10/02/2009

SOBRE LA SILVA

Posted in Una clase de métrica tagged , , a 1:23 por retratoliterario

Si hay un tipo de composición poética clásica y, al mismo tiempo, cercana al versolibrismo, sin duda es la Silva. Sin embargo, existe gran confusión con sus hermanos el Madrigal y la Estancia. También hay quien entiende que la Lira es de la familia, a pesar de que no es antiestrófica y tiene métrica definida, a saber, 7a 11B 7a 7b 11B. Las otras tres tienen por origen el Renacimiento italiano, y guardan formas similares a primera vista. Un análisis más hondo permite ver la complejidad de la Estancia frente a la Silva y el Madrigal, así como las sensibles diferencias entre las últimas.

La Estancia, introducida en España por Garcilaso de la Vega -por ejemplo a través de sus Églogas-, presenta una combinación de versos heptasílabos y endecasílabos, de rima consonante. Ahora bien, el esquema conformado en la primera estrofa debe ser continuado en las siguientes. Por otro lado, la Estancia consta de partes formales complejas que la distinguen: una primera llamada “Fronte”, de dos pies con rima común encadenada; una segunda llamada “Sirima”, introducida por un “Eslabón” que la une al “Fronte” ligando la rima por repetición de la del último verso de éste, y la continuación en pareados hasta una “Coda” de tres versos que, al mismo tiempo que retoma alguna rima de los pareados, introduce otra nueva. Veamos un ejemplo analizado: 

analisis-estancia

La Silva y el Madrigal comparten con la Estancia la combinación de heptasílabos y endecasílabos, pero están exentas de la autoridad estructural de la primera estrofa. Del mismo modo, no conllevan una división en partes, ni el límite de catorce versos de la Estancia. Silva y Madrigal siguen el gusto y la libre disposición del poeta en verso y rima, pudiendo darse versos libres.

Acaso, como suele decirse, el Madrigal, con principal representante en Gutierre de Cetina, tiene por propios cuatro rasgos definidores, a saber: extensión entre doce y veinte versos, final en pareado, temática más propia la amorosa o la pastoril, y especialmente concebido para el canto en la Italia del s. XVI -apunte coincidente con la Estancia. Conste, sin embargo, la existencia de Madrigales no amorosos, como el dedicado al Billete de tranvía de Alberti.

La Silva, por tanto, queda como la composición no estrófica menos normativa de las tres, constituyéndose a partir de la libre disposición de versos endecasílabos y heptasílabos, así como de las rimas consonantes, y una extensión indeterminada de versos. Su carácter antiestrófico y antipetrarquista sorprende, dentro del s. XVII, por su abundante uso junto al soneto. Pero no debemos olvidar que son los siglos de desarrollo del verso endecasílabo, razón muy probable de su fuerte presencia en el Barroco español desde uno de sus principales garantes, Góngora en sus Soledades, hasta los grandes conceptistas Quevedo y Lope, quienes la aplican a diversas temáticas, como la cómica de la Gatomaquia del último. Acaso es preciso subrayar la Silva pareada de Calderón de la Barca, cumbre culterana, perceptible, por ejemplo, en los parlamentos de La dama duende, con especial afecto por el dominio del endecasílabo.

La libertad que impera en la Silva ha permitido una gran variedad de estilos desde el uso exclusivo del octosílabo, hasta el total predominio del heptasílabo o el endecasílabo. También el Modernismo aportó sus propios caminos con la Silva de alejandrinos y eneasílabos, o la Silva arromanzada -mezcla de Silva y Romance- donde sólo se sigue rima en los versos pares en asonancia. Ésta última dio lugar a la aparición de las Silvas versolibristas libre y blanca durante el s. XX , fundamentadas especialmente en los ritmos yámbicos y trocáicos.

Personalmente, tengo gran aprecio a la Silva como un tipo de composición adecuada a las tendencias “novísimas” de la época sin olvidar los orígenes clásicos, perfectamente adaptable a cualquier temática, y en la que el poeta se vuelve decisivo y absolutamente responsable del resultado a la hora de optar por la disposición de metros, rimas y ritmos. Se trata, en mi opinión, de una de las formas poéticas en las que más inconscientemente un autor puede dejar impresas sus preferencias líricas al abandonarse al torrente de la intuición inspiradora sin preocupación, y dar a conocer una completa personalidad poética, coherente y diferenciada.

Parte de culpa de mi predilección por la Silva, bien pudiera achacarse a las Soledades de Antonio Machado -contra todo pronóstico académico sobre Campos de Castilla-, y en especial por la IV, En el entierro de un amigo -supuestamente dedicada al abuelo del clan-, como ejemplo de Silva arromanzada, tan fúnebre, intimista y metafísica, si cabe, como sencilla, humana y auténtica, cuyos versos,

Un golpe de ataúd en tierra es algo

perfectamente serio.

deberían gozar -juicio mío- de mayor estimación, no sólo estilística o literaria, sino, más aún, del acervo popular como verdades universales dichas tan coloquialmente.

A riesgo de comparación -que no cabría, por cierto- dejo al lector un ejemplo mío de Silva asonantada -pese al pareado inicial-, con reminiscencia machadiada en el primer verso -trocando “con las aguas de abril/y el sol de mayo” por “las lluvias de mayo”-, quizás con soniquete modernista por la rima asonante que sirve de enlace continuo -“-ó-“. El tema es, también machadiano, cercano a Al olmo seco, pero con otras connotaciones. De notar son, el predomino del endecasílabo y la estructura de rima repetitiva, introduciendo una nueva en cada cuarto verso, quedando, claro está, en la última serie, libre. (AABCb CcBDB dDBeb EEB-B)

Los geranios con la lluvia de mayo,

Pétalo blanco, rosa, firme tallo

Clavado en la tierra que riega el sol,

Piden todos que vuelvas, jardinero,

Con sabroso color.

El temblor del rosal aún no abierto

Es veleta del viento

Que gira sin flecha ni dirección,

En ronco silencio aguarda tu vuelta

y dar cara al norte entera su flor.

¿Dónde, amigo, te encuentras?

Preguntan las plantas altas y enhiestas

Colmando el aire con todo su olor,

Creen robadas tus manos

de ligero algodón.

No saben nada ni rosa y geranio,

De los que con ojos tristes lloramos

Y que al ver en ellas todo tu amor,

Nos traen tu viva, tu fuerte presencia

Rotas las penas en el corazón.

Héctor Martínez

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