11/02/2009

“FENOMENOLOGÍA DE LA INCERTIDUMBRE”, IGNACIO PAJÓN LEYRA

Posted in Ensayo tagged a 11:59 por retratoliterario

Ignacio Pajón Leyra

Ignacio Pajón Leyra

Hace ya casi cuatro años que el libro de Pajón Leyra dio sus primeros pasos. Por entonces estábamos los dos en la Facultad de Filosofía, y antes de que fuera publicado, tuve yo en mis manos una copia en folios encuadernados en espiral. Así todavía lo conservo y es donde siempre lo he leído. Fue la editorial Fundamentos la que se hizo cargo del texto para hacéroslo llegar al resto. Como siempre he dicho, es privilegio el conocer al autor para no necesitar editorial de por medio, e incluso siquiera necesitar el libro para leerlo.

Consta de dos partes, la primera Crítica de la razón dogmática y la segunda El mar de Tiberiades. Sigamos entonces esos trazos del autor.

El “dogma”, tal como suena, va acompañado siempre de un cierto horror vacui, una falta de suelo y de fundamento en que la mera creencia se convierte en sólida y tajante afirmación. En su sentido más radicalmente existencial, el dogma parece ir de la mano de la teología. Precisamente bajo “dogma” se toman las creencias que carecen de explicación y se caracterizan con la inexcrutabilidad. Sin embargo, es preciso redescubrir que “dogma” no es exclusividad de lo trascendente. El “dogma”, donde primero nace, es en la razón. Y es desde ella que, precisamente al no encontrar fundamento, desarrolle a lo menos seis formas distintas de dogmatismo -aún con la misma raíz. Al menos son seis los que yo destacaría de la obra de Pajón -aunque así no aparezcan en la obra-, a saber: científico, escolar, asesino, racional subjetivo, crédulo y escéptico. Lo enfermizo del “dogma” no es tan sólo que carezca de fundamento y oculte esta carencia, sino que la forma de ocultarlo sea llevarlo al otro extremo, el de la firmeza y seguridad, el de una confianza en el vacío. Una de las transformaciones, en este sentido, más significativas para nuestra época es la lejanía en que la propia ciencia siente su origen hipotético a través del “científicamente probado”. El argumento de autoridad es otro ejemplo. El “dogma” supone que la razón misma se anule, quiero decir, que en lugar de mostrarse razonable o razonante, se encarga de encubrir la inexistencia de razones, se oculta a sí misma y esconde la cabeza bajo tierra. Una tentación al pensamiento que le amenaza por los cuatro costados, no tanto como prejuicio -que sobre ese mar navegamos siempre-, pues este como tal es previo, sino como colofón de un castillo en el aire que simula tener cimientos. Es decir, al modo de Sísifo, la tentación de querer cortar por lo sano una tarea inacabable de muy pesada y seria carga. ¿Cuál? El peso de las preguntas que nos rodean de incertidumbre.

La razón dogmática quiere alicatar un suelo inexistente, con unas respuestas que detengan la pregunta y borren los signos de interrogación. Quiere crear con-suelo para pisar sobre el abismo, pero no puede evitar que al descubrir el vacío nos precipitemos todos. Los que no detenemos la pregunta, hacemos un esfuerzo aún más titánico, y es intentar detener al mundo antes de ponerlo sobre el abismo. El problema no es ignorar las cosas, sino dar la espalda a las preguntas esgrimiendo cualquier respuesta de mercadillo y rastro, un “porque es así” y un “porque lo dijo tal”, o incluso un “da igual que no haya porqué” y la tajante negación sin esfuerzo que niega igualmente la pregunta -el escéptico no está libre de tentaciones dogmáticas. Sin embargo, en el principio siempre es el Verbo, la pregunta, la incertidumbre, que no desaparece aún cuando con toda intención la obviemos.

Pajón Leyra muestra que un verdadero compromiso con el pensamiento, un auténtico espíritu de duda, no tiene puerto en que desembarcar, sino más bien anda siempre lidiando contra tormentas y tifones sin poder gritar ¡Tierra! al descubrir que a toda isla de respuestas en que atracar se la traga el océano antes de echar amarras. Para los demás no hay siquiera océano, algún lago tal vez, y expulsan a cañonazos cualquier barco pirata cuya única patria es la mar.

La segunda parte de la Fenomenología de la incertidumbre la titula Pajón Leyra El mar de Tiberíades. Sorprendente título, sin duda, y a mí el primero que me hizo arquear una ceja. Sin embargo, es un título con mucho sentido por cuatro razones: en primer lugar, porque es un lago en que las tempestades son frecuentes -ahí lo dejamos en el anterior artículo-; en segundo lugar, porque los enfermos acudían a sanar a sus manantiales -de alguna manera hablábamos nosotros de sanar del dogma o bien de que ellos acudan a sanar de la duda-; en tercer lugar, porque en tiempos de Cristo, la zona resultaba rica en vid, higo y espesos bosques -actualmente es tierra yerma y desolada, acaso por la duda sobre la sociedad o acaso, en otro sentido, por la radical explotación de una racionalidad comerciante-, y en cuarto lugar, porque recibe, además de Tiberíades, el nombre en hebreo <>, que según dicen, viene a resaltar su forma en lira, que será por el arte y la cultura por donde nos venga ahora Pajón Leyra. El verdadero sentido para Pajón Leyra de este mar lo desvelaremos después, por seguir el orden.

El dogma se nos mostraba como el ocultamiento de la ausencia de razones y fundamento, por parte de la misma razón. Un suicidio en toda regla. Un intento de estar sobre el abismo con seguridad al no verlo. En esta segunda parte nos encontramos que, en parte, tampoco la filosofía ha hecho gran cosa. No ha negado el abismo, es cierto, pero no ha dado un sólo paso sin <>, sin colocar losetas que poder pisar; sin quitar otras puestas que pudieran ceder y así un largo etcétera. En realidad, la filosofía de la razón, no se ha movido del borde del abismo gritándoles a los que sobre él creían pisar suelo seguro. A la par que se manifiesta la inquietud y la incertidumbre, se siembra el miedo: el abismo no deja de estar, y ahora no se detiene ni la pregunta ni el mundo, sino el filósofo. Este queda anclado, detenido sin poder dar un paso. Un paso que, para Pajón Leyra, deben dar el arte y el individuo, un paso que no le preocupe ni el consuelo ni el fundamento; y menos las tempestades y los terremotos, que son consecuencia suya. De hecho, el abismo se ha venido negando, negando al individuo. El hombre se ha desconocido siempre a sí mismo, y más cuando la radicalidad de su naturaleza, la muerte, carente de explicación, ha pretendido ser negado mediante la superación de la fe salvífica. Aquí aparece el verdadero sentido que para Pajón tiene el mar de Tiberíades: es el escenario en que Pedro, sin poder andar sobre las aguas como su Maestro, hundiéndose por las dudas de su fe, pide y reclama salvación. El “mar de dudas” que decimos muchas veces, es el mar de Tiberíades, las profundidades de la incertidumbre rodeada de tempestades y vientos, de miedos en el propio ser del hombre. Es la escenificación del miedo a la duda y el triunfo del dogma. Pero cuando esa fe salvífica recibe el más mínimo empujón de la crítica, como Pedro, nos hundimos sin que haya un Cristo que extienda su mano y nos reprenda al tiempo que nos salva, de nuestra poca fe. Ahora bien, si como yo, entendemos las fe precisamente por creencia y por tanto sin la seguridad y la confianza que el dogma le otorga, esa misa fe nos ha de llevar a sumergirnos en la propia incertidumbre sin miedo. Cuando la fe muestra su verdadera fortaleza de espíritu es cuando por ella no tememos sumergirnos en nosotros mismos, cuando perdemos el miedo sin consuelos y esperanzas; cuando de ella separamos el dogma, y sin más remedio, afrontamos la incertidumbre misma de nuestro ser. En ello consiste el agnosticismo como actitud fundamental, es decir, lo que yo considero es el verdadero creyente, el que ni a ciegas y dogmáticamente cree -fanático o fundamentalista-, ni tampoco se diviniza a sí mismo y usurpa el puesto de Dios -ateo.

La actitud de duda como tal ya es actitud ético-crítica; una ética de la incertidumbre que enfrenta el dogma y la fundamentación por autoridad, la imposición, la norma y la máxima. Una actitud que, sin embargo, no busca fundamentación, puesto que por ella misma se encuentra en las tinieblas de la conciencia propia y ajena, en la duda de sus propios actos y, sobretodo, en la nebulosidad de las verdaderas razones del acto del otro. No puede aceptar una norma exterior a sí mismo como dogma, tampoco puede establecer explicación al actuar ajeno sin norma. Se encuentra en incertidumbre, alejado del interés, del poder, sin afirmación ni negación, solo, pensativo, este singular Pedro que Pajón Leyra nos presenta: un Pedro que no pide a su señor salvación cuando se hunde en Tiberíades; un hombre que está dispuesto a ser cubierto por el agua de las dudas antes que el dogma le haga caminar sobre el mar, arañando con los pies la sola superficie de sus miserias.

Héctor Martínez

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1 comentario »

  1. […] en otros artículos he hablado al lector de Ignacio Pajón Leyra. Así, de su Fenomenología de la incertidumbre (Fundamentos, 2002), de El muérdago (Fundamentos, 2002) y de Cualquier lugar, cualquier día (ATT, […]


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