10/02/2009

FERNANDO JOAQUÍN LÓPEZ GUISADO

Posted in Poesía tagged a 1:04 por retratoliterario

Por el año 1995 se publicó, en autoedición, el poemario Aromas de soledad, de Fernando Joaquín López Guisado. Unos siete años más tarde lo compraba yo en la librería de mi Facultad, no recuerdo el precio, recogiéndolo de una mesa donde ponían los inclasificables, es decir, aquéllos que por ausencia de editorial o anonimato del autor, no merecen estar en la balda con la letra que indica el orden alfabético ya por título o autor. Tiempo más tarde he sabido de un Fernando López Guisado que sacó en 1998, con Huerga y Fierro, otro libro de poemas titulado El altar de los siglos, y que andaba por Madrid dando recitales en el Café Libertad. Ignoro, realmente, si son la misma persona uno y otro, aunque cabe reconocer la llamativa coincidencia.

Aromas de soledad es un texto en cinco partes. La primera, Panta rei (Del tiempo que pasa), es un conjunto puramente nocturno y pasado por agua. No son pocas las referencias a la noche o la oscuridad, tan emblemática para cualquier poeta, ni tampoco las que, directa o indirectamente, convierten a la lluvia o al mar en su fondo. Respecto de lo primero, el poeta reconoce a la noche como musa fundamental de románticos:

Luna lunera, refugio de poetas marchitados por el tiempo.

Nadie como tú ya los recuerda.

Tú que los amaste.

Tú, que fuiste su musa,

su madre,

su reina.

Románticos aún siguen viviendo en los oscuro de la luna llena

¿No recuerda el lector, sensiblemente, la Balada triste de Lorca? Y al fin y al cabo, el granadino lo recogió de la tradición infantil -“Luna, lunera/ cascabelera”. No es casual. En el poemario de López Guisado, Lorca y los niños tienen también un lugar principal. En esta primera parte que comentamos, tenemos versos dedicados a Federico -que incluyen a Darío y Valle-Inclán-, otros a Granada, y uno más que, centrado en las lluvias de abril en Madrid, lo protagonizan los niños en el parque del Retiro. Precisamente, este último poema citado es el que abre la presencia de la lluvia y el agua, no como exaltación de limpieza, de vida y renacer -que es lo habitual- sino como fin próximo del invierno, del frío, de una sensación de vacío que arrastra el poema:

Ya vuelven los cirros oscuros a la ciudad.

Las nubes avisan de lluvia; su grave manantial.

El invierno termina y abril se acerca.

(…)

En Madrid todo es monótono

Abril continúa siendo frío.

La lluvia mojará, dentro de poco,

las incoloras aceras

y los parques de los niños.

Está en un impasse: se está terminando el invierno, se está esperando la lluvia de abril, se está esperando… y queda todo en un monótono punto muerto de espera, de tedio reflejado en la ausencia de color, en la oscuridad en que se sumerge el ambiente por las nubes, en el frío persistente, en aceras incoloras -que bien podría decir muertas-; la lluvia sólo es avisada. ¿Qué significa “invierno”? Lentitud, silencio, espera, oscuridad… tiempo que pasa -tal como rezaba el título de esta primera parte-, por ejemplo, en el poema titulado Invierno:

Lentamente, con sigilo, el tiempo pasa…

El silencio despierta.

La soledad espera en el balcón

y la puerta de mi casa.

El invierno cubre de frío

el alma de la ciudad.

Ya, en la costa, se despiden

los últimos destellos del mar

Pero, efectivamente, la lluvia no significa una bucólica y alegre primavera, sino tristeza y oscuridad de los cielos:

Miro, a través de los cristales, el suelo empapado

por gotas de lluvia estrelladas contra él.

Veo el cielo, antes azul y ahora ceniciento,

cubierto de nubes llorantes: ¡Lunares de recuerdo!

Las observo en su monótono descenso:

en la tierra forman charcos,

en el alma forman lagos.

Impertinentes en su caída cansada

golpean los cristales, en mis palmas.

Miro dentro y fuera. Cae pausadamente

del cielo: lluvia. De mis ojos: lágrimas.

De nuevo, con la lluvia, todo vuelve a parecer detenido, estancado en charcos y lagos, en un parado mirar tras la ventana el monótono caer de la lluvia -¿Quién no recuerda la “monotonía de lluvia tras los cristales” o “la tarde cenicienta y mustia” de Antonio Machado? De este modo, en la primera parte del poemario, entre la apatía de la lluvia y el lento invierno, se percibe pasar el tiempo, gota a gota, imparable dentro del abatimiento.

Sin embargo, López Guisado, decide terminar esta primera parte con un contraste de sensación sobre el tiempo. Tras dibujarlo pausado, finaliza comparándolo con el paso veloz del tren:

El tren pasa veloz y raudo,

imparable como el tiempo.

El tren…

Arrastra, solo, los vagones.

Con su silbido se queja

del peso de tantas vidas que lleva.

Después de percibirlo con el hastío del alma, de la contemplación abatida, surge el tiempo imperceptible, que también pasa, del que apenas nos damos cuenta. El tiempo que gobierna el mundo, que aprieta con su soga, el que engendra a la muerte:

La muerte es fiel a su padre;

lleva su misma indumentaria.

Sólo un viejo como tú

podría tener una hija tan delgada.

¡Fiera pose!: la guadaña en la derecha

y en la zurda el reloj de agua.

(…)

La última gota de mi vida

tiembla en su mano blanca.

Agua, vida, tiempo y muerte, quedan anudados en estos versos centrales.

La segunda –De la soledad y la angustia…– y la tercera parte –Del olvido y el recuerdo…-, perfectamente podrían ir juntas y enlazadas con la primera a través de la soledad. Se perciben aquí otras lecturas, de Juan Ramón Jiménez y de Pablo Neruda, otras formas más libres en la versificación y en la disposición de los versos -véase el poema Miedo de ti-, una línea más cercana a la “poesía pura” y próxima a la experimentación vanguardista. No desaparece la nocturnidad ni el agua, representado ahora varias veces con el mar o el océano. Sin embargo, predomina el interior solitario. Canta López Guisado a la soledad, como lo hiciera Lope de Vega en su conocido soneto –Desmayarse, Atreverse, Estar Furioso-, aunque aquí la forma clásica quede en intento, y salta tres siglos hasta Juan Ramón, titulando Soledad sonora -cogido por el onubense de San Juan- a los versos:

Ay, Señor. Soledad inmersa en la negrura

del mar. Crepúsculo luminiscente de una

pérdida cerrada. Error tremendo, honor despierto,

vigilando alerta los sueños: llanto y dolor,

sonora soledad.

Hay aquí un salto cualitativo de la poesía íntima de sensación a versos de poesía íntima pero intelectual, de conceptos, una poesía desnuda que se aleja de los sensitivo, como leemos en la cuarta parte bajo el título, precisamente, de Poesía pura:

Poesía inacabada, pura,

llena de azul infinito.

Ideas desnudas flotando

eternas en el cielo fijo,

ausentes de engaño y origen

del oscuro, tremendo misterio

del mundo sensitivo.

Paralelamente, surgen versos largos, como los nerudianos de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, en poemas como Salada, Posiblemente, y, evidentemente, en Oliendo a Neruda:

Quisiera recordar los momentos felices con ella,

las estrellas bajo la noche que iluminaron sus besos.

Sus abrazos, sus palabras, su eco de deseo,

el terciopelo de las manos, que una vez, tocaron mi pecho.

En este caso, López Guisado se declara impotente a la hora de escribir “versos tristes”, y no serán los suyos los que lea la amada, sino los del propio Neruda:

Quisiera escribir esta noche como tú, versos tristes,

maravillas redundantes, bajo el cielo.

Quisiera escribir, llorando, esta noche

pero recuerdo sus ojos leyendo tus versos, y no puedo

La cuarta y quinta parte culminan el poemario en lo popular. La cuarta –Brisas Da-Dá-, de corte dadaísta, no puede sino referir al balbuceo y juego del niño, volviéndole, como dijimos líneas atrás, protagonista, mientras que la quinta –Cancionero imperfecto– son, al modo de cortas canciones en intentos de romance octosilábico y rimas agudas en pares, breves piezas juguetonas que, tras el tono elevado de las anteriores partes, nos devuelven a un mundo más sencillo.

Quiero entender que López Guisado quiso dar muestras de sus creaciones, hilando un libro de diversos tonos y modos, de variadas influencias entretejidas de forma personal. Él mismo anuncia en el epílogo de agradecimientos, la existencia de otras composiciones inéditas no incluidas en este primer libro. Luego, creo que realizó un trabajo de selección que intentara servir de único reflejo, en distintos destellos fugaces, de su vena poética. No sé si yo me he acercado lo suficiente, o si sólo he visto lo que quise ver en su momento. También es verdad que han pasado trece años desde 1995 y unos siete desde que lo comprara. La percepción del origen varía mucho en estos casos.

Héctor Martínez

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2 comentarios »

  1. julio angel lópez herrero said,

    Me ha emocionado profundamente la difícil facilidad que tienes para traducir los conceptos en puros sentimientos. Fernando,te animo para para que continúes reflejando los destellos que nos hace nuestra vida.

  2. Blanca said,

    Me ha encantado las reflexiones y los comentarios que se realizan sobre la primera obra de López Guisado. Tiene madera y seguro que, aunque ya es un triunfador en amor y ternura, la vida le depara muchos triunfos


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