10/02/2009

JOSÉ HIERRO, POETA

Posted in Poesía tagged a 0:24 por retratoliterario

José Hierro

José Hierro

Cuando alguien se asoma a los poemas de Hierro, descubre que allí habita una intimidad vibrante que abre los brazos al otro que lee y con el que convive, al que comunica el testimonio de un tiempo vivido, de anhelos y búsquedas interiores puestas al descubierto ante quien quiera mirar. No hablamos de subjetivismo e introspección. Ocurre, como en Antonio Machado, que todo puede ser canal para que el yo poético camine hacia el exterior, al encuentro. No es José Hierro un poeta solipsista. ¿Social? Acostumbramos en los temarios de Literatura a hablar de una poesía social de posguerra, aunque algunos profesores mencionamos tímidamente, intuyendo el error, a José Hierro como icono. Publica en las fechas, pero esto no es suficiente. Los coetáneos poéticos engordan la lista, pero el alrededor no puede definir por sí solo a José Hierro. Ni siquiera el poeta se molesta en avalar la tesis:

Entonces —afirmará alguno sacando conclusiones—, usted se inclina del lado de la poesía social. Contestaré, primero, como lector: me tiene sin cuidado el adjetivo que acompañe al nombre. Sólo pido que sea poesía (o que a mí me lo parezca). La contestación del autor ya requiere más matización, y me temo que la respuesta no resulte suficientemente clara. Y es que yo no entiendo bien qué quiere decirse cuando se habla de poesía social.

¿Es tan extraño que un poeta reclame poesía, sin importar el adjetivo que la acompañe? O incluso sin adjetivo. Hierro se identifica como testigo de su tiempo, sobre todo, porque no puede serlo de otro.

¿Pero hasta qué punto lo individual no viene condicionado por lo colectivo? ¿Acaso no existe un denominador común en cada época? ¿No ocurrirá que si yo hablo de mi amor, de mi alegría o mi tristeza, el lector traduzca nosotros, nosotros los enamorados, o los alegres, o los tristes?

(…) Social hace referencia a la sociedad, a las agrupaciones históricas, a las colectividades formadas por razones económicas, geográficas, políticas, etc. Poesía social será la que se refiera a un nosotros circunstancial, creado por determinadas condiciones materiales que un día desaparecerán al transformarse la sociedad.

(…) el poema es social cuando se declara religioso o político, de cualquier religión o de cualquier política. Si el poema se limita a la mera denuncia, la solución tendrá que estar, por lo visto, fuera del poema: en lo que sabemos que es su autor.

Admitiendo que lo que he dicho hasta aquí no pase de ser un esquema caricaturesco, extremado, pero verdadero —y yo lo creo—, no es admisible que la condición de social esté sometida, en último grado, a la filiación política o al credo religioso del poeta. Por eso yo prefiero hablar de poesía «testimonial».

José Hierro nunca ha sido ajeno a la discusión sobre su propio encasillamiento, no sin expresar un sutil repudio a los intentos:

No sé hasta qué punto puede encajar mi poesía entre las sociales químicamente puras. Probablemente parezca demasiado intimista para ser llamada social. Pero también es verdad lo contrario: que más de una vez se me ha dicho que era demasiado social para ser intimista.

Por ejemplo, acudo a Quinta del 42:

Mi tiempo no sólo es esas

tierras amarillas.

Pero, si digo “mi tiempo”,

aparecen ellas. Brillan

ellas. Pulsan mis recuerdos

ellas, con su brasa viva.

Quiero ver flores, mas sólo

veo piedras, y cenizas,

y soledad. Cuando digo

“mi tiempo”, cuando declina

mi memoria a su ayer, piso

tierras amarillas.

¿Íntimo o social? Casi recuerda aquél “¿Soy clásico o romántico?” machadiano, haciéndose eco de la disputa académica de “-ismos”, de forma bien irónica. Quizás eso del “compromiso social” nunca se ha podido llevar más lejos, ni más hondo que un “compromiso con el hombre”, siendo el poeta también un hombre. Y, entonces, se tocan lo social y lo íntimo: en lo humano. No se sorprenda el lector mis comparaciones con Antonio Machado, pues ando convencido que Hierro siguió la senda de la sobriedad estilística y expresiva, por sus propias declaraciones, y por sus propios poemas:

(…) mi poesía es seca y desnuda, pobre de imágenes. La palabra cotidiana, cargada de sentido, es la que prefiero. Para mí, el poema ha de ser tan liso y claro como un espejo ante el que se sitúa el lector. Del lado de allá está el poeta, al que el lector ve cuando cree que se está mirando a sí mismo. (…)Es frecuente que los versos aparezcan encabalgados en mi poesía. He pensado alguna vez sobre ello, y creo que este juego de concepto frío y ordenado y de verso y ritmo encrespado crean una especie de conflicto interior que el lector puede percibir. Un conflicto dramático entre orden mental y turbulencias del sentimiento.

No creo en los versos de belleza aislada. Supedito todo al efecto general del poema. Pienso que éste ha de ser una arquitectura firmemente organizada, y que cada verso prepara el siguiente y recoge algo del anterior. (…) De ahí las reiteraciones, que van teniendo distinto sentido conforme el poema avanza.

¿No recuerda el lector el Retrato “corté las viejas rosas del huerto de Ronsard/ mas no amo los afeites de la actual cosmética/ ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar”? ¿Y aquél, “casi desnudo/ como los hijos de la mar”?

Hasta aquí, lo citado -excepto el poema de Quinta del 42– pertenece a la Conferencia en la Escuela Universitaria del Profesorado de la Universidad Autónoma de Madrid, un 16 de diciembre de 1982. Son palabras, siempre reiteradas, del propio poeta sobre su propia poesía.

Por mi parte, además de constatar esta autocrítica sincera del poeta, esta clase magistral sobre José Hierro impartida por el propio José Hierro en numerosas ocasiones -y tan pasadas por alto, quizás por su sencillez-, siempre he admirado de Hierro, sobre todo en sus dos primeros libros Tierra sin nosotros y el impresionante Alegría, el fluir de la rima asonante entre encabalgamientos de forma, incluso si cabe, más natural de lo que la propia rima lo es. Si unos versos me han encandilado de su obra, son aquéllos de Respuesta:

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.

Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.

Que tú me entendieras a mí sin palabras

como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un

álamo verde

Y podría citar el poema entero. Pero de especial manera se ve que no importa la longitud del verso para que el eco de la asonancia la recorra a través de reiteraciones, y refuerce la autenticidad, la sinceridad e intimidad que traen los versos. De especial manera, en estos versos, está el yo poético que “quisiera”, y el tú referente que ha de entender, ¡sin necesidad de palabras! ¿Acaso el poeta está renunciando a su materia? Y, sin embargo, ¿a qué otra cosa aspira el poeta auténtico, sino a la comunicación sin necesidad de palabras? Es decir, a una comunicación íntima entre el yo y el tú, o mejor, el yo y el nosotros, sin intermediarios -y la palabra lo es, desde luego-, sin interferencias -y la palabra lo es, desde luego. Los cinco versos, o cuatro y un quebrado, son símbolo del deseo del poeta: superar la palabra y el lenguaje. ¿Quién no ha entendido al mar, a la brisa, al perro que tiene por mascota, sin necesidad de palabras?:

Se me fueron haciendo

las palabras difíciles.

Se rompía la música

en ritmos imposibles.

¿Adónde habrá huido

los tenues velos grises,

la fina niebla vaga

que borraba los límites?

O aquéllos tan duros:

¡Hemos tenido tantas cosas

que decir, y no se dijeron!

Parecerá contradictorio, pero son la palabra y el lenguaje un obstáculo con el que lidia el poeta en su búsqueda de contacto verdadero. Y ya se intentó superar por medio de su retorcimiento retórico… ¿por qué no intentarlo, a lo Machado, a lo Juan Ramón y la poesía pura del 27, desde la sobriedad y la denotación? Ello nos condiciona al simbolismo, efectivamente… pero el hombre es más simbólico de lo que cree, cuando el símbolo le toca auténtica y sencillamente. ¿Quién no ha entendido una indirecta llana? Acaso, la poesía de Hierro no sean más que intuiciones e indirectas de un yo a un tú. Pero se trata de un “yo poético en el tiempo”, para el que la poesía no es sino “palabra esencial en el tiempo”. El lema machadiano encajaría con las primeras obras de Hierro, sin ninguna dificultad. Sí, como dijimos al principio, es obra de su tiempo y época… pero el tiempo corre y fluye. Negarlo sería cinismo. Decía Hierro, hemos visto, aquél “hemos tenido tantas cosas/ que decir, y no se dijeron”, con un nosotros y un paso de presente a pasado que recorre el verso… Un tiempo que se convierte en tempo musical del verso, en cadencias melodiosas que siguen su propio curso y caen en cascada en cada poema de forma personalísima, vivida y vital. El poema es música, el poema hay que cantarlo: sobre todo, la poesía para José Hierro, es sonido, recitación oral… existe siempre un cimiento rítmico que cohesiona todo el poema y lleva a sus lomos cada uno de los versos hasta el final:

Nubes que eran ritmo, canto

sin final y sin comienzo,

campanas de espumas pálidas

volteando su secreto,

palmas de mármol, criaturas

girando al compás del tiempo,

imitándole la vida

su perpetuo movimiento.

Inútilmente interrogas

desde tus párpados ciegos.

¿Qué haces mirando a las nubes,

José Hierro?

Y efectivamente, ¿qué hay en las nubes que tanto embelesa a José Hierro? Es un elemento que menciona constantemente: elevación, ligereza, libertad, movimiento, misterio, sueño… o los muertos y eternidad como Caballero de Otoño:

Viene, se sienta entre nosotros,

y nadie sabe quién será,

ni por qué cuando dice nubes

nos llenamos de eternidad.

O como en el magnífico Sólo materia de sombras:

Sólo materia de sombras,

criaturas de la noche,

nubes espectrales, seres

dolorosamente informes,

visiones o pesadillas

llegadas no sé de dónde,

ráfagas resucitadas

que fueron mujeres y hombres,

que tuvieron carne y sueños

donde anidaban los soles

y ahora son sólo penumbra,

ríos de negros acordes,

tristezas desenterradas,

pesadillas o visiones,

llamando siempre a la puerta

de quienes no los conocen.

En la métrica, además de la cadencia rítmica fundamental en que se apoya constantemente, la fluidez del encabalgamiento o la rima asonantada al modo de los romances, la obra de José Hierro es muestra de la mudanza y la renovación, desde el trabajo melodioso del eneasílabo, octosílabo o el heptasílabo, pasando por el versolibrismo de gran y escueta longitud, sin olvidar lo clásico, por ejemplo, en los no pocos sonetos que nos dejó -recuerdo el Don Quijote trasterrado-, desembocando en el prosaismo lírico de, quizás, Cinco cabezas. Su intento renovador métrico puede leerse en Palabras antes de un poema:

Escribir versos es cosa fácil, uno elige aquellas palabras justas, precisas, insustituibles, para expresar aquello que quería. Hace que las sílabas tónicas, por lo menos alguna de ellas, coincidan con las partes fuertes del compás, y ya está. Someter la materia verbal a la disciplina versal no exige demasiado esfuerzo, en contra de lo que popularmente se cree. El versificador se somete inconscientemente al metro -tradicional o libérrimo- con la misma naturalidad que el bailarín al compás. El metro no es un impedimento, sino una ayuda, como lo es la música para el que baila. Lo difícil para el versificador es, precisamente, liberarse del sonsonete

O lo que es lo mismo, dominar la forma y no que la forma domine al poeta, pues la forma del ritmo acentual es una ayuda a la expresión poético-musical, una estructura que vivifique y no deje al poema como una piedra que cae al suelo, que lo haga bailar en el aire… quizás como las nubes, adaptada al difícil compás del viento.

“Poeta puente”, “Generación del 50”, “Poeta social”… A José Hierro vuelve a ocurrirle como a tantos otros, que no termina de encajar en un grupo, escapa a la clasificación, y él mismo se desmarca. Fiel reflejo de la poesía del ayer, y del transcurrir de la poesía desde la posguerra hasta no hace mucho, es mejor estudiarle, y más aún leerle, separado del resto, con un reojo puesto en el tiempo vivido como una biografía, al mismo tiempo, personal y comunitaria. No sé quién dijo que tenía “rostro de boxeador” junto a “alma de poeta”, y pareciera alto contraste si no fuera porque Hierro, el poeta, ha boxeado con el tiempo y la vida. ¿Quién sabe si no serían su cara curtida y su piel surcada, líneas de versos que afloraban? Descanse en paz.

Héctor Martínez

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