11/02/2009

“ENTRE EL SILENCIO Y LA PALABRA”, ROF CARBALLO (I)

Posted in Ensayo tagged a 12:50 por retratoliterario

juanrofcarballo

Rof Carballo

En mis viajes fuera de España suelo acompañarme de algún libro, al menos dos, por si el primero termina por no ser de mi gusto. Una de esas veces, junto a una pequeña antología poética, puse en mi bolsa de mano el título del que hoy hablo, Entre el silencio y la palabra, de Rof Carballo. Era sugerente desde la portada, no cabe duda; demasiado, quizás. El propio autor hubo de advertirlo en sus líneas de introducción:

Habiendo puesto al libro, según costumbre, el título del primero de los ensayos, teme ahora que el lector, defraudado, descubra que el contenido del volumen no corresponde por entero al prometedor rotulillo. ¡Ya que no es poca cosa lo que entre el silencio y la palabra existe!

Precavido que es uno, siempre hojeo el libro antes de pagarlo. Ignoro si a alguien defraudaría, puede que al comprador de títulos y portadas. Y es un primer detalle en Rof Carballo haber tomado nota de tal costumbre de no mirar el interior, de conformarse con lo visible en la estantería, imaginar de qué se habla en el libro y llevárselo, acto tan típicamente psicológico en nuestra era.

Defraudado, no. Cuando eché el vistazo a las páginas pasaban ante mí Rosalía, Rilke, Zorrilla, Kierkegaard, Proust y hasta Mozart. El libro era tan goloso que en todo mi viaje no toqué para nada la antología poética de la recamara. Llevaba años sin encontrar un volumen de ensayos tan próximo a lo literario y tan hondo en reflexiones. Aunque no es nuevo, desde luego, que un médico se meta a psicoanalista de la literatura -género en que han hecho fortuna unos cuantos-, el libro, de 1957, era toda una novedad para mí, que en cuestión de médicos, tan sólo Marañón y Vallejo-Nágera ocupaban los cajones del podio. Precisamente el prólogo de Marañón fue otro de los criterios para comprar el volumen.

Rof Carballo, el “fracontirador del espíritu” tal cual lo llama Marañón en el prólogo, publicó bajo el título tres grupos: El silencio y el sosiego, compuesto a su vez de otros tres textos con el acento puesto en Cela y su Alcarria; El poeta y el subconsciente, monumental, rico y vivísimo texto reflexivo y literario; Máscaras, fantasmas y mitos, donde, después de Rosalía, vuelve a latir el guiño al origen gallego del autor. Ocupémonos hoy, aquí, del primero de los ensayos.

Rof Carballo asegura que en la región del escritor, ese mundo que vive entre el silencio y la palabra, está el balbuceo. Es el espacio en que se busca la palabra exacta, pues no sirve cualquiera, y no hay silencio; el hueco donde ha de hallarse esa palabra justa que aguarda “en la punta de la lengua”, que conocemos pero no sabemos decir, viniéndonos miles de otras parecidas, pero sólo tangentes a lo que queremos expresar. Una que no mutile el mundo en esa sensación de seguridad que otorga el poder nombrar cada cosa del mundo y por la que, a diferencia del niño, nos disociamos del mundo y nos oponemos en la estructura sujeto-objeto. Rof Carballo llega a afirmar:

Escribir bien, por paradójico que parezca, es balbucear. (…) Tratar de descubrir aquello que en toda palabra ha quedado del primitivo balbuceo en que surgió al mundo cuando fue inventada, o cuando fue modificada.

(…) La grave duda del poeta al intentar redondear su estrofa nos retrotrae al infantil balbuceo, al balbuceo que, en todos nosotros, precedió al aprendizaje de la lengua y que, en el idioma, tuvo lugar antes que la palabra, tal como hoy la conocemos, surgiera cual bloque congelado.

Sin embargo, por las entrañas de la palabra corren, como río subterráneo, los sentidos y las voces de su primitivismo, de las primeras veces que fue articulada y pronunciada entre balbuceos que aún abarcaban el mundo que pretendía ser nombrado; balbuceos cuyo origen era un primigenio silencio. Pero, además, las palabras no se constituyen en nosotros por su configuración racional, sino que arrastran un afecto personal armónico. Rof Carballo menciona un experimento: si, por ejemplo, pronunciáramos invertida una palabra y grabáramos el ejercicio, supuestamente al re-inventir la reproducción debiera resurgir la palabra original. Sin embargo, harto complicado es que ése sea el resultado, pues no entonamos ni musicalizamos la palabra invertida, que para nosotros no dice nada, como sí lo hacemos con la palabra conocida. No es lo mismo pronunciar “Nodnol” que “London”, ejemplifica el autor, y de la pronunciación de la primera no conseguimos obtener la segunda, al menos en un primer intento al que pasan desapercibidos los tonos y armonías, incluso silencios. A estos no prestamos atención en el intento hasta comprobado el fracaso:

Las formas articuladas, conexas, racionales, son percibidas por la parte de nuestra mente que está en la superficie de la conciencia; los elementos informes, inarticulados, sin configuración, que se sustraen a las leyes de la lógica, del tiempo y del espacio son, en cambio, percibidos por la “mente profunda”, por el subconsciente.

(…) como le ocurre al artista, éste ha de estar constantemente en incesante acrobacia, brincando de manera inconsciente, pero efectiva, entre las formas articuladas y netas que su mente superficial le obliga a configurar y los elementos inarticulados, amorfos, de su percepción inconsciente.

Cuando Rof Carballo habla de silencio, reconociendo que hay muchos, vienen a interesarle tres fundamentales y relacionados con el balbuceo y la palabra: el del sabio, tipo Goethe, importando más lo que calla y sugiere que lo dicho; el silencio del místico, tipo Boehme, por el cual se suspenden la voluntad y los sentimientos; y el silencio del médico psicoanalista, que apela, en su fundamental inactividad y ausencia de réplica, a la locuacidad subconsciente del paciente. Es el último un silencio que no busca responder de ninguna manera y aviva otra forma de hablar en quien ante aquél se encuentra.

Cabría pensar que Rof Carballo nos quiere llevar desde el silencio hacia la palabra; todo lo contrario, pues la dirección es de la palabra mutiladora, hacia el balbuceo que busca, hasta llegar al silencio que dice todo. Su desembocadura sorprende al lector cuando éste se encuentra frente a frente con Cela y el Viaje a la Alcarria, como ejemplo artístico y literario, central núcleo del ensayo, en el que el viajante parte a la búsqueda de esa palabra más próxima al mundo, que no ampute parte de él, entre las gentes que viven y han formado su lenguaje en el monte natural:

Al echarse, morral a las espaldas, a caminar por la Alcarria, el vagabundo busca ese fondo entrañable y último en el que paisaje, hombre y vocablo forman una unidad

Y al mismo tiempo, Rof Carballo subraya la imperial presencia del silencio:

Volved a leer Viaje a la Alcarria si no habéis reparado en ello. Aunque ya os habréis dado perfecta cuenta: el libro está colmado de silencios. Además del que acompaña al vagabundo en su caminar, además del que le espera cuando asoma su silueta por la plaza del pueblo, en la cual, por el momento, las gentes hacen que no se asombran de la presencia inusitada; además del silencio de las noches y del que sirve de fondo a los diálogos, en el pajar, a la luz de los cigarros o en el camino tras el yantar parco, hay muchos otros. Las gentes, al hablar, entrecortan sus frases con silencios que quieren decir mucho.

De este modo, resulta que el texto que comenzó acerca del balbuceo próximo al silencio, y nos adentró en la doble naturaleza congelada y primitiva de la palabra, nos devuelve, al final, al expresivo silencio que contempla la tierra. Nosotros solos podemos enmedar la primera afirmación del ensayo por la que escribir bien era balbucear, diciendo, ahora sí, que el mejor escritor sería aquél que se guardase de las palabras, e incluso que no escribiese. Quizás sea esa la conclusión a la que Rof Carballo quiere llegar:

Los ecos de la lectura se van amortiguando sobre estas playas vacías de las hojas en blanco. Grandes capas de silencio que alguien pensará son somero ornmento del libro. ¡Grave equivocación! Ellas señalan que el límite a que toda palabra aspira es lo indecible. La palabra, que al nacer siempre asesina un poco lo que ha querido decir, tiene, para acabar de decirlo todo, que morir en silencio. Sólo este juego de destrucción y creación, como el de la Naturaleza, vuelve a la palabra viva y reveladora

Rof Carballo nos arrastra sutílmente al silencio psicoanalítico, al que no replica, calla, escucha, y en el que se revela el subconsciente del balbuceo. Sin decirlo, valga la ironía, lo identifica con el silencio literario que sugiere con sus puntos suspensivos y sus frases entrecortadas, con su implacable búsqueda, cuando es serio, de la palabra exacta por cuyas visceras se mueva la corriente originaria, la infantil disolución entre el sujeto y el objeto. La palabra, como tal, pierde el trono frente a su interior y su origen, como aquel legendario rebuscar en el terruño de los del 98 para tocar las conciencias con el diccionario olvidado. Como aquel jugar con las plabras forzando etimologías, tan unamuniano, -Rof Carballo se decanta más por el Joyce de la intraducible Finnegans Wake y su bailar entre neologismos de cuño personal-, que quiere arañar el contacto con el mundo usando del principal obstáculo para tal labor como lo es la palabra. He ahí el logro literario: decir con ella lo indecible.

Héctor Martínez

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1 comentario »

  1. Elora (de Lda) said,

    ¡Hola Héctor!
    Ahora que tengo un ratito me paso por tu nuevo blog para hacerte una visita, y leer un poquito tus interesantes artículos.
    Me voy a sumergir de lleno, je,je…ya te comentaré.
    Perdona que no te devolví antes la visita, pero estaba con exámenes en la Uned, y, entre eso, y el trabajo, que también anda algo revuelto no me quedaba apenas tiempo.
    Te dejo un cordial abrazo.


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