27/03/2009

FÍGARO CUMPLE DOSCIENTOS (A PROPÓSITO DE LARRA)

Posted in Prosa, Unas noticias y otros tagged , , a 12:17 por retratoliterario

Mariano José de Larra
M.J. de Larra

Hace tres días, el 24 de marzo, media España se acordó de Mariano José de Larra, de su nacimiento. Un recuerdo de esos que piensan en el nombre, sólo en el nombre, y que olvida el porqué de la ceremonia. Sería curioso escuchar las respuestas a la pregunta “¿cuál es la importancia de Fígaro?”. Otro hecho que lamento es que el periodismo haga de Larra su Santo y Patrón, cuando dejan de lado el ejemplo mismo que adulan. No hay más que ver el abismo que separa al articulista de opinión actual del Bachiller romántico; los vanos intentos contemporáneos de imitar esa genial mezcla de acidez cáustica y humorismo sobre fondos verdaderamente dramáticos no pueden declararse herederos del Pobrecito Hablador. Sus críticas y sátiras en nada se comparan a las que hoy se vierten en busca del más puro lucimiento “gracioseril”, porque en Larra antes latía el apego a su patria y la tristeza de encontrarla huera y revolcada en sus propios vicios, que las simples ganas de hacer el comentario y la gracia oportunos. Realmente  no se sabe hasta qué punto se busca engrandecer, más si cabe, la figura de Mariano José como padre del periodismo que sufrimos, o se quiere aprovechar su faceta articulista para el autobombo de los que hoy se declaran discípulos, hijos, representantes de su repercusión en el tiempo.

Pero Larra, además de no ser un mero articulista de opinión, fue también dramaturgo, poeta y novelista -aunque sólo una escribiera-. Tocó, cuanto pudo en su corta vida, un buen repertorio de géneros literarios, aunque se acostumbre a minusvalorar todo lo que no sea artículo como algo anecdótico de su producción. Así de larga es la sombra de la mano que busca en la literatura un icono o una estrella.

A nuestros periodistas de hoy, yo les recomendaría uno de esos artículos que tanto aplauden y desoyen al mismo tiempo, firmado por Fígaro en El mensajero un 16 de marzo de 1835, que lleva por título La alabanza, o que me prohíban éste. En él Larra deslinda perfectamente la diferencia entre quien escribe “para sí” y quien escribe “para otros”, el que acepta la censura y se dedica a la alabanza, y el que se enfrenta a esos endemoniados límites del escribir. Lógico que Larra hablaba de censores auténticos, pero no deja de ser verdad que sigue existiendo una censura ideológica, un corte a la medida en nuestros periódicos que permite saber siempre de qué pie se cojea en éste o aquél y qué se ha de encontrar entre sus páginas.

En los países en que se cree que es dañoso que el hombre diga al hombre lo que piensa, lo cual equivale a creer que el hombre no debe saber lo que sabe, y que las piernas no deben andar; en los países donde hay censura, en esos países es donde se escribe para otro, y ese otro es el censor. El escritor que, lleno ya un pliego de papel, lo lleva a casa de un censor, el cual le dice que no se puede escribir lo que él lleva ya escrito, no escribe ni siquiera para sí. No escribe más que para el censor.

Hoy, la palabra no sería “censor”, sino acaso “redacción”, quizás “línea editorial” y eufemismos por el estilo. Sólo si el nombre, sólo el nombre, es suficiente para vender toda la tirada, entonces sí, se puede contar lo que a uno le dé realmente la gana -incluso morder la mano que te da de comer. Más sobre esto, adaptándolo a los tiempos que corren, está en aquél Lo que no se puede decir, no se debe decir, del año anterior (1834), o aquella ingeniosa humorada de El Siglo en blanco  con Espronceda de por medio. Gran destreza tenía el madrileño en escribir lo política y legalmente correcto desprendiéndose todo lo contrario. No es esa ramplona ironía que consideran fina y se destila hoy en los abrevaderos periodísticos; no es esa otra que llaman “humor inteligente”, como si el humor pudiera serlo en lugar de su autor; no es una ironía superflua e innecesaria; es la ironía cargada de una inteligencia natural, la que no necesita “guiñarnos un ojo” ni nuestra sonrisa complice, la que lanza la pregunta directa haciendo partícipe al lector; es la ironía y el sarcasmo en su más pura expresión, por necesidad, en su real utilidad retórica ante la situación: decir lo que, prohibido, se quiere, diciendo lo que, permitido, se debe. Así, incluso, en un requiebro de esta lógica del decir, su Andrés Niporesas cierra el último número de El pobrecito hablador, allá por marzo de 1833:

Declaro que a veces he dicho las cosas como no las quería decir. No importa mucho, porque creo que de cualquier manera que se digan es como si no se dijeran. Hay cosas que no tienen remedio, y son las más.

 Efectivamente, ¿cuántas cosas que Larra consiguió decir tal como no quería, tal como debía, y, sin embargo, cayeron en saco roto, dando igual que fueran dichas o no de un modo u otro? Por citar los más famosos ejemplos, seguimos, ciento y pico años después, encantados con las cosas a medio hacer o escuchando el fatídico Vuelva usted mañana. Nosotros seguimos persiguiendo esas palabras-arlequín y palabras-camaleón de la política, que terminan en los “cuasi”, en ese ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario que domina el discurso que a diario tragamos, saboreando la medianía y la mediocridad en continuas tertulias de opinión. Y aquí me paro, porque éste es el Larra que nadie quiere leer ni conmemorar, aunque por aquí vayan los tiros y su razón de ser.

¿Por qué a Larra le rebajan sus versos mientras el personal, de Quevedo, únicamente recuerda su sátiras y burlas? Tiene mérito, y mucho, y merecido, escribir sonetos comparables a don Francisco y sus chanzas, como el dedicado al torpe busto hecho en honor de doña Mariquita Zabala de Ortiz, o el de A una ramera que tomaba abortivos. Necesariamente de algún lado iba a nacer aquel Duende satírico del día, como, por ejemplo, de las cincuenta y cinco composiciones que de él se conocen y entre las que se cuentan las mencionadas. Tampoco se nos debe escapar la gracia de aquella Oda heptasilábica a la mariposilla:

¿Por qué, mariposilla,
volando de hoja en hoja,
haciendo vas alarde
ya de inconstante y loca?

¿Por qué, me di, no imitas
la abeja que industriosa
el jugo de las flores
constante en una goza?

Advierte que no vaga
del alelí a la rosa,
que una entre miles busca
y una fragante sola.

Y cuando ya la elige
hasta exprimirla toda,
jamás voluble pasa
sin disfrutarla a otra.

 No sería ya un Quevedo, sino Las moscas de Machado, admirador de Larra años después, aunque el corte siga siendo didáctico, propio del neoclasicismo.

También El doncel don Enrique el doliente, única novela -histórica- de Larra, ha dormido abandonada hasta hace bien poco, cuando el título resonó en casamientos reales. De pronto, todo el mundo quiso una copia para sí, como un producto puesto de moda, aunque no por su peculiar rareza decimonónica. Larra, como buen romántico, viaja a la Edad Media, pero no idealiza la época como fuera de esperar según el estilo de sus coetáneos; escribe la novela con un reojo sobre Cervantes, tomando como cabecera de capítulo el Cancionero General que recita el Quijote en su primera venta (I parte, cap. II), siguiendo un narrador alejado que habla al lector (salvando algunas distancias con los problemas del narrador en el Ingenioso). Y junto al doncel, sus obras dramáticas, no sólo Macías, que se menciona por la evidente relación con el protagonista de la novela y el autobiografismo de ambas, sino también Un desafío, El rapto, Dos palabras, Los inseparables o Julia, además de las traducciones y adaptaciones de obras de Delavigne, Scribe o Victor Ducange.

Mariano José de Larra también pasó a ser epígono del Romanticismo por su joven muerte a causa de un suicidio. A lo Hemingway, se pegó un tiro con veintisiete para veintiocho años, el 13 de febrero de 1837. El tema literario de la extrema exaltación de sentimientos hasta el punto de llegar a la muerte, que, por cierto, no sólo es romántico -recordemos a Shakespeare o a la pobre Melibea de Fernando de Rojas-, saltó de la ficción a la realidad en la calle de Santa Clara, número 3, en Madrid. Si realmente fue por el desengaño amoroso de un amor imposible -por adulterio-, o fue porque a Larra le dolía España, o, acaso que lo primero se convirtió en excusa para lo segundo, es cosa de amarillismo o rosismo. No es asunto literario. Pero un hecho tan morboso no se pasa por alto cuando de Larra nos hacemos eco, siendo además la época en que la página de sucesos ha ocupado la primera plana y los titulares de portada.

Se le otorga importancia por su posición política y el compromiso de su obra. Pero esto es actitud, no literatura. Y tampoco es Larra el primero en la literatura que pone su obra al servicio de la crítica, la sátira, la denuncia de una sociedad envilecida o una política incompetente. Antes bien, como hemos dicho, lo bueno de Fígaro era la capacidad en su uso del lenguaje, su destreza e ingenio, para expresar lo censurable y superar las barreras, demostrando con ello lo fundamental que es el dominio de la lengua. Larra se vuelve un escritor escurridizo para la censura sin necesidad de caer en la demagogia o en los mecenazgos ideológicos. De este modo, junto a lo ya mencionado, legó un retrato sociológico, psicológico y literario de su época y una irresistible influencia para los autores que hubieron de sufrir, ya en el s. XX -citemos a Unamuno-, las consecuencias de la cada vez más pronunciada decadencia de la patria.

Incluso su entierro el día 15 de febrero de 1837, en San Nicolás, tiene una relevancia para la literatura. Un poeta, desconocido hasta el momento, aprovecha -por interés o sentimiento- la ocasión para recitar su homenaje a Fígaro, como quien recoge un testigo literario:

Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.

Duerme en paz en la tumba solitaria
donde no llegue a tu cegado oído
más que la triste y funeral plegaria
que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño
más grata, sí, que la oración de un hombre,
pura como la lágrima de un niño,
¡memoria del poeta que perdí!

A la memoria desgraciada del joven literato D. Mariano José de Larra

José Zorilla

Héctor Martínez

 

 

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3 comentarios »

  1. Hola Elora,

    ¡Qué agradable sorpresa! Ya está arreglado el problema con tu comentario. Ignoro el porqué estaba en una entrada anterior, además que he tenido que aprobarlo por segunda vez, cuando tú ya cuentas con permiso para comentar sin necesidad de dar mi aprobación. Pero se ha solucionado rápidamente, por lo que espero se haya pasado el disgusto.

    He pasado por alto sus artículos de crítica literaria, algo que no me perdono, precisamente por ser los que más aprecio; la razón es que, justo por ser los textos que prefiero, el artículo se hubiera alargado demasiado para un post. Bien podría aprovechar para hacer una segunda parte. Te avisaré debidamente.

    Un fuerte abrazo,

    Héctor.

    PD: Leí también tu respuesta en LDA. Como habrás comprobado, la Universidad me defraudó mucho. Me divertí, desde luego -los años sólo se tienen una vez-, pero también me trabaje mis cursos, los exámenes, los ensayos y las ponencias. Viví y salí de allí con más enemistades que amigos, aunque por fortuna, los pocos que conocí, los conservo como oro en paño y colaboro con ellos en lo que puedo (editoriales y revistas).

  2. Elora (de Lda) said,

    ¡Hola Héctor!
    Veo que el post trata de uno de mis autores preferidos: Larra.
    Hace ya bastante tiempo, en mi etapa escolar, que descubrí esos artículos de costumbres, que con un humor de lo más ácido, y al tiempo elegante, nos hacían conocer a esa sociedad hipócrita de su época. Ya más mayorcita, me hice con sus obras, y las leí con calma, deleitándome en su lectura.

    Reconozco que mi humor cáustico es bastante similar al suyo. Y creo que también su desprecio por la vulgaridad, jejejeje…

    Siempre me costó creer que un hombre que, por sus escritos, parecía tan cuerdo, y tan “de vuelta de todo”, pudiese suicidarse, y más por amor. ¿Romántico? Sin duda. Muy del gusto de la época. ¿Inútil? Por supuesto, eso no influyó para mejorar su situación con la señorita en cuestión (Obvio, había muerto), y sin embargo, privó a la época de una mente brillante.

    Como siempre, un buen post, y un gusto pasarse por tu blog.

    Un abrazo.

  3. Elora (de Lda) said,

    Héctor, te dejé un extenso comentario acerca de este post, que es sobre uno de mis autores preferidos, y ahora vuelvo y veo con disgusto que no está.
    En fin…la tecnología…
    Que sepas que te sigo, y te dejo un abrazo, a ver si esta vez se queda…


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