10/02/2009

“BAJO LAS RUEDAS”, HESSE

Posted in Prosa tagged , a 12:22 por retratoliterario

Herman Hesse

Herman Hesse

La primera novela de Hermann Hesse cayó en mis manos en forma de regalo agradecidísimo. Justo en aquel momento acaba de terminar de leer Recuerdos de la vida de estudiante de Sergei Aksakov, de una temática muy parecida, y me recordó sensiblemente El camino de mi apreciado Delibes. Es toda una línea literaria la que existe e insiste sobre el paso de la infancia a la adolescencia y el contexto de la escuela, los recuerdos, el pueblo… y la marcha hacia algo más grande, una ciudad o un Seminario, algo que supera al pequeño personaje.

Con Hesse nos adentramos en los episodios de la vida de Hans Giebenrath y el contraste entre su amada vida en la naturaleza, la pesca, el chapoteo en el río frente a la rigurosidad del Seminario Estatal en el que ingresa tras superar, segundo, el Landexamen. Vivimos el cambio, al comienzo, si apenas notarlo. Acaso unos leves trazos del novelista permiten percibir como el mundo tranquilo del niño va transformándose en Hans, por la presión educativa en un mundo de adulto que encierra su espíritu bajo formalidades y academia:

Pero ahora no, ya era demasiado mayor para travesuras. ¡Dios mío, si en el examen le habían tratado de “usted”!

O también:

Los juegos y vagabundeos los había dejado casi por sí mismo; las risas tontas durante las clases hacía tiempo que no se veían en él. También había abandonado la jardinería, la cría de conejos y la dichose pesca

Sólo ha realizado una prueba que ha superado, quedando segundo; le tratan de usted. Pero la relevancia que se le otorga a la prueba, la importancia que se pone al Seminario al que da acceso, el comenzar a dejar de lado su vida de niño por tener que emplear la mayor parte del día en preparar ese ejercicio… Debe sentirse privilegiado, un elegido, superior al resto de un pueblo que

(…) no solía producir estos seres; de allí no había salido nunca un hombre con unas miras y una capacidad de influencia que sobresalieran de la más estricta mediocridad. Dios sabe de dónde había sacado el niño los ojos serios, la frente inteligente y la distinción de su andar. (…) Allí aún se podía vivir sin ser culto ni haber leído los discursos de Zaratustra

Acaso un pueblo en el que se podía vivir dionisíacamente a expensas de Nietzsche. Y allí, un niño con ojos serios y distinción, del que se habrá de borrar el niño por la seriedad y distinción en un trágico final. Contraste que sabe expresar Hesse admirablemente:

Es la eterna y desigual lucha entre crítica y creación, ciencia y arte, en la que siempre tiene razón aquélla sin que eso le sirva a nadie para nada

Tras el Landexamen, ya no tiene que ir a la escuela. Un breve, muy breve período en que disfruta por última vez de sus ocios infantiles ya con remordimiento de conciena. Breve porque, a medida que los va dejando, al comienzo de las verdaderas vacaciones, Hans ha de rendirse ante un horario extra de clases para adelantar materia del Seminario, para no dormirse en los laureles y seguir superando a otros colegiales en aplicación y desarrollo. Es la esperanza del padre, la proyección del párroco. Quizás mucho peso sobre él. Hans empieza a sentir rabia por haber sido segundo y no el primero en el Landexamen.

El Seminario es un Internado que cuida:

(…) de que sus pupilos sean el producto de un determinado espíritu por el que más tarde serán reconocidos en cualquier momento: una sutil y segura manera de dejarles marcados.

.

Pupilos en los que va creciendo el engreimiento para justificar el tratamiento de “usted”, y que miran con desprecio el pasado Colegio. Pero pupilos en los que todavía:

(…) brotaba a través de aquella dignidad artificial un genuino espíritu adolescente, reclamando sus derechos.

Sin embargo, hay un chico distinto a todos ellos, al ambiente y a las directrices. Un espíritu romántico, poético y creativo, que contrasta con el Seminario, con los afanes de superación, academía, saber libresco, seriedad y sobriedad. Pura rabia y fuerza, que no oculta su sentir.

Ahí estamos leyendo a Homero como si la Odisea fuera un libro de cocina. (…) Solamente como salsa, repartida alrededor de las partículas y los ariostos, para que nos asfixiemos todos. (…) Si alguno de nosotros intentara un día vivir un poco al estilo griego, le echarían volando. ¡Eso llamándose nuestra sala Hellas! (…) ¿Por qué no se llama “papelera” o “jaula de esclavos” o “tubo del miedo”?

¿Qué pinta este Hermann Heilner en el Seminario? Hermann, como el autor; Heilner, tan parecido a Heine. Es el contrapeso y presencia de Hesse y lo poético en la obra, la revolución romántica. El punto creativo frente a lo abstracto, lo alocado frente a lo rígido, la pasión frente a la apariencia y la distinción. Es la provocación y el desafío a ese sistema, el virus infiltrado. No es de extrañar que todo en bloque reaccione contra él, excepto Hans, que se debate entre la tentadora, maravillosa amistad y la fantasía de Heilner, y esa otra vida fría y aséptica, que es la única que ha conocido. Una amistad que también va a recibir el rechazo en bloque del Seminario, en un intento por salvar a Hans de la que consideran nociva influencia del “genio rebelde”. Hesse aprovecha para pintar el cuadro incongruente de cómo los profesores reprueban a estos genios, que una vez muertos, ellos enseñan como maravillas:

(…) se ha venido consolidando un profundo abismo entre el gremio de profesores y el genio. Cualquier atisbo de éste que aparezca en un colegio les resulta a los profesores de antemano odioso. (…) Más tarde, cuando ya está muertos y rodeados del agradable nimbo de la lejanía, son presentados por los maestros a las nuevas generaciones como seres magníficos y ejemplares. Así se repite, de colegio en colegio, el espectáculo de la lucha entre sistema y espíritu

El destino de Heilner no puede ser otro tras sus continuas trasgresiones de las normas, y al final es expulsado. Hans caerá enfermo y retornará a su pueblo, donde ya no le queda nadie, donde ni siquiera el párroco o sus antiguos profesores le tratan como en el pasado porque:

Ya no era un recipiente en el que se podían meter toda clase de cosas; ya no era un campo abierto a todas las simientes. No merecía la pena dedicarle tiempo y cuidados

Este retorno es aprovechado por Hesse para hacer un salto cronológico al pasado y mostrarnos al Hans Giebenrath niño y su vida en el pueblo antes del Landexamen. Un toque nostálgico que justifique la soledad y la aparición de los pensamientos sobre la muerte. Ya en la novela, anteriormente, un personaje perfectamente desconocido, compañero de Hans en la Sala Hellas del Seminario, muere. Tan desconocido que apenas notan su ausencia, y apenas dura el luto. No es casual el relato de esa escena, cuando Hans, ahora, tampoco parece importar a nadie. Sólo le falta desinhibirse en una borrachera, perder absolutamente el control del cuerpo y dejarlo a la deriva en el río, tan amado en su infancia.

Menos conocida que El lobo estepario, Demian o Siddhartha, cargada de autobiografismo, Bajo las ruedas nos acerca a un mundo que muy pronto olvidamos, el del niño y el estudiante, y a una crítica educativa que, aunque hay que saber contextualizar en la época, no por ello se debe perder de vista.

Héctor Martínez

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