14/07/2009

“LA VOLUNTAD”, AZORÍN

Posted in Prosa tagged , , a 18:57 por retratoliterario

J.Martínez Ruíz, Azorín

J.Martínez Ruíz, Azorín

Hará unos meses, hojeando el cuaderno de literatura de un alumno al que presto refuerzo, me encontré que, en el tema de la Generación del 98 y bajo el nombre de Azorín, aparecían dos frases: “No logró demasiado éxito” y “se trata de un autor pasado de moda”. Ciertamente sorprendido, le pregunté al chico y me confirmó que eran, en su literalidad, los apuntes de la profesora de Literatura. Nunca hubiera supuesto yo que tales juicios pudieran ser apuntes sobre un escritor -por cierto, en la ESO- y, menos aún, sobre el mismo Azorín. El alumno me preguntó que si ambas cosas eran ciertas, por qué le estudiaban. Yo sólo pude responderle ante aquello que su profesora no parecía tener en gran estima al señor Azorín. Por dentro me guardaba dos enfados: uno, el más grave, sentar catédra al respecto con alumnos de secundaria; dos, el más personal, juzgar a Azorín bajo prismas como el de la moda y el éxito. Amén de que estas cuestiones ya vienen contestadas en el mismo La voluntad:

Si alguna vez eres escritor, Azorín, toma con flema este divino oficio. Y después… no creas en la crítica ni en la posteridad (…) Cuando hablan de gentes que llegan y de gentes que fracasan, sonrío… Fíjate en que hoy el público ha cambiado totalmente; no hay público, sino públicos, sucesivos, rápidos, momentáneos. Un público antiguo era un público de veinte, treinta, caurenta años… vitalicio. (…) hoy durante la vida de un litarato se suceden cuatro o seis públicos. Y de ahí lo que llamamos fracasados, de ahí que un escritor nuevo y vigoroso al año 1880 sea un anticuado en 1890… No importa que el escritor no suelte la pluma de la mano, es decir, que no deje de comunicarse íntimamente con el público; el fracaso llega de todos modos. (…) el fracaso lo da el público (…) Un artista que no vive para el público y por el público, ¿cómo ha de fracasar?

Efectivamente, los públicos han cambiado, y mucho, y muy rápido, de decenio en decenio. Tanto es así que los escritores, los de verdad, deberían plantearse esto de escribir “para y por el público”, puesto que, entonces, deberían ellos, a su vez, variar de rumbo, de estilo, de formas, en un vaivén que termina por matar lo literario. No soy un adorador de Azorín, pero jamás sería capaz de sostener la moda y el éxito en su contra cuando lo puesto en juego tiene una raíz mucho más profunda. Junto al Unamuno de la novela ensayística, de las nivolas, está el Azorín de los ensayos novelísticos. La mezcla de ambos géneros, dando mayor peso a un extremo u otro, deja entrever la genialidad de estos autores, su espíritu renovador y rupturista con el estilo decimonónico.

Un lector de hoy se verá sobrepasado por tener entre sus manos una novela sin argumento, sin trama, incluso sin un diálogo ágil. Una novela que desprende en catarata ideas y ambientes, pensamientos y emociones, estampas de forma impresionista, a pinceladas breves pero adjetivalmente intensas. Poco después de las líneas que he citado, escribe Azorín:

– Lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje… Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje… (…) para mí el paisaje es el grado más alto del arte literario… ¡Y qué pocos llegan a él! (…)
-Observo, maestro, que en la novela contemporánea hay algo más falso que las descripciones, y son los diálogos. El diálogo es artificioso, convencional, literario, excesivamente literario.
– (…) Dista mucho, dista mucho de haber llegado a su perfección la novela. (…) Ante todo, no debe haber fábula…; la vida no tienen fábila: es diversa, multiforme, ondulante, contradictoria… todo menos simétrica, geométrica, rígida, como aparece en las novelas… (…) Y así el personaje, entre dos de esos fragmentos, hará su vida habitual, que no importa al artista, y éste no se verá forzado, como en la novela del antiguo régimen, a contarnos tilde por tilde, desde por la mañana hasta por la noche, las obras y milagros de su protagonista.

La novela de Azorín persigue crear “estados de conciencia” por medio del paisaje, a saltos de sucesos de los personajes, con toda la incoherencia que la vida tiene de real. Precisamente, en lo que omito de esta última cita, Azorín critica la descripción por comparaciones como un artificio infantil, el diálogo fluído como una farsa pues el habla oral cotidiano está lleno de pausas e incorrecciones. Censura por lo primero, un párrafo de Blasco Ibáñez y su Entre naranjos, carente de la plasticidad necesaria para crear el paisaje y anudarlo a la conciencia, comparándolo con un párrafo de Baroja y su La casa de Aizgorri -siempre se ha señalado que el fragmento tomado de Baroja estaba cuidadosamente seleccionado al efecto. En segundo lugar, Azorín encara la Gitanilla cervantina, chica presumiblemente sin estudios, pero con una dicción elegante en el diálogo que no debería corresponderle. Junto a Baroja, el otro que sale bien parado de toda esta competición literaria es el Arcipreste de Hita con sus adjetivos. Azorín, con ello, está dándonos la concepción de la propia novela que escribe: piénsese, por ejemplo, en las descripciones deshabitadas, lentas, melancólicas de Yecla en la primera parte, asociadas a los pensamientos solitarios, pesimistas y vitales de Yuste. El paisaje enmarca y prepara al lector para la parte ensayística e ideológica de la novela.

Junto al paisaje, el elemento autobiográfico del “yo”, la identificación estética y subjetiva del noventayochismo, queda plasmada desde el momento en que el autor asume, precisamente, el nombre del protagonista como apodo literario. Personaje y autor compartirán así la desidia, el hastío y la amargura, bajo esa máxima identidad que dará el salto del personaje a la realidad extraliteraria.

Mucho se habla de la influencia del irracionalismo, del pesimismo y del vitalismo, sobre todo, de Schopenhauer y Nietzsche -al margen de Montaigne-, recogida por el noventayochismo. Si hay una novela prototípica en este sentido de la literatura del noventayocho, es, sin duda La voluntad. Ya el título nos inclina hacia el centro de la disputa: ¿qué voluntad, la ciega y pesimista de Schopenhauer o la de poder de Nietzsche? Cabe decidirse por ver la del primero, la voluntad del mundo, sumergiendo y ahogando al protagonista en el fatal nihilismo que no podrá abandonar (véase las palabras de Yuste al morir):

Y sentirse vivir es sentir la muerte, es decir, la inexorable marcha de todo nuestro y de las cosas que nos rodean hacia el océano misterioso de la Nada…

La obra se organiza en tres partes (más prólogo y epílogo): formación en el medio rural, paso por la ciudad y vuelta al mundo rural. En ninguno de los dos espacios va a encontrar Azorín respuestas al vacío, sino, peor aún, mayores problemas, constatación de la asfixia vital. Durante la formación, el texto se ve rodeado de la religiosidad del padre Lasalde y el clérigo Puche, de la interminable construcción de una nueva iglesia -narrado en el prólogo-, frente a las disertaciones filosóficas, desesperadas, de Yuste, y el aprendizaje ideológico y amoroso de Azorín, enamorado de Justina. Ella tomará el camino equivocado y no acudirá a los brazos de Azorín, sino a ingresar en el convento.

Justina es ya novicia: su Voluntad ha muerto

Con esta sencillez, el autor declara la confrontación entre la religión y la Voluntad del individuo. Justina es la primera víctima de la novela, al menos en lo que a la voluntad se refiere. La segunda será el propio Yuste, el que asienta las bases del pesimismo, el sinsentido, la desconfianza en el hombre y el absurdo -recuérdense sus palabras al morir- durante toda esta primera parte, que empieza con una descripción paisajistica de amanecida en Yecla y terminará con la noche.

En la segunda parte de la novela, el autor sitúa a Azorín en Madrid. La incursión en la ciudad sirve de reclamo para la crítica a la política -por ejemplo al lema ilustrado “Egalité, Liberté et Fraternité” o a Pi y Margall-, al periodismo y a la literatura contemporánea, salvedad hecha de Baroja -representado en el personaje de Olaiz-, frente a un Mariano José de Larra o, de nuevo, un Arcipreste de Hita. La ciudad, pintada por el autor entre monótonos blancos y negros, grises, -el motivo funerario del caballo blanco, de los coches negros, el ataúd negro, otros coches blancos-, o el rojizo de Las Ventas, defrauda aún más existencialmente a Azorín, que culmina con una absoluta negación de la humanidad sumida en el automatismo, en el vanitas vanitatum y el Eterno Retorno nietzscheano -del que sólo nos salvaría el no tener conciencia de su eterna repetición.

La tercera parte anuncia la caída en la nada de valores e ideales del personaje. Azorín vuelve a Yecla cuyo contraste con Madrid supone el descubrimiento del vacío, lo abúlico y la falta de actividad, la sumisión a políticos aprovechados, el desencanto con los libros -o, mejor dicho, con la lectura- o la pérdida de la figura del aldeano español en los pueblos. De ello se deriva el Epílogo: tres cartas del autor a Baroja, sobre un tal Azorín casado, abúlico, olvidado de la lectura y la escritura, que, poco a poco, se va convirtiendo, en la segunda carta, en la descripción del ambiente lamentable en Yecla y sus gentes, hundidas en la desidia, el egoísmo y la nada, incluidas las gentes como Yuste -fallecido en la primera parte repentinamente-, quienes, dedicados a la reflexión también viven con su voluntad anulada:

(…) evitando la reflexión y el autoanálisis -matadores de la Voluntad-, se conseguirá que la Voluntad resurja poderosa y torne a vivir…, siquiera sea a exprensas de la Inteligencia.

Como vemos, al ser una obra tan colmada de digresiones y pensamientos, los temas alcanzan una variedad pasmosa: desde el absurdo de la vida, pasando por el fracaso de la regeneración española, la inutilidad del arte, la desconfianza en el hombre, el contraste antiurbano pueblo-ciudad, la crítica religiosa o el propio tema metaliterario de la escritura. El clima es de pura decadencia y de hastío social y existencial.

Una de las mayores críticas que se suelen lanzar a esta obra y a este autor es tan ignorante como estúpida: el vocabulario. Y digo ignorante y estúpida porque, precisamente, el lenguaje empleado y el vocabulario son uno de los mayores logros de La Voluntad, ya sea por la riqueza expresiva, ya por la precisión y claridad, ya por esa incansable búsqueda y muestra del diccionario “terruñero” y “olvidado”. Como digo, tan estúpido como censurar y derribar a un Garcilaso de la Vega por su lenguaje renacentista. Cosa bien distinta es que Azorín llevara al extremo la renovación de la novela, y compusiera una obra como ésta, la cual rompe, todavía, los esquemas de muchos lectores y críticos, como los rompió respecto del estilo asentado del movimiento realista y naturalista. Baroja y Unamuno -a pesar de las críticas de las que surgió el notable término de “nivola”-, son más legibles y menos rebeldes en las formas y estilos. Azorín arriesgó más sobre los límites, provocando, en más de un académico de ayer y de hoy, la perfecta repulsa asentada en una excusa sobre la capacidad creativa. Otros, simplemente, aducen las posiciones ideológicas y políticas, aunque, con alguna vergüenza, las encubran con argumentos literarios. Afortunadamente, Azorín no escribía para ellos.

Héctor Martínez

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