10/04/2009

FERNANDO ARRABAL, “EN LA CUERDA FLOJA”

Posted in Teatro tagged , , a 19:05 por retratoliterario

Fernando Arrabal

F. Arrabal

En España no se le aprecia. Y cuando por aquí pasa, estamos a la espera de que repita el número del “milenarismo”, como quien espera que el patoso haga la patochada para sorna del público. Y Arrabal lo sabe. Sabe que por su tierra no se le toma en serio, mientras que por Francia se le encumbra. Quizás por ese largo exilio, Fernando Arrabal no conoce -o sí- que por aquí las bufonadas, accidentales o no, los traspiés, las extravagancias, valen más que mil obras de teatro. Aquí, en España, a muchos autores se les reconoce más por una frase, un momento, una salida de tono o de guión, que por haber leído una sola línea de un libro. También es cierto que, por extraña que parezca la manera al resto de Europa, es una forma de dibujar recuerdo y hasta cariño.  Siempre he dicho que, en nuestra cultura general, escribimos la historia de España con el mote y el sanbenito, la ocurrencia y la frase ingeniosa o desafortunada. En general, esto nos sirve para humanizar y aproximar al autor o personaje, y hasta para elevarlo a los altares.

Ahora bien, se trata de un juego impreciso y peligroso: es fácil terminar en el cliché y la más absoluta incomprensión entre autor y personal. A Valle-Inclán le ocurrió; a Oscar Wilde, tres cuartos de lo mismo. A Fernando Arrabal, del mismo modo. Tanto le pasa a Arrabal que me parece ya la Gloria Fuertes del teatro, encasillada en un personaje bufón y olvidada o desatendida toda su obra. Es el riesgo de convertirte en tu mejor personaje.

Efectivamente, el elemento autobiográfico es fundamental en las obras de Arrabal, y aún más en esta En la cuerda floja, subitulada Balada del tren fantasma. El autoexilio, convertido en exilio oficial tras la declaración de “persona non grata” en la España del franquismo, deriva hacia esta pieza melancólica sobre la ciudad de Madrid:

DUQUE. – Bailame un chotis, como si estuvieras en Madrid.
THARSIS, muy grave. – No me hables de Madrid. Te lo phohibo.
DUQUE. – Que susceptible eres. Baila hombre, baila.

Un momento de silencio. Duque detras del reflector y Tharsis en el redondel de luz. Va a moverse, y de pronto, inmóvil, con una infinita tristeza :

THARSIS. – Madrid, cada una de sus calles, cada uno de sus rincones esta ligado a un recuerdo a un arco iris. Y sin embargo… Madrid… ¿Como era Madrid? Dime como era.
DUQUE. – ¿Saco el violín? (Rie.) ¿Vas a llorar?

Arrabal nos sitúa en un Madrid deshabitado y desolado, vacío, una ciudad fantasma existente en Nuevo Méjico. Y no es sólo el nombre, sino la propia descripción la que le permite alcanzar el recuerdo melancólico de ese otro Madrid abandonado hace tiempo:

THARSIS. – Dime cuantos habitantes hay en esta ciudad (Imitando el acento de Duque.) en Madrid, New Mexico.
DUQUE. – Cero pelado. Cero absoluto. Mejor dicho en este momento hay dos : tu y yo.
THARSIS. – Tu y yo. Y en torno a nosotros nada: las casas vacias, las iglesias paralizadas, el ayuntamiento desierto tal y como la ciudad fue abandonada hace veinte años…
DUQUE. – … hace veinte años cuando el hombre que dirigía la mina decidió cerrarla para siempre.
THARSIS. – Tal y como yo la dejé hace veinte años cuando dije adiós a Madrid, un Madrid español que como una criatura sin huesos y sin alma me rodeaba con su luto desnudo.
DUQUE. – No te pongas romantico, ¡Baila! ¡Baila! Baila un chotis en medio de la mina.

La confusión de ambos Madrid es continua a lo largo de la obra, entre la nostalgia crítica de Tharsis, la indiferencia violenta del Duque sobre el Madrid español, y Macabeo Wichita, funambulista, el único superviviente del Madrid de Nuevo Méjico. A Tharsis le duele Madrid, le duele España, de donde salieron, uno a uno, pintores, escritores y personas hasta quedar, en cierto modo, “vacío” como el Madrid de Nuevo Méjico. Tharsis, alter ego de Arrabal en la obra, al calificarse a sí mismo de “artista” -la cosa va, simbólicamente de circo- dice:

THARSIS. – En Madrid nadie puede hacer ejercicios como este. Me refiero a Madrid de España… permitame que se lo diga : soy el mejor. La libertad de movimientos que tengo nadie puede alcanzarla cuando se vive en un ambiente encerrado, sin aire.
WICHITA. – Le querrán mucho, le aplaudirán.
THARSIS. – Está prohibido hablar de mi, está prohibido mostrar lo que hago ; solo se puede hablar de mí si es para calumniarme o injuriarme. Acaban de escribir que había que castrarme para impedir que tenga hijos que como yo… Los hombres de circo, de la farándula, los artistas, ” no existimos “. Y como consecuencia para nosotros Madrid tampoco tiene habitantes.
(…)
THARSIS- – No es posible. Han silenciado mi nombre, me han difamado. De mí, como de todos los que salimos solo se conoce una leyenda de calumnias.

Palabras sobre las que caen las respuestas del Duque:

DUQUE, con sorna. – Ahora solo sueñas con volver para impresionar a los viejos republicanos que esperan, cándidamente, que un día Madrid se vista de fiesta.
(…)
DUQUE. – Un día te morirás… y la prensa de… tus (con sorna) ” enemigos “hablará por fin de ti. Todos los periodicos contaran tu vida, a su manera, y dirán que eras el mayor prestidigitador de la historia, el que mejor ejercicios de aros y de bolas hizo nunca… y que gracias a ti España, su España ” de ellos ” es grande y como ya no podrás decir nada ni para defenderte ni para molestares, porque tendrás tres metros de tierra sobre tu panza, te venerarán!
(…)
DUQUE. – Los prestidigitadores que se quedaron en España ya los ves : celebres en Madrid, conocidos amados, premiados… Ocupan el lugar que tu deberías occupar sin complejo ninguno, sin levantar el mas mínimo dedo naturalmente, por que cesen las campañas contra ti… Y ademas están preparados por si un dia sobreviene un hipotético cambio ; ese día serán los primeros en proclamar que han batallado tanto y cuanto para combatir la situación. Serán los primeros en condenar los hombres que hoy les premian y les corrompen… y a ti ese dia, te considerarán como un vago que solo supo hacer una cosa : escoger la solución mas sencilla : el exilio.

Las dobles varas de medir de quienes se quedaron en España; el deseo de triunfo a la vuelta de los exiliados; la camaleónica supervivencia. Las críticas de Arrabal arrecian por los cuatro costados, más cerca del arte y más lejos de la ideología.

Mientras de esto se diáloga, suceden varios hechos más en consonancia. Por un lado, el viejo funambulista cuenta la historia del Madrid de Nuevo Méjico, pueblo minero que vivió un gran esplendor y que ha terminado rodeado de escoria y cadáveres, cuervos y buitres que él es capaz de controlar. Wichita ya es incapaz de caminar sobre el alambre, única razón de su existencia, por lo que decidirá unirse al resto de sus convecinos muertos en un acto de suicidio. Por otro lado, Tharsis quiere aprender a ser volatinero, que Wichita le enseñe, para triunfar en el Madrid español a su vuelta, andando sobre un alambre extendido en las alturas de la ciudad (Puerta del Sol, Telefónica…). El Duque, que junto a Tharsis se halla disimulando su propio secuestro por teléfono de cara a su padre, poderoso hombre en España. Y un tren fantasma, que recoge los cadáveres para fabricar comida para perros. Son, todos ellos, elementos metáforicos, simbólicos, insertos en el marco que, con acento en el exilio, da pie a la obra. No podemos olvidar los remanentes del llamado “teatro pánico” al contemplar estos elementos, o, como por ejemplo, los consejos del viejo funambulista a Tharsis:

WICHITA. – ¿Se te pone dura?
THARSIS. – Sere una raíz sobre el alambre, entre el oceano y la herencia.
WICHITA. – Se te tiene que poner dura, durisima para ti mismo… porque tendras la necesidad de darte a ti mismo por culo. Tienes que enamorarte de su cuerpo erguido y de tu calor y de tus cojones que hierven.
THARSIS. – Tambien sere una puta.
WICHITA. – Una puta y tambien el amor loco.

O las discrepancias amorosas:

DUQUE. – Hablas de amor… y solo suenas que tu sexo entra en culquier orificio para humillarlo.
THARSIS. – Callate.
DUQUE. – Hablas de libertad y solo sueñas con azotar y torturar mujeres cuyo único crimen es el de ser mas altas y mas bellas que tu.
THARSIS. – No sabes de lo que hablo.
DUQUE. – Juegas a los poetas cuando solo piensas en el esperma.
THARSIS. – Nunca has comprendido nada.
DUQUE. – Eres tu el que nunca has comprendido nada, y sobre todo no te has comprendido tu mismo, te has pasado la vida sodomizando moscas y dando por culo a pobres muchachitas que tenían el atractivo para ti de ser inocentes y puras.
THARSIS. – ¿Has terminado?
DUQUE. – Daba gusto oírte hablar de ” tu novia ” a la que chupabas y mordías ” un poquito ” como tu decías al viejo.
THARSIS. – Y es cierto la chupaba y sentía una fragancia en la boca infinita, y al morderla mi alma se alimentaba.
DUQUE. – Pedazo de cerdo… Y si te hemos de creer dejaste de chuparla y de morderla porque su fragancia se transformo en pestilencia… Cuando en realidad a la pobre chica la torturaste hasta casi matarla por tu propio placer.

Son las estribaciones del surrealismo, el extremismo del esperpento y del tremendismo, la crueldad o incluso el realismo mágico, aunque no acude tanto a lo “grotesco” sino a lo que yo denomino lo “groseresco” y el groserismo: subir al escenario lo grosero, incluso lo infame, extremarlo, sublimarlo, cara al escándalo y la provocación -como si el mismo libertino dios Pan fuera el protagonista. De este modo, el absurdo, lo real y lo imaginario, la denuncia, lo onírico, lo sádico y repugnante, pueden darse cita y mezclarse en el ceremonial irracional y catárquico arrabalero, produciéndose, como En la cuerda floja un contraste brutal entre la nostalgia meláncolica del exilio y las connotaciones sexuales presentadas.

El miedo y el horror, como rasgos con los que el propio Arrabal define lo “pánico” están presentes en la desolación del paraje cimentado sobre la muerte, los recuerdos del falangismo, los cuervos que sobrevuelan a los protagonistas, el tren fantasma que va y viene recogiendo cadáveres o el suicidio inesperado. El absurdo, lo kafkiano, en el hecho de que la situación jamás es explicada, sino que se da por hecho que sea así; que todo lo contado se dé simultáneamente como relacionado entre sí; que al final de la obra, un helicóptero enviado para matar a los personajes sea derribado por los pájaros mientras Tharsis pelea contra la gravedad sobre el alambre.

Sin embargo, a pesar de todo ello, hay que subrayar que esta obra no se cita sino como “post-pánica”, ni se cuenta entre los exponentes del Movimiento.

A veces he pensado que en ese “no tomar en serio a Arrabal”, España no se equivoque tanto, porque aquí, realmente, se vive en un eterno absurdo emocional y grosero. Es posible que la reacción de la actual España, e incluso de la franquista, fuera, precisamente, la respuesta esperada y búscada por Arrabal, la misma que inspiraba el dios Pan en los bosques. Por un lado risa, por otro censura, todo impulsivo, nada sesudo. No se le aplaude, pero pienso que ésa es la mejor reacción: un aplauso sería toda una traicion; la complacencia en él significaría contradicción. Arrabal no puede pretender el triunfo benaventino tirando por estos caminos: Tharsis, en realidad, nunca extendió su alambre en la Puerta del Sol, sino en el Madrid de Nuevo Méjico. Si lo hubiera hecho, ya no sería Tharsis, o Arrabal.

Héctor Martínez

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