10/02/2009

SOBRE EL ROMANCE

Posted in Una clase de métrica tagged , , , a 1:16 por retratoliterario

El último texto que publiqué fue Sobre el soneto, y de él me ha surgido la idea de recorrer las estructuras estróficas que más se han trabajado en nuestro idioma y mayores logros han obtenido. En esta línea, no podría dejar de figurar el Romance -pese a no ser una estrofa definida-, cuyo origen es netamente español.

Podemos datarlos, siguiendo a Menéndez Pidal, en el s. XIV a raíz de los antiguos Cantares de Gesta[1] -uno de los ejemplos más conocidos es El Cantar de Mio Cid-. Como es sabido, estos conformaban poemas narrativos sobre hazañas de héroes -gestas-, cantadas por los juglares. Dado que los Cantares estaban sujetos a los recursos para la transmisión oral, no presentaban una medida de verso regular, extendiéndose de doce a veinte sílabas con hemistiquio, es decir, con división en dos partes del mismo verso, formando tiradas monorrimas. Reordenando los versos por la cesura que separaba cada hemistiquio y contándolos como versos diferentes, surgen los primeros romances de verso más corto y rima en los pares dejando libres los impares, aunque en ellos persiste la irregularidad heredada del Cantar. Del mismo modo, continúa en ellos la temática épica y la sencillez para su memorización, así como el anonimato al no nacer por escrito, permitiendo esto el hecho de que puedan existir variaciones del mismo texto una vez transcritos. En muchos de ellos, la función que cumplían sería lo que hoy consideraríamos “informativo”, acerca de las batallas en las fronteras y otros hechos -dando lugar a los Romances fronterizos- subrayados por un gran dramatismo y, en ocasiones, de secuencias dialogadas. Estos romances, reunidos en romanceros y cancioneros, formaron el conjunto que se llama Romancero viejo y que recoge todas las composiciones con dicha estructura y características hasta el s. XVI. Ejemplos son el Romance del prisionero o el Romance de Abenámar y el Cancionero de Estuñiga.

A partir del s. XVI -el Romancero nuevo– como estructura estrófica sin límite de versos, empieza a cultivarse de forma más cuidada, ampliando el campo temático a los sentimientos, y con autores reconocibles. Sin embargo, estamos ante una composición que nunca abandonó su preferencia en lo popular frente a los temas cultos -al que se dedicaba, preferentemente, el soneto-, no sin excepciones, y cuya reminiscencia dialógica y la entrada de personajes consentía su igual consagración en el teatro. Nombres como Calderón de la Barca, San Juan, Góngora, Quevedo, Lope de Vega, Tirso, Moratín, Duque de Rivas, Espronceda, Machado, Juan Ramón Jiménez, o Lorca han dado grandes obras en romance.

El Romance propiamente dicho consiste en una serie indefinida de versos octosílabos con rima asonante en los pares dejando libres los impares (-a-a-a-a…). Es fácil ver una de sus mayores ventajas al poder alargarse según la necesidad del tema sin precisar añadidos para completarlo. La segunda ventaja es la rima asonante, más natural y que simplifica los problemas de ritmo, abriendo, al mismo tiempo, el campo del léxico cara el final de los versos junto a la posibilidad de un sonido más flexible.

Pero, como suele ocurrir, de la estructura académica de octosílabos los Romances se ramifican en una serie de variaciones como el Romancillo, penta o hexasilábico, la Endecha en heptasílabos, y el Romance heroico en el verso endecasílabo. Fundamentalmente, el Barroco elevó el prestigio del Romance -más que otros el hexasílabo- en manos, por ejemplo, de Góngora. El s. XVIII da muestras de Endechas y el Romancillo rococó en Meléndez Valdés así como Romances heróicos, por ejemplo, en La toma de Granada de Moratín (Leandro). Aunque, sin duda alguna, el siglo de los Romances es el s. XIX antes y durante el Romanticismo, con preferencia sobre la medida de ocho, once y doce sílabas: pueden encontrarse Romances propios del preromanticismo en Cristóbal de Beña o en Martínez de la Rosa; en Hartzenbusch, Ros de Olano o en los Romances históricos y El moro expósito -romances heroicos- del Duque de Rivas, así como el romance octosolábico con que abre Espronceda su magno El estudiante de Salamanca -auténtico ejemplo de polimetría característica del romanticismo. Por último, en el s. XX no podemos olvidar La tierra de Alvargonzález de Antonio Machado, la principalidad que le otorga Juan Ramón Jiménez en su obra y estudios, y, por supuesto, el Romancero gitano de Lorca, cuyos versos resuenan hasta en bocas que jamás le han leído -desde aquél “verde que te quiero verde” del Romance Sonámbulo, “el niño la mira, mira/el niño la está mirando” del dedicado a la Luna etc.-, como si algo de la juglaría original recuperara en sus tonos populares y melodiosos.

Los temas recorren un amplio espectro, aunque tienen mayor presencia los asuntos épicos o históricos -ya se refieran a una crónica o suceso, ya a una gesta bélica, a un acontecimiento que marcó una época- con marcados caracteres trágicos si entrelazan con temáticas sentimentales. Acaso sea porque, no obstante y a pesar de su sencillez, el Romance requiere de la capacidad narrativa en verso, esto es, de traer al papel acciones, personajes e, incluso, escenas. Por otro lado, si bien no exige abundancia de recursos, es cierto que gracias a ellos resulta más intenso y vivaz. Se unen en él, por tanto, la función narrativa y poética, muy a tener en cuenta si a su práctica nos lanzamos.

Dejo aquí un Romance octosilábico mío, tal y como ya hiciera en el capítulo dedicado a los sonetos, sin que deba tomarse como ejemplo puro del metro empleado. Relato, a mi modo y mi interpretación, el episodio de Don Quijote contra el vizcaíno -cap. VIII y IX de la Primera Parte-, teniendo en cuenta que ese relato tiene gran carga épica y burlesca al mismo tiempo. Tomo la intensidad del verso final de Castilla compuesto en Silva por Manuel Machado -“-polvo, sudor y hierro-, el Cid cabalga”- y lo traigo a mi final:

Hacia el cielo levantada,

ya está la espada desnuda

que haría temblar abismos,

tierras, certezas y dudas;

sujeta bajo la mano

del de la Triste Figura,

  en alto el filo se yergue,

en alto, y desde la punta,

prepara el golpe triunfante

de esta sin par aventura;

Don Quijote, caballero,

que en su ignorancia profunda

llaman Alonso, hidalgo,

los bachilleres y curas,

tiene la mirada fría,

y el reflejo en la armadura

de un gallardo vizcaíno

con su muy poca fortuna;

tiene almohadón por escudo

el enemigo que jura

matar por su Dios mezquino

al héroe que no se asusta

de tal tajo que le lanza

a partirle la cintura;

peor fue la desatada

y la colérica furia

que, en La Mancha, Don Quijote

puso con su firme pluma

acertando en la cabeza

a medio caer de la mula;

así fue que al trote el jaco

dio al enemigo su fuga

sangrando por orificios

abiertos en esta lucha;

¿Entenderá el vizcaíno

que el Quijote derrumba

todo asomo de torpeza

que ilumina la cordura?

Cualquiera puede responder

a tan sencilla pregunta:

con polvo, sudor, con hierro

…el Ingenioso triunfa.

Héctor Martínez


[1] Frente a Menéndez Pidal, existen teorías llamadas “individualistas” que consideran el origen del Romance de forma independiente y paralela al Cantar de Gesta

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