21/12/2010

UNA NOVELA LLAMADA EVANGELIO

Posted in Prosa tagged , at 15:12 por retratoliterario

Los Evangelios son textos sagrados, como también lo es el Antiguo Testamento, el Talmud, el Corán… como tales, se les debe un respeto. También son libros, son literatura en el sentido más etimológico del término “literatura” –actividad que realiza el “litterator” que, a su vez, es el que trabaja con la “littera”, esto es, la letra-. Como tales, de igual modo exigen respeto. Y en el ámbito literario, el mayor respeto a un libro es tenerlo como fuente de inspiración para la ficción. Porque, he aquí una radical diferencia, mientras lo sagrado hace real y divino lo relatado en los libros religiosos, el escrito que los tenga por inspiración, lo que crea es una ficción –a pesar de los criterios de verosimilitud-. Cuando José Saramago escribe su “El evangelio según Jesucristo” hay que tomar nota de que se trata de una novela, una ficción, inspirada en las fuentes bíblicas católico-cristianas. Sin embargo, se le vetó al mismo nivel que hoy en día se censuraba una novela de peor calidad literaria como la escrita por Dan Brown. O diría que incluso más, pues a Saramago no le sirvió el veto tanto como maniobra de marketing, sino como, en primer lugar, autoexilio de su tierra.

Hay un sinnúmero de ensayos que valoran la figura del Cristo y someten a cuestión los fundamentos evangélicos o su realidad histórica misma. Pero bien saben las autoridades religiosas que un ensayo se lee menos que una novela. En cambio, el ensayo tiene mayor pretensión de realidad que la novela. Por otro lado, Saramago empleó lo que ya es un tópico en literatura: la vida oculta de Jesucristo, los años que nunca se nos han relatado, intercalando escenas que sí aparecen en el Nuevo Testamento. Los temas también son viejos: el mal es cosa de Dios, del demonio, del hombre; la crueldad de las guerras y conflictos de religión, o sus imbricaciones políticas, por las que el mismo Jesucristo y sus apóstoles, como hombres todos, fueron igualmente víctimas –recordemos que Cristo muere como verdadero hombre y resucita como verdadero Dios-… Todo esto, ¿un Dios omnisciente, todopoderoso y bueno no podría haberlo evitado conociéndolo? Y si no lo conoce, no es omnisciente, y si no puede, no es omnipotente, y si no quiere, es malvado. En Filosofía y Teodicea esto se conoce como la paradoja de Epicuro –o de Tertuliano-. Así mirado, blasfemia no sería un libro que plantea cuestiones que los hombres no versados pueden perfectamente percibir y que Padres de la Iglesia e intelectuales creyentes se han esmerado en denodados intentos por resolver. Si no hubiera problema, nada habría que resolver. Si es necesaria la Teodicea –la “justificación de Dios-, es que existe el problema en la conciencia humana.

Incidamos algo más en aquello de “verdadero hombre”. Saramago se centra en un personaje literario de Jesucristo visto desde la absoluta perspectiva del hombre que ha de descubrir y enfrentar un destino único en toda la humanidad según crece y madura. Es un niño en su camino a la adultez y la gloria –aparecen los dos planos humano-divino-. Y es un hombre que acepta su destino. El Cristo de Saramago es hombre, está encarnado, y le afectan las cosas que afectan a los hombres: pasiones, dudas, incertidumbres. Si así se quiere, que no sea la Magdalena, pero… ¿es tan impensable que Jesucristo conociera mujer siendo “verdadero hombre”? Sabemos que “no es bueno que el hombre esté solo”, razón de la aparición de la compañera. Prostituta o no, una mujer en Saramago que se redime, que limpia y cura los pies de Jesús, que a su lado le honra, le sigue y no le niega. Sabemos que “quien esté libre de culpa ha de tirar la primera piedra”. Si así se quiere, es el Cristo redentor, pero… ¿no tiene sus momentos de duda en los que sale de él aquél “aparta de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad y no la mía”? José Saramago tomó al Cristo hecho carne, que habitó entre nosotros, que fue verdadero hombre… y que en Saramago no deja de ser hijo de Dios. ¿No se rebela Jesús contra María y José? ¿No se separa de su mano? ¿No es lo normal en un adolescente la rebeldía contra el padre o la madre, sean estos mortales, sea éste Dios? Si nada de esto se diera, resultaría complicado defender ese “verdadero hombre”.

Al mismo tiempo, Saramago dibuja un Jesucristo que ama, que llora, que se compadece. El episodio de Lázaro, invertido pues aquí se le cura contrariamente al Evangelio, pero a su muerte no se le resucita, se convierte en una escena de auténtica compasión humana: devolver a un hombre a este mundo a seguir sufriendo, a morir dos veces. Cristo llora la muerte del amigo pero entiende que no es esa la resurrección que ha de merecer Lázaro, sino la resurrección en Dios. Este Jesucristo de ficción resulta más comprensible al ojo del hombre: todos saben que puede resucitarlo; él también; pero no lo hace por compasión, por amor. Más joven, con anterioridad a Lázaro, el Jesús de Saramago se niega a sacrificar al cordero según la tradición judía, mostrando otra vez compasión –por cierto, que aquí no es el católico-cristiano el ofendido, sino la tradición judía-.

Otro punto de polémica es el hecho de que Cristo parezca entenderse mejor con el demonio que con Dios. El demonio se convierte a lo largo de la novela en su maestro. Lo cual no es más que una variante de las relaciones entre la divinidad y el mal. Al fin y al cabo, el demonio es el ángel caído, el ángel rebelado contra Dios, y, por tanto, en origen, criatura divina. Es lógico que Dios y demonio surjan equiparados sobre una barca, sin negarse el papel que juega cada uno en el camino terrenal de los hombres. ¿No es el espíritu de Dios quien conduce a Jesús al desierto para ser tentado? ¿No es Abraham probado en su fe? Es lógico que pueda llegarse a pensar que de Dios emerge el demonio, y del demonio, Dios. Y no cabe duda de que en la historia del hombre, tras Cristo, es el demonio el que más ha incidido en los acontecimientos humanos. La vida mortal, efectivamente, se convierte en el valle de lágrimas, en la prueba a superar con vistas a ganar el Paraíso perdido y la vida eterna.

¿Por qué Saramago escribe este libro? Porque él está escribiendo para los hombres, y los hombres, con o sin fe, leen novelas. Si además, estos hombres son creyentes, leerán los Evangelios, las “novelas” sagradas. Lo uno no contradice a lo otro. Lo sagrado no contradice lo profano, el Evangelio a la literatura o viceversa. Saramago no sacraliza su texto, no lo convierte en verdad dogmática, sino en ficción posible. Ateo o marxista, nada malo hay en ello. Errar, que sepamos, es tan humano como Jesús; y todos, según dicen, “somos hijos de Dios”.

Héctor Martínez

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