10/02/2009

“SONATA DE OTOÑO”, VALLE-INCLÁN

Posted in Prosa tagged , a 12:30 por retratoliterario

Ramón Maria del Valle-Inclán

Ramón María del Valle-Inclán

El esperpéntico Valle-Inclán, el de las barbas de chivo, pelo largo, redondas lentes, delgado como él solo, con su poncho sobre el cuerpo, el segundo manco literario de España -como diría Rubén Darío-, es conocido por su teatro, ya Divinas palabras ya, y fundamentalmente, por las correrías de aquel Max Estrella y Don Latino de Hispalis en Luces de bohemia. Pero, ¿y los amoríos y asuntos novelísticos del Marqués de Bradomín?

Las amables memorias del Marqués, uno de sus primeros personajes más afamados, se narran en la serie Sonatas, publicadas ininterrumpidamente, una por año, desde 1902 hasta 1905. Para la crítica más académica, constituyen la cumbre modernista del género, tras el triunfo poético de Rubén Darío de su tierra acá. Pero, especialmente, quiero detenerme en la Sonata de otoño, primera en el conjunto, que, sin demérito al resto, me resulta la de mayor logro y eco literario.

Para quien guste de Darío, o, sobretodo del Machado de las Soledades, no pueden pasarle inadvertidas las imágenes y símbolos como la lluvia tras los cristales contemplada por dos niñas pequeñas, al modo del Recuerdo infantil machadiano, o la borbollante fuente que resuena continuamente a lo largo de la obra y los “mirtos talares” de la tarde clara, triste y soñolienta del poeta de torpe aliño. Acaso los palacios y la nomenclatura nobiliaria, la enamorada como una princesa triste, que a lo Darío, no se sabe que le pasa y se le escapan los suspiros en cada página. Y la novela transcurre tan lenta y pausada como la tarde machadiana, excepto en los momentos de apasionamiento amoroso, de dudas recelosas entre el pecado y la santidad, o las intervenciones infantiles de las niñas en sus juegos y correteos. ¿Modernista? Lo es, desde luego, aunque sólo fuera por la abundante y arriesgada adjetivación de las descripciones, junto al uso de la sinestesia, para lo que va el botón de muestra:

Bajo el cielo límpido, de un azul heráldico, los cipreses venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica. La caricia de la luz temblada sobre las flores como un pájaro de oro, y la brisa trazaba en el terciopelo de la hierba, huellas ideales y quiméricas como si danzasen invisibles hadas.

Y el otoño no cesa, acontece en cada párrafo afirmando su presencia literaria, gráfica, escrita. Valle-Inclán traslada con una facilidad extraordinaria las sensaciones otoñales que sirven de fondo -o acaso trae al frente como un protagonista más-: ráfagas, lloviznas, bancos de piedras cubiertos de hojas, flores que marchitan, campos verdes y húmedos, celajes dorados… se suceden las melancolías de memorias y recuerdos. Va con la estación otoñal el aire de la nostalgia:

Aquel renacimiento de nuestros amores fue como una tarde otoñal de celajes dorados, amable y melancólica

En Sonata de otoño hay una historia trágica de amor, prolongada hacia el pasado, hacia la juventud donde fue rota, introducida en unas pocas líneas del presente para narrarnos un pretérito anterior, tiempo en que es recuperada ante la amenaza de una inminente y definitiva separación. El frío otoñal, la caída de las hojas, la lluvia conjugan con la palidez enfermiza, los accesos graves, los movimientos de una protagonista moribunda, Concha, melancólica y nostálgica de aquellos años saludables de vida joven y amor. Un Marqués sentimental, que desearía consumar, sin perder tiempo, los sentimientos interrumpidos en el tiempo, y que se ve frenado por quien se debate entre la vida y la muerte, y el decidir entre dicha consumación, que no caería sino en adulterio, o morir sin mácula ni falta al orden divino:

-¡Vete!… Las emociones me matan y necesito descansar. Te escribí que vinieses porque ya entre nosotros no puede haber más que un cariño ideal… Tú comprenderás que enferma como estoy, no es posible otra cosa. Morir en pecado mortal… ¡Qué horror!

Así es, el final trágico no se nos oculta en el texto. Al contrario, se da por supuesto, se sabe y se anuncia a cada ocasión desde que en el comienzo de la propia novela el Marqués, recordando, quiere empezar a relatar los sucesos:

¡Triste destino el de los dos! El viejo rosal de nuestros amores volvía a florecer para deshojarse piadoso sobre una sepultura. ¡La pobre Concha se moría!

Son estas líneas una lírica síntesis de la narración posterior, cuyo fin fatal no arrebata la magistral batalla que amor y muerte, deseo y refreno sostienen. Al lector no le inquieta conocer si hay muerte al final. Valle-Inclán lo resuelve como hemos visto. Antes le mueve saber qué llegará antes: amor o muerte; precisamente lo que Bradomín deja en el aire en ese florecer de un amor para deshojarse sobre una tumba, eso que deja el autor para el desenlace. Florece de nuevo el amor pretérito, pero, ¿da fruto o, efectivamente, queda como prenda para el túmulo de la amada? Ante nosotros se despliega un cortejo, una seducción tirante que aproxima y separa a los amantes, a través de la sinceridad y la moral. Tan pronto se abrazan, rozan y acarician, como existe entre ellos la distancia de un corredor, de un marido y unas hijas. Ya se juntan en la noche como se separan antes de dejarse llevar. Y esta batalla sin tregua en el amor, no puede acabar de otro modo sino entre las blasfemias herejes de Bradomín, desatado, las reticencias de Concha reprendiéndole como demonio hasta que:

Como si huyese el beso de mi boca, su boca pálida y fría se torció con una mueca cruel

Concha fallece en los brazos de aquel blasfemo loco, del reconvertido en Satán, a imagen y semejanza de Barbey d’Aurevilly.

¿Estamos ante un Don Juan? Ya se sabe que no precisamente el guapo. Pero sí es cierto que se conjugan, incluso en la Sonata de otoño, elementos del mito. Sin acudir al resto de la serie, en la de otoño, al menos con cuatro mujeres se le relaciona al Marqués, se suceden retratos fantasmales, cierto erotismo morboso, estatuas yacentes y orantes entre vivos y muertos, una vida de escándalo, y a Concha, la amada y seducida, cabe verla como la Inés moribunda. Sin embargo, es ya un Don Juan decadente, envejecido en sus correrías:

Yo, con aquel gesto trágico y sombrío que ahora me hace sonreír. Un hermoso gesto que ya tengo un poco olvidado, porque las mujeres no se enamoran de los viejos, y sólo está bien en un Don Juan juvenil ¡Ay, si todavía con los cabellos blancos, y las mejillas tristes, y la barba senatorial y augusta, puede quererme una niña, una hija espiritual llena de gracia y candor, con ella me parece criminal otra actitud que la de un viejo prelado, confesor de princesas y teólogo del amor! Pero a la pobre Concha el gesto de Satán arrepentido la hacía temblar y enloquecer

O aquel romántico venido muy a menos:

Confieso que mientras llevé sobre los hombros la melena merovingia como Espronceda y como Zorrilla, nunca supe despedirme de otra manera ¡Hoy los años me han impuesto la tonsura como a un diácono, y sólo me permiten murmurar un melancólico adiós! Felices tiempos juveniles

Un peculiar estilo donjuanesco que repudia a sus maestros genealógicos -literariamente hablando-, aún cuando persiste en el morbo:

Yo he preferido siempre ser el Marqués de Bradomín, a ser este divino Marqués de Sade

Todo cobra sentido cuando se comprenden, de palabras del propio Valle-Inclán[1], los rasgos que considera verdaderamente esenciales del mito de Don Juan, más el añadido del paisaje y la Naturaleza en que se configuran las cuatro Sonatas:

Don Juan es un tema eterno y nacional: pero don Juan no es esencialmente conquistador de mujeres; se caracteriza también por la impiedad y por el desacato a las leyes y a los hombres. En don Juan se han de desarrollar tres temas. Primero: La falta de respeto a los muertos y a la religión, que es una misma cosa. Segundo: satisfacción de sus pasiones saltando sobre el derecho de los demás. Tercero: conquista de mujeres. Es decir: demonio, mundo y carne, respectivamente. Los don Juanes anteriores al marqués de Bradomín reaccionan ante el amor y ante la muerte; les faltaba la Naturaleza. Bradomín, más moderno, reacciona también ante el paisaje

En definitiva, una novela ornamentalmente modernista y heredera infiel del romanticismo español, decidida a rehacer, pretenciosamente, mitos y temas clásicos de la literatura universal, como no podía ser de otro modo si el culpable de todo ello es Ramón María del Valle-Inclán.

Héctor Martínez


[1] Entrevista a Valle-Inclán que recojo del estupendo trabajo acerca de nuestro autor, sus sonatas y el modernismo: Elisabetta Balzan, Valle-Inclán, Bradomín y el modernismo

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1 comentario »

  1. Anonimo said,

    Analisis correcto y realmente interesante, brillante


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