10/02/2009

LOS “RECUERDOS” DE TAGORE

Posted in Ensayo tagged , , , , , , a 14:42 por retratoliterario

Rabindranath Tagore

Rabindranath Tagore

Al imaginarnos a un sabio poeta, a un filósofo literato, dibujamos en nuestra mente un retrato que, sinceramente, se asemeja y mucho al de Rabindranath Tagore o a la efigie del viejo Platón. Demasiado ceñidas y forzadas quedaban a Tagore las vestiduras y costumbres inglesas y prefirió su indumentaria india y el aspecto respetuoso que saben dar aquellas tierras. Todo ello, sin embargo, formó una imagen de misticismo, sabiduría milenaria y exotismo, más cercano al mito espiritualista con que miramos desde occidente el mundo asiático y las culturas orientales; una imagen que contribuyó a crear un icono efímero que muy pronto quedó olvidado, un fetiche que pasó de moda.

¡Cómo de olvidados tenemos a las cabezas de estas tierras! Tanto las lejanas en el tiempo, como las que nos son lejanas en el espacio. Tagore, sin embargo, consiguió romper las fronteras, aunque en parte fuera por la comodidad familiar -todo sea dicho. Pero con él llevo su poesía, sus relatos, su teatro y su pensamiento, y con él también volvieron a su patria, bajo el convencimiento de unir las culturas oriental y occidental. Lógicamente, un convencimiento que no gustaba a uno y otro lado. Una posición que le llevaba a ser Nobel en 1913 al mismo tiempo que rechazaba el título británico de Sir en 1919 en defensa de la India frente a la Corona inglesa.

Dicho convencimiento, le convierte en más cercano a occidente de lo que habitualmente se piensa y permite una aproximación menos exótica a su obra. No tanto en su expresión política como en su expresión literaria, Tagore se manifiesta como un hombre más, con acento oriental, pero sujeto a las mismas normas vitales de todo ser humano. Ejemplo de lo que digo está en la lectura de Recuerdos que vengo a presentar para la ocasión, o en la admiración de poetas como Juan Ramón Jiménez, o filósofos como Ortega y Gasset, poco propensos a suertes místicas, sino más próximos a poéticas y pensamientos vitalistas. Fuera de nuestras fronteras, otros autores laureados en nuestra cultura como Frost, Shaw o Thomas Mann, e incluso Albert Einstein o Henri Bergson, se acercaron a la persona y obra de Tagore.

Quizás no deba ningún lector coger los textos de Tagore esperando que una revelación le ilumine o que una “Buena Nueva” se despliegue ante él. Acaso hay que leerle con la misma sencillez con la que Tagore escribe y sin perder de vista que, a menos que sepamos bengalí, siempre estaremos ante traducciones que, desde el principio, han reconocido las dificultades que enfrentan para conservar el impulso y la esencia de la obra original. Lo cual quiere decir que el Tagore traducido que leemos no es el Tagore genuino.

En España, empero, hemos tenido una gran suerte: otro poeta, Juan Ramón Jiménez, junto a Zenobia, su mujer, nos han legado en versión castellana gran parte de la obra en inglés, con el añadido esfuerzo de devolverle al texto el lirismo poético con que nació de manos de Tagore. Es cierto que seguimos sin leer al auténtico autor, que el filtrado español no alcanza la totalidad de lo expresado por el bengalí, pero, probablemente se trate de una de las mejores versiones en otra lengua que hay en el mundo.

La traducción de Recuerdos de Zenobia y Juan Ramón, publicada en 1961 por Plaza y Janés, es la que cayó en mis manos y a través de la cual elaboré el breve ensayo que, de nuevo, presento hoy aquí bajo el título Ocho lecciones filosóficas. Lectura de Recuerdos de Tagore, con los añadidos de una introducción y un epílogo inexistentes en su primera aparición. Bien podría haber acudido a cualquiera del resto de obras de Tagore, y habría encontrado en ellas gran cantidad de material para reflexión. Entre los poemas, los cuentos, los aforismos… incluso podría haberme dirigido a los artículos sobre educación y la visión reformista del bengalí acerca de la cuestión en la India. Pero Recuerdos fue la primera que leí y coincidió en los años en que trabajaba sobre Comentarios a Unamuno, manifestando relaciones de fondo sobre las que no pude por menos que detenerme y tomar nota. 

Héctor Martínez

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