04/04/2009

“DEL MADRID CASTIZO”, ARNICHES

Posted in Teatro tagged , a 18:14 por retratoliterario

Carlos Arniches
Carlos Arniches

Las breves piezas que representan los sainetes dieron gran popularidad al dieciochesco Ramón de la Cruz, o a los hermanos Álvarez Quintero y a Carlos Arniches en el s. XX. Resultará llamativo que el género popular se asociara con tanta facilidad a Madrid y diera lugar al género chico de las zarzuelas. Más aún cuando Arniches comenzó con intención de ridiculizar con cariño el aire madrileño, y se encontró con que la gente de Madrid asumió como suyo los rasgos que el alicantino les daba. Será la chulesca actitud que impide que del madrileño se ría alguien. Casi cabría decir que Arniches no describió el madrileñismo, sino que lo creo, mitificando ciertas zonas de la capital y generalizándolas al resto de la extensión, de Puerta y Ronda de Toledo y Embajadores a la Cebada, Magallanes, El Rastro, Beneficencia, Salitre y Peñón (hoy dedicada al autor). Así, al menos, lo apunta mi querido Montero Padilla:

El <<madrileñismo>> constituye otro aspecto esencial del teatro de Arniches. Y, sugestivamente, curioso además, porque, en muchos casos, más que una <<madrileñización>> del sainetero hubo una “arnichesización>> -valga la palabra- de Madrid. Una vez más la Naturaleza imitó el Arte.

Por lo general, se considera a Del Madrid castizo como una colección de sainetes costumbristas y cómicos. El mismo Arniches los define como “cuadros de ambiente popular” y señala un objetivo poco trascendente:

No tienen significación ni importancia artística ni trascendencia literaria. No creo que valga la pena leerlos ni mucho menos conservarlos. Yo los publico, porque quiero en estas páginas humildes rendir a Madrid, a este pueblo tan querido, un tributo fervoroso de amor filial.

Ahora bien, si hay algo que Arniches subraya de continuo es ese carácter humilde de estos sainetes, que nos revelan muy otro objetivo:

Podría yo haber buscado un escritor ilustre de fama indiscutida que hubiese prologado este libro, pero no he querido que la ingerencia de una pluma brillante le haga perder la humildad de su condición.

Todo en él debe ser como el medio social que refleja: pobre, sencillo, oscuro.

El madrileño de adopción podría haber pintado otros cuadros, y, sin embargo, prefirió el ambiente pobre, sencillo, oscuro, el marco humilde de la capital para sus pinturas. En este aspecto, la obra alberga una intención que deja atrás el mero tributo a Madrid, toda vez que, si se quiere homenajear, no se acude a tal perspectiva. Esta intención es la que aleja la obra del “género chico”, del Madrid tan particular que ha terminado quedando como símbolo, pero se acerca a la pretensión de reflejar unas situaciones sociales determinadas. Así se justifica el Cuadro Segundo de La pareja científica, en el que el autor, en tanto que autor, se hace personaje e interpela al público en clave social:

El que escribe estas líneas humildes, estrena de vez en cuando en los teatros madrileños unos modestos sainetes que han merecido en ocasiones repetidas vuestra benévola sanción.

Para no perder el contacto con esas gentes pícaras y jaraneras, alegres y resignadas, que intenta dibujar, llega a menudo hasa sus barrios míseros, se asoma a sus casa hediondas y conoce toda la tragedia, que aderezadas con el donaire y la camándula, soporta este simpático, este pintoresco pueblo madrileño.

Por eso alguna que otra vez, quiere exponer a vuestra atención, burla burlando, estos cuadros tristes, pavorosos, amenazadores, lamentables, como el precedente.

A los verdaderos desvalidos no les alcanza nada.

Yo pido para ellos; para esos golfos peludos, roñosos, grotescos, famélicos, abandonados, sin hogar, sin parientes, sin nadie… Para esos míseros chiquillos que a la salida de los teatros y de los bailes corretean alrededor de vuestros carruajes entre la niebla de las noches crudísimas de invierno, voceando -para avisar a chauffers y cocheros- vuestros nombres.

El mismo Madrid que, tres años después, en 1920, nos presentaría un Valle-Inclán, desde el ángulo de una bohemia decadente, probablemente con algún ojo que ya había pasado por las obras saineteras de Arniches; el Madrid descrito en la introducción a Los pobres:

Almas piadosas, corazones magnánimos que cedéis ante la demanda plañidera del mendigo que os tiende en la calle la mano escuálida, seguidme. Venid conmigo a los inmundos rincones de un Madrid lamentable y mísero, artimañoso y agenciero, que por fortuna desconocéis, y ecuchad estos edificantes y verídicos diálogos.

Un tema que recuerda sensiblemente y recupera la figura literaria del antihéroe pícaro con su dosis de crítica y denuncia. Aquí son los raterillos, los golfos, los pedigüeños y mendigos que encontramos en Los pobres o en La pareja científica, y los contrastes de clases económicas en Los ricos o en Los ambiciosos.

La imagen pesimista acerca de Madrid -y en general de España, según los personajes- acusa un fuerte contraste con la mitificación de las zarzuelas. En este sentido, los sainetes de Del Madrid castizo se separan de la tradición y los modos de aquéllas, cuando nos encontramos en Arniches con la temática regeneracionista sobre el “problema de España”, así en Los culpables o en El zapatero filósofo

SEÑOR SIDONIO.- (…) El pueblo seguirá creyendo que aquí lo que faltan son políticos, y los políticos, que lo que falta es pueblo… Y lo peor es que los dos tendrán razón. Las susistencias estarán en las nubes, y los jornales, en el arroyo. La generación del noventa y ocho seguirá creyendo que es más ilustrada que la <>, que cada dos versos, es una viñeta. Todos seguirán diciendo que esto está mal, y nadie procurará que esté mejor. El que trabaja servirá de irrisión al que no trabaja.

Esta misma línea la encontramos en La risa del pueblo, sainete simbólico en el que hay quien disfruta de las penurias de otros, o zancadillea sus vidas para echarse unas risas, y de los que no se conoce oficio ni beneficio. Una alegría que no es propia sino que está en el mal del otro, que es casi tanto como asegurar que no hay alegría y hay que lograrla:

¿Y eso es alegría, y eso es chirigota, y eso es gracia?… Eso es barbarismo, animalismo y bestialismo. Y hasta que los hijos del pueblo madrileño no dejen de tomar a diversión todo lo que sea el mal de otro…, hasta que la gente no se divierta con el dolor de los demás, sino con la alegría suya…, la risa del pueblo será una cosa repugnante y despreciable. Bonifacio Menéndez, ris, ras, rubricao.

Cuatro rasgos más se deben destacar de la obra: los personajes, el lenguaje, las acotaciones y la clara intencionalidad moral. En lo que respecta a los personajes, debe tenerse en cuenta que estamos ante “sainetes rápidos”, lo cual conlleva que no pueden ser tan complejos que impidan una presentación rápida en pinceladas y sean ellos mismos quienes se caractericen con el diálogo. En general son sencillos, populares y reconocibles. A través de ellos se plantea la situación que viven, verdadera protagonista de cada pieza, dándole cuerpo y expresión por medio de esa “lengua madrileña”, el peculiar “deje” de la capital, uno de los mejores artificios archinescos por el que los personajes y las circunstancias quedan mostradas en poco con el contraste cómico, chulesco, y lo dramático del fondo. “Ca” por “cada”, “Ties” por “tienes”, la vulgarización de términos técnicos o palabras extranjeras, interjecciones y traslados metonímicos.

Son las acotaciones el vivo ejemplo de que Arniches jamás pensó en una verdadera representación de estos sainetes, si bien alguno aparece denominado “cuento representable”. En ellas Arniches se muestra más narrador que otra cosa al introducir elementos que no van a aparecer, relatando algo acontecido anteriormente -una pelea, por ejemplo-, señalando un camino seguido por tal o cual personajes a través de diversas calles, trasladando un ambiente irrepresentable -tardes claras y frías, o brumas tenues que nublan el perfil de la sierra. Nos sitúa, en las más de las ocasiones, en una escena novelada.

Madrid. Va mediando octubre. Son las cuatro de la tarde. Una bruma tenue nubla el perfil de la sierra ejana, La luz del sol es color de oro pálido, y el azul del cielo, unpoco gris. Hace calor, un calor que atenúan frescas ráfagas de aire que soplan de cuando en cuando, levantando ligeros remolinos de polvo y haciendo cabecear suavemente los árboles, que ya amarillean.

No pocas veces se ha observado -Manuel Seco o Montero Padilla lo hacen- el carácter cinematográfico de muchas de las acotaciones en el movimiento que reflejan y la visualidad de la escena, aspecto especialmente relevante para unas obritas como de las que hablamos en la época en que fueron escritas. Al respecto, la acotación inicial de La risa del pueblo, o varias de La pareja científica.

El eje central en torno a cual giran todas las piezas de Del Madrid castizo es su función moralizadora, que cabe deducir de la preocupación social, la perspectiva que mira sobre un Madrid pavoroso y mísero, y los tintes regeneracionistas señalados. Todas ellas se acentúan en un aspecto concreto de comportamiento: contra el falso mendigo y verdadero vago o los que pretenden vivir sin trabajar frente la necesidad del trabajo bien hecho y a conciencia para bien de España; contra la ludopatía, frente al divertirse con el mal ajeno, el tema del falso creyente o el falso comunista, la felicidad en lo poco y no en la ambición y, como no, sobre la cuestión aliadófila o germanófila en la Primera Guerra Mundial, el progreso y su escepticismo.

¿Pensó Arniches en su representación? Dicen que no, y además, nunca lo pretendió. Y sólo contamos, históricamente, con una adaptación de 1952 en el María Guerrero. ¿Son para él de tan poco valor literario? Probablemente no, aunque pese más para su autor el tributo que rinde a Madrid, antes de dar una vuelta de tuerca más y empezar con su “tragedia grotesca” de, quizás, mayor sabor literario, pero género más próximo al vitoreado esperpentismo valleinclanesco. Género esta “tragedia grotesca” que se retrotae a piezas anteriores: como aquélla tan celebrada de La señorita de Trevélez, que a mí me recordó siempre el sainete visto de La risa del pueblo.

Héctor Martínez

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