18/05/2009

MARIO BENEDETTI IN MEMORIAM (“VIVIR ADREDE”)

Posted in Ensayo, Unas noticias y otros tagged , a 23:04 por retratoliterario

Mario Benedetti

Mario Benedetti

Las letras hispanas, vuelven a estar de luto. Ayer, 17 de mayo, fallecía en Montevideo Mario Benedetti, el comprometido, el crítico de la rutina cotidiana y la burocracia asfixiante que cantó más a la vida auténtica, a la vida en la que cada exhalación debajo de un árbol tenía su peso en oro. Benedetti encaró esa forma de vida en la que era necesario un Certificado de existencia:

vivir, después de todo
no es tan fundamental
lo importante es que alguien
debidamente autorizado
certifique que uno
probadamente existe

cuando abro el diario y leo
mi propia necrológica
me apena que no sepan
que estoy en condiciones
de mostrar dondequiera
y a quien sea
un vigente prolijo y minucioso
certificado de existencia

Hoy tenemos esa necrológica en la mano, pero Benedetti no puede leerla, y aunque quisiéramos, no vendrá con su “certificado de existencia” a demostrarnos la mentira de su muerte. Acaso halla vencido a la tediosa burocracia de oficina, por fin, pese al precio pagado. Es claro que el certificado ya no sirve. Ahora harán otro papel, otro certificado, el de defunción, y podríamos volver por pasiva el poema diciendo: “morir, después de todo, no es tan fundamental; lo importante es que alguien, debidamente autorizado, certifique que uno probadamente ha dejado de existir”. Tampoco puede ya abrir los ojos para convencerse de que no se trata de la muerte -como en Empero-, ni impedir que se cierre el paréntesis de la vida dando paso al no ser. Todos los intento son vanos. Incluso cuando se le llamó “sobreviviente”, Benedetti tenía claro que:

Cuando en un accidente
una explosión
un terremoto
un atentado
se salvan cuatro o cinco
creemos
                                   insensatos
que derrotamos a la muerte

pero la muerte nunca
se impacienta
seguramente porque
sabe mejor que nadie
que los sobrevivientes
también mueren.

Lo último que leí de Benedetti fue Vivir adrede. Ahora apostillaría yo al título un “y morirse sin querer”, aunque él fuera consciente en sus versos, en sus páginas, de la llegada del final. En este libro, Benedetti se vuelve, como tantos otros autores, auto-profético:

Las fotografías del antaño lejano y del antaño cercano nos miran y no se cansan de mirarnos, siempre con la misma pregunta: “¿y qué pasó después?”.
(…) También nosotros, móviles y vivientes, vamos de a poco metiéndonos en fotos, y en ellas (por ahora) nos miramos a nosotros mismos. Pero los habitantes de 2008 o el 2009 mirarán nuestros rostros fotografiados y desde ellos les preguntaremos: “¿Qué pasó después?”. Qué cosa, ¿no?

Hoy, un día tras su muerte, en 2009, la fotografía de Mario Bendetti -por ejemplo, asómese el lector a la que encabeza este artículo- nos mira y nos pregunta: ¿Qué paso después? Y estamos obligados a responder: “Pues nada. Nada pasó. Aquí seguimos, como siempre, el como siempre que usted, señor Benedetti, bien conoce. El como siempre que seguirá pasando, eternamente”. Quizás nos lo pregunte con el último aliento de sentirse imprescindible, de haber sido útil para algo, de haber dejado una huella imborrable que abriera un camino y que muchos prefieren no mirar. Benedetti lo preguntará desde sus “fotos”, porque siempre fue conciencia abierta hacia el futuro, y nos sobran testimonios sobre ello:

Huellas y huellas, rastros y señales, vestigios y utopías. El mundo está allá y está aquí, los prójimos contiguos y remotos.
Las próximas huellas será nuevas, fresquitas. A duras penas crearán otro camino y otra forma de ser y de pisar. Loado sea el futuro, si existe. ¿Existirá?

Ya son dos veces que Benedetti, desde sus páginas, nos pregunta por lo mismo. ¿Qué haremos con ese “piélago de deterioros”, con ese “borrador de catástrofes”, “la hondonada misteriosa” que es como llama al futuro? Y nos lo pregunta porque él ya no puede responder, o mejor dicho, el ya no tiene que responder:

Cuando llegue el momento de ser nadie, el mundo seguirá y no lo veremos. Si antes vivíamos cegados por el sol ahora estaremos cegados por la sombra.
Cuando llegue el momento de ser nadie, la memoria habrá quedado encinta de ideas y preguntas que nunca nacerán.(…)
Arriba o abajo seguirá la vida o seguirá el quién sabe. Ya una vez fuimos nadie(…)
De la nada a la nada pasa una historia efímera.

En sus obras, y ahora también en sus fotos, encontraremos el interrogante nacido, la idea parida, mientras Benedetti, que nos decía, en Vivir adrede, “no voy a irme así nomás y si me voy, será para estudiar la nada”, efectivamente, se ha marchado de este mundo a estudiar el “nihil sum” tras ocuparse en vida del “homo sum”.

Sorprenderá, tras este obituario, que nunca haya sido yo un apasionado de Benedetti. Tampoco soy de los detractores que le quitan absolutamente cualquier mérito poético con la sobrevaloración. Alabo su sencillez de palabra, su cercanía y familiaridad literaria -siempre me gustó aquello de “Cuando hablo de mi patria yo prefiero decir paisito”-, pero me sobró política y me faltó, junto a la indudable humanidad que desata y la sencillez que emana, mayor hondura. Se conviritió en un símbolo que, creo, terminó devorándolo, lo dejó anclado, desde el que nunca logró avanzar ni consiguió desembarazarse, por el que ha quedado desenganchado de las siguientes generaciones, a pesar de las ventas y los lectores, de la música y los premios.

De aquí, equivocadamente, en algunos círculos críticos le han calificado de facilón, de escasez literaria, de ser la sombra de un éxito previo o del victimismo exiliado, de explotar el compromiso y extenderlo al presente. En mi opinión, son juicios injustos, porque a un hombre que no se le hayan cerrado sus heridas, las que le produjeron, al que no le hayan cicatrizado ni estén bien curadas, no se le puede exigir que las olvide, que no las proyecte, y menos aún, que no las escriba. Una cosa es quedarse varado, y muy otra venir a regañar a la magnífica ballena por su desorientación, quitarle su majestuosa grandeza por no verla nadando en el agua junto al resto de cetáceos, ni tal como se nada hoy día.

En la sencillez, los hombres y mujeres se amparan, se comprenden, se alivian. En la complejidad, en cambio, se ven con desconfianza y con rencores. Cómo no tener en cuenta que la muerte es la cumbre de la sencillez.

Sobre sencillez, Vivir adrede (2007)
Mario Bendetti.

Héctor Martínez

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