23/07/2009

TERTULIA SOBRE VANGUARDIAS

Posted in Unas noticias y otros tagged , , , , , , , a 19:10 por retratoliterario

Cartel Espacio Niram

Cartel Espacio Niram

El pasado sábado 18 de julio, nos reunimos una vez más en el Espacio Niram, esta vez para una tertulia sobre las vanguardias de Guillaume Apollinaire, Tristan Tzara, James Joyce y Eugene Ionesco. El asunto venía por la revista Yareah y, como reciente colaborador, hube de medirme con Martín Cid, director, estando Joyce de por medio. Menos mal que teníamos otros tres autores más para tratar, y, por ambas partes, poder evitar cualquier conflagración literaria ante el público acerca del tema Ulises. Me refiero a ese tipo de hechos que, una vez ocurridos, tornan a ser anécdotas y leyendas sobre dos literatos arrancándose la razón a guantadas. Pero, es posible esquivar toda contienda si los púgiles se quedan en sus esquinas, mediananmente sobrios.

G. Apollinaire

G. Apollinaire

Al contrario, fue una velada muy agradable. Tocamos lo literario y lo escatológico. Mezclar ambas suele dar buen resultado: lo grave y lo banal, aunque no diré cuál es cuál. Pero, sobre todo, desmontamos el viejo mito sobre André Breton y el surrealismo. Bien pudo publicar el Manifiesto del surrealismo y convertirse en referente de una de las vanguardias más prolíficas. Sin embargo, el surrealismo no es una vanguardia surgida de la nada, sino de hombres como Guillaume Apollinaire o Tristan Tzara, en París y Zurich respectivamente. Incluso cabría afirmar que Apollinaire es el “cubista” de la literatura como Picasso pueda serlo en la pintura, siendo el cubismo otra de las corrientes reconocidas como influyentes en el posterior desarrollo del surrealismo.

Caligrama

Caligrama

Con su “poesía visual” supo crear configuraciones literarias jugando con la disposición y las tipografías para crear imágenes del objeto del poema. Hoy los conocemos como Caligramas y suponen una ruptura del convencionalismo poético, o, mejor aún, una construcción que aúna dibujo y poesía, dos gramáticas artísticas que hasta entonces se habían considerado siempre por separado. Y sobre la palabra en Apollinaire, no hay mejor descripción que la de Cocteu:

La palabra inusual (y usaba de ella con frecuencia) perdía su carácter pintoresco entre los dedos de Apollinaire. La palabra trivial se convertía en insólita. Y esas amatistas, piedras lunares, esmeraldas, cornalinas y ágatas que utiliza, las engarzaba, vinieran de donde vinieran, de la misma forma que un sillero trenza la enea de una silla en la acera. No puede concebirse artesano de la calle más modesto.

Tristan Tzara

Tristan Tzara

El rumano Tristan Tzara fue, incluso, más lejos. Su mutilación del lenguaje y el uso arbitrario del mismo a través del collage poético, a la vez que demotraban su convencionalidad, abrían las puertas a distintas experimentaciones como la propia “escritura automática” que el surrealismo se apropió como técnica suya. Efectivamente, el Dadaísmo, tan efímero como fue, tuvo en su anecdótico origen su esencia: Arp, Ball y Huelsenbeck junto a Tzara en el Cabaret Voltaire de Zurich, abriendo un diccionario al azar. Aún descubrimos Martín y yo un extremismo más al analizar la famosa receta para confeccionar un poema dadaísta:

Para elaborar un poema dadísta
Tomen un periódico
Tomen un par de tijeras
Escójase un artículo tan extenso como convenga
Para hacer el poema
Córtese el artículo
Posteriormente, ha de cortarse cada palabra que conforma el artículo
Y guárdese en una bolsa.
Agítese cuidadosamente.
Sáquense las tiras una después de la otra
En el orden
En que se dejó la bolsa.
Cópiese consecutivamente.

Tras leerlo, no sólo nos encontramos ante poemas que mutilan el lenguaje con unas tijeras; no sólo nos encontramos con la arbitrariedad de las combinaciones de palabras; también estamos ante un poema que ya no se escribe con pluma y papel, sino con retales y pegamento sobre otras escrituras ya dadas -aunque sean artículos de periódico- y ante una concepción que ya no valora la intervención del autor como genio poético tocado por las musas del Parnaso.

Podemos entender con ello que en las Vanguardias el acento está puesto en la búsqueda del lenguaje propio de las artes, la gramática propia que permita su máxima expresión, lejos de los parámetros ya establecidos y, por tal, con significaciones desintegradas. Lo cual nos llevó a hablar, precisamente de los otros dos autores: Ionesco y Joyce.

James Joyce

James Joyce

James Joyce, autor del único libro -de momento- cuyas páginas me cuesta pasar, el Ulises, es ejemplo de la escritura fragmentaria, recortada. Esto lo sé más por Martín, admirador público y reconocido de Joyce. Justamente él me lo señalaba: en Joyce no hay una sola perspectiva, ni hay una progresión convencional del relato, ni una estructuración tradicional. El tiempo breve, de veinticuatro horas, rellena dos volúmenes de situaciones y anécdotas, de monólogos, y, sobre todo, de un trabajo sobre el lenguaje por medio del dialecto y el neologismo. Yo, entonces, lo comparé, a menor escala y a riesgo de enfadar a Martín, con las renovaciones noventayochistas que llevaron, por ejemplo, a Unamuno a trocar el término novela al término “nivola”, simplemente porque la crítica, acostumbrada todavía al diecinueve, no quería ver como novelas aquellas escrituras. También me recordaba aquel empeño sobre el lenguaje terruñero, sobre la recuperación de la palabra olvidada y perdida del pueblo, o el marginamiento del argumento y la trama como mera excusa para continuas digresiones y fijaciones en detalles que a los autores les resultaban reveladores. Evidentemente, yo aquí tiré hacia lo que conocía, mi amada literatura española, mientras que Martín pudo regodarse lo que quiso y más, no tanto por mi desconocimiento, sino por el placer que le recorre -no diré comparable a qué- cuando puede mostrar a Joyce y sus virtudes en un mundo que todavía no ha sabido valorarlo más allá de la rareza y el tópico. Sobre Joyce, ¡pregúntele a Martín Cid!

E. Ionesco

E. Ionesco

Por su lado, Ionesco nos llevó al absurdo sobre el escenario. Más tardíamente que los demás, su Vanguardia fue más un aplicar rigurosamente el lema “reflejar la realidad” de lo que el Realismo pudo hacerlo nunca: la existencia no es lógica ni justificable, es, en esencia absurda. Si el teatro debe reflejar la vida, el teatro debe ser, pues, absurdo. El absurdo es la autenticidad de la vida y del teatro. Sólo así cabe afirmar que la vida es teatro y que el teatro copia a la vida. Aún cuando parezca irracional, aún cuando se enfrenta a cualquier sistematismo racional, hay que reconocer que la lógica del razonamiento es aplastante. Lo único: que Ionesco no busca razonar su máxima, porque tampoco tiene ninguna utilidad. Sobre esto de la utilidad del arte, y más aún del teatro -que si comprometido, que si social y político-, sentencia -cita que me apunto para mis alumnos cuando me preguntan para qué sirve el análisis sintáctico-:

Si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya.

Y a mí me recordaba con todo ello a Lope de Vega y su Arte nuevo de hacer comedias -la Vanguardia es un fenómeno contemporáneo a cada época-. Así, mientras Lope dividía la obra en cinco actos, no limitaba el tiempo y el espacio, mezclaba acciones en lo trágico como en lo cómico -en una palabra, mandaba al cuerno a Aristóteles y las reglas clásicas- Ionesco nutría sus textos de incoherencias, anacronismos, diálogos sin sentido… Ahí están su Cantante calva o la memorable escena de La lección sobre sumas y restas y la espiral absurda que nos conduce por un camino impredecible. ¿Quién se puede imaginar que una clase particular pueda terminar como termina en Ionesco? Lo digo como prácticante del oficio.

Ahora viene la gran pregunta, la que he hecho en otras ocasiones: ¿Y después qué? ¿Qué ha sido de todo ese movimiento contra el aburguesamiento del arte? ¿Acaso, a pesar de Tzara, Apollinaire, Joyce, Ionesco, y tantos otros, no hemos vuelto al mismo punto? Todavía queda una barrera por derribar -contra la que jamás podremos aunque no sea razón para desistir-: esa magia que convierte en burgués y comercial lo que nació contra lo burgués y comercial, ese hechizo social que, pasados no muchos años, impide que un tipo se lie a martillazos contra el orinal de Duchamp porque, a día de hoy, es una obra de arte, de galería, de visita de rigor y de exposición obligada, objeto de colección. Y yo, que pienso que Duchamp hubiera cogido otra maza para ayudar a aquel tipo. No les digo lo que pienso todas las mañanas al entrar en mi baño… ¡es como visitar un museo!

Héctor Martínez

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2 comentarios »

  1. m said,

    hola, estoy interesada en saber mas sobre la tipografía surrealista y en como esta era plasmada en el papel, cual era su función mas importante y que metodos utilizaban.
    espero una pronta respuesta,
    muchas gracias,
    m


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