10/02/2009

OSCAR WILDE EN READING (I): “DE PROFUNDIS”

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“Los errores fatales de la vida no se deben a que seamos insensatos: un momento de insensatez puede ser nuestro mejor momento. Se deben a que somos lógicos”

Oscar Wilde

Oscar Wilde

Oscar Wilde

El autor de la novela El retrato de Dorian Gray -única novela que escribió-, de obras de teatro como La importancia de llamarse Ernesto y de cuentos tan conocidos como El fantasma de Canterville, dejó otras dos obras de muy diferentes géneros pero bien relacionadas entre sí: por un lado, el largo poema Balada de la cárcel de Reading, y por otro la epístola De profundis, escrita en la misma prisión.

Nunca han dejado de sorprenderme las ironías de la vida: tal nombre a una cárcel en la que se encierra a un escritor -“Reading”, tanto de la ciudad de Berkshire donde se ubicó, como del inglés, “leyendo”, aunque la pronunciación es distinta en cada caso-. Un escritor que, tras ser condenado a dos años de trabajos forzados (1895-1897), terminó arruinado. Dos años en los que, sin embargo, nos entregó lo más íntimo de sí mismo, pese a que hoy lo publiquemos junto al resto de sus obras.

El género habitual donde cabe encontrar De profundis es el ensayo, por su fondo, aunque por su forma entraría en lo epistolar. Y, ciertamente, empieza y acaba como esto último, mientras que el verdadero cuerpo del texto se extiende en una honda reflexión sobre el amor, la amistad, la vida en prisión, el significado del Cristo o el arte -incluso sobre sus propias obras, que no elude para significar sentimientos y pensamientos.

La carta se dirige a Bosie -Alfred Douglas, hijo de los marqueses de Queensberry-, con quien sostuvo una de esas difíciles relaciones que acaban por destruir a uno de los amantes -a veces a los dos-. De esas incomprensibles relaciones que se extienden en el tiempo a pesar de los desplantes y dolores. Y Wilde pone sobre el papel, como alegato posterior al proceso, todo el resentimiento que le habita por haberse visto traicionado una y otra vez. Ahora bien, no tanto por parte de Bosie, que es la parte más obvia de comprender, como por parte del propio Oscar Wilde. Tal y como nos dijo Pedro Salinas, el primer destinatario de una carta es su propio autor: en el caso de Wilde, la traición que más le humilla es la de su propia voluntad, su incapacidad resolutiva de alejarse de Bossie definitivamente. Se sabe utilizado por el egoísmo sordo de Bosie en su enfrentamiento con el marqués, su padre. Pero aún más se le clava en el ánimo, y en retales lo deja escapar en la carta, el haberse dejado utilizar. Wilde está en medio de toda esa batalla familiar. Las más de las veces reprocha a Bosie su pasividad, a la marquesa, la debilidad de no haber hablado con Bossie, y al padre toda la violencia ejercida contra él. Entremedias, Wilde camufla su destructiva actitud como declaración de amor:

Pero más que nada me culpo de la total degradación ética en que permití que me sumieras. La base del carácter es la fuerza de voluntad, y la mía se plegó absolutamente a la tuya. Suena grotesco, pero no por ello es menos cierto.

(…) En tu caso, había que ceder ante ti o dejarte. No cabía otra alternativa. Por cariño hacia ti, profundo aunque equivocado

O en otras ocasiones:

Los dioses son extraños. No sólo de nuestros vicios hacen instrumentos con que flagelarnos. Nos llevan a la ruina con lo que en nosotros hay de bueno, de amable, de humano, de amoroso. De no haber sido por mi piedad y mi afecto hacia ti y los tuyos, yo no estaría ahora llorando en este lugar terrible.

Sin embargo, hay momentos en que no lo disculpa con el amor o el cariño:

Ciegamente avancé como un buey al matadero. Había cometido un error psicológico colosal. Siempre había pensado que el ceder ante ti en las cosas menudas no significaba nada: que cuando llegase un gran momento podría reafirmar mi fuerza de voluntad en su superioridad natural. No fue así. En el gran momento mi fuerza de voluntad me falló por completo.

O por ejemplo:

Tengo que decirme que ni tú ni tu padre, multiplicados por mil, podríais haber arruinado a un hombre como yo; que yo me arruiné; y que nadie, ni grande ni pequeño, se arruina si no es por su propia mano.

Una y otra vez perdona y disculpa los desmanes. Una y otra vez cree en la sinceridad del corazón del amante, incluso cuando éste sale fiador ante el abogado de Wilde. Sólo en la cárcel, cuando logra una forzada separación de Bosie, comprende lo ocurrido en su alrededor, pero, sobre todo, en su interior.

Es su interior y el sí mismo lo único en lo que puede apoyarse en prisión. Es esto lo que revela en su escrito más allá del “culebrón” por uno de los juicios más sonados en la Inglaterra de fines del s. XIX: el interior de un hombre en presidio:

Para nosotros el tiempo en sí no avanza. Gira. Parece dar vueltas en torno a un único centro de dolor. La inmovilidad paralizante de una vida regulada en cada una de sus circunstancias según un patrón invariable, de forma que comemos y bebemos, caminamos y nos acostamos y rezamos, o por lo menos nos arrodillamos en oración, conforme a las leyes inflexibles de una fórmula de hierro: esa inmovilidad, que hace que cada día terrible sea igual a los demás hasta en el menor detalle (…) Para nosotros sólo hay una estación, la estación del Dolor. Es como si hasta el sol y la luna nos los hubieran quitado. Afuera el día podrá ser azul y oro, pero la luz que se filtra por el grueso vidrio del ventanuco enrejado que tenemos encima es gris y miserable.

En la celda siempre es atardecer, como en el corazón es siempre medianoche. Y en la esfera del pensamiento, no menos que en la esfera del tiempo, ya no hay movimiento.

Se trata de una condena de dos años, esas condenas que llamamos “cortas”, y que nos parecen poco a los que, desde fuera, vemos que el tiempo pasa volando entre los quehaceres de distintos días. Los que no hemos pisado una prisión, ¿nos hemos planteado alguna vez si vivir una invariabilidad tal durante dos años se puede sentir como algo breve? ¿No hemos sufrido alguna vez, un solo día de completo hastío en que las horas parecían no caminar? Imaginemos dos años así y podría cambiar nuestra perspectiva. Las dos maneras que hay de mirar la cárcel, desde el que la conoce por dentro y desde el que la ignora desde fuera, y de la que toma Wilde perfecta cuenta:

Los pobres son más sabios, más caritativos, más bondadosos, más sensibles que nosotros. A sus ojos la cárcel es una tragedia en la vida de un hombre, un infortunio, un percance, algo que reclama la solidaridad de los demás. Hablan del que está encarcelado, y no dicen sino que está «en un apuro». Es la expresión que usan siempre, y lleva dentro la sabiduría perfecta del Amor. En la gente de nuestro rango no es así. Entre nosotros la cárcel te hace un paria. Yo, y la gente como yo, apenas si tenemos derecho al aire y al sol. Nuestra presencia contamina los placeres de los demás. Nadie nos acoge cuando reaparecemos. Revisitar los atisbos de la luna no es para nosotros.

Y unas páginas más allá:

Muchos hombres excarcelados sacan consigo la prisión al aire, la ocultan como una infamia secreta en el corazón, y al cabo, como pobres cosas envenenadas, se arrastran a morir en un rincón. Es penoso que tengan que hacerlo, y es malo, muy malo, que la Sociedad los obligue a hacerlo. La Sociedad se arroga el derecho de infligir castigos atroces al individuo, pero también tiene el vicio supremo de la superficialidad, y no alcanza a darse cuenta de lo que ha hecho. Cuando el castigo del hombre termina, la Sociedad le deja a sus recursos: es decir, le abandona en el preciso momento en que empieza su deber más alto para con él.

O lo que es lo mismo, la siempre mirada desconfiada y superior hacia el convicto, hacia el que alguna vez estuvo en prisión, quien, aun cuando haya cumplido su pena y pasado su particular calvario, todavía encontrará más trabas para rehacer la vida fuera. Losa que la sociedad le hace cargar sobre sus hombros hasta el fin de sus días y que le hace moroso de una deuda eterna insalvable a pesar de haber enmendado. Pasar por prisión como algo de lo que uno debe avergonzarse, ocultar e incluso olvidar, para evitar ese escarnio público de los que, en el exterior, se consideran moralmente mejores, aunque la diferencia puede ser, simplemente, que a unos los han detenido y a otros no, o que algo, de pronto, se ha convertido en delito y antes no lo era. La actitud que lleva al pensamiento absurdo de creer que dentro de las celdas están los “malos” y fuera de los muros están los “buenos”, sin caer en la cuenta de que el dentro se nutre del afuera. Oscar Wilde descubre que tal “vergüenza” del preso no debe ocurrir si se quiere que aquello cobre algún sentido o preste algún servicio a la vida:

El hecho de haber sido preso común de un presidio común yo lo tengo que aceptar francamente, y, por curioso que pueda parecerte, una de las cosas que tendré que aprender yo solo será a no avergonzarme de él. Debo aceptarlo como un castigo, y, si uno se avergüenza de haber sido castigado, el castigo no le habrá servido de nada.

Wilde, sin embargo, se sabe un preso poco común e incluso envidia a sus compañeros de presidio, primero porque a Wilde todavía le quedaba arruinarse con el embargo de sus bienes, su casa, su biblioteca. Faltaba recibir el golpe de ver cómo le arrebataban a sus hijos y perdía amigos. Es decir, era alguien que tenía todo para perder al verse convertido en carne de presidio, mientras que a:

Otros desgraciados, cuando los meten en la cárcel, aunque despojados de la belleza del mundo, al menos están a salvo, en alguna medida, de los golpes más mortíferos del mundo, de sus dardos más temibles. Pueden ocultarse en lo oscuro de sus celdas, y de su propia desgracia hacer como un santuario. El mundo, una vez que ha conseguido lo que quería, sigue su camino, y a ellos les deja sufrir en paz.

En segundo lugar, los envidia porque, cuando piensa en su libertad, al no ser un desconocido anónimo:

(…) para mí «el mundo se ha reducido a la anchura de una mano», y dondequiera que vaya mi nombre está escrito con plomo sobre las peñas. Porque yo no he venido de la oscuridad a la notoriedad momentánea del delito, sino de una especie de eternidad de fama a una especie de eternidad de infamia

Y entremedias del entrar y del salir de la prisión está aquel pasaje del texto que no pasa desapercibido a nadie por su autenticidad:

(…) de cómo pasa de despacio el tiempo para los que estamos en la cárcel no hace falta que vuelva a hablar, ni del cansancio y la desesperación que se te filtran en la celda, y en la celda del corazón, con una insistencia tan extraña que tiene uno, por así decirlo, que engalanar y barrer la casa para recibirlos como para un invitado inoportuno, o un amo acerbo, o un esclavo del cual fuera uno esclavo por suerte o por desgracia. Y, aunque en el presente te cueste creerlo, no por ello es menos cierto que para ti, que vives con libertad, comodidad y ocio, es más fácil aprender las lecciones de la Humildad que para mí, que empiezo el día hincándome de rodillas y fregando el suelo de mi celda. (…) Lo más terrible no es que te rompa el corazón -los corazones están hechos para romperse-, sino que te lo petrifica. A veces se tiene la impresión de que sólo con una frente de bronce y labios de desdén es posible llegar al final del día.

Podrá pensar el lector que Oscar Wilde deriva hacia el victimismo del sufrimiento presidiario en tonos elitistas. Todo lo contrario. Con su testimonio narra el padecimiento de la, intencionadamente, desconocida vida cotidiana tras los muros y barrotes, pero también el valor de ese dolor y de ese sufrir, la lucha por evitar que se hiele el corazón para soportarlo e impedir que el gesto fúnebre y de duelo se apodere del rostro frente a los amigos. Termina por asociar, en honda reflexión, el dolor a una verdad sin máscara, a una esencia del Arte y del artista, a la unión indisoluble entre cuerpo y alma expresando el primero a la segunda, a una verdadera proximidad al misterio de la vida:

(…) el dolor, por ser la emoción suprema de que el hombre es capaz, es a la vez el tipo y la prueba de todo gran Arte. Lo que el artista va siempre buscando es ese modo de existencia en el que alma y cuerpo son una unidad indivisible; en el que lo exterior es expresivo de lo interior; en el que la Forma revela. (…) tras el Dolor siempre hay Dolor. La Pena, a diferencia del Placer, no lleva mascara. (…) La verdad en el Arte es la unidad de la cosa consigo misma; lo exterior hecho expresivo de lo interior; el alma encarnada; el cuerpo movido por el espíritu. Por eso no hay verdad comparable al Dolor. Hay momentos en que el Dolor me parece ser la única verdad.

Y es que:

He dicho que tras el Dolor hay siempre Dolor. Aún más sensato sería decir que tras el dolor hay siempre un alma.

A partir de este punto clave, de esta revelación de una “nueva vida” -la vita nuova del Dante con su bajada a los infiernos- a la que se enfrenta, comienza la parte ensayística que se funde con el género epistolar sobre la esencia del dolor, el dolor en sus propias obras, la comparación de la vida de Cristo con la verdadera vida del artista… Son, bajo mi punto de vista, las páginas que siguen, las más jugosas y sinceras que Oscar Wilde escribió en toda su vida.

Oscar Wilde quiso darle todos los tintes supremos que indicaran el tono multitudinario del destinatario, incluso religioso y trascendente, que se alcanzaba en la carta, titulándola Encíclica in carcere et vinculis y se procuró dos copias por medio de su amigo Robert Ross, una para enviar y otra para guardar, ante la posibilidad, sucedida, de que Bosie negara haberla recibido o incluso negara su existencia.

Aquella “vita nuova”, en realidad, nunca llegó. El Wilde de los tres últimos años tras Reading era un hombre acabado y hundido, que, incluso, retomó su vida con Bosie, quien le abandonaría definitivamente en diciembre de 1897. También ocultó su nombre haciéndose llamar Sebastián Melmoth, a pesar de su convencimiento de no avergonzarse. Todo como algo que ya estaba profetizado con una sencilla frase en De profundis:

Esta vida nueva, como por mi amor a Dante me gusta a veces llamarla, por supuesto que no es ninguna vida nueva, sino sencillamente la continuación, por desarrollo y evolución, de mi vida anterior

Una evolución -o involución- del esteticismo a la más absoluta decadencia. Absorbido por la obsesión de la prisión, surgirá Balada de la cárcel de Reading, de la que me ocuparé en una segunda parte de este artículo sobre el paso de Oscar Wilde por prisión[1].

Héctor Martínez


[1]  La segunda parte o continuación que se refiere al final del texto, se encuentra en la sección poesía, p.48, bajo el título “Oscar Wilde en Reading (II): Balada de la cárcel”, de la presente compilación.

 

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