11/02/2009

LAS CHARLAS DE MERLEAU-PONTY

Posted in Ensayo tagged , a 12:47 por retratoliterario

Merleau-Ponty

Merleau-Ponty

Este año de 2008 es el centenario del nacimiento de Maurice Merleau-Ponty, fenomenólogo francés que, como tal, trató sobre el problema de la percepción como relación entre la conciencia y el mundo, a partir de lo cual, desarrolló todo su pensamiento.

Fue en 2003 cuando me hice con las siete conferencias tituladas El mundo de la percepción, editado con Fondo de Cultura Económica. Se trata de conferencias, realmente llamadas “Charlas” -“causeries” en francés-, radiadas entre el 9 de octubre y el 13 de noviembre de 1948 en la emisora nacional francesa. Y el dato central del que parten es bien conocido bajo la desafortunada máxima “los sentidos nos engañan”. Digo desafortunada porque no tienen nuestros sentidos externos tal capacidad del engaño, sino, más bien, limitaciones. Puedo percibir contradictoriamente cómo un palo parece quebrado bajo el agua y cómo se muestra perfectamente fuera de ella. Puedo tener una pieza de cera en las manos y no ser capaz de describir en qué consiste esa cera desde lo percibido por mis sentidos. ¿Un sólido blanco y maleable? Basta ponerlo al fuego para que, sin dejar de ser cera, todas estas propiedades cambien ante mis sentidos.

El mundo de la percepción, es decir, aquel que nos revelan nuestro sentidos y la vida que hacemos, a primera vista parece el que mejor conocemos (…) en apariencia, nos basta con abrir los ojos y dejarnos vivir para penetrarlo. Sin emabrgo, esto no es más que una falsa apariencia.

Lo que ante nosotros se presenta y percibimos intermediado por los sentidos no se muestra a estos tal cual es, sino tal cual los sentidos pueden captarlo y nos es dado interpretar. A partir de este dato, Merleau-Ponty afirma que en la percepción es fundamental la relación entre quien percibe, el medio por el que se percibe y lo percibido. Dicho de otro modo, no existe una posición absoluta y objetiva, ni siquiera la científica, que ofrezca una percepción completa, cerrada y exacta del mundo y los objetos con los que convivimos en ese mundo:

Los hechos que nos propone la experiencia están sometidos por la ciencia a un análisis que no podemos esperar que alguna vez se concluya, puesto que no hay límites a la observación y porque siempre es posible imaginarla más completa o exacta de lo que es en un momento determinado. (…) El sabio de hoy no tiene ya, como el del período clásico, la ilusión de acceder al corazón de las cosas, al objeto mismo. (…) la objetividad absoluta y última es un sueño, mostrándonos cada observación estrictamente ligada a la posición del observador, inseparable de su situación, y rechazando la idea de un observador absoluto

El observador, el hombre, percibe siempre desde cierta posición en el espacio aquello que le suministran sus sentidos y que, al fin y al cabo, le rodea. Lo cual viene a significar que el cuerpo y su posición, se vuelven datos fundamentales en la percepción que, después, es elaborada en la inteligencia. Por tanto, el espacio ya no es entendido como el cuadro de pintura naturalista o realista que permite una visión simultánea de diferentes perspectivas:

(…) el espacio no es ya ese medio de las cosas simultáneas que podría dominar un observador absoluto igualmente cercano a todas ellas, sin punto de vista, sin cuerpo, sin situación espacial, en suma, pura inteligencia

Ello implica, necesariamente, que toda percepción consiste en un complejo relacional con el espacio que no sólo debe tener en cuenta lo percibido, sino también al percibiente en todas sus dimensiones:

Tanto en psicología como en geometría, la idea de un espacio homogéneo ofrecido por completo a una inteligencia incorpórea es reemplazada por la de un espacio heterogéneo, con direcciones privilegiadas, que se encuentran en relación con nuestras particularidades corporales y nuestra situación de seres arrojados al mundo. Tropezamos aquí por primera vez con esa idea de que el hombre no es un espíritu y un cuerpo, sino un espíritu con un cuerpo, y que sólo accede a la verdad de las cosas porque su cuerpo está como plantado en ellas

Sin embargo, la percepción relacional y mediada por el cuerpo no es una percepción fría e indiferente ante los objetos. Muy al contrario, se produce una afectación emocional con los objetos y sus cualidades que nos llevan a reaccionar frente a ellos de maneras muy diversas. ¿Por qué, si no, cada uno decora y adorna su casa de manera diferente? ¿Por qué, de manera intencional, nos rodeamos cada uno de determinadas “cosas”, y nos alejamos de otras? En nuestra relación con el mundo y el resto de objetos que ocupan su espacio, diferenciamos y reaccionamos a la hora de percibir:

Por lo tanto, las cosas no son simples objetos neutros que contemplamos; cada una de ellas simboliza para nosotros cierta conducta, nos la evoca, provoca por nuestra parte reacciones favorables o desfavorables, y por eso los gustos de un hombre, su carácter, la actitud que adoptó respecto del mundo y del ser exterior, se leen en los objetos que escogió para rodearse, en los colores que prefiere, en los paseos que hace.

(…) Por consiguiente, es una tendencia bastante general reconocer, entre el hombre y las cosas, no ya esa relación de distancia y dominación (…) sino (…) una proximidad vertiginosa que nos impide apoderarnos como un puro espíritu desligado de las cosas o definirlas como puros objetos sin ningún atributo humano

Dicho de otro modo, antes que apoderarnos de los objetos, nos depositamos en ellos y los vivimos. Es condición de aquel ser arrojado al mundo, no sólo relacionarse en ese mundo de forma distante, sino vivirlo de forma cercana. Poco a poco, Merleau-Ponty va desmitificando la posibilidad de una mera inteligencia conocedora, aproximándonos a un modo de percepción que convive en un roce continuo con el mundo en que se desarrolla. Ante nosotros va desapareciendo el dogmatismo concebido del ojo humano y sabio que todo lo ve y puede encontrar una única coherencia entre todos los elementos del mundo. Va tomando forma un pensamiento que, en realidad, a golpe de percepción relacional encarnada y emoción, va redescubriendo y reconstruyendo el mundo que le rodea, va dotándolo de una nueva significación:

(…) redescubrimos en cada cosa cierto estilo de ser que la convierte en un espejo de la conductas humanas-, o sea, entre nosotros y las cosas se establecen, no ya las puras relaciones de un pensamiento dominador y un objeto o un espacio totalmente extendios ante él, sino la relación ambigua de un ser encarnado y limitado con un mundo enigmático que vislumbra, que ni siquiera deja de frecuentas, pero siempre a través de las perspectivas que se lo ocultan tanto como se lo revelan, a través del aspecto humano que cada cosa adopta bajo una mirada humana.

(…) finalmente es el espectáculo entero del mundo y del hombre mismo los que reciben una nueva significación

En ese mismo mundo, topamos con el otro, con ese ser vivo animal que fue considerado simple máquina y que sin embargo presenta el mismo rasgo de “organización del mundo” con el que se las tiene que haber. Y sobre todo, con ese otro ser humano, que ha venido siendo descrito como espíritu puro desligado de su cuerpo, aunque es precisamente por sus gestos, sus posiciones, su palabra, por lo que llego a conocerlo. Su cuerpo, al que no cabe reducirlo, pero que está precisamente movido en las intenciones y acciones que permiten conocer su figura moral.

Para nosotros, los demás son espíritus que frecuentan un cuerpo, nos parece que está contenido todo un conjuntos de posibilidades de las que él es su misma presencia

El otro se convierte en una experiencia percibida que nos permite la reflexión sobre nosotros mismos. Merleau-Ponty llega a pensar, en la línea psicológica, que tan siquiera nos daríamos cuenta de nosotros mismos sin ese contacto mediado por la presencia corporal de otro ser humano, sus actitudes y reacciones:

(…) no vivimos ante todo en la conciencia de nosotros mismos -ni siquiera, por lo demás, en la conciena de las cosas- sino en la experiencia del otro. Jamás nos sentimos existir sino tras haber tomado ya contacto con los otros, y nuestra reflexión siempre es un retorno a nosotros mismos, que por otra parte debe mucho a nuestra frecuentación del otro

Ahora bien, no es sólo la presencia corporal del otro a través de la cual podemos aprehender su emoción y su intimidad; toda relación humana con el otro tiene un filtro más: la cultura. Por medio de ella recibimos un determinado código o lenguaje orientador para leer esa vida de convivencia e interrelación en la que estamos sumergidos y que venimos a llamar humanidad. Es decir:

La humanidad no es una suma de individuos, una comunidad de pensadores de los cuales cada uno, en su soledad, está seguro de antemano de entenderse con los otros porque todos participarían de la misma esencia pensante. Tampoco, por supuesto, es un solo Ser donde la pluralidad de los individuos estaría fundada y destinada a reabsorberse

Merleau-Ponty disuelve así el principio de la unidad en el Ser como dogma metafísico, y nos pone en la situación inestable de la comunicación ambigua, necesaria e inexacta con los demás, en la que, indudablemente, nos realizamos y tratamos de comprendernos. Y esta tarea humana se mueve, quizás como en Sartre, dentro de los límites de su imposibilidad de éxito como de abandono. Quizás, una pasión inútil:

La razón y el acuerdo entre los espíritus no están a nuestras espaldas, presuntamente se hallan adelante, y somos tan incapaces de alcanzarlos definitivamente como de renunciar a hacerlo

Quepa entenderse todo ello, no como una situación absurda, sino como una continua amenaza para la que los deben estar preparados a enfrentar y reconocerse, percibirse, y encontrarse entre sí, a través de una cultura que debe compartir el mismo modo de percepción. Por ejemplo, el modo artístico de la pintura o de la poesía, indudablemente perciben el mundo y lo expresan en un lenguaje. Y también ellas son percibidas por alguien que contempla un cuadro o lee un poema. Justo por ello, no podemos caer en la tentación de considerar, al caso, la pintura, un mero arte de la apariencia cuya significación se halla fuera de sí mismo, en el exterior que viene a representar. La pintura no busca servir de indicación hacia un mundo al que, se supone, refiere:

Por consiguiente, la pintura sería no una imitación del mundo, sino un mundo por sí

Dicho de otro modo, tampoco en la cultura, ya estemos ante pintura, música, poesía o cualquiera de la expresiones del mundo, es posible separar forma y fondo, esto es, forma de percibir y expresión material de la percepción. No es reducible a un cúmulo de ideas etéreas, puras, sin un cuerpo que las hace, podríamos decir, “visibles”.

Merleau-Ponty, a lo largo de estas “charlas” radiadas, expone el que considera el desarrollo del mundo moderno como una vuelta al mundo percibido, la vuelta a las cosas de la fenomenología, labor perennemente inconclusa e insegura, siempre aproximativa y provisional, frente a la imagen sólida y consumada que siempre se nos ha transmitido del mundo clásico. Pero, ¿acaso es cierto que el mundo clásico creyó alcanzar la visión cerrada y absoluta del mundo? ¿No se encontraron también insertos en la inquieta labor sin fin? Ni siquiera la historia puede escapar a la inconclusión.

Héctor Martínez

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