10/02/2009

MARTÍN GÓMEZ APARICIO

Posted in Poesía tagged a 1:06 por retratoliterario

Toledano, con americana, corbata y camisa blanca, colgando las gafas del cuello, excepto para leer, y cierto perfil machadiano aunque parezca exageración. Así recuerdo a Martín Gómez Aparicio, desde la última vez que le vi en el kiosko de prensa de Monforte de Lemos, en 1998. Ese mismo año publicó, en Huerga y Fierro, sus Tribulaciones hispánicas, volumen que conocí de su puño y letra, leí junto a él, sobre el que opiné y ayudé a corregir. Y es que, por entonces, era hombre que aún llevaba sus obras entre cientos de papeles encerrados en una carpeta. Era de aquéllos que, al menor atisbo de hueco en el tiempo, sacaba las cuartillas para remirarlas, poner y quitar, releerlas… Fue regalo suyo un ejemplar en que me pidió ser “su amigo siempre y hasta un poco después”. Estando en ese “siempre” y en ese “hasta un poco después”, hoy le reservo espacio en la pequeña tribuna que me he procurado aquí.

Las Tribulaciones hispánicas es un libro, por raro que suene, de poesía social; y por extraño que resulte, sobre España, un tema que sólo los ojos que prefieren darle la espalda, no saben que sigue abierto. Con estos dos ejes, es fácil entender por qué los versos corren en formas sencillas de cuartetas y redondillas, alguna vez combinadas con amétricos cortos tetra o pentasílabos y asonancias. En parte, las estrofas de cuatro versos le llegan por sus continuas lecturas de Miguel Hernández, predilecto de Martín, y en especial, del poema El niño yuntero. De igual modo encontramos el moderno verso dodecasílabo, más largo, para los temas amorosos. El léxico tiende a lo elemental y cotidiano, como corresponde a una poesía social, aunque gusta Martín de introducir palabras “terruñeras” que, muchos, hoy día, no dudarían en calificar de cultas por desconocimiento. Pero, bien es verdad, que el poeta introduce cultismos mezclados con lo popular, donde se advierte un intento por trascender. Todo poema viene prologado con textos, en ocasiones líricos, de tono grave y alto, que portan la denuncia del verso, creando una magnífica combinación entre poesía y prosa a lo largo de todo el poemario.

Comienza el libro con una larga sección, Las olas escrutadoras, empleando el mar como elemento para simbolizar las diferencias de trato según la posición, la riqueza, la clase….:

(…) mi búsqueda del elemento sustitutivo: el mar, las olas… las olas del mar de todos los veranos. Ellas acogen y distinguen en su trato al bañista, dependiendo de lo que él merezca.

Bañan estas olas a un banquero, a un taxista, a un enfermo, a un invidente, un delincuente, un misógino, a un novillero y, por supuesto, al poeta. Predomina el verbo. Sea ejemplo, la Concentración y respeto para bañar al poeta:

Le iluminan

y culminan,

le inspiran,

no le conspiran,

no entorpecen,

agradecen

su voluntad creadora.

Mis aguas pulen el borde

de tu pluma generosa

que ordena con rima y prosa

las coordenadas del orbe.

La siguiente composición destacable es Viva inquietud, en cuartetas híbridas dedicadas a la lenta muerte de un ser querido al que se le diagnostica una enfermedad degenerativa. Aún vivo, pero palpando el final, inquieto el moribundo por irse, recibe el apoyo poético que le pide luchar, buscar aliento:

Sólo inquietud, no fallezcas,

tranquilo, medido, inerte,

sensaciones, aunque ciertas,

son de vida, ¡no de muerte!

Podría pensarse que estos versos escapan al tema social que domina el libro, y, sin embargo, es precisamente el dilema científico de estas enfermedades una de las lacras que se clavan en el alma del pueblo y lo desesperan cuando le muerden y se llevan por delante al vecino, al amigo, al familiar. La época que vivimos, entonces y ahora, inserta en su haber cientos de asociaciones y fundaciones de ayuda y lucha contra el cáncer, el alzheimer, el S.I.D.A y tantas otras donaciones y actos benéficos, llamadas de atención a la sociedad que convierten el tema en colectivo. De hecho, los versos de Martín no hablan de un moribundo concreto, sino que bien servirían como aliento para todo enfermo que se sienta desheredado de la vida.

A continuación surge el “tema de España” en su dimensión mitológica de “las dos Españas”. Acude el poeta al drama de la que llama “Guerra incivil”:

¿Cómo presentar un poema sobre una guerra que no debió acontecer? (…) Ya consumado, se abrieron boquetes en las tierras confusas, y ya agujereadas, que se convirtieron en fosas sin el más leve arcosolio; ignominiosa y conmovedora mancha perpetua para una nación, para quien yace dentro, y más aún, para quien ha de purgar su acción afuera.

¡Hijos vivos de España!… sigamos llorando, hasta apagar con nuestras lágrimas los rescoldos humeantes de lo que no debió ser…

Así, en redondillas, la primera parte de Maldita guerra incivil, une pasado y presente:

España sangra… y sangraba,

congoja en la sangre baldía

¡Asaltemos la abadía!

¡Mancha, Hurdes y Alcazaba!

¡España ya… ensangrentada!

Y en la cuarta parte, la disputa de siempre y por la que inútilmente mantenemos sin cicatrizar las heridas:

¿A quién culpamos de incruenta?

¿a militares de seda,

a cultura que se veda,

o a políticos de imprenta?

¿Culpamos a algún poeta,

a voz que desequilibre

al grito de España libre,

o a órdenes de corneta?

¿Acaso a unos milicianos

que en penuria de armamento,

por honrar predicamento

lo luchaban con sus manos?

(…)

Nunca más las “dos Españas”,

nunca ovaciones al muerto,

hombre al “saber”, a su huerto,

no enlabiarse por “hazañas”

Sin embargo, ese “nunca más las dos Españas” es insincero, pues el poeta sabe que existen dos Españas, no ideológicas, pero sí cotidianas: la mayor y la menor. Habla de “España menor” cuando se refiere al trabajador, a la familia, al ciudadano, al que paga por vivir y endeuda su aliento. Es la línea del poema a la España menor que sigue a la composición Maldita guerra incivil visto hace un momento. Seguimos hablando de España:

Este país, bendita España, viene lanzado por un abajadero sin obstáculos, hacia su conversión en un ábaco donde se moverán demasiadas bolas multicolores, pero a la vez, desgraciadamente opacas.

En este trozo de tierra (…) ahora cemento mecanizado (…) el siguiente suceso es imprevisible, y con certeza, ganará en “vileza” o “grandeza” al anterior.

Quiere el poema reunir en cada verso a hombres y mujeres (…) para que (…) puedan sacudirse el papel de “marionetas abigarradas”.

Recuerdo que Martín vivía atravesado por un quebranto a causa del cómodo sueño histórico de España y su pueblo. El mismo dormir que acusaron románticos y noventayochistas de un pueblo envilecido en el vicio de la ignorancia, con su pan para comer y su hambre para el mañana, puesto voluntariamente bajo la bota de dominadores representantes que hacen y deshacen a espaldas de la tierra:

Mi España “menor” dormida,

la revolución pendiente,

pues ningún volcán con vida

ha dormido eternamente

Es lógico que a esta composición le siga el antimonárquico Audiencia irreal y la Crónica de un ciudadano, repaso, ésta última, del Madrid y sus alcaldes -de los que sólo libra al rey-alcalde Carlos III y a Tierno-Galván.

El tono social culmina con la que creo mejor composición de todo el libro: Segadores de “soles”, que engarza con aquél Jornaleros de pies quebrados, y el Aceituneros en cuartetas aconsonantadas de Vientos del pueblo de Miguel Hernández. Al caso, Martín Gómez Aparicio compone en alejandrinos con pie quebrado, el tema del campesinado, de su “obrero del sembrado”, más olvidado que nunca en nuestros actuales poetas urbanos:

Ante el astro naciente escondéis la pereza,

mutiláis a la tierra con hoces y sudores

de las mieses inertes amputáis la cabeza

como los gladiadores.

(…)

Creed trabajadores, el afán no os engaña,

aunque abracéis el alba, sudando mocedades

al derribar las mieses, y burlar la espadaña

burláis las soledades.

Sabed proletariados, de la frente asurcada,

que por afilar hoces, y blandir guadaña,

y arrancarle a la tierra su grandeza callada,

alimentáis a España.

En cierto modo, Martín recupera el campo para la poesía, o la poesía para el campo, toda vez que éste marchó a la ciudad y la ciudad olvidó que existe. Cuando hablamos de los obreros, se nos pasa que siguen existiendo agricultores y campos arados. Por esto, no a pocos les sonará arcaico ver aparecer “segadores” y “campesinos” en poemas de finales del s. XX. Pareciera que los campos se cultivan solos entre tanta tecnología contemporánea.

Junto a Segadores de “soles”, otro poema destaca por su valía. Un poema que, a pesar del intento del poeta por acercarlo a lo social, queda descolgado. Tribulaciones en el amor apunta a lo amoroso, a su comienzo, al intento de mantenerlo vivo y su fracaso final, combinando dodecasílabos con endecasílabos, entre rimas híbridas. Me siento incapaz de escoger en la composición unas estrofas más que otras, al formar un todo unitario de solicitud por parte de la amada con el repetido verso “y me pides… que lo intente nuevamente”, y de intentos por parte del amante que incesante, repite “pues lo intento…”. Debería, acaso, poner el poema completo, pero, como siempre, la extensión no lo recomienda. Quizás para otra vez.

No sé si el amigo de entonces recibirá este artículo de ahora en honor suyo. Intento saldar con ello una deuda impagable, unos meses de enseñanza humana por parte de un buen hombre con el agradecimiento por su antigua compañía, por su afecto y confianza, haciendo mía su voz por un momento para servir como eco que no se apague.

Héctor Martínez

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1 comentario »

  1. […] berreando- versos de Miguel Hernández, entre trago y trago. Aquello me recordó a un noble amigo, del que ya hablé una vez, con quien también me vi alguna vez releyendo al alicantino. Esa misma noche pensé que le debía […]


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