11/02/2009

“MORAL LAICA”, R. L. STEVENSON

Posted in Ensayo tagged , a 12:41 por retratoliterario

R.L Stevenson

R.L Stevenson

Quien oye mencionar a Robert Louis Stevenson piensa en La isla del tesoro o en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide, obra por la que algunos le consideraron candidato a culpable de los asesinatos de Whitechapel. Poco se ha dicho de su poesía, su composición musical -aunque como aficionado amateur- y, sobre todo, sobre sus ensayos. Existía una compilación selecta en Losada, y este año 2008, Siruela ha sacado por sorpresa Memoria para el olvido como nueva recopilación del género ensayístico en Stevenson. Todo ello me ha hecho recordar que hace unos tres años leí el librito del que hoy hablaré.

Moral laica, obra inacabada, es un título confundente, al menos para las conciencias actuales que ven en el laicismo lo contrario a lo religioso, sin haber entendido que el propio término “laico” proviene de la religión y denomina al fiel que no es clérigo, como también a la separación aconfesional de instituciones y sociedades respecto de la religión. Antes bien, Stevenson discute determinada perspectiva moral de la religión, que, al mismo tiempo que dice tener por modelo la Palabra de Dios y de Cristo, incurre en palmarias contradicciones en sus mensajes. Por ello que saque a relucir que el modelo de tal enseñanza religiosa no es Cristo, sino Franklin.

(…) a los jóvenes se les enseña a ser cristianos. (…) Honestamente, sea lo que sea lo que enseñamos, bueno o malo, no es la doctrina de Cristo. Lo que él enseñó (…) no fue un código de normas, sino un espíritu prevalecedor; no verdades, sino un sentido de la verdad; no puntos de vista, sino una visión. Lo que nos mostró fue una actitud de la mente

De este modo, compara el mensaje de Cristo con las actitudes y enseñanzas cristianas, para concluir:

Se puede objetar que éstos son los llamados “principios difíciles”, y que un hombre, o una educación, pueden muy bien ser suficientemente cristianos aun dejando de lado algunas de estas palabras. Pero esto es una ilusión muy grande.(…)

Pero ser discípulo verdadero es pensar en las mismas cosas que nuestro profeta, y pensar de su misma manera sobre cosas diferentes. Ser del mismo espíritu que otro es ver todas las cosas bajo la misma perspectiva; no es estar de acuerdo sobre unos pocos asuntos indiferentes al alcance de la mano y no muy debatidos

El problema fundamental es la pérdida del verdadero mensaje cristiano al pretender resumirlo en diez Mandamientos y algunas otras normas y códigos. Tal y como empieza el ensayo, Stevenson sabe que la comunicación lingüística es un doble proceso en el que, el comunicante -y habla de los educadores- entierra bajo palabras el sentido de lo que dicen, y el oyente ha de desenterrarlo. Es la doble perspectiva del lenguaje como obstáculo y como vehículo de sentidos. Llevado a la educación moral religiosa, se ha enterrado el mensaje de Cristo de tal manera, que, por muy preparado que se esté, no hay posibilidad de desenterrarlo por parte de aquél que ha de escucharlo y entenderlo.

Para un hombre que es del mismo espíritu que Cristo (…) cada una de tales palabras debería llegar con un vibrar de alegría y corroboración. (…) Pero ¡ay!, en esta encrucijada de los tiempos no pasa así con nosotros (…) ¡Cristianos! La farsa es vergonzosamente amplia. La ética que apoyamos es la de Benjamin Franklin.

Y ese enterramiento se repite incesantemente con un catecismo de meras palabras sin espíritu, aprendido de memoria, con un decálogo recitado sin más, día tras día:

La Biblia entera ha perdido así su mensaje para los que de ordinario la escuchan; se ha convertido en meras palabras que se dan por sabidas, y el párroco podrá regañarle hasta la extenucación y golpear el púlpito como un poseso, que sus feligreses continuarán asintiendo; están extrañamente en paz, saben todo lo que va a decir

Compara, quizás con algo de irreverencia, ese decálogo cristiano -que reduce, en realidad, a cinco mandatos, pues considera que el resto son asunto de observancia y no de conducta- y la multiplicación judía de los preceptos, con las normas del Whist -juego de cartas:

La comparación es justa y condena el proyecto, porque los que juegan guiados por generalizaciones nunca pasarán de ser mediocres jugadores, y a ti y a mí nos gustaría jugar nuestra partida en la vida en la condición más noble y sagrada.

Para Stevenson, el mismo Cristo:

(…) fue, en general, enemigo de esa clase de enseñanza; rara vez le encontramos entrometiéndose en cualquiera de estos romos mandmientos si no es para que fructifiquen y eleven a los que le escuchan desde la letra hasta el espíritu

Y esa es la clave, elevarse de la letra hacia el espíritu, razón por la que, por monumental que sea el volumen de preceptos, nunca podrán estar por encima del juicio y tribunal personal de cada uno. No es la palabra y letra escrita las que gobiernan al espíritu, sino el espíritu quien las escribe, las aplica o intenta comprenderlas en su último sentido, buscando todo su alcance y no sólo quedarse en la tipografía sobre el papel. La letra y la palabra, no se cansa de repetirlo están muertas y matan lo vivo, que es el hombre. Para Stevenson, el mensaje de Cristo estará más cerca de ser comprendido y compartido cuanto más libre sea la conciencia del individuo; y así mejor preparado estará para juzgarse a sí mismo dentro de la visión cristiana.

Stevenson ha señalado sus dos principales ejes: libertad y espíritu individual. Lógico que defienda en los siguientes capítulos el “dualismo antropológico” alma-cuerpo frente al materialismo -entiéndase que no el dialéctico marxista, sino las que se centran en el cuerpo-, acentuando la principalidad del alma o yo interior como la parte fundamental de lo que llamamos hombre. Los argumentos, sin embargo, y me permito la apreciación, no salen del típico “algo más hay que lo fisiológico”, y adolecen de la misma debilidad tradicional de la filosofía que tomó este camino:

La materia es una teoría rebuscada y el materialismo no tiene raíces en el hombre. Para él todo es importante en la medida que le conmueve (…) Las funciones físicas del cuerpo de cada hombre son realizadas para él; como un sibarita, posee serviciales ayudas de cámara en sus propias visceras; respira, suda, digiere sin esfuerzo o voluntad que dé su consentimiento (…) Su vida está centrada en otras consideraciones más importantes.

Bajo el prejuicio de que lo concerniente al cuerpo está mecanizado, y lo más alto del hombre, lo que le hace hombre como tal, es la vida interior del espíritu, se rechaza la posibilidad del concepto de humanidad frente al de individuo separado, en su diferenciación de “yo interior” que, subrepticiamente, precisa de la oposición al tú, al vosotros o al ellos.

La humanidad, en el sentido de la masa que se arrastra, que nace y se alimenta, que se reproduce y muere, es únicamente el agregado de los aspecto más externos y bajos del hombre. Esta conciencia interior, esta literna alternativamente oscurecida y brillante, para la cual y por la cual el individuo existe y debe guiar su conducta, es algo especial para él, y no compartido con la raza.

El camino es el de una moral individual, libre, espiritual e interior, y no de masas. La pregunta lógica sería, ¿apuesta por el sacrificio y represión de deseos o instintos que dicen ser del cuerpo en favor de la pureza del alma? La respuesta de Stevenson es no. Mortificar el cuerpo como Orígenes, o al alma como un Pascal renunciando a las matemáticas sería condenarnos a no tener nunca un hombre completo. La idea de Stevenson se aproxima más a una armonía:

(…) armonizar los apegos por medio de la reconciliación, en la cual el alma y todas las facultades y sentidos persiguen una misma ruta y comparten un único deseo.

(…) no persigamos objetivos sin salida, sino nobles y amplios propósitos en los que alma y cuerpo puedan unirse como notas de un acorde armonioso.

Libertad del individuo y potenciación de la armonía entre sus facultades físicas e intelectuales es el objetivo de una enseñanza moral laica. Evitar en lo posible que cada hombre sienta desapego o sea insensible a su propio yo y su propia alma, esto es, impedir que se pierda a sí mismo en la gran masa de la sociedad “cristiana” en que vive el autor:

¡Recibidos en sociedad! ¡Cómo si eso fuera el reino de los cielos! Y debemos cortar nuestra conducta (…) y dedicar nuestra vida entera a hacer dinero y a ser rigurosamente decentes (…) Tenemos que vivir ahora tan bien como podamos, pero colarnos en el cielo en el último momento, donde seremos buenos. Andaremos dando innobles trompicones toda la semana, pero para que nos salgan las cuentas, viviremos una vida diferente el domingo

La posición de Stevenson es bien contraria a este conducirse según los demás y lo social, o según lo escrito en un código ético. En ello, precisamente, nunca encontraremos lo noble y el honor que habita en el hombre. Sólo en el juicio y la decisión tomada a raíz de la “luz que poseemos” en nuestro interior que nos permite juzgar y decidir, viviremos en justicia con nosotros mismos. Se prefiere, obviamente, el honor discreto y propio a la fama exhibida o el dinero prudente a la riqueza. Pero no es tan ingenuo el autor como para negar la influencia, e incluso, la necesidad de la sociedad civilizada, así como su ser fuente de la propia supervivencia. Ciertamente para Stevenson es cierto que lo que un hombre gana para sí, lo gana prestando servicio a la humanidad. Dicho de otro modo, un hombre se hace o es hombre en el medio social donde obtiene para sí mismo dando antes a los demás con su trabajo y su servicio, pero sin dejar de ser quien es y evitando ser absorbido por los criterios de otras almas o de masas, sin perderse en lo superfluo, lo innecesario y sólo requerido por convención social y modas.

No ha escrito R. L. Stevenson un manual ético, un decálogo, sino que presenta una serie de reflexiones personales, conocidas por todos pero no por ello escasas de importancia, decoradas en diversas ocasiones con esa maravillosa prosa lírica que le caracteriza -eludido en las citas. Sin embargo, no podemos olvidar que el texto no está completo y cabe intuir que, ni siquiera, revisado por el propio autor. Parecen más los apuntes de pensamientos tomados sobre el escritorio, todavía sin ánimo de publicación, causa de que deje de lado el aspecto literario de la obra que, aún así, muestra sus buenos doblones de oro en varios pasajes. Por el otro lado, tampoco se trata de una gran reflexión filosófica, pero, ¿por qué comparar las idas y venidas del pensamiento de un hombre con las de autores de renombre que han pasado a la historia por devanarse los sesos entre categorías de difícil comprensión mortal? No, el conjunto no es un tratado que merezca un estudio trascendental. Es más mundano en su unidad, aunque existan destellos fugaces de hondura a cada página que podrían dar lugar a ríos de tinta que le den continuidad, como por ejemplo, toda la intermediación del lenguaje en torno de la cuestión moral -que sensiblemente recuerda al propio Nietzsche- como gran estudioso que fue de la lengua y su uso.

Héctor Martínez

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