10/02/2009

SOBRE EL SONETO

Posted in Una clase de métrica tagged a 1:10 por retratoliterario

Hablo como profesor, no como poeta, pues creo más aprovechable lo primero que lo segundo. Y es que, como poeta, mis esfuerzos por cultivar las formas clásicas y modernas también han caído en ir perdiendo, en algún verso, sílabas por no contarlas, una arriba o una abajo, junto a mi defecto adquirido de mezclar consonancia y asonancia, cuando no olvido unilateralmente la primera. Después del paseo que esta madrugada me di por el Libro de Arena leyendo sonetos de aquí para allá -¿qué habrá ocurrido esta noche para que florecieran tantos?-, he resuelto daros, ya digo que como profesor, unos apuntes que puedan ayudar a trabajar y mejorar este modo de composición estrófica. En todo caso, no conviene desesperar por la caída de una sílaba o el exceso de otra. Es la costumbre y la práctica la que nos meterá en el alma el ritmo que gobierna la composición para ya nunca necesitar mirarnos los dedos, pensar en el acento del verso, las diéresis, sinéresis, hiatos, diptongos o ir buscando la, en unos casos, sinalefa maldita que nos roba el endecasílabo, y en otros, tan bendita que nos lo regala.

Podemos situar el surgimiento del Soneto en los albores del Renacimiento, quizás un poco antes, según queramos creer que se origine con los trovadores de la lírica provenzal o en las pluma italianas. Si bien antes no existe rastro, a partir de los s. XV-XVI se reproduce con elegancia y maestría en las manos de grandes poetas que en su condescendencia lo auparon como estrofa fundamental. Entre ellos, Marqués de Santillana, Dante, Petrarca, Garcilaso, Shakespeare, Quevedo, Góngora y Lope, Ronsard, Baudelarie, Verlaine, Mallarmé etc. aportando cada uno variedades de soneto personalísimas.

Lo cierto es que se trata de una estructura reconocible a distancia por la disposición que presenta a la vista. Cuando contemplemos una construcción de catorce versos, distribuidos en dos estrofas de cuatro versos seguidos de dos de tres, sospecharemos estar ante un Soneto. Pero, como ya he dicho, existe variedad en su construcción. Si bien, la forma más clásica es la unión de dos cuartetos (ABBA) con dos tercetos y rima consonante, también existen sonetos con dos serventesios (ABAB) -se dice que fueron los primeros- o por combinación de cuarteto y serventesio, y una cierta libertad en la manera de ligar los tercetos (por ejemplo: CDE/CDE; CDC/CDC; CDC/DCD), prefiriéndose que en estos nunca se dé rima consecutiva.

De todas formas, no es difícil encontrar peculiaridades históricas de sonetos con más de catorce versos como el estrambote cervantino, debido a la necesidad de continuar la idea, pensamiento o sentimiento expuesto, con trece como en Rubén Darío terminando en puntos suspensivos que dan por entendida la continuación o apuntan el tono pensativo, con pareados en los tercetos a la manera francesa, o las formas inglesas que rehuyen los tercetos componiendo el final con un serventesio más y un pareado final. Hay quien invierte el orden e inicia con los grupos de tres versos -Verlaine- o quien los encadena en monorrima -Quevedo- o incluso independiza la rima entre los dos grupos de cuatro versos -las variaciones parnasianas ABBA CDDC, con cuartetos, llamado rima abrazada; también cruzada si formamos en serventesios ABAB CDCD.

La medida métrica no es cuestión ociosa. Debe pensarse que toda composición lírica se concibe para ser cantada, o al menos, recitada. Por tanto, no es la sílaba escrita la que cuenta, al modo de la nota en el pentagrama, sino que es la pronunciada oralmente la que se vuelve fundamental. Más aún en el soneto, cuya raíz etimológica nos remite a “sonido” y “son” (it. Sonetto y lat. sonus), esto es, armonía y melodía. La métrica en el soneto sigue la exigida del endecasílabo por los cuartetos, serventesios y tercetos. Ahora bien, no debe extrañarnos que en las épocas de reforma e innovación poética, demos con alteraciones como el soneto de arte menor o sonetillo, con un máximo de versos octosílabos en redondillas (abba) o cuartetas (abab) y tercetillas (a-a), dejando la puerta abierta al “pie quebrado” -soneto de cola-, o los heterosilábicos -también polimétricos- que combinan heptasílabos, eneasílabos y alejandrinos, como en el modernismo.

Estas libertades han dado lugar a un conglomerado de sonetos amétricos y blancos, esto es, sin una cuenta silábica regular o sin rima, marcando el ritmo de manera acentual similar al versículo.

Aunque el soneto es una composición estrófica fija, no se debe creer que es absolutamente rígida. Como estamos viendo permite cierto grado de juego flexible junto a los acentos rítmicos, las pausas reflexivas y los recursos como el encabalgamiento, los cuales consienten variar la relación entre las partes anudando y desuniendo los versos de cada grupo sin romper su esquema métrico. Así mismo, al poner en juego los recursos morfosintácticos -fundamentalmente los efectos asindéticos o polisindéticos o el uso de repetición como anáforas, anadiplosis, epanadiplosis y paralelismos- fonéticos -como las aliteraciones- o semánticos -metáforas, metonimias y sinécdoques- el soneto gana en fluidez y riqueza expresivas o en intensidad.

Por lo general, la estructura del soneto guarda directa relación con la estructura del contenido, de modo que se trasmita un pensamiento o emoción en los dos primeros grupos de cuatro versos y se concluya en los dos últimos de tres, aunque como es posible variar las relaciones entre los versos y la colocación de los grupos, se puede desarrollar la temática con gran libertad. Es decir, en modo alguno el buen poeta se siente constreñido por el soneto, sino que lo maneja a su gusto, con gran versatilidad y lo adapta a su necesidad, aprovechando las garantías de armonía que la técnica otorga, aunque haga falta, evidentemente, la dosis de genio, de inspiración, duende, sensibilidad, tacto o como quiera calificarse, que ha de poner el autor.

Dejo a los lectores un soneto mío de hace unos años, quizás no muy logrado, pero, de entre los pocos, el que creo mejor pese a sus imperfecciones:

Madrid, ¿qué sería yo sin tu Sierra

Coloreada de espumosa nieve,

Sin las faldas que coqueta remueve

 En pasos de baile sobre la tierra?

Entre sus riscos mi niñez se aferra

Cortada al filo del recuerdo breve,

Como la mísera gota que bebe

El viejo cuerpo que la edad entierra.

Juntos vencimos la erosión del viento,

De la lluvia, la vida y la memoria,

Por la fugaz ventana del momento;

 Y juntos vemos hoy nuestra victoria

Hecha jirones del roto lamento

Que suspira por repetir su historia

 

Héctor Martínez

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3 comentarios »

  1. Magdalena said,

    gracias por la información me gustaría mas Sonetos

  2. que as soneto metrico literal

  3. amelia said,

    Hacía mucho tiempo que no sabía nada de tí, pero hoy, un poco como de casualidad, he dado en encontrar tu página y, amante como soy de las formas poéticas clásicas, y sobre todo del soneto, aquí estoy leyendo tu docta exposición.

    Entiendo que el soneto es la forma estrófica más bella. Algo así como el sumun poético. A pesar de la rigidez que se le supone, es una estrofa muy versátil que permite muchos juegos tanto a nivel métrico, como semántico. Pero siempre en función de esa sonoridad tan específica del soneto. Y desde luego, si la mano que escribe la pluma logra la comunión con esta estructura estrófica, no hay otra que otorgue mayores satisfacciones.

    He escrito diversos sonetos, intentando ceñirme a la forma tradicional, cuidando todos los aspectos posibles, con mayor o menor fortuna. Y según los he ido escribiendo he comprendido que la esencia del soneto se haya en la perfecta combinación entre los factores que lo componen, pero sobre todo, está en su ritmo. El desarrollo rítimico va dando la impronta a esta estructura métrica. Ese ritmo lo confiere, evidentemente, la propia métrica de cada verso, la distribución de los ritmos acentuales (monorritmos o polirritmos), la perfecta sincronía de las estrofas que lo componen…

    Creo que, de todos los que he compuesto, este que te voy a dejar es el mejor -en realidad habría que decir el menos malo-, sin embargo, no está sujeto a rima, sino que es un soneto blanco. He cuidado al máximo la tendencia de los ritmos acentuales, he buscado el ritmo en la semántica y la retórica usadas, en la propia anáfora que lo define (en obertura y cierre), en el tono, en el propio vocabulario, en la sonoridad de cada palabra… Ya lo conoces, en algún momento me lo comentaste, pero hoy, que vuelvo por aquí, me gustaría dejártelo como comentario. ASí mismo, si me lo permites, te dejo otro soneto, este de mi abuelo, y que es, en sí mismo, una auténtica joyita…

    Pues eso.

    APENAS

    Apenas un atisbo del retoño

    que llora cuando besa el tallo, porque

    soñando ser el fruto y la promesa

    de flor que dure poco más de un día…

    apenas tanta vida no le colma

    si pierde el beso, al punto, cuando acaba

    en fruta yerta o míseros despojos

    al pie del mismo tallo en que amanece…

    apenas en tus manos, un instante,

    la flor arrebatada de su cuna

    no sabe de su suerte y su futuro…

    apenas, si la abrazas un momento,

    la pierdes en el último suspiro,

    y así pasó, sin darnos cuenta apenas.

    ….

    Y ahora, la joya prometida de mi abuelo (D. Fernando de Querol y Durán)

    EL SONETO

    Gargantilla nupcial en la que enfilan,
    bajo ardientes y púdicos rubores,
    catorce perlas; lid de trovadores
    do catorce combates se ventilan;

    clara constelación en que rutilan
    de catorce luceros los fulgores;
    pomo de esencia en que catorce flores
    sus aromas balsámicos destilan;

    manto en catorce franjas recamado;
    áureo cáliz de néctar, que, repleto,
    deja catorce gotas solamente…

    ¡Para un concepto noble y delicado
    no hay guarda más honrosa y eminente
    que el ingenioso estuche de un soneto!


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