22/04/2009

“EL ÁGUILA Y LA NIEBLA”, IBÁÑEZ SERRADOR

Posted in Teatro tagged , , a 12:16 por retratoliterario

N. Ibañez Serrador

N. Ibañez Serrador

Era el año 2002, verano, cuando yo recuperaba algo de confianza en los escenarios teatrales madrileños. Acudí a la reapertura del Teatro Español, en la plaza de Santa Ana, a la representación de una obra ya premiada dos años antes con el Lope de Vega. El título era El águila y la niebla, y su autor, el mismo que tantas veces se ocultó bajo el pseudónimo de Luis Peñafiel, verdadero visionario para la televisión española, el Hitchcok español, aunque uruguayo, Narciso (Chicho) Ibáñez Serrador. Pese a ser el artifice, para el mundo de la televisión, de numerosos concursos, series y, sobre todo, aquellas Historias para no dormir, que bien podrían haberse representado subiendo un telón, estamos ante un auténtico dramaturgo que ha vivido muy próximo al género, hijo de una actriz y de un actor y director teatral como son Pepita Serrador y Narciso Ibáñez Menta.

Aquél día de 2002, desde un palco lateral, asistí a la extraña historia de Raúl Gómez-Acosta, hijo de un juez de Argentina y su dictadura, que lleva toda su vida creyéndo ser Napoleón, razón por la que todo ese tiempo ha estado tratado psiquiátricamente. Ante el espectador, durante la primera parte de la obra, una psiquiatra sirve de eslabón entre el público y Raúl, para presentar y dejar presentarse, en un tratamiento, al personaje principal.  Su historia comienza, como la de Jesucristo, a los 33 años y, llega un momento en que el espectador puede estar, perfectamente, ante el mismísimo Napoleón, descubriendo que, quizás, no se trate de un desvarío o un delirio. La ciencia ayuda con una regresión hipnótica en un momento dado.

Este curioso Napoleón moderno es un símbolo para Ibáñez Serrador: un verdadero modelo emprendedor en su época, único y solo, un águila que volaba. La sociedad es la que representa la niebla, un cúmulo indiferenciado de personas formando grupos, partidos, equipos, bloques… De esta simbología es de donde se deduce el principal tema de la obra: el individuo frente al grupo, la afirmación de uno mismo frente a la necesidad de pertenecer a un club y exhibir un carnet de socio, ser alguien y no más bien un nadie del rebaño.

Lo que, efectivamente, parece una locura, algo incongruente y absurdo, un tremendo caso clínico de desorden mental, va cobrando otro cuerpo y otra perspectiva. Al comienzo, oímos declarar a nuestra confidente:

en el teatro lo absurdo, lo irreal es aceptado, respetado

Hace falta que sea así. El público desea saber a dónde le quieren llevar, y asume lo que en el escenario ocurra con tal de que pueda llegar a algún puerto. Es el don que magistralmente ha explotado Ibáñez Serrador en todas su obras: la intriga, el misterio que las introduce. El problema es que, más allá del tema deducido, más allá de la aclaración de la metáfora “cuando todo es gris, cuando hay niebla, las águilas no vuelan”, la obra invita a la discusión, es decir, sigue siendo un misterio a la salida. Para empezar, intentar averiguar si nuestro particular Napoleón es un loco o es real, toda vez que Ibáñez Serrador muestra las dos caras de la moneda y nos lleva, desde el primero hacia una personaje sumido en una profunda tragedia -ya es logro poner en España a Napoleón y lograr aplauso. Y aunque el espectador vea un Napoleón real, un individualista, todavía tendrá que decidir si es una locura su perseverante intento de ser un líder, un guía, un solo hombre haciendo su destino, ya en la segunda parte de la obra, dentro del sindicalismo, de lo empresarial, y, algo que no suena tan irreal, de lo militar como fundador de los Estados Unidos de Suramérica. Aún cuando viéramos posible ese sueño individualista, todavía quedará por resolver la gran cuestión, el núcleo: ¿por qué fracasa Raúl? ¿por qué el rebaño gregario vence al hombre solitario que quiere volar?

Singularmente me recordaba el par Quijote-Sancho, en el que, indudablemente, el público es el último, siguiendo a su caballero allá por dónde vaya, mientras se debate entre locura y realidad: Raúl ve gigantes, está claro, donde nosotros, público sanchopancesco, vemos molinos. Y a lo Cervantes, Ibáñez Serrador consigue hacernos ver, si nos dejamos, los gigantes del primero. Incluso, en un momento dado, Raúl dice pretender ser pastor. No me cabe duda de que existe ese espíritu quijotesco en El águila y la niebla, con el único destino de la burla y el fracaso ante los demás. Por ello que, cuando he oído decir que el tema de la obra es de rabiosa actualidad, también añado yo que es de rabioso pasado, o, dicho de otro modo, de rabiosa intemporalidad.

No es una obra realista. No hace falta que lo sea para que porte su carga de denuncia. Al contrario, el surrealismo o lo paranormal de la historia clínica -con regresiones hipnóticas incluídas, que ya conociera su autor- son más acertados para esa conjunción de narración, escena y cinematografía que Ibáñez Serrador propuso en el panoráma. La obra es ágil, de escenas breves, ayudado por un moderno sistema de escotillones que permiten el cambio de escenografía con meros cambios de luces y sombras. De hecho, no hay decorado como tal, ni siquiera colorido, sino tan sólo el juego con el sonido y el silencio, y esas mismas luces y sombras que nos llevan de una escena a otra. ¿Experimentalismo? Sinceramente creo que, si ese fuera el caso, Ibáñez Serrador podría haber ido mucho más lejos. En cambio, no lo hace.  Se mantiene en una lograda línea difusa que impide encasillar la obra, o al autor; una región confusa para los sanbenitos, pero residencia para los autores que nada quieren oír de etiquetas.

Como dije al principio, con El águila y la niebla recuperé confianzas en el teatro. Debería haber dicho en la representación, en algo que me invitase a ver las obras además de leerlas. Entre musicales importados y nacionales, monólogos, adaptaciones de obras cuyos autores, de muertos como están, no pueden defenderse, reposiciones, que no vienen mal, de obras clásicas, y alguna que subiera a las tablas por sectarismo, la escena y dirección hispanohablante estaba muy perdida de vista. En aquel caso me fie por estar el autor vivo y asumir, tras escribir el texto, las labores de dirección. Ibáñez Serrador fue una ligera estrella fugaz en un tiempo teatral muy oscuro.

Héctor Martínez.

Nota: Javier Villán en la sección de cultura de El Mundo (27 de junio de 2002), escribió un artículo titulado Sueños de cesarismo y caudillaje, que es la más viva demostración de sordera y ceguera dramática sobre El águila y la niebla. Ignoro si fue al teatro; y si fue, debió sentarse de espaldas al escenario, comprendió más bien poco, y, lo peor, se atrevió a dar muestras de todo ello en un texto ridículo a tirada nacional. Todo le resulta excesivo, largo, y concluye ideológica y políticamente -precisamente, lo más alejado a las pretensiones de Ibáñez Serrador- el tema de la obra que califica de un poquito reaccionaria. Aunque pretenda achacar todo lo malo a que la dirección la llevó el autor y no Pérez Puig -al que alaba-, en el propio artículo descubrimos que el problema de Villán es de comprensión: ¡no sabe ni por dónde se anda la obra! De ahí su no dar pie con bola en el artículo, culpa sólo suya y de sus entendederas, no de Ibáñez Serrador.

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