28/06/2009

“DIOS DESEADO Y DESEANTE”, JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Posted in Poesía, Unas noticias y otros tagged , , a 18:27 por retratoliterario

J. R. Jiménez

J. R. Jiménez

Hoy se habla de Juan Ramón Jiménez en los diarios, con la noticia del hallazgo -labor de Bejarano y de Llansó- de un poema inédito, o, mejor dicho, del poema que debería haber puesto fin al Dios deseado y deseante, como escalada desde la noche oscura hacia la Unidad total con Dios -en mayúscula-, poéticamente hablando. Las páginas de ABC lo publican y celebran con entusiasmo hoy, y reabren, con el titular “El Dios de Juan Ramón”, el concepto de Dios en la creación juanramoniana.

¿Estamos ante un misticismo panteísta? ¿Se trata de una analogía religiosa con la creación poética? ¿Qué Dios es el de Juan Ramón Jiménez? Decir que el problema de Dios en Juan Ramón es de la misma índole que el de Unamuno, es no decir mucho, y tan sólo nos conduce a la persistente crisis espiritual del bilbaíno, atravesada por la cuestión de la fe, la razón y la intuición. En Juan Ramón, ese Dios tiene raigambre estética, se enmarca en la inefabilidad poética de la verdadera belleza, y transita un camino de elevación que para muchos culmina en una filosofía hermética de la trascendencia. Ahora bien, el camino iniciado por Juan Ramón Jiménez tiene su estanción primordial en un dios inmanente, un dios interior, un dios creado, muy distinto de la divinidad de las religiones oficiales:

No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de los hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.
(…)
Tú esencia, eres conciencia; mi conciencia
y la de otro, la de todos,
con forma suma de conciencia;
(…)
la trasparencia, dios, la trasparencia,
el uno al fin, dios ahora sólito en lo uno mío,
en el mundo que yo por ti y para ti he creado.

El poeta está esencialmente emparentado con la Creación. Estamos, antes que toda otra consideración, frente a un poeta que, en tanto que creador y hombre, devuelve el mundo recreado poéticamente. El poeta alberga un dios inmanente, un principio de creación, en su conciencia. No es Dios el que crea para el hombre, es el poeta-hombre el que crea para Dios:

Si yo, por ti, he creado un mundo para ti,
dios, tú tenías seguro que venir a él,
y tú has venido a él, a mí seguro,
porque mi mundo todo era mi esperanza.

Yo he acumulado mi esperanza
en lengua, en nombre hablado, en nombre escrito;
a todo yo le había puesto nombre
y tú has tomado el puesto
de toda esta nombradía.

¿Quién no ve aquí a un Adán, un primer hombre solo en la tierra, que nombra a las cosas que eran indistintas? Un Adán que se siente responsable de poner nombre a cuanto hay a su alrededor, crearlo en la lengua, no sólo hablada, sino, sobre todo, escrita. En este sentido, la poesía, como palabra escrita, remonta la creación, se enfrenta al universo, le otorga su grafía, y cuando se halla ante la inmensa multiplicidad del mundo creado por su pluma, sólo queda moldearlo en la Unidad, la Totalidad:

Ahora puedo yo detener ya mi movimiento,
(…)
Todos los nombres que yo puse
al universo que por ti me recreaba yo,
se me están convirtiendo en uno y en un
dios.
El dios que es siempre al fin
el dios creado y recreado y recreado
por gracia y sin esfuerzo.
El Dios. El nombre conseguido de los nombres.

Dios no es el comienzo, es el fin, el término de la recreación poética del mundo en la conciencia de quien, queriendo llegar hasta dios, lo que anhela es llegar a serlo, es decir, poder dar la Unidad a todo lo nombrado, alcanzar el “Nombre de los nombres”. La labor del poeta, la poesía, es émula de la labor de creación divina, labor de dios, luego, si el término medio se identifica, los extremos caen por su propio peso:

Lo eras para hacerme pensar que tú eras tú,
para hacerme sentir que yo era tú,
para hacerme gozar que tú eras yo,
para hacerme gritar que yo era yo

O como escribirá en Espacio:

Y soy un dios sin espada, sin nada de lo que hacen los hombres con su ciencia; sólo con lo que es producto de lo vivo, lo que se cambia todo.

El poema que hoy, por medio de ABC, hemos podido leer, presentado por Rocío Bejarano y Joaquín Llansó, cierra un círculo en la búsqueda del ser-Dios. Los primeros versos apuntan ya que la senda seguida traza una curva de mismos extremos, igual la partida que la llegada, y, en medio, la confusión:

Partimos de Dios
en busca de Dios,
sin saber qué buscamos.

¿Acaso el nombre nos basta para saber qué buscamos? Recordemos aquel “siempre buscando a Dios en la niebla” de Antonio Machado. ¿Reconoceríamos en tal niebla lo que buscamos? Juan Ramón Jiménez apunta en estos versos un “encuentro”, pero no del hombre que se eleva como nuestros místicos hacia un Dios que espera. Aquí, como en toda la obra, Dios le “está viniendo”, “llegando”, y con ello estamos al borde, si no dentro, de la verdadera fusión del poeta amante de la poesía -esencia divina-:

¡Dios se me cierne en apretura de aire!
¡Se me está viniendo Dios
en inminencia de alma!
¡Se me está acercando Dios
en inminencia de amor!
¡Se me está llegando Dios
en inminencia de Dios!

Es decir, el Dios que llega al alma es el que alcanzó al yo-poético, creador y libre -véase Eternidades-; llega también como amor, apertura; llega, al fin, como Dios, totalidad unida, puerta abierta de libertad:

Cada vez más suelto, y más desasido;
cada vez más libre, más ¡y más! ¡y más!
a una libertad de puertas de Dios.
Y entonces la puerta se abre… y ¡más libertad!

Se produce un encuentro entre el dios-conciencia, en minúscula, y el Dios, en mayúscula, a través de una cuerda que el Último le tiende, que el poeta transita y cruza, aunque inseguro de que un simple soplido pueda derribarlo. Es un Dios:

… que al cabo de todos los cabos,
que al borde de todos los bordes
un día encontramos.

¿Qué día? Uno. Quizás el día en que, en varias cuartillas, Juan Ramón Jiménez escribió estos versos. Quizás hoy, el día en que los demás los leemos. Un día que no tiene, ni probablemente, debería ser el mismo para todos, en el que desde dentro y desde fuera nos vemos y reconocemos, día en que la inefabilidad es destronada.

Héctor Martínez

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3 comentarios »

  1. […] La tercera etapa va de 1937-1958, en el que su tema principal es la búsqueda de la eternidad. La extrema sensibilidad poética de Juan Ramón le ha permitido construirse un yo nuevo pero este es muy abstracto y el poeta siente soledad. Para superar esta soledad y alcanzar su ansiada eternidad, el poeta funde su conciencia universal. Se ve reflejado en la obra: Dios deseado y deseante  […]

  2. […] El profesor de Literatura Héctor Martínez Sanz comenta el último poema encontrado de Juan Ramón Jiménez que completa el libro “Dios deseado y deseante”, dentro del conjunto de la obra. (Leer el artículo) […]

  3. […] El profesor de Literatura Héctor Martínez Sanz comenta el último poema encontrado de Juan Ramón Jiménez que completa el libro “Dios deseado y deseante”, dentro del conjunto de la obra. (Leer el artículo) […]


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