10/02/2009

“LA VIDA ES SUEÑO”, CALDERÓN

Publicado en Teatro tagged , a 13:23 por retratoliterario

Calderón de la Barca (Retrato, Alonso Cano)

Calderón de la Barca (Retrato, Alonso Cano)

Por petición, y por gusto personal -porqué no decirlo-, hoy me ocupo de un autor y una obra que son uña y carne, que no puede mencionarse a uno y olvidar el título, o saber el título y haber olvidado al autor: Pedro Calderón de la Barca y La vida es sueño.

En modo alguno resulta fácil querer hablar de esta obra sin dejarse nada en el tintero. A partir de ella se han rellenado cuantiosos y voluminosos estudios estéticos, literarios, filológicos y filosóficos, como para pretender yo, en unas líneas, sentar cátedra al respecto. Sin embargo, cabe intentarlo en algunos aspectos literarios y temáticos adecuados a la extensión que el artículo precisa.

En primer lugar, ¿cuál es la importancia de La vida es sueño? Repetidas veces nos dicen que es la obra cumbre del Barroco español, sin justificarlo. Más aún cuesta imaginarlo, al crecer a la sombra del “Fénix de los ingenios”, siguiendo su estela por medio de la llamada Escuela de Lope. Calderón de la Barca fue también un renovador del teatro, para empezar, confiriendo gran importancia al artificio tramoyista y trabajando ampliamente sus posibilidades en la representación. Por otro lado, sigue concienzudo el nuevo arte de la comedia instaurado por Lope, aunque lo cómico quede bastante descolgado -recuerdese que el personaje cómico muere-. Representación en tres actos, ruptura con la unidad de tiempo, espacio y acción -quepa decir que Calderón suele respetar la unidad de acción y La vida es sueño es excepción planteado, por un lado, la circunstancia de Segismundo, y por otro, la de Rosaura, aunque termina por enlazarlas en un solo final para ambas-, polimetría -como veremos- etc… Se muestra refinado, culto y elevado, exigente para con el público y lector, en la línea culterana o gongorina de ostentación cultural y brillantez léxico-semántica, recurriendo al bagaje grecolatino, mitológico y filosófico, y los recursos propios del estilo, fundamentalmente métaforas de gran complejidad y perífrasis o circunloquios destinados a dar rodeos de palabras acerca de lo que podría ser dicho con mayor sencillez. Pero, y he aquí un punto importante, Calderón combina y enriquece este culteranismo suyo con la otra vertiente, la conceptista de Lope y Quevedo, acudiendo a los juegos de palabras, antítesis, paradojas, dilogías o equívocos y dobles sentidos. Desde este punto de vista, se convierte en exponente final de los estilos predominantes del s. XVII, como el bello e intenso resultado de la suma de aquellos. Como muestra, basta abrir el texto y comprobarlo desde las primeras palabras de Rosaura, a cuyo caballo descontrolado llama “Hipogrifo violento” (v. 1), sigue con varias otras metáforas como “rayo sin llama” o “pez sin escama”(v. 3-4), alusiones mitológicas a Faetonte (v. 10) o juegos de palabras por medio de retuécanos como “y apenas llega cuando llega a penas” (v. 20), con gran exceso hiperbólico dentro de una pregunta retórica. Calderón comienza con Rosaura marcando, sin miramientos, el tono que va a gobernar toda la obra. Tono que ya se adivina complejo.

Desde luego que, en el capítulo de retórica y recursos estilísticos, predominan las metáforas y rodeos de la herencia culterana ya señalada. Además de las comentadas, encontramos algunas más de construcción personal llamativa como las cadenas que aprisionan a Segismundo que son “lazos miserables” (v. 312), la pistola llamada “áspid de metal” (v. 304-305), o metonimias por las que la espada de Rosaura es “acero bruñido” (v. 918). Por el lado de las alusiones mitológicas, culturales y filosóficas, damos también con el Minotauro y el laberinto de Creta, Ícaro, el ave fénix, el titán Atlante, las metamorfósis de Júpiter, o con las divinidades Palas, Diana, Venus, Flora y Aurora, el pensamiento de Séneca, Tales de Mileto, Aristóteles o Platón, y, por concluir, el pintor Timantes y el escultor Lisipo, ambos griegos.

Si hay algo archiconocido en la obra, son los soliloquios de Segismundo, tanto el que comienza “¡Ay, mísero de mí!” (v. 102-172) [1] como aquél que sirve de núcleo con su “toda la vida es sueño, y los suenos, sueños son” (v. 2148-2187) -hay alguno más, pero no tan principales. En estos versos encontramos uno de los rasgos predominantes del Barroco español: la visión pesimista del mundo como una mera ilusión y engaño. Y es en ellos donde se concentra la más abundante colección retórica del texto. La primera y más amplia de todas es la que convierte a Segismundo en símbolo de las desventuras humanas, reconocible a partir del momento en que el protagonista habla desde la perspectiva “humana” y no sólo la suya individual. Un símbolo de perpetua pregunta retórica, por ejemplo, en el primero de los monólogos, cuyo acento siempre recae sobre la diseminación de “libertad” como palabra clave, junto a las diseminaciones de “delito” y “nacer”, este último con efecto de paronomasia llamada políptoton. Es de notar los paralelismos entre cada inicio de las décimas (“Nace el … y, con … ), la contraposición entre su situación y la que representan distintos animales o elementos de la naturaleza, los cuales aparecen mostrados en encadenamientos de metáforas como, por ejemplo, la que hace del arroyo una “culebra” y una “sierpe de plata”. Incluso se sirve de fenómenos de polisemia creando dilogías como ocurre con “apurar”, significando, bien “averiguar” (“apurar, cielos, pretendo”) o “conclusión” (“para apurar mis desvelos”). El segundo de los monólogos citados también emplea figuras de repetición como el paralelismo o las anáforas como medio de unidad del texto, las contraposiciones con el rey, el rico, el pobre y otros, políptoton con “soñar”, el eufemismo de la muerte en “despertar”, toda vez que “vida es sueño”, que después dice tácitamente en el “despertar en el sueño de la muerte” (v. 2165-2168). Estos juegos de palabras entre “vida”, “muerte”, “sueño” y “despertar” recorren los pensamientos de Segismundo recalando en la idea barroca de la realidad como ficción e ilusión y creando el mismo efecto sobre el lector o público. Pero en la ocasión, Segismundo va a dar su respuesta, en los versos conocidos 2182-2187:

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión;

una sombra, una ficción

y el mayor bien es pequeño.

Que toda la vida es sueño

y los sueños, sueños son

Vuelta aquí al paralelismo y pregunta retórica -pues Segismundo se responde a sí mismo- unidos, las sinonimias “ilusión, sombra, ficción, sueño”, el oxímoron “el mayor bien es pequeño” y repetición de “sueño” en los dos últimos versos, cuya traducción al ideal “el mundo como teatro” ya venía anunciada desde los versos 2072-2073.

La métrica [2] es de una variedad extraordinaria, encontrando las famosas silvas pareadas (v. 1-101, v. 1548-1723 y v. 2656-2689), décimas (v. 102-272 y v. 2018-2187) de los monólogos de Segismundo, Romaces (v. 273-474, v. 600-1223, v. 1724-2017, v. 2188-2427 v. 2690-3015 y v. 3098-3319) que son los más abundantes -más de la mitad de la obra se compone en romance-, Redondillas (v. 1224-1547, v. 2492-2655 y v. 3016-3097), e incluso Quintillas (v. 475-599) y Octavas reales (v. 2428-2491).

De todo ello se sirve Calderón para exponer, del mismo modo, una diversa temática, desde política y comedia de honra o de enredo, hasta -y fundamentalmente- el contenido filosófico-moral que domina toda la obra. En el último sentido, centrada en Segismundo, La vida es sueño supone una honda reflexión acerca de la condición y existencia humana o, incluso la verdad y el conocimiento, al tratar la confusión filosófica entre sueño-ficción-realidad y el permanente asalto de las dudas ante tal incertidumbre. No es extraño que un filósofo como Schopenhauer se fijará en Calderón y tomara su obra como reflejo de varias de sus intuiciones. A colación de ello, surgen otros problemas filosóficos como el de la identidad personal, la libertad, el destino y el albedrío. Es una profecía, al más puro estilo de las tragedias clásicas, la causa del encierro de Segismundo en la torre. Sin embargo, a pesar de varias escenas que parecen validar la profecía y al contrario que la tragedia clásica, triunfa un albedrío que hay que entender en sentido cristiano -no olvidemos la condición religiosa de Calderón, la cual le conduce a proponer soluciones de doctrina católica a los problemas morales planteados. Precisamente, en este sentido, dentro de La vida es sueño late la época de transición de los saberes humanos de la ciencia -se observarán las numerosas citas astrológicas- y la tensión con la teología del momento.

Políticamente, tal y como hiciera Lope, Calderón es firme defensor del respeto a los valores monáquicos, siempre y cuando se ajusten a la ley y no se excedan, sometiendo a condena todo intento de rebelión y traición al poder.

El tema de la honra queda perfectamente reflejado en la historia de Rosaura, quien busca recuperar su honor tras ser abandonada por Astolfo y ver, por ello, incumplida la promesa de matrimonio que éste le hicera. Este tema queda hilvanado con el político desde el momento en que Rosaura recupera su dignidad y honra por intermediación del poder de la monarquía.

En el caso del enredo, la obra no hace de menos a los triángulos amorosos, los cambios de nombres y sexos a través de las vestimentas -por ejemplo en el caso de Rosaura, que también es Astrea y se oculta bajo la apariencia de un varón-, las intrigas que se van desvelando a lo largo de la obra -la propia situación de Segismundo, cuya identidad se va resolviendo sin saberse de primeras quién es este personaje, o la relación familiar que liga a Rosaura con Clotaldo-, todo ello mediado por la figura cómica del gracioso. Es decir, que si bien la intención primordial de Calderón acentúa la obra como “comedia filosófica”, el espesor reflexivo y culto del texto encuentra un equilibrio razonable en la sencilla amenidad del embrollo de relaciones entre unos personajes y otros.

Concluyendo, podemos deducir que La vida es sueño, verdaderamente, exhibe en el texto y sobre el escenario una gran parte principal de los elementos barroquistas y de escuelas literarias, temáticas y cosmovisión del s. XVII, combinadas con la maestría profunda y personalísima de Calderón de la Barca de quien puede decirse que superó al maestro Lope de Vega.

Héctor Martínez

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6 comentarios »

  1. paredenblanco escribió,

    Reblogged this on La Pared en blanco.

  2. niko escribió,

    es muy maravillosa esta historia felicitaciones

  3. Armando Ramos escribió,

    Muy enriquecedor el análisis que nos brinda Héctor Martínez, gracias por su gesto colaborativo. Les será muy útil a mis alumnos y alumnas.

  4. Melissa Abigail Lopez Alvarado escribió,

    mui bonito!!!!!buena obra

  5. daniel omar escribió,

    nu enqntro respuestas

  6. Julio Palomino A. escribió,

    Muy buen análisis. Felicitaciones!


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