11/02/2009

“EL DEFENSOR”, DE PEDRO SALINAS

Posted in Ensayo tagged , a 12:07 por retratoliterario

Pedro Salinas

Pedro Salinas

La gente me pregunta, cuando por la calle me ven con este libro, si el Pedro Salinas es el mismo Salinas poeta. Yo suelo responder que no, que este Pedro Salinas es el ensayista. Y la respuesta parece satisfacerles, aunque alguno caiga en la ironía. Este sarcasmo mío, sin embargo, tiene mucho más de falsedad que de simple broma, porque además de ser la misma persona, no otra podía escribir El Defensor sino aquel que poéticamente gritó:

Para vivir no quiero

islas, palacios, torres.

¡Qué alegría más alta:

vivir en los pronombres!

Defensor de los pronombres, del lenguaje, de la escritura y la lectura, pero en cada hombre, de forma personal en el trato con la lengua de uno y su uso:

Debe gobernarse la lengua desde dentro de cada hombre; para hacerlo no valen instituciones o cuerpos legislativos externos y son vanas las coacciones. El impulso al bien hablar es menester que brote de la convicción de la persona misma, de la sin par importancia que para su vida total tiene el buen estado del idioma.

Efectivamente, poeta y ensayista son la misma persona, no ya sólo por compartir nombre. Pero, además del autor, hay algo más que llama poderosamente la atención en El Defensor: el abrirse en defensa de la carta misiva y la correspondencia epistolar, género más cercano a todos los cualquiera que vayan a escribir algo. No empieza por lo que más pudiera asustar, sino con unas páginas llenas de cotidianeidad y de historia, de contrastes y juicios más próximos a un lector mayoritario, pero con la misma fuerza lírica de su poesía. Una carta y su cuidado, el buzón y su antigua decoración leonina, introduciendo, poco a poco, su diferencia frente a la comunicación verbal oral y el mundo de la imagen -del cine en la época-, los horribles manuales de ayuda, cuestiones históricas de secretarios y grandes autores de lo epistolario -sobre todo mujeres como Madame de Sevigné- … o su magnífica descripción de la labor como un estar frente al papel en blanco y solos contra la lengua, para reflejarnos fielmente con tinta y letras como el primer destinatario, obviando a quien nos dirigimos:

El primer beneficio, la primera claridad de una carta, es para el que la escribe, y él es el primer enterado de lo que quiere decir por ser él el pimero a quien se lo dice. Surge de entre los renglones su propio reflejo (…). Todo el que escribe debe verse inclinado -Narciso involuntario- sobre una superficie en la que se ve, antes que a otra cosa, a sí mismo. (…) va a manifestar lo que siente o piensa, y se encuentra con que eso del lenguaje es más complicado de lo que parecía. Está allí el idioma, esperando en una equívoca actitud, como la del subordinado ante su dueño: le va a servir, a obedecer, es cierto, pero al propio tiempo aguarda a ver si sabe mandarle

No sirve aquí la sonrisa burlona, la muletilla, el guiño de ojo para señalar la complicidad. Todo ello, que se puede, ha de ir en letras, palabras, frases y párrafos. En la carta, y en general, en el escrito, se pierde todo el apoyo físico del que nos servimos cuando conversamos, y que hay que saber sustituir con la lengua de uno. Es la ausencia y es la distancia las que obligan a traducirlo todo por escrito, ya la mejor copia que podamos hacer de nosotros mismos, ya nuestro mundo interior al tiempo…

Por eso, cuando no nos gusta el semblante allí duplicado, la hacemos pedazos, es decir, rompemos la carta

Cuando la lengua se vuelve obstáculo para nosotros, existe un gran problema. Sobre esto marcha el primer texto de Salinas, tocando aquello que, en tanto escritura, no refiere a grandes novelas, sino al trato más filial y rutinario que todos podemos sostener mediante la comunicación escrita: la correspondencia.

A la cuestión de los libros dedica un segundo capítulo, arremetiendo contra el exceso de publicaciones y el ideal de escribir y acumular mayor cantidad como lo mejor, el poco tiempo frente a tales montones de títulos, el leer más rápido frente al leer bien, la feliz idea de abreviar obras, contra la labor crítica, los círculos de lectores y las fetichistas listas de los mejores libros dependientes siempre de la geografía natal del crítico, de las ventas y un reducido grupo irrenunciable de clásicos. Ahora bien, este segundo capítulo tiene su eje central en la necesidad de educar en la lectura y el leer para educar; esto es, la buena y correcta lectura como piedra fundamental de educación y cultura:

Por desgracia nuestro siglo no se aparece como el más inclinado y propenso al bien leer. (…) Nuestro siglo justificaría el mote de siglo de la chapucería, de la pacotilla y la baratija. (…) he podido asistir apenadamente a los progresos hechos año por año por el descuido, la negligencia y la desgana en el ejercicio, y en los productos, de casi todos los quehaceres de la vida. ¿Será posible, en un mundo donde casi todo se hace de cualquier modo, aspirar a que las gentes hagan una cosa bien, leer?

Yo me he fijado en que, hoy día, los ánimos a la lectura descuidan el criterio que decida qué leer. Parece dar lo mismo, mientras se lea. Desde la primera bazofia de libro hasta el periódico de la mañana. No va por aquí Salinas: su leer bien no quiere decir, por encima de todo y del qué, leer a secas. Enseñar a leer en la escuela buenos libros, es labor del maestro que también ha de enseñar cómo decidir tales lecturas:

El maestro, en esto de la lectura, ha de ser fiel y convencido mediador (…) Se aprende a leer leyendo buenas lecturas, inteligentemente dirigido en ellas, avanzando gradualmente por la difícil escala. (…) se alcanza (…) un gusto propio, una conciencia de lector, personal y libre, que es el único órgano adecuado de selección atianada (…) Estos dos problemas, artificialmente separados, el qué se lee, y el cómo se lee, van siempre resueltos juntamente en una buena educación.

Pueden distinguirse, para Salinas, en cuanto al qué, dos tipos de analfabetismo: de natura y el impuro. El primero, indudablemente, el analfabeto que nunca aprendió a leer y sobre el que, para el autor, pesa un enorme respeto y simpatía. El segundo es aquel neoanalfabeto que, a pesar de haber sido instruido en la lectura y ser considerado alfabetizado, renuncia total o parcialmente a su don lector, reduciéndolo al diario o la guía de teléfonos -en el caso de renuncia total- o estrechando sensiblemente su marco de lectura por la especialización intelectual -en el caso de renuncia parcial.

Porque la realidad es que existen analfabetos de ida y vuelta. Con saber leer se les dota de una momentánea conciencia de todo lo superior (…); pero por su impotencia para resistir a la pesantez de lo inferior, de lo vegetativo, (…) dejan morir en sí los poderes anagógicos de la lectura, y, alfabetos temporales, retornan al estado de inconsciencia analfabética donde yacían.

(…) Ni están con el diablo en su tenebrosa ignorancia, ni aspiran a Dios, a la claridad de su sapiencia. Todo lo pudieron y a nada se atrevieron.

Así, en una lucha contra el analfabetismo fundamentada en la lectura indiscriminada, sin criterios, de fogeo, o en una especializada que reduce el coto de caza, se crea, según Salinas, un nuevo tipo de analfabetismo: el neoanalfabeto que, una vez, fugazmente, supo leer, aunque nunca se atrevió a llevarlo acabo. Analfabetos encubiertos bajo un título de graduado escolar.

La defensa del lenguaje escrito o del leído no la hace Salinas científicamente. No acude a salvar a la dama en apuros con títulos de especialista. Habla como profesor de literatura acostumbrado a buscar en la letra el hondo espíritu de su autor, como poeta que ha lidiado con la profundidad de la palabra -y la maravilla de vivir en los pronombres, recordémoslo. No es el discurso académico de un lingüista o un filólogo, sino de un avezado usario de las palabras, para quien el lenguaje, antes que cualquier propiedad social de comunicación, sirve para reconocerse a uno en el mundo y romper la borrosa niebla de realidades que el mundo muestra, encerrando cada una en un vocablo; todo hombre reconstruye el mundo con palabras y se sitúa y ubica entre ellas, vive su tiempo y sus días. Al fin y al cabo, dice el autor en la última parte:

El hombre ha hecho el lenguaje. Pero luego el lenguaje, con su monumental conjunto de símbolos, contribuye a hacer al hombre, se le impone, desde que nace.

Sólo doy retazos y recortes. Mucho más encierra El Defensor acerca de la importancia del uso y disfrute de la lengua, individual y comunitario. Y aún más, como herencia enriquecida que recibimos, que poseeremos unos pocos años y deberemos transmitir aumentada a sus siguientes poseedores. Pedro Salinas vería delito en la renuncia voluntaria, en la dejadez y abandono, de esta obligación humana de la herencia. Para el autor, no hay justificación ni derecho alguno que asista a tal huelga, a tal entrada en una decadencia que nos desarraigue del pasado y nos cierre la puerta de la unión con el porvenir.

Héctor Martínez

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1 comentario »

  1. […] Todos ellos muestran ‘la preocupación del autor por el riesgo (si ya era actual en su época, ¿qué diremos ahora?) que corren ciertas “formas tradicionales de la vida del espíritu’. Porque en definitiva este es el ensayo de la defensa de una capacidad eminentemente humana, la del lenguaje: “No habrá ser humano completo, es decir, que se conozca y se de a conocer, sin un grado avanzado de posesión de su lengua. Porque el individuo se posee a sí mismo, se conoce, expresando lo que lleva dentro, y esa expresión solo se cumple por medio del lenguaje. (…) Hay muchos, muchísimos inválidos del habla, hay muchos cojos, mancos, tullidos de la expresión”. Hallo una dirección que hace un original estudio de la obra: https://retratoliterario.wordpress.com/2009/02/11/el-defensor-de-pedro-salinas/ […]


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