10/02/2009

“ANDREAS”, EL SILENCIO DE HOFMANNSTHAL

Posted in Prosa tagged , a 12:13 por retratoliterario

Hugo Von Hofmannsthal

Hugo Von Hofmannsthal

Se dice que Hugo von Hofmannsthal fue un poeta que decidió guardar silencio cuando el mundo desbordó la palabra, cuando la realidad resplandeció inexpresable ante sus ojos humillando a los vanos conceptos del hombre, vacíos y descascarillados. Enfermedad terrible para un poeta descubrir que su principal herramienta, la palabra, es absolutamente insuficiente para su fragua, que con aquella no logrará nunca doblegar el alrededor. Muy al contrario, dar con que el entorno siempre escapa de la red de vocablos como se escurre el agua por entre los dedos. Así lo expresa en La carta de Lord Chandos:

(…) los conceptos terrenales se me escapan de la misma manera (…) Sentía un incomprensible malestar a la hora de pronunciar siquiera las palabras “espíritu”, “alma”, o “cuerpo”. (…) las palabras abstractas, de las que conforme a la naturaleza, se tiene que servir la lengua para manifestar cualquier opinión, se me desintegraban en la boca como saetas mohosas. (…) porque la lengua, en que tal vez me estaría dado no sólo escribir sino también pensar, no es ni el latín, ni el inglés, ni el italiano, ni el español, sino una lengua de cuyas palabras no conozco ni un sola, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la que quizá un día, en la tumba, rendiré cuentas ante un juez desconocido.

El mundo habla una lengua desconocida para el poeta, y este, en su ejercicio traductor, no puede reconstruirlo con las palabras. ¿Por qué se vuelve el lenguaje un huevo vacío? La revelación de Hofmannsthal, en la misma carta, sobre la unidad armoniosa, sobre su estar en medio de ésta, y de pronto… el desvanecimiento de un espejismo, el caer en la cuenta de que el poeta no se encuentra, como observador indiferente, elevado sobre la realidad sino dentro formando parte de la misma. Enmudece ya todo intento por decir y abstraer el mundo:

(…) sumido en una especie de embriaguez, toda la existencia se me aparecía en aquella época como una gran unidad: entre el mundo espiritual y el mundo físico no veía ninguna contradicción (…) Una experiencia era como la otra (…) estaba yo justo en medio y jamás percibí en ello una mera apariencia (…) Sin embargo, poco a poco se fue extendiendo esa tribulación como la herrumbre que corroe todo lo que tiene alrededor. (…) Todo se me desintegraba en partes, las partes otra vez en partes, y nada se dejaba ya abarcar con un concepto.

Sin embargo, Hofmannsthal no guardó un sincero silencio poético, al menos, hacia sí mismo. Él continuó bregando en ese campo entre el espíritu, el cuerpo y la letra, enfrentando la unidad del mundo, la armonía que se desintegra a cada mirada. Desde 1907 hasta abandonar, definitivamente, veinte años después -dos antes de su muerte-, llevó sus fuerzas a la novela Andreas, o los unidos, mientras emanaba imitaciones de dramas. El resultado durante tanto tiempo es una novela inacabada -hay quien dice que inacabable- que además, según parece, sólo representa la cuarta parte de lo proyectado. Conociendo La carta de Lord Chandos, veinte años para una cuarta parte inacabada es reflejo de lo que le ocurría al poeta bajo el supuesto silencio: una verdadera batalla campal.

Asistimos en Andreas a una tensión con la totalidad desde el momento que comprendemos que cada personaje se desdobla en distintas facetas. Así un hombre que

(…) inspiraba confianza y por sus movimientos y maneras pertenecía sin duda a los mejores estamentos

por una abertura del abrigo ceñido, el protagonista comprueba ve que el hombre debajo

(…) llevaba tan sólo una camisa, unos zapatos sin hebillas y unas medias caídas que dejaban al descubierto media pantorrilla.

También Nina, una muchacha, se encuentra contrapuesta al mismo tiempo a un retrato que la refleja de forma muy distinta:

todo en ella era muy luminoso y de una encantadora y frágil redondez: su cabello rubio y claro como oro apagado (…) tres cosas que de un modo atractivo eran curvas y pertenecían por entero unas a otra: sus cejas, su boca y su mano (…) Un cuadro sin marco estaba apoyado al revés en la pared y un corte como de cuchillo atravesaba el lienzo. (…) El cuadro era lo que un ojo grosero encontraría muy parecido: eran los rasgos de Nina pero fríos y ordinarios.

Su hermana, la pequeña Zustina, será sorteada en una lotería entre adinerados, con la aquiescencia de la familia -incluso de la pequeña- que lleva acabo los preparativos con una normalidad que extraña al protagonista.

Igualmente, Andrés o Andreas -pues se mantienen ambos nombres indistintamente-, vive en un continuo ir y venir de sueños y recuerdos de la infancia que se entremezclan con los sucesos que le rodean, acompañado en una parte de su viaje por un sirviente delincuente, antagónico suyo, con quien se identifica. La violencia y brutalidad que vierte aquel en sus comentarios y actos, sin preocupaciones, contrasta con un Andrés o Andreas atento a no faltar en las formas, que incluso retiene sus impulsos agresivos o se censura a sí mismo cuando los muestra. Por ejemplo, con el sirviente despiadado:

Andrés lo empujó fuera del umbral (…) le parecía que había tratado al impertinente con demasiada brusquedad

O también, con el mismo sirviente delincuente, esta otra escena.

Andrés sintió que le subía la ira por el pecho y abrió violentamente la garganta pero de su boca no salió ni una palabra, le hubiese gustado dar un puñetazo en la boca, ¿por qué no lo hacía?

De este malévolo criado no se nos da nombre -acaso el apelativo Sin-dios-, sino que es presentado a través de numerosos nombres de nobles a los que, supuestamente, ha servido. Nobles como el joven Andrés o Andreás. Así, el personaje del sirviente queda estrechamente relacionado a su nuevo amo, quien, tras las fechorías de aquel, teme:

Recordó el refrán “como el criado, así el caballero” y en un santiamén la frase invertida.

Así como en uno de sus sueños:

Se encuentra muy cerca de ella y siente que lo toma por el malvado sirviente Sin-dios y al mismo tiempo no. Tampoco está muy seguro de quién es él mismo…

A la atmósfera de dualidades, crisis de subjetividades, junto a la mezcla del sueño y la vigilia, ayuda la discontinuidad narrativa que juega con el salto cronológico, la lineal unión de acciones y la plasmación de un único mundo interior: el de Andrés o Andreás. Desde este exclusivo punto de vista, todo el entorno resulta insólito, espeluznante, increíble. Perfectamente se traslada, en este ambiente, el símbolo del Teatro del mundo, el tema calderoniano y schopenhaueriano que hilvana teatro, vida y sueño. Incluso Hofmannsthal lo añade irónicamente en el relato:

Si necesitase algo de allí enfrente, dígamelo.(…) Me refiero al teatro de San Samuel, la casa de enfrente. Creía que ya la conocía. Todos trabajamos allí. (…) Se acordó de sus padres y de la carta que les escribiría (…): Dudaba si contar que vivía tan cerca de un teatro. En Viena siempre había sido su secreto anhelo

Pero entremedias de tanto alegato contra la unidad a causa de sus diferentes caras y partes que en su antagonismo quiebran cualquier posible armonía, sucede el lento, circular y elevado vuelo del águila:

El magnífico pájaro todavía volaba solo en la luz, con las alas desplegadas trazaba lentos círculos, lo veía todo (…) Andrés abrazó al pájaro, se encumbró hacia él con una sensación de dicha (…) sentía que el supremo poder y don del animal inundaba su alma. Toda ofuscación, todo estancamiento se retiró de él. Presentía que una mirada suficientemente elevada une a todos los separados y que la soledad sólo es una ilusión

¿Hay un todo armonioso? ¿Son todo partes de partes encontradas e indiferentes? La dicha de ese punto elevado desde el que ver un todo compacto que no admite la soledad, la separación, contrasta con todo el resto del relato que más parece un mirar con microscopio la infinita división de la totalidad. La carta de Lord Chandos, la declaración del silencio absoluto, por tanto, no ha silenciado al poeta que habla consigo mismo en Andreas, y se perpetúa entre el dolor de las partes separadas y la felicidad de la armonía embriagadora.

Héctor Martínez

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