06/03/2009

“ENTRE EL SILENCIO Y LA PALABRA”, ROF CARBALLO (III/FIN)

Posted in Ensayo tagged a 22:00 por retratoliterario

Rof Carballo
Rof Carballo

Tras Kierkegaard, Proust y Rilke, Rof Carballo prolonga El poeta y el subconsciente -parte central del libro que trabajamos- con un atrevido ensayo sobre Rosalía de Castro y el alma gallega, el cual he querido comentar por separado de los anteriores, a pesar de su unión original. No es sorprendente y atrevido por acercarse a Rosalía, más recordada en Galicia que en el resto de la injusta España literaria, sino porque se trata de un texto en el que se quiere tocar lo más profundo femenino y lo más hondo del ser gallego, de la forma más desnuda posible:

El hombre prefiere la cosmética a que se le desnude, cosa que siempre indigna, aun al espíritu más filosófico, al que más se cree amigo de la verdad. Pero con una amable cosmética nunca ganaríamos una visión profunda sobre la verdad del alma gallega.

Dentro de los tópicos, Rosalía no es una excusa para ahondar en el epíritu galaico. Para Rof Carballo es fundamental saber primero la significación de aquélla en su tierra, al margen del repetido olvido imperdonable del resto del país:

Rosalía -se dice- es el cantor de la saudade, de la emigración, de la ternura, la defensa del segador desterrado en Castilla, una mezcla de varonil protesta por las desgracias de la raza y de sensibilísima delicadeza. (…) a través de ella se expresan una o varias de las más inefables dimensiones de nuestro propio espíritu.

Ya sabíamos que para Rof Carballo no es baladí esa tarea poética de expresar lo inefable. Dentro de ese canal, lo que subraya el autor es la presencia “varonil” junto a la “delicadeza” más femenina como conjunto propio del gallego. El propiamente gallego, dice Rof Carballo, no aleja de sí y su conciencia, tanto como los demás pueblos, la feminidad y la masculinidad que le configura. No hay temor a la parte femenina de uno, ni a la parte varonil de un:

El gallego reprime la feminidad inconsciente, pero como la teme menos que otros pueblos la tolera a una distancia menor de la conciencia. (…) puede permitirse no negarla porque su ideal del yo no es exclusivamente paternal.

(…) La mujer gallega, muy femenina, llena de ternura, no se siente obligada a reprimir su inconsciente masculinidad.  (…) su coquetería puede ser compatible con cierta energía.

El varón reprime, aunque menos de lo habitual, su femenino inconsciente y su carácter maternal; la mujer no siente, en cambio, necesario negar su masculinidad inconsciente. Opina Rof Carballo que, quizás, la mujer, al haber tenido que enfrentar también la labor del campo y la administración familiar como un varón más, ve natural su rasgo de virilidad. Ciertamente esto se podría decir de toda mujer de campo, no sólo gallega. Efectivamente, Rof Carballo señala la distinción entre la mujer gallega urbana y la mujer gallega rural, siendo la primera la que mayor presencia de feminidad muestra frente a la segunda, quien en algún momento se ve entregada a las duras labores y exigencias de la tierra. Digamos que madre y padre son, en sus caráteres, las imago paterna y materna, respectivamente, que configuran el espíritu del niño en un equilibrio de virilidad y femeninidad. Ahora bien, el problema de Rosalía es crecer con la ausencia del padre, con la única imago materna que debe suplir a la que falta en el otro lado de la balanza. Pero además, la misma imago materna carece del apoyo imprescindible de lo paterno. El equilibrio, en este caso, es imperfecto, tanto en la madre como en la hija. Rosalía construye su “alma masculina” con hilos de carencia:

Trenzó sola Rosalía su <<tea>>, tuvo que tejer ella sola su animus, su masculinidad inconsciente, algo que para ser perfectamente femenina es tan inexcusable e importante como para la varonía del hombre es su ternura, su feminidad.

Rosalía, se manifiesta en primera instancia con versos irregulares, a saltos, como un vagabundeo lírico, con un sentimiento de soledad cuyo acento es la ausencia; un vagabundeo sin saber qué se busca, apoyada en dos de los rasgos diferenciadores del alma gallega: la nostalgia -morriña- y la ternura. La morriña de algo alejado y que conlleva, esencialmente, una melancolía por siempre insatisfecha, desamparo por la originaria seguridad del paraíso de la infancia, de lo maternal y su característica simbiosis materno-filial, o de la distancia de la patria y la tierra -que son también Madre. Y es fundamental ese aspecto de “lejanía” en la morriña, pues el anhelo sentido sólo puede surgir cuando se aprecia el alejamiento respecto de lo que se echa de menos, punto importante para entender el fenómeno migratorio y nostálgico gallego, pueblo con una alta tasa de emigrantes.

Otra consecuencia arranca Rof Carballo respecto del juego equilibrante de las imago paterna y materna: es propio del alma gallega hacer valer el complejo de Polícrates, el temor al triunfo por su pérdida, por lo que supondrá en pago. El alma gallega tiende a no disfrutar lo dichoso, pensando en las consecuentes pérdidas que puede conllevar:

Este secreto de la última realidad del mundo que tácitamente creemos los gallegos llevar en lo hondo del corazón ¿no se perderá si triunfamos demasiado?

Se produce, de nuevo, una dualidad de mundo entre aquél, el del paraíso que permanece ignoto, y el real, hasta el punto de sentir el miedo a que la felicidad conseguida, el éxito logrado no se realiza en un mundo auténtico, en la realidad, pues el único mundo real es por el que padecemos la morriña nostálgica, la saudade (término hacia el que Rof Carballo va, poco a poco, desplazándonos y en el que se recogen los sentidos de soledad, melancolía por la ausencia, la añoranza y la falta de algo, las alegrías y las tristezas simultáneamente presentadas en un sólo sentimiento o pensamiento). Al respecto, ya vimos que Rosalía es la cantora de la saudade, símbolo de esa mezcla de nostalgia, abandono, virilidad inconsciente, canto de la ausencia, vagabundeo…

Pero el gallego y su alma poseen, apunta Rof Carballo, otro algo más, el secreto de superar la tragedia de Narciso, el poder de no ocultarse lo que de “sí mismos” otros no querrían ver y guardan como sombra subconsciente: ya lo odioso de ellos mismos, aunque también las posibilidades de realizarse; ya los miedos, las angustias, a la nada anonadante de la que habla Rosalía:

La Santa Compaña! El hombre gallego anima el paisaje nocturno de la Madre Naturaleza, de la Tierra Madre con espectros de miedos. Proyecta sus miedos subconscientes en el seno de su Madre y así los puede conjurar, igual que cuando era niño. Los fantasmas que pasean, en procesión, por la noche son un cariñoso símbolo de su propia Sombra[1].

El último rasgo al que dedica atención nuestro autor es, precisamente, el único que podía cerrar el libro: se trata de esa otra particularidad gallega junto a la nostalgia, la ternura, expresada en el habitual uso de diminutivos del alma galaica. Una vez más, en este caso con Galicia, nos vemos enfrentados, por un lado, al mundo interior inexpresable, del silencio, de manos de la poesía -Rosalía-, y por otro, a la esforzada expresión, la palabra, al habla:

Lo más interesante de la galaica ternura no es que exista, sino que no se disimule. Todo hombre tiene oculta una profunda ternura, pero la reprime como si se avergonzase de tenerla.

Habla Rof Carballo de la ternura expresada en dos modos: la caricia, como contacto afectivo corporal, sublimación del impulso sexual, pero también de la ternura que llega desde la musicalidad y melodia en las formas del hablar, ambas relacionadas con el aniñamiento, con la perspectiva del niño. De este modo, la ternura gallega en su melodiosa entonación y sus diminutivos entronca con todo lo expuesto anteriormente al aproximarnos a la infancia y la nostalgia:

Un lenguaje que emplea diminutivos en exceso, es decir, un lenguaje con una fuerte tendencia maternal, protectora, abre al hombre hacia una realidad que éste suele olvidar: la persistencia, en el centro mismo de su vida, de su infancia, como una nostalgia y como una realidad oculta

Pese a ello, Rof Carballo advierte más adelante del peligro de la otra cara de la ternura: la que puede hacer caer en “infantilismo”, en convertirse el adulto en un mero niño que fantasea. Así, Rof Carballo termina de anotar todos los riesgos de la peculiar alma gallega, verdadero objeto del estudio que nos presentaba:

Hemos ido viendo que la singular posición psicológica del alma galaica lleva anejos tremendos riesgos. Así, su tolerancia para el Ánima, el riesgo del masoquismo inconsciente, el de la complacencia en el sufrimiento; la acuidad de su nostalgia, el peligro de la pasividad, de la renuncia a la lucha viril, o bien, cuando ésta se acomete, de la renuncia al triunfo pleno y absoluto, el miedo al dominio de la naturaleza. Su familiaridad con la Sombra puede también llevarle a una moral excesivamente tolerante, comprensiva, que linda con la inmoralidad. Vemos ahora, por último, que la ternura puede conducirle -y, en efecto, le conduce- a la llorona sensiblería de las reuniones con coros y gaita, a agotar sus energías en una <> estéril y melancólica.

Cuando yo llegué a esto de los diminutivos, recordé la anécdota, real o ficticia, que nos contaba en la facultad el profesor de alemán, Juan Luis Winkow Hauser, sobre la forma fácil de evitar equivocarse con los artículos de aquella lengua: un amigo decidió hablar en diminutivos porque en la gran mayoría de casos usan el artículo neutro -al menos los acabados en -lein, -le, -chen-. Los alemanes advertían en el exceso, inmediatamente, la misma ternura gallega de la que hemos estado hablando, incluso sin la galaica melodía. Pero esto era más por necesidad del hablante que por la naturaleza de la lengua hablada y el pueblo que en ella expresa su alma. Sin embargo, resultó curioso leer estas páginas cuando hacia esas tierras me dirigía.

Héctor Martínez


[1] La parte final de Entre el silencio y la palabra, titulado Máscaras, fantasmas, mitos, tiene dedicado un extenso capítulo a la Santa Compaña, junto a otros mitos, su antropología etc.

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