10/02/2009

LA ETERNA “ANTOLOJÍA” DE JUAN RAMÓN

Posted in Poesía tagged a 0:06 por retratoliterario

Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez, el poeta que todo el mundo conoce por aquel burro que se diría todo de algodón, acaso por ser Nobel, premio ensombrecido por la triste y dolorosa pérdida de Zenobia, es uno de esos nombres solitarios en nuestra literatura del veinte. Él andaba a la busca de su obra total, no de formar grupo aquí o allá, no unido a ésta o aquella estilística, temática o moda. Si bien es cierto que pisó, y bien, la tela de araña del modernismo, también lo es que se desenredó con las mismas fuerzas y no quiso volver a saber de libros como Ninfeas o Arias tristes. Fue, para sí mismo, su primer crítico, su primer compilador, escribiendo composiciones que prefería olvidar, incluyendo y eliminando títulos y versos de las sucesivas “antolojías” que sobre su propia obra fue tejiendo laboriosa y continuamente. No quería ser autor de obras, sino de una sola y absoluta, completa. Un único poema podría suplir perfectamente páginas y páginas publicadas, con tal de que correspondiera con su objetivo poético. El resto son al modo de ensayos y correcciones, arreglos e incluso errores, bocetos de esa búsqueda entregada y cuasi vital. Al respecto, su entera dedicación poética, sin atender el alrededor, como un ermitaño en su montaña, es indiscutible. No en una torre de marfil, sino en una altura natural que concede y transmite la media luz y sombra en que siempre estuvo el poeta a, por ejemplo, la Generación del 27.

Fuera, entre claridades que van y vienen, hay

una conjuración de montaña y de sombra

La moda y la vanguardia, sin embargo, le descuelgan de lo nuevo, de la poesía emergente que le había tomado como padre de la poesía pura. El surrealismo compite en los jóvenes espíritus con esta poesía nacida de la intuición, de la unión entre instinto e inteligencia. Y viceversa, Juan Ramón se enfrenta a los surrealistas con gran desagrado por sus postulados. Queda, así, el poeta, en su soledad literaria, en su intimidad lírica y personal, dedicado a su magna e incesante obra sin preocupación por la de los demás.

Estamos ante un poeta que quiso ser verdaderamente fundador por la palabra y no sólo una hilandera que decora al dictado de las musas. Un hombre que quiso crear de nuevo el mundo, émulo de la divinidad, y nombrar todo el universo, a imagen y semejanza de Adán; dotar a su realidad y hacerla bailar al ritmo de su propia música.

Todos los nombres que yo puse

al universo que por ti me recreaba yo,

se me están convirtiendo en uno y en un

dios

Oficio duro el escogido por Juan Ramón Jiménez, pues no se trata de un crear artístico, ni permite satisfacerse con cualquier migaja lograda, sino que implica una Creación -con mayúscula- ex nihilo, desde la nada, desde lo inefable. Quiere crear y nombrar, y no simplemente señalar con los nombres ya dados. De tal modo, como el caminante que se hace camino al andar, Juan Ramón conoce cómo ha de ser su avanzar:

Andando, andando;

que quiero oír cada grano

de la arena que voy pisando.

Andando, andando;

dejad atrás los caballos,

que yo quiero llegar tardando.

(…)

Andando, andando;

¡que quiero ver todo el llanto

del camino que estoy cantando!

Y es, por ejemplo, la andadura de trece años, desde el 23 hasta el 36, la que da uno de los frutos más altos y juanramonianos, aquella Estación total en que el poeta da con la belleza y la plenitud del universo todo, de la naturaleza, la edad y lo fundamental, sin diluirse su voz.

Estoy completo de naturaleza,

en plena tarde de áurea madurez,

alto viento en lo verde traspasado.

Rico fruto recóndito, contengo

lo grande elemental en mí (la tierra,

el fuego, el agua, el aire) el infinito

Supone este poema El otoñado un enorme contraste con las composiciones de la que se ha dado en llamar “etapa sensitiva”, los primeros pasos del andar que se quiere hacer “tardando”. En aquél, el poeta nos dice

Chorreo luz: doro el lugar oscuro,

transmito olor: la sombra huele a dios,

emano son: lo amplio es honda música,

filtro sabor: la mole bebe mi alma,

deleito el tacto de la soledad.

(…) Y lo soy todo.

Lo todo que es el colmo de la nada

Compárese con esta composición de Jardines lejanos:

¿Soy yo quien anda, esta noche,

por mi cuarto, o el mendigo

que rondaba mi jardín,

al caer la tarde?…

(…) ¿Es mío

este andar? ¿Tiene esta voz

que ahora suena en mí los ritmos

de la voz que yo tenía?

Se “chorrea” luz, frente a los persistentes noche, ocaso, negrura o sombra; se “emana” son, ritmo, música honda, contra la duda sobre la voz que canta, o el único sonido de campanarios llamando al cementerio en otros títulos -pienso, por ejemplo en No es así, no es de este mundo o en Viento negro, luna blanca, la campana de Francia en Vendaval etc.-; aquí, sin embargo, Juan Ramón ya se sabe ser todo, universal, frente a esos versos primeros de un poeta desorientado y desconcertado ante el mundo. Se sabe y lo dice, como en Aurora de La voluntaria M.:

¡Qué plenitud, tú en lo definitivo,

fundida a lo que nunca cambiará ya de historia;

estensión de tu yedra, tu nueva vida solitaria

por lo real profundo sin pasadiza forma;

semilla verdadera de lo fijo, escultura, conciencia

enquistada en la tierra que no se desmorona!…

(…)

…¡Tú dentro ya, tú fuera, tú ya libre,

el vivo muere, el muerto es inmortal,

sustancia voluntaria para más alta obra!

No podía ser de otro modo sino una Aurora frente al Ocaso, símbolo acuñado desde la filosofía por Nietzsche: un renacer de las cenizas hacia algo nuevo, pura voluntad poética creadora de su propio orden, según su propio ritmo y son.

Es imposible, si de Juan Ramón Jiménez y su obra se quiere hablar, no acudir y anudar las temporalidades en que va escribiendo sus versos. No existe un título en concreto con el que se pueda atrapar al poeta-total en la academia de las parcelas; lo que existe es una inmensa “antolojía” donde se guardan recogidos todos los títulos, en un crecimiento interior que va ganando altura, extensión, conciencia y vida. Nada son unos versos sin los siguientes; y sobre el abismo caerían los últimos si no tuviéramos en cuenta el origen del camino.

Acaso por esto, del Juan Ramón solitario se suele hablar a cuento de Platero o del Diario de un poeta recién casado, únicas obras en sí mismas y como tales junto a la hercúlea y colosal elaborada durante algo más de cuarenta años, gran parte de una vida entera. Acaso de la “j” y la “s”, hablen -aún hay quienes creen que son erratas de la edición comprada… Eso sí, nadie quiere recordar que fue Nobel a pesar de la España oficial y, también, de la España en el exilio. Hasta en esto estuvo con sigo en su soledad, nos llenemos a día de hoy, o no, la boca con tardos elogios al de Moguer.

Héctor Martínez

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