10/02/2009

“LA HISTORIA INTERMINABLE”, DE MICHAEL ENDE

Posted in Prosa tagged , a 12:05 por retratoliterario

Michael Ende

Michael Ende

Hablo hoy de un libro reconocidísimo, pero del que se ha pasado por alto su verdadero valor literario, encarcelado en las estanterías juveniles de las librerías y en las colecciones adolescentes de las editoriales. Ha sido mirado como historia de aventuras, puro entretenimiento, y cortado a la medida de un best-seller y la imagen en movimiento de una pantalla de cine, ocultando a la vista de cualquier lector los elementos puestos en juego, entremezclados, y las referencias que la propia obra contiene. Convertido en un título más de catálogo y sojuzgado a la lectura de un público pequeño que tan sólo sabrá ver las trepidantes peripecias de Bastián y Atreyu.

Como al Quijote le ocurre, que sólo se habla del episodio de los molinos, del rebaño vuelto ejército y poco más, La historia interminable sufre también una simplificación y la amputación de algo más de la mitad del libro, como si terminara realmente en el grito que da nombre a la emperatriz desde un desván solitario. Muy pocos, no profesionales, podrían decir el auténtico valor de la obra cervantina, más allá del ridiculizar la novela de caballerías; otros muy pocos podrían hacerlo con la de Ende, más allá del tópico de animar a la lectura. El contenido se pierde, y sólo quedan el lomo, el título y el nombre del autor en una lista o en un libro de escuela. Prueba de ello está en ser acusado de intelectualizar y exagerar, de sacar los pies del tiesto, cuando uno escapa del tópico que sirve de fachada y mantiene al lector en una plana superficie sin horadar.

Sin embargo, La historia interminable representa, por encima de trivialidades, un tributo a la historia literaria y filosófica. Siguiendo la actitud de su admirado Borges, Ende entreteje resonancias y ecos de toda la tradición literaria, desde la antigüedad a lo contemporáneo, en distintas escenas, personajes e interacciones. No hay ni se pretende originalidad, sino escribir sobre lo ya escrito, hacer texto sobre los textos. Intención invisible para una época en que primaba lo original y nuevo, lo distinto hasta la excentricidad. Una época cuyo juicio ha resultado fatal e inapelable para esta obra.

Apenas se sabe que en la novela de Ende resucitan Pegaso, el Ave Fenix, Quirón -el centauro instructor de antiguos héroes griegos-, las Sirenas de Homero, el Oráculo de Delfos, Heráclito, Erebo -divinidad griega del atardecer y la oscuridad-, Fenrir y Jörmungandr -monstruos de la mitología nórdica-, Shahriar y Scheherezade -de Las mil y una noches-, la Alicia de Carroll, Tolkien, Shakespeare, el propio Borges, Novalis -poeta fundamental para Ende-, Freud o una gran parte de Nietzsche, los surrealistas Salvador Dalí, Edgar Ende -padre de Michael- y Hans Bellmer; muy poco se repara en el autobiografismo de la obra, los efectos vanguardistas, del surrealismo en mayor medida… Acaso los admiradores de Tolkien cayeron en varias coincidencias, pero tan sólo aquellas que tocaban a éste. Como es lógico, no tardaron en calificar de plagio y necedad a La historia interminable y su autor -pese a que nunca lo harían con Don Juan Manuel o con el mismo Borges.

Ese tópico sobre “animar a la lectura a los más jóvenes” pasó por alto que Ende fuera contrario a las moralinas, como también dio la espalda a la complejidad de símbolos y términos que pueblan el libro. Indudablemente se trata de una obra que presenta diversas caras, según la cultura de su lector. Es decir, es apta para todas las edades y no vengo yo a quitársela de las manos a la chavalería. Al contrario, creo, más bien, que se la han arrebatado a los adultos, y han impedido esa lectura algo más honda que pueda acariciar los entresijos y juzgar desde un punto de vista muy diferente. En este caso, la enfermedad no es ya la del Quijote, sino la de Alicia en el país de las maravillas. No son textos cuya lectura los adultos exhiban en el autobús o en el metro, al menos sin sentir la vergüenza de que se dude de su madurez. Algo, para mí, bochornoso, impuesto desde el mercado, las colecciones y los manidos y trillados estereotipos.

Michael Ende cometió un error garrafal al firmar los derechos para la adaptación a la gran pantalla. Sólo se dio cuenta cuando le enseñaron el resultado, y la batalla legal que emprendió para no aparecer avalando aquello en los créditos estaba ya perdida. Le habían destripado y reinterpretado la historia hasta hacérsela irreconocible. Más aún las secuelas. Y fue la sentencia definitiva para la obra escrita, cuando los años que corrían anunciaban el imperio de la imagen sobre la letra, y los cánones que aquel ordenaba. Bastián ya no era gordo ni Atreyu un piel verde. ¡Qué protagonistas más extraños frente a los estereotipos de tan buen resultado! Quizás de ello aprendió Ende, y decidió estar pendiente de la adaptación, en 1986, de su anterior éxito Momo. Aunque, en mi modesta opinión, no deja de ser paradójico que un escritor, y tras la experiencia vivida, quisiera cambiar sus páginas por unos metros de celuloide.

Héctor Martínez

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3 comentarios »

  1. Diana said,

    Debo dar las gracias a quien escribió esta entrada porque me ha demostrado que no estoy tan loca ni tan sola en ver a La Historia Interminable por lo que realmente es: un libro acerca del libro. Al igual que el Quijote.

    Estoy redactando una monografía estudiando los paralelos a este efecto entre estos dos textos y, en la búsqueda por algún material adicional de referencia, me encontré con este blog. Buen trabajo!

  2. manuela said,

    leelo

  3. yitzley maléth said,

    que ni me dicen ninguna cosa
    gracias de todas maneras


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