09/02/2009

“ÁNGELES”, POESÍA DE IVAN SEVILLA GARCÍA-HIERRO

Posted in Poesía tagged , , a 23:19 por retratoliterario

ivan-sevilla

Ivan Sevilla García-Hierro

En tiempos de pura novela de saldos amontonadas en librerías y grandes almacenes, de autoayudas cuasi místicas para cuidar el cuerpo de los malos hábitos y vicios del alma, de memorias de cualquier personajillo de televisión y recopilaciones de artículos y textos de periodistas que gustan de ir fabricando opinión, aparecen, de vez en cuando, algunos librillos, pequeños ellos, de poesía joven. De este grupo de gente que nos hemos reunido en torno a las letras y un centro común en Ediciones Antígona, hoy hay que entresacar, subrayar y mirar de cerca a Iván Sevilla García-Hierro, que publicó, el año pasado, un pequeño poemario titulado Ángeles. Le tuve por compañero de estudios y le tengo por amigo y vecino de barrio; ahora, con agrado y sorpresa, por poeta. No me ocurrió a mí como a Ignacio Pajón, que próloga la obra, y no tuve la suerte de cruzarme, por aquellos años de facultad, los versos de Iván Sevilla. Y eso que siempre he sido ávido lector de cuanto cayera en mis manos viniera de quien viniera. Pero tal despiste queda ahora perdonado, cuando tengo un ejemplar que él mismo me entregó, y que he leído de principio a fin, varias veces, dejando que sus composiciones vinieran a entrar hasta el estómago de mi espíritu.

He dicho que se trata de un libro joven, ¡y tan joven!, pues según cuenta su autor, recoge desde el primer impulso poético e infante de los diez años, haciendo bueno el juicio de Pajón Leyra en el prólogo para quien la poesía es, por lo general, el género literario más precoz. Al menos a mí también me asaltaron las musas en un aula y sobre un pupitre, para cantar amoríos y mocedades. Y el verso termina llevándote mucho más allá de lo infantil y juvenil, hacia lo interior de la propia y débil existencia -como en Aliento junto a la voz de la soledad-, la nada y el sueño, en que, de pronto, desaparece el niño que rima y comienza el poeta que cuenta:

(…)

En una mano lleva una pluma

y en la otra versos

que hablan de un niño triste

que murió hace tiempo;

un niño que en su alma

llevaba un sueño:

ser hombre y poeta

(…)

El poeta nacido de aquel pequeño es un maestro del verso corto, de puro verbo y magnífica combinación del verso libre y la natural asonancia. Son hoy, años de un lirismo absoluto donde escasean las rimas y ritmos poéticos, más cercano al sentimentalismo prosaico o a la denuncia versificada. Existe en Iván Sevilla esa reducción del poema al verso lírico, incluso la sencillez y mínimos recursos, la tendencia actual que penetra en todo poeta. Pero Iván ha recuperado aquellos otros versos donde la poesía es ella misma, fuente de evocaciones e imágenes en unas pocas palabras, dando pasos a golpe de ritmo y acento, tonos gráficos del alma que piden la recitación alta, grave y potente:

(…)

Adiós suerte, adiós vida,

no mires atrás durante tu marcha.

Sólo para y grita:

¡Calla, calla, calla!

Dentro del cuerpo de símbolos destaca, por encima de todo, el “fantasma” del tiempo en Carta desesperada y en sin título III, de sí mismo en Mujer desconocida, o el amor sin nombre en sin título VII, y en fin, de toda aquella apariencia que flota en el ambiente y se ofrece como falsedad curable junto al poeta como en Tu y yo; un símbolo con variante en aquel mismo Sin título III hacia el “fantoche”, el títere, lo ridículo aunque también lo presumido. La “mancha”, como imperfección y lastre del alma y la mirada -en sin título X, XXVI y la sombra del poeta como “mancha en la roca” de sin título XXXVII-, junto a la desorientación de un “barco sin rumbo” -sin título VII- o una “barca sin remos” -sin título X. Estamos ante un poeta anonadado, rodeado en cada verso por una nada desorientadora -estoy perdido y no se dónde, nos dice en sin título XXVII- y así en Sin título XVIII:

Cansado estoy de la nada

en que me sumerjo cada día

(…)

O en sin título XXVIII:

Pozo profundo de nada

en el que sin remedio me sumerjo

(…)

Sí, tienen fuerte presencia la nada y la soledad, esa soledad amiga, soledad amada sin la que el poeta desaparece, el margen del “yo poético” absoluto que toma distancia del todo y las partes para entrarse en sí mismo y plagar su verso de preguntas sin respuesta, acaso la más honda en sin título XXXVII:

¿Quién eres, sombra?

(…)

¿Eres reflejo de mi alma,

de mi mente o de mi persona?

Acaso para terminar con la interrogación total en sin título XXXVIII:

¿Es posible ser vivido y vivir?

¿Estar atrapado por la duda

que peligrosa acecha muda

aliada con el desasosiego

que en mí inyecta la visión del porvenir?

Frente a la costumbre originalista, que busca hacer algo nuevo y distinto, que no bebe de la fuente de la que ha emanado la tinta de tantos nombres consagrados, Iván nos trae a las mientes ecos de lo mejor de nuestra tradición, de los versos lacrados por el tiempo con sellos e insignia verdaderamente literaria, que han perdurado sonando una y otra vez en las manos que los han sostenido y las voces que los han recitado; bien el aire machadiano que nunca ha dejado de soplar en nuestra poesía:

Silencio. Duermen los sueños

que llenaron mi cabeza

en tardes de rezo

sentado en la silla vieja

(…)

O también el manriqueño sin título XXXII:

Despierta memoria dormida (…)

sin perder el alcance popular de breves composiciones lorquianas, basadas es la más simple pero efectista repetición -epanadiplosis, anáfora…-, como en sin título XIX:

Tiempo sobre tiempo.

Alma sobre alma.

Cuerpo sobre cuerpo.

Palma sobre palma

Y la sencillez del buenas noches, buenas noches a la madre en sin título XXIV, tan concisamente filial y desbordante amor. De entre los que se alimentan de la repetición, sin duda el más logrado es aquel Vuelve que, junto a sin título IX, me resultan de lo mejor que Iván Sevilla nos regala en este librito. Libro de crecimiento de un niño y nacimiento de un poeta, de un mundo de sueños que se desvanece en la nada interrogante, que no permite camino, ni brújula, que deja sin rumbo al hombre sobre su sombra. Encuentro en él la perfecta experiencia poética, el primer empuje que nos habla directa y sinceramente de todo un proceso que otros han preferido ocultar y callar, guardando ese timbre infantil que poco a poco metamorfosea a un tono vital. Iván Sevilla no se ha arredrado ante aquel crío que permanecía olvidado en un cajón, sino, antes bien, le ha dado a luz abriendo aquel y publicando un tiempo vivido, y, sobretodo, escrito, del que no cabe arrepentimiento.

En Ángeles se anuncia y plasma un espíritu de auténtica poesía, alejada de toda esa maraña que gustan del cartel de “artistas” y conferencian de aquí para allá sin saber de qué hablan, enfangados hasta el cuello de una experiencia cotidiana tan torpe como falsa. Aquí es hora de que vuelva el poeta a cantar sus adentros, y retomar su verdadero origen frente a los que se hicieron poetas leyendo. Iván Sevilla se ha forjado escribiendo y mirando los interiores del alma y ha vuelto los ojos hacia el verdugo temporal que le atrapa: de nuevo volvemos a tener quien mire a la cara a ese fugitivo que se nos lleva en su huída, al poeta entregado al tiempo. Este Ángeles, que es un inicio y que afirmamos tan infantilmente precoz, debe continuar y no pararse, seguir mirando hacia donde sople el tiempo, aunque sea una labor -bien lo supo aquel grande de Juan Ramón Jiménez- que siempre quede por acabar. Vaya desde esta pequeña colaboración, mi más verdadera gratitud a la vena de Ivan Sevilla García-Hierro, amigo y poeta.

Héctor Martínez

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