24/04/2009

JUAN MARSÉ, PREMIO CERVANTES

Posted in Unas noticias y otros tagged , a 20:23 por retratoliterario

M. Van der Meersch

J. Marsé

A Marsé, en las clases de literatura, se le menta a partir de las novelas de los 60, época a la que yo llamo por mnemotécnica “época de los juanes” -Benet, Goytisolo, García Hortelano y Marsé-. Sobre todo se menciona su Últimas tardes con Teresa, historia del Pijoaparte por el San Gervasio barcelonés. Al recibir el premio Cervantes, no olvidó Marsé en su discurso a Barcelona, Cataluña y algunos hechos que últimamente bordean la estupidez, cuando no consideramos que la han sobrepasado ampliamente:

Como saben ustedes, soy un catalán que escribe en lengua castellana. Yo nunca vi en ello nada anormal. Y aunque creo que la inmensa mayoría comparte mi opinión, hay sin embargo quién piensa que se trata de una anomalía, un desacuerdo entre lo que soy y represento, y lo que debería haber sido y haber quizá representado. Dicho sea de paso, desacuerdos entre lo que soy y lo que podría haber sido en esta vida, como escritor y como simple individuo, tengo para dar y tomar, o, como decimos en Cataluña, per donar i per vendre.

Marsé, o al menos así quiero pensar estas palabras suyas, no alude tanto al usar una, otra, o las dos lenguas, castellana y catalana, sino a esa idiotez que, desde no hace demasiado, parece confundir identidad y lengua. Nos dice, o entiendo yo, “en catalán o castellano, sigo siendo el mismo”, aunque otros esperasen un Marsé distinto si, en lugar de castellano, escribiera en catalán. Sabemos que alguno habría hecho patria con él, alguno que desearía ese “lo que debería haber sido y haber quizá representado”, creyendo encontrar una contradicción metafísica en el ser catalán y escribir en castellano, o una rara excepción a su extraño sentido común. La respuesta del autor a ese alguno no podía ser ni más evidente ni menos usada por otros:

En todo caso, con el nombre que tengo, con éste o con cualquier otro, nunca he querido representar a nadie más que a mí mismo.

Joan o Juan, es el que es -no en un sentido bíblico-, mientras otros sólo son Josep Lluís, a secas, sin traducción so pena de que nos parta un rayo. Y esto, que tiende a sonar huero y tópico en cualquier autor, tratándose de Marsé es algo significativo, tristemente significativo en sus razones: que el castellano-catalán o el catalán-castellano haya de justificarse por una falsa paradoja de identidad, más aún en literatura, reino de la palabra y la lengua.

El origen del Marsé escritor tiene lo que hoy parecen sorprendentes fuentes, aunque en su momento fueran sólo las posibles: un taller de joyería, tebeos, el cine, novelas de aventura (Verne o Salgari) y no tanto (Baroja, Balzac o Hemingway), mayormente, al principio, obrillas de kiosko. También parecen sorprendetes porque muchos olvidan sus primeras lecturas. Yo en eso, también soy un iniciado del comic y la viñeta -Jan, Ibáñez, Hergé, Uderzo y Goscinny, Quino, Forges…-.  Marsé tuvo que leer todo en castellano -cosas de los años y locuras del hombre-; un todo que imita el que a escribir empieza, incluido el idioma. Y, por supuesto, no podía faltar a la cita Don Quijote, como lectura en el parque Güell.

En lo estrictamente literario, Marsé defendió la importancia del realismo literario:

(…) el realismo, además de una sensata manera de ver las cosas, es una corriente literaria muy nuestra, y que aún goza de un sólido prestigio, pese a los embates de la caprichosa modistería.

Pero también de la ficción fabuladora, la que dio origen al Quijote y al Sancho de Cervantes:

(…) yo soy ante todo un lector de ficciones, un amante incondicional de la fabulación. Tan adicto soy a la ficción, que a veces pienso que solamente la parte inventada, la dimensión de lo irreal o imaginado en nuestra obra, será capaz de mantener su estructura, de preservar alguna belleza a través del tiempo.

Y, como último elemento citado, la armoniosa relación entre novela y cinematografía que ha permitido traspasar la frontera de la imagen a la letra, y el límite de la palabra a la imagen -¡y la bronca que ha levantado Marsé al decir una gran verdad sobre nuestro cine actual!-:

(…) el cine estableció con la novelística una alianza para intercambiar formas y contenidos, palabras sabias, mitos, una sensibilidad y una estética del gesto, y hasta unos hábitos de comportamiento. La novela asumió la impronta decididamente visual de la narrativa cinematográfica, el potencial simbólico de las imágenes y su cadencia, y el deseo de hacerle ver al lector lo que lee, que yo comparto, propició en la ficción literaria nuevas formas y tendencias.

Con ello, Marsé fue trazando en su discurso un contraste literario y autobiográfico, entre la realidad vivida, la ficción trasladada, las palabras peligrosas y las oficiales… la memoria -como parte de la realidad- y la imaginación -como parte de la fabulación-, ambas, como facultades fundamentales en un autor:

(…) imaginación y memoria, para el escritor, son dos palabras que van siempre entrelazadas, y a menudo resulta difícil separarlas. Ciertamente un escritor no es nada sin imaginación, pero tampoco sin memoria, sea ésta personal o colectiva, esté proyectada en la novela histórica de fecha más remota, o en la literatura de ficción científica más futurista y fantástica. No hay literatura sin memoria.

En cambio, la “metaliteratura” no agrada a quien se considera un narrador y no un intelectual -recordemos también su salida del jurado en el Premio Planeta 2005 contra los autores que “gustan más de la vida literaria que de la literatura”-:

Los planteamientos peliagudos, la teoría asomando su hocico impertinente en medio de la fabulación, el relato mirándose el ombligo, la llamada metaliteratura, en fin, son vías abiertas a un tipo de especulación que me deja frío y me inhibe; bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos creíbles, cercanos y veraces.

Sin embargo, sorprende esta declaración siendo, como es, el Quijote, entre otras muchas cosas, una “metanovela”, en tanto catálogo de estilos, novela de novelas, y comentada narración entre diferentes autores o incluso a través de los propios personajes en cuanto a la misma novela en la que participan. E igual de sorprendente me ha resultado que, tras el acento puesto en Barcelona y el Quijote -mención hecha al comienzo nada más-, Marsé no reparase en los elogios del Caballero de la Triste Figura a la ciudad en la que, precisamente, fue derrotado y se puso fin a su viaje sobre Rocinante -quizás no quepa mayor elogio que ser la ciudad destino del Caballero- (II, cap. 72):

(…) me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, solo por haberla visto.

Y elogios parecidos a Barcelona hay en las Novelas ejemplares y en el Persiles. Tanto Cervantes como sus insignes personajes manchegos hubieran servido como punto de encuentro, justo en el día del libro y San Jorge -o Sant Jordi-, recordado por un escritor catalán que escribe en castellano. Marsé probablemente no se detuvo en ello porque no cree que debiera necesitarse ese punto de encuentro; yo, lo añado, por lo que pueda ayudar frente a la ceguera.

Héctor Martínez

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