14/03/2009

LOS PLAGIOS DE BRYCE

Posted in Prosa, Unas noticias y otros tagged , , a 21:11 por retratoliterario

Bryce Echenique

Bryce Echenique

La historia del “plagio” es tan larga como morbosa. Acusar y encontrar condenado a un reconocido escritor por cuestiones de plagio es descubrir un engaño, una farsa, como si al haber admirado a un autor hubiéramos estado ante un espejismo literario. Es el error de más bulto, junto al uso de “negros”, en que puede caer cualquier escritor.

En su momento, los amanuenses transcribían obras para preservarlas, sin afirmarse como autores sino como copistas. Uno de los casos más conocidos es el de Mio Cid, con firma de Per Abat como aquél que lo llevó a letra escrita, dato que se reproduce por doquier en los libros de texto de literatura. Los hombres del Mester de Clerecía, como un Gonzalo de Berceo, un Arcipreste de Hita o un Don Juan Manuel, sacaban adelante obras que se componían de recopilaciones de otros textos y estilos conocidos cuando no se tenía plena conciencia del concepto de autor de una obra original, tal como hoy lo concebimos. En este caso, El conde Lucanor, como una de las primeras obras en las que el escritor se considera a sí mismo autor de una obra original o propietario de la misma, recopila y adapta numerosos cuentos y relatos de distintas tradiciones y culturas (clásica, árabe, japonesa o hindú) con ligeras variaciones. En el s.XIX destaca un nombre, Lauteamont, y sus Cantos de Maldoror compuesta con textos de Pascal o Dante. Valle-Inclán y su adpatación para folletín de La cara de Dios de Arniches, tuvieron que sufrir también su buena dosis de crítica a principios del siglo pasado. Lucía Etxebarría, más de una vez, o Vázquez Montalbán, por aproximarnos más a nuestra época, se han encontrado acusados, incluso en asuntos de traducciones -como el segundo. Y, por supuesto, dejándonos muchos nombres ilustres en el tintero, el caso de los casos más cercanos, no tanto por valor literario alguno de su implicada, sino por el revuelo escandalizado por ser quien era -aunque esperemos no aparezca nunca en una enciclopedia-, no podemos dejar de mencionar a Ana Rosa Quintana, que de presentadora quiso probar las mieles de novelista, y terminó saboreando la amargura de las hieles -como dice el refrán que al pelo vino en su momento, y viene, para jugar con el título de la obra de Ana Rosa, Sabor a hiel.

Alfredo Bryce Echenique, premio Isabel Católica de 1993, Nacional de Narrativa de 1998 y Planeta de 2002, entre otros galardones nacionales e internacionales, es uno de los últimos en aparecer frente al público como plagiador. Ahora bien, hay que puntualizar que no respecto de su obra literaria de novelas, al menos que se sepa, sino de artículos de prensa. La cosa era tan sencilla como recoger textos publicados en España y difundirlos por Perú, con su firma, en el diario El Comercio, con levísimos cambios muy poco significativos. Como suele ocurrir en estos casos, lo primero fue negarlo, lo segundo echar las culpas a otro, lo tercero justificarse y lo cuarto, cuando uno se ve condenado ante la evidencia, callarse. De este modo, Bryce Echenique negó las primeras acusaciones que le llovieron en 2007; luego resultó, según él, que todo se debía a errores o incompetencias de la secretaria de turno que estampó la firma del autor en escritos que no le pertenecían y sin su autorización -siempre es bueno tener una secretaria o algún colaborador a mano sobre el que descargar responsabilidades-; tras ello, señaló que todo era un complot de los “fujimontesinistas”, buscando el refugio ideológico y político; más tarde, dijo que se trataba de artículos que nunca se habían publicado en Perú y que por ello no podían actuar contra él, e incluso llegó al absurdo de llamar homenaje a los “plagios” -una cosa es tomar un detalle, un verso, una frase o una cita puesta en cursiva, un personaje etc., y otra muy distinta cambiarle a un texto simplemente una preposición y añadirle un adjetivo-; cuando, al final, se vio condenado por dieciséis plagios -existiendo veintisiete posibles, y subiendo-, Bryce se convirtió en una tumba, no sólo porque calló, sino porque los hay que dicen se volvio cadáver literario también.

No discutiré las excusas dadas, sino que, ante, no la similitud, sino práctica igualdad de lo publicado en La Vanguardia, en Extremadura o en Jano, Bryce Echenique se movió como ratón en ratonera: de un lado para otro, buscando cómo salir de donde no hay salida. Además de la mencionada igualdad descarada en los textos, Bryce no ha hecho otra cosa que decir y desdecirse con razones de lo más rocambolescas, pero sin negar con rotundidad y vehemencia todas las acusaciones. Al contrario, marchó el novelista por otros derroteros en su defensa como que, dado que los artículos “fotocopiados” se publicaron en España, la Agencia Indecopi, que actuaba contra él, carecía de competencias para juzgarle y condenarle. Y esto sonó a tácito reconocimiento de los plagios en medio mundo.

Aún peor es ver cómo el señor Bryce Echenique delata cierto ufanismo literario, dándose a sí mismo las ínfulas de gran escritor, pues, ¿por qué el plagio va a ser un homenaje si el plagiador no es grande? Premios tiene; reconocimiento tiene. Todo hay que decirlo. Pero, en circunstancias tan sensibles, cabe más la modestia y la humildad que el intentar crear citas para la posteridad. Fue De la Bruyère quien escribió aquello de cuanto más se acerca uno a los grandes hombres, menos ve su grandeza y más comprueba que son hombres. Lo de Bruyère viene a ser una negación de la grandeza al modo como acostumbro a decir a mis alumnos cuando se pierden con Kant: los filósofos también iban al baño. Al caso, tendría que decir que los literatos también plagian, mienten y engañan, y, aún así, quieren caminar con la cabeza bien alta, como Bryce.

Siempre he sido de la opinión de que no debemos separar obra y autor, como tampoco es bueno quitar la paternidad o maternidad de un hijo, salvo casos excepcionales. Siempre he querido mirar las obras echando un reojo sobre el autor también, por aquello del “tal palo, tal astilla”. Título y autor, quiera como se quiera, se co-pertenecen, y, como suele decirse, nadie más podría haber escrito tal texto: aunque tiremos el abecedario al aire, jamás surgiría el Quijote. En el caso de los artículos de Bryce Echenique debemos implantar una cuarentena; y en el caso de sus novelas, olvidar al autor, pues ellas no tienen la culpa de lo que éste comete fuera del ejercicio de su cargo literario, aunque nos cueste dejar huérfanos a Carmela y Estela, o al epistolario entre Mia y Juan Manuel.

Héctor Martínez

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