04/05/2009

VAN der MEERSCH, “CUERPOS Y ALMAS”

Posted in Prosa tagged , , , , a 20:58 por retratoliterario

M. Van der Meersch

M. Van der Meersch

La obra de Van der Meersch ha pasado, extrañamente, al olvido, pese a tratarse de uno de los mayores ejemplos de la corriente naturalista francesa de la primera mitad del s. XX. Aún más todavía por ser epígono de la rara mezcla entre naturalismo y la perspectiva católica personal -tras su conversión- posturas históricamente enemistadas. Al menos, así es en sus dos obras más celebradas: La huella del Dios, y de la que hablaremos, Cuerpos y almas.

La última citada presenta, en dos libros, el oeste de la Francia de los años treinta, el universo médico y el social, como escenario de la corrupción de almas y cuerpos. Van der Meersch emplea la crudeza de las intervenciones y operaciones sobre los cuerpos de los pacientes, por un lado, para crear impacto en el lector, y por otro, para establecer el paralelismo con las desalmadas reacciones de los protagonistas médicos que, en ocasiones, llega a describir como verdaderos criminales. El Primer Libro -subtitulado Encadenado a ti mismo y dividido en dos partes- comienza, de hecho, con una escena grotesca entre estudiantes en la sala de disección,  arrojándose, como broma, un “hueso al que estaban adheridos jirones de carne humana” y la sórdida descripción de una de esas disecciones:

Cogió el escalpelo y se acercó a un cadáver desmenuzado ya en sus tres cuartas partes, tendido delante de él sobre un mesa de mármol. Todos los músculos habían sido disecados. Aquello no era más un montón de carne vinosa con grandes huesos amarillentos ensartados con largas y blancas hebras fibrosas, parecidas a cordeles. Tillery, con gran minuciosidad, acababa de poner al desnudo los tendones del antebrazo y arrancaba pequeños trozos de carne medio putrefacta con los cuales hacía una bola y los tiraba, como un carnicero, en un cubo que tenía debajo de la mesa. También los otros habían reanudado su disección y, con el cigarrillo en los labios, hacían bromas subidas de tono y soltaban palabras asaz obscenas. Reacción instintiva de una juventud bruitalmente sumergida en la dura verdad de la condición humana y en los cuales la grosería y el sacrílego desparpajo no revelan sin duda más que un desesperado afán de curtirse a toda costa el corazón. Seteuil tenía entre manos un pedazo de carne que llevaba aún adheridos la epidermis y el pelo. Escarbaba en el interior y lo volvía de un lado y de otro.

Sangrientas operaciones de raspado de amigdalas y pólipos en cirugía infantil, sin anestesia por falta de medios, abortos de la misma índole, esta vez más por castigo o cesáreas que terminan convirtiéndose en escenas dignas de un matadero por un doctor que no está en condiciones. Al mismo tiempo, contemplamos doctores que huyen por las ventanas cuando el resultado de una operación ha sido la inesperada muerte del paciente por imprudencia, pero cobrando el dinero de su trabajo, o cuerpos que son disimulados como durmientes para no ser desvelado que el fallecimiento se produjo durante la intervención. Las muertes son una mancha en la carrera profesional, y, en tal caso, no existen escrúpulos para escapar de la situación. Enfermos, falta de medios y falta de escrupulos es una constante en un ambiente sórdido y suburbial. Van der Meersch está reflejando una decadencia física y moral.

Los pacientes y sus dolencias y enfermedades son la fuente del dinero, o el origen del éxito de médicos que, en su mayoría, buscan medrar y ascender en la maraña política y de favoritismo entre los “patronos” y “discípulos”. La medicina descrita, de continuo enseña batas que pelean carroñeramente por el prestigio como objetivo fundamental:

Para quien quiere seguir una  carrera oficial en medicina y llegar a ser algo más que un mediquillo, el apoyo de un profesor reporta una serie de ventajas. En todos los concursos se clasifica a los candidatos según el “patrón” que los protege. Así se forman lo que podrían denominarse “equipos”. (…) Cuando se designaba por sorteo a un profesor determinado para formar parte del jurado, todo el equipo del mentado profesor era automáticamente recibido por el profesorado, pues el concurso no era más que una mera formalidad. (…) una serie de mercadeos y regateos precede a los concursos de Agregación de Medicina hasta el punto que, una vez sabida la composición del jurado, los resultados del concurso eran conocidos mucho antes de que éste tuviera lugar.
De ahí la utilidad de contar con un “patrón” de vasta influencia , capaz, aunque no forme parte del jurado, de hacer actuar a sus amigos para favorecer a sus candidatos.

El ambiente de dolor físico y tara moral creado, permite a Van der Meersch ir elevando el tema en el Libro Segundo -subtitulado Amar al prójimo es amar a Dios y dividido en tres partes- hacia cuestiones trascendentes, hacia otro tipo de sufrimiento, descrito con el mismo tono cruel que ha servido de base al Primer Libro:

Hay sufrimientos que es preciso soportar hasta el final. Actúan en el hombre como un ratón en un cadáver. Los sufrimientos deben roerle a uno hasta los huesos, hasta que falte la carne y deje uno de sufrir. Siempre se acaba por resistir todos los dolores. Pero quien carece del consuelo de la fe sólo logra el agotamiento de la sensibilidad, la facultad del sufrimiento a fuerza de sufrir. Cuando uno ha muerto espiritualmente, cuando el corazón es una llaga, cuando se llega al límite extremo de las fuerzas, cuando el cerebro, extenuado, rehusa pensar por más tiempo y ni siquiera consigue evocar y recordar, entonces el bruto reclama.

Jean Doutreval, padre de Michel, acaba de perder a una de sus hijas en una cesarea sencilla, pero injustificablemente complicada. Ese sufrimiento le sume en un estado extremo de renuncia:

Ante esa destrucción, hija mía, prefiero no creer en la existencia de Dios. Antes de terner fe en una inteligencia divina soberanamente indiferente, despiada y perversa, vale más creer en la nada, en el azar, en una naturaleza brutal y absurda, enorme bestia estúpida que llevaría el hombre pegado a su flanco como una chinche, sin darse cuenta siquiera de su existencia. (…) Sí, aun es mejor ese vacío.

Otro personaje, el político Guerran, declara, unamunesco:

En el fondo, para emprender cualquier cosa, es preciso tener fe, fe, a mi parecer, en algo que no existe en este mundo. Pues entonces, uno acepta la vanidad de todo porque espera otra cosa, puesto que no es aquél el objetivo, puesto que se tiene un propósito, un fin al margen de esta vida… Y a mí, que no puedo creer, me ha perseguido siempre esa idea, ese perpetuo “¿Por qué?”, esa obsesión esterilizadora de la formidable inutilidad de todo.

Con ello averiguamos que se trata, efectivamente, de “Cuerpos” y “Almas” enfermas y sufrientes, corrompidas, devoradas por males que apenas se saben o se consiguen atajar; “Cuerpos” que depositan lo único que tienen, su fe ciega y confianza, a un médico cuestionable, “Almas” que se debaten con su fe en Dios. El paralelismo permite, también, el contraste entre el hombre, el doctor y Dios. Las injusticias sociales, el clasismo vanidoso y el asentimiento a la fe católica entretejen la tesis principal, permitiendo, sin embargo, distinguir los enfoques al lector. Quiero decir, para aquél que sufra de las modernas reticencias laicistas, podría perfectamente ignorar la tesis central de la novela sin que sufra merma literaria.

También es, en parte, una novela autobiográfica, en su alter ego Michel Doutreval y su padre, su mujer Evelyn y el doctor Domberlé, a través de los que se desarrolla la crítica a la práctica oficial de la medicina, y en especial, de la tuberculosis. Así, respectivamente, el autor reproduce el episodio de la enfermedad, tuberculosis, prematuramente manifestada en su mujer Thérèze, relación que el padre de Van der Meersch había rechazado, y el tratamiento del neumatólogo Paul Carton, consistente en una dieta alimenticia desconcentrada frente a la usual práctica de la sobrealimentación:

Este método, Doutreval, implica en el fondo unos cambios enormes en los conceptos de la medicina clásica. ¡La unidad de la enfermedad! Tenga usted en cuenta cuán lejos están aún los médicos de esta idea. Sin embargo, en su esencia, la enfermedad es una.
(…) Lo que nosotros llamamos enfermedades no son sino los múltiples y saludables esfuerzos de nuestra fuerza vital para purificarse. (…) Demasiados médicos se olvidan simplemente de que si el estado general, si el terreno hubiera sido sano y alimentado de una forma pura y natural, jamá el microbio hubiera tomado cuerpo en el enfermo.
(…)
Lo lamentable es que la medicina oficial participa aún de estos principios. Para ella sólo existe una multiplicidad de enfermedades que tienen que ser tratadas localmente sin tener en cuenta el estado general, el estado humoral.

La galería de personajes es bastante numerosa, entre médicos y familiares, pacientes, enfermeras, políticos, aunque cabe señalar que los enfermos apenas tienen relevancia individual, representando más un personaje colectivo e indiferenciado, o, en el caso de los médicos, ayudantes y enfermeras, aunque individualizados, asistimos a la evolución de una generación nueva y joven y la caída de la anterior, que, simbólicamente,  reflejan también personajes colectivos. El mismo rasgo simbólico lo percibimos con la política, los curanderos etc. Todos ellos presentan virtudes y defectos, renuncias y egoísmos, inmoralidades y entregas incondicionales, que, junto a la crudeza realista mencionada al comienzo, colabora en crear un marco verosímil.

Aunque sería fácil señalar a Michel Doutreval como el protagonista, el que elige el camino más sacrificado pero correcto moralmente y no exento de tentaciones, e incluso el espejo del autor, sin embargo, más bien parece el hilo conductor, el referente y contraste, de diversas historias convergentes de relaciones sociales, laborales, familiares y amorosas, en las que cada capítulo encuentra en un personaje concreto el papel protagonista. Michel, apenas participa o nada tiene que ver en muchos de los episodios y situaciones o lazos de unión entre distintos personajes. De hecho, aparece y desaparece con la misma facilidad que el resto. Más si cabe.

El estilo descriptivo del Primer Libro, donde encontramos minuciosas y fluídas descripciones de paisajes, personas, lugares y acciones, contrasta con el empleado en el Segundo Libro, más centrado en retratos psicológicos, pensamientos y comentarios, y donde la descripción del exterior o de las acciones reducen considerablemente su extensión y fluidez con frases cortas o incluso telegráficas en algunos casos. Este Segundo Libro son las “almas”, no ya tanto los “cuerpos”, e importan más las conclusiones de cada una de las vidas o heridas abiertas, con su dolor, sus abandonos, sus sacrificios, sus remordimientos y expiaciones, arrepentimientos o humildes dichas.

Fuera de la lectura moral, médica y social, el final de la novela ofrece una lectura de la historia, quizás sarcástica, irónica: se canta la paz de la Conferencia de Munich de 1938 con una alegría que contrasta con la visión histórica del hecho, y peor aún, con la oscura sombra de los acontecimientos posteriores, los cuales, vuelven a ser reflejo de un mundo de “Cuerpos y almas” en decadencia.

Héctor Martínez

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