10/02/2009

“COSMICÓMICAS”, ITALO CALVINO

Posted in Prosa tagged , a 12:53 por retratoliterario

Italo Calvino

Italo Calvino

La obra de la que hoy hablo es ciertamente peculiar, razón por la que se ha ganado un hueco entre mis artículos. En diversas ocasiones me he referido a ella con gran entusiasmo, desde que la leyera en 1997 -aunque la obra ya llevaba casi treinta y dos años rodando-, y no pocas la he recomendado allí donde he podido. Y es que resulta difícil encontrar literatura que asome por el resquicio de la imaginación y la novedad sin perder el valor narrativo tan característico. Así, Las cosmicómicas de Italo Calvino, lo logran, rayando el límite de lo fantástico y lo surrealista, sin perder pie en los asuntos más cotidianos y humanos, obsesiones y disputas.

No es una novela, sino una serie de relatos cortos que, sin embargo, guardan unidad respecto del personaje principal. Un personaje harto extraño, como casi todos los que presenta la obra. En realidad, podríamos estar hablando del diario de un ser desconocido y sus vivencias de aquellos momentos cruciales descritos por la ciencia, sobre el origen y expansión del universo, las galaxias, el surgimiento de la atmósfera, la era de los dinosaurios, la sociedad… Es decir, nuestro narrador, además de ser completamente desconocido y autobiográfico, es intemporal, omnipresente y omnisciente que establece una relación directa, abierta y próxima con el lector, como si hiciera de éste un testigo de sus peripecias. Qfwfq, que así se llama el personaje en cuestión, es sólo una voz que cuenta, inimaginable cualquier otro rasgo físico. Y su nombre, un capicúa impronunciable, roza el límite del anonimato, llegando a cotas extremas como Todo en un punto, donde sólo conocemos a los personajes por su temperamento, personalidad e idiosincrasia:

(…) en realidad no había espacio ni siquiera para estar apretados. Cada punto de cada uno de nosotros coincidía con cada uno de los puntos de los demás en un punto único que era aquél donde estábamos todos. En una palabra, ni siquiera nos molestábamos, salvo en lo que se refiere al carácter.

Esta ausencia de prosopografías conlleva que el lector-testigo se centre en imaginar la narración, las acciones y sucesos o en el carácter de los personajes como núcleos fundamentales. Al mismo tiempo, Qfwfq sufre transformaciones o identificaciones con el tipo de seres u objetos de cada época. Pasa por dinosaurio o por caracola, pero también se identifica con seres humanos -véase La espiral.

El tono surrealista se logra en muchos momentos, de los que me permito recordar, por ejemplo, el primer capítulo La distancia de la luna:

Me preguntaréis ahora qué diablos íbamos a hacer en la luna, y os lo explico. Íbamos a recoger leche, con una gran cuchara y un cubo. La leche lunar era muy densa, como una especie de requesón. (…) Se componía esencialmente de: jugos vegetales, renacuajos, asfalto, lentejas, miel de abejas, cristales de almidón, huevos de esturión, mohos, pollitos, sustancias gelatinosas, gusanos, resinas, pimitenta, sales minerales, materiales de combustión

Otros de tales instantes de narración surreal lo tenemos en Juegos sin fin donde seres descritos como niños -por la edad-, juegan lanzando átomos de hidrógeno, cual canicas, por el espacio curvo. Lo cual se conjuga perfectamente con el humorismo con que se narra y describe, dentro de grandes absurdos con el fundamento ciéntifico que sirve de cabecera a cada relato.

Se trata de relatos con raíz cosmogónica, pero no al uso. Recuerda sensiblemente la Teogonía de Hesiodo o el Génesis bíblico, en tanto que se narra el inicio del universo y la vida, pero en función de los dogmas -léase hipótesis- científicos imperantes de nuestra era, haciendo las veces del surgimiento de dioses que hay en aquélla. Cabe señalar, sin embargo, que los relatos no están ordenados cronológicamente, rompiendo la linealidad lógica del tiempo. Al fin y al cabo, se trata de los recuerdos de un ser eterno, y por tal, los cuenta fragmentariamente y en desorden, no como episodios sucesivos sino como anécdotas en la memoria. Junto a todo ello, recoge el guante de las corrientes de “Realismo mágico” de hispanoamérica y europea -Kundera, Rushdie-, al entrelazar ricas imágenes surrealistas y fantásticas con situaciones reales y rutinarias.

El estilo es asequible y cercano, a pesar de introducir terminología científica y epistemológica, propio de una dialéctica formada con un lector heterogéneo. En general, la oración larga que explica o intenta explicar la anterior dentro del esfuerzo de lenguaje en que el protagonista se encuentra -pues continuamente intenta trasladar a la palabra hoy conocida, sucesos y hechos realmente indescriptibles. Un pasaje en especial nos retrotrae a las innovaciones narrativas de los años 60: el extenso paréntesis en cursiva que conforma la segunda parte de La espiral, con un aparente caos de enredo e interacción de todos los elementos sin más puntuación que alguna coma y el punto final de párrafo. Hay relatos más narrativo-descriptivos y poéticos, así como otros más filosóficos. Al respecto de lo último nunca se dejará de destacar la importancia del relato Un signo en el espacio y su inspiración semiológica sobre el signo, su representación, su realidad y autenticidad, su interpretación…:

al pasar hice un signo en un punto del espacio, a propósito, (…) ¿Un signo, cómo? (…) vosotros pensáis en seguida en algo que se distingue de algo (…) Qué forma dar al signo, vosotros decís que no es un problema, cualquiera que sea su forma, basta que un signo sirva de signo(…) habiendo hecho (…) algo con propósito de hacer un signo, resultó que había hecho un signo de verdad.

(…) el signo servía para señalar un punto, pero al mismo tiempo indicaba que allí había un signo, cosa todavía más importante (…) Era como un nombre, el nombre de aquel punto, y también mi nombre que yo había marcado en aquel punto, en fín, el único nombre disponible para todo lo que reclamaba un nombre.

(…) el mundo empezaba a dar una imagen de sí mismo, y en cada cosa a la función comenzaba a corresponder una forma (…) y por lo tanto en este nuevo igno mío era perceptible la influencia de la manera en que aquel momento se veían las cosa, llamémosle el estilo.

(…) No exagero si digo que los siguientes años galácticos fueron los peores (…) en el espacio se espesaban los signos, en todos los mundos el que tuviera la posibilidad no dejaba ya de marcar su huella en el espacio de alguna manero (…) tanto que mundo y espacio parecían uno el espejo del otro, uno y otro prolijamente historiados dejeroglíficos e ideogramas, cada uno de los cuales podía ser un signo y no serlo.

(…) el universo estaba garabateado por todas partes, a lo largo de todas las dimensiones.

Otro de los relatos sobresalientes en su hondura es La espiral, en la relación e interacción con el otro y el pasar del tiempo con nuestros “haceres” -recuérdese lo dicho líneas antes sobre su carácter de vanguardia-, y, quizás, el más literario y de ficción, Los dinosaurios. Pero decir esto, sería menospreciar el resto de textos que, por su carácter rupturista e innovador, merecen un importante lugar en la historia literaria universal junto a un Borges o un Llamazares. En el mismo sentido, si bien me he ocupado de Las cosmicómicas, quedo en deuda con el lector para más adelante hablar de otros libros que pertenecen a esta andadura singular, personal y original de Italo en la literatura, como son Las ciudades invisibles, El barón rampante o El caballero inexistente.

No hace mucho, creo que el año pasado (2007), se publicaron todas las “cosmicómicas” de Italo Calvino juntas en Siruela. Y es que, Las cosmicómicas no se terminaron en 1965, sino que continuaron a lo largo de su vida, como en Tiempo cero, de 1967, donde prosigue esa narrativa de ciencia-realidad humana iniciada dos años antes.

Héctor Martínez

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