10/02/2009

RAGNARÖK, O EL DESTINO DE LOS DIOSES (Notas sobre “El Muérdago”, de Ignacio Pajón Leyra)

Posted in Teatro tagged , a 13:00 por retratoliterario

Ignacio Pajón Leyra

Ignacio Pajón Leyra

La primera pieza dramática de Ignacio Pajón Leyra tras su declaración de intenciones en la Fenomenología de la Incertidumbre, nos coloca como público de un destino condenatorio. Sería más sencillo adjudicarle una intención anti-belicista o la proclama de renovación en los proyectos éticos. Sin embargo, el alcance de El Muérdago está muy por encima del mero replanteamiento de los valores de la cultura occidental o de un juicio categórico del hoy. Es más, esas lecturas que, como patrón de corte para la crítica, sirven a cualquier obra, por pésima que sea, de mascarada, no pueden hacerse con sensatez sobre la obra que nos traemos entre manos. Mientras que algunos han tomado como relevante la renovación y regeneración de la vida, precisamente lo que la obra deja en el aire, sin embargo es la cuestión del “destino” la que desde el principio y hasta el final se desarrolla. No se puede ignorar la insistencia del autor en la entrada de la noche, de algún timbre de reloj lejano, el Walhala decrépito, envejecido, mohoso y estancado. Son las palabras de Tyr, al comienzo de la obra, las que delatan estos dos planos: por un lado, sobre la cuestión del “destino” y la introducción del tiempo en un Walhala de existencia eterna:

Ni un gramo de vida hay entre estos muros. Placer sí, pero no vida, porque nos creímos superiores a la vida. Por eso estamos siempre rodeados por las almas de los muertos en combate: porque no hay vida. Ni tampoco libertad, ni pensamiento, ni juventud, ni creación, ni origen.

¡Origen! Origen es lo que todo Asgard necesita: un origen nuevo (…)

Llegó nuestra decadencia. Ahora hay otros que también tratan de llamar nuestra atención pero no los escuchamos. Dicen que incluso Odín tiene las horas contadas. Que todo nuestro sistema y nuestro mundo tendrá su fin. Y pronuncian esa palabra que más parece un graznido de cuervo: Ragnarök.

Por otro lado, lo que ha de venir tras el cumplimiento del destino:

Si es verdad lo que dicen, habría que pensar en construir ya lo que vendrá después para que cuando todo caiga no nos encontremos sin nada y no sucumbamos con ese todo que desaparece.

Lo último sólo es anunciado en la obra, que sobre todo, trabaja en ese tener las horas contadas un dios como Odín y un mundo de eternidad como el del Walhala. Un rey que, sobre el tablero de ajedrez ante el que comienza la obra, ha de caer en tres movimientos, aunque tarda en caer: el de Odín frente a la cabeza de Mymir. La obra tiene como eje el Ragnarök[1], del que únicamente nos cuenta el preludio, las artimañas de Loki para con el heredero de Odín, Baldr. El resto, contenido en las profecías y la batalla final que llevará al fin de los dioses, está ya escrito desde el momento del juramento en el banquete. Podríamos decir que si ya está escrito y fijado el destino, tal como sentencian las Nornas –Parcas-, no hacía falta que Pajón Leyra lo escribiera. Sólo el preludio no parece estar escrito. Sólo en él parece haber opciones, aunque sean inalcanzables cuando sólo las ve la cabeza de gigante Mymir que ni siquiera puede cambiar un mueble de sitio:

Los acontecimientos del mundo son demasiado rápidos y toman un mal cariz, y mi capacidad de intervención en ellos se limita a unas advertencias que no encuentran oídos que las escuchen. Esto, que ha sido durante años lo que me garantizó la vida, me tortura hoy como nunca antes. Parece que en este mundo de sinrazón el precio de llegar a entenderlo es no poder ayudar a arreglarlo.

Que la obra sólo nos muestre el preludio no es cuestión de Pajón Leyra, sino asunto de las Parcas. A partir de aquí, contemplamos ese destino de los dioses como algo funesto y fatal, que rechaza todo el Walhala y que sólo Mymir, y acaso Baldr, asumen dentro de sí como una incertidumbre. Así conversa Baldr con su madre Frigg:

Algo hay que quiero no deber, y debo, y algo que debo no querer y quiero. Y al final ya no sé qué es lo debido.

Y le cuenta su sueño funesto en que las Nornas le hablaban. El sueño de Baldr, que comienza con un paso firme sobre las montañas, pasa por la inseguridad, por la indecisión hasta la caída junto a las Nornas. Lo que Baldr está narrando en esta conversación con su madre es el deber ser de un destino que él no quiere, pero que las Nornas, con su rueca, le advierten. Un destino que va a ser, pues, como sentencia una de ellas, en el segundo acto:

Lo que tiene que ser no necesita ser invitado para acabar siendo.

Las Nornas son las no invitadas a esa anochecida, a ese crepúsculo de los dioses, a ese acabarse, envejecer y decrepitar de una existencia que, siendo eterna, ya sólo sabe vivir en un pasado de anécdotas bélicas:

El resto de los dioses sólo sabe contar una y otra vez las mismas anécdotas vacías y las historias de batallas que ya conocemos. Sus palabras son mohosas y estancadas, nos duermen y paralizan nuestras imaginaciones.

Dice Vali a Baldr en el primer acto. Y en el segundo, Heimdalr suelta un “al menos”, un suspiro en la monotonía, un consuelo dentro de la decadencia eterna:

Al menos sirven para romper la monotonía de esta existencia eterna.

Pero cae la condena de Loki en el segundo acto, hablando de vino y comida, del placer que hay en el Walhala, como sustituto de la vida según decía Tyr al comienzo:

Todas las existencias terminan por acabarse tarde o temprano.

Todas las existencias, todas ellas, incluso las eternas existencias sumidas en la monotonía de la sola posibilidad anecdótica del pasado anquilosado, estancado, envejecedor. ¡Ragnarök!, gritaríamos. Un crepúsculo, sin embargo, que es traído con la imagen de la noche y el cuervo que anuncian el fin:

La noche se ha vuelto oscura en Asgard. No hay viento. Se oye lejano el graznido de un cuervo.

Las últimas palabras de Baldr y las condenas de Hödr, el ciego que ve en los dominios de Hel, ya en el acto tercero, vuelven a traer el tiempo como yugo, como fin, como acabar y terminar de todas las existencias. Dice Baldr:

No necesito poder, padre. Necesito tiempo. Tiempo para lograr lo que quiero. Y al menos aquí tiempo me va a sobrar.

Y Hödr primero exhorta a todo el Walhala:

Habéis sido un laste para la historia, y ahora vais a desaparecer. Sucumbiréis a vuestra propia avaricia. Vuestro exceso será al tiempo delito, sentencia y pena. Es tarde. No os queda tiempo.

Es tarde, no os queda tiempo. ¿Puede hacérsele tarde a un dios? ¿Puede no quedarle tiempo? ¿Puede ser un lastre para una historia que no conoce, que no construye, una historia anecdótica y anquilosada? Y después la condena de Odín, cuando cae el rey de la partida de ajedrez que Mymir jugaba al comienzo con el dios, un final de partida que se anunciaba en tres movimientos; y en tres actos sucede el crepúsculo de los dioses del Walhala:

Para algunos ya es tarde. Sobre todo para ti. Tú ya no eres nada. Ya no tienes ni nombre. ¡Tiembla! ¡Tiembla! El final de tu tiranía está tocando. Ya ha nacido el gallo que cantará el amanecer de tu ocaso (…) Ya lo veo claro. Ya conozco tu destino. Ya nadie tendrá miedo de desafiar tu poder. Todo llega a su fin. El ciclo se cierra. ¡Deja paso a un mundo sin ti! ¡Tiembla! ¡Tiembla! ¡Tiembla! ¡Ragnarök!

Se romperá la monotonía de una existencia eterna, se acabará lo anecdótico. El Walhala, que durante toda la obra está sujeto al tedio de la inmortalidad, de lo no contenido en el tiempo, del sin principio y sin fin, cede, no por fuera, sino por dentro. Así sentencia Thor al Walhala:

Los dioses no parecen sentir el paso de los años y el palacio aparenta estar recién construido. Cuanto a lo largo del día se desgaste o se desluce, aparece renovado al pasar la noche. De este modo el Walhala se mantiene siempre en pie y los dioses confían en su inmortalidad. Pero tanto el uno como los otros envejecen por dentro.

Lo inmortal no se libra de envejecer por dentro, de corromperse. Lo que en el día se desluce, en la noche se renueva. Pero renovar no quiere decir que vuelva a ser lo que antes de deslucir; la re-novación no tiene porque significar perpetuar lo mismo. Puede conllevar el cambio, el suceder, el durar… un descanso eterno, el comienzo que un cuervo anuncia y el final que cantará un gallo tras otro, uno a los dioses, otro a los gigantes y un tercero a los muertos de Hel.

Insisto, entonces, en el marcado sentido de preludio que la obra de Pajón Leyra muestra. Preludio de un cambio, sí, de una renovación y una regeneración, sí. Pero no podemos confundir el preludio con el cambio que vaticina. Una cosa es que nazca el gallo que cantará el amanecer del ocaso, que anunciará el cambio, y otra cosa es que el gallo cante. Pajón Leyra nos habla del nacimiento de ese gallo, no de su canto. No canta, preludia el canto. El autor no puede obligar al gallo a que cante ni decirle cómo o cuándo ha de hacerlo. Ese canto, al fin y al cabo anunciado, sigue siendo inesperado y desconocido. Sólo que ahora también alcanza a los dioses y su hogar. El tiempo hace mella en la eternidad, vuelve todo mortal, con principio y fin, destinado a acabar. La rueca del tiempo gira ahora también para el Walhala y sus habitantes, y no sólo para las almas de los no muertos, del público que contempla la obra.

Un nuevo Origen, exigía Tyr en su monólogo, al comienzo de la obra. Y qué mejor origen para las existencias eternas que el que el tiempo les depare. Qué mejor que tomar de aquello que a los muertos sobra: tiempo. Hay que empezar a invitar a nuestras celebraciones a las Parcas, aunque vengan sin necesidad de ser invitadas; pues es en una celebración donde se decide todo el destino.

Héctor Martínez

 

[1]

En adelante Ragnarök será traducido por “destino” y por “crepúsculo” indistintamente, al tener en ambos la nota temporal que pretendo resaltar. Ha de saberse, sin embargo, que hay una transforamción de rök (sino o destino) en rokkr (crepúsculo) a partir del siglo XIII entre los poeta nórdicos, que después sería popularizado en las artes germanas que acudieron a los mitos.

 


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1 comentario »

  1. […] de Ignacio Pajón Leyra. Así, de su Fenomenología de la incertidumbre (Fundamentos, 2002), de El muérdago (Fundamentos, 2002) y de Cualquier lugar, cualquier día (ATT, 2006), obra, ésta última, […]


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