10/02/2009

A. MUÑOZ CABALLERO

Posted in Poesía tagged a 1:00 por retratoliterario

A lo largo de los años me he ido haciendo con algunos ejemplares de poetas desconocidos, que andaban por las calles con su poemario bajo el brazo vendiéndolo al transeúnte. Otros los encontré tirados en una acera, o en esas secciones de las bibliotecas donde abandonan libros que no interesan. Hoy les dedico un pequeño homenaje desde este pequeño rincón, al sentirme uno de ellos… quizás como muchos de vosotros, lectores, pues vamos, no por las calles de pueblos y ciudades, sino por la red, dejando también nuestras obras con el despistado “a quien pueda interesar”.

Allá por marzo de 2000, me dirigía en el metro de Madrid, línea 1, hacia la sede de la Sociedad Cervantina donde seguía los seminarios de literatura organizados por José Montero Padilla. Un muchacho vendía en el vagón un cuadernillo de poesías al incierto precio de la voluntad. Su nombre, tal como figura en la portada, es A. Muñoz Caballero y el título del poemario, propio a la ocasión: Poemas a un desconocido. Siempre que he comentado este episodio he anotado un hecho sorprendente: el muchacho, antes de enseñar el cuaderno, preguntaba al desconocido si le gustaba la poesía. Si la respuesta era afirmativa, sacaba el ejemplar. Si era negativa, saltaba al siguiente desconocido. ¿Protegía sus poemas? ¿Era simple educación? Al menos sí deduje que no pretendía venderlos a un cualquiera, sino a quien quizás pudiera apreciar el escrito. No sólo quería venderlo. Y aquello llamó mi atención, tanto como para hacerme con un cuadernillo, no recuerdo si a cien o doscientas pesetas -por entonces, aún la rubia existía-, y le eché un ojo sentado en el salón de actos de la Sociedad. Eran diecinueve poemas escritos entre 1998 y 1999. En aquel revuelto de versos, porque ciertamente era algo formalmente caótico entre cortos, largos, libres y rimados, yo me quedé con alguno, como por ejemplo, el siguiente:

Azul

El alma de la gente es su voz,

ni se ve, ni se toca.

Es un aire pausado y musical

que choca entre los dientes.

El alma de la gente se susurra,

se empuja débilmente.

El oído la atrapa sin querer

y solo se estremece.

O el alma de la gente es un grito

de éxtasis o furia,

de dicha o de dolor;

de placer es un alma transparente,

de tristeza un idílico cantar

que entrechocan campanas en el aire,

y siempre será el alma aquella voz

espíritu de labios,

el eco de un amante.

Siempre me quedará la duda de si había intención de buscar endecasílabos y heptasílabos libres y asonantes, no siempre logrados. Quizás me fijara en él por ser el más sobrio y sencillo de todo el poemario, el más intuitivo, elemental y directo en su brevedad, y, sin embargo, uno de los más elevados. En cierto modo, me recordó mis primeros versos y los que aún por entonces escribía. Los mismos que luego mueren encerrados en un cajón o colgando en una balda, porque su autor ni quiere exhibirlos ni quiere perderlos por temor al ridículo y a escamotear el origen. Los versos que sin pretensiones tienen un atisbo de genialidad, de agudeza poética, todavía por pulir en un estilo personal y en los que, por ello, persiste cierta rudeza prosaica en el emergente lirismo inspirado.

Otro de aquellos poemas de A. Muñoz Caballero, dice así:

Divididos por muros

se lamentan los hombres

de su propia existencia

que brilla por la noche.

En el aire posible

vuelan ojos sin alas

que buscan encontrar

un nido en la ventana.

Anhelan otra luz,

luz cálida, amorosa,

luz que llene su noche

solitaria de alcoba.

En la danza se cubren

casas moras con velos

sutiles y eficaces

que burlan al deseo.

El hombre se introduce,

amante vanidoso,

cansado de la suya,

en la vida del otro.

¿Se canta a un simple mirón, o al vacío solitario de los hombres y su progresiva incomunicación? Vuelve aquí el verso elemental heptasílabo y encabalgado, la asonancia, con rodeos tremendamente sencillos para señalar un edificio -muros-, habitaciones iluminadas en la noche -existencia que brilla- miradas indiscretas de un solitario a través de la ventana -vuelan ojos sin alas; introducirse en la vida de otro- cortinas que se cierran -se cubren casas moras con velos que burlan al deseo-. En efecto, tiene algo de búsqueda de lo universal en lo cotidiano, que le confiere cierta hondura al usar términos como vida, hombre, existencia, soledad, y la aparición del otro, con la carga que supera el plano denotativo. Todo ello cubierto por la nocturnidad, el vuelo y la danza, que ponen en contacto a todos los anteriores.

La misma nocturnidad que se enlaza al sueño y al dormir en todo el poemario junto a ese aire de universalidad que ya viene y se contagia desde las tres primeras composiciones. El primero, con título Mundo nuevo, invirtiendo el conocido “Nuevo mundo”, versa sobre el descubrimiento de un lugar en que:

(…) no existen

horizontes o fronteras que separen

a los ojos el Espacio de la Tierra.

(…)

No hay pared donde se estrelle el Universo.

(…)

Nada gira, nada mueve, nada está

en el mundo, todo nace de la mente

somnolienta del viajero fatigado

Donde “el viajero” es el poeta que ha desembarcado en su creación. En el segundo poema:

Le retengo un brazo al mundo con el peso de mi mano.

Y en el tercero:

Sal allí para mezclarte con el mundo

Sé otra cosa con las cosas de tu mundo.

Sé uno más a diluirse con el mundo.

El mundo es, por tanto, creación que se escapa, que hay que retener, espacio de interacción y vida.

Aún, en un cuarto poema, dos páginas más allá, leemos:

El mundo comprimido,

como pelota de gomaespuma,

a presión introducido por el ojo.

El tamaño del mundo,

la ilusión del hombre por hacerlo

más y más grande,

sin parar a medir esas cabezas.

Ojos, mundo, cabeza;

Los ojos abiertos, el mundo nombrado,

el mundo en la cabeza,

en el hueco que es dejado al despertar.

Hasta llegar a una exclamación de júbilo:

qué belleza la vida, qué éxtasis el mundo

Pero, no se olvide que hemos visto que en esa noche que el poeta crea, solitario, desde su mente y su sueño el mundo que celebra, existe un vacío, unos muros, una incomunicación, motivos que rebajan la alegría, que enseñan la otra cara de lo que hacemos con nuestra creación.

Es posible que no se entienda la razón por la que me detengo en desconocidos -puede que a día de hoy no lo sea. Y sin embargo, si hubiera comenzado este artículo simulando que el poeta estaba consagrado, aunque no apareciera en los libros de texto o enciclopedias, probablemente a nadie le hubiera sorprendido. Alguno, quizás, habría querido encontrar libros del autor. Suele ocurrir. Yo sólo tengo un cuadernillo de folios doblados en cuartillas, con los poemas a máquina y el resto escrito a mano. Ignoro qué fue de aquel chico, a pesar de tener apuntados su teléfono y una dirección de correo. La primera y última vez que le vi duró unos escasos minutos. Lo que escribo hoy es mi respuesta, tras ocho años.

Héctor Martínez

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