menos idealista, más intemporal.
Aún no he podido acudir a las representaciones en el Teatro Espada de Madera, aunque me consta, por el boca a boca, el gran trabajo de Cour Teatro -Ester González, Olga Goded y Nacho Hevia- en las seis representaciones de esta obra que llevan a sus espaldas, con lo que están avaladas las otras seis que les quedan por delante, tras la Semana Santa, en la calle Calvario de Madrid, hasta el día 25 de abril, de jueves a sábado a las 20:30 horas.
Héctor Martínez
AUDIOVISUAL
Entrevista a Ignacio Pajón Leyra
Trailer Cour Teatro de “Cualquier lugar, cualquier día”
Imágenes Cour Teatro de “Cualquier lugar, cualquier día”
04.04.09
“DEL MADRID CASTIZO”, ARNICHES
Las breves piezas que representan los sainetes dieron gran popularidad al dieciochesco Ramón de la Cruz, o a los hermanos Álvarez Quintero y a Carlos Arniches en el s. XX. Resultará llamativo que el género popular se asociara con tanta facilidad a Madrid y diera lugar al género chico de las zarzuelas. Más aún cuando Arniches comenzó con intención de ridiculizar con cariño el aire madrileño, y se encontró con que la gente de Madrid asumió como suyo los rasgos que el alicantino les daba. Será la chulesca actitud que impide que del madrileño se ría alguien. Casi cabría decir que Arniches no describió el madrileñismo, sino que lo creo, mitificando ciertas zonas de la capital y generalizándolas al resto de la extensión, de Puerta y Ronda de Toledo y Embajadores a la Cebada, Magallanes, El Rastro, Beneficencia, Salitre y Peñón (hoy dedicada al autor). Así, al menos, lo apunta mi querido Montero Padilla:
El <<madrileñismo>> constituye otro aspecto esencial del teatro de Arniches. Y, sugestivamente, curioso además, porque, en muchos casos, más que una <<madrileñización>> del sainetero hubo una “arnichesización>> -valga la palabra- de Madrid. Una vez más la Naturaleza imitó el Arte.
Por lo general, se considera a Del Madrid castizo como una colección de sainetes costumbristas y cómicos. El mismo Arniches los define como “cuadros de ambiente popular” y señala un objetivo poco trascendente:
No tienen significación ni importancia artística ni trascendencia literaria. No creo que valga la pena leerlos ni mucho menos conservarlos. Yo los publico, porque quiero en estas páginas humildes rendir a Madrid, a este pueblo tan querido, un tributo fervoroso de amor filial.
Ahora bien, si hay algo que Arniches subraya de continuo es ese carácter humilde de estos sainetes, que nos revelan muy otro objetivo:
Podría yo haber buscado un escritor ilustre de fama indiscutida que hubiese prologado este libro, pero no he querido que la ingerencia de una pluma brillante le haga perder la humildad de su condición.
Todo en él debe ser como el medio social que refleja: pobre, sencillo, oscuro.
El madrileño de adopción podría haber pintado otros cuadros, y, sin embargo, prefirió el ambiente pobre, sencillo, oscuro, el marco humilde de la capital para sus pinturas. En este aspecto, la obra alberga una intención que deja atrás el mero tributo a Madrid, toda vez que, si se quiere homenajear, no se acude a tal perspectiva. Esta intención es la que aleja la obra del “género chico”, del Madrid tan particular que ha terminado quedando como símbolo, pero se acerca a la pretensión de reflejar unas situaciones sociales determinadas. Así se justifica el Cuadro Segundo de La pareja científica, en el que el autor, en tanto que autor, se hace personaje e interpela al público en clave social:
El que escribe estas líneas humildes, estrena de vez en cuando en los teatros madrileños unos modestos sainetes que han merecido en ocasiones repetidas vuestra benévola sanción.
Para no perder el contacto con esas gentes pícaras y jaraneras, alegres y resignadas, que intenta dibujar, llega a menudo hasa sus barrios míseros, se asoma a sus casa hediondas y conoce toda la tragedia, que aderezadas con el donaire y la camándula, soporta este simpático, este pintoresco pueblo madrileño.
Por eso alguna que otra vez, quiere exponer a vuestra atención, burla burlando, estos cuadros tristes, pavorosos, amenazadores, lamentables, como el precedente.
A los verdaderos desvalidos no les alcanza nada.
Yo pido para ellos; para esos golfos peludos, roñosos, grotescos, famélicos, abandonados, sin hogar, sin parientes, sin nadie… Para esos míseros chiquillos que a la salida de los teatros y de los bailes corretean alrededor de vuestros carruajes entre la niebla de las noches crudísimas de invierno, voceando -para avisar a chauffers y cocheros- vuestros nombres.
El mismo Madrid que, tres años después, en 1920, nos presentaría un Valle-Inclán, desde el ángulo de una bohemia decadente, probablemente con algún ojo que ya había pasado por las obras saineteras de Arniches; el Madrid descrito en la introducción a Los pobres:
Almas piadosas, corazones magnánimos que cedéis ante la demanda plañidera del mendigo que os tiende en la calle la mano escuálida, seguidme. Venid conmigo a los inmundos rincones de un Madrid lamentable y mísero, artimañoso y agenciero, que por fortuna desconocéis, y ecuchad estos edificantes y verídicos diálogos.
Un tema que recuerda sensiblemente y recupera la figura literaria del antihéroe pícaro con su dosis de crítica y denuncia. Aquí son los raterillos, los golfos, los pedigüeños y mendigos que encontramos en Los pobres o en La pareja científica, y los contrastes de clases económicas en Los ricos o en Los ambiciosos.
La imagen pesimista acerca de Madrid -y en general de España, según los personajes- acusa un fuerte contraste con la mitificación de las zarzuelas. En este sentido, los sainetes de Del Madrid castizo se separan de la tradición y los modos de aquéllas, cuando nos encontramos en Arniches con la temática regeneracionista sobre el “problema de España”, así en Los culpables o en El zapatero filósofo
SEÑOR SIDONIO.- (…) El pueblo seguirá creyendo que aquí lo que faltan son políticos, y los políticos, que lo que falta es pueblo… Y lo peor es que los dos tendrán razón. Las susistencias estarán en las nubes, y los jornales, en el arroyo. La generación del noventa y ocho seguirá creyendo que es más ilustrada que la <>, que cada dos versos, es una viñeta. Todos seguirán diciendo que esto está mal, y nadie procurará que esté mejor. El que trabaja servirá de irrisión al que no trabaja.
Esta misma línea la encontramos en La risa del pueblo, sainete simbólico en el que hay quien disfruta de las penurias de otros, o zancadillea sus vidas para echarse unas risas, y de los que no se conoce oficio ni beneficio. Una alegría que no es propia sino que está en el mal del otro, que es casi tanto como asegurar que no hay alegría y hay que lograrla:
¿Y eso es alegría, y eso es chirigota, y eso es gracia?… Eso es barbarismo, animalismo y bestialismo. Y hasta que los hijos del pueblo madrileño no dejen de tomar a diversión todo lo que sea el mal de otro…, hasta que la gente no se divierta con el dolor de los demás, sino con la alegría suya…, la risa del pueblo será una cosa repugnante y despreciable. Bonifacio Menéndez, ris, ras, rubricao.
Cuatro rasgos más se deben destacar de la obra: los personajes, el lenguaje, las acotaciones y la clara intencionalidad moral. En lo que respecta a los personajes, debe tenerse en cuenta que estamos ante “sainetes rápidos”, lo cual conlleva que no pueden ser tan complejos que impidan una presentación rápida en pinceladas y sean ellos mismos quienes se caractericen con el diálogo. En general son sencillos, populares y reconocibles. A través de ellos se plantea la situación que viven, verdadera protagonista de cada pieza, dándole cuerpo y expresión por medio de esa “lengua madrileña”, el peculiar “deje” de la capital, uno de los mejores artificios archinescos por el que los personajes y las circunstancias quedan mostradas en poco con el contraste cómico, chulesco, y lo dramático del fondo. “Ca” por “cada”, “Ties” por “tienes”, la vulgarización de términos técnicos o palabras extranjeras, interjecciones y traslados metonímicos.
Son las acotaciones el vivo ejemplo de que Arniches jamás pensó en una verdadera representación de estos sainetes, si bien alguno aparece denominado “cuento representable”. En ellas Arniches se muestra más narrador que otra cosa al introducir elementos que no van a aparecer, relatando algo acontecido anteriormente -una pelea, por ejemplo-, señalando un camino seguido por tal o cual personajes a través de diversas calles, trasladando un ambiente irrepresentable -tardes claras y frías, o brumas tenues que nublan el perfil de la sierra. Nos sitúa, en las más de las ocasiones, en una escena novelada.
Madrid. Va mediando octubre. Son las cuatro de la tarde. Una bruma tenue nubla el perfil de la sierra ejana, La luz del sol es color de oro pálido, y el azul del cielo, unpoco gris. Hace calor, un calor que atenúan frescas ráfagas de aire que soplan de cuando en cuando, levantando ligeros remolinos de polvo y haciendo cabecear suavemente los árboles, que ya amarillean.
No pocas veces se ha observado -Manuel Seco o Montero Padilla lo hacen- el carácter cinematográfico de muchas de las acotaciones en el movimiento que reflejan y la visualidad de la escena, aspecto especialmente relevante para unas obritas como de las que hablamos en la época en que fueron escritas. Al respecto, la acotación inicial de La risa del pueblo, o varias de La pareja científica.
El eje central en torno a cual giran todas las piezas de Del Madrid castizo es su función moralizadora, que cabe deducir de la preocupación social, la perspectiva que mira sobre un Madrid pavoroso y mísero, y los tintes regeneracionistas señalados. Todas ellas se acentúan en un aspecto concreto de comportamiento: contra el falso mendigo y verdadero vago o los que pretenden vivir sin trabajar frente la necesidad del trabajo bien hecho y a conciencia para bien de España; contra la ludopatía, frente al divertirse con el mal ajeno, el tema del falso creyente o el falso comunista, la felicidad en lo poco y no en la ambición y, como no, sobre la cuestión aliadófila o germanófila en la Primera Guerra Mundial, el progreso y su escepticismo.
¿Pensó Arniches en su representación? Dicen que no, y además, nunca lo pretendió. Y sólo contamos, históricamente, con una adaptación de 1952 en el María Guerrero. ¿Son para él de tan poco valor literario? Probablemente no, aunque pese más para su autor el tributo que rinde a Madrid, antes de dar una vuelta de tuerca más y empezar con su “tragedia grotesca” de, quizás, mayor sabor literario, pero género más próximo al vitoreado esperpentismo valleinclanesco. Género esta “tragedia grotesca” que se retrotae a piezas anteriores: como aquélla tan celebrada de La señorita de Trevélez, que a mí me recordó siempre el sainete visto de La risa del pueblo.
Héctor Martínez
02.10.09
“LAS TRAMPAS DEL AZAR”, BUERO VALLEJO
Cuando era estudiante y andaba enredado en las marañas de versos, propios y ajenos, y apenas había tocado el teatro, conocí el nombre de un tal Antonio Buero Vallejo. Fue en un libro, no recuerdo el título, sobre poesía del s.XX, donde me topé con un retrato de Miguel Hernández, en realidad “apunte al natural”, realizado por Buero al cruzarse ambos en la cárcel de Ocaña. ¡Pensé que era pintor! No mucho tiempo después, descubierto el placer de leer teatro, reparé el error. Bueno, no tanto error. La pintura también corrió por sus venas.
Pasaron por mis manos las célebres Historia de una escalera y El tragaluz. Y hace poco, cayó sobre ellas Las trampas del azar, de la que hoy hablaré.
Estrenada en Madrid en 1995, en el Centro Cultural de la Villa, conserva como todas las de Buero el poso por el que hablamos de tragedia, esa especie de destino al que se llega, haga lo que se haga, incluso cuando, como ocurre en la obra que tratamos, todo parece cosa de la casualidad y del azar. Pero, efectivamente, éste resulta estar más unido al destino de lo que pensamos, sobre todo cuando pretendemos escapar del segundo:
PATRICIA.- Todas esta jugarretas del azar… Como si él se riese de nosotros… Creíamos poder razonarlo todo y él nos demuestra lo ciegos que estamos…
GABI.- Procuraremos abrir los ojos.
PATRICIA.- ¿Podremos?
GABI.- ¿Qué quieres decir?
PATRICIA.- ¿Seguiremos repitiéndonos, y no sólo físicamente?…
(…)
PATRICIA.- Que ese temor nos gíe. Es el que tal vez pueda hacerlo cambiar todo mañana.
Estamos ante uno de los últimos textos de Buero Vallejo, que, después de muchos años, retoma los puntos esenciales de su dramaturgia principal como Historia de una escalera. También en Las trampas del azar existe esa especie de “eterno retorno”, de repetición y similitud en el movimiento de la vida pese a la rebeldía de los personajes más jóvenes. Lo sucedido antes se transmite al después, de padres a hijos, incluida la fisonomía de los personajes, lo que permite a Buero Vallejo jugar extra teatralmente con los actores: quien hizo de hijo o hija, puede muy bien seguir haciéndolo treinta años después en un supuesto nuevo personaje. Esto nos llevaría a que desbordáramos el texto y nos trasladásemos más allá del propio tiempo de la obra a lo no contado, hacia pasado y futuro, en la cadena.
El eje central del argumento, vuelve a ser un objeto inerte, imperecedero al paso del tiempo, al caso una farola, como en otros años fuera la escalera. Una farola que con su luz, en la noche, no deja a un joven enfermo dormir con el balcón abierto tal como le recomienda la medicina. Y una torpeza humana impaciente conlleva el paso de la luz a la oscuridad. Una farola que es el principio de toda la tragedia. La farola de la calle se convierte en el punto de reunión de toda la trama y ante ella pasan las dos generaciones de personajes. A la vez es personaje testimonial y punto de toda la acción, recordando en el presente un pasado sucedido, sirviendo de inicio y de final:
Gabriel baja de la acera y, muy cansado, se dirige hacia la farola del fondo. Se enfrenta a ella y se detiene. Sin que se oiga ningún otro estallido, la farola se apaga. Toda la escena ingresa en la tiniebla, menos la mujer y el músico iluminados.
Los personajes se presentan solos, aislados e incomunicados, a pesar de que, por ejemplo, sean matrimonio, y que seguirán una transformación psicológica, actitudinal o de carácter. Existe un juego de máscaras y ocultación que les parapeta consigo mismos, lejos del propio diálogo. Así se introduce el misterio, la pregunta y la cuestión por la verdad de los hechos. Lo oculto puede ser un defecto físico -habitual en Buero- que deriva en dolor moral, o un acto que pesa en la conciencia a lo largo de toda la vida. Existe, en cambio, otro personaje que, junto a la farola, tampoco varía, y hace las veces de personaje contemplativo. Es el músico Salustiano, por el que resbala la que podríamos llamar “banda sonora” de la escena, interpretando a Schubert y su Impaciencia o La Trucha, a violín y piano. Y otros objetos que frente al cambio, muestran su rasgo de permanecia como un retrato de un antepasado ceremonial y condecorado.
Como en Historia de una escalera, grandes saltos de tiempo estructuran la obra. En este caso es el paso de treinta años el que separa una generación de otra, guardando, empero, la singular simetría entre ellos y el hilo histórico que las une. No por otra razón el subtítulo de la obra es Dos tiempos de una crónica; es decir, dos generaciones sobre el mismo suceso. El contexto de fondo también es el mismo, la época del franquismo, y nos devuelve al Buero realista que traslada el enfrentamiento familiar y el conflicto individual a una esfera social y colectiva. Pero no caigamos en error: pese al eco realista, la obra está dominada por un perfecto encuadre simbólico que genera la doble lectura de la obra. Todo es lo que parece, pero además es otra cosa como símbolo que debe llevarnos más allá. Así, por ejemplo, junto a la farola o la música de Schubert, Armando y Lisardo, padres de la primera generación, Matilde y Gabriel, en su intransigencia reflejan el espíritu dictatorial del país en el primer tiempo de la crónica. Sólo en ellos encontramos las referencias más directas al franquismo y los cambios producidos durante el mismo:
ARMANDO.- Los tiempos han cambiado y ya no es posible nuestra Revolución Nacional… Se avecina la tecnocracia. ¡Pero en el Partido hay que seguir!
(…)
ARMANDO.- ¡No lo dudes! A su Excelencia le agrada verlas. Para él son otras pruebas de leal adhesión. Porque también él sigue siendo en el fondo el mismo, aunque las circunstancias mundiales le hayan aconsejado ciertos cambios.
Y el fondo simbólico continúa: una farola rota de un ladrillazo; una luz que se apaga y cristales que caen y que hieren de por vida. Nadie sabe quién rompió la farola. Todos creen que fue una teja desprendida por el viento; o al menos, así quieren creerlo todos. Nadie quiere revolver el pasado, ni saber por qué se acabó con la luz de la farola. Ésta fue restaurada y con eso basta. Tampoco nadie pregunta cómo un joven rebelde termina heredando y aceptando hacerse cargo de un delictivo y contaminante laboratorio, dedicado al tráfico de armas. Durante la vida de Gabriel, todo permanece oculto y en silencio. Tan oculto como la espalda de su mujer, Matilde. Sólo treinta años después, el remordimiento, las confidencias a un músico callejero y la intromisión de un hijo igualmente rebelde, Gabi, enfrentado a su padre, sacarán la verdad de su oscurantismo, aunque a un precio verdaderamente alto.
En este breve comentario, algo más hay que destacar de la obra: las acotaciones. Desde que Valle-Inclán decidiera acentuar su valor literario por encima del meramente indicativo para la representación, se abrió un camino de renovación que revitalizaba el texto leído frente a la puesta en escena. Tales acotaciones revalorizan al teatro en su primer y fundamental rasgo, como obra literaria escrita. Las acotaciones no se representan, simplemente se siguen. Pero cuando el autor, al caso Buero, escribe en ellas:
Diversas estructuras escénicas podrían imaginarse, La descripción siguiente es sólo una de esas posibles.
Indudablemente abre el campo de libertad para la dirección de escena. Buero, con ello, convierte la acotación en un consejo, una posibilidad, y no en indicación severa y rígida. Posteriormente, las acotaciones son de este tenor:
Un violín comienza, antes de que el telón -si lo hay- se alce, la melodía de “Impaciencia”, la canción de Schubert. Las luces van precisando el conjunto y se encienden sucesivamente las diversas farolas, desde el fondo hasta las más cercanas. En la penumbra del anochecer y bajo un cielo ya muy oscuro, las dos farolas del primer término proyectan vivas claridades, que alumbran a la izquierda la breve callejuela y a la derecha resaltan el velador y la puerta de la taberna. Los muebles del centro no están iluminados y ninguno de los dos trastos, alzados, oculta ahora la calle central. No hay más luz para la calleja de la izquierda, más bien oscura, que la de la farola del proscenio; en la derecha y además de la farola de pared que la ilumina, la callejuela de la taberna parece recibir más claridad lateral de reverberos invisibles
Dudo que ningún director de escena se haya propuesto intentar mostrar “una penumbra del anochecer, bajo un cielo ya muy oscuro”, “vivas claridades” o esos otros “reverberos invisibles”. La acotación, de hecho, más parece una descripción literaria de un lento juego de luces y sombras, que es en lo que más hace hincapié Buero Vallejo, para destacar el doble valor de la acotación.
Las trampas del azar no es una de las obras más comentadas del teatro de Buero. Acaso es de las que más desapercibidas pasan, sin cosechar los antiguos éxitos en el espectador. Me atrevería a pensar que la razón estriba en ser una obra de lectura que algo pierde cuando se lleva a las tablas. Sin embargo, en ella persiste el particular “humanismo” -permítase dar un “-ismo”, junto al adjetivo “particular”- que se desprende e impregna su mirada social, muy crítica, pero real. “Humanismo” particular que quedó perfectamente ilustrado en su discurso del Premio Cervantes, allá por 1986:
Los escritores nos preguntamos cada día qué podríamos escribir aún en esta tierra amenazada de muerte… Siempre podemos y debemos, es claro, tratar de expresar poética y experimentalmente cuanto encierran de prodigioso y enigmático las cosas externas y nuestro propio interior; pero, si tornamos la vista hacia nuestros mayores maestros, en ellos volveremos a advertir cómo supieron sumergirse en las vivas aguas de la imaginación creadora sin dar la espalda a los conflictos que nos atenazan y de los que también debemos ser resonadores.
Sacarnos de los intrincados laberintos en que nuestra especie sin paz anda perdida no es tarea que puedan cumplir por sí solos la poesía, la novela o el teatro; pero probado tienen que sí pueden despejar un tanto los extraviados caminos individuales o colectivos por los que vagamos cuando, a los deleites estéticos que nos brindan, los saturan y fecundan los dolores, las inquietudes y las esperanzas de los hombres.
Héctor Martínez
“CASI LOLITA”, DE ALFONSO PASO
Junto al término “lolita”, desde que Nabokov lo usará en su novela, el mundo entero parece entender inmoralidad, perversidad, pedofilia, y el largo etcétera puritano y superficial que censuró en su momento a Nabokov, y censuraría cualquier obra que al tema refiera hoy en día. Pocos años después, un dramaturgo español, Alfonso Paso, usaba la cuestión con precaución. El “casi” de Casi Lolita, refiere a una adolescente atractiva y amoral, de diecisiete años, camino de los dieciocho -no los doce de Nabokov-, que pone en solfa el mundo moral de un adulto sociólogo de renombre, a punto de casarse.
No es la intención de Paso el provocar al público. Al menos, del Alfonso Paso que conocemos, el del éxito comercial en los sesenta y setenta, que sabía jugar excelentemente con el gusto de la clase media para llenar los teatros. Y de hecho, Paso no se planteó la reserva moral que hoy día nos acucia, sino muy otra, entre los espíritus rebeldes y los conservadores:
Les insisto nuevamente que no he intentado derrochar ingenio, dármelas de gracioso, ni crear situaciones trepidantes, ni salirme con la poesía en la mano. Yo creo que mis propósitos están bien claros y tal vez uno de ellos sea demostrar como en cada conservador hay un rebelde fracasado y en cada rebelde hay un conformista frustrado
Se trata de una obra en dos actos, el primero de ellos en dos cuadros, muy desconocida y probablemente descatalogada, de 1967. Un reparto de cinco personajes, dos mujeres -Patricia y Pepita- y tres hombres -Juan, Jaime y Enrique-, con un personaje del que sólo oiremos la voz -Brígida, esposa de Jaime- y dos de los que sólo sabremos por descripción -Pedrito, primo de Pepita, y Manolito, un pintor.
Todo ocurre en un escenario único: la casa de Juan, nombre quizás elegido a propósito de la figura del Don Juan, dura dos días, y comienza con una fiesta en honor del anfitrión por haber recibido el premio Excelsior, por un trabajo como sociólogo sobre la juventud rebelde, sus condicionamientos y sus teorías. Un hombre adulto, para el que:
El problema más grande perfectamente racionalizado se convierte en algo claro. Con solución.
(…) Todo. Todo se puede racionalizar. Yo lo he racionalizado todo siempre
Esa misma noche racionaliza dos problemas: el que le plantea su vecino, Jaime, sobre su vida de casado; y una conversación con su pretendida, la joven Patricia . Pero este conservador racionalista y moral tiene un secreto escondido en un cajón, bajo llave, oculto al resto del mundo. Un secreto que parece acrecentar la tensión dramática cuanto más se acerca su boda con Patricia y, por qué no decirlo, con su suegro, Enrique, que le procurará una buena posición, incluso en el gobierno.
Pero, ¡ay de esas puertas que cierran mal y necesitan de un esfuerzo y un empujón, de un buen cerrojo! Pepita puede entrar por ellas. Pepita, la adolescente y menor de edad, que se cuela en el piso, por la puerta de entrada que no cierra, una vez han marchado todos. Una muchacha que, al principio, nos entra tan mal como a Juan:
Juan -¡Oh! Esto se resuelve llamando a la policía.
Pepita -Hágalo. Nos vamos a divertir.
Juan -Usted sobre todo.
Pepita – Claro, tengo diecisiete años.
Juan- Pero…
Pepita- Le preguntarán qué es lo que hago yo aquí.
Juan -Y diré que ha entrado a robar.
Pepita- ¿Qué?
Juan- Las porcelanas.
Pepita- ¿Falta alguna?
Juan- No.
Pepita- Ya verá cómo se creen mucho mejor mi historia. Usted ha intentado seducir a una menor y la ha traído a su piso.
Juan- ¿Yo?
Pepita- Le digo todo esto porque a mí el escándalo me importa tres pepinos. ¿Y a usted?
Así aparece Pepita en escena. Y va con ella, no en el sentido de menor pérfida, sino, como dice Alfonso Paso, en el de alguien completamente recuperable. Por el chantaje, entra Juan al trapo, aún creyendo que dominará la situación e intentado analizar a esa joven sin aparente moral, provocativa y desgarbada que empieza a ponerle nervioso. Cada intervención de Pepita contando su historia, es de una indiferencia absoluta. Falta de virginidad, tres hombres en su vida, huyendo de otro -que es la razón que da de haber entrado en el piso de Juan-… frente al hombre que a la par la califica de desvergonzada y fulana, poco a poco va dejándose atrapar en una red de sinceridad moral. Una historia que va relatándose entre “la verdad o lo otro”, donde lo otro es lo que no se quiere oír.
La trama de la obra, sin querer revelarla, según se desarrolla va colocando a Pepita en el centro del argumento, relacionada con los tres personajes varones de diferentes maneras: un vestido azul, un embarazo y una infidelidad. Pero todavía más profunda será la relación que se establecerá entre Pepita y Juan, trastocando el perfil que, en el comienzo, imaginábamos de ellos. Así, el secreto del cajón de Juan es descubierto por Pepita, sin que ella se escandalice, convirtiéndose en la única en el mundo que lo conoce y que puede indagar en el interior de Juan:
Pepita.- ¡Pobre coleccionista de mariposas! ¡Hala, hala! No le des tanta importancia a tu colección, ¿sabes? Casi todos los hombres tienen su colección. A veces en un cajón secreto lleno de cartas, de fotografías dedicadas, de recuerdos. A veces en el cerebro.
Juan.- ¿Y cómo se llama a eso?
Pepita.-Soledad
El secreto que, para casi el final de la obra, cambia al Juan que vimos:
Juan.- Ese soy yo.
Enrique.- ¿Quieres decir que coleccionas estas cosas?…
Juan.- Sí. Las compraba a hurtadillas, escondiéndome de la honesta sociedad estatuída. Pensé que era un monstruo pero ahora comprendo que hay monstruos más terribles, más dolorosos que yo. Usted es uno de llos…
Enrique.- ¡Muchacho!
Juan.- Y me duele en todas partes mi hipocresía, mi miedo, mi ansia de condecoraciones y honores. Yo no soy eso. Soy esto y tengo que ver el modo de extraer belleza de todo esto.
Pero no sólo Juan se transforma ante Pepita. Ella sufre su propia metamorfosis en consonancia a la pretensión de Paso:
Pepita.- Te quiero.
Juan.- ¿Por qué?
Pepita.- No sé. Tú eres también mi esperanza. Sé guisar, coser. Tengo cultura. Y un corazón muy grande y unas ganas de querer enormes. La envidio a ella. A Patricia. Envidio su traje blanco y su ramo de azahar. Quisiera ser toda azahar para ti. Porque la envidio el novio.
Juan.- Pero tú eres una rebelde.
Pepita.- O una conformista frustrada. No lo sé. Lo que sé es que te he aguardado aquí como una mujer espera al marido que se ha ido de picos pardos. Temblando de miedo a que no volvieras y deseando que vinieras para besarte y besarte…
Juan.- Oye, ¡Estás llorando!
Pepita.- Sí
Juan.- ¿Por qué?
Pepita.- Porque te quiero.
La Pepita de este pasaje no es la misma que nos presentaron al principio. La rebelde, indiferente, escandalosa y amoral Pepita desaparece ante nosotros y surge un fondo en el personaje muy distinto.
Dichas transformaciones vienes advertidas por Alfonso Paso desde el comienzo:
Pepita, a pesar de su aparente descaro, no obstante, su amoralidad, por encima de su tenaz y explosiva rebeldía, es un ser limpio perfectamente recuperable. Juan, no obstante su hipocresía, a pesar de su tonta ambición, por encima de su miedo es un hombre valioso con sitio en cualquier sociedad que se estime justa.
Temas, por tanto, como el amor y la ternura, la verdad sobre uno mismo, se entremezclan con otros sobre la hipocresía moral de la sociedad, el conformismo, la rebeldía o el cinismo. Casi Lolita, sin embargo, no está exenta de toques de humor, logrados gracias al contraste inicial de los personajes que, poco a poco, va desgranándose hacia un tono y fondo mucho menos cómico de lo que pudiera esperarse. ¿Con qué fin? Paso no elude hablar de finalidad didáctica y ejemplar:
Mi obra no sólo tiene un final ejemplarizante; toda la acción, hasta cierto punto, es ejemplar. Espero por ello que a los que importan estas cuestiones se les vayan más las mientes en el fondo que en las formas.
(…) yo podría haber hecho una comedia deliciosa llena de carcajadas y de mucha risa; he preferido no hacerlo así. Como ya dije en otra ocasión, debe ser que me estoy haciendo joven
Casi Lolita es un extraño acierto muy desapercibido de Alfonso Paso contra los puritanismos sociales que esconden sus “inmoralidades” debajo de la alfombra, o en cajones cerrados, o en espíritus rebeldes, moralistas o conformistas, y llevan, siempre a un engaño sobre nosotros mismos y a sufrimientos innecesarios, a escarnios hipócritas que ocultan y esconden en sí mismos, con sus acusaciones y condenas, la misma “inmoralidad” que sus convicciones censuran.
Héctor Martínez


















