09/11/2009

LUTOS EN LAS LETRAS (AYALA Y LÉVI-STRAUSS)

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F-Ayala

Francisco Ayala

Toda una generación de las letras, la que ha escrito las páginas literarias del s.XX que algunos enseñamos, se está marchando ante nuestros jóvenes ojos a pesar de las férreas voluntades de vivir. Francisco Ayala nos dejó, a la edad de 103 años con una aún más voluminosa y extraordinaria obra. Destacar alguno de los libros por encima de otros sería una gran injusticia, aunque en el caso sean dos en concreto sobre los que quiero centrar la atención como homenaje: por un lado, Los usurpadores (1949), y, por otro, El fondo del vaso (1962).

Los usurpadores es un conjunto de relatos en los que Ayala mezcló ficción y realidad, alternando lirismo y prosa, recreando el estilo propio de aquellos “eixemplos” medievales, o el lenguaje del Siglo de Oro al tiempo que se adaptaba a las temáticas predominantemente sociales y existenciales del medio siglo español. La intención de la obra es clara desde el comienzo, al definir “usurpación” como “el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo”. Distintas formas de poder y distintas formas de alienación, fechadas fundamentalmente en el Siglo de Oro para mostrar una condición humana atemporal -aquí coincido con Amorós al señalar que no existe evasión ni escapismo-, una lucha por el poder con sus consecuencias denigrantes, pero también con sus reveses a la manera de lección moral.

Ahora bien, en Los usurpadores encontramos también el inconfundible eco de Cervantes. Ayala, como aquél, se disfraza de un desconocido narrador, en cuyas iniciales le reconocemos, para prologar y poder incidir en cada texto, marcar y orientar al lector. Precisamente, la obra es posible contemplarla desde la perspectiva, no ya del Conde Lucanor, sino de las “novelas ejemplares” cervantinas y su humanismo tardo renacentista implícito, razón por la que subrayo esta obra entre las demás, siendo al mismo tiempo una de las primeras depués de largo silencio en que permaneció Ayala desde los años treinta.

El fondo del vaso (1962), cuyo comienzo lo tenemos en Muertes de perro (1958), prosigue la línea moralizante desde la profunda degradación humana, situándonos en una supuesta república hispanoamericana que vive bajo un régimen dictatorial. Con el género del dictador, muy trabajado en estas épocas como símbolo de protesta, Ayala puede descender desde la corrupción política y social hasta las inmundicias del hombre, próximo al esperpento valleinclanesco que mezcla inteligentemente con las técnicas de la caricatura, la parodia, la ironía y el humor. De nuevo Cervantes transita las páginas si observamos que al comienzo de la novela, el autor dedica un espacio a cierto repaso de la novela anterior con la que engancha, tal y como Cervantes hacía lo propio en la Segunda Parte de su Quijote. A la vez que recoge el espíritu cervantino, Francisco Ayala inserta técnicas contemporáneas como la inclusión de “recortes de periódico” en la segunda parte de la novela o el empleo de monólogos interiores en la tercera. Esto debe hacernos comprender que Ayala jamás fue ajeno ni a su tiempo histórico ni a su tiempo literario, y que supo conjugar el verbo de manera personal sin perder de vista el alrededor vivencial.

Debería hablar, por supuesto, de El jardín de las delicias (1971), Premio de la Crítica en 1972 y adaptada al cine. Probablemente una de las obras memorables para el lector y, precisamente, la que más admiraba, incondicional, Andrés Amorós. A Amorós le escuché en un ciclo dedicado a Ayala en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, sobre esta obra y su inspiración en El Bosco, pero también en el aspecto íntimo y biográfico del texto, como en la continuación de esa línea humanística de Ayala. Sin embargo, he preferido resaltar las dos obras anteriores, aunque muy conocidas, menos apuntadas que ésta. Bien podría haberme dejado caer por el lado ensayístico, del mismo modo abundante… y es que, ¡habría tanto que decir!… que a veces es mejor dar pinceladas y callar.

Sin duda, nuestras letras, las hispanohablantes -y digo tal porque Ayala tuvo los pies a cada lado del charco-, pierden con su falleciemiento uno de los últimos nombres que hacen entender el valor de esa tarea del escribir, de los últimos nombres que han adorado auténticamente a la musa y convertido a la palabra “literatura” en esa otra “Literatura”, con mayúscula, que rotula el frontispicio de cierto Panteón inmortal.

C-levi-strauss

C. Lévi-Strauss

Otro hombre centenario, esta vez de las filas de la antropología y la filosofía, fallecía pocos días antes que Francisco Ayala: hablo de Claude Lévi-Strauss, ligado intelectualmente al estructuralismo francés de la segunda mitad del s. XX y fundador de la antropología moderna. Su búsqueda de las estructuras elementales de la sociedad, el óseo rostro subyacente a la máscara social, y más aún al ser humano como objeto sometido a relaciones materiales, le llevaron a Brasil y a la observación etnológica de distintas tribus y pueblos poco “tocados” por la civilización, aunque sin la ingenuidad de pensar que podía presenciar un estadio verdaderamente primitivo del hombre -los pueblos vistos también tenían sus historia y su pasado, al margen de las civilizaciones-. Bajo esta reducción material, cosificación y exterioriación del hombre, propia del neomarxismo, contrario al historicismo y a los procesos conscientes, Lévi-Strauss indagaba la existencia de normas, reglas, esto es, “estructuras” más profundas, inconscientes, que pudieran ser el patrón de corte permanente de toda sociedad humana, actual y antigua. Por ello, el estructuralismo de Lévi-Strauss está fuertemente influido por el psicoanálisis de Freud y el materialismo ciéntifico de Marx, y, de alguna manera, supone una ramificación continuadora y sintetizadora de ambas formas de pensamiento bajo el espíritu positivista con que comenzó el s. XX.

Alguna vez ocurre que nos encontramos ante un relato mítico, o una leyenda, que, curiosamente, coincide con alguno de nuestra cultura. Más sorprendente es si no han existido relaciones entre ambas culturas, ni intermediarios. Quiere decirse que, con esto, puede suponerse que los planteamientos de otras culturas, en el espacio, y sobre todo, en el tiempo, no son muy diferentes de los plantemientos contemporáneos, o lo que es lo mismo, puede suponerse la existencia de un posible factor (o factores, elementos, estructuras..) común e inconsciente bajo el que vivimos y esquematizamos nuestras relaciones. El caso es que somos prisioneros de las estructuras, pre-existentes a nosotros, que asimilamos y por las que operamos. Lo fundamental es que dichas estructuras racionales de sentido nos son necesarias mientras que apenas las percibimos, esto es, nos es necesaria la alienación y probablemente no sea posible hablar de “irracionalismo”, pues hasta lo más irracional esconde una estructura. Efectivamente, el estructuralismo, evita el historicismo, el subjetivismo e, incluso, la fenomenología. No le interesa el hombre interior ni sus procesos de consciencia, sino el hombre en tanto que hormiga, o en tanto que cualquier otro ser natural, prisma bajo el que estudia cualquier otra ciencia con tal rango. Sin embargo, en el caso de Lévi-Strauss, el estructuralismo se arrojó a la caza platónica del Universal y abandonó la materia, y nos ató a una desesperante decadencia destructiva de la que no podemos escapar. Esto último le convierte en hijo de su tiempo, heredero de una época poco proclive al optimismo humanista y a los finales felices tras la degradación de las guerras y del Holocausto.

Ayala y Lévi-Strauss, cada uno a su modo, mostraron lo más desagradable del hombre a sus propios ojos y es cuestión nuestra mirar hacia otro lado, tomarlo en consideración, o refutarlos, si fuera posible.

Héctor Martínez

17/10/2009

“EL AGUJERO”, STEFAN MITROI

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Portada

Portada (Trad. Portugués)

El año pasado se publicó, gracias al trabajo de Dan Caragea, la versión portuguesa de la novela Gaura (2004) de Stefan Mitroi, con el título O Buraco, Água viva, Água morta -“El agujero. Agua viva, Agua muerta”, en español-. Precisamente es esta traducción, con portada del artísta pintor Romeo Niram, la que he tenido oportunidad de leer sin demasiadas dificultades, por lo que la recomiendo mientras no exista versión española de la novela.

Son varios los elementos que se entremezclan en esta novela. Sumergidos en la cotidianeidad de una aldea, Purani, Mitroi comienza el relato con el siempre misterioso halo de una maldición: todas las mujeres que se casan con un varón de la familia Preducel, terminan abandonadas dando a luz un varón que, a su vez, repetirá la historia con otra desafortunada. Todos los varones marchan de viaje y no vuelven. Pero, ¿qué sería de una aldea sin las habladurías y rumores? La maldición se ve envuelta de toda una suerte de historias acerca de qué les ocurrió a los Preducel, desaparecidos y sin que se volviera a saber de ellos. Esta imaginación de los vecinos surte un efecto en la novela: nos introduce en sucesos extraordinarios que van creando el ambiente a la historia que se nos narra, el viaje del último de los Preducel, Anghel, casado con Paulina y con un hijo, Sebastián. Un viaje extraño, sorprendente, que parece repetir, una vez más, la conocida maldición: Anghel, pocero, empieza una noche un agujero por debajo de la tierra, interminable, kilométrico, durante años, donde desaparece y del que sólo vuelve contadas veces, porque según avanza en su labor va siendo más difícil retornar. Sus pretensiones son un auténtico secreto para gran parte de la aldea y para el propio lector. De nuevo, las habladurías y rumores: va en busca de la Fuente de la Vida, el agua milagrosa que confiere una eterna juventud. Cierto o no, la aldea de Purani se ve revuelta ante la posibilidad de tener el mágico líquido al alcance de su mano. Y el lector se encuentra rodeado completamente de hechos fantásticos y fabulosos.

Stefan Mitroi (Lucian Tudose/Rompres)

Stefan Mitroi (Lucian Tudose/Rompres)

Stefan Mitroi emplea todo este marco para evidenciar ciertos temas actuales, como por ejemplo, el aprovechamiento político de la ingenuidad del pueblo, además de las inherentes consecuencias existenciales. Los más viejos del lugar se desesperan, e incluso creen en ello cuando Ciocanel, burócrata filósofo, utiliza los medios de comunicación para dar veracidad al rumor que corre de boca en boca como un mito ancestral. Todos en la aldea creen en la existencia de la Fuente de la Vida porque “lo han visto en la televisión”. La irracionalidad de la búsqueda o del mito, y la aún más irracional fe ciega en la “caja tonta” sirven para que Ciocanel salga elegido Alcalde en las elecciones. Tras ello, una serie de desgracias arrecian en la aldea: un devastador terremoto, una tremenda sequía, un torrencial diluvio y el ataque sanguinario de insectos, asolarán la aldea y los campos. Ciocanel, en esta ocasión, usará a Anghel Preducel y su agujero como cabeza de turco al que echar las culpas de tanta desgracia.

Junto a la ácida crítica de la realidad o el paisajismo de la población, son de subrayar el humor que Stefan Mitroi introduce por medio de la pregunta filosófica, no sin cierta ironía, el lirismo de gran parte de la novela como si estuviéramos ante un verdadero poema en prosa, y la fuerte presencia del mito. En cuanto al humor, destaca el personaje de Ciocanel, al comienzo del libro, como Secretario de Cámara, que atormenta a la población con sus interrogaciones filosóficas cada vez que un aldeano se acerca al despacho necesitando una certificación o documento sellado -nacimientos, matrimonios, defunciones…-. Las cuestiones planteadas son de este tenor: ¿Por qué las hojas de los árboles son amarillas en otoño y verdes en primavera? ¿Por qué del Girasol no sale nunca trigo? ¿Cómo la hierba verde se transforma en leche dentro de la barriga de la vaca? ¿Cómo cabe todo el roble en una bellota? ¿Por qué los peces no se oxidan si están todo el día dentro del agua?

En esos dias Ciocanel estaba muy feliz. ¡Dios mío, como buscaban ellos, tan minuciosamente, los significados ocultos del mundo! ¿Por qué los oceános son oceános y de donde vino toda esa inmensa cantidad de agua… Por qué los americanos y los rusos no consiguen atrapar los relampagos para usarlos los unos contra los otros como un arma?… Sería algo más poderosos que una bomba atómica o que los cohetes com ojivas nucleares (…). Y porque los actuales monos siguen siendo monos y ya no se transforman en seres humanos?
– Por que no les interesa. No te das cuenta que hay cada vez más hombres que se esfuerzan por transformarse en monos. Esto revelea que es más conveniente que sea así y no al contrario.

El lirismo, por ejemplo al narrar la muerte del tío Toma:

Anghel aprendió el oficio más rapidamente de lo que Toma pensara. Parecía que lo intuía. Poco timepo despues, el tío comenzó a ganar el color de la tierra en la que había cavado pozos toda su vida y, después de algunos días de sufrimiento, se mudó, con las manos descansando sobre el pecho, dentro de ella.

Pero, sobre todo el lirismo está presente en las cartas de Anghel Preducel, cobrando en intensidad cuando se descubre el gran secreto mítico. Anghel se encuentra con los Preducel desaparecidos bajo tierra, y con toda la historia de los muertos de Purani, quienes, mueran donde mueran, terminan por habitar el suelo profundo de la aldea. Este encuentro con los espíritus se narra poéticamente:

No creas que ellas están en algún oscuro agujero. Al principio, cuando las encontre, no entendí bien lo que iba a suceder. Yendo más hacia abajo, vi un gran prado bajo mis pies, el cual, si tener cielo por encima, estaba iluminado. La luz provenía del fondo de la tierra. Era una luz tenue, sin brillo. Abandoné las cuerdas y dí algunos pasos sobre la pradera. Ví a lo lejos, casi imperceptible, una especie de niebla, pero, después de acercarme, comprobé que eran unas blancas toallas que flotaban a poca altura, ahora para un lado, ahora para el otro, sin llegar a tocarse. Después percibí que la luz venía de ellas. Vi que alguien me llamaba. Mi corazón debería haberse detenido por el susto, pero no sentí ningún miedo. Algunas de esas toallas de nebulosa leche se aproximaron hacia mí y tomaron forma de personas. Persona de vapor, mejor dicho.

Sin cielo ni infierno, los muertos viven bajo la tierra, la misma tierra en la que son enterrados. Ningún Preducel abandonó a sus mujeres, sino que, al contrario, las amaron apasionadamente. Si no volvieron, fue porque el destino se cruzó en su contra. Especialmente curiosa es la historia del bisabuelo Gheorghe Preducel, único hombre que conocía la lengua de los animales y las plantas, y que un día de febrero, como cada año, marchaba hacia el bosque a visitar al Santo Vlasie junto al gran Roble donde éste vivía. Allí también se reunían todos los animales del bosque para cantar la llegada de la primavera. Era un verdadero milagro. Pero el Santo, sintiéndose ya sin fuerzas, pasó el testigo a Gheorghe. Otros antepasados se vieron envueltos en las duras circunstancias de guerras.

Las cartas de Anghel aportan el último rasgo que quiero señalar: el romántico. En ellas se contienen expresiones de amor, además de ser escritas en el mundo subterráneo de los espíritus, durante un periplo de evasión, tan próximo a los tonos del Romanticismo.

El agujero -Gaura en rumano, O Buraco en portugués-, es una novela breve, lírica, romántica y realista, atravesada de costumbrismo y mitología legendaria, donde podemos observar el talento de Mitroi para manejar las imágenes fabulosas propias del género infantil al que también ha estado consagrado, desde el cuento hasta el teatro. Se trata de un autor único en su especie y su literatura, cuya introducción en España merecería ser estudiada con detenimiento.

Héctor Martínez

09/10/2009

“LA AVENTURA”, P.F.A. MARTÍNEZ MARTÍNEZ

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Porada

Portada

Si yo le hablo al lector de un hombre que lo deja todo, toma su lenta y frágil montura, se pone un casco ridículo en la cabeza y se dispone a recorrer varios pueblos y tierras de España a la busca de aventuras, pensará que se trata del famoso hidalgo metido a caballero andante, aquel medio cuerdo y medio loco que frisaba los cincuenta con el seso sorbido por las singulares hazañas de palmerines y amadises. Ahora bien, si el rocín flaco es una endeble motocicleta, el yelmo de Mambrino una chichonera, el hidalgo un matemático, y el camino no transcurre por La Mancha sino hacia Compostela, tendremos a un viajero de cuyo nombre nuestro autor no quiere acordarse, lanzado a la aventura sin plan, aunque con el camino definido. Estaremos ante la novela La Aventura (2002), escrito por P.F.A. Martínez Martínez, familiar mío algo lejano en lo genealógico y en lo físico, primo de mi fallecido padre y residente allá por tierras holandesas. Tuve, años atrás, su dirección y teléfono de Holanda, cuando por primera vez salí a Europa y la preocupación paterna me lo apuntó en un papel por si me viera en algún aprieto. Estrechaba su mano un año después de la edición de la novela, en el funeral en memoria de mi padre, con pleno desconocimiento de la existencia del texto. Hoy me encuentro con la novela en las manos, recién leída y hablando de ella.

Efectivamente, tiene evidentes rasgos quijotescos:

Sí, atrevimiento porque ahora, la víspera de su salida, caía en la cuenta de que iba a empezar una aventura quijotesca, sólo que casi cuatrocientos años después de la verdadera, de la famosa. Y no se trataba de proteger doncellas, enderezar entuertos, o de patear las veredas de La Mancha, sino de recorrer caminos interiores y responder a preguntas no formuladas. Ahora comprendía mejor el aliento, los arrestos de Don Quijote al cambiar el cobijo y la comodidad de su casa, la vida ordenada y la compañía que le ofrecían el ama y su sobrina, por la soledad de la estepa desierta bajo un sol de justicia, el frío de la noche, el hambre, la risa conmiserativa y las humillaciones.

Pedro Martinez

Pedro Martinez

Es un viaje, una aventura, interior y exterior. Se recorren las geografías de la tierra y del alma, se atraviesan los senderos que en Compostela atracan como caminos que llevan hacia un horizonte más inmaterial. También cierto tino noventayochista, a caballo entre la crónica y la ficción, los problemas de España, la reflexión filosófica y la que suelo llamar “metafísica” de la vida cotidiana, es decir, el misterio de las tan normales relaciones humanas. Es lógico todo ello al estar ante una obra inserta en la literatura del viaje y la aventura, eco moderno de los relatos homéricos.

No es una novelita cualquiera, de las que sirven para pasar el rato. Lo advertimos desde las primeras páginas, donde Pedro Martínez toma la iniciativa de marcar el rumbo, la directriz del tema, con una lírica y honda definición de “Aventura” que subraya y engloba las intenciones de la obra:

La aventura… punto focal donde el presente se condensa, crisol donde los futuros posibles se transforman en un solo pasado concreto. Halo de luz que ilumina lo nuevo, lo inesperado, lo no sometido al desgaste de la rutina diaria.

Estos son los arrestos de Don Quijote, su verdadera locura: enfrentarse a lo nuevo e inesperado, abandonar su tranquila y rutinaria hacienda, contando sólo con el desnudo de sí mismo, su soledad frente al entorno -al menos en la primera salida-. Es el sentido de vivir una aventura el renunciar a vivir con un futuro proyectado e indefectible, salir del seguro refugio donde todo es esperable, el sentir a flor de piel el presente que nos cruza, que de punto pasa a extenderse con sorpresas en cada rincón. Éste es el trayecto del anónimo viajero sobre su motocicleta, termine o no en Compostela.

¿Serían suficientes las tres semanas de vacaciones que tenía reservadas? Si todo salía a pedir de boca, sí. Pero entonces apenas quedaba tiempo para las ciudades, para la aventura. ¿Es que llegar a Compostela seguía siendo lo principal? El viajero no lo sabía. En realidad, ¿qué es Compostela? ¿Es solamente una ciudad de granito gris, allá en la brumosa Galicia o es un ideal que el iniciado puede encontrar en cualquier colina, en cualquier recodo del camino? Compostela lejana, ¿es que llegaré a ver alguna vez la silueta de tus torres?

La “metafísica” de la vida cotidiana se escenifica, sobre todo, con las vacaciones de una pareja de matrimonios belgas como segunda acción que, a su vez, se divide en otras dos acciones más -una por pareja-. Riñas, feminidad, engaños e incluso una buena dosis de erotismo y sexualidad, de infidelidad concertada, bien llevados y trabados, aderezan la novela alternando con la historia del anónimo y peregrino viajante, con sus peligrosas vicisitudes y reflexiones. El contraste moral creado, entre virutd y vicio, por efecto de la suspensión de la vida cotidiana mediante la aventura, consiente que el lector juzgue las actitudes e incluso se mire en el espejo. Dicho con más llaneza, ¿por qué estando de vacaciones, en tantas ocasiones cambiamos nuestro comportamiento o nos desinhibimos de quienes somos o lo que habitualmente hacemos? ¿Por qué al abandonar temporalente la rutina y el espacio en el que solemos vivir, abandonamos también los criterios de entonces por otros? Ello sin entrar en el debate maniqueo del bien y el mal, sino, más bien, en la liberación de los grilletes que con la cotidianeidad nos imponemos. Advirtamos también que el anónimo viajero, el peregrino quijotesco, de igual modo se ve inmerso en actos de los que no valora su corrección, sino su novedad, verdadero beneficio que recibe a cambio de participar en ellos.

En tercera persona, la novela mantiene un ritmo narrativo regular, sin excesivos altibajos que la aceleren o refrenen -exceptuando algunas partes de acción, más rápidas-, dentro de una combinación de registros culto y coloquial, técnico en ocasiones, relajado y más próximo al intercambio oral en otras, especialmente en los diálogos, con gran riqueza de vocabulario. En el caso de los matrimonios belgas, llama la atención que el autor empleé el error gramatical para reflejar que se trata de personas que no conocen bien la lengua española. Abunda la descripción, en planos generales la mayoría de las veces, sobre todo paisajes naturales, focalizando detalles concretos que quieren ser resaltados, por ejemplo, al tratar cada uno de los templos que en el Camino de Santiago vamos recorriendo. Junto a ello, son de subrayar las introspecciones, el detenimiento en pensamientos, varios al modo de monólogos interiores, que en todo momento sostienen la coherencia de las reacciones y de las relaciones de los personajes, y por lo que nos mantenemos informados en todo momento del mundo psicológico de cada uno. Introspecciones que también realiza el narrador con digresiones reflexivas y opinativas sobre acontecimientos y temas de muy diversa índole, vitales y existenciales, sociológicos y antropológicos, ahondados en la última parte del libro:

El problema de cumplir un programa es que, cumplido, hay que encontrar otro o inventarse otro porque, si no, nos quedamos con las manos vacías y la vida parece inútil (pero… entonces, ¿es que la vida consiste solamente en “hacer”…? ¿Dónde quedó la alegría de existir por existir, la alegría de estar vivo? ¿Esa alegría básica, elemental, tan visible en los animales, en las sociedades humanas que viven en mucho peores condiciones económicas que nosotros?)

Es posible que el lector tenga la tentación de querer más libros de Pedro Martínez. Será una tentación sana, a la que quiero aconsejar: tenga cuidado para que no le ocurra como en la anécdota le pasó a aquella reina que leyó la Alicia de Lewis Carroll y pidió todas las obras del autor recibiendo acto seguido un Compendio de Geometría. Y es que Pedro Martínez es médico y lo mismo se sorprende el lector al encontrarse con un Tratado sobre Anatomía del Sistema Nervioso -Neuroanatomie (1983)-, sin duda otra gran aventura, para la que no todos estaríamos preparados.

Héctor Martínez

29/09/2009

“EVADARE DIN SPATIUL VIRTUAL”, BY GEORGE ROCA (NIRAM EVENT)

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Cover and Back

Cover and Back

It was a real pleasure for me to have had the opportunity to meet George Roca. We launched his book Evadare din spatiul virtual in Madrid (Spain) at Espacio Niram on Saturday, the 26th. The book is divided into seven parts and George Roca read his poems one by one during the event, while Fabianni Belemuski translated them directly to the Spanish audience. Indeed, the night before the event, Mr. Roca and I could exchange views, having a very pleasant talk about different things like the difficulty that exists to learn other languages in countries like Spain or the impossibility to translate poetic words when the author is the only person who knows the authentic meaning, the real feeling of the poem. Why did we talk about this? Because I knew then that today I would be writing about him and his poems and I would come across these two problems that I mentioned a couple of lines above. Anyway, the same night, we talked about poetry, too. Mihai Eminescu was an important point in our conversation, but at the same time the philosophy of Emil M. Cioran or Mircea Eliade and Brancusi’s works were an important part of our reflections. Why? Firstly, because George Roca was born in Romania and currently lives in Australia, but he carries in his heart the homeland in which he saw the daylight for the first time. Secondly, Eminescu is a very important poet in Romania and the three other personalities mentioned above have gained international relevance together with Eugene Ionesco or Tristan Tzara.

In fact, Eminescu and several other big names in sports, music, art, which Romania gave to the world, all have a dedicated poem in the fourth part of book entitled Amintiri. The poem is called Eminescu, and George Roca is singing to a new dawn of Romania in it. This new dawn is because of the fact that…:

Într-o dimineaţa
Dumnezeu
s-a sculat vesel şi binedispus!
A închis vântul în cămară,
a alungat norii
a scos din priză fulgerele,
a oprit cutremurele şi valurile
şi a stins focul su cazanele vulcanilor!.

(One morning,/God woke up happy and good-humoured/He locked the wind up in the storeroom,/chased away the clouds,/unplugged the lightnings,/put a stop to the earthquakes and the waves/And he put out the fire of the volcanic caldrons!)

Romania is present across all the pages and the verses from Evadare din spatiul virtual , but it has a reserved space in the second part of book called Antipozi whose content has strong feelings of nostalgia.

G. Roca

G. Roca

George Roca considers himself a journalist rather than a poet. But on Saturday, we enjoyed his facet as a poet, a very chromatic and vital poet with a great sense of humour and great sensitivity. It’s possible to see this colourful vision in the third part of the book called Cromatică australiană and in poems like Galben, which was born as a result of Roca’s son challenging him to write about a yellow cat. Other verses are crossed by the green, red, but especially blue, colours. The blue colour is very significant: it refers, for example, to the depth of the oceans, to the sky above us, or to the special blue similar to Lapiz Lazuli which only exists in a Monastery of Moldavia. This colour connects us with an infinite thought. For this reason, it is not by accident that the stars and the universe appear in other lines, like an elevation path from the sky to the outer space. When can we see the stars? At night. When can we imagine the Universe? At night, too. The night and the sky become magical and special: the diurnal blue sky demonstrates to us that we are alive and we should be happy about it, as in Mă bucur, in the fourth part of book:

În fiecare dimineată
când mă trezesc, mă bucur
mă bucur că e soare
mă bucur că e înnorat
mă bucur că trăiesc

(Every morning/When I wake up, I’m happy!/I’m happy that it’s sunny,/I’m happy that it’s cloudy,/I’m happy that I’m alive!)

With the nocturnal black sky we understand that we are part of a larger whole, or that we can dream. But, where can we find the stars? Not in the sky, but in the grass, George Roca answers in one of my favourite poems called Micul Univers:

Seara
căutam prin iarbă
stele căzătoare!

(At night,/we searched the grass/for falling stars!)

The stars fall down from the Universe into our human world and into our quotidian lives. In Micul Univers we discover kids playing football with planets as a ball, or riding comets, because George Roca is inviting us to remember our childhood Universe using surrealistic elements.

The sense of humour appears in various poems –especially in the last part of book entitled Fabule şi parodii-, but I like one poem in particular, called Poemul. Poetry is defined as an unfaithful wife who comes to us when we are sleeping, or, if we are awake, when we don’t have pen and paper at her arrival. Poetry is viewed as a woman playing with us as if we were lovers. Thus, poetry is described in terms of an unexpected difficult love, which is not controlled by us because we are its tools.

The previous paragraph helps me point out that there is another important theme within the book: the theme of love, above all in one poem, Sărutul, in which I found a personal symbol which impressed me a lot. Please, read it:

Când am început să te sărut
gura ta avea gustul fructului pasiunii
Totul era atât de activ şi real
De parcă doi îngeri
făceau dragoste pe limba mea.

(When I began to kiss you/your mouth tastes like the fruits of passion./Everything was so lively, so real,/as if two angels/were making love on my tongue.)

After reading it, I would want to feel these “two angels making love on my tongue”. It’s not the feeling of a kiss; it’s the feeling of a kiss of love given by a man who is in love. There are many differences between these two kinds of kiss and I think that only a great poet, like George Roca, can express the differences of intensity with these few poetic words.

George Roca’s poetry shows a positive message: we must live in harmony with ourselves and everything around us, in order to get to know who we are and to win the fight against the irreversible time in which we live and to love each other. He is proposing us to escape and to live, to be free from the chains that we have created for ourselves. I have not seen poetry like this in years, encouraging us to discover life as a gift and not as an obligation and a punishment.

Héctor Martínez

Texto revisado y corregido: Eva Defeses


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21/09/2009

FANZINE SUBJETIVO LIBRECONFIGURACIÓN

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Portada LC

Portada LC

En febrero de 2005 salía el primer número del Fanzine Subjetivo Libreconfiguración. Yo me subí al carro dos años más tarde. Estaba reciente la publicación de Conversos, fragmentos de una antología futura (Ed. Antígona, 2006) y su presentación en la FNAC. Hoy, Libreconfiguración ya va por su número 15, de próxima aparición, y ha dado lugar al surgimiento de la Asociación Cultural Libreconfiguración. Por sus páginas han pasado y pasan escritores, poetas, músicos, pintores y fotógrafos de muy variado estilo, decantados hacia una obra libre y de vanguardia, e inmersos en un sinnúmero de proyectos culturales y actos que reflejan su espíritu artístico. No hay más que citar a Quino, a Xurde Portilla, a David Torrico, a Carlos G. Torrico, y a Pedro Gilthoniel, o eventos como los Contubernios líricos de Luarca o proyectos como el Experimento Colector.

El Fanzine actúa como nexo de unión entre nosotros, sobre todo para mí, que me mantengo en una discreta lejanía. Gracias a la publicación mantengo el contacto con los poemas y textos de Fernando Pérez de Blas, Antonio Albiol, Iván de la Casa, o Sergio Lorente. Y gracias a su existencia, a la vez, yo escribo y voy dando a luz, desde 2007, las composiciones y poesías que, de otro modo, se habrían quedado en algún cajón, olvidadas incluso por mí. Tiene, desde luego, la poesía contemporánea, la joven y la novel, un aliado en Libreconfiguración, validando los versos de Bécquer: “siempre habrá poesía”, aunque, en este caso, aquello de “podrá no haber poetas”, es falso. Los hay, claro que los hay. Quiero pensar que he mencionado varios de ellos. Quiero pensar que soy uno de ellos.

Portada LC-10

Portada LC-10

No se trata de una ingenuidad artística. Libreconfiguración sabe bien el terreno que pisa, en el que se mueve y escribe. No es ajeno al ambiente, pero no lo es, subjetivamente. Quiero decir: la conciencia del momento literario que se vive late en Libreconfiguración a través de los trabajos de los autores y artistas, por medio de cada una de sus secciones, pensamientos, versos, imágenes. Dicha toma de conciencia la podemos leer en su presentación:

(…) cuando los ingenieros han perdido su talento entre los billetes falsos de un gran baul, cuando son talados los árboles del sentido común en nombre de alguna causa injustificada, cuando el lenguaje carece de significado, es hora de ponerse manos a la obra. Cada uno a lo suyo, construir un nuevo abecedario y colorear los pálidos escenarios de la cotidianeidad.

El espíritu de un movimiento para el que las vanguardias y neovanguardias del s.XX fueron prolegómenos vigorosos, late en las profundidades de Libreconfiguración. Sea el hecho de que, ignorando si podemos hablar de “burguesía”, es incuestionable la crisis social en que vivimos; sea el hecho de que, de nuevo, las revistas no oficialistas, independientes, albergan una actitud crítica y rebelde continuadora de aquel espíritu contra-racional, de sospecha y devastación del lenguaje, de creación, de color sobre el grisáceo tono que colectivamente respiramos. Quepa recomendar, por ejemplo, la lectura de Emoción y arquetipo de Carlo. G. Torrico, en el número 5, de Indicios de otra racionalidad, en el número 2, de Densidad poética de la realidad, en el número 10, ambos de Pérez de Blas, mi, perdón por la autocita, Parménides tiene prohibido bañarse, en el número 11, o incluso el prólogo de Antonio Albiol a Conversos…. Todos ellos, más los que no cito, junto a los poemas y canciones, pinturas y fotografías que ilustran las páginas, son alientos de una reacción, de una piedra tirada en el oceáno a la espera de ver las ondas convertidas en olas que mueren en la playa y renacen con cada nuevo lanzamiento. Es un espíritu que se renueva constantemente, porque no cabe en él la permanencia.

Portada LC 11

Portada LC 11

Probablemente sea el más clásico de todos. El más próximo a otros siglos, aunque cercano sólo a las rupturas de entonces, que es lo que venimos a llamar literatura, lo que muchas veces se enseña en las aulas con harto aburrimiento. Aún así, quepo en Libreconfiguración. Todo cabe, no por relativismo, sino por libertad de creación, porque el patrón de corte son los autores y artistas, no la ideología, no lo externo al creador. Quince números y el buen trabajo de los amigos de Libreconfiguración lo atestiguan.

La puerta, la salida, la vía de escape, que no de evasión, hacia el frente de batalla, la ventana abierta que supone Libreconfiguración para liberarnos del apolillado ambiente de la caverna humana y su rutina, merecía desde hace tiempo un hueco en Retrato Literario. Para ellos va este artículo, y para cuantos quieran entrar a formar parte… entre ellos, tú, lector.

Héctor Martínez

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18/09/2009

HEMOFICCIÓN, “EL VAMPIRO Y LA SEÑORA GARRAFÓN”

Posted in Teatro tagged , , , , , at 19:54 por retratoliterario

L. Mijares-Marxela

L. Mijares-Marxela

Ayer fui al teatro. Mejor dicho, el teatro vino a mí. ¿Cómo? Algún lector aún creerá que para ir al teatro hay que comprar una entrada e ir a unos de esos maravillosos templos con patio de butacas, palco platea, escenario y telón. Algún espectador no llamaría teatro a lo que no se realice en el templo. Pero, lo siento. Hay un teatro, como la Hemoficción, que se puede subir y bajar de un escenario, que puede pisar la calle o irrumpir en medio de una sala, junto a sus mesas y sus copas. Por ejemplo, en Espacio Niram, donde últimamente soy habitual. Por eso digo que, literalmente como se viene entendiendo eso de “fui al teatro”, yo no fui, él vino. Sin entrada, sin butaca, sin señor de al lado chistando si uno cuchichea, sin señoras emperifolladas -como me gusta esta palabra-, sin tener que esperar a que acabe la obra para ir a tomar algo.

L. Mijares-J. Trigos

L. Mijares-J. Trigos

Se llama Hemoficción, sí -y añadiría el “¿y qué pasa?” tan callejero-. Querrá el lector que le explique esto de la Hemoficción, pero.. no sé hasta que punto podría. Es lo que escribe Juan Trigos, lo que dirige y representa Lorenzo Mijares junto con Marxela Etchichury. ¿Hay sangre? Por aquello de “Hemo-“, ya sabe usted… Sí, hay sangre, y crimen, y violencia. ¿No me pregunta usted por la “Ficción”? No, hombre, eso lo entiendo perfectamente, porque leo novelas del género. ¡Ah, bueno! Pues entonces ya está todo dicho. Y sin embargo, no lo está. Porque hay que verlo, hay que asistir, al menos, a una obra una vez al año, en peligro de muerte y, sobre todo, si se va a comulgar, pues quizás se le quiten las ganas. ¿Blasfemia irreverente? Sí y no. Herejía socio-civil, diría yo. ¿Cómo? Lo que ha oído. Herejía socio-civil. Se lo explico: usted tiene bien medidos los parámetros de “normalidad”, ¿verdad? Sí, y tan bien. Pues aquí le demuestran que no. No entiendo. Lo intentaré de nuevo: usted, digo yo, tiene un trabajo, y madruga o trasnocha, unas horitas por unos durillos. Sí, así es. Y, ¿para usted es algo normal? Sí, claro, hay que vivir. Bien: llega a casa, y, ¿no tiene ganas de matar a alguien? ¿Cómo dice? Lo que oye, explotar, matar, asesinar… Como esa sea toda la explicación que puede darme, estamos listos. De acuerdo, déjeme intentarlo de nuevo: ¿usted ve las noticias en la televisión? Sí, cuando puedo. Sin duda, alguna vez se habrá cruzado noticias de sucesos, es decir, tipo normal, con estudios, alto nivel cultural, trabajo, felizmente casado, ¡hasta con niños! No grite que me sobresalta. Perdóneme, continúo. Le escucho. De pronto, ese tipo tan “normal”, me entiende, sale en las noticias porque se ha cepillado a toda su familia pasándolos a cuchillo en una orgía de sangre. Esto, a usted, no le parecerá normal. No, desde luego que no. Bueno, pues luego, micrófono en mano le preguntan los periodistas a los vecinos y… ¿qué suelen responder estos? Pues que no lo entienden, que se le veía una persona muy normal, trabajadora, cumplidora y educada. Efectivamente. ¿Y qué? ¡Y qué!, me dice. Sí, ¿y qué? Es normal que no se entienda. ¡Normal! He ahí el quid de la cuestión: es normal que nadie entienda que alguien normal hizo algo tan sangrientamente anormal. Así no hay quien se enteré. Piense, buen hombre, piense, que tampoco es tan difícil. ¿Me está llamando tonto? No, simplemente le llamo normal. Pero para usted normal y tonto son sinónimos. Bueno, ya hemos avanzado algo.

Marxela

Marxela

La obra que vi se títula El vampiro y la señora Garrafón, pero, por favor, no me pregunten el porqué. Tendría que explicar por qué otra se llama Cabeza de perro con orejas de conejo, o El HombreReloj. Y, lo siento, pero no me dedico a la filología, sino a ver teatro. Deje el espectador de intentar adelantarse a los personajes. Contemple. Una muñeca hinchable atada a la cintura de Marxela puede ser, perfectamente, un cadaver femenino muerto a golpes y colgado por los pies. Contemple y no mire. Deje que la anormalidad se le vuelva normal. Una baqueta puede ser un cetro o un pene erecto o flácido. Un títere desnudo, un vampiro bufón. Una marioneta puede ser un vampiro lechero. Unas faldas colgadas de una pared, una madre. Contemple. La sangre puede ser leche roja. Aunque no lo crea, Lorenzo Mijares es un rey loco que estudió hotelería y que pudo ser médico o abogado. Contemple. No intente ser el listo en un espectáculo de magia. Aunque, de todas formas, los primeros minutos le aturdirán. Para eso son los primeros momentos, para rendir al espectador, cansarlo hasta su entrega. Los magos lo saben. Le demoleran su instinto racional, y usted terminará por aceptar que no hay truco.

L. Mijares

L. Mijares

Pero, vamos a ver, ¿de qué trataba la obra? ¡Ay, Dios mío! ¿Usted conoce a Freud? No, no tengo el gusto. ¿Y a Jung? Tampoco, ¿son amigos suyos? Entiendo. ¡Oiga! Me parece muy bien que usted entienda, pero aquí, el que trata de entender soy yo. Bien, ¿sabe leer? Desde los cuatro años. O sea, que tiene experiencia. Lea el Manifiesto de Lorenzo Mijares. Lo leo. Lo estoy leyendo. Lo he leído. ¿Y bien? Yo estuve en México. ¡Eso es fantástico! Pero, ¿del manifiesto? Me harté a frijoles. ¿Mientras leía? No, mientras estuve en México. ¡Estupendo, amigo mío! ¿No me pregunta por el manifiesto? Sí, por cierto. Le comento, después de leer, me ha quedado todo mucho más oscuro. ¡Claro! ¡Bravo! ¡Eso es! Alguien como usted, con estudios, no podía defraudarme.

Marxela

Marxela

Yo estaba sentado, con mi licorcito de siempre, el de hierbas. Cuando no, un roncito entra perfecto. Delante de mí, Lorenzo Mijares y Marxela me desmontaban el mundo. Es un buen espectáculo esto de ver el mundo desmoronarse con una copita en los labios. Se me terminó la copa, sin darme cuenta. Me estremecí. Entiéndase que no por el fin de la copa. Lorenzo y Marxela, ¡qué extraordinario esfuerzo para la voz!, allí seguían, sin parar, haciendo el pino. Me estremecía porque no sé hacer el pino, y además, porque, como les dije al final junto a la barra, pidiendo otra, empecé a tener miedo de mí mismo -con o sin pino, el mundo al revés-. Una vez que habían acabado de devastar el mundo, ese gran yo universal, empezaron a devastarnos uno a uno, ese pequeño yo tan particular de cada cual. ¡Qué criminal es la rutina! Me vi como un necrofílico, adicto y sin solución. Estaba en un manicomio con camisa de fuerza desatada y sin celadores. ¡Era capaz de cualquier tropelía! Mi yo, mi superyo y mi ello convergían en una gran O admirativa. Probablemente, hasta me cambiase la cara. A todos, en realidad, por lo que nadie se dio cuenta. ¿Cuándo? Más o menos al instante que Lorenzo decía aquello de la razón de la sinrazón que a mi razón… ¡se hace! Y Marxela gritaba el nombre de los nombres: ¿Dios? No, ¡Don Quijote! Era la exaltación de la verdadera cordura ante un público lleno de locos… y Rocinante a la puerta. Eso sí, de Dios también se hablaba. Quizás sea el más cuerdo de todos, aunque no sé si es eso es algo bueno. Mis felicitaciones a Lorenzo y Marxela. Y a la familia Trigos, ante la que me quito el cráneo.

Héctor Martínez

(Imágenes: Espacio Niram)

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06/09/2009

EUGENE IONESCO Y LA TRAGEDIA DEL LENGUAJE

Posted in Teatro tagged , , , at 15:08 por retratoliterario

Eugéne Ionesco

Eugéne Ionesco

Invocar a Ionesco es llamar al absurdo. Y lo absurdo no es lo ridículo, sino lo falto de armonía, como bien nos enseñan varios manuales. Pero, ¿qué quiere decir “falto de armonía”? Falto de razón, o, más específicamente, de sentido. No, no es lo rídiculo, sino algo bastante más serio: revelar sobre un escenario la ficción armoniosa de leyes que tomamos por inexorables, en las que nos consolamos y bajo las que vivimos, creando un mundo dotado de sentido y significado sin que realmente lo tenga.

Ionesco se enfrenta al pretencioso Realismo dramatúrgico, donde, precisamente se representa esa falsedad racional del sentido. Le resulta grotesca la mezcla de realidad e irrealidad, exagerados los gestos de la representación, inverosímil la obra. No hay una pureza teatral. Sin embargo, el plan de Ionesco supera la crítica del teatro y las tablas y ahonda filosóficamente en la vida humana. Y todo ello, por accidente, o por un fracaso: aprender inglés con un manual de conversación.

Su primera obra, surgida de la casualidad, La cantante calva, no es sino la transcripción casi literal -plagio dice el propio Ionesco-, del manual y las conversaciones que sostienen distintos personajes en inglés. Las grandes verdades evidentes expresadas en ingles por los Smith y los Martin, puestas una detrás de otra y subidas a un escenario, se disolvían en un sinsentido que el manual no reflejaba. ¿Qué había ocurrido? Que aquellos diálogos se habían visto descontextualizados, extraídos de las páginas de un volumen con intención didáctica y cuyo absurdo nadie advertiría según se sumergiera en el aprendizaje. Las palabras perdían su contenido, y las escenas carecían de coherencia. Los personajes ni se comportaban ni hablaban como cabría esperar dentro de esa lógica social inventada que nos envuelve y que, inconscientemente, aplicamos. El absurdo está aquí provocado por el impacto sobre el público, por no contar con su colaboración para lo verosímil en el desarrollo de la obra que, ya desde su título, La cantante calva, empiza a reflejar el sinsentido, pues no aparece ninguna “cantante calva”. Lo cual es lo primero que se preguntará cualquier espectador tras salir de la sala: ¿por qué se titula así si yo no he visto ninguna cantante y menos calva?

Ionesco asegura haber escrito “la tragedia del lenguaje”, principal herramienta del entramado lógico-racional. Esto conlleva la tragedia humana y del mundo. No es una tragedia amorosa, o una jugarreta del destino, sino la esencial tragedia y el principal drama humano: falsear de continuo la realidad que vivimos, sujeta más al azar que a la causalidad. No hay aspecto más teatral que éste y acontece en el patio de butacas en cada expresión desaprobadora y enarcado de cejas ante la representación.

Comprobaremos el mismo núcleo en La lección, donde un profesor particular se transforma en una especie de asesino en serie de alumnas ignorantes, vivaces, que acaban en la sumisión por efecto de la metamorfosis del maestro. Hay un gran poso de incomunicación en el contexto de una clase, lo cual resulta incomprensible pues, ¿dónde sino ha de primar la comunicación si no es en una lección, en una relación profesor-alumno? El apogeo de la tensión, por cierto, sexual -dominación/sumisión- surge justo cuando la clase toca el punto de la filología: la alumna ya se encuentra abotargada y ha perdido toda su energía. La lección sobre lengua es el punto y final de un completo absurdo comunicativo que tan sólo busca reflejar que el lenguaje es herramienta de poder, de violencia criminal. Nada más y nada menos que cuarenta alumnas perecen en sus manos, y todavía llega otra más al final del texto.

Tanto La cantante calva como La lección se hilan alrededor de la crítica, no sólo al realismo, sino, sobre todo, a su intención moral y didáctica y el lenguaje como elemento fundamental de una obra literaria, y más aún, en el teatro, donde el diálogo es el portador de lo que ocurre -aunque no haya realmente una acción, tal y como la concebimos, en el teatro de Ionesco-. Las dos nacen de una situación de enseñanza-aprendizaje: bien un manual de idiomas, bien una clase particular. En las dos la enseñanza fundamental es la lengua, bien iniciática en un idioma extranjero, bien una profundización filológica. La imposibilidad de comunicación deja a los personajes en una clara posición individual frente a la réplica o en una soledad entre el gentío.

Se trata de rasgos nada inocentes. Su siguiente gran obra, Las sillas, sigue la línea. Dos ancianos celebran una gran reunión de personajes invisibles para el espectador. Sólo ellos los ven, y sólo ellos los oyen. La única señal de la presencia de los invisibles son las innumerables sillas que se sacan al escenario para ofrecer asiento. Para el público, los ancianos están en soledad entre una muchedumbre de sillas vacías, encerrados en una torre dentro de un isla. Aún así, Ionesco logra por efecto de la técnica del mimo que el público crea que hay más personajes sobre el escenario. Persigue, por tanto, la colaboración de los espectadores, entre otras cosas, porque son ellos los invitados, comprendiendo antes gestos que palabras. El final trágico, que es el suicidio de los ancianos, cede en importancia a otro hecho que será el trágico: la reunión tiene el objetivo de que un Orador comunique el gran secreto para la humanidad, secreto descubierto por los ancianos. Paradójicamente, el Orador es sordomudo y únicamente puede emitir sonidos sin sentido; también analfabeto, pues no logra escribir el mensaje sobre una pizarra. La incomunicación vuelve a ser protagonista en una escena en la que simplemente queda sobre las tablas un sordomudo y un montón de sillas. Los verdaderos receptores de ese mensaje es el público de la sala, quienes, a su vez, han comprobado la sordera al no poder escuchar en ningún momento a los invitados, sino exclusivamente intuir sus diálogos por las reacciones, gestos y respuestas de los ancianos-mimos. Se pone punto y final a la obra con una representación sonora y extensa de la salida de los invitados, que no es sino la escenificación de la salida de los espectadores.

En el teatro de Ionesco caen, ante nosotros, principios que hemos tomado por verdaderos: la idea de que es posible entendernos mediante el lenguaje; la creencia de que el mundo es exactamente como lo vemos y lo expresamos; el prejuicio del sentido de la existencia como un todo armonioso y equilibrado donde todo tiene explicación racional. Al contrario, nos encontramos ante un vacío, una inexpresión y una inacción, ante una incomprensión y soledad… en definitiva, una tragedia mayor que las vicisitudes humanas de la cotidianeidad, y, sin embargo, la mayor tragedia de todas sobre la esencia del mundo del hombre: la que ejerce sobre nosotros la traidora racionalidad lingüística.

Héctor Martínez

16/08/2009

MIGUEL HERNÁNDEZ, POETA

Posted in Poesía tagged , , , , at 16:13 por retratoliterario

Miguel Hernández

Miguel Hernández

No hace muchos días, de madrugada por Madrid en Espacio Niram, topé con cierto mexicano guitarra al hombro. Curioso fue que terminamos hablando y recitando -casi más berreando- versos de Miguel Hernández, entre trago y trago. Aquello me recordó a un noble amigo, del que ya hablé una vez, con quien también me vi en alguna ocasión releyendo al alicantino. Esa misma noche pensé que le debía un hueco en Retrato Literario.

Prueba de que la Musa no hace distinciones de clase, es Miguel Hernández, nacido en Orihuela y pastor de cabras. ¡Qué bien habría hecho de personaje de las novelas pastoriles! Leyendo en el campo y tan absorbido como para dejar desmandarse el rebaño. Miguel tiene metidos la tierra, el barro, la naturaleza, el campo y el pueblo en las entrañas y nunca los eliminará. No es un culto intelectual, sino un provinciano rebosante de ingenuidad, dentro del que laten fuerzas expresivas y poéticas de una autenticidad poco común en aquel momento. Tanto como para que Cossío le convierta en su secretario, como para que Lorca, el otro gran auténtico del pueblo, le anime, o Neruda le admiré dentro de una profunda amistad. Sin embargo, aunque la Musa no lo haga, los hombres tienden a separarse en clases. De ahí el fracaso de su primera obra publicada en 1933, Perito en lunas. Los pocos que le hicieron caso, le reprendieron por escribir cuarenta y dos octavas reales, estrofa culta, con un lenguaje que le venía grande, siendo él de modestos orígenes. Nada se percibió del mismo equilibrio gongorino que sostenían los del 27; apenas nada de Jorge Guillén, de Albertí, ni de su incursión simbólica en la luna y el toro, o la fuerza sexual que introdujo y que persistirá en toda su obra. Claro que, a esa crítica, le faltaba el resto de la obra, que estaba por escribir. De entre ellas, prefiero la octava titulada Horno y luna, precisamente en la que aparece la razón del poemario que escribió el “lunicultor”:

Hay un constante estío de ceniza
para curtir la luna de la era,
más que aquélla caliente que aquél ira,
y más, si menos, oro, duradera.
Una imposible y otra alcanzadiza,
¿hacia cuál de las dos haré carrera?
Oh tú, perito en lunas; que yo sepa
qué luna es de mejor sabor y cepa.

Ahora bien, una cosa es la crítica y, otra muy distinta, los poetas e intelectuales del momento. Para 1935, la gran mayoría han abrazado y hecho migas con el poeta venido de Orihuela, que se encuentra preparando un poemario íntimo, amoroso y destinal, titulado El rayo que no cesa. En este poemario, de nuevo Miguel Hernández hace uso de composiciones cultas como el soneto, veintisiete, aunque también populares como redondillas y más libres como la silva. Hay en el libro inspiración y técnica, autenticidad personal en crisis amorosa y hasta espiritual:

¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?

Unir soneto y amor nos aproxima al Renacimiento italiano y a los cancioneros de Petrarca, tomando distancia del barroco gongorismo anterior de Perito en lunas. Además, el cambio se percibe de igual modo en un lenguaje mucho más sencillo y comprensible o el uso de figuras de repetición y forma antes que de significado, excepto en el persistente uso de símbolos que ya había comenzado en su obra precedente. Dentro del cuerpo de El rayo que no cesa una composición llamó poderosamente la atención, y son, precisamente, uno de los grupos de versos que más se recuerdan del poeta: se trata de la Elegía a Ramón Sijé, compañero y amigo literario en Orihuela, cuya muerte sorprendió y apenó a Miguel en Madrid. Corre en tercetos encadenados, al modo de la Divina comedia de Dante -lo cual no nos aleja de la época de la lírica cancioneril-, con serventesio final, sumida la composición en una profunda sinceridad de vibrante inspiración, dolor y compunción. Miguel Hernández recupera todo su primer ambiente de campo, de huertas, de tierra, de sabor rural, junto al rayo que ha fulminado al amigo y los recursos de repetición -anáforas, paralelismos y aliteraciones- que otorgan intensidad a los versos. Cabe señalar el alejamiento ideológico entre los dos amigos, y lo que Miguel sintió como traición al inscribirse dentro del círculo poético de Madrid que no veían con buenos ojos a Ramón Sijé, el compañero del alma que tanta ayuda le prestó para, justamente, aterrizar en Madrid. La deuda era impagable, pero Miguel elogió al amigo cuanto pudo dando lectura al poema en Orihuela, publicándolo a última hora en el libro, cuando ya estaba en la imprenta, y sacándolo en la Revista de Occidente de Ortega y Gasset. Tal fue la fama que recogió la composición que hasta un Juan Ramón Jiménez, apartado de todo y dedicado a su obra total, lo elogió y acercó a su “poesía pura”.

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
(…)
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
(…)
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra de parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
(…)
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Unos meses después, entrados ya en 1936, estalla la Guerra Civil, con todas las posiciones enconadas que dieron como resultado la inviabilidad de otro acontecimiento. Miguel se alista en el 5º Regimiento, próximo al pueblo, cavando trincheras, hombro con hombro junto a los compañeros de batallón. Curiosamente, es durante este periodo de guerra, de destrucción, cuando Miguel Hernández se consagra como dramaturgo en Moscú, toma casamiento, tiene dos hijos, y publica otra de sus grandes obras poéticas: Viento del pueblo. No acepta el asilo que Neruda le ofrece; Alberti se marcha en avión sin Miguel Hernández, al que prometió un hueco y que éste rechazo -algo tuvo que ver aquel “aquí hay mucho hijo puta y mucha puta” contra el señoritismo intelectual que le valió un diente roto por parte de la mujer de Alberti-. Miguel se queda en España, combatiendo con la poesía, la prosa y el fusil, cual caballero de la antigüedad diestro en las armas y las letras, un Garcilaso, un Cervantes, pero del s. XX. Del mismo tono es Viento del pueblo, del soldado que le habla al pueblo y a los compañeros de fatigas, donde, como en la Elegía anterior, reaparecen todos los motivos rurales y agrícolas, la sencillez y la cercanía, dotados ahora de una fuerza épica y narrativa descubierta por el poeta en el romance con que abre el libro. La ternura desgarrada de El niño yuntero en redondillas, el canto a la humildad y el trabajo de Aceituneros en cuartetas aconsonantadas, la Canción del esposo soldado en alejandrinos de pie quebrado o la arenga de Jornaleros, son textos que ayudan a comprender el tono de la obra, alejada del compromiso literario de los señoritos en el Palacio Heredia Spínola, labrada en el frente, en las trincheras y en el combate, que defiende su tierra, a su mujer, a su futuro hijo:

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
(…)
Es preciso matar para seguir viviendo.

Poco después, sin llegar a publicarse, El hombre acecha constituye una toma de conciencia por parte de Miguel Hernández de la derrota, del fin de toda aquella locura, como por ejemplo en El tren de los heridos:

Silencio que naufraga en el silencio
de las bocas cerradas de la noche.
No cesa de callar ni atravesado.
Habla el lenguaje ahogado de los muertos.
Silencio.

Comienza en el final de la guerra su “turismo” -como con humor reflejó en alguna carta a Josefina, su mujer- por las cárceles de España, sujeto al dolor de la separación de su mujer y su segundo hijo, Manolillo, a la hambruna, el frío, los piojos… igual que el periplo de Buero Vallejo, con quien se cruzará en la cárcel de Conde de Toreno, y de donde surgirá el famoso retrato realizado por el dramaturgo del inocente “cara de patata” -como, cariñosamente, le llamaba Pablo Neruda. De las cárceles saldrán los últimos poemas de Miguel, pero no él. Se trata de Cancionero y romancero de ausencias, colección donde Miguel Hernández culmina su vuelta al corte tradicional, al verso de arte menor, a ritmos más populares y sencillos como la seguidilla y a rimas naturales como la asonancia. Canta a todo lo perdido, entre los extremos del amor y la muerte, la ausencia del amor con Josefina, la ausencia del hijo muerto, el padecimiento de hambre y penuria del segundo pequeño alimentado con pan y cebolla… y es lo último el motivo de otro de los poemas más conocidos, las Nanas de la cebolla, tan cercano a la sinceridad, la ternura y el dolor de los anteriores -como, por ejemplo, la Elegía a Ramón Sijé-. Cruzado por la pena y la impotencia, Miguel Hernández escribe las “nanas” más tristes que un padre le haya cantado a su hijo de ocho meses, en largas seguidillas, aun cuando sea la seguidilla una estrofa breve y propia de celebración y festividad:

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

El pastor de cabras en Orihuela había logrado convertirse, no en un poeta de fama, sino en verdadero poeta del pueblo, no ya sólo cerca de él, sino dentro y cubierto bajo su misma piel y sudor. Es, muerto ya, poeta popular, recitado por las bocas más insospechadas, incluso allende los mares. Yo, una noche, me lo encontré en la voz de un mexicano que trotaba por las calles con su guitarra al hombro. Siempre será mejor una guitarra que un fusil.

Héctor Martínez

11/08/2009

CIORAN EN ESPACIO NIRAM

Posted in Ensayo, Unas noticias y otros tagged , , , , at 18:44 por retratoliterario

E.M. CIORAN

E.M. CIORAN

La velada del sábado en Espacio Niram dio para mucho. Además del recital que mencioné en un artículo anterior, fui el invitado para la sexta edición del Café Cultural que versaba acerca del pensamiento, la obra y la vida de E. M. Cioran. Fue un honor compartir sillón negro a la luz de las velas con Fabianni Belemuski, amigo y director de la Revista Niram Art, para charlar sobre el autor de origen rumano, rodeados de la magnífica troupe -en el sentido humorístico de “tropa” y “cuadrilla”- que tendemos a reunirnos, allá en la Plaza de Ópera, para tratar de cosas inhumanas -en el sentido de que a la mayor parte del ser humano les viene a importar tres, por no decir palabrotas-.

F. Belemuski

F. Belemuski

Fabianni hizo lo que pudo para que yo no hablara de Wittgenstein, para que no me fuera de rama en rama hasta perder el hilo, ¡qué hasta sacó a Heidegger a pasear! Y tras él a Nietzsche. Pero uno, aquí presente, no está dispuesto a defraudar a la concurrencia. Y sí, aunque de pasada, mencioné a Wittgenstein. Y a Unamuno, por supuesto, cuyo pensamiento está cruzado de planteamientos muy cercanos al mismo Cioran, María Zambrano, compañera de éste en el Cafe de Flore en París a mediados de siglo, Ortega, que solía ser el fondo de las conversaciones con Zambrano… en contrapartida, enterado de antemano, Fabianni contraatacó nombrando a Sartre y a Savater. Mordí mi lengua porque el respetable no merecía escuchar improperios, un autocontrol que fue realmente admirado por el personal que me conoce. A ello hay que añadir que, para sorpresa mía, me encontré defendiendo algo que todavía no me había atrevido a soltar en público: la idea de la feminidad de la filosofía no sistemática, del pensamiento que recorre, entre contradicciones y paradojas, un camino envuelto en la niebla con una oscura, angustiosa, verdad latiendo en su fondo. Sin embargo, vino al caso por ser ese el borroso camino que transita Cioran, terreno por el que, lo más fácil, es meter el pie en el cenagoso charco de la inmundicia humana.

H. Martínez Sanz

H. Martínez Sanz

Cioran jamás quiso ser filósofo. Al contrario, contra lo que llamamos filosofía, último reducto de consolación, último clavo ardiendo, tras la religión y la ciencia, hinca Cioran sus garras y colmillos de León nietzscheano que ha renunciado a convertirse en niño, en Uebermensch, en creador de nuevos y flamantes, aunque, otra vez, falsos valores. Renuncia al sistema, a la academia, pero también a la búsqueda alternativa de soluciones y respuestas al drama de la vida. El mundo que ante él y, sobre todo, dentro de él se vacía, debe seguir la inviolable ley de la descomposición sin regodearse en la decadencia. Descomposición en fragmentos, en aforismos paradójicos, viscerales, lanzados como dardos contra las ilusiones irreales, contras las distorsiones del ser humano. Descomposción abocada a la nada, a la devastación absoluta. No hay sueños de la razón fracasada, ni pesimismo, ni vitalismo posibles; el relativismo, el epicureísmo y el estoicismo son una máscara cómoda. Sólo el ecepticismo, que nos abandona en el límite de las incertidumbres, y el misticismo, que nos eleva bajo promesas de trascendencia, son opciones viables, aunque inútiles.

Hablamos Fabianni y yo de Heidegger. Y por sorprendente que pueda parecer, no para subrayar lo que remarcan cuantos nada tienen que decir y tiran al escándalo y condena de los oscuros pasados, creyendo que los pensadores, y más aún alguien como Cioran, están exentos de los apasionamientos de la circunstancial historia. El eje de la relación Cioran-Heidegger fueron las misteriosas lágrimas del primero ante la tumba del segundo, desentrañar su significado. Y yo lo encontraba en el acento que ambos pusieron en la experiencia del tedio, del hastío, de las angustias como posibilidad de quitar el velo a la realidad humana y descubrirnos sobre el abismo del vacío, tragados por el sinsentido de la realidad y nuestro ser. También en aquel voto de confianza mística del “sólo un Dios puede aún salvarnos”, enigma, cuando menos, de Heidegger. Únicamente en esto encuentro la razón de ser de las lágrimas por el que Cioran llamó “genio impostor” o “genio estafador”, fascinado por el lenguaje y las preguntas, creador de un lenguaje tan nuevo como infructuoso.

Me preguntó Fabianni: ¿Pudo ser feliz Cioran en algún momento de su vida? Lo fue, desde luego, entre bibliotecas y burdeles, entre los libros que leía y las prostitutas que le acompañaban en los paseos nocturnos por las calles en las noches de insomnio. Aquí Fabianni sacó a relucir a Sartre y su preferencia por la conversación femenina, como único punto en que Cioran le respeta. En todo lo demás, Sartre es para Cioran el “empresario de ideas” del Café de Flore, el “pequeño Napoleón del pensamiento”, del que le admiraban los “gigantescos fracasos de sus concepciones”. Y ataca, por ejemplo, su defensa de la literatura y del intelectual comprometido, recibe su contrapartida en Historia y utopía, como en varios otros escritos donde la “literatura” es demolida junto al escritor mesiánico que viene a mejorar el mundo y que no pasa de ser una mera caricatura, una descarada exhibición de las taras personales, las miserias de uno mismo -al caso, leer La tentación de existir-. Y se le reprochará que él escribió sus miserias; y él responderá: “tengo la excusa de odiar mis actos, de no creer en ellos”.

Cartel Espacio Niram

Cartel Espacio Niram

Tras Sartre, apareció la tarascada de Savater. Bien es cierto que introdujo a Cioran en los años 70; tan cierto como que puede ser su único mérito filosófico. Y que introdujera a Cioran es ya un hecho que debe turbarnos: un moralista político trayendo bajo el brazo a un “exiliado metafísico”, por mor de una gran amistad y una amplia correspondencia. ¡Uno debe tener amigos hasta en el infierno!, decimos por aquí. Al margen de otras críticas que no vienen al caso, hay una afirmación que no comparto con Savater acerca de Cioran: le considera un autor “ahistórico”. Pienso todo lo contrario: Cioran está calado del clima y circunstancias históricas que vive, de sus circunstancias contemporáneas, rumanas y europeas. Sólo sobre ese fondo, creo, pudo surgir tamaña reacción de un pensamiento expresado desde las más interiores entrañas. Y su pensamiento, o su actitud, solamente caben dentro de la descomposición del s. XX, del alrededor ensangrentado y violento, frío, que reveló, al fin, el desmoronamiento humano por sus cuatro costados. Ni creo que antes, ni tampoco después, pudo haber un Cioran con semejante ataque bilioso.

Al tratarse de una charla entre español y rumano, en un Espacio como Niram, de reunión de ambos pueblos, su cultura y su formas, el tema de Cioran y España era un paso obligado. Rumano de nacimiento, francés por la lengua, encuentra en España el tono de su propio espíritu: el país de los extremos y las contradicciones, de locuras insondables, absorbido en su propio fatalismo y decadencia -concepto que llama nacional y cotidiano en nuestra forma de ser… lo leemos en La tentación de existir (y ahora si citaré el pasaje)-:

(…) los españoles tuvieron plazo suficiente (¡tres siglos!) para pensar en sus miserias y empaparse de ellas. Charlatanes por desesperación, improvisadores de ilusiones, viven en una especie de acritud cantante, de trágica falta de seriedad, que les salva de la vulgaridad de la felicidad y del éxito. Aunque cambiasen un día sus antiguas manías por otras más modernas, seguirían, empero, marcados por una ausencia tan larga. Incapaces de acoplarse al ritmo de la «civilización», clericoidales o anarquistas, no podrían renunciar a su inactualidad. ¿Cómo van a alcanzar a las otras naciones, como se van a poner al día, si han agotado lo mejor de sí mismos en rumiar sobre la muerte, en embadurnarse con ella, en convertirla en experiencia visceral? Retrocediendo sin cesar hacia lo esencial, se han perdido por exceso de profundidad. La idea de decadencia no les preocuparía tanto si no tradujese en términos de historia su gran debilidad por la nada, su obsesión por el esqueleto. No es nada asombroso que para cada uno de ellos el país sea su problema.

¿A quién se refiere con ese “cada uno de ellos”? A Ganivet, a Unamuno, a Ortega, al simbólico Don Quijote… y podría haber seguido con todo el noventayochismo y el novecentismo, con los del 27 y la posguerra, o haber retrocedido a Larra, o al Siglo de las Luces, porque, efectivamente, al español inquieto nuestro país se nos ofrece como paradoja y problema perpetuo, como “provincia absoluta fuera del mundo”, bajo el famoso lema moderno “Spain is different”. Fabianni dijo que no era la misma España aquella que conoció Cioran y la actual. La charla terminaba y no era momento de empezar a ejercer como español que sólo sabe hablar de su país como un universo completo y de su pathos. Ahora bien, para información general, ya saben, aunque a la mona la vistan de seda, mona se queda, y, en especial, en España, ya hemos podido disfrazarnos de europeísmo, americanismo y occidentalismo, que por dentro seguimos con la destartalada España de charanga y pandereta, y seguimos con las contradicciones, tan nuestras, que tienen perplejo al resto del planeta, con nuestra particular e infinita decadencia sin llegar nunca a un fondo, con nuestros desengaños y trágica falta de seriedad sobre las cuestiones más preocupantes. Ahora somos más cosmopolitas, es cierto, pero para extender con orgullo nuestro arremeter contra molinos, porque sólo nosotros vemos los gigantes… Y no son una mera imaginación, pues los gigantes también son españoles.

Fin de la charla. Apretón de manos y apagado de las velas que tan preocupado me tenían luciendo con estilizada llama sobre mi cabeza. Cambio de sillón por taburete de barra… y a proseguir la conversación, la misma, Fabianni, yo y la “troupe”, como un acto de lo más cotidiano.

Héctor Martínez

09/08/2009

POESÍA EN ESPACIO NIRAM

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Cartel Espacio Niram

Cartel Espacio Niram

Romeo Niram, primero amigo y después artista, me persiguió durante algunas semanas para organizar un pequeño recital poético en Espacio Niram. Ayer, por fin, lo logró, aunque huelga decir que lo hice encantado junto a la enfermedad que me aqueja y que me impide decir que no a los amigos. Conté además con la inestimable ayuda de otros tres buenos amigos ligados al mundo de la literatura y el arte: Martín Cid, escritor y fumador de pipa, Isabel del Río, Historiadora del arte y amante secretamente público de Picasso y Yulia Martínez, además de fotógrafa, también escritora.

Preparar un momento poético tiene un grave problema: la selección. Elegir unos pocos versos que sirvan de botón de muestra, que al mismo tiempo recorran la larga o corta trayectoria, y, junto a todo ello, que sean poemas dignos de recitarse en público, poemas de los que no haya arrepentimiento o intención de corregir, añadir o quitar. Sin embargo, el modo de resolverlo es tremedamente sencillo: dejar que los amigos seleccionen. Así fue. Deposité en ellos los versos, la responsabilidad y confianza. Que no serán pocos los que queden sin recitar, es probable, pero no importante. Eligieron, y eligieron bien, poemas de hace tiempo y poemas recién hechos en el último año. Desde aquel A quien se ama o El punto que soy, pasando por tres divertimentos como Limón, Corazón y Cenicero, junto a composiciones de Por un horizonte de niebla, El galgo lento y dos homenajes: Un siglo de cenizas, por la novela de Martín, y el, probablemente, último que he escrito, Piedras, dedicado al escultor Brancusi y, al mismo tiempo, a Romeo Niram, que me llevó con su pintura a descubrir las obras y las formas de aquél.

Martín hizo, a la vez, de maestro de ceremonias, de entrevistador. Siempre hay preguntas que responder cuando alguien como yo desentierra versos. Pocos imaginan este otro pasatiempo mío, muchos se sorprenden y suele ser motivo para enarcar las cejas. ¿Cómo ese tipo que habla de libros, que tiende a pronunciar nombres de filósofos alemanes y uno de cuyos lugares naturales es una barra de bar -no diré cuáles son mis otros lugares naturales- nos ha salido poeta? ¿Cómo alguien tan devoto de la grosería y, a veces, de la impudicia, chabacano cuando quiere, resulta ser un arquitecto de versos? Aún más llama la atención que lo haga contracorriente del versolibrismo imperante, o la moda occidenteal del Haiku -porque aquí es moda y en oriente poesía-, que resurjan los alejandrinos, las silvas, los sonetos y las octavas, las asonancias, que asomen la cabeza Quevedo, Bécquer, Rubén Darío, Machado, Juan Ramón Jiménez, Aleixandre, Gómez de la Serna, Gloria Fuertes, Hierro… pero no suene arcaico, avejentado nada más componerse, sino incluso, joven, personal. Ayer respondí a todo ello: mi preferencia por el poema breve, condensado, no narrativo, rimado con asonancias o hibridez, siempre próximo al arromanzado, aunque conviviendo con el heterosilabismo, con la rima interna, con elementos considerados antipoéticos como el verso esdrújulo o agudo, sin preciosismo; tanto da el tema trascendente como el motivo cotidiano y no veo problema en aunarlos, por ejemplo, en los Divertimentos; mi intención de anudarme con los flecos que quedan del Siglo de Plata de las letras españolas -siglo, aunque sea poco más de un tercio-.

En nuestra poesía española siempre se ha sentido el latir y la vibración de lo vivo atravesado por el mundo o cruzándolo sin reservas. Un latir presente aún cuando mirase otro tiempo, capaz de traducir nuestro alma y nuestro misterio con tal razón poética. El español no es abstracto, y cuando lo pretende, se enmaraña entre metáforas más que entre conceptos. Sentimos pasar las horas, sabemos de nuestro fluir más que de nuestro permanecer, como algo esencial que no es posible omitir en nuestra biografía. Cuando hablamos, el curso del tiempo cobra protagonismo en el verbo, incapaces de no usar junto al presente, el imperfecto, el indefinido –extendido, por su peculiar confusión con el pretérito perfecto compuesto- o el condicional, porque sabemos que todo está en el aire y que nada puede darse por terminado. Sin querer, por naturaleza, ligamos el pretérito con nosotros a través de los sucesos y acontecimientos que nos erosionan. Poco miramos al futuro, y de hacerlo, siempre lo intentamos pescar con el cebo y sedal de la interrogación. Sabemos vivir sin futuro, pero no sin palpar constantemente nuestro fluir en el tiempo, no sin dejar constancia de cuanto nos ocurre y afecta en lo cotidiano, no sin la conciencia de vivir en la expansión de nuestra propia historia. No somos un pueblo callado. Nos pierde mucho la boca y su tono. Por ella, no decimos, sino que exhalamos los desahogos del espíritu, las inquietudes y las apreturas de la vida. Lo que otros resuelven con un silogismo, nosotros, sólo nosotros, le damos forma de estrofa o canción; lo que en otros lugares serían premisas y conclusión, se vuelve en nosotros el verso tras verso de un poema inacabado. La poesía, que en otros sitios eleva al hombre hacia una trascendencia, a nosotros nos sumerge en la verdad cotidiana y sus grilletes de condena a la temporalidad. Los demás aspiran a conquistar el universo con una fórmula, mientras nosotros nos recreamos en el mito y el lirismo espontáneo del refrán, en la poética sabiduría popular, fuente única de evidencias que jamás ponemos en cuestión. Nuestro refranero no es sólo una muletilla que incorporamos al discurso, sino nuestra contestación a las circunstancias. Lo mismo que cada poeta con sus poemas.

Si yo tuviera que responder a la pregunta de Machado, ¿soy clásico o romántico?, respondería que ambas y ninguna. En ambas está la fuente, pero no soy fuente, sino gota de la corriente, de esas que van, como todas, a dar a la mar. Diría que soy español, y con ello, debería estar respondida la pregunta, tal y como quedan explicadas todas nuestras excentricidades para el resto del mundo. No lo digo por patriotismo, sino por la sencilla razón de que es en lo español donde me he configurado. Precisamente, Martín me preguntaba cómo era posible conjuntar la filosofía con la poesía sin que la segunda se viera perjudicada en su esencia, y mi respuesta recogía el guante unamuniano: nuestra filosofía, la española, no existe en tratados, sino en la literatura, en la pintura y la música -por eso sólo a Ortega se le llama filósofo, aun cuando recurre a estilos literarios-. Los españoles elevamos el pensamiento grave en la expresión artística porque es el límite que toca ya con la inefabilidad. Huímos del encorsetamiento lingüístico del diccionario, porque no nos es suficiente. Por hacer, los españoles, damos palmas y nos enorgullecemos de un himno sin letra, que se tararea como en una inconsciente vanguardia, gesticulamos con todo nuestro cuerpo y tenemos mayor tradición dramática que cinematográfica. Somos, incluso, uno de los pueblos más onomatopéyicos que existen, ruidosos en nuestro griterío. Nos expresamos con todo y todo es cauce de esa filosofía cotidiana, popular, honda. ¡Cuánto habría dado porque Aristóteles fuera español!

Así, Yulia ayer leía El punto que soy como versos inscritos en el extraño límite literario filosófico español:

El punto que soy en el universo
va dejando de ser punto, vacío,
está dejando un hueco de silencio.
Voy desapareciendo del mundo
difuminándome en recuerdos,
vuelto y sin esperanza. Todo
lo que es nuestro,
de los hombres, ya son quimeras
fascinantes de los sueños.
Mi figura, se quiebra
doliéndose de su ser extenso,
y todo lo que es mío
-¿Hay algo más que mi cuerpo?-
se enterrará bajo arenas
del olvido y aguas de infinito tiempo.

Isabel leía el agrio “divertimento” del Limón:

Limón,
si te azucaro el vientre
¿Me sabrás mejor?
Hay quien salado te prefiere,
poniéndote alegrías y humor.
Yo, cruel, te abro en canal
para robarte sin mal
todo tu amarillo color.

Y Martín escogía las palabras de El galgo lento:

¡Hay que tener corazón para verlo!
Aún tiene su porte
Sostenido por sus cuartos traseros,
Orejas rectas, alto,
De duro y blanco pelo;
Sin embargo, el galgo parece un chucho,
Vulgar y callejero,
Mascando mendrugos de duro pan;
¡Ay, Galgo! ¿Qué te han hecho
si hay que buscar tu raza
por costillas y huesos?
Dime en dónde estuviste
¡Dónde te hicieron esto!
¿Fue detrás de la verja,
Por ese camino que lleva adentro?
Allá no pudo ser,
A los hombres, allí los vuelven perros…
¿O también te quitaron lo que fuiste
Sin pensar lo que hacían, compañero,
Sin pensar lo que eras tú,
Si hombre, animal o leño?

Lo dije al principio. Supieron elegir. Sabía que sabrían hacerlo. Ellos solos sacaron todo. Yo, el poeta, era un espectador que, de vez en cuando, metía baza, porque me cuesta estar callado -buen español-. Les contemplaba con mis versos en sus labios, con mis rimas en sus voces… yo susurraba algunos para mis adentros. Romeo sonreía, esperando a Brancusi. Brancusi y yo nos hicimos de rogar, pero, qué mejor forma hay de terminar un recital en Espacio Niram sino con las Piedras de Constantin Brancusi convertidas en alejandrinos arromanzados, qué mejor forma sino alegrar a los amigos y homenajear a un pueblo entero que me reservó un rincón de su mundo para mis poemas.

Héctor Martínez

AUDIO: Piedras , Homenaje a Constantin Brancusi y Romeo Niram
Música: Johannes Brahms Intermezzo Op. 118 n.2

AUDIOVISUAL: Piedras, Homenaje a Constantin Brancusi y Romeo Niram (Espacio Niram 08/08/09)

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