31/05/2009

LOS CUENTOS DE LU HSÜN

Posted in Prosa tagged , , , a 16:31 por retratoliterario

Lu Hsün

Lu Hsün

Un día que pasé por la Rafael Alberti, me acerqué a un pequeño rincón, habitual ya en muchas bibliotecas, donde se depositan e intercambian libros gratuitamente. Sobre la mesa, entre otros, encontré uno titulado Diario de un loco, del autor chino, Lu Hsün. Lo recogí con cierta curiosidad, pues lo único que yo había leído, por entonces, de tierras orientales, era el poemario Epítome de Sil-la de So Jong-Ju (Corea del Sur), del que ya hablaré otro día.

El libro contenía, en realidad, tres relatos: Diario de un loco, La verdadera historia de Ah Q y La lámpara eterna. Los tres relatos son, efectivamente, la historia de un “loco”, o, mejor dicho, de alguien a quien se tacha de “loco”; los tres relatos manifiestan una abierta crítica a la tradición, social y literaria o a una política que consideró decadente. Es más, la obra de la que hablo fue, para él, una herramienta para defender la necesidad de una reforma lingüística, abandonando el chino clásico, o el uso de los carácteres chinos, en favor de la lengua vernácula, como en el caso de Diario de un loco, o la grafía “latinxua sense wenz” -chino latinizado-. Por otro lado, concebía la literatura como instrumento de reforma y compromiso político de izquierdas. Por ello, fue muy exaltado y aclamado desde el maoísmo -aunque también se las tuvo con el comunismo chino a raíz de sus vínculos con el Japón-, y ha sido muy fuertemente criticado por el escaso valor literario de sus escritos -quizás por concebirlo políticamente, centrado en la idea y no en la forma-, de los que se suele rescatar, acaso, los que tenemos hoy en las manos. Hablemos de cada relato por separado.

Diario de un loco, de mismo título que la obra de su admirado Gógol, por cierto, es un relato breve y simbólico. El relato nos llega, al ser un diario, en primera persona y trece capítulos breves, mezclando aires románticos y autobiográficos junto al idealismo y crítica a la tradición. Un hombre acude a visitar a dos amigos, hermanos entre sí, tras enterarse de que uno de ellos sufría una grave enfermedad. Pero sólo encuentra al mayor de ellos que le comunica el restablecimiento del enfermo y le entrega dos cuadernos que aquél escribió durante su padecimiento:

Tomé el diario y al leerlo descubrí que mi amigo había padecido de una especie de manía persecutoria. Estaba escrito de un modo incoherente y confuso, y contenía muchas afirmaciones absurdas; para colmo, no había ninguna fecha, y sólo por el color de la tinta y las diferencias en la caligrafía se podía deducir que el diario había sido escrito en épocas distintas. He copiado algunos fragmentos no del todo inconexos, pensando que podrían servir de material para un trabajo de investigación médica. No he cambiado una sola palabra de este diario (…) En cuanto al título, lo eligió el mismo autor después de su restablecimiento. No he querido cambiarlo.

Sólo en este primer párrafo hay varias ironías: la caligrafía cambia e indica distintas épocas; la alusión a una ciencia médica que el propio Lu Hsün abandonó; y el hecho de que el autor no se haga responsable, sino que se desentienda del título con la palabra “loco”, y que lo adjudique al propio enfermo, una vez restablecido, precisamente. ¿Acaso no estuvo loco?

El enfermo veía caníbales en todos los hombres de su alrededor, devoradores de carne humana, pero carroñeros, como las hienas, esperando que muera la víctima. El orgien de su canibalismo está en:

Nunca esta gente, que ha sido llevada a la picota por los magistrados, golpeada por los señores locales, estos hombres a quienes los jueces les han arrebatado a sus mujeres y que han visto a sus padres suicidarse para huir de los acreedores, nunca han mostrando tanto terror ni tanta ferocidad.
(…)
Ahora comprendo el veneno que se esconde en sus discrusos, su risa cortante. Tienen dientes de una blancura deslumbrante: son devoradores de hombres

Hay un primer miedo, el que impone la manía persecutoria: “¿qué puede impedirles devorarme también a mí?”. Pero también un segundo miedo: “si se puede comer un pedazo de ser humano, ¿qué impide comerse a una persona entera”? E inclsuo un tercero: “¿Habré yo comido carne humana?”. El descubrimiento de este “loco” que ve cómo los maltratados por el régimen local-feudal se han convertido igualmente en caníbales, aunque temerosos de ser a la vez comidos, es el siguiente:

Apenas hoy advierto que he vivido toda mi vida entre gente que se alimenta de carne humana desde hace cuatro mil años.
(…)
¿Cómo voy a poder, después de cuatro mil años de canibalismo (antes en verdad no lo advertía), encontrar a un hombre verdadero?
(…)
Tal vez sea posible encontrar aún niños que no hayan probado la carne humana.
¡Salvad a los niños!

El “loco” ha visto que el problema está en un sistema, una forma, un modo, una tradición ancestral, que predica la virtud y moral, pero que por detrás practica el canibalismo:

He consultado un manual de historia, pero carecía de cuadros cronológicos y en todas las páginas encontré estas dos palabras: virtud y moralidad, escritas en todos los sentidos. Como no podía dormir pasé la mitad de la noche inmerso en la lectura, y, de golpe, advertí que entre líneas estaba escrito: ¡Devorad a la gente!, y estas palabras llenaban todo el libro.

Lu Hsün está enfrentando la moral del confucionismo, del sistema feudal, y de las tradiciones más antiguas. Recuerda, por ejemplo, leyendas en que se sirve en banquete a hijos, o las viejas creencias de que comer pan mojado en la sangre de un condenado sanaba enfermedades. Su alegato contra todo ello se basa en una mirada hacia el futuro -que subraya esa necesidad de salvar al niño, a la siguiente generación-:

¡Debéis cambiar, cambiar desde lo más profundo de vuestros corazones! Sabed que en el futuro no habrá en esta tierra sitio para los devoradores de hombres. Si no cambiáis, también vosotros seréis devorados. Y aunque logren nacer muchos más, todos serán exterminados por los hombres verdaderos, como los lobos por los cazadores, como los reptiles.

En La verdadera historia de Ah Q, volvemos a dar con un personaje que no encaja en su entorno. Un campesino, inculto, desarrapado, de pésima educación, con defectos físicos, humillado, insultado y golpeado continuamente por sus semejantes mientras se siente un “triunfador espiritual”, un superior sobre ellos, deseoso de ser aplaudido, viviendo una persistente frustración y soledad, sobreviviendo picarescamente, hasta su ejecución. Lu Hsün nos da una introducción de pocas páginas donde señala el casi absoluto anonimato del personaje, su ausencia de pasado, de origen, y de familia: el protagonista es, en realidad, una especie de donnadie. En verdad, esta introducción sirve para defender el uso de la lengua del pueblo, la crítica al ideograma, el uso de la grafía latina -inglesa- o el enfrentamiento con los “Tres cultos” -confucianismo, budismo y taoísmo-. El relato completo ofrece una irónica narración de la historia china reciente, comienzos del s. XX, entre la tradición y el colonialismo occidental, la hipocresía y el cinismo de una Revolución -de 1911- que se olvidó de los campesinos y no trajo cambios fundamentales entre el poder, la política y el sistema -levantarse la coleta en un moño, dejando la nuca al descubierto, como una moda-.

El personaje de Ah Q es el centro de la historia. Varía su forma de pensar según soplan los vientos, reproduce sobre otros la misma violencia que se deposita sobre él, juzga a todos desde una misantropía casi absoluta… Cuando llega la Revolución, gran oportunidad para Ah Q de unirse al poder y, por fin, ser esa “superioridad” ya no sólo “espiritual”, está es casi imperceptible en el campo. Una vez más, su deseo de triunfo se ve truncado por una escena significativa y simbólica:

Ah Q se enteró de todo esto bastante más tarde. Lamentó amargamente haber estado durmiendo durante aquel tiempo y se resintió de que no lo hubiesen llamado. “Tal vez no saben aún que me he unido a los revolucionarios”, fue su conclusión.

La Revolución no era para los campesinos, para las clases bajas. A estas las sorprendió durmiendo, pasando sobre ellas sin casi efecto alguno. Ah Q vuelve a estar fuera de la realidad al pretender compartir un espíritu revolucionario que no le quiere, que le expulsa de las reuniones porque no es su Revolución:

¡Así que la revolución es sólo para ti! Para mí nada, ¿no es cierto? ¡Falso Diablo Extranjero, hijo de perra, sigue haciendo la revolución! La pena para quien se rebela es la decapitación.
(…)
Sólo cuando se vio frente a la ametralladora nuestro héroe comenzó a salir del etado de ebriedad en que se encontraba.

Un espíritu que muchas veces moría ejecutado, decapitado en una orgía de sangre, en la ciudad, y que el propio Ah Q, antes de unirse, había contemplado jactándose del placer del espectáculo. La misma ejecución que se llevará acabo con él, por un delito no cometido, en la que su incultura tendrá mucho que ver -conmueve ver a Ah Q tratando de firmar con un círculo perfecto porque no sabe escribir, una confesión del delito-. En ese momento descubrimos que los revolucionarios ejecutados eran los donnadie, y los ejecutadores, esos otros revolucionarios de la alta clase -que mantienen las cosas como estaban- a la que, un Ah Q, aspiraba. Entonces, vuelve a aparecer la imagen de los “hombres devoradores” del anterior relato, ahora son los que le ejecutan y el público que lo contempla. “Hombres devoradores” que esta vez buscan algo más que la carne y la sangre:

Hacía cuatro años, al pie de la montaña, había sido seguido a cierta distancia por un lobo hambriento decidido a devorarlo (…) Nunca había olvidado los ojos de aquel lobo; feroces y cobardes a la vez, ardían como dos fuegos fatuos y parecían penetrarle la carne a distancia. Pero ahora veía ojos todavía más terribles: eran ojos opacos y penetrantes, que devoraban sus palabras, pero que parecían querer devorar algo más alla de la carne y la sangre.

El último de los relatos, titulado La lámpara eterna, de nuevo nos pone ante un personaje anónimo, un “loco” contra la tradición y el poder. Estamos situados en la aldea de la Luz Afortunada, donde en un templo luce una “lámpara eterna”, encendidas generalmente por los latifundistas para engrandecer e inmortalizar sus nombres. Es esta lámpara un símbolo de poder y nuestro personaje vive dentro de puntuales crisis en las que está convencido de que debe apagarse esa llama para acabar con los infortunios y las enfermedades. La aldea vive asustada cuando el “loco” amenaza, ya no con apagar la lámpara, sino con prender fuego a las puertas del templo, que permanecen cerradas por el temor que les infunde este personaje. En ocasiones le han engañado haciéndole creer que la lámpara había sido apagada; ahora, viéndole incurable, se discute entre matarlo o encerrarlo. Lo que en ningún momento se contempla es que deban apagar la lámpara, como si esta ejerciera sobre ellos su poder:

Si se apagara la luz, ¿cómo podrá llamarse entonces nuestra aldea la de la Luz Afortunada? ¿No será su fin?

Apagarla es, para la aldea, no una liberación de siglos, sino el miedo a una condena: el convertirse la aldea en un mar y sus habitantes en anguilas. Cabría preguntarse, ante este miedo, ¿quién es el loco y dónde se aloja el verdadero peligro: en apagarla o en mantenerla encendida? Acaba el “loco”, irónicamente encerrado dentro del propio templo, en una habitación vacía con un sólo ventanuco enrejado. De él se burlan, incluso, los niños, las siguientes generaciones, el futuro.

Lu Hsün eligió para sus personajes principales la figura del antihéroe, del anónimo, del pícaro y del que yendo contracorriente es descrito por los demás como enajenado. Son personajes condenados desde el comienzo a ser devorados, ejecutados o encerrados, sin ninguna posibilidad de ser tomados en serio por la sociedad, generalmente rural, que les rodea. Se trata de una batalla entre la locura de uno y la locura social de todos, una darwinista lucha por la vida -locura o picaresca- entre pasado y futuro que se libra en medio de la nada. Recordemos que la antigua moral ya sólo significaba devorar hombres: enteros, su carne, su sangre y lo que albergan más allá.

Héctor Martínez

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