11.28.09

Presentación: “Los ángeles también lloran”, de Maria Teodora Miclea

Publicado en Unas noticias y otros tagged , , , , a 22:33 por retratoliterario

La revista de arte y ensayo “Madrid en marco” y el Espacio Niram de Madrid presentarán el libro bilingüe de poemas şi îngerii plâng -Los ángeles también lloran- de la jovencísima poeta Maria Teodora Miclea.

El acto tendrá lugar este domingo 29 de noviembre, a las 18h, en Espacio Niram de Madrid situado en Ópera, c/Independencia, 2. Entrada Libre.

En el evento intervendrán:

- Maria Teodora Miclea, autora del libro bilingüe şi îngerii plâng -Los ángeles también lloran-

- Héctor Martínez Sanz, escritor y filósofo, director de la revista “Madrid en cuadro”.

- Mihaela Petrache, Centro Hispano-Rumano de Alcalá de Henares.

- Horia Barna, hispanista y director del Instituto Cultural Rumano.

Demostrando una seguridad que sólo pertenece a los dotados de luz interior, nuestra joven poetisa -¿joven?¡muy joven!- nuestra pequeña poetisa no teme utilizar, por una pate un lenguaje extraordinariamente natural; y, por otra parte, metáforas y, por otra parte, metáforas chocantes, casi fantásticas.

Prof. Ileana Bucurenciu

Me alegró encontrar en su joven corazón tal explosión de colores e imágenes visuales personalísimas. Son versos sensoriales que nos alcanzan y atraviesan, que nos penetran por nuestros cinco sentidos abiertos a sus sencillas y vivas palabras.

Héctor Martínez Sanz

11.09.09

LUTOS EN LAS LETRAS (AYALA Y LÉVI-STRAUSS)

Publicado en Ensayo, Prosa, Unas noticias y otros tagged , a 20:15 por retratoliterario

F-Ayala

Francisco Ayala

Toda una generación de las letras, la que ha escrito las páginas literarias del s.XX que algunos enseñamos, se está marchando ante nuestros jóvenes ojos a pesar de las férreas voluntades de vivir. Francisco Ayala nos dejó, a la edad de 103 años con una aún más voluminosa y extraordinaria obra. Destacar alguno de los libros por encima de otros sería una gran injusticia, aunque en el caso sean dos en concreto sobre los que quiero centrar la atención como homenaje: por un lado, Los usurpadores (1949), y, por otro, El fondo del vaso (1962).

Los usurpadores es un conjunto de relatos en los que Ayala mezcló ficción y realidad, alternando lirismo y prosa, recreando el estilo propio de aquellos “eixemplos” medievales, o el lenguaje del Siglo de Oro al tiempo que se adaptaba a las temáticas predominantemente sociales y existenciales del medio siglo español. La intención de la obra es clara desde el comienzo, al definir “usurpación” como “el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo”. Distintas formas de poder y distintas formas de alienación, fechadas fundamentalmente en el Siglo de Oro para mostrar una condición humana atemporal -aquí coincido con Amorós al señalar que no existe evasión ni escapismo-, una lucha por el poder con sus consecuencias denigrantes, pero también con sus reveses a la manera de lección moral.

Ahora bien, en Los usurpadores encontramos también el inconfundible eco de Cervantes. Ayala, como aquél, se disfraza de un desconocido narrador, en cuyas iniciales le reconocemos, para prologar y poder incidir en cada texto, marcar y orientar al lector. Precisamente, la obra es posible contemplarla desde la perspectiva, no ya del Conde Lucanor, sino de las “novelas ejemplares” cervantinas y su humanismo tardo renacentista implícito, razón por la que subrayo esta obra entre las demás, siendo al mismo tiempo una de las primeras depués de largo silencio en que permaneció Ayala desde los años treinta.

El fondo del vaso (1962), cuyo comienzo lo tenemos en Muertes de perro (1958), prosigue la línea moralizante desde la profunda degradación humana, situándonos en una supuesta república hispanoamericana que vive bajo un régimen dictatorial. Con el género del dictador, muy trabajado en estas épocas como símbolo de protesta, Ayala puede descender desde la corrupción política y social hasta las inmundicias del hombre, próximo al esperpento valleinclanesco que mezcla inteligentemente con las técnicas de la caricatura, la parodia, la ironía y el humor. De nuevo Cervantes transita las páginas si observamos que al comienzo de la novela, el autor dedica un espacio a cierto repaso de la novela anterior con la que engancha, tal y como Cervantes hacía lo propio en la Segunda Parte de su Quijote. A la vez que recoge el espíritu cervantino, Francisco Ayala inserta técnicas contemporáneas como la inclusión de “recortes de periódico” en la segunda parte de la novela o el empleo de monólogos interiores en la tercera. Esto debe hacernos comprender que Ayala jamás fue ajeno ni a su tiempo histórico ni a su tiempo literario, y que supo conjugar el verbo de manera personal sin perder de vista el alrededor vivencial.

Debería hablar, por supuesto, de El jardín de las delicias (1971), Premio de la Crítica en 1972 y adaptada al cine. Probablemente una de las obras memorables para el lector y, precisamente, la que más admiraba, incondicional, Andrés Amorós. A Amorós le escuché en un ciclo dedicado a Ayala en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, sobre esta obra y su inspiración en El Bosco, pero también en el aspecto íntimo y biográfico del texto, como en la continuación de esa línea humanística de Ayala. Sin embargo, he preferido resaltar las dos obras anteriores, aunque muy conocidas, menos apuntadas que ésta. Bien podría haberme dejado caer por el lado ensayístico, del mismo modo abundante… y es que, ¡habría tanto que decir!… que a veces es mejor dar pinceladas y callar.

Sin duda, nuestras letras, las hispanohablantes -y digo tal porque Ayala tuvo los pies a cada lado del charco-, pierden con su falleciemiento uno de los últimos nombres que hacen entender el valor de esa tarea del escribir, de los últimos nombres que han adorado auténticamente a la musa y convertido a la palabra “literatura” en esa otra “Literatura”, con mayúscula, que rotula el frontispicio de cierto Panteón inmortal.

C-levi-strauss

C. Lévi-Strauss

Otro hombre centenario, esta vez de las filas de la antropología y la filosofía, fallecía pocos días antes que Francisco Ayala: hablo de Claude Lévi-Strauss, ligado intelectualmente al estructuralismo francés de la segunda mitad del s. XX y fundador de la antropología moderna. Su búsqueda de las estructuras elementales de la sociedad, el óseo rostro subyacente a la máscara social, y más aún al ser humano como objeto sometido a relaciones materiales, le llevaron a Brasil y a la observación etnológica de distintas tribus y pueblos poco “tocados” por la civilización, aunque sin la ingenuidad de pensar que podía presenciar un estadio verdaderamente primitivo del hombre -los pueblos vistos también tenían sus historia y su pasado, al margen de las civilizaciones-. Bajo esta reducción material, cosificación y exterioriación del hombre, propia del neomarxismo, contrario al historicismo y a los procesos conscientes, Lévi-Strauss indagaba la existencia de normas, reglas, esto es, “estructuras” más profundas, inconscientes, que pudieran ser el patrón de corte permanente de toda sociedad humana, actual y antigua. Por ello, el estructuralismo de Lévi-Strauss está fuertemente influido por el psicoanálisis de Freud y el materialismo ciéntifico de Marx, y, de alguna manera, supone una ramificación continuadora y sintetizadora de ambas formas de pensamiento bajo el espíritu positivista con que comenzó el s. XX.

Alguna vez ocurre que nos encontramos ante un relato mítico, o una leyenda, que, curiosamente, coincide con alguno de nuestra cultura. Más sorprendente es si no han existido relaciones entre ambas culturas, ni intermediarios. Quiere decirse que, con esto, puede suponerse que los planteamientos de otras culturas, en el espacio, y sobre todo, en el tiempo, no son muy diferentes de los plantemientos contemporáneos, o lo que es lo mismo, puede suponerse la existencia de un posible factor (o factores, elementos, estructuras..) común e inconsciente bajo el que vivimos y esquematizamos nuestras relaciones. El caso es que somos prisioneros de las estructuras, pre-existentes a nosotros, que asimilamos y por las que operamos. Lo fundamental es que dichas estructuras racionales de sentido nos son necesarias mientras que apenas las percibimos, esto es, nos es necesaria la alienación y probablemente no sea posible hablar de “irracionalismo”, pues hasta lo más irracional esconde una estructura. Efectivamente, el estructuralismo, evita el historicismo, el subjetivismo e, incluso, la fenomenología. No le interesa el hombre interior ni sus procesos de consciencia, sino el hombre en tanto que hormiga, o en tanto que cualquier otro ser natural, prisma bajo el que estudia cualquier otra ciencia con tal rango. Sin embargo, en el caso de Lévi-Strauss, el estructuralismo se arrojó a la caza platónica del Universal y abandonó la materia, y nos ató a una desesperante decadencia destructiva de la que no podemos escapar. Esto último le convierte en hijo de su tiempo, heredero de una época poco proclive al optimismo humanista y a los finales felices tras la degradación de las guerras y del Holocausto.

Ayala y Lévi-Strauss, cada uno a su modo, mostraron lo más desagradable del hombre a sus propios ojos y es cuestión nuestra mirar hacia otro lado, tomarlo en consideración, o refutarlos, si fuera posible.

Héctor Martínez

09.29.09

“EVADARE DIN SPATIUL VIRTUAL”, BY GEORGE ROCA (NIRAM EVENT)

Publicado en Poesía, Unas noticias y otros tagged , , , a 22:11 por retratoliterario


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Cover and Back

Cover and Back

It was a real pleasure for me to have had the opportunity to meet George Roca. We launched his book Evadare din spatiul virtual in Madrid (Spain) at Espacio Niram on Saturday, the 26th. The book is divided into seven parts and George Roca read his poems one by one during the event, while Fabianni Belemuski translated them directly to the Spanish audience. Indeed, the night before the event, Mr. Roca and I could exchange views, having a very pleasant talk about different things like the difficulty that exists to learn other languages in countries like Spain or the impossibility to translate poetic words when the author is the only person who knows the authentic meaning, the real feeling of the poem. Why did we talk about this? Because I knew then that today I would be writing about him and his poems and I would come across these two problems that I mentioned a couple of lines above. Anyway, the same night, we talked about poetry, too. Mihai Eminescu was an important point in our conversation, but at the same time the philosophy of Emil M. Cioran or Mircea Eliade and Brancusi’s works were an important part of our reflections. Why? Firstly, because George Roca was born in Romania and currently lives in Australia, but he carries in his heart the homeland in which he saw the daylight for the first time. Secondly, Eminescu is a very important poet in Romania and the three other personalities mentioned above have gained international relevance together with Eugene Ionesco or Tristan Tzara.

In fact, Eminescu and several other big names in sports, music, art, which Romania gave to the world, all have a dedicated poem in the fourth part of book entitled Amintiri. The poem is called Eminescu, and George Roca is singing to a new dawn of Romania in it. This new dawn is because of the fact that…:

Într-o dimineaţa
Dumnezeu
s-a sculat vesel şi binedispus!
A închis vântul în cămară,
a alungat norii
a scos din priză fulgerele,
a oprit cutremurele şi valurile
şi a stins focul su cazanele vulcanilor!.

(One morning,/God woke up happy and good-humoured/He locked the wind up in the storeroom,/chased away the clouds,/unplugged the lightnings,/put a stop to the earthquakes and the waves/And he put out the fire of the volcanic caldrons!)

Romania is present across all the pages and the verses from Evadare din spatiul virtual , but it has a reserved space in the second part of book called Antipozi whose content has strong feelings of nostalgia.

G. Roca

G. Roca

George Roca considers himself a journalist rather than a poet. But on Saturday, we enjoyed his facet as a poet, a very chromatic and vital poet with a great sense of humour and great sensitivity. It’s possible to see this colourful vision in the third part of the book called Cromatică australiană and in poems like Galben, which was born as a result of Roca’s son challenging him to write about a yellow cat. Other verses are crossed by the green, red, but especially blue, colours. The blue colour is very significant: it refers, for example, to the depth of the oceans, to the sky above us, or to the special blue similar to Lapiz Lazuli which only exists in a Monastery of Moldavia. This colour connects us with an infinite thought. For this reason, it is not by accident that the stars and the universe appear in other lines, like an elevation path from the sky to the outer space. When can we see the stars? At night. When can we imagine the Universe? At night, too. The night and the sky become magical and special: the diurnal blue sky demonstrates to us that we are alive and we should be happy about it, as in Mă bucur, in the fourth part of book:

În fiecare dimineată
când mă trezesc, mă bucur
mă bucur că e soare
mă bucur că e înnorat
mă bucur că trăiesc

(Every morning/When I wake up, I’m happy!/I’m happy that it’s sunny,/I’m happy that it’s cloudy,/I’m happy that I’m alive!)

With the nocturnal black sky we understand that we are part of a larger whole, or that we can dream. But, where can we find the stars? Not in the sky, but in the grass, George Roca answers in one of my favourite poems called Micul Univers:

Seara
căutam prin iarbă
stele căzătoare!

(At night,/we searched the grass/for falling stars!)

The stars fall down from the Universe into our human world and into our quotidian lives. In Micul Univers we discover kids playing football with planets as a ball, or riding comets, because George Roca is inviting us to remember our childhood Universe using surrealistic elements.

The sense of humour appears in various poems –especially in the last part of book entitled Fabule şi parodii-, but I like one poem in particular, called Poemul. Poetry is defined as an unfaithful wife who comes to us when we are sleeping, or, if we are awake, when we don’t have pen and paper at her arrival. Poetry is viewed as a woman playing with us as if we were lovers. Thus, poetry is described in terms of an unexpected difficult love, which is not controlled by us because we are its tools.

The previous paragraph helps me point out that there is another important theme within the book: the theme of love, above all in one poem, Sărutul, in which I found a personal symbol which impressed me a lot. Please, read it:

Când am început să te sărut
gura ta avea gustul fructului pasiunii
Totul era atât de activ şi real
De parcă doi îngeri
făceau dragoste pe limba mea.

(When I began to kiss you/your mouth tastes like the fruits of passion./Everything was so lively, so real,/as if two angels/were making love on my tongue.)

After reading it, I would want to feel these “two angels making love on my tongue”. It’s not the feeling of a kiss; it’s the feeling of a kiss of love given by a man who is in love. There are many differences between these two kinds of kiss and I think that only a great poet, like George Roca, can express the differences of intensity with these few poetic words.

George Roca’s poetry shows a positive message: we must live in harmony with ourselves and everything around us, in order to get to know who we are and to win the fight against the irreversible time in which we live and to love each other. He is proposing us to escape and to live, to be free from the chains that we have created for ourselves. I have not seen poetry like this in years, encouraging us to discover life as a gift and not as an obligation and a punishment.

Héctor Martínez

Texto revisado y corregido: Eva Defeses


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09.21.09

FANZINE SUBJETIVO LIBRECONFIGURACIÓN

Publicado en Ensayo, Poesía, Prosa, Unas noticias y otros tagged , , , a 18:02 por retratoliterario

Portada LC

Portada LC

En febrero de 2005 salía el primer número del Fanzine Subjetivo Libreconfiguración. Yo me subí al carro dos años más tarde. Estaba reciente la publicación de Conversos, fragmentos de una antología futura (Ed. Antígona, 2006) y su presentación en la FNAC. Hoy, Libreconfiguración ya va por su número 15, de próxima aparición, y ha dado lugar al surgimiento de la Asociación Cultural Libreconfiguración. Por sus páginas han pasado y pasan escritores, poetas, músicos, pintores y fotógrafos de muy variado estilo, decantados hacia una obra libre y de vanguardia, e inmersos en un sinnúmero de proyectos culturales y actos que reflejan su espíritu artístico. No hay más que citar a Quino, a Xurde Portilla, a David Torrico, a Carlos G. Torrico, y a Pedro Gilthoniel, o eventos como los Contubernios líricos de Luarca o proyectos como el Experimento Colector.

El Fanzine actúa como nexo de unión entre nosotros, sobre todo para mí, que me mantengo en una discreta lejanía. Gracias a la publicación mantengo el contacto con los poemas y textos de Fernando Pérez de Blas, Antonio Albiol, Iván de la Casa, o Sergio Lorente. Y gracias a su existencia, a la vez, yo escribo y voy dando a luz, desde 2007, las composiciones y poesías que, de otro modo, se habrían quedado en algún cajón, olvidadas incluso por mí. Tiene, desde luego, la poesía contemporánea, la joven y la novel, un aliado en Libreconfiguración, validando los versos de Bécquer: “siempre habrá poesía”, aunque, en este caso, aquello de “podrá no haber poetas”, es falso. Los hay, claro que los hay. Quiero pensar que he mencionado varios de ellos. Quiero pensar que soy uno de ellos.

Portada LC-10

Portada LC-10

No se trata de una ingenuidad artística. Libreconfiguración sabe bien el terreno que pisa, en el que se mueve y escribe. No es ajeno al ambiente, pero no lo es, subjetivamente. Quiero decir: la conciencia del momento literario que se vive late en Libreconfiguración a través de los trabajos de los autores y artistas, por medio de cada una de sus secciones, pensamientos, versos, imágenes. Dicha toma de conciencia la podemos leer en su presentación:

(…) cuando los ingenieros han perdido su talento entre los billetes falsos de un gran baul, cuando son talados los árboles del sentido común en nombre de alguna causa injustificada, cuando el lenguaje carece de significado, es hora de ponerse manos a la obra. Cada uno a lo suyo, construir un nuevo abecedario y colorear los pálidos escenarios de la cotidianeidad.

El espíritu de un movimiento para el que las vanguardias y neovanguardias del s.XX fueron prolegómenos vigorosos, late en las profundidades de Libreconfiguración. Sea el hecho de que, ignorando si podemos hablar de “burguesía”, es incuestionable la crisis social en que vivimos; sea el hecho de que, de nuevo, las revistas no oficialistas, independientes, albergan una actitud crítica y rebelde continuadora de aquel espíritu contra-racional, de sospecha y devastación del lenguaje, de creación, de color sobre el grisáceo tono que colectivamente respiramos. Quepa recomendar, por ejemplo, la lectura de Emoción y arquetipo de Carlo. G. Torrico, en el número 5, de Indicios de otra racionalidad, en el número 2, de Densidad poética de la realidad, en el número 10, ambos de Pérez de Blas, mi, perdón por la autocita, Parménides tiene prohibido bañarse, en el número 11, o incluso el prólogo de Antonio Albiol a Conversos…. Todos ellos, más los que no cito, junto a los poemas y canciones, pinturas y fotografías que ilustran las páginas, son alientos de una reacción, de una piedra tirada en el oceáno a la espera de ver las ondas convertidas en olas que mueren en la playa y renacen con cada nuevo lanzamiento. Es un espíritu que se renueva constantemente, porque no cabe en él la permanencia.

Portada LC 11

Portada LC 11

Probablemente sea el más clásico de todos. El más próximo a otros siglos, aunque cercano sólo a las rupturas de entonces, que es lo que venimos a llamar literatura, lo que muchas veces se enseña en las aulas con harto aburrimiento. Aún así, quepo en Libreconfiguración. Todo cabe, no por relativismo, sino por libertad de creación, porque el patrón de corte son los autores y artistas, no la ideología, no lo externo al creador. Quince números y el buen trabajo de los amigos de Libreconfiguración lo atestiguan.

La puerta, la salida, la vía de escape, que no de evasión, hacia el frente de batalla, la ventana abierta que supone Libreconfiguración para liberarnos del apolillado ambiente de la caverna humana y su rutina, merecía desde hace tiempo un hueco en Retrato Literario. Para ellos va este artículo, y para cuantos quieran entrar a formar parte… entre ellos, tú, lector.

Héctor Martínez

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08.11.09

CIORAN EN ESPACIO NIRAM

Publicado en Ensayo, Unas noticias y otros tagged , , , , a 18:44 por retratoliterario

E.M. CIORAN

E.M. CIORAN

La velada del sábado en Espacio Niram dio para mucho. Además del recital que mencioné en un artículo anterior, fui el invitado para la sexta edición del Café Cultural que versaba acerca del pensamiento, la obra y la vida de E. M. Cioran. Fue un honor compartir sillón negro a la luz de las velas con Fabianni Belemuski, amigo y director de la Revista Niram Art, para charlar sobre el autor de origen rumano, rodeados de la magnífica troupe -en el sentido humorístico de “tropa” y “cuadrilla”- que tendemos a reunirnos, allá en la Plaza de Ópera, para tratar de cosas inhumanas -en el sentido de que a la mayor parte del ser humano les viene a importar tres, por no decir palabrotas-.

F. Belemuski

F. Belemuski

Fabianni hizo lo que pudo para que yo no hablara de Wittgenstein, para que no me fuera de rama en rama hasta perder el hilo, ¡qué hasta sacó a Heidegger a pasear! Y tras él a Nietzsche. Pero uno, aquí presente, no está dispuesto a defraudar a la concurrencia. Y sí, aunque de pasada, mencioné a Wittgenstein. Y a Unamuno, por supuesto, cuyo pensamiento está cruzado de planteamientos muy cercanos al mismo Cioran, María Zambrano, compañera de éste en el Cafe de Flore en París a mediados de siglo, Ortega, que solía ser el fondo de las conversaciones con Zambrano… en contrapartida, enterado de antemano, Fabianni contraatacó nombrando a Sartre y a Savater. Mordí mi lengua porque el respetable no merecía escuchar improperios, un autocontrol que fue realmente admirado por el personal que me conoce. A ello hay que añadir que, para sorpresa mía, me encontré defendiendo algo que todavía no me había atrevido a soltar en público: la idea de la feminidad de la filosofía no sistemática, del pensamiento que recorre, entre contradicciones y paradojas, un camino envuelto en la niebla con una oscura, angustiosa, verdad latiendo en su fondo. Sin embargo, vino al caso por ser ese el borroso camino que transita Cioran, terreno por el que, lo más fácil, es meter el pie en el cenagoso charco de la inmundicia humana.

H. Martínez Sanz

H. Martínez Sanz

Cioran jamás quiso ser filósofo. Al contrario, contra lo que llamamos filosofía, último reducto de consolación, último clavo ardiendo, tras la religión y la ciencia, hinca Cioran sus garras y colmillos de León nietzscheano que ha renunciado a convertirse en niño, en Uebermensch, en creador de nuevos y flamantes, aunque, otra vez, falsos valores. Renuncia al sistema, a la academia, pero también a la búsqueda alternativa de soluciones y respuestas al drama de la vida. El mundo que ante él y, sobre todo, dentro de él se vacía, debe seguir la inviolable ley de la descomposición sin regodearse en la decadencia. Descomposición en fragmentos, en aforismos paradójicos, viscerales, lanzados como dardos contra las ilusiones irreales, contras las distorsiones del ser humano. Descomposción abocada a la nada, a la devastación absoluta. No hay sueños de la razón fracasada, ni pesimismo, ni vitalismo posibles; el relativismo, el epicureísmo y el estoicismo son una máscara cómoda. Sólo el ecepticismo, que nos abandona en el límite de las incertidumbres, y el misticismo, que nos eleva bajo promesas de trascendencia, son opciones viables, aunque inútiles.

Hablamos Fabianni y yo de Heidegger. Y por sorprendente que pueda parecer, no para subrayar lo que remarcan cuantos nada tienen que decir y tiran al escándalo y condena de los oscuros pasados, creyendo que los pensadores, y más aún alguien como Cioran, están exentos de los apasionamientos de la circunstancial historia. El eje de la relación Cioran-Heidegger fueron las misteriosas lágrimas del primero ante la tumba del segundo, desentrañar su significado. Y yo lo encontraba en el acento que ambos pusieron en la experiencia del tedio, del hastío, de las angustias como posibilidad de quitar el velo a la realidad humana y descubrirnos sobre el abismo del vacío, tragados por el sinsentido de la realidad y nuestro ser. También en aquel voto de confianza mística del “sólo un Dios puede aún salvarnos”, enigma, cuando menos, de Heidegger. Únicamente en esto encuentro la razón de ser de las lágrimas por el que Cioran llamó “genio impostor” o “genio estafador”, fascinado por el lenguaje y las preguntas, creador de un lenguaje tan nuevo como infructuoso.

Me preguntó Fabianni: ¿Pudo ser feliz Cioran en algún momento de su vida? Lo fue, desde luego, entre bibliotecas y burdeles, entre los libros que leía y las prostitutas que le acompañaban en los paseos nocturnos por las calles en las noches de insomnio. Aquí Fabianni sacó a relucir a Sartre y su preferencia por la conversación femenina, como único punto en que Cioran le respeta. En todo lo demás, Sartre es para Cioran el “empresario de ideas” del Café de Flore, el “pequeño Napoleón del pensamiento”, del que le admiraban los “gigantescos fracasos de sus concepciones”. Y ataca, por ejemplo, su defensa de la literatura y del intelectual comprometido, recibe su contrapartida en Historia y utopía, como en varios otros escritos donde la “literatura” es demolida junto al escritor mesiánico que viene a mejorar el mundo y que no pasa de ser una mera caricatura, una descarada exhibición de las taras personales, las miserias de uno mismo -al caso, leer La tentación de existir-. Y se le reprochará que él escribió sus miserias; y él responderá: “tengo la excusa de odiar mis actos, de no creer en ellos”.

Cartel Espacio Niram

Cartel Espacio Niram

Tras Sartre, apareció la tarascada de Savater. Bien es cierto que introdujo a Cioran en los años 70; tan cierto como que puede ser su único mérito filosófico. Y que introdujera a Cioran es ya un hecho que debe turbarnos: un moralista político trayendo bajo el brazo a un “exiliado metafísico”, por mor de una gran amistad y una amplia correspondencia. ¡Uno debe tener amigos hasta en el infierno!, decimos por aquí. Al margen de otras críticas que no vienen al caso, hay una afirmación que no comparto con Savater acerca de Cioran: le considera un autor “ahistórico”. Pienso todo lo contrario: Cioran está calado del clima y circunstancias históricas que vive, de sus circunstancias contemporáneas, rumanas y europeas. Sólo sobre ese fondo, creo, pudo surgir tamaña reacción de un pensamiento expresado desde las más interiores entrañas. Y su pensamiento, o su actitud, solamente caben dentro de la descomposición del s. XX, del alrededor ensangrentado y violento, frío, que reveló, al fin, el desmoronamiento humano por sus cuatro costados. Ni creo que antes, ni tampoco después, pudo haber un Cioran con semejante ataque bilioso.

Al tratarse de una charla entre español y rumano, en un Espacio como Niram, de reunión de ambos pueblos, su cultura y su formas, el tema de Cioran y España era un paso obligado. Rumano de nacimiento, francés por la lengua, encuentra en España el tono de su propio espíritu: el país de los extremos y las contradicciones, de locuras insondables, absorbido en su propio fatalismo y decadencia -concepto que llama nacional y cotidiano en nuestra forma de ser… lo leemos en La tentación de existir (y ahora si citaré el pasaje)-:

(…) los españoles tuvieron plazo suficiente (¡tres siglos!) para pensar en sus miserias y empaparse de ellas. Charlatanes por desesperación, improvisadores de ilusiones, viven en una especie de acritud cantante, de trágica falta de seriedad, que les salva de la vulgaridad de la felicidad y del éxito. Aunque cambiasen un día sus antiguas manías por otras más modernas, seguirían, empero, marcados por una ausencia tan larga. Incapaces de acoplarse al ritmo de la «civilización», clericoidales o anarquistas, no podrían renunciar a su inactualidad. ¿Cómo van a alcanzar a las otras naciones, como se van a poner al día, si han agotado lo mejor de sí mismos en rumiar sobre la muerte, en embadurnarse con ella, en convertirla en experiencia visceral? Retrocediendo sin cesar hacia lo esencial, se han perdido por exceso de profundidad. La idea de decadencia no les preocuparía tanto si no tradujese en términos de historia su gran debilidad por la nada, su obsesión por el esqueleto. No es nada asombroso que para cada uno de ellos el país sea su problema.

¿A quién se refiere con ese “cada uno de ellos”? A Ganivet, a Unamuno, a Ortega, al simbólico Don Quijote… y podría haber seguido con todo el noventayochismo y el novecentismo, con los del 27 y la posguerra, o haber retrocedido a Larra, o al Siglo de las Luces, porque, efectivamente, al español inquieto nuestro país se nos ofrece como paradoja y problema perpetuo, como “provincia absoluta fuera del mundo”, bajo el famoso lema moderno “Spain is different”. Fabianni dijo que no era la misma España aquella que conoció Cioran y la actual. La charla terminaba y no era momento de empezar a ejercer como español que sólo sabe hablar de su país como un universo completo y de su pathos. Ahora bien, para información general, ya saben, aunque a la mona la vistan de seda, mona se queda, y, en especial, en España, ya hemos podido disfrazarnos de europeísmo, americanismo y occidentalismo, que por dentro seguimos con la destartalada España de charanga y pandereta, y seguimos con las contradicciones, tan nuestras, que tienen perplejo al resto del planeta, con nuestra particular e infinita decadencia sin llegar nunca a un fondo, con nuestros desengaños y trágica falta de seriedad sobre las cuestiones más preocupantes. Ahora somos más cosmopolitas, es cierto, pero para extender con orgullo nuestro arremeter contra molinos, porque sólo nosotros vemos los gigantes… Y no son una mera imaginación, pues los gigantes también son españoles.

Fin de la charla. Apretón de manos y apagado de las velas que tan preocupado me tenían luciendo con estilizada llama sobre mi cabeza. Cambio de sillón por taburete de barra… y a proseguir la conversación, la misma, Fabianni, yo y la “troupe”, como un acto de lo más cotidiano.

Héctor Martínez

08.09.09

POESÍA EN ESPACIO NIRAM

Publicado en Poesía, Unas noticias y otros tagged , , , , , , , a 18:42 por retratoliterario

Cartel Espacio Niram

Cartel Espacio Niram

Romeo Niram, primero amigo y después artista, me persiguió durante algunas semanas para organizar un pequeño recital poético en Espacio Niram. Ayer, por fin, lo logró, aunque huelga decir que lo hice encantado junto a la enfermedad que me aqueja y que me impide decir que no a los amigos. Conté además con la inestimable ayuda de otros tres buenos amigos ligados al mundo de la literatura y el arte: Martín Cid, escritor y fumador de pipa, Isabel del Río, Historiadora del arte y amante secretamente público de Picasso y Yulia Martínez, además de fotógrafa, también escritora.

Preparar un momento poético tiene un grave problema: la selección. Elegir unos pocos versos que sirvan de botón de muestra, que al mismo tiempo recorran la larga o corta trayectoria, y, junto a todo ello, que sean poemas dignos de recitarse en público, poemas de los que no haya arrepentimiento o intención de corregir, añadir o quitar. Sin embargo, el modo de resolverlo es tremedamente sencillo: dejar que los amigos seleccionen. Así fue. Deposité en ellos los versos, la responsabilidad y confianza. Que no serán pocos los que queden sin recitar, es probable, pero no importante. Eligieron, y eligieron bien, poemas de hace tiempo y poemas recién hechos en el último año. Desde aquel A quien se ama o El punto que soy, pasando por tres divertimentos como Limón, Corazón y Cenicero, junto a composiciones de Por un horizonte de niebla, El galgo lento y dos homenajes: Un siglo de cenizas, por la novela de Martín, y el, probablemente, último que he escrito, Piedras, dedicado al escultor Brancusi y, al mismo tiempo, a Romeo Niram, que me llevó con su pintura a descubrir las obras y las formas de aquél.

Martín hizo, a la vez, de maestro de ceremonias, de entrevistador. Siempre hay preguntas que responder cuando alguien como yo desentierra versos. Pocos imaginan este otro pasatiempo mío, muchos se sorprenden y suele ser motivo para enarcar las cejas. ¿Cómo ese tipo que habla de libros, que tiende a pronunciar nombres de filósofos alemanes y uno de cuyos lugares naturales es una barra de bar -no diré cuáles son mis otros lugares naturales- nos ha salido poeta? ¿Cómo alguien tan devoto de la grosería y, a veces, de la impudicia, chabacano cuando quiere, resulta ser un arquitecto de versos? Aún más llama la atención que lo haga contracorriente del versolibrismo imperante, o la moda occidenteal del Haiku -porque aquí es moda y en oriente poesía-, que resurjan los alejandrinos, las silvas, los sonetos y las octavas, las asonancias, que asomen la cabeza Quevedo, Bécquer, Rubén Darío, Machado, Juan Ramón Jiménez, Aleixandre, Gómez de la Serna, Gloria Fuertes, Hierro… pero no suene arcaico, avejentado nada más componerse, sino incluso, joven, personal. Ayer respondí a todo ello: mi preferencia por el poema breve, condensado, no narrativo, rimado con asonancias o hibridez, siempre próximo al arromanzado, aunque conviviendo con el heterosilabismo, con la rima interna, con elementos considerados antipoéticos como el verso esdrújulo o agudo, sin preciosismo; tanto da el tema trascendente como el motivo cotidiano y no veo problema en aunarlos, por ejemplo, en los Divertimentos; mi intención de anudarme con los flecos que quedan del Siglo de Plata de las letras españolas -siglo, aunque sea poco más de un tercio-.

En nuestra poesía española siempre se ha sentido el latir y la vibración de lo vivo atravesado por el mundo o cruzándolo sin reservas. Un latir presente aún cuando mirase otro tiempo, capaz de traducir nuestro alma y nuestro misterio con tal razón poética. El español no es abstracto, y cuando lo pretende, se enmaraña entre metáforas más que entre conceptos. Sentimos pasar las horas, sabemos de nuestro fluir más que de nuestro permanecer, como algo esencial que no es posible omitir en nuestra biografía. Cuando hablamos, el curso del tiempo cobra protagonismo en el verbo, incapaces de no usar junto al presente, el imperfecto, el indefinido –extendido, por su peculiar confusión con el pretérito perfecto compuesto- o el condicional, porque sabemos que todo está en el aire y que nada puede darse por terminado. Sin querer, por naturaleza, ligamos el pretérito con nosotros a través de los sucesos y acontecimientos que nos erosionan. Poco miramos al futuro, y de hacerlo, siempre lo intentamos pescar con el cebo y sedal de la interrogación. Sabemos vivir sin futuro, pero no sin palpar constantemente nuestro fluir en el tiempo, no sin dejar constancia de cuanto nos ocurre y afecta en lo cotidiano, no sin la conciencia de vivir en la expansión de nuestra propia historia. No somos un pueblo callado. Nos pierde mucho la boca y su tono. Por ella, no decimos, sino que exhalamos los desahogos del espíritu, las inquietudes y las apreturas de la vida. Lo que otros resuelven con un silogismo, nosotros, sólo nosotros, le damos forma de estrofa o canción; lo que en otros lugares serían premisas y conclusión, se vuelve en nosotros el verso tras verso de un poema inacabado. La poesía, que en otros sitios eleva al hombre hacia una trascendencia, a nosotros nos sumerge en la verdad cotidiana y sus grilletes de condena a la temporalidad. Los demás aspiran a conquistar el universo con una fórmula, mientras nosotros nos recreamos en el mito y el lirismo espontáneo del refrán, en la poética sabiduría popular, fuente única de evidencias que jamás ponemos en cuestión. Nuestro refranero no es sólo una muletilla que incorporamos al discurso, sino nuestra contestación a las circunstancias. Lo mismo que cada poeta con sus poemas.

Si yo tuviera que responder a la pregunta de Machado, ¿soy clásico o romántico?, respondería que ambas y ninguna. En ambas está la fuente, pero no soy fuente, sino gota de la corriente, de esas que van, como todas, a dar a la mar. Diría que soy español, y con ello, debería estar respondida la pregunta, tal y como quedan explicadas todas nuestras excentricidades para el resto del mundo. No lo digo por patriotismo, sino por la sencilla razón de que es en lo español donde me he configurado. Precisamente, Martín me preguntaba cómo era posible conjuntar la filosofía con la poesía sin que la segunda se viera perjudicada en su esencia, y mi respuesta recogía el guante unamuniano: nuestra filosofía, la española, no existe en tratados, sino en la literatura, en la pintura y la música -por eso sólo a Ortega se le llama filósofo, aun cuando recurre a estilos literarios-. Los españoles elevamos el pensamiento grave en la expresión artística porque es el límite que toca ya con la inefabilidad. Huímos del encorsetamiento lingüístico del diccionario, porque no nos es suficiente. Por hacer, los españoles, damos palmas y nos enorgullecemos de un himno sin letra, que se tararea como en una inconsciente vanguardia, gesticulamos con todo nuestro cuerpo y tenemos mayor tradición dramática que cinematográfica. Somos, incluso, uno de los pueblos más onomatopéyicos que existen, ruidosos en nuestro griterío. Nos expresamos con todo y todo es cauce de esa filosofía cotidiana, popular, honda. ¡Cuánto habría dado porque Aristóteles fuera español!

Así, Yulia ayer leía El punto que soy como versos inscritos en el extraño límite literario filosófico español:

El punto que soy en el universo
va dejando de ser punto, vacío,
está dejando un hueco de silencio.
Voy desapareciendo del mundo
difuminándome en recuerdos,
vuelto y sin esperanza. Todo
lo que es nuestro,
de los hombres, ya son quimeras
fascinantes de los sueños.
Mi figura, se quiebra
doliéndose de su ser extenso,
y todo lo que es mío
-¿Hay algo más que mi cuerpo?-
se enterrará bajo arenas
del olvido y aguas de infinito tiempo.

Isabel leía el agrio “divertimento” del Limón:

Limón,
si te azucaro el vientre
¿Me sabrás mejor?
Hay quien salado te prefiere,
poniéndote alegrías y humor.
Yo, cruel, te abro en canal
para robarte sin mal
todo tu amarillo color.

Y Martín escogía las palabras de El galgo lento:

¡Hay que tener corazón para verlo!
Aún tiene su porte
Sostenido por sus cuartos traseros,
Orejas rectas, alto,
De duro y blanco pelo;
Sin embargo, el galgo parece un chucho,
Vulgar y callejero,
Mascando mendrugos de duro pan;
¡Ay, Galgo! ¿Qué te han hecho
si hay que buscar tu raza
por costillas y huesos?
Dime en dónde estuviste
¡Dónde te hicieron esto!
¿Fue detrás de la verja,
Por ese camino que lleva adentro?
Allá no pudo ser,
A los hombres, allí los vuelven perros…
¿O también te quitaron lo que fuiste
Sin pensar lo que hacían, compañero,
Sin pensar lo que eras tú,
Si hombre, animal o leño?

Lo dije al principio. Supieron elegir. Sabía que sabrían hacerlo. Ellos solos sacaron todo. Yo, el poeta, era un espectador que, de vez en cuando, metía baza, porque me cuesta estar callado -buen español-. Les contemplaba con mis versos en sus labios, con mis rimas en sus voces… yo susurraba algunos para mis adentros. Romeo sonreía, esperando a Brancusi. Brancusi y yo nos hicimos de rogar, pero, qué mejor forma hay de terminar un recital en Espacio Niram sino con las Piedras de Constantin Brancusi convertidas en alejandrinos arromanzados, qué mejor forma sino alegrar a los amigos y homenajear a un pueblo entero que me reservó un rincón de su mundo para mis poemas.

Héctor Martínez

AUDIO: Piedras , Homenaje a Constantin Brancusi y Romeo Niram
Música: Johannes Brahms Intermezzo Op. 118 n.2

07.23.09

TERTULIA SOBRE VANGUARDIAS

Publicado en Unas noticias y otros tagged , , , , , , , a 19:10 por retratoliterario

Cartel Espacio Niram

Cartel Espacio Niram

El pasado sábado 18 de julio, nos reunimos una vez más en el Espacio Niram, esta vez para una tertulia sobre las vanguardias de Guillaume Apollinaire, Tristan Tzara, James Joyce y Eugene Ionesco. El asunto venía por la revista Yareah y, como reciente colaborador, hube de medirme con Martín Cid, director, estando Joyce de por medio. Menos mal que teníamos otros tres autores más para tratar, y, por ambas partes, poder evitar cualquier conflagración literaria ante el público acerca del tema Ulises. Me refiero a ese tipo de hechos que, una vez ocurridos, tornan a ser anécdotas y leyendas sobre dos literatos arrancándose la razón a guantadas. Pero, es posible esquivar toda contienda si los púgiles se quedan en sus esquinas, mediananmente sobrios.

G. Apollinaire

G. Apollinaire

Al contrario, fue una velada muy agradable. Tocamos lo literario y lo escatológico. Mezclar ambas suele dar buen resultado: lo grave y lo banal, aunque no diré cuál es cuál. Pero, sobre todo, desmontamos el viejo mito sobre André Breton y el surrealismo. Bien pudo publicar el Manifiesto del surrealismo y convertirse en referente de una de las vanguardias más prolíficas. Sin embargo, el surrealismo no es una vanguardia surgida de la nada, sino de hombres como Guillaume Apollinaire o Tristan Tzara, en París y Zurich respectivamente. Incluso cabría afirmar que Apollinaire es el “cubista” de la literatura como Picasso pueda serlo en la pintura, siendo el cubismo otra de las corrientes reconocidas como influyentes en el posterior desarrollo del surrealismo.

Caligrama

Caligrama

Con su “poesía visual” supo crear configuraciones literarias jugando con la disposición y las tipografías para crear imágenes del objeto del poema. Hoy los conocemos como Caligramas y suponen una ruptura del convencionalismo poético, o, mejor aún, una construcción que aúna dibujo y poesía, dos gramáticas artísticas que hasta entonces se habían considerado siempre por separado. Y sobre la palabra en Apollinaire, no hay mejor descripción que la de Cocteu:

La palabra inusual (y usaba de ella con frecuencia) perdía su carácter pintoresco entre los dedos de Apollinaire. La palabra trivial se convertía en insólita. Y esas amatistas, piedras lunares, esmeraldas, cornalinas y ágatas que utiliza, las engarzaba, vinieran de donde vinieran, de la misma forma que un sillero trenza la enea de una silla en la acera. No puede concebirse artesano de la calle más modesto.

Tristan Tzara

Tristan Tzara

El rumano Tristan Tzara fue, incluso, más lejos. Su mutilación del lenguaje y el uso arbitrario del mismo a través del collage poético, a la vez que demotraban su convencionalidad, abrían las puertas a distintas experimentaciones como la propia “escritura automática” que el surrealismo se apropió como técnica suya. Efectivamente, el Dadaísmo, tan efímero como fue, tuvo en su anecdótico origen su esencia: Arp, Ball y Huelsenbeck junto a Tzara en el Cabaret Voltaire de Zurich, abriendo un diccionario al azar. Aún descubrimos Martín y yo un extremismo más al analizar la famosa receta para confeccionar un poema dadaísta:

Para elaborar un poema dadísta
Tomen un periódico
Tomen un par de tijeras
Escójase un artículo tan extenso como convenga
Para hacer el poema
Córtese el artículo
Posteriormente, ha de cortarse cada palabra que conforma el artículo
Y guárdese en una bolsa.
Agítese cuidadosamente.
Sáquense las tiras una después de la otra
En el orden
En que se dejó la bolsa.
Cópiese consecutivamente.

Tras leerlo, no sólo nos encontramos ante poemas que mutilan el lenguaje con unas tijeras; no sólo nos encontramos con la arbitrariedad de las combinaciones de palabras; también estamos ante un poema que ya no se escribe con pluma y papel, sino con retales y pegamento sobre otras escrituras ya dadas -aunque sean artículos de periódico- y ante una concepción que ya no valora la intervención del autor como genio poético tocado por las musas del Parnaso.

Podemos entender con ello que en las Vanguardias el acento está puesto en la búsqueda del lenguaje propio de las artes, la gramática propia que permita su máxima expresión, lejos de los parámetros ya establecidos y, por tal, con significaciones desintegradas. Lo cual nos llevó a hablar, precisamente de los otros dos autores: Ionesco y Joyce.

James Joyce

James Joyce

James Joyce, autor del único libro -de momento- cuyas páginas me cuesta pasar, el Ulises, es ejemplo de la escritura fragmentaria, recortada. Esto lo sé más por Martín, admirador público y reconocido de Joyce. Justamente él me lo señalaba: en Joyce no hay una sola perspectiva, ni hay una progresión convencional del relato, ni una estructuración tradicional. El tiempo breve, de veinticuatro horas, rellena dos volúmenes de situaciones y anécdotas, de monólogos, y, sobre todo, de un trabajo sobre el lenguaje por medio del dialecto y el neologismo. Yo, entonces, lo comparé, a menor escala y a riesgo de enfadar a Martín, con las renovaciones noventayochistas que llevaron, por ejemplo, a Unamuno a trocar el término novela al término “nivola”, simplemente porque la crítica, acostumbrada todavía al diecinueve, no quería ver como novelas aquellas escrituras. También me recordaba aquel empeño sobre el lenguaje terruñero, sobre la recuperación de la palabra olvidada y perdida del pueblo, o el marginamiento del argumento y la trama como mera excusa para continuas digresiones y fijaciones en detalles que a los autores les resultaban reveladores. Evidentemente, yo aquí tiré hacia lo que conocía, mi amada literatura española, mientras que Martín pudo regodarse lo que quiso y más, no tanto por mi desconocimiento, sino por el placer que le recorre -no diré comparable a qué- cuando puede mostrar a Joyce y sus virtudes en un mundo que todavía no ha sabido valorarlo más allá de la rareza y el tópico. Sobre Joyce, ¡pregúntele a Martín Cid!

E. Ionesco

E. Ionesco

Por su lado, Ionesco nos llevó al absurdo sobre el escenario. Más tardíamente que los demás, su Vanguardia fue más un aplicar rigurosamente el lema “reflejar la realidad” de lo que el Realismo pudo hacerlo nunca: la existencia no es lógica ni justificable, es, en esencia absurda. Si el teatro debe reflejar la vida, el teatro debe ser, pues, absurdo. El absurdo es la autenticidad de la vida y del teatro. Sólo así cabe afirmar que la vida es teatro y que el teatro copia a la vida. Aún cuando parezca irracional, aún cuando se enfrenta a cualquier sistematismo racional, hay que reconocer que la lógica del razonamiento es aplastante. Lo único: que Ionesco no busca razonar su máxima, porque tampoco tiene ninguna utilidad. Sobre esto de la utilidad del arte, y más aún del teatro -que si comprometido, que si social y político-, sentencia -cita que me apunto para mis alumnos cuando me preguntan para qué sirve el análisis sintáctico-:

Si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya.

Y a mí me recordaba con todo ello a Lope de Vega y su Arte nuevo de hacer comedias -la Vanguardia es un fenómeno contemporáneo a cada época-. Así, mientras Lope dividía la obra en cinco actos, no limitaba el tiempo y el espacio, mezclaba acciones en lo trágico como en lo cómico -en una palabra, mandaba al cuerno a Aristóteles y las reglas clásicas- Ionesco nutría sus textos de incoherencias, anacronismos, diálogos sin sentido… Ahí están su Cantante calva o la memorable escena de La lección sobre sumas y restas y la espiral absurda que nos conduce por un camino impredecible. ¿Quién se puede imaginar que una clase particular pueda terminar como termina en Ionesco? Lo digo como prácticante del oficio.

Ahora viene la gran pregunta, la que he hecho en otras ocasiones: ¿Y después qué? ¿Qué ha sido de todo ese movimiento contra el aburguesamiento del arte? ¿Acaso, a pesar de Tzara, Apollinaire, Joyce, Ionesco, y tantos otros, no hemos vuelto al mismo punto? Todavía queda una barrera por derribar -contra la que jamás podremos aunque no sea razón para desistir-: esa magia que convierte en burgués y comercial lo que nació contra lo burgués y comercial, ese hechizo social que, pasados no muchos años, impide que un tipo se lie a martillazos contra el orinal de Duchamp porque, a día de hoy, es una obra de arte, de galería, de visita de rigor y de exposición obligada, objeto de colección. Y yo, que pienso que Duchamp hubiera cogido otra maza para ayudar a aquel tipo. No les digo lo que pienso todas las mañanas al entrar en mi baño… ¡es como visitar un museo!

Héctor Martínez

06.28.09

“DIOS DESEADO Y DESEANTE”, JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Publicado en Poesía, Unas noticias y otros tagged , , a 18:27 por retratoliterario

J. R. Jiménez

J. R. Jiménez

Hoy se habla de Juan Ramón Jiménez en los diarios, con la noticia del hallazgo -labor de Bejarano y de Llansó- de un poema inédito, o, mejor dicho, del poema que debería haber puesto fin al Dios deseado y deseante, como escalada desde la noche oscura hacia la Unidad total con Dios -en mayúscula-, poéticamente hablando. Las páginas de ABC lo publican y celebran con entusiasmo hoy, y reabren, con el titular “El Dios de Juan Ramón”, el concepto de Dios en la creación juanramoniana.

¿Estamos ante un misticismo panteísta? ¿Se trata de una analogía religiosa con la creación poética? ¿Qué Dios es el de Juan Ramón Jiménez? Decir que el problema de Dios en Juan Ramón es de la misma índole que el de Unamuno, es no decir mucho, y tan sólo nos conduce a la persistente crisis espiritual del bilbaíno, atravesada por la cuestión de la fe, la razón y la intuición. En Juan Ramón, ese Dios tiene raigambre estética, se enmarca en la inefabilidad poética de la verdadera belleza, y transita un camino de elevación que para muchos culmina en una filosofía hermética de la trascendencia. Ahora bien, el camino iniciado por Juan Ramón Jiménez tiene su estanción primordial en un dios inmanente, un dios interior, un dios creado, muy distinto de la divinidad de las religiones oficiales:

No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de los hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.
(…)
Tú esencia, eres conciencia; mi conciencia
y la de otro, la de todos,
con forma suma de conciencia;
(…)
la trasparencia, dios, la trasparencia,
el uno al fin, dios ahora sólito en lo uno mío,
en el mundo que yo por ti y para ti he creado.

El poeta está esencialmente emparentado con la Creación. Estamos, antes que toda otra consideración, frente a un poeta que, en tanto que creador y hombre, devuelve el mundo recreado poéticamente. El poeta alberga un dios inmanente, un principio de creación, en su conciencia. No es Dios el que crea para el hombre, es el poeta-hombre el que crea para Dios:

Si yo, por ti, he creado un mundo para ti,
dios, tú tenías seguro que venir a él,
y tú has venido a él, a mí seguro,
porque mi mundo todo era mi esperanza.

Yo he acumulado mi esperanza
en lengua, en nombre hablado, en nombre escrito;
a todo yo le había puesto nombre
y tú has tomado el puesto
de toda esta nombradía.

¿Quién no ve aquí a un Adán, un primer hombre solo en la tierra, que nombra a las cosas que eran indistintas? Un Adán que se siente responsable de poner nombre a cuanto hay a su alrededor, crearlo en la lengua, no sólo hablada, sino, sobre todo, escrita. En este sentido, la poesía, como palabra escrita, remonta la creación, se enfrenta al universo, le otorga su grafía, y cuando se halla ante la inmensa multiplicidad del mundo creado por su pluma, sólo queda moldearlo en la Unidad, la Totalidad:

Ahora puedo yo detener ya mi movimiento,
(…)
Todos los nombres que yo puse
al universo que por ti me recreaba yo,
se me están convirtiendo en uno y en un
dios.
El dios que es siempre al fin
el dios creado y recreado y recreado
por gracia y sin esfuerzo.
El Dios. El nombre conseguido de los nombres.

Dios no es el comienzo, es el fin, el término de la recreación poética del mundo en la conciencia de quien, queriendo llegar hasta dios, lo que anhela es llegar a serlo, es decir, poder dar la Unidad a todo lo nombrado, alcanzar el “Nombre de los nombres”. La labor del poeta, la poesía, es émula de la labor de creación divina, labor de dios, luego, si el término medio se identifica, los extremos caen por su propio peso:

Lo eras para hacerme pensar que tú eras tú,
para hacerme sentir que yo era tú,
para hacerme gozar que tú eras yo,
para hacerme gritar que yo era yo

O como escribirá en Espacio:

Y soy un dios sin espada, sin nada de lo que hacen los hombres con su ciencia; sólo con lo que es producto de lo vivo, lo que se cambia todo.

El poema que hoy, por medio de ABC, hemos podido leer, presentado por Rocío Bejarano y Joaquín Llansó, cierra un círculo en la búsqueda del ser-Dios. Los primeros versos apuntan ya que la senda seguida traza una curva de mismos extremos, igual la partida que la llegada, y, en medio, la confusión:

Partimos de Dios
en busca de Dios,
sin saber qué buscamos.

¿Acaso el nombre nos basta para saber qué buscamos? Recordemos aquel “siempre buscando a Dios en la niebla” de Antonio Machado. ¿Reconoceríamos en tal niebla lo que buscamos? Juan Ramón Jiménez apunta en estos versos un “encuentro”, pero no del hombre que se eleva como nuestros místicos hacia un Dios que espera. Aquí, como en toda la obra, Dios le “está viniendo”, “llegando”, y con ello estamos al borde, si no dentro, de la verdadera fusión del poeta amante de la poesía -esencia divina-:

¡Dios se me cierne en apretura de aire!
¡Se me está viniendo Dios
en inminencia de alma!
¡Se me está acercando Dios
en inminencia de amor!
¡Se me está llegando Dios
en inminencia de Dios!

Es decir, el Dios que llega al alma es el que alcanzó al yo-poético, creador y libre -véase Eternidades-; llega también como amor, apertura; llega, al fin, como Dios, totalidad unida, puerta abierta de libertad:

Cada vez más suelto, y más desasido;
cada vez más libre, más ¡y más! ¡y más!
a una libertad de puertas de Dios.
Y entonces la puerta se abre… y ¡más libertad!

Se produce un encuentro entre el dios-conciencia, en minúscula, y el Dios, en mayúscula, a través de una cuerda que el Último le tiende, que el poeta transita y cruza, aunque inseguro de que un simple soplido pueda derribarlo. Es un Dios:

… que al cabo de todos los cabos,
que al borde de todos los bordes
un día encontramos.

¿Qué día? Uno. Quizás el día en que, en varias cuartillas, Juan Ramón Jiménez escribió estos versos. Quizás hoy, el día en que los demás los leemos. Un día que no tiene, ni probablemente, debería ser el mismo para todos, en el que desde dentro y desde fuera nos vemos y reconocemos, día en que la inefabilidad es destronada.

Héctor Martínez

VICTORIANO CRÉMER, POETA CENTENARIO

Publicado en Poesía, Unas noticias y otros tagged , , a 13:34 por retratoliterario

Victoriano Cremer

Victoriano Crémer

Una vez más la poesía enluta sus violas. El burgalés Victoriano Crémer fallecía ayer por la mañana, en León, quizás recitando por dentro los versos de su Canción serena:

¡No! ¡No me dejéis así! Moriría desnudo
sin sentirme morir.
Y mi pobre vestido, con su sangre caliente,
se hundiría, esperando mi imposible retorno.

Crémer fue una férrea columna en la que la literatura pudo apoyarse tras el severo varapalo de la guerra. No ya sólo por dar salida al desarraigo existencial o a la preocupación social, sino también por ser co-fundador de la fundamental revista Espadaña, equilibradora de la balanza poética frente a los garcilasistas. Se convirtió en punto de resurgimiento, en cuna para un Blas de Otero o un José Hierro, o el abrigo de aquel Hijos de la ira de Dámaso Alonso. Espadaña y la poesía de Crémer, insertos en el contexto de su época, intentaron la rehumanización de un género que había caído en la frialdad, el intelectualismo, la formalidad y la insipidez. Un género que, desde el garcilasismo, caminaba el sendero anacrónico de vuelta al Renacimiento y daba la espalda a una España cenicienta, atravesada por la tragedia.

Porque suecede que la tierra es un destartalado cementerio
donde almacena el hombre sus muertos inservibles;
porque los muertos válidos, los elocuentes muertos,
se hacen junto a las tapias o en las hondas cunetas solitarias.

Porque sucede que la vida es un desazonado deshacerse
contra altísimos muros, tras los que el crimen tiene
amplias ejecutorias, nobilísimos nombres, sostenidos
contra el clamor oscuro de los que tiene hambre.
(…)
Porque sucede que los hombres son antiguos volcanos
por los que la tierra vierte sus más tristes escombros.

Para Crémer no es tanto lo existencial, lo social, lo político, sino que todo ello puede perfectamente recogerse bajo una misma palabra: humanidad, los hombres. Así en su Canción para la guitarra

Por eso cuento y canto
para adentro las penas:
Porque me sueno a hombre
y me duelo de veras…

O también, en Aquí contemplo vida…:

Aquí contemplo vida, me hago llama
de esta hoguera de manos que levanta
sus negras lenguas a lo alto, siento
que soy un hombre más entre los hombres

Sin embargo, para reflejar la idea de hombre de Victoriano Crémer, no hay mejor cosa que abrir Tiempo de soledad(1962) y leer los versos del Hombre concreto:

El hombre entero
se hace de dos cosas repetidas: días,
caminos sin azar, dulces encuentros
en el amor-costumbre, y el trabajo
de vivir, poco a poco y sin remedio.

Lo esencial del hombre es vivir, definido como trabajo lento del que no cabe escapar -trabajo de vivir, poco a poco y sin remedio”-. Recuerdan sensiblemente estas palabras a la “intrahistoria” unamuniana, al vivir de cada día de cada hombre de carne y hueso -Crémer lo llama “Hombre entero”-, que cabe generalizarse a todos los hombres, en una línea inductiva que va del hombre concreto al todos, o por mejor decir con una expresión más exacta: “del hombre particular al todos y cada uno de nosotros”.

Ahora bien, el primer poema que leí en la escuela de Victoriano Crémer fue Canto total a España, con el que se cierra el libro La espada y la pared (1949). En él recupera el poeta un tema, el de España, y una visión, la noventayochista, de nuevo la de Unamuno, junto al tono machadiano, la del regeneracionismo. Crémer quiere y necesita a la “España toda”, no sólo una parte, sino una “armonía completa”, una España que tiene “más corazón que cabeza”.

Te necesito así:
entera.
No España tuya o mía,
¡España nuestra!

Corren los versos arromanzados, a lo Machado, aunque en este caso nos refiramos a Manuel y a Antonio. No puede pasar desapercibido el eco de aquella “España del cincel y de la maza” de Antonio, ni el guiño “tierra, sudor y sangre” al Cid de Manuel y su Castilla. Pero, sobre todo, en este poema como en toda su obra, predominará siempre un estilo claro y sencillo, sin esteticismo, un tono coloquial, próximo, sin renunciar por ello a la totalidad de España y de lo humano. Una poesía sincera, más biográfica que testimonial, más vital que existencial, fuertemente expresiva y real, doliente, aunque del mismo modo amorosa y confraternizadora. Una poesía, a fin de cuentas, que sabe del tiempo que atraviesa y que vovlería a enganchar con Machado -esta vez Antonio- y su “palabra en el tiempo. Cabe citar por ello, las muy citadas palabras introductorias de Crémer a la Poesía total:

La poesía consiste (…) en dotar a las palabras, a la palabra, de una fuerza, de una vibración, de un soporte, mediante el cual nos sea dado traducir el mundo; no ya el mundo abstracto…, sino el mundo real y verdadero en que el poeta se siente arraigado o del que se considera trágicamente desarraigado.

Es decir, la esencia de lo poético se cifra en la capacidad del poeta, un hombre en cualquier caso, para reconstruir su circunstancia, su alrededor, en palabras. Se sobreentiende de las palabras de Crémer, sin embargo, que la palabra sola no es nada. Lo eminentemente poético son la “fuerza y vibración” como soportes de la palabra, aquello que la lleva a sonar y retumbar, que no es otra cosa que la voz propia del poeta que canta a su realidad, a su tiempo, a su vida, a su gente -”¡España nuestra!”, nos dijo antes-. Y casi premonitoriamente, Crémer nos entregó, el año pasado, el que vio como su último libro El último jinete(2008)-Premio de Poesía Gil de Biedma-, síntesis de poesía y vida, homenaje a la tierra amada, y despedida; y después, por abril del año en curso, un recopilatorio de toda su obra, Los signos de la sangre(2009), como quien presintiendo el final quiere dejar todo ordenado y en su sitio, a lo Don Quijote. Descanse en paz.

Héctor Martínez

05.18.09

MARIO BENEDETTI IN MEMORIAM (“VIVIR ADREDE”)

Publicado en Ensayo, Unas noticias y otros tagged , a 23:04 por retratoliterario

Mario Benedetti

Mario Benedetti

Las letras hispanas, vuelven a estar de luto. Ayer, 17 de mayo, fallecía en Montevideo Mario Benedetti, el comprometido, el crítico de la rutina cotidiana y la burocracia asfixiante que cantó más a la vida auténtica, a la vida en la que cada exhalación debajo de un árbol tenía su peso en oro. Benedetti encaró esa forma de vida en la que era necesario un Certificado de existencia:

vivir, después de todo
no es tan fundamental
lo importante es que alguien
debidamente autorizado
certifique que uno
probadamente existe

cuando abro el diario y leo
mi propia necrológica
me apena que no sepan
que estoy en condiciones
de mostrar dondequiera
y a quien sea
un vigente prolijo y minucioso
certificado de existencia

Hoy tenemos esa necrológica en la mano, pero Benedetti no puede leerla, y aunque quisiéramos, no vendrá con su “certificado de existencia” a demostrarnos la mentira de su muerte. Acaso halla vencido a la tediosa burocracia de oficina, por fin, pese al precio pagado. Es claro que el certificado ya no sirve. Ahora harán otro papel, otro certificado, el de defunción, y podríamos volver por pasiva el poema diciendo: “morir, después de todo, no es tan fundamental; lo importante es que alguien, debidamente autorizado, certifique que uno probadamente ha dejado de existir”. Tampoco puede ya abrir los ojos para convencerse de que no se trata de la muerte -como en Empero-, ni impedir que se cierre el paréntesis de la vida dando paso al no ser. Todos los intento son vanos. Incluso cuando se le llamó “sobreviviente”, Benedetti tenía claro que:

Cuando en un accidente
una explosión
un terremoto
un atentado
se salvan cuatro o cinco
creemos
                                   insensatos
que derrotamos a la muerte

pero la muerte nunca
se impacienta
seguramente porque
sabe mejor que nadie
que los sobrevivientes
también mueren.

Lo último que leí de Benedetti fue Vivir adrede. Ahora apostillaría yo al título un “y morirse sin querer”, aunque él fuera consciente en sus versos, en sus páginas, de la llegada del final. En este libro, Benedetti se vuelve, como tantos otros autores, auto-profético:

Las fotografías del antaño lejano y del antaño cercano nos miran y no se cansan de mirarnos, siempre con la misma pregunta: “¿y qué pasó después?”.
(…) También nosotros, móviles y vivientes, vamos de a poco metiéndonos en fotos, y en ellas (por ahora) nos miramos a nosotros mismos. Pero los habitantes de 2008 o el 2009 mirarán nuestros rostros fotografiados y desde ellos les preguntaremos: “¿Qué pasó después?”. Qué cosa, ¿no?

Hoy, un día tras su muerte, en 2009, la fotografía de Mario Bendetti -por ejemplo, asómese el lector a la que encabeza este artículo- nos mira y nos pregunta: ¿Qué paso después? Y estamos obligados a responder: “Pues nada. Nada pasó. Aquí seguimos, como siempre, el como siempre que usted, señor Benedetti, bien conoce. El como siempre que seguirá pasando, eternamente”. Quizás nos lo pregunte con el último aliento de sentirse imprescindible, de haber sido útil para algo, de haber dejado una huella imborrable que abriera un camino y que muchos prefieren no mirar. Benedetti lo preguntará desde sus “fotos”, porque siempre fue conciencia abierta hacia el futuro, y nos sobran testimonios sobre ello:

Huellas y huellas, rastros y señales, vestigios y utopías. El mundo está allá y está aquí, los prójimos contiguos y remotos.
Las próximas huellas será nuevas, fresquitas. A duras penas crearán otro camino y otra forma de ser y de pisar. Loado sea el futuro, si existe. ¿Existirá?

Ya son dos veces que Benedetti, desde sus páginas, nos pregunta por lo mismo. ¿Qué haremos con ese “piélago de deterioros”, con ese “borrador de catástrofes”, “la hondonada misteriosa” que es como llama al futuro? Y nos lo pregunta porque él ya no puede responder, o mejor dicho, el ya no tiene que responder:

Cuando llegue el momento de ser nadie, el mundo seguirá y no lo veremos. Si antes vivíamos cegados por el sol ahora estaremos cegados por la sombra.
Cuando llegue el momento de ser nadie, la memoria habrá quedado encinta de ideas y preguntas que nunca nacerán.(…)
Arriba o abajo seguirá la vida o seguirá el quién sabe. Ya una vez fuimos nadie(…)
De la nada a la nada pasa una historia efímera.

En sus obras, y ahora también en sus fotos, encontraremos el interrogante nacido, la idea parida, mientras Benedetti, que nos decía, en Vivir adrede, “no voy a irme así nomás y si me voy, será para estudiar la nada”, efectivamente, se ha marchado de este mundo a estudiar el “nihil sum” tras ocuparse en vida del “homo sum”.

Sorprenderá, tras este obituario, que nunca haya sido yo un apasionado de Benedetti. Tampoco soy de los detractores que le quitan absolutamente cualquier mérito poético con la sobrevaloración. Alabo su sencillez de palabra, su cercanía y familiaridad literaria -siempre me gustó aquello de “Cuando hablo de mi patria yo prefiero decir paisito”-, pero me sobró política y me faltó, junto a la indudable humanidad que desata y la sencillez que emana, mayor hondura. Se conviritió en un símbolo que, creo, terminó devorándolo, lo dejó anclado, desde el que nunca logró avanzar ni consiguió desembarazarse, por el que ha quedado desenganchado de las siguientes generaciones, a pesar de las ventas y los lectores, de la música y los premios.

De aquí, equivocadamente, en algunos círculos críticos le han calificado de facilón, de escasez literaria, de ser la sombra de un éxito previo o del victimismo exiliado, de explotar el compromiso y extenderlo al presente. En mi opinión, son juicios injustos, porque a un hombre que no se le hayan cerrado sus heridas, las que le produjeron, al que no le hayan cicatrizado ni estén bien curadas, no se le puede exigir que las olvide, que no las proyecte, y menos aún, que no las escriba. Una cosa es quedarse varado, y muy otra venir a regañar a la magnífica ballena por su desorientación, quitarle su majestuosa grandeza por no verla nadando en el agua junto al resto de cetáceos, ni tal como se nada hoy día.

En la sencillez, los hombres y mujeres se amparan, se comprenden, se alivian. En la complejidad, en cambio, se ven con desconfianza y con rencores. Cómo no tener en cuenta que la muerte es la cumbre de la sencillez.

Sobre sencillez, Vivir adrede (2007)
Mario Bendetti.

Héctor Martínez

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